DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.
Capítulo 5. En el que vemos que pasó con Sophie
Sophie estaba abrumada. La verdad en aquella carta la había golpeado como un mazo, dejándola sin fuerza, aplastándola… y a su corazón en el proceso. Sophie sentía que estaba a punto de estallar en llanto, pero se negó y obligó a sí misma a no hacerlo. Tenía que afrontar la situación con mente fría, o sus sentimientos podrían enceguecerla y entorpecer sus decisiones. Como la mayor de tres hermanas sabía cómo enfrentar situaciones difíciles… pero esto era algo que nunca imaginó atravesar.
Sophie amaba a su esposo, ¡claro que sí! Nunca pensó tener suerte en el amor, por dos razones: primero, ser la mayor de tres hermanas implicaba que nunca encontraría su suerte, y segundo, nunca se consideró bonita a pesar de sí serlo. Pero todo eso cambió después de conocer a Howl. El tiempo que estuvo en el Castillo durante su hechizo sirvió para que cambiara de idea con respecto a sí misma. Howl le enseñó que sin importar lo que se diga en contra de uno, uno mismo es quien toma la decisión de triunfar o fracasar. Ella se volvió más decidida y más segura de sí misma. Gracias en parte a él. Se enamoró de él a pesar de su reputación pasada, y a todos esos detalles que formaban parte de su carácter y que la volvían loca, como su arrogancia, falta de tacto, egocentrismo y completa falta de compromiso. Y al final, nada de eso había sido gracias a cierto traje gris que ella misma encantó sin saber. Simplemente lo amaba. Como él a ella.
Aunque suene feo, era cierto que en el pasado Howl había sido un poco… mujeriego… En parte por el contrato con Calcifer, en parte por la manera en la que creció. Solía enamorar chicas a las que solo les prestaba atención cuando éstas lo trataban de manera indiferente. Pero, en cuanto ellas le confesaban sus sentimientos, huía sin pesárselo dos veces (¿Quién dijo temor al compromiso?). Calcifer y Michael muchas veces tuvieron que lidiar con las jovencitas, que, con el corazón roto, iban a buscarle al Castillo. La cosa empeoraba cuando las madres y tías iban a Castillo a reclamarle al mago por lo hecho. Howl, como siempre, huía, dejando a sus únicos acompañantes limpiando los platos rotos.
Sophie ya sabía esto, pero aun así no le importó. Lo olvidó por completo, dejando que todo tuviera un nuevo comienzo. El día de su boda fue un nuevo inicio para ambos, literalmente el comienzo de una nueva vida.
¡Pero nunca se le pasó por la cabeza esto!
Sophie ahora corría por las calles de la dorada Kingsbury. Ni siquiera le importó a donde la conducía la puerta del Castillo cuando salió, lo único que quería era salir de allí y tomar aire antes de que sus pulmones se cerraran por el shock y colapsara. Pero salir a tomar aire, alejándose lo más rápido posible del Castillo la estaba dejando agotada.
La gente la observaba con curiosidad al verla pasar corriendo sin rumbo fijo, mas a nadie parecía importarle. Simplemente seguían con sus cosas, o se apartaban si la veían acercarse demasiado a ellos.
Finalmente se detuvo, permitiéndole a sus piernas descansar y su corazón restablecer su ritmo habitual. Dejó caer las manos en las rodillas, inclinándose un poco y jadeando por el esfuerzo físico. Intentó recordar cuándo fue la última vez que se sintió así y que hizo en esa ocasión para calmarse; pensamiento que de inmediato la llevó a Howl, cuando estaba bajo el hechizo y su corazón empezaba a darle problemas, entonces él con su magia la había curado.
"¡Howl, idiota!", quiso exclamar, pero cuando alzó la vista, y vio el suelo adoquinado de la ciudad empezar a desgastarse a lo lejos, se dio cuenta de un nuevo problema.
Se había perdido.
Kingsbury era la capital del reino de Ingary. Era una ciudad hermosa, con cúpulas altas, torres enormes rodeadas de ventanas, y techos que parecían estar hechos de oro. Sin duda, una ciudad que hacía honor a su título de ciudad real.
Y, el lugar donde Sophie siempre se perdía.
Sus calles, semejantes a laberintos; sus casas enormes comparables a mansiones, sus mansiones comparables a palacios, eran todo lo opuesto a lo que Sophie estaba acostumbrada. Toda su vida había vivido de manera humilde pero cómoda, en Market Chipping. Nunca había tenido necesidades, y nunca le faltó nada, pero su modo de vida no era grandioso ni nada parecido. La vida de una sombrera no es nada grandiosa. Después se mudó al Castillo, que aun luego de los últimos cambios hechos por Howl de cierto modo seguía siendo su casa de toda la vida; y aunque él podía darle una vida lujosa con la que cualquiera soñaría, ella prefirió seguir viviendo de manera modesta.
Por eso, Kingsbury seguía siendo un nuevo mundo para ella. A pesar de haber visitado la capital en varias ocasiones, incluso haber ido al Palacio Real, no se acostumbraba a ella. Y casi siempre acababa perdiéndose. Las únicas veces en que no se perdía cuando iba allí, era cuando Howl le acompañaba y hacía de guía, tomándola del brazo de manera que hacía suspirar a las mujeres que los veían, y rabiar a los hombres cuando recibían un reclamo de sus novias o esposas por no tratarlas así.
