Capítulo 2:

Estaba en deuda con su sexi vecino durante las vacaciones, Inuyasha Taisho. No vio venir aquella abeja, no se esperaba en absoluto esa picadura y pensó que iba a morirse cuando vio el aguijón incrustado en su piel. Recordaba vagamente a Inuyasha atendiéndola y después despertó en su habitación a altas horas de la noche. Él la había estado cuidando durante todas esas horas, ocupándose de que estuviera cómoda y su estado no empeorara. Cuando le dio un suave beso en la frente antes de marcharse, deseó que le diera un buen beso, un beso de verdad. Deseó eso y mucho más.

Se había propuesto alejarse de él desde el primer día por lo que no había tenido que luchar con lo que sentía por su proximidad. Sentirlo tan cerca de ella despertó en su cuerpo un ansia feroz que no recordaba haber sentido antes. Su tacto contra su piel era electrizante, saltaban chispas cuando él la tocaba. Su mirada abrasadora le dio a entender por un momento que él quería… pero él se portó como un auténtico caballero, más aún teniendo en cuenta que era soldado. Los soldados que conoció en Egipto le salvaron la vida pero sabía a la perfección que si no se hubiera mantenido alerta, se le habrían echado encima.

En cierto modo pretendía aprovecharse de él. Le había preparado una deliciosa tarta de manzana, su especialidad. Ese era el premio y el soborno. Un soborno camuflado de premio por haberla ayudado y así empezar a hacerle preguntas sobre su estancia en el ejército. Su artículo sobre Egipto y el ejército fue el más vendido y premiado y sabía que aún se le podía sacar mucho jugo a ese sector. Inuyasha tenía una muy buena historia, estaba segura de ello y su olfato periodístico nunca le había fallado.

Se cambió de ropa para ir. En su casa andaba todo el día en bikini pero no le gustaba la idea de ir intencionadamente a la casa de Inuyasha con un bikini. Quería cubrirse para que él no le lanzara una de sus hambrientas miradas y ella se olvidara del artículo, de no liarse con vecinos y de todo. Se puso unos short vaqueros y un top de tirantes blanco. Delante del espejo le pareció que tenía un aspecto decente, acorde con la temperatura y la playa.

Salió de su casa con la tarta en las manos y se dirigió hacia el porche de la casa de Inuyasha. Le parecía muy descarado aparecer con la agenda y la grabadora sin hablarlo con él primero. Subió las escaleras del porche y justo cuando iba a tocar la puerta se abrió. Vio a Inuyasha y después se le echó encima Tom.

- ¡No, Tom!

Levantó la tarta en alto para que el perro no la alcanzara y éste se puso sobre sus dos patas traseras demostrándole que era tan alto como ella. Debía haber olido la tarta.

- ¡Tom, no tienes vergüenza!

El perro desapareció al fin y pudo bajar los brazos. ¡Menudo susto le había dado!

- ¡No puedes tratar así a las señoritas!- le riñó Inuyasha- ¿Te ha hecho daño?

- No, estoy perfectamente.

Por lo menos sabía que a uno de los dos le iba a gustar seguro la tarta.

- ¿Cómo te encuentras?- le preguntó- Tienes mejor aspecto.

- Ya estoy bien. Me recupero de prisa. – sonrió- Te he traído esto por las molestias.

- No era necesario.

Ella se lo ofreció aún así y él lo cogió con curiosidad. Levantó el papel para descubrir la tarta y gimió de puro placer masculino al verla y olerla. Su madre siempre le dijo que a un hombre se le conquistaba por el estómago. ¡Qué razón tenía!

- Hacía años que no comía una tarta de manzana.- entró en la casa a dejarla sobre la encimera- Muchas gracias.

