DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.


Capítulo 4. En el que visitas esperadas llegan en el momento más inesperado


El tiempo pasaba y Michael empezaba a ponerse nervioso.

.

.

.

-Su inexperiencia tratando con niños.

.

.

.

-El hecho de apenas conocer a Matthew y por lo tanto no saber exactamente cómo tratar con él.

.

.

.

-Que el sol ya estaba bien alto, significando que ya era mediodía:

¡Menuda ocasión para que Sophie y Howl se antojaran de discutir!

Michael soltó un suspiro pesado, sin saber qué más hacer. Ya llevaba un buen rato allí con Matthew, sin saber si ya podían regresar al Castillo o no.

Y lo peor del caso, era que Matthew no había dejado de preguntarle, en todo ese rato, cuando podría ver a su papá.

Michael estaba confundido, sin saber que responderle. En realidad desconocía a quien se refería Matthew con "papá", solo se le podía ocurrir que quizás el niño estaba confundido, o que quizás se trataba de alguien que había ido a buscar a Howl. Pero esto último carecía de sentido, ya que de ser así, tal persona hubiera estado en el Castillo cuando él llegó a buscar lo que había olvidado.

—Ah… ¡qué complicado es esto! —exclamó Michael llevándose las manos al rostro. Por más que intentaba pensar no podía encontrarle sentido a nada.

—Oye… tú…. —llamaba Matthew, sin poder recordar el nombre de Michael a pesar de que éste se lo había dicho ya tres veces— quiero volver.

Pero Michael seguía distraído dando vueltas de un lado a otro, tratando de pasar así el tiempo. Ya debía llevar como dos horas allí, y aun ni Sophie ni Howl habían salido al prado para avisarle que ya podía regresar al castillo.

—¿¡Y ahora qué le pasará a esos dos!? —gritó al viento, más confundido que nunca. Sabía de las discusiones de Howl y Sophie, era algo casi normal en el Castillo, pero esta vez estaba seguro de que no era como las otras veces. Algo serio estaba pasando, y no podía dejar de pensar que la aparición repentina de Matthew estaba relacionada con todo eso.

—Hey… —seguía llamando el niño, ya aburrido de estar allí, y queriendo regresar para ver a su papá—. Oye…

«BUUUUUURP GURURURURURURURURUP»

El estomago hambriento de Matthew fue lo finalmente logró llamar la atención de Michael, quien no pudo evitar sobresaltarse con el rugido que sonó terriblemente cerca.

—¿Tienes hambre? —le preguntó una vez se hubo repuesto del susto. Matthew asintió enérgicamente, añadiendo:

¿Comeremoz con mi papá?

—Eso no lo sé, campeón. —respondió el joven aprendiz negando con la cabeza.

Matthew soltó un suspiro de decepción, y sus ojitos se apagaron por un momento. ¡Tan emocionado que estaba por ver a su papá, y ni siquiera era seguro que lo vería!

—¡Pero estoy seguro que él querría que almorzaras con nosotros! —añadió Michael para alegrarlo.

¿Y puedo dezpués comer una galleta~?

Michael suspiró aliviado de que Matthew se mostrara más animado, y con una amplia sonrisa le prometió darle una galleta si se comía todo, incluyendo las verduras.

Ambos chicos avanzaron hasta donde estaba la puerta. Michael estaba un poco nervioso de entrar al Castillo y encontrarse con una escena de pelea que Matthew no debía presenciar. Por su lado, el niño iba caminando alegremente, tomado de la mano del aprendiz. En la otra sostenía una canasta llena de las flores más lindas que encontró: rosas blancas y rojas, geranios y orquídeas. Estaba muy contento con su trabajo de recolección, seguro de que su madre estaría encantada con todas esas flores.

