Capítulo dedicado a Adris. Gracias por, a estas alturas, recordar que esta historia existe.


Gracias a TODOS los que siguen leyendo y a TODOS los que comentaron el capítulo anterior, y a TODOS los que estos meses me han recordado que tengo que seguir escribiendo. Tienen que saber que siempre leo TODOS y cada uno de sus mensajes y comentarios. Perdónenme por no responderlos individualmente esta vez.


En el capítulo anterior…

Algo debe haber ocurrido, pero ¿qué? Hermione contiene la respiración al recordar el extraño escalofrío que la recorrió apenas terminó de pronunciar "etaivilbo". Se estremece. ¿Cuál o cuáles son las consecuencias de un contra-hechizo de obliviate mal realizado…? No sospecha que están a solo un paso de averiguarlo.


7

Ron deja el bolígrafo a un lado y suspira frustrado. Hasta ese momento nunca había echado de menos una pluma. Mira con fastidio los chorros irregulares de tinta sobre la hoja. Si su caligrafía de por sí ya es bastante difícil de leer, ahora es ilegible por completo. Se frota los ojos con cansancio y trata de no pensar en el montón de papeles que están esparcidos sobre la mesa que tiene que repasar y ordenar.

Hermione está sentada al otro lado de la mesa, rodeada de un montón de libros, con su nariz enterrada en uno particularmente grande y viejo. Ron la observa y por un instante tiene la sensación de que están en la biblioteca de Hogwarts estudiando para un examen de Transformaciones, pero solo le basta echar un vistazo a su alrededor para romper la ilusión, pues el lugar en el que se encuentran está a años luz de parecerse a Hogwarts. De hecho, es todo lo contrario al castillo. Las paredes son blancas a más no poder y todo está demasiado limpio y ordenado. Nada cuelga del techo ni de las paredes, salvo unos enormes focos de luz artificial que no hacen otra cosa que reforzar el ambiente frío e impersonal de la sala. No puede evitar comenzar a sentirse incómodo, y a pesar del aire acondicionado, una abrumadora sensación de sofoco lo invade. Suspira y coge el bolígrafo para seguir escribiendo. Cuanto antes terminen, más luego podrán irse. Carga la punta contra el papel y esta se tuerce y lanza un chorro de tinta.

―Por qué demonios tenemos que escribir con estas cosas…―dice a regañadientes. Hermione alza la vista y lo mira por primera vez en tres horas.

―¿Qué pensarías si fueras muggle y vieses a alguien escribiendo con una pluma…?

―Qué es un idiota, supongo―. Hermione pone los ojos en blanco y él se ríe. ―Bueno, la verdad no sé, porque resulta que no soy un muggle… Pero ¿no se supone que nadie puede vernos?inquiere mirando hacia el enorme ventanal a su derecha que, según le explicó Hermione, está hecho de un tipo de vidrio especial que permite ver desde el interior hacia el exterior, pero no al revés―. Podríamos tener aquí adentro a Fluffy y nadie se daría cuenta, ¿acaso alguien aquí de verdad se fija con qué rayos están escribiendo los demás…? Bueno, como sea…―gruñe. Intenta volver a escribir, pero la punta del bolígrafo finalmente se quiebra y la tinta salpica manchándole los dedos. Hermione suelta una risita.

―No hace falta que lo cargues tanto. La tinta sale apenas hace contacto con el papel.

―Gracias por avisarme― gruñe Ron, intentando limpiarse los dedos con una servilleta sin éxito―. ¿Qué toxina ocupan los muggles para fabricar estas cosas que se queda pegada en la piel?

―No es una toxina, es una mezcla de compuestos benzoicos que…

Ron pone los ojos en blanco y resopla. Recién es el tercer día que vienen a la universidad y fingen ser muggles y ya se siente así de frustrado. Se reprende a sí mismo por la forma en la que está comportándose, pues está ahí para ser un apoyo para Hermione, no para fastidiarla con su malhumor y su rechazo por los bolígrafos. Lamentablemente a veces no puede evitar desesperarse y preguntarse cuántos días tendrán que seguir viniendo a la universidad y cuántos días van a estar sumidos en la maldita incertidumbre sobre…

―Ron.

Ron alza la vista. Hermione está de pie junto a él, mirándolo desde arriba con una expresión tan tierna y pasiva que lo hace sentir avergonzado por estar quejándose tanto.

―¿Qué? ―. Hermione niega con la cabeza y se inclina para besarlo.

Ron suspira y la abraza, atrayéndola más hacia él. Ojalá pudieran quedarse así por el resto del día.

―Voy a salir un momento.

