Capítulo 3:
No podía durar demasiado. En la última semana había sido más feliz que en toda su maldita vida y algo le decía que eso no podía durar demasiado. Inuyasha era maravilloso, más maravilloso de lo que ella imaginó. En la cama era un amante generoso y apasionado que adoraba su cuerpo sin descanso. En la mesa era de esos hombres que devoraban su comida gimiendo de puro placer y alabándola por sus grandes dotes. Cuando salían a pasear hablaba con ella, la escuchaba, la comprendía e intentaba ayudarla. Y todo eso por no hablar de esos magníficos masajes que le daba.
Por otra parte también estaba Tom. Adoraba a Tom, era un perro encantador aunque su adoración por ella llegaba a veces a los límites de la paciencia de Inuyasha. En más de una ocasión cuando estaban en la cama se había puesto a ladrar frente a la puerta para que le abrieran. Cuando Inuyasha se había dejado la puerta abierta, el perro se había adentrado en la habitación y los había interrumpido en la mejor parte para lamerle la cara a ella. El perro parecía estar intentando ganar toda su atención e Inuyasha no hacía más que competir con él por ella. Eran como dos niños.
Vivían intermitentemente en casa de uno o del otro. Cuando él se iba a trabajar en vez de volver a su casa, volvía a la de ella donde le esperaba cuidando de Tom. Cuando él iba a entrenar, ella iba a su casa a leer y terminaban quedándose allí. Estaban todo el día de un lado al otro y empezaba a asustarle esa dependencia que habían desarrollado el uno del otro. Ella no quería nada serio y sin comerlo ni beberlo, su relación se estaba convirtiendo en algo serio.
Levantó la tapa de la olla y esparció un poco de romero sobre el pollo. Para ese día se había decantado por preparar pollo al ajillo con patatas fritas, una ensalada y refrescante gazpacho. Tom correteaba alrededor de sus piernas, frotando la cabeza contra ellas para recibir de alguna manera las caricias que anhelaba. Ella no podía atenderlo en ese momento. Hasta el perro había desarrollado una extraña dependencia de ella y de sus atenciones. Inuyasha había sido llamado para arreglar un par de coches y le prometió regresar para la hora de comer. Ya eran casi las dos y la comida estaba casi lista, sólo necesitaba unos minutos de reposo.
Volvió a poner la tapa sobre la olla y estaba guardando en el armario de la pared el bote de especias cuando sintió unas familiares manos acariciando su vientre desnudo. Reconocería en cualquier parte esas grandes manos ásperas por el trabajo y siempre calientes acariciándola. Se rió sin poder evitarlo al sentir sus labios besando esa zona tan sensible de su cuello y jadeó de puro placer femenino cuando la mordió. Él la apretó contra su cuerpo y pudo sentir la piel desnuda de su torso contra su espalda y el prominente bulto en la entrepierna de su bañador. Inuyasha era incansable pero ella con él también lo era.
- ¿Me echabas de menos?- murmuró contra la piel de su cuello.
- Mmm… no mucho… - bromeó.
- ¿No mucho?- la mordió- ¡Te vas a enterar!
Esperaba un sensual ataque de sus labios y sus manos pero en lugar de eso empezó a hacerle cosquillas, unas agresivas cosquillas que la hicieron reír casi con violencia. Desde que había descubierto que era una fuente incansable e inagotable de cosquillas no hacía más que fastidiarla.
- ¡Basta, por favor!
Ya empezaba a dolerle el costado por las cosquillas, reírse tanto la mataría. Inuyasha, quien estaba riendo con ella al mismo tiempo, entendió el mensaje y al fin se detuvo. Le dio un beso en la coronilla y se acercó a la olla para levantar la tapa y ver el contenido.
- ¡Qué bien huele!- exclamó- ¡Y qué buena pinta! Me muero de hambre.
- Tendrás que esperar un par de minutos.
- Podemos aprovechar esos minutos.
