Nota: Quiero agradecerles a todos los que decidieron darle una oportunidad a esta historia, sobre todo a los que se dan el tiempo de dejar sus impresiones. Gracias por su recibimiento y espero que les siga gustando.

Especiales agradecimientos a Lu, Mariel, Maryl y Angie que no tienen cuenta para responder sus comentarios de manera más extensa. Ahora ¡a leer se ha dicho!


—2—

Hace frío, mucho frío.

Ron se envuelve en su parka y luego se calienta las manos en una taza de café humeante que le acaban de servir. Mira hacia la ventana, pero apenas distingue algo allá afuera porque el vidrio está completamente empañado. Bebe un sorbo de café y casi lo escupe. Le falta azúcar. Escucha el viento soplar con fuerza y la lluvia caer incesante sobre el techo. No ha parado de llover desde que se bajaron del avión, y por lo que escucharon en los informes del tiempo, es probable que no pare hasta mañana por la noche. Le resulta algo difícil pensar que ahora se encuentra en un lugar que está en pleno invierno cuando hace un día se encontraba soportando el intenso calor del verano en Londres. Londres, repite mentalmente, y se recuerda que diez y siete mil kilómetros de océano y tierra lo separan de la ciudad y que diez horas de diferencia horaria lo dejan al margen de la realidad de los londinenses.

Recién comprende lo lejos que está de casa.

Los párpados comienzan a pesarle. Los cierra por un momento, pero luego se obliga a mantenerlos abiertos pensando en que tiene que aguantar despierto hasta la noche, porque si no le será muy difícil acostumbrarse al cambio de horario. Recuerda la taza de café que tiene entre las manos y se la bebe entera a pesar de que sabe asqueroso. Hermione le explicó que el café tiene una sustancia que ayuda al organismo a mantenerse despierto, pero tiene tanto sueño que está seguro que tiene que tomarse unas cinco tazas más para que le surja efecto.

―¿Va a querer algo más, joven? ―. La tabernera, una vieja con la cara completamente arrugada lo mira desde el otro lado. Sus ojos grises se clavan con tanta fuerza en los suyos que por un momento piensa que es una bruja y que lo reconoció, pero es imposible. Están en una de las tabernas ubicada en la calle más muggle de todo Sidney.

―Otra taza de café, por favor.

―Otra taza de café―repite la vieja―. Con dos cucharadas de azúcar porque estoy segura de que sin azúcar no le gustó. El café es una delicia, pero hay que saber cómo tomarlo. Lo mismo con el té y la manzanilla. ¿Le gusta el té y la manzanilla? ―. Ron niega con la cabeza, incómodo. ―Oiga, lleva solo varios minutos. ¿Dónde está la jovencita que lo acompaña?

―Fue al baño―responde y al instante se siente idiota. Frunce el ceño. ¿Qué le importa a esa vieja dónde está Hermione? ¿Y por qué él le tiene que andar respondiendo?

La vieja habla de nuevo, pero no le presta atención. Mira la hora en un viejo reloj que está sobre la mesa. Las seis y media de la tarde, aunque por lo oscuro que está el día parece que son las once de la noche. Piensa en que su familia está durmiendo. Después intentar imaginar el campo, el jardín lleno de gnomos, el corral de las gallinas y Londres, pero apenas logra concebir una imagen mental de la escena. Pensar en ese momento en Ottery St. Catchpole y en la ciudad es como evocar un sueño. O algo que sabe que existe pero que, como no puede verlo ni tocarlo, ya apenas lo reconoce como realidad.

Ahora su realidad está en Australia, piensa. La idea lo intimida un poco, porque sabe que no conoce nada de lo que ve ni de lo que verá en los próximos días. Compara la situación a la que vivió el año pasado durante la búsqueda de los horrcruxes, pero sabe que no es la misma, porque ahora no tiene que mantenerse escondido de la civilización, sino que enfrentarse a ella haciendo uso de todas sus habilidades sociales y además fingir que es un muggle, por lo que ni siquiera puede hacer uso de la magia con libertad. Eso es lo que en realidad lo intimida.