―¿A dónde vas?

―A buscar más bolígrafos. Al paso que vas romperás todos los que tenemos en dos horas―. Él hace una mueca. ―Y también necesito sacar fotocopias.

―¿Sacar qué?

―Fotocopias.

Ron la mira sin comprender.

―Una fotocopia es una copia de un documento por medios ópticos y fotosensibles…

―Ya. ¿Y para qué tienes tu varita? ―pregunta, y antes de que ella pueda responder, él se empieza a reír.

―¿Qué?

―Nada―responde con rapidez, pero al instante agrega:― Me acuerdo cuando estábamos atrapados con Harry en el Lazo del Diablo y tú tenías que hacer fuego para salvarnos, ya sabes, ¡y dijiste que no podías porque no tenías leña! ―. Se ríe más fuerte. ―¡Merlín, porque no tenías leña!

―¿Cómo es posible que te acuerdes de eso? ―dice Hermione, ruborizándose.

Ron ríe y vuelve a atraerla hacia él. ―Es imposible olvidarlo, Hermione. Créeme que cada vez que estoy triste, me obligo a recordarlo y automáticamente me estoy riendo a carcajadas―bromea.

―Oh.

―¿Sabes? Te tomas tu papel muggle demasiado en serio.

Hermione se ríe y sacude la cabeza.

Incluso se molestó en conseguir varios libros relacionados con las carreras que se supone están estudiando. Había conseguido libros de Economía, Estadística y Cálculo para él y varios sobre legislación muggle australiana para ella. Ron ni siquiera se había dignado a mirarlos, pero cuando la noche anterior encontró al señor Granger hojeando con bastante interés uno sobre Microeconomía que había dejado sin querer sobre la mesa,consideró echarles un vistazo, pues por un instante pensó que el hombre comenzaría a interrogarlo de un momento a otro. Para su alivio solo se limitó a preguntarle si era de él y que no olvidara recogerlo cuando subiera a su habitación.

Hermione sale de la sala y Ron se queda en absoluto silencio. De repente tiene la sensación de que se encuentra en San Mungo a la espera de ser interrogado por un loquero. Sacude la cabeza y vuelve toda su atención sobre las hojas en las que ha estado escribiendo desde hace tres horas. Las relee, tachando, subrayando y encerrando en círculos los puntos más importantes. Analiza cada palabra escrita. El plan para entrar y salir de la Mansión Malfoy tiene que salir perfecto. No puede dejar cabos sueltos ni que algo ocurra al azar. Frunce el ceño y se devana los sesos pensando qué se le puede estar escapando, algún improviso, algún factor determinante que entorpezca el plan; quizás el clima o la presencia de magos, pero no se le ocurre ningún otro aparte de esos.

Coge los ejemplares de El Profeta que han estado guardando desde que terminó la guerra. El periódico se ha dedicado a cubrir con gran detalle el destino de las familias puras que apoyaron al Señor Tenebroso durante la guerra. De esa forma se enteraron de que los Malfoy comenzaron a deshacerse de la mayoría de sus bienes materiales para evitar caer en la ruina, (se había instalado una apatía general en contra de ellos y la mayoría de los comerciantes se negaban a hacer negocios con ellos) y que la Mansión Malfoy fue subastada hace dos semanas a un precio que apenas alcanzó la mitad de su valor estimado. La identidad del nuevo dueño permanece en el anonimato y hace una semana había dado inicio a obras de remodelación.

A pesar de que Ron ya había leído la noticia un montón de veces, esta es la primera vez que le inquieta. Antes no le afectaba que remodelaran la Mansión Malfoy, incluso había sentido cierto alivio al enterarse de ello, pero ahora las cosas han cambiado, pues si pretenden regresar al lugar donde se perdió la varita de Hermione y eventualmente recuperarla, lo mejor sería que estuviese todo exactamente como estaba. Ron se retuerce los dedos, ¿por qué no se le ocurrió antes?

Vuelve a repasar el plan y ahora le parece una porquería. ¿De verdad piensa que van a encontrar la varita así como así; que van a aparecerse en el vestíbulo de la Mansión y que estará sobre la mesita de noche…? Las probabilidades de encontrarla son tan ínfimas que ni siquiera deberían estar perdiendo el tiempo pensando en encontrarla…

―Ron―. Se sobresalta. Hermione alza las cejas y sonríe.

―Ojalá te hubieses concentrado así cuando estudiábamos para los TIMOS―bromea.

―Esto es mucho más importante―. Ron trata de sonreír.

Hermione deja una caja de bolígrafos sobre la mesa.

―¿Y las fotocopias?

―¿Qué?