Ella entendió sus intenciones y le siguió el juego haciendo como que huía. Él por supuesto la atrapó en seguida y la empujó contra la nevera. En menos de un segundo se besaban apasionadamente. Se abrazaron estrechamente el uno contra el otro mientras se devoraban mutuamente, sin descanso. Kagome rodeó sus caderas con una de sus piernas desnudas y éste acarició con salvajismo su muslo desnudo, anhelando cada vez más y más de ella. Desgraciadamente, como ya era costumbre, su apasionado encuentro se empezó a ver interrumpido por los ladridos de Tom y los lametones en sus piernas. Inuyasha enloqueció.
- ¡Ya es suficiente, Tom!- le gritó.
El perro no se dio por vencido y continuó lamiéndole las piernas.
- ¡Basta!- lo apartó de un empellón sabiendo que el perro no se pondría agresivo- ¡No seas tan pesado!
Se volvió de nuevo hacia ella y antes de que pudiera reñirle por ser tan agresivo con el perro, él clavó sus dientes en su cuello. Se olvidó de todo lo que estaba pensando en ese momento y gimió de puro placer femenino. Inuyasha sabía cómo enloquecerla, no le cabía duda de ello. Sin embargo, Tom no se dio por vencido y continuó ladrando.
- ¡Maldita sea, Tom!
- Creo que el pollo ya está listo…
Hizo espacio entre los dos y se escabulló de su abrazo para servir la comida mientras que Inuyasha no paraba de reñir al perro y echarle en cara que acababa de quedarse sin un "estupendo polvo" por su culpa. Tenía razón, lo que había entre ellos era estupendo pero ella no lo llamaría "polvo". Quería llamarlo así pues eso era lo que buscaba en sus vacaciones pero lo que había conseguido era muy diferente y empezaba a asustarse.
Inuyasha la ayudó a poner la mesa y se sentaron a comer. A penas habían empezado cuando ella cogió otro plato y puso los pedazos de pollo con más hueso que encontró para Tom. El perro saltó del sitio al ver el manjar y empezó a devorarlo.
- Estás mimando demasiado al perro.
- Y tú lo mimas muy poco. –le sacó la lengua.
- No conseguirás quitártelo nunca de encima. Cuando tú estás cerca el perro se vuelve idiota.
Ella se limitó a sonreírle y se sentó a comer.
- ¿Qué tal el trabajo?
- Uno de los coches sí que necesitaba un buen arreglo, el otro… bueno… no estaba tan mal…
La sombra de la sospecha creció en ella en ese momento. Inuyasha se había puesto nervioso al hablar y le rehuía la mirada. ¿Sería posible que…?
- ¿De quién era el coche?- le preguntó.
- De Tottosai. – contestó rápidamente.
- ¿Y el otro coche?
- Bueno… pues… -le echó una rápida mirada- Del señor Tama.
Se metió un enorme cacho de pollo en la boca y empezó a masticar con la mirada perdida, alejada de la de ella, esquivándola. Ambos sabían de lo que estaba hablando cuando mencionaba al señor Tama. Estaba hablando de su hija, Kikio Tama. En sus visitas a los locales antes de liarse con Inuyasha la conoció. Era una muchachita descarada que se creía el ombligo del mundo. Mientras ella bailaba con otros hombres e Inuyasha la observaba, ésta se dedicaba a atosigarlo e intentar que le mirara sus tremendos escotes. En esa última semana fueron un día a bailar y ella tuvo que marcharse enfadada porque la susodicha se había restregado contra él como si tuviera todo el derecho a hacerlo. Inuyasha la persiguió, le explicó que él nunca le había dado pie a que pudiera suceder algo entre ellos, le suplicó perdón y luego le hizo el amor para demostrarle que sólo tenía ojos para ella. Por ese día aceptó, pero aquel día era otro y no estaba dispuesta a perdonar tan fácilmente.
Mordió un pedazo de pollo enfadada sin poder disfrutar del sabor de las especias y le lanzó una mirada asesina a Inuyasha. Seguro que esa mocosa convenció a su padre para que llevara el coche al taller y ella misma lo llevó. Mientras Inuyasha buscaba "inocentemente" el fallo, ella le habría restregado los pechos por la cara y… ¡No quería pensar en ello!
- Kagome…
- Me gustaría comer en silencio.
