Capítulo 5:

Había pasado una semana entera desde que se marchó y dio por terminadas sus vacaciones. Como aún le quedaban dos semanas de vacaciones había intentado encontrar algo que hacer en su casa pero nada llenaba el vacio en su pecho desde que dejó la isla. Se había despedido de Tom con los ojos llenos de lágrimas y de Kouga pero Inuyasha ni siquiera quiso salir a decirle adiós. Se lo tenía merecido.

El primer día lo pasó recogiendo y ordenando todas las cosas de la maleta. Cada bikini le recordaba un día diferente y un momento distinto y cada vez más y más romántico con Inuyasha. Se veía a sí misma tumbada en la playa con las manos de Inuyasha masajeando suavemente su espalda con la crema solar. Veía a Inuyasha sentado a su mesa comiendo su comida como si fuera la más deliciosa que hubiera probado en toda su vida. Veía a los dos paseando por la orilla con Tom corriendo a su lado, rodeándolos. Lo veía todo tan claramente como fue días antes y le estaba destrozando.

El segundo día decidió salir de compras. Hacer compras siempre le había levantado el ánimo y le hacía olvidar las cosas malas de la vida. Se había recorrido el mejor y más caro centro comercial de la ciudad. Compró ropa de las mejores marcas y no le tembló la mano a la hora de entregar su tarjeta para pagar una indecente cantidad de dinero. Llevaba lo mejor de lo mejor, la última moda en París y lo más caro del mercado. Sin embargo, cuando se sentó en su cafetería favorita a tomarse un cappuccino después del duro día de tiendas, todo cambió. La primera pareja le hizo encogerse de hombros. La segunda pareja la avergonzó. La tercera le hizo abrir los ojos y percatarse de que era la única persona que estaba sola en esa maldita cafetería. Nunca se había fijado, nunca le había importado que a su alrededor sólo hubiera felices parejas y familias. Ese día le importó. Le importó ver lo que Inuyasha y ella fueron al mirar a una joven pareja y ver lo que podrían haber sido al ver una familia.

Se marchó antes de que le sirvieran el café y decidió que ya era más que suficiente. Necesitaba ocupar su cabeza con algo. Le costó dos días enteros convencer a sus jefes de que ya estaba bien y necesitaba trabajar o se volvería loca. Otro día lo empleó para pelearse con el sindicato, el cual no la dejaba respirar ni un solo minuto. Les aseguró que se cobraría los días que le faltaban de vacaciones, tuvo que firmar un contrato en el que lo confirmaba. No pensó que hubiera trabajado tanto como para tenerlos tan enfadados.

Esa mañana se enfundó en uno de sus trajes color salmón de Dolce y Gabana y sintió que volvía a ser ella misma. Se puso sus familiares medias de seda y sus zapatos de tacón de aguja, aquellos que tanto le costaba utilizar en aquella isla. Su traje de falda corta y americana ajustada lo combinó con una preciosa camisa de seda de Gucci. Se hizo un recogido al más puro estilo de Jackie Kennedy y se dio polvos, rímel y pintalabios color marrón perla. No se ponía sus pendientes de oro desde que se fue y se le hizo familiar el contacto de su reloj de Guess contra su muñeca. Agarró su bolso de Carolina Herrera y se miró frente a su espejo pensando que volvía a ser ella misma.

Desde que entró a trabajar todos los empleados se acercaron a ella preguntando por sus vacaciones y deseosos de poder ayudarla en cualquier cosa. Los redactores agitaban sus últimos artículos frente a ella y no paraban de repetirle que su sustituta había sido una incompetente. Al parecer, ella no revisó al detalle todos y cada uno de los artículos, ni pasó largas horas hasta la noche corrigiendo y redactando. No era como ella, seguro que tenía familia. Sus únicos jefes se pasaban de vez en cuando para comprobar que ella de verdad estuviera bien y no tuviera ninguna crisis nerviosa por el primer día de trabajo o algo por el estilo. Su secretaria entraba continuamente a su despacho para preguntarle si quería tomar algo. No hacía más que llegarle paquetes y cartas, correspondencia retrasada y una clasificación de los artículos que le costó media hora entender. ¿Su sustituta no sabía que existían los archivos de Excel?