―Listo―. Hermione se sienta a su lado y lo sobresalta. Había ido a cambiarse de ropa. Ahora lleva puesto un suéter de lana y una parka. ―¿Te asusté? ¿En qué estabas pensando?

Él niega con la cabeza y se encoge de hombros. Hermione sonríe, apoya su mano sobre le suya y le hace cariño. Siente el calor de sus dedos, transmitiéndole tranquilidad y confianza. No tiene por qué preocuparse. Todo va a salir bien. Deja escapar aire lentamente y piensa que es increíble que esa pequeña caricia lo haga sentir tan bien. Le dan ganas de apoyar la cabeza en su pecho para que también le haga cariño en el cabello y quedarse así durante horas, como esos días en los que se escapaban de la Madriguera y tenían que enviarles patronus avisando que la cena estaba lista.

La tabernera pone una bandeja con dos enormes sándwiches que habían pedido sobre la mesa. Ron los mira y siente que se le hace agua la boca. Tiene tanta hambre que es capaz de comerse un hipogrifo entero.

―Ya traen mayonesa, pero si quieren más en ese frasco hay―dice la vieja mirándolos con mucha atención―. En el otro hay kétchup. Mostaza no me queda, pero si quieren puedo mandar a buscar.

―Con mayonesa y kétchup estamos bien, gracias―responde Hermione. La vieja asiente y la mira fijamente antes de marcharse.

―Esa vieja es bien rara―comenta Ron en un susurro―. Me recuerda a Filch. Es como la versión mujer de él.

Hermione pone los ojos en blanco y niega con la cabeza, pero Ron se siente satisfecho porque nota que sonríe como lo hace cuando algo le da risa pero no quiere asumirlo.

—¿Y entonces? —Pregunta cogiendo su sándwich y dándole un tremendo mordisco―. ¿Dónde estamos y cuál es nuestra próxima parada? ¿La India? ¿Brasil? ¿Marte o Júpiter…? ―. Hermione ríe. Después saca de su mochila la carpeta que les pasó Percy y un cuaderno donde tiene anotada toda la información que les podría servir de algo. Lo abre y su expresión de inmediato se vuelve seria. Ron también se pone serio.

―Estamos aquí―dice ella mostrándole un pequeño mapa y con un lápiz le indica una diminuta línea blanca que se supone es la calle en la que se encuentran ahora.

―Ya―dice Ron, sintiéndose abrumado al ver la gran cantidad de líneas que representan calles y avenidas que no conoce. Se pregunta cómo diablos podrán caminar libremente sin mirar el mapa a cada rato o usar sus varitas para ubicarse. ―Por lo menos no será necesario que salgamos de Sidney―dice.

―¿Por qué? ―. Hermione lo mira sin entender.

―Porque dijiste que mandaste a tus padres a esta ciudad. Entonces podemos establecer un límite para buscarlos―explica mirando el mapa con aprensión.

Hermione se muerde el labio. ―No exactamente… Lo que quise decir…―titubea―Los mandé a un pueblo que está a afueras de la ciudad―aclara rápidamente.

―Bueno, eso no dificulta las cosas―razona Ron―. De hecho, las podría hacer más fáciles, porque si es un pueblo pequeño…

―Pero también está la posibilidad de que hayan decidido irse a otro lugar―. La voz de Hermione se torna más aguda.

―Eso tampoco dificulta las cosas―repite Ron advirtiendo su angustia―. Recuerda que tenemos sus nombres y el número de sus pasaportes. Sea como sea, los vamos a encontrar.

Los van a encontrar, se repite mentalmente. ¿Qué tan difícil puede ser encontrar a dos personas que están viviendo sus vidas con normalidad a pesar de que en realidad no les pertenezcan? No cree que sea tan difícil, porque después de todo lo que hicieron el año pasado… Así que sí, los van a encontrar. Está convencido, pero ¿y después qué? Es decir, ¿les devuelven la memoria y ya está?, pero ¿qué tan sencillo es devolverle la memoria a dos personas? Si es honesto, no tiene idea de cómo se hace. Solo sabe las cosas que le explica Hermione, y si de por sí ya le parecen demasiado complejas, no quiere ni imaginarse lo difíciles y profundas que son en realidad.