Él se calló al escucharla entendiendo acertadamente que no estaba de humor para discutir sobre el asunto y comieron en silencio. Ella estaba sacando la tarta de queso cuando escucharon un motor fuera. Allí sólo vivían Inuyasha y ella, no había más casas. Como ella estaba de vacaciones y no vivía allí, la visita sólo podía ser para Inuyasha. Él se disculpó con la mirada y salió a atender a quien quiera que fuera. Ella pensó en quedarse allí pero de repente se le ocurrió la idea de que podría ser Kikio.
Se levantó como una bala y salió al porche. El coche era un todoterreno de hombre e Inuyasha hablaba con un hombre que estaba de espaldas a ella. Parecían conocerse y ser amigos. Sintiéndose muy estúpida intentó volver a entrar pero Tom empezó a ladrar delatando su posición.
- Shhhhhhhhhhhhh. – quiso acallarlo- ¡Tom, calla!
Cuando volvió a levantar la mirada, los dos hombres la observaban. Inuyasha con curiosidad y Kouga… ¡Un momento! ¿Kouga? ¡Claro! Debió imaginar que sería posible. Inuyasha fue soldado, Kouga era soldado y los dos pertenecían a un cuerpo de acción humana. Era evidente que se conocieron en el ejército y por eso eran amigos.
- ¡Ey, Kagome!
Ella levantó la mano para saludarle sin saber muy bien qué hacer. Kouga le dio su número de teléfono y no le había llamado. La situación era un poco vergonzosa.
- ¡Hola, Kouga!
¿Se conocían? ¿De qué demonios podían conocerse Kagome y Kouga? Kouga era un soldado del ejército, su antiguo compañero en el cuerpo de acción social. Sabía que ella estaba interesada en el asunto, sobre todo teniendo en cuenta el artículo que estaba escribiendo en su tiempo libre, pero ¿de qué podrían conocerse ellos dos? No lograba imaginarse en qué universo habían coincidido. Lo que sí que tenía claro era que a Kouga le gustaba Kagome. Se le iluminó la mirada como a un colegial enamorado cuando la vio en el porche, dándole a entender que la conocía. ¿Habrían sido pareja? ¿Se habrían acostado? ¿Kagome sentiría algo por él?
El día estaba marchando horriblemente mal. Desde luego ni se había imaginado el giro de los acontecimientos cuando esa mañana se despertó de la más maravillosa de las maneras. ¿A qué hombre no le gustaba despertarse con una preciosa mujer desnuda tumbada sobre él besando su cuello y su pecho? A él personalmente le encantaba y le había devuelto el favor con creces. Habían desayunado juntos haciéndose carantoñas y estaban planeando ir a nadar a la playa cuando sonó su teléfono. Sólo sonaba el teléfono cuando tenía trabajo y frunció el ceño enfadado mientras escuchaba al dueño del taller. Marcharse requirió de toda su energía y Kagome le prometió entre besos que le prepararía una deliciosa comida para cuando él volviera. Con esa promesa en mente, se fue a trabajar.
El primer encargo necesitaba una reparación con urgencia. Se le había estropeado la junta culata del coche y sin ella no podía hacer nada en absoluto. La sacó y la revisó para ver qué podría haber ocurrido y encargó una igual para ese modelo de coche. Después se dirigió hacia el siguiente coche, deseoso de terminar para volver a ver a Kagome. Esa mujer lo tenía totalmente absorbido. Le había costado un poco asumirlo al principio pues quería pensar que era solo deseo, pero no. Estaba total e irremediablemente enamorado de Kagome Higurashi. Ella tenía que sentir lo mismo por él, se comportaban como un matrimonio. Estaban a un paso de vivir juntos, ella cocinaba para él y cuidaba tanto de él como de Tom. Él también cuidaba de ella por supuesto y la protegería de cualquier mal. Además, en la cama eran estupendos. Ella se lo daba todo y él no podía evitar corresponderla con la misma entrega.