Pronto llegaron hasta la puerta. Michael pensó en dar primero un vistazo dentro del Castillo, y si veía todo en orden, entraría junto a Matthew. Y si no, se las idearía para que el niño no viera ni oyera nada mientras entraba con rapidez, para cambiar la salida con la misma velocidad. Quizás a Kingsbury o Market Chipping. Se alegró de llevar dinero consigo, así en caso de que pasara lo segundo tendría dinero suficiente para llevar a Matthew a comer a algún sitio antes de reconsiderar regresar al Castillo nuevamente. Quizás a la tienda de Cesari, y de paso así hablar con su adorada Martha.

—Matthew, espera un momento aquí, ¿sí? —indicó Michael tratando de sonar lo más natural posible. Por suerte el niño accedió sin oponerse.

El aprendiz abrió la puerta con cautela, apenas dejando una abertura lo suficientemente pequeña para echar una ojeada dentro. Todo lucía excepcionalmente tranquilo, aunque un poco solo. Normalmente el Castillo nunca estaba solo, si Howl y Sophie salían juntos, Michael se quedaba. Y viceversa.

Tras asegurarse de que todo estuviera en orden, abrió la puerta por completo y dejó pasar a Matthew primero. Luego entró él y dirigió al niño hasta el baño para que se lavara las manos primero. Mientras, se acercó hasta la chimenea para hablar con Calcifer.

La olla seguía allí, cocinando la sopa con las llamas de Calcifer, quien estaba inusualmente callado.

—Calcifer, ¿qué sucedió?

El demonio del fuego pareció aliviado de que hubiera alguien en casa.

—Cállate y ponle más agua a la olla antes de que se seque por completo —replicó con voz apresurada.

Michael fue hasta el lavaplatos, tomó agua en una jarra y la vació dentro de la olla que estaba casi seca.

—Que conste que solo te dejo hacerlo porque Sophie se enojará mucho si esa olla se quema —Michael asintió, temiendo que se hiciera verdad. Esa olla formaba parte de una colección de ollas finas que su hermana Martha había encargado con el mismo proveedor de la pastelería, a modo de regalo por su boda.

—Calcifer, ¿qué fue lo que pasó? —volvió a preguntar, confiando que esta vez el demonio de fuego le contestara.

—Sophie y Howl discutieron, al parecer por una carta que llegó —explicó Calcifer, asomándose por debajo de la olla—. Sophie se fue muy molesta por la puerta a Kingsbury, y Howl partió en dirección a Gales. No los veremos en un rato.

—Oh, ya veo… —suspiró Michael, lamentando lo ocurrido. Solo esperaba que las cosas se arreglaran rápido, o pronto habría mucho lodo verde… y quizás herbicida.

—Muchacho… —Michael se dio por aludido, y giró la cabeza en dirección a la voz. Era Matthew, quien tenía todo el pecho mojado. Probablemente ocurriría mientras se lavaba las manos—. ¿Ya vamoz a comer?

Michael suspiró pesadamente, temiendo tener que darle una respuesta negativa.

—Me temo que no… pero puedo darte pan y queso, mientras el almuerzo está listo.

La idea no pareció desagradarle al niño, quien en respuesta corrió hasta la mesa y se sentó en una de las bancas, en espera de que le sirvieran.

—Oye, quizá deberías cambiarte primero… —sugirió Michael—. Te podrías resfriar… ¿no trajiste algo de ropa? —esto último lo preguntó al recordar que había visto llegar a Matthew con una mochila.

El niño asintió en respuesta, y con ayuda de Michael se cambió de prendas. Luego, regresó a la mesa a esperar que le sirvieran el pan y queso prometido. Se comió todo, y para sorpresa de Michael, quien estuvo todo ese rato pendiente de la sopa, se quedó dormido.

—Será mejor que lo lleve a mi cuarto… —se dijo, y acto seguido levantó al niño en brazos y lo dejó acostado en su cama. Se sintió cálido con ese gesto, y no pudo evitar dejar escapar una sonrisa al verlo dormir de esa forma—. Parece un angelito… —comentó con actitud soñadora, de la que se tuvo que despertar cuando la sopa hirvió con todo y empezó a derramarse casi apagando a Calcifer en el proceso.

