Capítulo dedicado en especial a Anahi, quien me dio el empujón -puñetazo- que necesitaba para volver a escribir. Gracias.
Mil gracias a todos los que dejaron una RR en el capítulo anterior. Me da un poco de verguenza respondérselas después de tanto tiempo. Gracias a quienes me enviaron mensajes y amenazas diciéndome que actualizara ;_; y ojalá, si es que deciden seguir leyendo, recuerden de qué va la historia. De lo contrario, yo me encargaré de recordárselos. Nos leemos abajo.
En el capítulo anterior...
Los recuerdos que comparte junto a Ron forman parte de ella, están entretejidos con su alma, hilan los latidos de su corazón. Están tan dentro de ella que nada podría conseguir apartarlos de su mente, de su ser… ¿O eso es solo lo que ella cree...?
―5―
La mañana está gris y fría. Las nubes forman un muro impenetrable en el cielo que ningún rayo de sol puede cruzar y sobre el césped hay una capa de escarcha. Ron observa el paisaje con los ojos entrecerrados. Se acaba de dar cuenta de que la habitación que le asignaron mira al jardín posterior de la casa, que en realidad se parece más a un bosque en miniatura. De repente se acuerda de Hogwarts y de sus paisajes, de la vista del bosque prohibido desde la torre de astronomía y del campo de quiddicth. Sonríe, pero después se entristece al recordar lo destruidos que quedaron después de la guerra.
Habría querido quedarse a ayudar en la reconstrucción del castillo, pero cuando Hermione le dijo que pensaba partir cuanto antes a Australia, ni siquiera dudó sobre cuál era su lugar.
Se recuerda que tiene que escribirle a Harry y preguntarle cómo van las cosas por allá, contarle lo rápido que encontraron a los padres de Hermione y lo seguro que está de que volverán en menos tiempo de lo que habían previsto. Se recuerda también que tiene que escribirle a su madre y al resto de su familia. ¿Cómo estarán? ¿Cómo estará el ambiente en la Madriguera? En su interior ruega porque todo esté en orden. Mira el cielo, que a pesar de estar gris irradia la luminosidad característica de las mañanas y recuerda que allá en Londres es de noche.
Todavía somnoliento, se dirige hacia un rincón del cuarto donde la noche anterior arrojó su maleta. Hurga entre la ropa amontonada y arrugada y saca los primeros pantalones que pilla. Bosteza. Debería darse una ducha. Sale del cuarto y camina por el pasillo arrastrando los pies. Mira hacia el pasillo donde está la habitación de Hermione y se pregunta si ya está reunida con sus padres o si sigue tumbada en su cama. Tiene la tentación de averiguarlo, de entrar al cuarto a hurtadillas y de ser que estuviera allí, sorprenderla y robarle unos cuantos besos de buenos días, pero se contiene. A Hermione no le haría mucha gracia que hiciera eso, sobre todo porque los podrían descubrir y eso sí que sería un problema. De todas maneras no puede evitar imaginarse la situación y sentir un cosquilleo de excitación.
Después de darse una ducha rápida baja perezosamente las escaleras, preparándose para continuar con la farsa de que es un muggle que está de intercambio universitario. No sabe por qué, pero tiene el presentimiento de que ese día va a ser sometido a una especie de interrogatorio, así que más le vale estar preparado. Entra a la cocina y un exquisito olor a huevos revueltos hace rugir a su estómago.
―¡Buenos días, Brandon! ―lo saluda la señora Granger con alegría―. ¿Qué tal tu primera noche? ¿Dormiste bien?
―Mejor que nunca, señora Wilkins, gracias―sonríe con sinceridad. Hace días que no dormía tan bien. Las noches previas antes del viaje apenas había dormido y cuando lo lograba, soñaba con situaciones desagradables arriba del avión.
―Bonita camiseta―comenta el señor Granger apareciendo por la puerta que da al patio trasero. ―, pero ¿qué es eso de Chuddley's Cannons?
―Es… un equipo de fútbol―responde intentando de sonar convencido. Está seguro de que nunca había pronunciado en voz alta la palabra "fútbol".