Su familiar sillón era igual de cómodo que como lo recordaba. Pasaba largas horas en su despacho por lo que se había comprado un sillón ergonómico perfecto para la espalda. La mesa de madera de roble era de la mejor calidez, siempre limpia e impoluta y sin un solo rasguño. Todo el despacho estaba enmoquetado. La pared de la derecha estaba llena de librerías con enciclopedias, guías, diccionarios y libros de consulta. La pared de la izquierda albergaba sus artículos premiados enmarcados y había un sofá azul turquesa. A su espalda se encontraban los grandes ventanales que daban al centro de la ciudad. Parecía el sueño de cualquiera y lo había sido hasta que volvió de sus malditas vacaciones.

Intentó durante largas horas ponerse al trabajo para olvidarse de Inuyasha pero no pudo. Sí que pudo trabajar y cumplió con sus labores habituales pero no pudo quitarse de la cabeza a su querido ex soldado musculado y al perro más cariñoso que había conocido nunca. Atendió una última llamada y se estaba levantando para ir a revisar las últimas maquetaciones cuando entró en su despacho su secretaria con un enorme ramo de rosas que le cubría toda la cara. Su secretaria trasteó hasta su mesa y lo dejó.

- ¿De quién son?

- No lo sé. Creo que tiene una tarjeta, lo acaban de traer.

Ilusionada rebuscó entre las flores hasta hallar la tarjeta y la leyó. Por un momento había pensado que era de Inuyasha sin saber por qué. Se equivocó. Eran de su ex novio, uno de los jugadores del equipo de Hockey de Nueva York. No tenía ni la menor intención de volver con él y creía habérselo dejado claro justo antes de irse a Egipto.

- ¿Qué hago con ellas?

- Déjalas, Ayame. No voy a tirar unas preciosas flores porque no me agrade la persona que las envió.

Ayame se marchó como un remolino pelirrojo dejándola sola en su despacho. ¿Por qué todavía creía que Inuyasha iría a buscarla? ¿Por qué tenía esa ridícula esperanza? Fue ella quien lo dejó y se merecía todo eso. Se apartó del dichoso ramo de flores de la discordia y salió de su despacho.

- Jefa…

Se volvió hacia ella antes de que le preguntara a dónde iba.

- Voy al departamento de fotografía a ver el último maquetado, volveré en media hora.

Su secretaria asintió con la cabeza y continuó trabajando con el resumen que le había pedido de los últimos archivos. Ella se dirigió a paso decidido hacia el ascensor y pulsó el botón del tercer piso. Cuando las puertas se estaban cerrando entró Tsubaki en el ascensor. Frunció la nariz por el fuerte olor de su perfume de imitación.

- ¿Qué tal tus vacaciones, Kagome?- le preguntó relamiéndose los labios- ¿Ya no ves fantasmas?

Había un montón de adjetivos para describir a Tsubaki, ninguno de ellos era bueno. La odiaba porque ella era la redactora jefe mientras que Tsubaki no había logrado hacerse con el cargo de recursos humanos. Entraron en la empresa al mismo tiempo y Kagome fue nombrada redactora jefe al año siguiente. Tsubaki era secretaria de recursos humanos desde entonces. Tuvo la oportunidad de ascender cuando jubilaron a su jefe anterior pero él y los demás jefes no la consideraron apta para el cargo y contrataron a un externo. Todavía le carcomía la envidia.

- Traga esa envidia que te va a sentar mal.

- ¿Envidia?- se rió- ¿Quién tendría envidia de ti?

- Alguien como tú tal vez. – le tocaba relamerse a ella- Que sepas que he pasado unas estupendas vacaciones en una isla caribeña tomando piña colada, la mejor que he tomado en mi vida por cierto, disfrutando del maravilloso sol y de los monumentos del lugar y no me refiero a los museos. Allí tienen otra clase de arte.

- Te veo muy blanca para haber tomado el sol.

- ¡Me puse protección!

Ambas mujeres se miraron con los ojos nublados por la rabia. No había nada que les fastidiara más que la presencia de la otra. La campana del ascensor sonó indicando que había llegado a su piso y al observar el panel de botones sonrió pensando en que ésa había sido su campana de la victoria.

- Voy a revisar la maquetación de mi último gran reportaje. – salió del ascensor y la miró mientras se cerraban las puertas- Veo que vas a la cafetería a coger un café para tu jefe. Si tienes tiempo, súbeme a mi despacho un café solo con dos cucharadas de azúcar, ¿vale, cielo?

