Capítulo 4:

Kagome no le hablaba, estaba furiosa con él y no sabía cómo acercarse a ella. Tom y Kouga se acercaban sin problemas pero cuando él hacía el amago de ir hacia ella, la mujer escupía fuego. Tampoco era para tanto, ¿no? Sólo estaba preocupado por ella, quería meterle algo de sensatez en la cabeza pero se lo había tomado a la tremenda y se comportaba con él como si fuera el ser más repugnante de la tierra. No sabía cómo acercarse sin que intentara matarlo.

Por otra parte, Kouga lo estaba sacando de sus casillas. Se estaba aprovechando de lo lindo de la situación y se pasaba día y noche detrás de ella. ¡Maldito desgraciado! Se suponía que iba a pasar solo una noche y ya llevaba cuatro. No se atrevía a echarlo porque estaba seguro de que entonces, se marcharía a vivir a la casa de Kagome y eso era lo último que deseaba. Ya le veía hacer bastantes intentos a diario, no quería despertarse un día por la mañana y ver a través de la ventana a Kouga levantándose de la cama de Kagome. Eso era mucho más de lo que él podía soportar.

Tom parecía estar también enfadado con él, como si le molestara enormemente que Kagome no le hablara. Corría hacia su casa con la correa entre los dientes para pedirle a Kagome que lo paseara y cuando eso era imposible y tenía que resignarse a que lo paseara él, no le miraba y se alejaba lo máximo posible. Ese perro se comportaba como una mujer herida, como Kagome y empezaba a hartarle que incluso su perro le tratara de esa forma.

Sacó el pollo asado que había comprado en el pueblo del microondas y lo miró sin ganas de comer. Ese pollo no tenía ni punto de comparación con el tierno y jugoso pollo con sabor a especias que cocinaba Kagome. Aún así, se sentó y empezó a comerlo intentando restar importancia a las risas y los ladridos que escuchaba del exterior. Sin embargo, no pudo soportarlo y se levantó para dirigirse hacia la ventana. Apartó la cortina lo suficiente como para ver el exterior y vio a Kagome, Kouga y a su perro comiendo en el patio trasero de su casa. Kagome había preparado una ensalada de pasta y chicharro al horno. Tenía la ventana cerrada pero casi podía oler el aroma de esa deliciosa comida. Kagome y Kouga reían y su perro mordisqueaba un hueso que Kagome debía haber guardado para él. Sintió rabia. Él debería estar ocupando el lugar de Kouga en ese momento. Así era hasta que él llegó y lo fastidió todo.

Dio un puñetazo a la pared furioso con Kouga y consigo mismo y volvió a la cocina para continuar con su triste comida. Toda la culpa no era de Kouga. Él no supo asimilar la noticia de lo que podría haberle sucedido a ella en Egipto y se había comportado como un neandertal. Masticó el pollo sin disfrutarlo en absoluto y se fue a hacer pesas. A penas había empezado cuando Tom y Kouga entraron en la casa.

- ¡Ey, Inuyasha!- lo llamó- ¿Por qué no has venido a comer con nosotros?

Porque Kagome se había sentido forzada a invitarlo por educación pero en realidad no quería verlo y él no iba a ser el gilipollas que le estropeara el día.

- Estaba ocupado…

- Ya veo. – entró en el salón- Comiendo pollo rancio y haciendo pesas. Seguro que todo eso es mejor que comer con una hermosa mujer.

- Esa hermosa mujer no quiere saber nada de mí.

- Pues yo creo que está deseando que vayas a buscarla.

- ¿Acaso a ti te importa eso? Pensaba que estabas intentando ligártela desde vuestro encuentro en Egipto.

- No puedo negar lo innegable.

Claro que no podía. Se veía a la legua que besaba el maldito suelo que Kagome pisaba y odiaba admitir que él mismo lo hacía. La añoraba muchísimo pero no pensaba ceder, no sería él quien suplicara ya que era ella la que estaba enfadada con él. Él nunca estuvo enfadado con ella, sólo preocupado. Pero si Kagome insistía que sólo era un hombre intentando darle órdenes pues allá ella. Además, eso le serviría para ir distanciándose de su vecina. Ella sólo estaba de vacaciones, se marcharía sin mirar atrás y él sólo sería un "polvo" en el pasado. Daba igual lo que él sintiera por ella ya que ella no parecía sentir lo mismo.