Entonces, se hizo el silencio entre los dos. Se quedaron mirando sin saber qué decir. Bueno, ya le había dado la tarta, tendría que pedirle lo que había ido a pedir pero no encontraba las palabras para hacerlo. ¿Y si se enfadaba con ella? A lo mejor estaba allí y no en el ejército porque tuvo una muy mala experiencia. Ella era periodista, una periodista mundialmente reconocida, ¿cómo podía estar comportándose de esa forma tan cobarde?

Fue Tom quien rompió el silencio con un ladrido.

- Tengo que pasear a Tom.

- ¿Pu-puedo acompañaros?

Su voz tembló mientras hablaba pero al menos fue capaz de decirlo. Él asintió con la cabeza y con una sonrisa bajó del porche con Tom. Ella lo siguió y recordó que él solía salir a correr. No fue tan buena idea como ella pensaba. Ella hacía aeróbic, Pilates, spinning pero no corría.

- Tú no sueles correr, ¿no?

Avergonzada sacudió la cabeza en una negativa.

- No importa, daremos un paseo. La verdad es que yo estoy algo cansado para correr hoy.

Estaba siendo muy considerado con ella pero no dijo nada en voz alta. Era evidente que Inuyasha le estaba haciendo ese favor. Le sonrió y comenzó a caminar junto a él sobre la arena. Se quitaron las sandalias y caminaron por la orilla, sintiendo el agua marina mojar sus pies cada vez que se acercaba una ola. ¡Cuánta paz! Tom correteaba por todas partes, se revolcaba sobre la arena y ladraba a las algas que aparecían arrastradas por las olas. Ella no podía menos que respirar hondamente y disfrutar de la brisa marina.

- ¿Cómo sabías que no suelo correr?

No era de eso de lo que quería hablar pero era un comienzo.

- Bueno, se nota que haces ejercicio pero no tienes las piernas musculadas. – sus mejillas enrojecieron en cuanto pronunció aquellas palabras- No me malinterpretes. No es que me haya fijado en tu cuerpo… bueno sí… Pe-pero… lo que quiero decir es que haces otra clase de ejercicio…

Ella se rió al escucharlo. Era encantador.

- Sí, voy al gimnasio y hago ejercicios aeróbicos.

Se volvieron a quedar en silencio. Él le señaló algunos lugares por los que pasaron y le contó historias y anécdotas relacionadas con ellos. Ella escuchó atentamente cada una de esas historias y sonrió ante algunas de ellas. Se notaba que a Inuyasha en verdad le gustaba vivir en ese verano eterno. Ella añoraba el sonido de su teléfono móvil. Llevaba sin sonar desde que llegó a esa maldita isla y empezaba a volverse loca.

Pensando que ya era suficiente por un día se detuvo frente a él y se quedaron mirando mientras otra ola rompía contra la arena.

- Me gustaría pedirte algo, si tú quieres.

- Dime.

- A noche me dijiste que fuiste soldado… - se encogió de hombros- Yo escribí un artículo sobre la revolución en Egipto que se vendió muy bien y me gustaría continuar con esta línea un poco más… Se me había ocurrido que tú con tu experiencia como soldado, tal vez…

- Por eso has ido a buscarme.

- ¿Cómo?

- Tenías curiosidad y no sabías cómo pedirme que colaborara en tu artículo así que me hiciste una tarta e intentaste colármela como un regalo por mis molestias. Sin embargo, después de dármela no te atreviste a hablar, te sentiste culpable.

La dejó asombrada. Ni siquiera los mejores periodistas habían sido capaces de leerla de esa forma nunca.

- ¿Cómo lo has sabido todo?

- Eres periodista. Cuando me destinaron a Irán traté con muchos periodistas y todos funcionáis igual. Primero hacéis la pelota, algún regalito y luego vais al grano. Cuando no conseguís lo que queréis por las buenas buscáis trapos sucios para sobornar.

- Yo nunca he hecho algo así.

Jamás. Todos sus artículos se habían escrito honradamente con la colaboración de sus informadores. ¿Buscar trapos sucios? No podría hacerle eso a nadie y mucho menos a un pobre soldado que ya tiene suficiente con su vida en un país beligerante desconocido, lejos de su familia.