Las puertas se cerraron y ella sonrió victoriosa. Su pequeña "disputa" con Tsubaki le había hecho olvidar a Inuyasha durante unos minutos pero ahora que volvía a la realidad, no estaba tan lejos de su mente como imaginaba. Le dio dos besos a su fotógrafo, uno de los más premiados en todo Estados Unidos, y se sentó para mirar su último trabajo. Primero miró las fotografías de las modelos que pensaban intercalar entre reportajes y le pareció que las fotografías eran sensacionales. Él le hizo sugerencias sobre cómo introducirlas en el texto y ella no pudo menos que aplaudirle. Después, le mostró las maquetaciones que ordenó su predecesora. No le gustaron y él coincidía con ella pero no había podido desobedecerla como era evidente. Ahora bien, el texto y las fotografías independientes estaban perfectos. Entre los dos realizaron un esquema de cómo colocarlo todo para que cuadrara y pasaron al asunto de la portada. La portada era una fotografía de unos niños iranís en blanco y negro. Lo único que aparecía a color eran los pañuelos rojos que llevaban atados al cuello. A parte de eso, estaría a color el título de la revista y en blanco roto los títulos de los reportajes más importantes. Por ejemplo, su reportaje sobre la vida como soldado de Inuyasha. Su reportaje era el reportaje central y a él estaba dedicada la fotografía de la portada. Mientras que ella seguía de vacaciones, un equipo de fotógrafos fue a Irán a hacer el reportaje fotográfico.

- Está todo perfecto, buen trabajo.

Le dio otros dos besos a su fotógrafo jefe a modo de despedida y volvió al ascensor para subir a su piso. Ese reportaje sería de los mejores que había escrito nunca y lo colgaría en su despacho tal y como correspondía. Cada vez que lo leyera, le recordaría al maravilloso hombre que lo había hecho posible. ¿Algún día dejaría de echarlo de menos? ¿Su corazón sanaría?

Se dirigió hacia su despacho a toda velocidad deseando estar sola. Sentía las lágrimas acumulándose en las cuencas de sus ojos, ardiendo una vez más y necesitaba estar sola para que nadie la viera llorar. Agarró el pomo de la puerta de su despacho ignorando a su secretaria mientras le hablaba. Se ocuparía más tarde.

- Espere, tiene…

Cerró a su espalda sin hacerle el menor caso y se le paró el corazón. Ante sus ojos llorosos se encontraba el mismísimo Inuyasha Taisho leyendo uno de los artículos que tenía colgado de la pared. Él se volvió para mirarla con esa mirada profunda que tanto anhelaba y todo el mundo se cayó a su alrededor.

Había transcurrido la semana más horrible de toda su vida. A la mañana siguiente de haber discutido con Kagome pensó que ambos estaban enfadados y que habían dicho cosas sin pensar. Se asomó por la ventana al escuchar voces y descubrió que tal vez no fueran todo tonterías. Kagome estaba fuera de su casa, llevaba un bonito vestido color crema y había un montón de maletas en su porche. Todas las maletas que ella llevó allí el primer día. Se puso furioso. Bajó y se quedó parado en el porche mirando como ella abrazaba a Kouga y luego a Tom. Deseó ir a abrazarla pero eso suponía despedirse de ella, asumir que nunca más volvería a verla así que cuando ella le miró suplicándole con la mirada que fuera a despedirse de ella, le dio la espalda y volvió a entrar en la casa. Se comportó como un idiota.

Intentó escudarse en el trabajo y en duros entrenamientos para olvidarse de ella. Se acercaba todas las mañanas al taller a arreglar cualquier cosa y cuando no quedaba nada se ponía nostálgico y tenía que encontrar otra ocupación. Su siguiente paso era hacer ejercicio. Primero salía a correr y corría tan de prisa para evitar pensar que ni siquiera Tom era capaz de seguirlo con facilidad. Después de comer cualquier cosa hecha en menos de media hora, se entrenaba durante largas horas, hasta que sus músculos doloridos le suplicaban un descanso. El último paso era ir a algún bar del pueblo y alcoholizarse para no pensar. A veces aparecía Kikio y la despachaba de mala manera, recordando que a Kagome no le agradaba nada.

Toda ella estaba impregnada en cada fragmento de su vida. Las comidas eran muy diferentes desde que Kagome no estaba allí cocinando. Él era un pésimo cocinero y Kagome le preparaba los platos más maravillosos que él había comido en toda su vida. Su comida actual era pura basura en comparación con lo que ella solía prepararle y acababa tirando más de la mitad de su plato. Había perdido su gran apetito.