―Dijiste que también necesitabas fotocopias. ¿O decidiste por fin hacerlo con tu varita?

Hermione lo mira con fijeza. ―Es cierto―dice tras un instante de vacilación.

―¿Qué cosa?

―Que iba a sacar fotocopias…―. Se sienta y mira la mesa, perpleja. ―Pero se me había olvidado por completo.

Ron la mira sin saber qué decir, confundido por la gravedad en su expresión.

―Sí… eh, a cualquier le ocurre de vez en cuando.

Hermione niega con la cabeza y hace un gesto como para restarle importancia al asunto. Pasa las páginas del libro que había estado leyendo, pero apenas puede concentrarse. Su corazón no deja de golpetear con fuerza en su pecho y no puede evitar pensar en que estos últimos días ha olvidado más cosas que las que ha olvidado en diez y siete años. Cosas mínimas, pero cruciales. Cosas que no había olvidado jamás, como por ejemplo, esa misma mañana, dónde había dejado el bolsito de cuentas la noche anterior.

Siente la mirada de Ron sobre ella y se obliga a destensar los músculos de su cara. Lo mira y él alza las cejas, inquisidor.

―Creo que es suficiente por hoy―murmura.

Ron lanza un suspiro de alivio y se estira en la silla.

Ordenan las cosas en silencio. Hermione mete la mayoría de los libros dentro del bolsito de cuentas, concentrándose en que queden perfectamente alineados unos sobre otros. Cuando se disponen a salir, los brazos de Ron la rodean por detrás.

―Hey―murmura Ron apoyando la barbilla sobre su hombro―. Todo irá bien.

Hermione suspira y lo abraza con fuerza.

Cuando salen al exterior, el frío los golpea con fuerza. La universidad está construida en medio de los cerros, rodeada de quebradas y espesos bosquecillos. A Hermione le parece insólito que a alguien se le haya ocurrido que ese era un sitio adecuado para un campus universitario, pero más desconcertante le parece hayan personas dispuestas a estudiar aquí. Cruzan el vestíbulo y llegan al patio central. Los estudiantes se amontonan en las áreas verdes habilitadas, algunos fumando, bebiendo y riendo a carcajadas. Pasan junto a un grupo que está cantando (en realidad gritan) mientras un par de chicos tocan guitarra. Al verlos pasar uno de ellos se pone de pie y mueve los brazos, tratando de llamar su atención.

―¡Hey, hola! ―se acerca sonriendo―. ¿Hermione, verdad?

―Hola―. Ella sonríe con sorpresa―. Sí.

―¿Qué haces?

―¿Qué? ―pregunta Ron, haciendo que el chico se fije en él por primera vez.

―¿Tú también eres de intercambio?

―Sí―responde Ron con sequedad.

―¿Qué estudias?

―Contabilidad. ¿Tú?

―Leyes, igual que April―vuelve a dirigirse a Hermione―. ¿Sabes? Hay una fiesta en la facultad mañana después de clases, ¿vienes? Tú también estás invitado, claro. También puedes traer a tus compañeros de contabilidad, así aprovechamos de confraternizar entre facultades y descubrir si tenemos algo en común―el chico se ríe como si hubiera dicho un chiste muy bueno y Ron siente la imperiosa necesidad de darle un puñetazo.

Hermione sonríe forzosamente. ―Gracias, pero mañana tengo que estudiar.

El chico la mira como si fuera una alienígena y está a punto de decir algo, pero en ese momento uno de los chicos del grupo le grita algo.

―Nos vemos―. Hermione aprovecha la interrupción para escabullirse y arrastra a Ron a su lado.

―¡Eres un imbécil!, la espantaste―se escucha a alguien decir, y luego solo risas.

Ron los mira con desdén mientras se alejan.

―¿Y ese quién era?

―Uh… No recuerdo su nombre―dice Hermione calmadamente, pero después su expresión se torna sombría. No recuerda su nombre. Y está segura de que él se lo dijo. ¿Dónde es que lo conoció? Tiene la sensación de tener la respuesta en la punta de la lengua, pero tampoco consigue recordarlo. Sabe que no es algo importante, pero se añade a la cada vez más extensa lista de cosas que ha olvidado…

Ron no dice nada más y caminan en silencio hasta el paradero de autobuses que está en las afueras del campus, al borde del camino que conecta con la carretera. Cuando suben al bus, Ron se queda dormido apenas apoya la cabeza en el respaldo. Hermione se recarga contra su hombro y a pesar de que también tiene sueño, no consigue quedarse dormida. Durante los cincuenta minutos hasta Wisemans Ferry se dedica a contemplar el paisaje. Le cuesta creer, viendo la vasta extensión de bosques y cerros a su alrededor, que están a solo sesenta kilómetros de Sidney.

