DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.
¡Hola gentecita!
Primero que nada, me gustaría hacer unas la historia basada en el libro mayormente, saldrán Michael, Lettie y Martha. Michael es un joven de quince años, aprendiz de Howl, y novio de Martha. Martha, al igual que Lettie, es hermana menor de Sophie. Lettie es la aprendiz/esposa del mago Suliman, quien es el mago real. Aclarado esto, disfruten la historia~.
Capítulo 2. En el que una carta nos presenta al adorable Matthew
(Y no, por desgracia no es ni Matt Bellamy ni Matthew Gray Gubler…)
Sophie tragó saliva, y calmó su corazón que había latido repentinamente con la fuerza de un caballo galopando, antes de retomar el habla.
—¿"Tu papá" has dicho? —insistió solo para asegurarse de que había escuchado bien.
—¡Zí! —exclamó el niño en respuesta, agitando la cabecita con energía, como si con eso pudiera convencer a Sophie de que decía la verdad. Los mechones del cabello alborotado le cayeron en el rostro, haciéndolo lucir más adorable de lo que ya parecía, pero Sophie no lo notó debido a lo aturdida que estaba.
—Tu papá… —repitió más aturdida todavía, comenzando a atar cabos.
El hecho de que apareciera de la nada preguntando específicamente por Howl, el color del cabello, el ceceo… todo apuntaba a una sola cosa:
¡Al mago iba a irle muy, pero muy, recalco el "muy", MUY mal!
Sophie sintió que las piernas le fallaron, y de no ser porque ya estaba de cuclillas hubiera caído de sentón con un sonoro "¡tumb"
—Zeñodita… —llamó el niño un poco confundido y preocupado al ver que la joven que le había abierto la puerta se había quedado muda de repente. Incluso la zarandeó un poco para hacerle reaccionar.
—Howl… —se escuchó tan bajo que solo ella misma se oyó.
—Zeñorita… —insistió el pequeño, esta vez acercándole un papel doblado—. ¿Ya puedo ver a mi papá?
Normalmente, si uno le escuchara decir eso a un niño, uno pensaría que es sumamente adorable y que tal hombre es el hombre más afortunado del mundo. Pero en ese momento, en lo único que pensaba Sophie era en cómo le iba a arrancar la cabeza a su esposo.
Salió de su ensimismamiento al escuchar la inocente pregunta y al sentir el papel siendo posado en sus manos. Se levantó aun en silencio, y dirigiéndose a la chimenea, donde había una silla. Sentándose, procedió a leer el papel en sus manos, ignorando a Calcifer y sus intentos de saber el contenido de la carta.
—¡Oh vamos, Sophie! ¡No es justo! ¡Tengo tanto derecho a saber como tú! —Calcifer decía cosas como esas, pero Sophie estaba muy ocupada terminando de desdoblar el amarillento papel.
Sin duda su contenido fue escrito por una mujer, lo supo por la letra delgada y cuidadosa:
«Al mago Howl Jenkins.
Si es que ese tu nombre, claro.
Sé que ha pasado ya algún tiempo. Pero desde que os marchasteis he intentado ponerme en contacto contigo, y no me ha sido posible. ¿Dónde habéis estado? Sois tan escurridizo que me tomó cinco años encontrarte. Sabéis, te eché de menos…
Pero eso ya es cosa del pasado. No te diré lo enojada que estoy, no serviría de nada. Sois tan insensible que te importaría un bledo. ¿Me equivoco? En fin, antes de que siquiera oséis a destruir esta carta y arrojarla al fuego, debéis saber algo importante.
Te estaréis preguntando que hace un niño en la puerta de tu casa. Pues bien, te lo diré. Es tu hijo, Matthew. Te lo envío para que te hagas cargo de él. Ahora que es suficientemente mayorcito para no depender de mí, me iré a estudiar medicina en la capital. Vendré a verle en las vacaciones, así que más te vale que lo cuides bien. Es tu responsabilidad, después de todo.
¡Y que ni se te ocurra devolverlo! Por muy mago que seáis no toleraré que escurras el bulto y huyas de nuevo. Si te atreves a hacerlo, te las verás muy mal conmigo. Soy amiga íntima de la esposa de un abogado que es gran amigo de su majestad, el Rey de Ingary -viva para siempre-; así que más te vale no hacer nada que me haga recurrir a tales contactos.
—Margareth.
PD: No dejes que se acerque a nada que contenga azúcar, o lo lamentarás de verdad. Tampoco puede comer nada que contenga lactosa o gluten. Adjunto hay una lista con sus alergias y horarios de medicinas. En la mochila de Matthew están sus medicinas. ¡Que no se salte ni una dosis!»