Se aclara la garganta. Por un motivo que desconoce, no le agrada pensar en eso, porque de repente comienzan a surgirle un sinfín de dudas y de preguntas sobre eso: magia, mente y memoria. Las tres emes; el campo de la magia del que menos se tiene conocimiento. El más difícil. De pronto esas tres palabras juntas le parecen un poco escalofriantes.

―Primero averiguaremos si están en el pueblo donde los mandaste―dice para evitar seguir pensando en eso―. Si no están, cosa que creo improbable, partiremos investigando desde allí. Es lo más lógico…

―Sí, pero…

―Además, es obvio que han establecido contacto con otras personas que pueden contarnos cosas que nos puedan guiar…

―Ron.

―¿Qué?

Hermione se muerde el labio. ―Creo que antes de… ponernos a pensar en todo eso, tenemos que encontrar un lugar donde alojar.

Ron frunce el ceño. ―Es verdad―dice y mira hacia la ventana. No puede distinguir nada en el exterior y la lluvia sigue cayendo con igual o mayor intensidad que cuando llegaron. Había comenzado a sentirse tan cómodo en la taberna que había olvidado que en algún momento tendrían que salir a la intemperie. ¿Y a dónde irán? ¿En dónde descansaran? En ese momento la respuesta es ningún lugar. Ni siquiera una carpa perdida en medio del bosque. ―¿Dónde iremos?

Hermione hojea su cuaderno y frunce el ceño. ―Antes de partir busqué información de hoteles en las cercanías del aeropuerto, pero ahora no me parecen una muy buena idea…―dice pensativa.

―¿Por qué? ―pregunta, pero ella no le responde, sino que se pone de pie y para sorpresa de él, le va a hablar a la vieja tabernera. Ron resopla. ¡Cómo odia que haga eso!

Hermione intercambia un par de palabras con la vieja, que parece encantada de que le pidieran ayuda, y vuelve a su lado con una sonrisa en los labios.

―¡Listo! Ya sé dónde vamos a quedarnos. Hay una pensión para turistas cerca de aquí.

Él frunce el ceño y no le responde.

―Ron, ¿qué…?

―¡Odio que hagas eso!

Hermione lo mira confundida. ―¿Que haga qué?

―¡Eso! ―exclama exasperado―. ¡Que pienses demasiado rápido las cosas y que no me las digas antes de ponerlas en práctica! ―. Hermione abre la boca para contestar, pero él se apresura en seguir. ―¡Siempre lo has hecho! Lo hacías en segundo con todo el asunto de la cámara, en tercero y en cuarto con… ah, no importa, ¡y en quinto lo hiciste miles de veces! Oh, en realidad no importa cuando lo hiciste, ya ni siquiera me recuerdo bien, ¡pero lo hacías siempre y Harry y yo teníamos que ser adivinos para saber lo que estabas tramando y haciendo! O si no, nos lo decías cuando ya no podíamos hacer nada, y, y…―. Siente como el calor sube hasta la punta de sus orejas. ¿Qué escena se supone que está armando? La expresión con la que Hermione lo mira revela que más que disgustada o indignada, se siente encantada. ―¿Por qué me miras así?

―Nada, solo pensaba que Harry nunca me reprochó que…

―Ya―dice Ron, cortante―. Pero ese es Harry, porque yo odiaba no saber dónde diablos te…―Chasquea la lengua―. Simplemente me molesta ¿de acuerdo? No me gusta, es como si me dejaras fuera de…―. Hermione lo calla con un beso.

―Intentaré no volver a hacerlo, en serio―susurra antes de darle otro beso, mucho más suave que el anterior. Después lo toma de la mano para arrastrarlo hasta la salida.

―No es justo que hagas eso.