—¡Y después se quejan de que no los dejo cocinar! —gritó el demonio con voz chillona—. ¡CASI ME APAGAS! ¡JURO QUE NUNCA MÁS LOS DEJARÉ USARME COMO UN FUEGO COMÚN Y CORRIENTE! ¡YO SOY UN DEMONIO FUEGO! ¡UN DEMONIO FUEGO! ¡NADIE ME TRATA ASÍ!

Y mientras Calcifer se quejaba lanzando llamaradas que iluminaron toda la estancia, Michael fue llevando la olla a la mesa, y se sirvió la tan esperada sopa. No era tan buena como la que Sophie preparaba normalmente, ya que fue él quien terminó de prepararla, pero se sentía bastante contento con su trabajo, y se aseguró de tomar nota de todo lo hecho para repetir su éxito de nuevo y enseñárselo a su prometida.

—Ya Calcifer, cálmate… No ha pasado nada. Además, es tu culpa por llamear tan fuerte.

—¿¡MI CULPA!? ¡YO SOY UN DEMONIO PODEROSO! ¡NADIE ME DICE COMO DEBO CONTROLAR MIS PODRES! —y con eso le sacó la lengua azulada haciendo una pedorreta que dejó a su paso pequeñas llamaradas que terminaron disipándose en el pie de la chimenea. Michael ignoró eso y siguió concentrado en comer.

—Lo que tú digas Calcifer, lo que tú digas… —intentó decir, pero como tenía boca llena de pan se escuchó algo como "o e tú iguad alfifer, o e tú iguad"

Calcifer prefirió no seguir perdiendo tiempo con el humano, y se concentró en mantener el Castillo cálido, sobre todo la habitación de Michael, donde ahora dormía apaciblemente un niño de cinco años, inocente de todos los acontecimientos ocurridos y por ocurrir en aquella peculiar casa.

Michael no había reparado en cuanta hambre tenía hasta que acabó de comer. Se bebió tres platos de sopa, y se comió una hogaza de pan. Satisfecho, se dirigió a dejar los platos en el fregadero. Aun le costaba un poco eso del orden, se había acostumbrado tanto a vivir sin más preocupaciones que aprender la magia, que el simple hecho de lavar un mísero plato le costaba un montón.

Pero más le valía que se pusiera manos a la obra. Sophie parecía tan enojada según Calcifer, que le era mejor no darle más motivos para que se enojara más. Aunque aun desconocía el motivo por el cual Sophie se había enojado tanto con su maestro… La curiosidad le ganó, y acabó preguntándoselo a Calcifer.

—Yo no me meto en eso. Si quieres saber, lee tú la carta —se excusó Calcifer, aunque en el fondo también deseaba saber qué decía la bendita carta. Claro que para ello necesitaba que alguien más se la leyera en voz alta, la carta se quemaría en el mismo instante en que la tocara; pero su orgullo no le iba a permitir pedirle a nadie que lo hiciera.

La carta seguía encima de la mesa, abierta. Michael la tomó y comenzó a leerla en voz baja. Cuando terminó la comprensión en forma de gran sorpresa apareció en su rostro.

—Fue eso entonces… —susurró soltando un suspiro, y acto seguido miró con preocupación en dirección a las escaleras que conducían a la habitación donde el niño dormía.

—Calcifer, tenemos que arreglar este enredo… —dijo Michael dejando la carta donde estaba para caminar en dirección a la chimenea—. Antes de que Sophie en verdad mate a Howl…

—¿Qué dice la carta? —preguntó Calcifer con voz chillona en respuesta, alzándose por encima del tronco que consumía en ese momento.

—Que Matthew-

Michael iba a responder, cuando...