Eso era todo lo que decía la carta, bastante para Sophie. Si esa mujer que la escribió parecía enojada, Sophie estaba con un humor de los mil infiernos. Y si se hubiera visto en un espejo, hubiera notado que el brillo que le daban las llamas de Calcifer a su cabello rojo-dorado, la hacía parecer como si tuviera la cabeza en vuelta en llamas. Una visión que resultaría bastante aterradora, sobre todo para el mago que estaba totalmente inocente de la situación en casa.
—Zeñorita, ¿Dónde está mi papá? —insistió el niño, empezando a temer que la amable joven se olvidara por completo de su presencia y lo dejara afuera.
Sophie, reaccionando, y teniendo cuidado de no hacer nada que fuera a asustar al niño, le indicó que se sentara junto al fuego. Después de todo, aunque estuviera furiosa, y recalco el "furiosa", con Howl, el niño no tenía la culpa de tener un padre tan irresponsable.
—En un momento —indicó Sophie, haciendo acopio para que su voz se mantuviera normal. Pero mejor era apresurarse, porque sus cuerdas vocales estaban por liberarse en sonidos guturales como cargados de erres alemanas—. El mago Howl —hizo un énfasis aterrador en el nombre del mago— debe estar por llegar. Pero debes esperar primero, necesito avisarle que has venido.
Calcifer juró ver que la ceja de Sophie temblaba, pero se quedó calladito y siguió calentando la sopa en silencio.
—Está bien, ¡gazias! —fue lo último que Sophie escuchó de labios del niño, pues se alejó de la sala camino a la habitación que compartía con su esposo, dando sonoras pisadas en cada escalón, dando la impresión de que estos cederían y caerían.
Un portazo se escuchó acto seguido, y Calcifer intentó disimularlo dando una llamarada, discreta para evitar que el niño se asustara.
—¡Wow! —exclamó Matthew en ademán de total sorpresa, haciendo que su boca mostrara un gran "O". Al contrario de lo que Calcifer pudo pensar, el niño no se asustó, sino que más bien se acercó más a la chimenea—. ¡Qué fuego tan brillante!
Calcifer no pudo resistirse ante tal halago.
—¡Sí! —concedió con gran entusiasmo, asomándose por debajo de la olla—. ¡No hallarás fuego más brillante en toda Ingary!
Otra "O" apareció en el rostro del pequeño.
—¡Y haba!
—Claro que sí, cachorro humano —comenzó a decir Calcifer con orgullo y autosuficiencia—. ¡Soy un demonio del fuego!
La curiosidad del pequeño aumentó considerablemente.
—¿Demonio de fuego? —inquirió, acercándose más a la chimenea, para ver mejor a Calcifer. Notó entonces que éste tenía ojos, de un vibrante naranja y pupila morada, una boca púrpura, y una mirada que un adulto consideraría jactanciosa, aplastados en un rostro plano que la olla cubría casi por completo.
—¡Sí, ya lo oíste! ¡Soy el demonio del fuego que fue capaz de mantener bajo control al mago más poderoso del reino! ¡Soy el demonio que fue capaz de romper el encantamiento de la bruja más poderosa…! —y hubiera dicho más y más cosas halagándose a sí mismo, pero como con cada palabra que decía sus llamas y por ende su tamaño se ensanchaban, con aquella última frase asustó a Matthew.
Inevitablemente, Matthew comenzó a llorar sonoramente.
—¡Ez un demonio malo! ¡Ez un demonio malo! ¡Quiero ver a mi mamá!
Siguió llorando cada vez más fuerte, diciendo cosas exageradas como que Calcifer se lo quería comer y demás, bastante avanzadas para un niño de su edad. Y mientras más lloraba más volumen adquiría su llanto, como si le insuflara fuerzas. Tal parecía que el aire de los pulmones no se le acabaría jamás, y que su garganta resistiría para siempre.
—¡Por favor, que alguien lo calle! —rogaba Calcifer desde su puesto, incapaz de moverse de allí. Y no porque no pudiera moverse como ocurría cuando tenía un contrato con Howl, sino porque le daba miedo echar a perder la sopa, en el estado en que Sophie se hallaba probablemente eso terminaría de una manera muy poco agradable para el demonio.
Para alivio del lector que seguramente estará preocupándose por la salud auditiva de Calcifer, el alivio llegó para él. Pero no para Howl, que acababa de hacer entrada interrumpiendo los lloriqueos de Matthew.
Venía de muy buen humor. Cargaba en ambas manos algunas bolsas de compras, telas para que Sophie se hiciera vestidos nuevos, ingredientes para la cena de esa noche, y un montón de cosas más.
Dejó las bolas en la entrada, desconcertado, preguntándose quién sería el niño que estaba a un lado de la chimenea, y por qué estaba llorando.
