DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.
Capítulo 3. En el que el Calcifer se queda solo en el Castillo Ambulante
—¡Howell Jenkins! —rugió una voz, de manera que haría que hasta el alemán sonara bonito.
Howl nunca antes había escuchado hablar a su esposa con ese timbre de voz. Y eso no podía significar nada bueno.
Hizo el amago de levantarse y acercarse a ella cariñosamente, pero Sophie extendió la escoba que aun cargaba en manos de manera amenazadora.
Calcifer se encogió aun más en su sitio, no fuera que a Sophie se le ocurriera usarlo de arma.
—Sophie, querida —carraspeó Howl en son de paz—. Te he traído algo…
—¿Un hijo, por ejemplo? —gruñó ella entre dientes, haciendo el esfuerzo por no alzar la voz demasiado y que Matthew la escuchara.
Howl estaba confundido, no entendía a qué se refería Sophie, pero era obvio para él que ella estaba profundamente enojada.
—Bueno, si eso es lo que quieres, puedo concederte tal deseo… —declaró entre pícaro y conciliador.
Un suave tono rojo encendió las mejillas de Sophie, efecto doble del enojo y la vergüenza. El entrecejo se contrajo más aun, y sus ojos se entrecerraron de manera amenazadora. A Howl le bastó para reconsiderar su próximo movimiento.
—Michael, lleva a Matthew a la tienda —ordenó Sophie autoritariamente, dejando pasmado al joven aprendiz que acababa de entrar al Castillo en búsqueda de algo que había olvidado.
Sin osar llevarle la contraria, dejando de lado el motivo por el cual había decidido salir esa mañana, le dio un empujoncito a Matthew en dirección a la puerta. El niño estaba algo confundido por la repentina declaración, y aunque Michael quiso saber el motivo, solo se limitó a decirle que iban a ver unas lindas flores para que le llevara como regalo a su madre cuando ésta volviera. El pequeño pareció agradado con la idea, y siguió a Michael hasta la puerta, donde éste giró el pomo en dirección al color morado, el cual los llevaría hasta el borde del páramo.
El Castillo se quedó parcialmente solo, y una vez se cerró la puerta, el verdadero espectáculo para Calcifer comenzó.
—¿¡Me puedes explicar esto!? —ordenó Sophie, agitando en el aire la carta que había estado leyendo.
—No sé de que hablas, querida. Pero estoy dispuesto a escuchar la explicación de tu dulce voz —Howl hacía lo posible para sonar amable y conciliador, y así apaciguar a Sophie. Pero le estaba saliendo terriblemente mal.
—De esta carta, querido— replicó ella, haciendo un marcado énfasis en el adjetivo que sonaba como uñas arrastrándose por un pizarrón.
Howl alzó los ojos hasta el papel a medio doblar en manos de Sophie, y arriesgándose, se acercó para tomarlo en manos. Apenas deslizó sus dedos en él, se alejó a toda velocidad hasta la ventana, bajo la excusa de necesitar la luz para ver mejor. En realidad temía que su esposa le partiera la escoba en la cabeza, o peor aun, que usara su peculiar magia para ordenárselo mientras ella le deba de patadas.
—Es una carta… —dijo, tragando saliva. Confundido, la abrió, y se dispuso a leer.
Sophie esperó impacientemente que terminara de leerla, golpeando el suelo con la punta del zapato repetidamente. Calcifer, mientras tanto, permaneció calladito calentando la sopa, como cualquier fuego común y silvestre.
Ni siquiera Calcifer, en todos esos años junto a Howl, lo había visto tan terriblemente pálido. Era una palidez superior a la de la muerte, como si le hubieran drenado toda la sangre, maquillado de blanco, y luego volver a drenar cualquier otro fluido que quedara.
A Howl le temblaba la boca, y apenas podía ser capaz de articular algún sonido coherente. No solo eso, se le habían crispado todo los vellos del cuerpo, y se había quedado estático, incapaz de moverse. Como una apuesta estatua de piedra blanca.
Sophie empezaba a impacientarse aun más. Esperaba alguna reacción de parte de él, que negara todo, o que le diera una explicación en caso de que aceptara los hechos, ¡pero no que se quedara de piedra evadiendo nuevamente la situación!
—Howell... —la advertencia de Sophie se escuchaba como se vería algo escrito con fuente "Chiller" en Microsoft Word.
Eso pareció suficiente para hacerle reaccionar. Howl leyó la carta de nuevo, y la volvió a leer como si esperara que con eso las palabras escritas allí cambiaran. Pero eso no iba a pasar, ni siquiera sus poderes de mago le permitirían hacer tal cosa.
—Sophie, puedo explicarlo… —tartamudeó él, llevando las manos al frente en son de paz. Solo le faltaba sacar una bandera blanca…
—Cómo… —comenzó ella, su voz amenazando con subir de volumen—. ¿¡Cómo se supone que expliques esto!? ¡Tenías un hijo y nunca me dijiste nada!
Las palabras sonaron como un balde agua fría cayéndole encima. ¡Y sí que daban escalofríos! ¿¡Como se suponía que hablaría de algo de lo que tenía ni la más remota idea!? Claro que solo podía empeorar las cosas porque no había manera de explicarle a Sophie que se equivocaba…
—Yo… yo… estooo… —con cada palabra solo empeoraba las cosas, y comenzó a notarlo. Se puso más nervioso que nunca, incluso se atrevió a pensar que Sophie enojada era más tenebrosa que la bruja del páramo—. Querida, esto no es lo que parece…
—¡Qué "querida" ni qué —es aquí donde la autora se detiene para que la historia pueda ser leída por todos—. ¿¡Como que no es lo que parece!? ¡Claro que es lo que parece! ¿¡O lo vas a negar!? ¡El color del cabello, el ceceo, Howl ese niño es idéntico a ti!