- Eso ya lo sé. No veo maldad en tus ojos pero sé que hay muchos periodistas que harían cualquier cosa por vender.

Sí, eso era cierto. Podía darle unos cuantos nombres.

- ¿Estás enfadado conmigo?

- En absoluto. Te contaré todo lo que quieras saber.

- ¿En serio?

¡Vaya! Inuyasha se lo había tomado muy bien, mucho mejor de lo que esperaba.

- Pero al igual que un periodista, yo también quiero obtener algo de esto.

- De eso no tienes que preocuparte. Pediré que me manden de oficinas unos documentos legales para que los firmes y se te ingresará una compensación económica por…

- El dinero no me interesa.

- ¿Ah, no?- esa sorpresa la dejó asombrada- ¿Qué te interesa, entonces?

Justo después de pronunciar aquellas palabras se arrepintió. Él le sonrió, una sonrisa pícara de esas que le lanzaba de vez en cuando y la recorrió con la mirada. ¡De eso nada! Una tenía su orgullo y por mucho que lo deseara, no iba a acostarse con ningún hombre para conseguir una exclusiva. Lo llevaba claro si pensaba…

- Cena conmigo, esta noche.

Otra vez volvió a sorprenderla.

- Prepararemos una barbacoa y mientras cenamos te contaré todo lo que necesites saber para tu artículo, ¿vale?- se inclinó para darle una caricia a Tom- Yo ahora tengo que ir a trabajar y no llegaré hasta las seis.

- D-de acuerdo…

- ¿Qué te pensabas?- le sonrió- No iba a pedirte sexo, ni nada parecido.

No, no iba a hacerlo y ella se sintió aliviada y decepcionada al mismo tiempo.

Era un cabrón egoísta aprovechado y lo sabía pero eso no iba a impedir que continuara con su plan de seducir a Kagome Higurashi. Si ella hubiera rechazado su invitación a cenar, le habría dado igualmente su exclusiva pero prefería tener esa cita y hablar durante la cena. La verdad era que no había mucho que contar, él no era un soldado del otro mundo y no sabía qué era lo que ella buscaba saber, pero le diría cualquier cosa. No tenía nada que ocultar de su estancia en el ejército.

Se preguntó si sería demasiado descarado dejar un par de condones en cada recoveco de la casa. Ella podría negarse a tener relaciones con él, incluso podría no querer ni besarlo o quedarse allí ni un poquito más después de la cena. Ahora bien, tenía la sensación de que si jugaba bien sus cartas, Kagome y él podrían llegar a hacerse muy íntimos el uno con el otro. Ella lo deseaba, lo veía en su mirada pero lo rehuía y no lograba comprender el por qué. Ellos dos serían maravillosos juntos y no era sólo sexo… quiso pensar al principio que sólo era otra mujer que lo ponía cachondo. Se equivocó. Kagome era más que sexo y temía que si se acostaban no fuera capaz de separarse de ella nunca más. No sabía qué demonios le ocurría con ella.

Pasó el resto del día arreglando un par de motores obstruidos y ayudando a poner a punto una lancha. Cuando al fin terminó eran casi las siete y empezó a maldecir a todo ser viviente de ese mundo. Le dijo a Kagome que estaría allí a las siete y tenía que ducharse y pasear a Tom. ¡Todo estaba saliendo mal!

Condujo como un loco hasta su casa y casi se le desencajó la mandíbula cuando vio a Kagome sentada en su porche jugando con Tom. El perro se dejaba acariciar como un macho enamorado y él sentía envidia. También quería que Kagome lo acariciara y riera de esa forma con él. Se bajó de su camioneta y la registró minuciosamente mientras subía las escaleras del porche. Ella se había cambiado y volvió a llevar uno de sus bikinis de diseño de color negro que resaltaba sus pechos y un pareo color marfil de tela traslúcida. ¡Menos mal! Esa mañana la vio por primera vez con algo más que un bikini puesto y temió que esa fuera su nueva rutina. Aunque debía admitir que cuando alzó los brazos para impedir que Tom se comiera la tarta y se le levantó el top, aquel pedazo de carne expuesto lo excitó más que todo lo que mostraba el bikini. Era mucho mejor ir descubriendo poco a poco lo que ocultaba.