—¡Puerta de Market Chipping! —interrumpió Calcifer, cortando la frase antes de que pudiera empezar.

Michael se apresuró en llegar a la puerta, cambió el pomo en dirección al amarillo, y cuando abrió la puerta se encontró con la persona que menos debía estar en el Castillo en aquellos "momentos de guerra".

—Ma-martha, querida —saludó Michael pasmado, al ver que su novia había llegado tan pronto al Castillo. Sabía que ella vendría, pero la hora acordada era a las tres de la tarde—. Llegaste pronto…

—Terminé temprano hoy, así que pensé en venir antes —respondió la muchacha sonriendo alegremente—. ¿Están ocupados?

—¡N-No! —negó Michael de una manera que a Martha le pareció un poco sospechosa, como si ocultara algo, pero no dijo nada al respecto—. A-adelante, siéntete como en casa...

—¡Bien! —concedió Martha alegremente, entrando en el Castillo. Llevaba en las manos un par de cajas de Cesari, probablemente eran pasteles que había llevado para compartir.

Pronto Michael se arrepentiría de haber dejado entrar a la muchacha, estando él solo sin nadie que le ayudara a enfrentarla. Una vez Martha se deshizo de las cajas, se acercó hasta el más nervioso aun muchacho, y le dio un cariñoso beso en la mejilla, y como respuesta Michael se sonrojó hasta las orejas.

—¡Hola Calcifer! —saludó al aludido, agitando una mano, no atreviéndose a acercarse mucho. Calcifer saludó en respuesta, y disimuladamente mientras seguía quemando los troncos, puso atención en la nueva visitante y Michael.

Por su parte, la menor de las hermanas Hatter no dejaba de mirar a todos lados con cierta preocupación. Era obvio que Sophie no estaba en casa, lo cual era en extremo raro. Sophie sabía que sus hermanas irían a visitarla, por ello no se iría así sin más.

—¿Dónde está Sophie? —preguntó Martha, tras darle una ojeada a toda la sala—. Dijo que estaría aquí para tomar el té y charlar un poco…

Michael quería que se lo tragara la tierra. No encontraba una respuesta, y si no decía algo, Martha empezaría a sospechar.

—¡No me digas que salió con ese mago y se olvidó que vendría a visitarla! —dijo de repente Martha al ver que Michael no le respondía—. ¡Ay que ver Sophie, sois una olvidadiza! ¡Con solo ver la sonrisita de Howl y ya se te olvida que tienes hermanas!

Michael no sabía pensar si Martha en verdad estaba disgustada, o si estaba disfrutando con sus teorías, aunque Calcifer, calladito en la chimenea, pensaba que a la chica se le hacía muy divertido.

—¿P-por qué no te sientas mejor? Prepararé un poco de té… —dijo Michael con nerviosismo, esperando que eso apartara a Sophie de la mente de su hermana, al menos lo suficiente para pensar en una excusa creíble.

—¡Pensé que nunca lo dirías! —exclamó Martha en tono divertido, y acto seguido, ocupó el asiento que hasta solo unos momentos le pertenecía a Michael.

Mientras, el silencio llenó el Castillo de nuevo. Michael estaba un poco nervioso por estar prácticamente a solas con su novia, pues temía que ella volviera a preguntar por Sophie. Tuvo que convencerse a sí mismo de que podría controlar a Calcifer esta vez, tal como hacía Sophie, para poder hacer el té.

Pero se detuvo a mitad de camino, casi tirando al piso la jarrita donde haría el té.

—Michael… —musitó Martha, en esa entonación que denotaba sorpresa y confusión—. ¿Qué es esto? —en sus manos estaba la carta de esa mañana, abierta, indicando que ya la había leído.

Michael se puso aun más pálido que Howl horas atrás, y sintió que se le iba el alma a los pies…

¡Ahora sí que se enredó todo!


—Fanfiction, 30 de Octubre del 2013.