―Nunca los había escuchado―. El señor Granger frunce el ceño, como intentando de recordar algún equipo de fútbol que tenga ese nombre.
―No juegan en las grandes ligas―dice rápidamente―. Es el equipo de mi carrera en la universidad.
―Ah, eso lo explica todo―. El hombre se rasca la barbilla y por la expresión con la que lo mira, Ron teme que comience a hacerle preguntas difíciles sobre la universidad y la carrera que supuestamente estudia. ¿Cómo es que se llama? Ah, contaduría pública, se recuerda, y se arrepiente de no haber averiguado nada sobre ella, por lo que si le preguntan algo al respecto está frito.
―¡Buenos días! ―saluda Hermione apareciendo con una enorme sonrisa en sus labios y Ron se siente aliviado. La observa feliz y una repentina emoción lo invade al verla tan radiante y contenta.
―Buenos días, April―dice mirándola directamente a los ojos.
―Buenos días, Brandon ―le responde ella dedicándole esa sonrisa que tiene guardada solo para él, y él tiene que luchar con todas sus fuerzas para no abrazarla y besarla ahí mismo. Se quedan mirando durante varios segundos hasta que el señor Granger se aclara la garganta. La señora Granger alza las cejas, sonriente. Hermione rompe el contacto visual e intenta no actuar como si los hubieran sorprendido haciendo algo indebido.
Durante el desayuno Ron intenta seguir el hilo de la conversación que mantienen los Granger con Hermione sobre cosas referentes al pueblo, como la geografía y el estilo de vida de los habitantes, pero lo cierto es que apenas les presta atención porque tiene que volver a luchar con todas sus fuerzas para no mirar cada diez segundos a Hermione. Hace tiempo que no la ve tan radiante y feliz, cosa que la hace ver mucho más atractiva.
―¿Brandon? ―. La señora Granger lo está mirando entre curiosa y divertida.
Ron pestañea rápidamente y el señor Granger suelta una carcajada.
―¡En qué estás pensando, hombre! ―exclama divertido y Ron siente la punta de sus orejas enrojecer.
―En nada…
―¿En nada? ―. El señor Granger alza las cejas―. ¡No creo!… A ver, déjame pensar. Puede que dejaste a una amiga allá en Londres y que ya la estás echando de menos―comenta con picardía. Hermione lo mira alzando una ceja y Ron sonríe encantado.
―Sí, bueno, es una muy buena teoría…―dice sonriente, devolviéndole el gesto a Hermione. Ella niega con la cabeza y después no vuelve a mirarlo, haciéndose la desentendida. Ron reprime como sea la risit
―Estábamos hablando de los ferrys―dice la señora Granger, divertida.
―Ah, sí, los ferrys―murmura Ron, aunque no tiene idea de qué es eso. ¿Será un plato de comida, una marca de auto? ¿Qué?
―¿Y?, entonces ¿qué te parece la idea?
―¿La idea? Eh… me parece fenomenal.
Hermione deja los cubiertos sobre el plato y comienza a toser, aunque para Ron es evidente que está fingiendo lo gracioso que le parece su respuesta. Intercambian una fugaz mirada y Ron sabe lo que está pensando "Ron, ¿cómo puedes decir que te parece fenomenal si ni siquiera sabes lo que es un ferry?".
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La cabeza le da vueltas. Se siente mareado. Es curioso que a pesar de que puede volar a decenas de metros del suelo sobre una escoba, se esté sintiendo horrible a bordo de un pedazo de fierro que avanza muy, pero muy despacio por las aguas del río. Recuerda que la única vez que anduvo en bote (la primera vez que llegó a Hogwarts) no se había sentido tan mal, aunque un bote no se puede comparar con un ferry. Por Merlín, nunca se hubiera subido si hubiera sabido las náuseas que le provocaría el imperceptible sube y baja sobre las olas. Estar arriba de un ferry es mucho peor que estar a bordo de un avión.
Se pone de pie y avanza con lentitud entre los asientos y las personas a bordo. Busca a Hermione y a sus padres con la mirada. Los divisa en el sector de la proa, riendo y sacándose fotos. La sensación de mareo se intensifica cuando sale al exterior.