- Aún así, no me gusta perseguir chicas que están coladas por otros…

Desde luego no estaba hablando de él. Kagome estaba de todo menos colada por él o al menos no lo estaría después de su discusión. Tom escogió ese momento para entrar en el salón. Lo ignoró por completo mientras se dirigía hacia la ventana y se alzó sobre sus dos patas traseras para mirar por la ventana. Kagome salió de su casa con un libro en la mano para leer, a las tres en punto. Por un momento se sintió tentado a revivir las viejas costumbres.

Tom ladró, corrió hacia la puerta trasera de la casa y empezó a arañarla y a exigir con ladridos que alguien le abriera. Él y Kouga se quedaron mirando al perro sin saber muy bien qué hacer. Inuyasha decidió que no pensaba abrirle la maldita puerta. Ese maldito perro lo ignoraba por completo y le estaba haciendo los feos más horribles desde que Kagome y él se enfadaron. No pensaba concederle sus caprichos después de su comportamiento infantil. Aún así, se salió con la suya ya que fue Kouga quien le abrió la dichosa puerta. Tom salió corriendo, saltó la valla y casi tiró a Kagome al lanzarse sobre ella. ¡Si tanto la quería, que se marchara con ella!

Kouga agarró un par de pesas de su bien equipado juego de pesas y empezó a hacer unos ejercicios a su lado. De repente, miró hacia la ventana como si se le hubiera ocurrido una gran idea.

- ¿No se te ha ocurrido hacer pesas en el patio trasero?- le preguntó- Seguro que tu vecina…

- No sigas.

Claro que se le había ocurrido y mucho antes que a él pero ya no tendría el mismo significado, ya no sería igual que antes.

- ¡Oh, vamos!- exclamó- No puedes pasarte la vida aquí dentro gruñendo.

- ¿Tú no ibas a quedarte solo una noche?

- Cambié mis planes… -suspiró- Si te molesto aquí…

- ¡Ni sueñes con irte a la casa de Kagome!

Tal vez estuviera todo perdido entre Kagome y él pero no pensaba regalársela a cualquier que pasara por allí y mucho menos a Kouga Wolf. Sabía lo que ocurriría. Un par de polvos y un si te visto no te conozco. Así era Kouga. Aunque últimamente empezaba a plantearse si así era también Kagome.

- Mira, esta noche voy a ir con Kagome al centro. Le prometí llevarla a bailar, ¿vienes?

¿Y quedarse mirando como esos dos bailaban y coqueteaban frente a toda la gente de la isla? No, gracias.

- No me apetece.

- Eso no me lo creo. Hazme caso y ven, tal vez te lleves una sorpresa y encuentres a la isleña de tus sueños.

Él no quería a la maldita isleña de sus sueños, él quería a Kagome Higurashi y a nadie más. Se encogió de hombros mientras escuchaba a Kouga echarle el rollo sobre todas las razones por las que debía ir y finalmente decidió aceptar. Al fin y al cabo, alguien tenía que evitar que entre esos dos ocurriera algo.

¿Por qué todo le tenía que salir mal? Cuando Kouga le propuso ir a bailar esa noche, lo último que esperaba era terminar en la camioneta de Inuyasha, entre los dos hombres. Aceptó ir y cuando ya vestida salió, lo último que esperaba era que Inuyasha los acompañara. Ya no podía decir que no pues había aceptado la invitación de Kouga y estaría muy feo rechazarla en el último momento. Además, se notaría que rechazaba tan repentinamente su oferta por Inuyasha, era evidente.

Desde que discutieron sobre su estancia en Egipto no habían vuelto a hablarse. Inuyasha se mostró enfadado, arisco y machista pero ella tampoco fue una santa. Los dos estaban enfadado y acalorados y dijeron cosas que no pensaban. Horas después de que Inuyasha se marchara, cuando tenía la cabeza bien fría, se arrepintió de muchas de las cosas que le dijo. Ella no pensaba que él intentara controlar su vida, ni nada parecido. Fue tan sumamente encantador ver lo mucho que se preocupaba por ella. Pensó en acercarse a su casa para hablar del asunto pero no se atrevió ni a pasar del porche de la suya.