Todavía quedaban algunos objetos personales de Kagome en su casa. En el baño tenía uno de sus geles con olor a rosas que luego quedaba adherido a su piel. Había horquillas sobre su mesilla, las mismas horquillas que él quitaba de su recogido cada noche para dejar suelta su hermosa melena rizada de cabellos azabaches. Se había dejado un par de chanclas en su patio trasero y su último libro estaba sobre la mesa. Ni siquiera había querido hablar con él para recoger su libro. Él había acabado leyendo el libro por la añoranza y había descubierto que tenía muy buen gusto con la lectura.

En la casa de al lado, la misma casa que ocupó Kagome, se había mudado una familia a pasar las vacaciones. Era un agradable matrimonio de unos cuarenta años con tres hijos de diferentes edades. Tom se lo pasaba genial con los niños pero él no podía dejar de mirar la casa como si estuvieran profanando el lugar que Kagome había ocupado. Al mismo tiempo sentía envidia de su felicidad pues esa misma estampa era la que deseaba ver entre él y Kagome.

El día en que al fin tocó fondo en su inmundicia fue cuando decidió sacar un billete de avión para Nueva York. Volvería a ese lugar y buscaría a Kagome. Pero, en Nueva York había más de siete millones de habitantes, ¿cómo iba a encontrarla? La respuesta llegó en seguida. Kouga se marchó tan rápido como desapareció Kagome pero seguro que estaría encantado de volver a localizarla y él se aprovecharía de esa información. Le llamó y le pidió que la buscara mientras él volaba hacia Nueva York. En cuanto desembarcó del avión, Kouga le llamó y le dio su dirección. Ella vivía en una zona de lujo.

El edificio en el que vivía lo dejó sin palabras y le hizo replantearse las cosas. ¿Cómo se atrevía un tipo como él a aspirar a una mujer como esa? Ella vivía en la más absoluta riqueza por lo visto y él no tenía nada que ofrecerle. ¡Imbécil!- se gritó- Sí que tenía algo muy importante que ofrecerle. Quería ofrecerle vivir juntos, una relación, una boda, tener hijos. Quería dárselo todo si ella lo quería.

Preguntó al portero del edificio y le dijo que la señorita Higurashi ya se había ido a trabajar. Le extrañó puesto que ella tenía un mes de vacaciones pero seguro que había adelantado su vuelta al ruedo. El asunto del trabajo de Kagome era otro asunto a discutir pero si ella deseaba seguir trabajando allí y le gustaba tanto su trabajo, jamás le pediría que lo dejara. Sería él quien se movería por ella y quien se adaptaría a ella. Total, él no era un hombre que estuviera demasiado arraigado a un sitio. No le gustaba Nueva York especialmente pero seguro que encontraría la armonía, todo por estar con Kagome.

Su siguiente destino fue el edificio de la revista en la que trabajaba Kagome. Como suponía que no le dejarían pasar sin alguna acreditación, invitación o cualquier otra pamplina, se coló entre unos trabajadores hasta el piso de redacción. Kagome estaría allí, ¿no? Un reportero se lo confirmó pensando que si estaba allí era porque tenía permiso. Él se dirigió hacia el despacho de Kagome y se encontró frente a frente con su secretaria: una hermosa pelirroja que defendía el despacho de su jefa como una leona. Tuvo que convencerla de que su visita era deseada y fue mencionar la palabra vacaciones y la cara se le iluminó. Tenía toda la pinta de estar teniendo una fantasía romántica y no quiso estropeársela si eso suponía que no lo dejaría pasar.

Kagome no estaba y tuvo que esperarla. Le llamaron la atención los artículos colgados en la pared y empezó a leer algunos de ellos. Todos estaban firmados por Kagome y eran realmente buenos, lo dejaron asombrado. Kagome sabía mostrar el lado más humano de todos los temas que explotaba y tenía una forma de escribir que se acercaba mucho a los lectores y al mismo tiempo denotaba su educación. Estaba muy impresionado y deseando leer el reportaje que iba a publicar sobre su experiencia en Irán. Seguro que era maravilloso.

Estaba por la mitad de su artículo sobre Egipto cuando ella entró en el despacho. Estaba preciosa, maravillosa pero no era ella, no era su Kagome salvaje y animada; era una mujer de negocios. Aún así, pudo ver sus ojos brillantes y su expresión cohibida sustituida por la más profunda sorpresa al verle. Seguro que no esperaba encontrarlo por allí.

- ¿Qué…? ¿Cómo…?- no parecía capaz de terminar ninguna pregunta- ¿Qué haces aquí?

- He venido a verte.

Kagome se apartó de la puerta y se dirigió hacia su escritorio con cuidado de no acercarse demasiado a él. Parecía asustada.