―¿Estás bien? ―pregunta Hermione mirándolo con preocupación.
―Perfectamente―murmura él.
―¡Pero si estás más blanco que un papel! ―exclama la señora Granger.
Hermione suelta una risita.
―La verdad es que no me siento muy bien. Creo que voy a expulsar el desayuno en cualquier momento―. Hermione arruga la nariz y él se ríe, cosa que hace que el mareo se intensifique. Cierra los ojos y se afirma en la baranda, maldiciéndose por ser el único idiota que se marea arriba de un estúpido ferry.
―Pronto te acostumbrarás―dice alegremente la señora Granger―, la primera vez que me subí a un barco estaba peor que tú, pero después me acostumbré ¡y ahora ni siquiera noto que se está moviendo! ―. Ríe, sostiene la cámara y le toma una foto a solo ella sabe qué. ―¡Oh, Wendell, qué bonito es el paisaje! ¿Por qué no se nos ocurrió venir antes? ¡Ah, mira, mira ese árbol que está allá! ¡Es mucho más alto que el resto!―. La señora Granger se aferra al brazo de su marido y lo arrastra lejos.
Ron los mira alejarse divertido.
―¿A dónde van?
―No demasiado lejos―ríe Hermione―, a no ser que se tiren por la borda y naden hasta el otro lado del río.
Ron ríe. ―Eso no estaría mal…―murmura mirándola de reojo―. Qué desaparezcan por un rato, quiero decir―aclara con rapidez―. Es horrible tener que fingir frente ellos que no te conozco…
Hermione lo mira con desaprobación, aunque no puede evitar que se le escape una sonrisa. Se acerca a él y apoya discretamente su mano sobre la suya. Acaricia sus dedos.
―Pero si me conoces.
Ron sonríe y niega con la cabeza. ―Sabes a lo que me refiero. A no ser de que no te importe darme un beso ahora…
Hermione se muerde el labio inferior y desvía la mirada.
―¿Ves? ¡A eso me refiero! ―refunfuña Ron.
―No seas exagerado―. Hermione vuelve a mirarlo. ―Y para que sepas, no eres el único que sufre teniendo que fingir que no nos conocemos―puntualiza alzando las cejas. Ron sonríe de lado y enreda sus dedos entre los suyos. Hermonie sonríe, pero de pronto se pone seria y quita la mano. Un segundo después, la señora Granger está al lado suyo hablando con tanto entusiasmo que a Ron le cuesta seguir el hilo de lo que dice.
―Wendell, ¿trajiste un rollo de repuesto para la cámara? He sacado tantas fotos y ni siquiera es mediodía―. Después mira a Hermione y luego a Ron―. ¡Y ni siquiera les he tomado fotos a ustedes! ―exclama horrorizada―. ¡Pónganse ahí! ―les indica que se apoyen sobre la baranda con el río de fondo―. Tengo fotos de todos los estudiantes que hemos hospedado y ustedes no serán la excepción.
―Supongo que no tenemos opción―bromea Ron y la señora Granger le sonríe con satisfacción―. Acérquense un poco más. ¡Ah, se ven muy bien juntos! ―. Sonríe y saca la foto.
Hermione y Ron se miran de reojo y sonríen.
Después de más o menos una hora y media de viaje, el ferry se atraca a las orillas del río, en un pequeño embarcadero de madera que Ron no tarda en concluir que se mantiene en pie por pura arte de magia. La señora Granger suelta y arrastra a Ron, a Hermione y a su marido hacia el grupo que formaron los pasajeros en torno a un hombre que se presenta como guía turístico de la zona, que tras darles la bienvenida les explica que el lugar en el que están es uno de los pueblos más antiguos de la región y que su principal atracción son unas cuevas milenarias que están ocultas en las fauces de los cerros que se ven hacia el noroeste. Ron observa hacia esa dirección, pero lo único que ve es una densa vegetación que crece en altura conforme se aleja del río y del pueblo. Luego se entera de que es imposible visitar las cuevas durante esa época del año porque debido a las abundantes lluvias el paso se bloquea.