A partir de ahí ni una palabra entre ellos. Tom se escapaba de su dueño para que ella lo paseara y agradecía su compañía pero a Inuyasha tendría que empezar a molestarle el que el perro se comportara de esa forma. A veces, miraba en dirección a Inuyasha en busca de su permiso pero él ya les había dado la espalda y entraba en su casa. Intentaba ser amable y saludarle pero él siempre la esquivaba. ¿Si se negaba a saludarla tan siquiera cómo iba a lograr hablar con él? También continuaba su rutina de salir al patio trasero a leer a las tres pero él no salía a hacer pesas tal y como indicaba la tradición. Lo veía a través de la ventana haciéndolas en su salón o más bien, su gimnasio.

Kouga era encantador, muy divertido y contaba historias muy interesantes pero no era como Inuyasha. Nunca se plantearía tan siquiera el tener una aventura con Kouga mientras que no podía dejar de pensar en su aventura con Inuyasha. Las historias de Kouga sobre el ejército eran a veces divertidas y otras veces deprimentes pero nada de lo que le contaba tenía la calidad de la entrevista que le hizo a Inuyasha. Él era diferente, veía las cosas desde un punto de vista más humano y a Kouga le encantaba hacerse el machito de película de acción.

Ataviada con su vestido de tirantes color teja que favorecía su escote y sus largas piernas había pensado en relajarse un poco bailando con Kouga y sentirse de paso un poco mujer. Era estúpido pero se sentía carente de atractivo sólo porque Inuyasha hubiera dejado de perseguirla tal y como lo hacía antes. ¡Maldito Kouga! Si él no hubiera aparecido por allí contando su historia de Egipto.

- Ya hemos llegado.

Kouga se bajó de la camioneta de un salto pero a ella y a Inuyasha les costó un poco más. Cuando se dio cuenta de que su brazo y el de él se estaban rozando, se apartó como si le quemara y se bajó de la camioneta con la ayuda de Kouga. En realidad, sí que le había quemado. Le abrasaba todo el cuerpo el contacto de Inuyasha, era una reacción física inevitable ante un hombre atractivo que… que… ¿Por qué se tenía que haber enamorado de él? No se enamorada desde el instituto y era mejor así.

Entró del brazo de Kouga al local y lo vio tan activo como de costumbre. Tal vez los isleños no fueran los hombres atractivos y musculosos que ella había esperado conocer pero era innegable que sabían cómo divertirse.

- ¿Qué quieres tomar, Kagome?

- Piña colada.- contestó sin dudarlo.

- ¿Y tú, Inuyasha?

- Cerveza.

Kouga se marchó hacia la barra y los dejó a los dos solos, juntos y estáticos junto a una pista de baile en la que había varias parejas dándolo todo. Pocos días antes ellos mismos habían bailado en esa pista y habían ganado el concurso a los mejores bailarines de la isla. También fue el día en que Kikio Tama se restregó contra Inuyasha. ¿Estaría ella allí? Por su bien esperaba que no.

¡Qué incómodo era estar juntos sin hablarse! Lo pilló mirándola y él apartó la mirada como si no quisiera que lo descubriera. ¿Eso era bueno o malo? Ella nunca tuvo una relación seria, no sabía interpretar las señales. ¿Y si eso era una señal?

- Aquí tienes tu piña colada.

Kagome agradeció a todos los dioses en silencio el que Kouga hubiera vuelto antes de que ella se volviera loca. Agarró su piña colada y se bebió casi la mitad del delicioso y dulce líquido de un trago. Inuyasha a su lado se bebió la cerveza entera de un trago. Kouga apenas dio un pequeño trago y los observó con una ceja alzada.

- Os veo con sed, ¿os pido algo más?

- ¡No!- exclamaron los dos al unísono.

Se sonrojaron al darse cuenta de que habían hablado al mismo tiempo y apartaron lo más posible las miradas el uno del otro. Kouga dejó su cerveza sobre la mesa que decidieron ocupar y antes de que ella pudiera sentarse le pidió un baile. Ni lo dudó, cualquier cosa para librarse de Inuyasha. Dejó su piña colada sobre la mesa y salió a la pista de baile con Kouga. Sonaba algo de merengue. Kouga se sabía los pasos básicos y algunos buenos pasos de baile pero no era como bailar con Inuyasha. Entre ellos dos no había la misma química que entre Inuyasha y ella y no bailaban de la misma forma. Todo era diferente.