Al ver a Kikio Tama sentada sobre el capó del siguiente coche, el alma se le cayó a los pies. Justo la persona a la que menos le apetecía ver. Kikio Tama llevaba persiguiéndolo desde el día en que llegó a esa isla. Ella por aquel entonces era una muchachita de catorce años con mucho pecho y poco cerebro. Ahora tenía dieciocho años y menos cerebro. Esa muchachita inconsciente había estado a punto de estropear su relación con Kagome cuando tuvo la osadía de restregarse contra él como si fuera su novio. Le costó lo suyo apaciguar a Kagome y con toda la razón del mundo. El comportamiento de Kikio dejaba mucho que desear. En ese día se había puesto un ajustado y diminuto vestido y le esperaba con una sonrisa mientras lo examinaba atentamente. Kikio era una chica guapa pero una niña tonta. Él nunca saldría con ella y mucho menos teniendo a una mujer.
No le dejó en paz mientras examinaba el coche y tal y como imaginaba, al coche no le pasaba nada. Como mucho necesitaba llenar el depósito de gasolina pero nada que requiriera la atención de un mecánico. ¡Y él perdiendo su tiempo! Se marchó enfadado del taller sin querer hablar con ella por miedo a estrangularla. Cuando llegó a la casa y vio a Kagome su deseo se inflamó. Ella vestida como de costumbre con un bikini y un pareo estaba guardando un tarro de especias en un armario. La asaltó por detrás y podrían haberlo pasado muy bien si Tom no les hubiera interrumpido. Ese perro estaba tomando la mala costumbre de interrumpirlos en los mejores momentos. Empezaba a pensar que estaba tan enamorado de Kagome como él mismo.
Vio como Kouga se alejaba de él y corría hacia el porche para ver a Kagome. La cogió en brazos y giró con ella como si fueran amigos de toda la vida. Ella se rió encantada y lo abrazó cuando la dejó en el suelo. Empezaron a hablar, a reír y se acercaron más de lo necesario. No los oía pero desde allí se veía como si estuvieran coqueteando. Se puso furioso, hirviendo por los celos.
Se dirigió hacia el porche de Kagome intentando mantener la calma y llegó a tiempo de escuchar lo último que dijeron.
- ¿… de tus golpes?
- Sí, ya estoy mejor.
- ¿Golpes?- preguntó preocupado- ¿Qué golpes?
- Es una larga historia Inuyasha, no creo que quieras saberla.- le contestó ella con los nervios a flor de piel.
- Sí que quiero saberla.
Kagome se quedó en silencio como si temiera contársela y entonces miró a Kouga, pero él tampoco parecía dispuesto a soltar prenda.
- Kouga, ¿quieres comer algo?- le preguntó Kagome- Ha sobrado pollo y seguro que estás hambriento.
Kouga aceptó encantado la invitación y de repente sintió que él sobraba. Tres eran multitud. Kagome le sirvió un plato de pollo y se sentó a su lado para charlar con él. Él se dedicó a devorar su tarta de queso observándolos de mal humor. Kouga flirteaba descaradamente con Kagome en sus propias narices cuando era más que evidente que estaban liados. Lo peor era que Kagome no le paraba los pies y le animaba a continuar.
Se suponía que Kouga vino a verle a él a darle algunos informes de las últimas noticas al frente y los avances y pasaría la noche allí. Pero, ¿dónde? Dejó caer la bomba de que no tenía donde quedarse y Kagome le ofreció encantada su casa. ¿Se había vuelto loca? ¿Pretendía quedarse en la misma casa con Kouga y que él no hiciera nada para evitarlo? ¡Sobre su cadáver! Antes de que Kouga pudiera contestar a esa invitación con una afirmativa, él se interpuso en la conversación y dejó bien claro que Kouga dormiría en su casa. Se hizo el silencio y por su tono, nadie osó discutirle.
Tuvo que marcharse con Kouga hacia su hogar después de que él terminara de comer y a juzgar por la mirada reprobatoria de Kagome supo que estaba muy disgustada con su comportamiento. ¡Perfecto! Él también estaba muy disgustado con el comportamiento de ella con otro hombre. Discutirían un rato, se tirarían de los pelos, se gritarían y por último tendrían buen sexo de reconciliación.
En cuanto cerró la puerta de su casa fue a por Kouga.
- ¿Se puede saber de qué coño conoces a Kagome?- no le dejó contestar y continuó- ¡No te acerques a ella! Kagome y yo estamos juntos, ¿entendido?
- Sí que te ha dado fuerte con esa tía…
- ¡Cállate!- se sentó sobre un taburete- ¿Por qué sois tan íntimos?