―¿Qué cosa?

―Callarme con… besos.

Hermione suelta una risita. ―Si quieres también intentaré no volver a hacerlo…

―No he dicho que no me guste―dice Ron―Al contrario―murmura y se miran de reojo. Ríen.

―No te acostumbres.

―No hagas que me acostumbre.

―Bien.

―Bien.

Cuando salen hacia el exterior, el aire helado les golpea la cara. Se quedan un momento bajo la techumbre mirando la lluvia caer fuertemente sobre la calle. Es casi torrencial.

―Olvidé sacar los paraguas―dice Hermione. Ron hace una mueca.

―Pero podríamos usar nuestras varitas para…

Hermione pone los ojos en blanco. ―¿Crees que a todos les parecerá muy normal que dos personas caminen bajo la lluvia sin mojarse en lo absoluto? ―. Saca el bolsito de cuentas, donde están guardadas la mayor parte de sus pertenencias. ―Mejor iré al baño para sacarlos―. No cree que sea buena idea meter el brazo completamente dentro de un diminuto bolso y sacar dos paraguas de su interior. Si un muggle presencia la escena, podrían tener problemas.

―No es necesario―ataja Ron y le quita el bolsito.

―¡Ron!

—Nadie se dará cuenta―. Él mete la mano dentro del bolso y comienza a buscar a ciegas entre las cosas hasta dar con los paraguas.

—¡Pero Ron! —. Hermione resopla y mira a su alrededor, nerviosa.

—Relájate. Ya los saqué―dice él sonriéndole de lado y pasándole el suyo.

―¡No vuelvas a hacer eso de nuevo! ―exclama Hermione, alterándose más de lo necesario.

―¡Ya! ¡Lo siento, lo siento!

Hermione abre el paraguas. ―Ya, no importa―dice al final y suspira. Lo que menos quiere es que comiencen a discutir por cualquier cosa o perder los nervios por cualquier cosa y volverse paranoica. Ron suspira.

―Sí importa.

―No importa.

―Sí importa.

―Ron, no importa.

―Sí importa―vuelve a rebatir él. Se supone que está ahí para ayudarla y no para hacerla preocuparse de sobra, por muy banal que para él sea el motivo―. Ya sé que tengo que ser más cuidadoso con estas cosas―. Hermione lo mira fijamente. ―No digas nada―agrega antes de que ella volviera a responder y sin pensarlo toma el cierre de su parka y se lo sube hasta el cuello. El gesto le sale tan tierno y protector que se siente un poco cohibido. Hermione le provoca hacer o decir cosas que antes no sabía que era capaz de hacer o decir.

Hermione suelta una risita y lo toma de la mano. Él entrelaza sus dedos con firmeza y al final mete sus manos entrelazadas en su bolsillo para protegerlas del frío.

―Así está mucho mejor―dice y le sonríe de lado cuando ella lo mira. Hermione le devuelve la sonrisa.

―Sí, mucho mejor.

Caminan. Y nada, ni la lluvia torrencial rebotando sobre los paraguas y mojando sus zapatos, ni el aire que está cada vez más helado, es capaz de apagar la cálida y reconfortante sensación que sienten por el solo hecho de ir caminando cogidos de la mano.

.

.

La pensión que la vieja les recomendó está a unas tres cuadras de la taberna. Es una construcción de dos pisos que a juicio de Hermione tiene pésimo aspecto. Un letrero les indica el camino hacia la recepción. Cierran sus paraguas y entran. La puerta cruje y el piso de madera se estremece bajo sus pisadas. Hermione ve una enorme grieta asomarse en un rincón y empieza a considerar la idea de que busquen otro sitio, pero cuando llegan al pequeño vestíbulo el ambiente se vuelve grato y hasta hogareño, así que decide que se quedan. Hay plantas, una alfombra y hasta calefacción, aunque todo bastante humilde y desgastado.