Howl tragó saliva, era cierto, no lo podía negar. Lo que no podía entender era como pudo tener un hijo si ni siquiera…
—S-sophie, pe-pero… pero Matthew… —sus palabras se cortaron cuando vio que Sophie estaba a punto de llorar.
Sophie no solía llorar. Ella era tan fuerte, tan decidida, que las lágrimas no eran algo común en ella. Ni siquiera cuando fue convertida en una anciana de 90 años por una malvada bruja había llorado. Pero ahora eso parecía estar por cambiar, lo que solo podía significar una cosa: estaba profundamente herida. Howl se sintió pésimo, como si fuera la peor escoria de este planeta. Odiaba ver a su esposa triste, y esto era más que tristeza. Era ira y dolor absoluto.
Confundido, dolido y aterrado, así era como se sentía el mago en aquellos momentos. Pero no tenía mucho tiempo para pensar en ello, porque por los momentos parecía ser la ira lo que estaba ganado. Lo mejor era salir de allí, y buscar una solución. O el rey tendría que ir buscándose otro mago real…
—So…phie…. —Howl separó el nombre en sílabas, el volumen descendiendo velozmente. Intentó acercarse a ella y explicarle que no tenía idea de quién era Matthew y que aquella era la primera vez que lo veía, pero no encontraba las palabras. Éstas se habían atorado en su garganta, cortándole hasta el aire.
Sophie giró el rosto, profundamente ofendida, sin ser capaz de soportar mirar a Howl. Le estremecía el pensamiento de que Matthew no fuera el único, y en las posibilidades de más niños afuera siendo criados solo por sus madres, sin conocer jamás a su padre.
Algunas lágrimas se deslizaron de sus ojos sin que ella pudiera detenerlas. Howl trató de tener la educación de ignorar tal cosa, pues bien sabía lo orgullosa que podría ser Sophie a veces siendo alguien que se negaba a demostrar tal cosa en público; pero al parecer tuvo todo el efecto contrario a juzgar por la mirada que le dio antes de salir corriendo en dirección a Kingsbury.
Y sí tuvo el efecto contrario. Porque Sophie, tomó aquel acto, como señal de cobardía. Como cuando sabes que eres culpable de algo y evitas la mirada de los demás porque la verdad se reflejará en tus ojos y temes que te descubran.
Howl ni siquiera intentó detenerla. Él también estaba demasiado consternado como para poder pensar correctamente antes de actuar.
El silencio en el Castillo se volvió frío y terriblemente solitario. Un aura gris invadió el hogar del mago, de una manera que hasta pareció que trajo la oscuridad al sitio. Howl se dejó caer al suelo, profundamente deprimido, de una manera que Calcifer jamás había visto en él.
Realmente, la situación lo estaba afectando.
Densas sombras comenzaron a levantarse en las paredes, como creciendo e irguiéndose cada vez más. Howl permanecía en silencio, sin moverse, como si no se diera cuenta de lo que ocurría producto de sus emociones.
—Howl… —intentaba advertir Calcifer, su voz elevándose en una aguda entonación de temor. Pero el mago parecía estar sordo—. Howl… Howl, detente…
Pero el mago seguía tirado en el piso, en actitud miserable. Si Calcifer no hacía algo, pronto estarían nadando en limo verde.
—Nnnn…. —se oyó un gemido lastimero, como si estuviera compuesto de puras consonantes nasales indescifrables. El sonido provenía de Howl, y a juzgar por cómo iban las cosas, pronto el lodo verde haría aparición.
—¡Howl, reacciona! —chilló Calcifer en alarma total, notando que las sombras ya habían inundando toda la habitación. Pero el mago seguía sin escucharlo, limitándose a quedarse tirado en el piso y haciendo ese sonido raro.
—Sophie… —se distinguió de repente entre los lloriqueos de Howl, pero más sonaba como un aullido dramático y melancólico, comparable a un hombre lobo lamentándose ante la luna.
—¡Eso es, Sophie! —exclamó Calcifer un tanto aliviado, aprovechando la situación para volverla a su favor—. ¡Ve y explícaselo a Sophie, ella entenderá!
—Nooooo… —le oyó decir en respuesta el demonio del fuego, aunque en realidad por los gemidos lastimeros el sonido original distaba mucho de eso—. Sophie no va a creerme…
—¡Claro que sí! —exclamó Calcifer, apresurándose en sus palabras—. ¡Porque tú le dirás toda la verdad! ¡Investigarás y le dirás la verdad! ¡Ella te creerá y todo volverá a ser como antes!—. A medida que Calcifer hablaba su voz se elevaba como si con eso pudiera hacer mayor efecto en el mago. Casi tira la olla con sopa al suelo y todo, pero tomó su tamaño normal al ver que aparentemente había logrado algo con todo lo que dijo.
En efecto, sí pudo hacer reaccionar a Howl. Éste, levantándose con lentitud y actitud miserable, se dirigió hasta la puerta, y girando el pomo hacia el color negro, salió del Castillo.
¡Iba a buscar la verdad!