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La casa está en completo silencio. Hermione se acomoda la manta que tiene sobre los hombros y mira la hora. Son las 3:45 am. Busca en el montón de libros que tiene a su alrededor tratando de hacer el menor ruido a pesar de que sabe que es imposible que sus padres despierten; después de cenar en sus tazas de café les administraron suficiente poción somnífera para que duerman durante doce horas seguidas.

Toma por décima vez Simposio Duodécimo sobre Varitas y comienza a leerlo con la esperanza de encontrar algo que se le haya escapado, pero es inútil. El documento no dice nada que ya no supiera; para tratarse de un simposio de magos expertos en varitas deja mucho que desear. Repasa otros documentos y ensayos, pero solo encuentra la misma información escrita de otra manera, como si lo único que hubiese que escribir sobre las varitas es sobre sus características básicas. Hermione frunce el ceño, frustrada. ¿Cómo es posible que no encuentre la información que necesita en alguno de esos libros y documentos? Al parecer necesitan textos mucho más específicos, pero ¿dónde conseguirlos? Está segura de que hay un sinfín de misterios que desconocen sobre las varitas; misterios que puedan ayudarle a entender por qué fracasó al realizar el contra-hechizo del obliviate. Hay tantas cosas que no le calzan y tantas preguntas sin responder. ¿De verdad fracasó porque no utilizó la misma varita con la que había lanzado el obliviate? ¿No está siendo muy simplista al suponer esa teoría? ¿Y si aunque no obtuvo los resultados esperados, algo efectivamente pasó? ¿Y si ese algo se trata de algo mucho más profundo y siniestro…?

―¿Deberíamos decírselo a Harry? ―. La voz de Ron, sentado a su lado, suena inusualmente grave. Hermione se sobresalta y lo mira.

―¿Deberíamos?

―¿Deberíamos? ―repite él―. ¿Tenemos…?

―Yo… creo que no. No todavía.

Ron asiente en silencio.

―Quiero decir, ¿no crees que ya ha tenido suficientes problemas como para…?

―Sí.

―Pero él querría que se lo dijésemos.

―Sí.

―Sin siquiera dudarlo.

Ron vacila. ―Pero todavía… es muy luego para decírselo.

Hermione aprieta los labios y asiente.

―Por Merlín, Harry merece un descanso.

Se quedan en silencio con los ojos fijos en el otro, preguntándose ambos cuándo dejará de ser "muy luego" para decírselo a Harry; qué cosa tendría que pasar para que esto deje de ser un inconveniente que no habían previsto a ser un verdadero problema. Porque todavía no es un problema, o al menos, eso es lo que ellos se empeñan en creer.

Hermione suspira y comienza a buscar en Los Misterios no tan Misteriosos de las Varitas, el único libro que trata otros temas sobre las varitas aparte de los materiales de sus núcleos y fibras. Se hizo con él en la sección prohibida de la biblioteca de Hogwarts justo después terminada la guerra, tras dejar en un lugar prácticamente inaccesible y bajo protección mágica los libros sobre horrocruxes con los que habían cargado esos meses, para asegurarse de que ningún otro estudiante sediento de poder diera con ellos.

―Guau, a ti de verdad no se te escapa nada―. Había dicho Ron cuando se lo contó―. Debiste haber mantenido la cabeza muy fría para haberte acordado de eso en ese momento―agregó, y Hermione había sonreído.

Pero ahora, con cada minuto que pasa, Hermione tiene más la certeza de que algo se le escapó. Algo muy, pero muy importante. Busca el bolsito de cuentas, pero no está donde se supone lo había dejado. Frunce el ceño y pasea la mirada por toda la habitación. ¿Dónde está?

―¿Qué estás buscando? ―pregunta Ron mirándola con suma atención.

―El bolsito de cuentas―murmura Hermione.

Él frunce el ceño y abre el cajón del velador.

―Me dijiste que lo dejara aquí, ¿no te acuerdas?

Hermione suelta una risita nerviosa y no dice nada. Coge el bolso y saca otro montón de documentos sobre varitas que probablemente no contengan nada útil.

―Se supone que estamos planeando nuestra entrada y salida de la Mansión Malfoy sin ser descubiertos―comenta Ron con seriedad―, pero tú apenas pareces interesada en ello―. Deja a un lado el libro que estaba leyendo y la mira con fijeza―. Estoy seguro que lo único que has hecho estos tres días es leer lo mismo sobre las varitas una y otra vez, así que ¿qué pasa? ¿Qué es lo que estás buscando?