Kouga la hizo girar y cuando volvieron a unirse para el baile su mirada se dirigió hacia la mesa que ocupaba Inuyasha. En el lugar que ella había ocupado anteriormente estaba Kikio Tama con un profundo escote poniéndole ojitos a Inuyasha. ¡Cómo si le hiciera falta enseñándolo todo! Se puso furiosa. Inuyasha le había jurado y perjurado que no había nada entre él y la niña calientabraguetas pero no lo veía rechazarla ni hacer el más mínimo esfuerzo por parecer aburrido.

La música cambió por un poco de salsa y ella se quedó con la boca abierta cuando vio salir a Inuyasha a la pista de la mano de Kikio. ¿Iba a bailar con ella? Los observó mientras bailaba con Kouga sin poder apartar la mirada de ellos. Kikio no era ni la mitad de buena bailarina que ella y se equivocaba en cada paso siguiendo a Inuyasha pero estaba bailando con él. ¡Estaba bailando con él! Ver las manos de Inuyasha rodeando su cintura, a la muy descarada pegando su pecho a él. ¡Quería matarla! La descuartizaría y le daría sus restos a los tiburones.

- Quieres bailar con Inuyasha, ¿no?

- ¿Qué?

- No te hagas la tonta. Lo he intentado con todas mis fuerzas pero yo no te gusto, te gusta Inuyasha.

- Kouga, yo…

- No digas nada, voy a hacerte un favor.

Antes de que ella pudiera entender sus palabras, Kouga giró y giró llevándola hacia donde se encontraba la otra pareja y se produjo un violento cambio de pareja. Ella se vio empujada contra el pecho de Inuyasha y vio a Kouga arrancar las garras de Kikio Tama de Inuyasha y arrastrarla bien lejos de allí.

Tanto Inuyasha como ella se quedaron parados en mitad de la pista, mirándose sin saber qué hacer. Tenían dos opciones: empezar a bailar o volver a la mesa. En cualquiera de las dos terminarían juntos y sin hablarse así que podrían intentar pasarlo bien al menos, ¿no? Estaba a punto de tomar la iniciativa y agarrar a Inuyasha para bailar cuando él rodeó su cintura con su brazo y de un tirón la acercó a él, pegándola a su cuerpo. Sus labios quedaron muy cerca y por un momento pensó que se besarían. En lugar de eso, siguieron la música.

Bailaron al son de la música, impresionando una vez más a todos los asistentes. Había absoluta armonía entre ellos y la danza denotaba sensualidad. Más bien eran ellos los que la denotaban. Sus manos le estaban recordando tanto sus suaves caricias, su calidez, aquellos momentos en la cama diciendo tonterías justo antes de levantarse. ¿Recordaría él esos momentos? ¿Serían para él igual de importantes?

Al terminar esa danza empezó a sonar de nuevo algo de merengue y volviendo más rápido y más movido su baile. Cada vez que sus cuerpos volvían a unirse Inuyasha tiraba de ella y la apretaba contra él como si temiera el momento de la separación. Ella también lo temía. Se movieron ignorando a los demás asistentes, pensando solo en ellos dos y disfrutando del momento hasta que en el paso final, cuando Inuyasha tiró de ella para volver a acercarla sus labios se rozaron. Fue el fin para los dos. Se dejaron llevar por la magia y se besaron tal y como solían hacerlo días antes. Sintió el calor y la excitación extendiéndose por su cuerpo y clamando por él.

No hubo palabras bonitas, ni declaraciones de amor, ni suaves caricias. Se miraron y con esa mirada bastó para saber lo que ambos querían. Inuyasha tiró de ella sacándola de la pista de baile y del salón. La llevó hacia unas palmeras que los ocultarían de las miradas curiosas y se escondieron entre ellas para continuar. Él la empujó contra el tronco de una de esas palmeras y sus labios se apoderaron de los de ella. Entusiasmada por su pasión y su desenfreno rodeó sus caderas con uno de sus muslos y se abrió totalmente a él cuando Inuyasha alzó su otra pierna para que lo rodeara por completo. Le quitó la camisa y acarició su bien musculado torso y su espalda recreándose de todo aquello que tanto había añorado.