Tras unos quince minutos de charla, el grupo se dispersa y los pasajeros se van a recorrer por su cuenta el pueblo, que no tiene mucho que ofrecer aparte de restaurantes de comida casera, feria de artesanías y excursiones por las orillas del río y alrededores. El señor y la señora Granger se dirigen hacia uno de los puestos de artesanía. Hermione y Ron los siguen.
No pasan muchos minutos antes de que Ron comience a sentirse agobiado. La señora Granger se detiene a contemplar cada una de las piezas talladas con sumo cuidado, y si le echa un vistazo a todas las que tiene por delante, calcula que se quedarán ahí hasta más menos la mitad del próximo año. Mira los objetos con desinterés hasta que uno capta su atención: un tablero de ajedrez tallado en piedra. Se aproxima para verlo mejor y se siente fascinado por todos los detalles de las piezas.
―¿Usted juega al ajedrez? ―le pregunta una de las ancianas que está a cargo del puesto, y sin esperar su respuesta añade: ―Este no es un tablero cualquiera. Es un tablero mágico―. Los ojos de la anciana brillan de emoción. Ron la observa y se pregunta si pensará que es estúpido. Está más que claro que ese no es un ajedrez mágico.
―Uhm…
―Es un tablero mágico―insiste la vieja y Ron comienza a sentirse incómodo―. La piedra con la que fue fabricado fue extraída directamente del corazón de las cuevas milenarias.
―Ah, en ese caso debe costar una fortuna―comenta Ron y la anciana abre mucho los ojos.
―No, si lo quieres, solo llévatelo. Llevo muchísimo tiempo queriendo deshacerme de él.
Ron la mira con escepticismo. Hermione se acerca, sintiéndose extrañamente interesada por la conversación.
―¿Y por qué? ―pregunta tratando de sonar lo más respetuosa posible.
―Porque todo lo que proviene de esas cuevas está maldito―escupe la vieja con desdén. Ron y Hermione se miran y ella le lanza una mirada que él interpreta acertadamente como un "¿qué opinas?". Ron niega con la cabeza. Aquello no le parece más que un invento de los poblanos para acaparar la atención de los turistas. Además, ni Hermione ni él han presenciado o sentido ni la más mínima señal que sugiera la presencia de magia en la zona.
Después de darle las gracias a la anciana y rechazar la oferta de llevarse el tablero de ajedrez gratis, Ron y Hermione regresan con el matrimonio Granger. Durante el resto de la tarde se dedican a recorrer el pueblo disfrutando de las atenciones de los lugareños y a pasear por los alrededores. Al final del día, se instalan en una posada a descansar y pasar la noche.
La posada resulta ser un lugar humilde, pero el ambiente muy cálido y agradable. Después de cenar, Ron se dedica a recorrer el pequeño edificio, construido únicamente de piedra y madera. Sube hasta la última planta y llega a una especie de buhardilla que hace de entrada a una terraza instalada a ras del techo. En el espacio hace mucho más frío que en el interior del recinto, pero no deja de ser acogedor. Ron se sienta en un sofá que parece especialmente cómodo y se acomoda con soltura. Lo invade una sensación de paz que hace días que no sentía. Por primera vez desde que pisó Australia se siente tranquilo; todo está marchando incluso mejor de lo que con Hermione habían planeado. Encontraron a sus padres el mismo día en el que llegaron a Wisemans -Ferry, lograron acercárseles con éxito y tal fue la simpatía que despertaron en ellos que los invitaron a este lugar en el cual ahora están disfrutando algo muy parecido a unas mini vacaciones. Siente que alguien lo está observando y abre los ojos. Es Hermione. Sonríe.
―¿Y tus padres?
―En su habitación. Están muy cansados.
Ron alza las cejas. ―¿Eso significa que somos libres?
Hermione ríe y se sienta a su lado. ―Algo así.
―Con eso me basta―dice Ron tomándole la mano y atrayéndola hacia él―. Pensaba que también te habías ido a encerrar a tu habitación. ¿No estás cansada?