- Tom estaba ladrando mucho. Espero que no te importe que lo haya sacado a pasear.

- No, gracias.

La verdad era que le había ahorrado un paseo con lo cansado que estaba.

- Siento llegar tarde, la lancha…

- No te preocupes. Yo también solía estar trabajando hasta tarde.

- Tengo que ducharme, estoy hecho un asco. Seré lo más rápido posible.

- Tranquilo, puedo ir preparando alguna cosa mientras te duchas.

Él subió corriendo al segundo piso. Agarró un bañador azul marino y una camiseta de tirantes gris y se metió en el baño. Se suponía que era él quien invitaba a Kagome a cenar, no quería que ella se ocupara de todo. Se duchó a toda velocidad y se afeitó tan rápido que a punto estuvo de hacerse un par de tajos. Cuando al fin se vistió pensó en secarse el pelo pero mojado se le fijaba mejor. Se quitó el exceso de agua con una toalla y se lo dejó despeinado. Cuando volvió a bajar, ni Kagome, ni Tom estaban en la cocina.

- ¡Estamos aquí afuera!

Siguió el sonido de la voz de Kagome y salió al patio trasero. La mesa había sido colocada y se habían preparado los cubiertos, los platos y los vasos. Ella había preparado una ensalada y unos canapés. También vio una botella de vino que no recordaba tener en la casa. Ella debió traerla. Sacó los filetes de la nevera, unas verduras y sardinas y volvió al jardín. Kagome ya había preparado todo lo que necesitaba para encender la barbacoa. Mientras él asaba la comida, disfrutó viéndola jugar con Tom. Él tenía una importante regla: ninguna mujer que no soportara a Tom podría tenerlo a él. Kagome había conquistado al perro desde el primer día y a ella le gustaba estar con él.

En cuanto terminó con el asado se sentaron a comer. Ambos estaban hambrientos. Kagome también le había traído el documento de colaboración pero lo firmara más tarde.

- No deberías darle tanta comida, no te dejará en paz.

Kagome no le hizo caso y le dio otro buen pedazo de carne que el perro devoró en cuestión de segundos. Tom se estaba poniendo las botas con Kagome.

- ¿No ibas a interrogarme?

- La verdad es que no sé por dónde empezar. No sé cuál es tu experiencia, ni nada. Podrías contarme tu historia desde el principio.

Su historia desde el principio. ¿Cuál era el principio? Siempre quiso ser soldado. Ella encendió su grabadora y le indicó que podía empezar cuando quisiera.

- No sé exactamente cuando decidí que sería soldado pero es algo que siempre he deseado. Cuando era niño jugaba con mis soldados de juguete. Construía ciudades con los bloques de Lego y ayudaba a los civiles.

- ¿Ayudabas a los civiles?

- Mis amigos solían destruir las ciudades y matar a todos los enemigos pero yo siempre quise a ayudar a esa gente. Tanto a la gente de mi bando como a la del otro. Los civiles no tienen la culpa de las guerras. La culpa de las guerras la tienen unas pocas personas.

Ésa era su filosofía desde que estuvo en Irán. Allí fue donde decidió que no lucharía por ningún gobierno, nunca más.

- La medicina no es mi campo, soy un poco zoquete. Pero descubrí que podría ayudar en el ámbito social. Rescatar gente de los ataques, proteger civiles, llevarlos a campamentos de ONG. Eso es lo que quería desempeñar como soldado y me alisté en el regimiento de ayuda social.

- Eso es muy bonito, Inuyasha.