Hermione desvía la mirada.

―Necesito entender por qué no funcionó.

Ron se impacienta.

―Bueno, siempre necesitas entenderlo todo, pero ¿no crees que ahora es más importante que nos centremos en lo práctico? Es decir, en encontrar tu antigua varita donde sea que esté y devolverle la memoria a tus padres y zas se acabó. Luego puedes dedicarte a entender todo sobre…

―¿Y si esa no es la solución?

Ron pone los ojos en blanco y Hermione casi puede tocar su irritación.

―Primero una cosa y después la otra―dice él a regañadientes.

―No es solo eso―murmura Hermione.

Ron la mira y su expresión de temor activa todas las alarmas que había estado tratando de ahogar durante estos días.

―¿Qué pasa?

Hermione inhala profundamente y después suelta el aire con pesadez.

―Hay algo que no te he dicho

―¿Qué?

―He estado olvidando cosas.

Ron se queda mirándola, primero como si no entendiera lo que dijo y después como si comprendiera cada una de las posibilidades que pudiese traer consigo esa frase. Al final suelta una risita nerviosa y se revuelve el cabello.

―Oh. ¿Eso es todo?

―Ron…

―Ya, no me digas. De verdad te preocupó hoy que se te olvidaran las fotocopias, pero no es para tanto, Hermione, mucho menos que te acordaras del nombre de ese imbécil...

Hermione no dice nada. Se quedan en silencio durante unos segundos que parecen eternos.

―Bueno, esto cambia las cosas―dice al final Ron, tratando de sonar despreocupado.

Hermione sonríe débilmente.

―Por eso necesito entender por qué no funcionó. Estoy segura que esto es una consecuencia de la mala ejecución del contra-hechizo y de que algo interfirió en el momento en el que lo hice, pero ¿qué? ¿Por qué? ¿Cómo revertirlo? ¿Qué tan grave es…?

―¿Sabes?, no es tan grave―la interrumpe Ron con seriedad―. Uno de los primeros experimentos de Fred y Goerge resultó realmente mal y a Fred le dio un palo en la cabeza. Estuvo una semana olvidando dónde había puesto sus calcetines y…―. No termina la frase.

Un largo silencio, mucho más pesado y sombrío que el anterior, se instala entre ellos.

El reloj marca las 4:46 am

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Ron se despierta sobresaltado, con la desagradable sensación de como si se hubiese tropezado hacia el vacío y en el último segundo hubiese abierto los ojos. Mira el reloj y casi con horror se percata de que es pasado el mediodía. Mierda. Se quedó dormido en la habitación de Hermione. Hermione. De un chispazo recuerda lo que hablaron durante la madrugada y una terrible sensación de angustia se instala en su pecho. Hermione está olvidando cosas. ¿De verdad? ¿Hasta dónde llegan los límites de ese hecho? Es tan confuso, incluso le parece increíble.

Se levanta de un salto. Nervioso, sale del cuarto y cruza el pasillo. No oye nada. ¿Se habrán dado cuenta el señor y la señora Granger que pasó la noche en la habitación de Hermione? Si es así ambos están metidos en un serio problema. ¿Y dónde está Hermione? No cree que se haya ido a la universidad sin él.

Por puro instinto, camina hacia la habitación de los padres de Hermione. La puerta está cerrada. Intenta escuchar a través de esta, pero no oye nada. Se aclara la garganta y decide llamar. No obtiene ninguna respuesta. Abre la puerta con lentitud y se asoma hacia el interior: el señor y la señora Granger están durmiendo profundamente. Suspira aliviado, cierra la puerta y se aleja. Baja hasta el vestíbulo y se percata de que sobre el aparador está el bolsito de cuentas de Hermione. Frunce el ceño.

―¿Hermione? ―pregunta echándole un vistazo a la sala de estar. Agudiza el oído. La casa de pronto parece mortalmente silenciosa.―. ¿Hermione? ―su voz flaquea al aproximarse a la cocina y todos sus sentidos se ponen en alerta.

―¿Hermione?

Su corazón se detiene. Hermione yace boca abajo sobre el suelo, con restos de cerámica a su alrededor, como si se hubiese desmayado de súbito mientras preparaba el desayuno o… ¿como si algo la hubiese atacado?


Notas de la autora: sé que no merezco que sigan leyéndome y que hayan llegado hasta acá. Estos últimos meses he tenido varias complicaciones para seguir escribiendo (la vida, básicamente), ¡pero aquí estoy! Voy a terminar de escribir esta historia, voy a terminarla.

¡Gracias por leer! :)