―Un poco, pero tenía que venir por mi beso de buenas noches―. Ron sonríe y piensa que es absurdo hacerla esperar. Se acerca a ella y la besa con suavidad. Hermione suspira y se arrima más a su cuerpo.
―Ya me estaba haciendo falta esto―comenta Ron con una sonrisa boba en el rostro. Hermione ríe y vuelve a besarlo. Se van recostando sobre los cojines y se agazapan lo mejor posible, sin dejar de besarse en ningún momento y cada vez con más vehemencia. .
―Espera―dice Hermione de repente, un poco alarmada por la intensidad que se está apoderando de la situación.
―No hay nadie―susurra Ron―. Tus padres son los únicos locos de remate que quisieron pasar la noche aquí―añade besándola en el cuello, haciéndole sentir un exquisito escalofrío―. Y en todo caso, si alguien se atreviera a aparecer, le lanzo un avada kedavra sin pensarlo.
Hermione ríe, pero después dice con mucha seriedad:
―No lo digas ni en broma.
―Bueno, sí, un cruccio sería más suficiente…―murmura Ron besándola de nuevo en el cuello y luego apoderándose de sus labios con intensidad. Hermione vuelve a reír y no dice nada más, dejándose besar por varios y acalorados minutos. Y por primera vez en el transcurso del día no desea con desesperación que las horas pasen volando, porque a pesar de que las cosas están marchando de acuerdo a lo planeado, no puede sacarse de encima la urgencia de acabar con esa situación de una vez por todas; el hecho de compartir con sus padres y que ellos la traten con tanto afecto, pero que no tengan idea de que ella es su hija la desespera.
El único momento en el que logra desligarse de esa horrible sensación es estando en los brazos de Ron. Se distiende, y al final se logra tranquilizar del todo sabiendo que apenas estén de regreso en la casa de sus padres en Wisemans Ferry, pondrán en marcha la última y decisiva etapa del plan que trazaron con extrema meticulosidad días antes del viajar a Australia.
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El reloj de la vitrina marca las nueve en punto. Acaban de terminar de cenar un exquisito pavo al horno que la señora Granger se puso a preparar apenas llegaron a casa. El señor Granger se pone de pie, le da un tierno beso a su mujer en la frente, y tras alabar sus dotes culinarios, se retira al salón para ver los noticiarios de la noche antes de irse a la cama.
La señora Granger sonríe encantada y comienza a retirar la mesa. Ron y Hermione se ponen de acuerdo con la mirada y la ayudan en silencio. La mujer les sonríe con agradecimiento y los tres se dedican a lavar y ordenar la loza. Después de acabar, se unen al señor Granger en el salón. Ron se sienta frente a Hermione y la mira de reojo, esperando la señal para comenzar a actuar. Ella se remueve nerviosa en el sofá, sin dejar de comprobar la hora en el reloj que está sobre la mesa de centro. Al cabo de diez minutos, por fin se atreve a romper el silencio:
―¿Alguien quiere té o café? ―ofrece con amabilidad, sintiendo como su corazón comienza a latir con rapidez.
―Un café no vendría nada mal―dice el señor Granger sonriéndole con agradecimiento.
―Para mí uno sin azúcar―añade la señora Granger. Hermione les dedica una débil sonrisa y se dirige de inmediato hacia la cocina, sin poder evitar pensar en lo fácil que resulta engañarlos. Busca el tarro de café y luego las tazas, pero de repente le tiemblan tanto las manos que teme cogerlas y ser incapaz de sostenerlas.
―Te ayudo―dice Ron apareciendo detrás de ella. Saca las tazas con facilidad y las deja sobre el mesón. Hermione prepara el café y mira a Ron quitarle la tapa a un pequeño frasco que ha tenido guardado en el bolsillo prácticamente desde que despegaron de Londres. Contiene una fuertísima poción somnífera que prepararon sin mucha dificultad en el ático de la Madriguera la noche antes de partir.
Hecha dos gotas de líquido incoloras en cada taza y luego las revuelve con lentitud.
―Tranquila. Todo saldrá bien―susurra y le da un corto beso en la frente. Ponen las tazas en una bandeja y se dirigen de vuelta al salón. El señor Granger coge la suya e inspira profundamente antes de beber.