—¡Que alguien lo calle! ¡Con tanto lloriqueo me va a apagar! —chillaba Calcifer, haciendo el intento de taparse los oídos. La súplica cambió hacia Howl cuando lo oyó llegar—: ¡Howl usa tu magia, pero haz que se calleeeeeeeeeee!
De una zancada, avanzó hasta donde estaba el niño, y lo alzó en brazos. El pequeño se quedó bastante sorprendido, más no pareció asustado y su llanto comenzó a disminuir. Aquel hombre le trasmitía algo de tranquilidad con su brillante mirada verdosa. Howl se alejó con él hasta la mesa de trabajo, y dejándolo en una banquita, conjuró un oso de peluche para que se calmara.
De inmediato el niño dejó de llorar, y tomó el peluche en manos, olvidándose por completo del demonio del fuego. Le hubiera dado las gracias a Howl de no haber estado tan emocionado con su nuevo juguete.
Aprovechando que se había calmado, Howl procedió a preguntar:
—¿Por qué llorabas, amiguito?
El niño alzó la cabecita hacia él, mirándolo con sus grandes ojos azules como quien mira a la persona que le ha salvado la vida.
—¡El moztro de fuego me quería comer!
Howl alzó una ceja divertido, y giró la mirada en dirección a Calcifer. El demonio del fuego se encogió en respuesta, en actitud de encubrir algo, como cuando un niño rompe un plato y se hace el "yo no fui".
—Yo no he hecho nada —replicó con su voz aflautada—. Estábamos hablando tranquilamente y de repente empezó a llorar. No es mi culpa que no se asuste frente a cosas poderosas.
—Calcifer… —advirtió Howl, no en tono molesto, sino en tono divertido. El aludido lo ignoró y siguió ocupándose de cocinar el almuerzo de ese día.
Por su parte, Howl acarició la cabecita del niño de manera tranquilizadora.
—Descuida, pequeño. Te prometo que el demonio malo no te hará nada —señaló en dirección a Calcifer, que ya había tomado su tamaño original—. Y si lo hace, le echaré ese cubo de agua encima —con eso último cambió en dirección al suelo del fregadero, donde una cubeta gris metálica reposaba llena de agua.
Matthew asintió riendo en respuesta, ya olvidándose del asunto. Aunque le costaría un poco acercarse a Calcifer otra vez sin sentir una punzadita de miedo…
—¿Cómo te llamas, amiguito?
—Howl… —intentó interrumpir Calcifer, pero el mago no le prestó atención.
—"Maziu" —respondió el niño, sonorizando aun más la consonante africada de su nombre.
—Matthew —repitió Howl resueltamente—. ¡Es un nombre muy bonito!
Matthew, sin apartar la mirada de su peluche, asintió enérgicamente agradado de que Howl considerara su nombre bonito.
—¡Zí! Pero mi mami me dize ziempre "Matt"
—Howl… —nuevamente Calcifer intentó llamar la atención del mago, pero fue en vano. Éste estaba muy ocupado haciéndole preguntas al niño.
—Oh, ya veo… ¿puedo llamarte entonces así, "Matt"?
Matthew asintió, y Calcifer intentó advertir a Howl nuevamente de algo. Pero lo estaban ignorando de lo lindo.
Howl estaba por hacerle una última pregunta al niño, pero esta vez Matthew sí escuchó la advertencia de Calcifer, y subiendo su mirada con un destello de expectación y alegría, le preguntó a Howl:
—¿Uzted ez el mago Howl?
Howl sonrió orgulloso de que hasta un niño como él conociera su nombre, y obviamente, no pudo resistirse a responderle con gran orgullo:
—¡Por supuesto, amiguito! ¡Frente a ti está el mago más poderoso del reino!
Y con esa declaración, una pequeña explosión de humo salió de sus manos, dejando a la vista un tren de juguete en cuanto la nube de humo se disipó. Huelga decir que Matthew estaba más que emocionado, sus ojitos brillaban maravillados y su boca formó nuevamente un O enorme. Matthew recibió el juguete nuevo emocionado, sin poder apartar la vista de Howl.
Howl parecía satisfecho con su trabajo, sonriendo ampliamente dejando ver una hilera de dientes perfectos y blancos como el marfil. No era la sonrisa que dejaba a más de una chica suspirando, sino una de esas sonrisas que la pequeña Mari siempre le arrancaba.
—Y dime, Matt —insistió Howl, como volviendo de una ensoñación, antes de que la atención del niño se viera opacada totalmente por el juguete y no lo escuchara—. ¿Viniste a ver a alguien?
La respuesta le llegó, de una manera sonora, gutural, grave. En fin, de una manera que podría considerarse aterradora.
—Fanfiction, 9 de Octubre de 2013.