Ron se entretiene mirando unos cuadros y ella se acerca a la recepcionista, que está detrás de un pequeño mesón de madera. Acordaron que sería ella quien se encargaría de los gastos y de comprar las cosas que necesitasen porque se maneja mejor con la equivalencia entre dólares y galeones, además de estar más atenta del límite de los dos mundos que las monedas representan; cuando se bajaron del avión y quisieron comprar algo en el aeropuerto, Ron se confundió y le preguntó a un vendedor de bebidas cuántos knuts costaba una. Por suerte el hombre lo tomó por imbécil y no hizo más que reírse, pero hay muggles que pueden llegar a ser muy suspicaces, así que decidieron que no se volverían a arriesgar.

La recepcionista la observa con atención y después mira a Ron, que ahora se entretiene mirando una pequeña pileta al otro lado de la mesa.

―Buenas tardes―dice con amabilidad―. ¿En qué puedo ayudarles?

Hermione se siente un poco cohibida. Nunca había estado en la situación de tener que solicitar las llaves de una pieza…

―Buenas tardes―duda―. Una habitación para una noche―habla rápidamente y por algún estúpido motivo, siente sus mejillas enrojecer.

―¿Con cocina y agua caliente? ―pregunta la mujer. Hermione asiente y se pregunta quién en su sano juicio no querría agua caliente con el frío que hace.

―¿Una o dos camas? ―vuelve a preguntar la mujer y Hermione está segura que detrás de la expresión amable que le dedica se esconde una mirada acusadora, como si Ron y ella fueran dos jóvenes irresponsables en busca de una aventura fugaz en un hotel barato. Pensar en eso solo hace que sus mejillas se enciendan aún más.

Se muerde el labio y piensa que se engañaría a sí misma si se dice que va a dormir sola, porque si Ron no se acuesta a su lado por cuenta propia, será ella la que se meta en su cama para acurrucarse a su lado. No sería la primera vez que duermen juntos, aunque sabe que esta vez la situación es bastante diferente.

―Una ―dice al final y desvía la mirada. Nunca creyó que se sentiría tan incómoda. La mujer asiente y después de escribir unos papeles y solicitar su identificación para hacer la boleta del pago, le pasa las llaves y le indica que vaya por el pasillo izquierdo.

―Espero que disfruten su estadía aquí, April.

―Gracias.

Camina con rapidez y le dice a Ron que la siga. Él la observa con curiosidad. ―Estás sonrojada―comenta encantado―. ¿La recepcionista se te insinuó o algo? ―pregunta en tono de broma, pero después se pone serio―. No me extrañaría, porque te ves realmente linda…

Ella se detiene y alza una ceja. ―¿Cómo te sentirías tú si tuvieras que pedir una habitación con una cama? No sé si me entiendes…―dice levantando las llaves y sacudiéndolas muy cerca de su nariz. Ron no puede evitar pensar que se ve sexy.

―Oh, ya entendí―dice sonriendo ampliamente, con sus orejas enrojecidas―. Me hubieras dicho a mí que lo haga.

Hermione suelta una carcajada y mete las llaves en la cerradura de la puerta. ―¿De verdad?

Ron suelta una risita. ―Siempre ese tono de sorpresa―susurra mirándola a los ojos y ella alza las cejas, divertida. Ríen y entran a la habitación. Ron prende la luz y Hermione cierra la puerta. El lugar es pequeño y modesto, pero está equipado con lo esencial.

―No está tan mal―. Ron se quita la parka y los zapatos y se recuesta sobre la cama. De inmediato siente todo el peso del viaje caerle encima. Entrecierra los ojos y mira el techo descascarado. Después a Hermione que se pasea de un lado a otro revisando que todo esté en orden.

―¿Hermione? ―dice en voz baja, porque teme romper la agradable atmósfera del ambiente. Todo estaría en completo silencio si no fuera por el constante repiqueteo de la lluvia sobre el tejado.

―¿Sí? ―. Ella se voltea y lo mira con ternura.

―¿Quieres dejar eso… y venir aquí?