―Mmmm… huele mejor que nunca.
Hermione los observa dar los primeros sorbos y luego se retira con la excusa de dejar la bandeja en la cocina. Ron se queda en el salón y finge estar muy interesado en los noticiaros, pero su atención está totalmente centrada en captar cualquier indicio de que la poción comienza a surtir efecto. Muy pronto advierte que los párpados de la señora Granger comienzan a cerrarse, seguidos muy de cerca por los de su marido. Al cabo de cinco minutos, los dos se hallan con la cabeza hacia atrás sumidos en un profundo e inalterable sueño. Se pone de pie y se inclina frente ellos para analizar sus respiraciones, las que resultan ser pausadas y profundas. Segundos después aparece Hermione, con expresión turbada y sosteniendo su varita. Se miran en silencio, como si no supieran qué hacer a continuación. Al final, es Hermione la que dice, con voz un tanto temblorosa:
―Tenemos que asegurarnos de que la poción ha hecho total efecto.
Ron asiente en silencio. Hermione alza su varita y apunta a la lámpara que cuelga del techo:
―Diffindo―murmura y el objeto cae haciéndose añicos en un estruendo difícilmente de ignorar. Sus padres ni siquiera se inmutan. Aun, así prefiere asegurarse y esta vez apunta directo hacia ellos:
―Aguamenti ―. Una cantidad considerable de agua cae sobre sus cabezas, pero permanecen tan imperturbables como al principio.
―Bien.
Ron la observa y le sonríe para darle ánimos. Hermione asiente y es perfectamente consciente de lo sudorosas que están sus manos. Sujeta su varita con fuerza y apunta de nuevo, directo hacia al centro entre las cabezas de sus padres. Cierra los ojos y se concentra. Siente la conexión que hay entre ella y su varita; siente el poder mágico fluir entre ellas, pero de repente ahí está, una punzada de incertidumbre que se transforma en inquietud y, no puede evitar pensar, como ya ha hecho antes, que algo anda mal.
Inspira con profundidad y se convence a sí misma de que todo eso es una tontería, más si recién acaba de comprobar por milésima vez que nada anda mal con su varita y que no tendría por qué hacerlo. Vuelve a inspirar, con más confianza y tranquilidad. Ron está a su lado y están a punto de terminar con la incertidumbre que la ha perseguido durante todo un año. Ese es el momento decisivo, y planearon todo con tanta meticulosidad que nada va a entorpecerlo, mucho menos una absurda e imaginaria sensación totalmente injustificada, infundida probablemente de su propia inseguridad que emana de su subconsciente.
Aprieta aún más la varita entre sus dedos y entonces dice con voz fuerte y clara:
―Etaivilbo―. Apenas la última sílaba sale de su boca, contiene la respiración. Siente una ráfaga helada recorrerle el cuerpo y se le erizan los vellos de la nuca. Luego, un pequeño hormigueo va desde su mano hasta su frente, pero desaparece casi al instante. Sin embargo, su paso ha sido tan evidente que Hermione siente que se le entume el brazo y al instante entra en pánico. Se supone que no debiese haber sentido eso. En realidad, se supone que no debiese sentir nada. Todos los libros a los que consultó coincidían y ponían especial énfasis en ese punto: el contrahechizo del obliviate no debe provocar ninguna reacción en el mago efector en absoluto.
Abre los ojos y mira a Ron directo a los ojos. Él la observa expectante, esperando una señal que le indique que todo está bien y que ahora solo deben esperar, pero al no recibirla, su expresión cambia y al cabo de un segundo es de pura preocupación.
Algo salió mal.
Notas de la autora: sé que soy la peor autora del mundo por no haber actualizado hace tantísimo tiempo. También sé que no merezco su perdón, al menos por el momento. Creo que no tengo excusas válidas para tan larga ausencia, salvo mis inextricables complejos y manías.
Le agradezco demasiado a quien haya llegado hasta aquí y que tenga la intención de continuar leyendo la historia. Yo no tengo intención alguna de abandonarla.
Gracias por leer :)