- Kagome…

Sus labios descendieron a lo largo de su cuello deteniéndose en la clavícula para morderla y bajó uno de los tirantes de su hombro. Su corazón latía a mil por minuto y fue entonces cuando se percató de que ella no se conformaría con un "polvo" bajo una palmera. No, ella quería muchísimo más. Quería levantarse por las mañanas junto a Inuyasha, ducharse con él, prepararle el desayuno, salir a pasear a Tom juntos… Quería todo aquello que sus amigas tenían con sus maridos y al fin lo vio claro. ¡Amaba a Inuyasha!

Golpeó su pecho para que se apartara de ella y cuando él al fin dejó sus piernas sobre el suelo observó al hombre al que amaba con el corazón en una mano. ¿Qué iba a hacer?

- ¿Qué ocurre, Kagome?- preguntó- ¿Te he hecho daño?

Él nunca le haría daño y esa realidad se abrió ante ella como toda una revelación. No sabía si era amor o no lo que Inuyasha sentía por ella pero sentía algo por ella. Ella no se quedaría allí. Estaba de vacaciones y pensaba volver a su apartamento y a su trabajo. Aunque siempre estuviera quejándose, le gustaba su trabajo, ser maniática y una reportera que asumía ciertos riesgos. No se quedaría allí y lo mejor era que se fuera antes de que los dos se hicieran mucho daño. Cuanto más retrasara la separación, peor para los dos.

- Me voy. – le dijo con un hilo de voz.

- ¿Qué estás diciendo, Kagome?

- Mañana por la mañana compraré un billete para volver a casa.

El mundo se le cayó encima. Ella se iba a marchar, quería adelantar su viaje dos semanas y seguro que era su maldita culpa. ¿Tan mal se había comportado para que eso sucediera? ¿Habría alguna forma de convencerla de lo contrario? No podía permitir que se marchara aún cuando sabía que si no se iba al día siguiente, se iría en dos semanas. ¿De verdad estaban destinados al fracaso?

- Kagome, perdóname. No te vayas por mi culpa, por favor… yo…

- No. – se apartó de él- No es tu culpa. Quiero marcharme.

- ¡Eso no es verdad!- le espetó- Te encanta estar aquí y lo sabes.

- Y me gusta mucho más mi apartamento y mi trabajo.

Así que era eso. Él no podía competir con un carísimo apartamento de lujo lleno de todos sus carísimos caprichos. Y ella no encontraría allí nada que estuviera a la altura de su trabajo en una de las revistas más importantes del país. Ella jamás encontraría en esa isla todo aquello que formaba parte de su vida. ¿Y quién era él para impedirle que se marchara? ¿Para evitar lo inevitable? Sólo era un ex soldado que ahora se dedicaba a arreglar coches y lanchas y cuyo único amigo era un perro.

- ¿No hay nada que te haga cambiar de opinión?

- Nada.

- Nosotros…

- No hay un nosotros, Inuyasha.- le dio la espalda- Ni lo hay ahora, ni lo habrá nunca.

- ¡Pero lo ha habido!

Ella se volvió para mirarlo con ojos llorosos que le partieron el alma. ¿En qué se estaba equivocando? ¿Conseguiría algo si le gritaba que la amaba? ¿O eso sólo haría más dolorosa la separación?

- No lo hagas más difícil, Inuyasha.

- ¡Pues quédate!

- ¿Y qué solucionaremos con eso?- gritó- Me quedaré dos semanas y me iré.

- Podrías decidir quedarte aquí para siempre. Yo cuidaría de ti…

Cuidaría de ella y la protegería hasta el fin de los tiempos si era necesario. No había nada que no estuviera dispuesto a hacer por Kagome y ella se mostraba tan reacia a creerlo. Si solo fuera capaz de abrir los ojos y darse cuenta de que estaba loco por ella. Él besaba el suelo que pisaba al igual que lo hacía Kouga y su perro seguía el mismo camino. No quería que se marchara.

- No dejaré mi trabajo. No sabes lo mucho que me ha costado llegar a ser redactora jefe y no voy a tirar todos mis sueños por la borda.

Él no podía competir de ninguna forma con eso. Sólo era el tío con el que se lió en las vacaciones y cuando volviera a su ciudad se olvidaría de su existencia para enrollarse con un tío guapo y rico de portada de revista. Las cosas volverían a su cauce aunque él nunca podría olvidarla. Para una vez en su vida que se enamoraba…

- Pues muy bien, vete. No te necesito.

Y fue él quien se marchó dejándola allí sola.

Continuará…