- Te he traído esto… - enseñó algo avergonzado el ramo de rosas que le había comprado- No es tan impresionante como…

No hizo falta que terminara. Ambos dirigieron su mirada hacia el ramo de flores de diseño elegantemente situado sobre su escritorio. Kagome se dirigió hacia él y agarró algo que le pareció una tarjeta para intentar esconderla. Su sangre hirvió de puros celos y se lanzó sobre ella para arrancarle de entre los dedos la tarjeta. La leyó echando fuego por los ojos.

- Me alegra saber que te lo has estado pasando tan bien. – tiró el ramo que él había comprado a la papelera- Siento molestar.

Se dio media vuelta dispuesto a marcharse pero escuchó sus tacones tras él y sus manos agarrando su brazo para detenerlo.

- ¡No, Inuyasha!- le suplicó- ¡No nos enfademos otra vez!

- Perdona, sólo he cogido un avión de ocho horas de vuelo para ver a tu nuevo novio.

- ¡Te equivocas!- le gritó- Él era mi ex novio pero corté con él hace dos meses. Cree que si me manda esas flores volveré con él… es un cerebro de mosquito…

Oírle hablar así del otro lo animaba un poco.

- Yo no lo amo… Yo… Yo amo a… otra persona…

Se giró al escucharla y la hizo retroceder hasta atraparla entre su escritorio y él. Fuera él la persona a la que amaba o no iba a descubrirlo ese día para que así al fin pudieran descansar en paz los dos.

- ¿A quién amas Kagome?

Sus mejillas se sonrojaron y apartó la mirada intentando ocultarse de él. Decidió cambiar de táctica.

- He leído algunos de tus artículos. Me gustan, especialmente el de Egipto. Siento haberme comportado de aquella manera…

- No te disculpes. Después de que… bueno… discutiéramos, me di cuenta de que tenías razón. Asumí un riesgo demasiado grande por un reportaje y estuve a punto de perder la vida o algo peor…

- No quería gritarte, ni tampoco en las palmeras. Perdí el control…

- Yo también. Dije muchas cosas que no sentía y me marché, huyendo como una cobarde.

- ¿Huyendo de qué?

- De ti.

¿De él? ¿Kagome estaba huyendo de él? ¿Por qué Kagome iba a huir de él? Quitando sus pequeñas diferencias respecto a ciertas cuestiones, él nunca había hecho nada para asustarla o eso creía. Estaba confuso y ella debió darse cuenta porque continuó hablando.

- Me daba miedo lo que empezaba a sentir por ti…

¡Dios santo, qué alivio! Eran las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida y seguro que todavía podía escuchar unas mejores.

- Yo también estaba asustado y por eso he venido a hacer frente a mis sentimientos. Kagome, te a…

- ¡No lo digas!- lo interrumpió- Inuyasha, esto no puede funcionar. No quiero dejar mi trabajo y tú vives tan lejos… Una relación a distancia no funcionaría, terminaríamos haciéndonos mucho daño el uno al otro y…

- Vendré a vivir a Nueva York.

- N-no… Yo no… No puedo permitir que hagas eso.

- Es mi decisión, Kagome.

- ¿Harías eso por mí?

- ¿No acabo de decirlo?- se rió.

Kagome se lanzó a sus brazos y él no pudo evitar alzarla contra su pecho y dar vueltas con la pequeña y delicada mujer entre sus brazos. Nunca en toda su vida había sido tan feliz como en ese momento. Tenía a la mujer a la que amaba entre sus brazos y todo un futuro por delante. Entonces, ella le dio un beso en los labios y le exigió que dejara sus pies sobre el suelo para volver a hablar.

- ¿Sabes qué? Prefiero que volvamos a nuestra isla y vivamos allí. Me gusta más ese entorno para nuestros hijos.

Hijos… ¡Qué bien sonaba eso!

- ¿Y tu trabajo? – se arriesgó a preguntar.

- Puedo trabajar como free lance y aunque ganaré algo menos siempre estará bien para una sola persona. Me gusta mi trabajo, mi piso y mi ropa pero no imagino cómo esas cosas podrían hacerme más feliz que toda una vida en una isla caribeña contigo, con nuestros hijos y con Tom, por supuesto.- sonrió- Por cierto, ¿dónde está Tom?

- Lo dejé con los nuevos vecinos. – volvió a abrazarla- Te amo, Kagome. –suspiró contra su cabello- ¿Vas a hacerme rogar que digas las palabras mágicas?

Ella se rió llenando todo aquel despacho de vida con aquel sonido angelical.

- Yo también te amo, Inuyasha.

FIN