Hermione lo observa tendido sobre la cama con su típica expresión de somnolencia y siente una agradable y cálida sensación nacer en su vientre. Sonríe y se muerde el labio. Echa un último vistazo y apaga la luz. Lo único que impide que estén totalmente a oscuras es la débil y escasa iluminación de los faroles de la calle que se alcanza a colar por las cortinas.

Se acuesta junto a Ron. Él se vuelve hacia ella. Sus ojos se posan en los suyos.

―Tal vez deberíamos taparnos―susurra él.―. ¿Tienes frío?

―No.

―Mentirosa―. Sabe por su tono de voz que está sonriendo. Ve su silueta incorporarse para buscar algo y luego siente que la tapa con una frazada.

―También tú―dice ella muy bajito. Estira la frazada para taparlo también y aprovecha de acomodarse y acercarse más a su cuerpo. Siente su calor corporal, su respiración pausada y el aroma de su cabello. Cierra los ojos y se concentra en su cercanía, pero no le es suficiente. Lo necesita más cerca. Apoya su mano libre en uno de sus hombros y después la desliza por su brazo para después volver a subirla hasta su cuello. Ron no dice nada, pero su mano viaja hasta su cintura y sutilmente la empuja hacia él. Por un segundo se queda paralizada. Casi no puede creer que ese simple gesto le haya provocado tantas sensaciones y emociones. Apoya su rostro en el hueco que hay entre su clavícula, su mentón y la almohada y suspira. Se siente tan, pero tan bien estar así, entre sus brazos. Se siente protegida y segura. ¿Qué hubiera sido de ella completamente sola en ese lugar, en ese país? De lo único que está segura es de la compañía de Ron. Él es lo único que tiene, y ella es lo único que él tiene. Ambos son lo único que tiene el otro en ese momento.

―Te quiero―susurra contra su piel. Su corazón comienza a latir desaforadamente. Besa su mandíbula, la comisura de sus labios y después de lleno sus labios. Oh, sus labios. Se deleita con sus labios. Ron responde con intensidad y su lengua se adentra en su boca, húmeda y voraz. Hermione comienza a sentir un calor tan sofocante que tiene que dejar de besarlo para poder respirar. Ron apoya su frente en la suya y su mano envuelve su cintura con más fuerza.

―Yo también te quiero―dice él muy bajito. Se miran a los ojos y se quedan quietos, casi estáticos si no fuera por el subir y bajar de sus pechos regularizando sus respiraciones. Afuera la lluvia cae, distante, lejos, como en otra dimensión.

Hermione cierra los ojos, pero los abre abruptamente cuando una ola de escalofríos la recorre de pies a cabeza porque la mano de Ron que sujetaba su cintura ahora traspasa cuidadosamente la barrera de su ropa hasta posarse directamente sobre su vientre. Se le erizan los vellos y aguanta la respiración. Ron comienza a acariciar su piel de una manera que no es sugerente ni demandante, sino que es como si le estuviera hablando sin decir palabra alguna; que la quiere mucho, que está ahí para acompañarla y apoyarla y que lo que menos quiere es hacerla sentir incómoda. Hermione sonríe para sí misma y le responde de la misma manera. Mueve su mano y la desliza con lentitud por debajo de su ropa, tanteando con sus dedos la piel de su abdomen.

No es algo de lo que tengan consciencia en ese momento, pero acaban de asumir una nueva intimidad entre ellos, mucho más profunda y complicada que la que ya compartían.

―Buenas noches―susurra Ron, abrazándola.

―Buenas noches―responde con una voz apenas audible, adormilada.

Su último pensamiento antes de quedarse profundamente dormida se centra en sus padres. Allá, donde sea que estén, los van a encontrar. Mañana comienza la verdadera búsqueda, y por muy complicada que pueda resultar, tiene la seguridad de que lo lograran. Así como tiene la seguridad de que Ron está a su lado y que absolutamente nada puede impedir que así sea.

Ni siquiera se imagina que quizás, solo quizás, pueda estar equivocada en eso último. Mucho menos que la solución está fuera del alcance de sus manos.


¡Gracias por su tiempo!