- Después de lo que ocurrió entre nosotros es normal…
Los celos lo invadieron. Se lanzó sobre Kouga y agarrándolo por las solapas de la camisa lo levantó y lo estampó contra la pared sin apartar su mirada furiosa de él.
- ¡Tranquilo, Inuyasha!- intentó apaciguarlo- ¡No es lo que tú piensas!
- ¡Explícate!- le exigió.
- Nos destinaron a Egipto cuando ocurrió toda la revuelta y ella estaba allí.
Recordaba que ella le dijo que escribió sobre la revuelta de Egipto pero no le dijo nada sobre que lo hubiera visto en persona. Eso era peligroso.
- Sus ansias de conseguir una gran noticia la metieron en líos… - musitó- La secuestraron y pidieron un gran rescate por ella. Todos sabíamos que se pagara o no el rescate ella estaba condenada a morir.
Eso también lo sabía él. Nunca la devolverían con vida pero ella estaba allí vivita y coleando.
- Formamos un grupo de rescate. Cuando llegué hasta ella estaba desnuda e iban a violarla… ¡La salvé!- le gritó- Por eso nos conocemos.
Lo soltó mientras trataba de asimilar sus palabras. Kouga salvó a Kagome de que la violaran y de una muerte segura, por eso ella parecía tan cariñosa y agradecida con él. Kagome le debía su maldita vida y si no hubiera cometido la estupidez de… ¡Iba a matarla!
Soltó a Kouga y sin escuchar sus gritos pidiéndole que no hiciera ninguna tontería como la que estaba a punto de cometer, salió de su casa y se dirigió hacia la casa de Kagome. Abrió la puerta de un empellón y la buscó hasta encontrarla peinándose frente a su tocador. Ella lo miró asustada a través del espejo sin comprender por qué estaba tan enfadado y por qué había aparecido así en la casa. La agarró, la hizo girarse y empezó a sacudirla.
- ¿En qué demonios estabas pensando?- le gritó- ¡Podrían haberte hecho cosas realmente horribles! ¿Es que no lees los putos periódicos? ¿No sabes nada de historia? ¡Durante las revueltas es cuando más hombres se aprovechan de las mujeres!
Ella lo miró en ese momento con comprensión.
- Kouga te lo ha contado…
- ¡Debiste contármelo tú!- la sermoneó- ¿Por qué hiciste esa tontería?
- No era ninguna tontería, mi artículo necesitaba…
- ¿Tu artículo? ¿Tu artículo es más importante que tu vida?- insistió- ¿Hubieras muerto para tener tu dichosa exclusiva?
- Admito que en su momento no medí adecuadamente los riesgos de…
- ¡No mediste nada! Te lanzaste a la aventura sin tener ni la más mínima idea de dónde te estabas metiendo y ahora podrías estar muerta….
- ¡Pero estoy viva!- le gritó.
Kagome luchó contra él para librarse de su agarre y él terminó soltándola por propia voluntad sólo para evitar que se hiciera el menor daño.
- Para que lo sepas, soy una reportera muy cualificada. Me preparé a conciencia para ese trabajo, estudié todas las posibilidades, contraté a los mejores guardaespaldas…
- Y nada de eso sirvió.
- Tal vez pero podría haberle pasado a cualquiera.
- ¡A mí lo que me importa es que te ocurrió a ti!- gritó furioso- He visto morir a cientos de personas en esas revueltas pero si fueras tú quien… ¡No me lo puedo ni imaginar!- suspiró frustrado- ¡Prométeme que jamás volverás a hacer nada semejante!
- ¡Lo haré si quiero!- contraatacó.
- Me lo prometerás. – dijo con tono de orden en esa ocasión.
- Ningún hombre me ha dado órdenes nunca y mucho menos tú. ¡Métete en tu dura cabeza que tú no mandas!
Volvió a gritar furioso y se marchó de su habitación sin querer mirarla. No quería que su mirada lo ablandara o en ese caso, más bien, lo enfureciera más todavía. Salió de la casa dando un portazo y se dirigió hacia la suya propia. ¡Maldito fuera Kouga! ¡Malditos fueran los secuestradores egipcios! ¡Y maldita fuera Kagome por importarle tanto!
Continuará…