- Yo también lo pensé hasta que llegué a Irán. Me entrenaron para matar, cosa que no podía explicar. ¿Por qué un soldado destinado a ayudar y a proteger había sido entrenado de esa manera? Lo descubrí allí. No querían que salváramos a esa gente, era todo política. El gobierno quedaría bien si enviaba un regimiento destinado a la ayuda social pero en realidad, sus vidas eran lo de menos.

Kagome lo miró horrorizada y no era para menos. Él mismo vio su propia mirada horrorizada ante un espejo la mañana en la que decidió que ya había tenido suficiente.

- Nunca nos dijeron abiertamente que matáramos a un civil pero tampoco nos dijeron lo contario. En situaciones de riesgo primaba nuestra vida y teníamos que abandonarlos. Los viejos y los enfermos eran fusilados. Las mujeres violadas por los soldados que juraron protegerlas. Los niños… los niños se convirtieron en terroristas después de conocer nuestro ejército…

- ¡Dios mío!

- Me marché. No pude soportar la falta de ética y de moral del ejército y me fui. Creo que marchándome de allí estoy haciendo más por esos civiles que permaneciendo allí. Mi único deseo era salvar vidas, no destrozarlas.

Se quedaron en silencio durante unos segundos que Kagome utilizó para apagar la grabadora y escribir un par de notas en su agenda.

- Siento haberte decepcionado…

- Al contrario. –le sonrió- Nunca había escuchado hablar a un soldado de una forma tan… tan… tan humana. – parecía que le costara encontrar las palabras- Los héroes duran un par de semanas, las malas noticas bajan la moral de la personas, pero la visión de un ex soldado sobre lo que realmente es Irán en término sociales… Creo que tu historia los conquistará. ¿Crees que otro día podrías contarme una anécdota en concreto?

- Por supuesto.

¿Cómo que otro día? La vio levantarse. Acababan de comerse el postre. Estaba tan embelesado contando su historia en el ejército que ni se había percatado del paso del tiempo. Vio en su reloj que eran las diez y media de la noche. Ella empezaba a recoger los platos y después se marcharía. Tom ya estaba durmiendo sobre su manta. ¡Tenía que hacer algo para retenerla un poco más!

- ¡Espera!- puso una mano sobre la suya- ¿Te apetece bailar?

No era un gran bailarín pero sabía desenvolverse más o menos. Ella dudó durante unos tortuosos instantes y finalmente aceptó su invitación de bailar. Puso música lenta con la esperanza de que Tom no se despertara para echarlo todo a perder y así poder abrazarla. Bailaron en silencio. Ella rodeaba su cuello con sus brazos y apoyaba su cabeza contra su hombro, todo su cuerpo se apretaba contra el suyo de una forma delicioso. Él rodeaba su cintura con sus brazos pero a medida que fueron bailando, terminó acariciando su espalda con una mano. Bailaron una canción, y otra y otra y cuando quiso darse cuenta había pasado casi una hora.

- Se hace tarde… -musitó ella contra su hombro.

- Ninguno de los dos tiene que trabajar mañana. – le contestó él.

- No debería quedarme, no está bien.

Kagome dejó de bailar y abrió una distancia de unos pocos centímetros entre sus cuerpos ardiendo. Ella lo deseaba, lo leía en su mirada y en las señales que le enviaba todo su cuerpo. ¿Por qué se oponía a ese impulso? Él ya no podía oponerse más, estaba harto de aguantar. Sin hacer caso de sus protestas, rompió la distancia entre los dos y la besó. Fue el beso más mágico y más maravilloso de toda su vida. La abrazó estrechamente cuando ella quiso resistirse y sólo fue cuando ella se rindió en un gemido que se atrevió a acariciar su cuerpo. Jamás la forzaría, si ella de verdad no quería hacerlo, no la obligaría pero ella no volvió a hacer amago de resistirse. Se apretó contra él exquisita como era y se lo dio todo.

Continuará…