El despertador de Norman sonó.
Se despertó, pensando que todo había sido un sueño, pero al ver a una niña con cabello negro durmiendo profundamente al lado de él lo hizo cambiar de opinión.
¿Aggie?— la llamó, la zarandeó lentamente y con cuidado para despertarla.
¿Norman?—preguntó Aggie entre bostezos, ya incorporándose en la cama— ¿Qué hora es?
Las siete—respondió él—Tengo que ir a la escuela.
¿Qué?—respondió Aggie abriendo los ojos como platos— ¡Voy contigo!
¿Qué?—respondió Norman a su vez, sorprendido por la reacción de su amiga— Pensé…Pensé que no te gustaría.
Nunca he ido a una escuela de verdad. Bueno… en esos tiempos no—explicó Aggie—Además, no quiero estar sola aquí.
Pero… no te pondrán ver…—insistió Norman.
Sólo si yo quiero. ¡Vamos!
Pero…
¡Vamos!—repitió Aggie con entusiasmo y tomó de la mano a Norman.
….
Estaban en la escuela. El director la aceptó sin problema.
El problema eran los niños.
No dejaban en paz a Aggie, diciendo cosas tales como "¿Quién te dio ese vestido? ¿Tu abuelita?". Aunque era típico, siempre molestaban a los niños nuevos; pero llegó un punto en el que ellos se pasaron de la línea y Aggie reaccionó.
Lo primero que Norman pudo ver fue que de sus ojos salían chispas verdes, una advertencia.
Como los niños no paraban, Aggie se enojó tanto que lanzó un rayo verde fluorescente a uno de los niños. El niño se estremeció, luego gritó y por último se fue corriendo.
Norman iba llegando, por eso no pudo hacer nada.
¡Aggie!—exclamó Norman— ¿S-sabes lo que acabas de hacer?
Pero cuando alejó la vista del niño y vio a Aggie, se dio cuenta de que estaba llorando.
Se acercó a ella.
Aggie…
¡Déjame en paz!—gritó ella y salió corriendo fuera de la escuela.
Norman la siguió.
Izquierda…no, derecha…izquierda, derecha, derecha… izquierda, no….
¡Aggie!— la llamó, pero no hubo respuesta alguna.
Ya está. La había perdido. Además, se salió de la escuela, y todavía quedaban clases…
Oh, no, me van a regañar…pensó Norman, concéntrate. No es tiempo de pensar en eso. Ve a buscar a Aggie…
¡Auch!—exclamó Norman— ¿Pero qué…?—Al ver quien lo había pellizcado, cambió de frase— ¡Neil!
Quien lo había pellizcado era su mejor amigo, Neil. No había cambiado nada: su cabello pelirrojo y hecho todo un desastre, pecas en los cachetes y ojos café claro.
¡Lo siento! Pero es que te estoy hable y hable y hable ¡y no me haces caso!— dijo Neil.
Lo siento—respondió Norman— Es que… Estaba pensando… ¿Has visto a una niña con cabello negro y un vestido del mismo color?
No… La última vez que la vi fue en Halloween del año pasado… Esa… la que siempre anda espantando en el cementerio…
¡No!— exclamó Norman—Esa no… Hoy. ¿Hoy no la has visto correr por aquí?
No—contestó Neil— ¿Para qué la quieres? Ni siquiera sé de quién estas hablando.
Va a ser difícil de explicártelo… ¡Oh!—Norman en ese momento recordó que Aggie solo era visible para quien ella quería—Olvídalo. Ya… Ya no sé qué voy a hacer.
¡Puedo ayudarte!— exclamó Neil entusiasmado.
No…
¡Claro que sí! ¡Vamos!—insistió Neil.
No, en serio. No puedes—dijo Norman—Será mejor… Será mejor si te acompaño a tu casa…
En ese momento, Norman vio que atrás de Neil había muchas personas formando un círculo alrededor de alguien que no alcanzaba a ver.
Hizo a Neil a un lado y caminó hacia donde el revoltijo de gente se encontraba. Se abrió paso, y en el centro de toda esa gente, estaba una niña que Norman conocía a la perfección, y cuyo nombre era Agatha Prenderghast.