"¡Mira esa tienda Sophie!", decía Howl con entusiasmo señalando a alguna tienda de ropa que exhibía los más hermosos vestidos. "¿Quieres alguno en particular?"
Pero Sophie siempre se negaba, alegando que ya tenía suficientes vestidos. La única manera de que aceptara ponerse un vestido nuevo, era que Howl mismo lo comprase y se lo llevase a casa. Claro, no sin antes tardarse todo el día en ello buscando el correcto, mientras evadía a las mujeres al mismo tiempo. Pero la recompensa siempre valía la pena, cuando al darle el vestido a Sophie ésta inevitablemente se ruborizaba de la vergüenza, y al final, agradecida, le daba un beso.
—¡Howl, idiota! —logró exclamar esta vez, al pensar de nuevo en él de manera inevitable.
Una pareja de ancianos que iba pasando en ese preciso instante la oyeron quejarse. Sophie lo notó de inmediato, cuando éstos, confundidos, se le quedaron viendo por unos segundos, preguntándose qué le ocurría. Sophie no les reclamó, sino que se quedó estática, avergonzada por haber pensado en voz alta. La pareja siguió su camino murmurando entre sí, dejando a Sophie sola con sus problemas.
Sophie soltó un hondo suspiro. Se preguntó si ella y Howl podrían en verdad, como esa pareja de abuelos, estar juntos para siempre. Fue entonces, cuando una lágrima rodó por su mejilla, y luego otra, y otra más. En pocos segundos estaba llorando.
—Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó amablemente un caballero que pasaba por allí y vio a Sophie llorar. Esto solo empeoró las cosas, porque el elegante joven le recordó a Howl el día que se conocieron.
—Estoy bien —le aseguró con tanta firmeza, que deseó fuera cierto—. Estoy bien, es solo que…
—¡Joe, apresúrate! —interrumpió una voz femenina, diez pasos más adelante. Sophie alzó la vista ante la exclamación, y notó que la dueña de la voz era una joven mujer de su edad, y estaba embarazada.
—Ya voy Erin! —exclamó el hombre en respuesta, y luego se volvió hacia Sophie—. ¿Seguro que está bien?
Sophie asintió lentamente.
—Joe, se hace tarde —repitió la mujer acercándose. Su expresión impaciente cambió de inmediato al ver a Sophie—. ¿Sophie Hatter? —preguntó estrechando las cejas como intentando recordar.
Sophie abrió los ojos completamente perpleja, sorprendida de haber sido reconocida. Se sintió avergonzada a causa de las lágrimas, seguramente aun visibles, y trató de componer una sonrisa.
—¡Sí!
—¡Oh! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es la chica de esa tienda de sombreros! —Erin dijo todo aquello con gran emoción llenado su voz, tomando a Sophie de las manos como si fuera una vieja amiga, cosa que la desconcertó aun más—. ¡Tú hiciste el sombrero de rosas y satén!
Sophie comprendió entonces de donde Erin la conocía. Le había vendido aquel sombrero de tonos blancos y rosas, al cual le había dicho cosas como "sois un bonito sombrero, hecho para encontrar un amor puro y sincero, tal como el blanco que os cubre". Con una mezcla de orgullo y vergüenza, descubrió entonces que nuevamente, otro de sus hechizos inconscientes había surgido efecto.
Mientras, Erin seguía hablando de cómo había ido a buscar un lindo sombrero para usar en la fiesta de Mayo y tal vez así encontrar un esposo; y cómo se había fijado en aquel sombrero al instante, casi como si éste la llamara, y cómo, gracias a una ráfaga de viento, el sombrero paró en manos de su ahora esposo. Y Sophie, aun en medio de sus problemas propios, no pudo evitar sonreír sinceramente, alegrándose de que su magia había tenido buenos resultados.
—Y, ¿qué la trae por aquí? Market Chipping está muy lejos de aquí… ¡Ya sé! ¡No me diga! —dijo de improvisto llevando las manos al frente—. ¡Vino aquí para hacerle a la princesa Valeria un sombrero como encargo real! Cumplirá tres años muy pronto, la fiesta que tendrá será por todo lo alto…
Sophie negó con la cabeza, perdiéndose en las palabras de su clienta. Obviamente no iba a decirle a la verdad, de paso aquella mujer no parecía tener ni la más remota idea de lo ocurrido con Sophie después de aquella fiesta de Mayo. Así que terminó respondiendo lo primero que se le vino a la mente, cosa de lo que pronto se arrepentiría:
—Vine a ver a mi hermana Lettie.
Los ojos de Erin se abrieron desmesuradamente en total sorpresa.
—¿¡Lettie Hatter!? ¿¡La esposa del mago Sulliman!? Entonces… —alargó la palabra mientras parecía hilar una teoría en su mente, que de inmediato dio a conocer—. ¡Entonces tú debes ser esa Sophie Hatter, la esposa del temido mago Howl!
Sophie había olvidado por completo que la capital no era precisamente el mejor lugar para mantenerse en el anonimato.
La mujer no dejó de parlotear emocionada. Se dirigió a su esposo, a quien había ignorado todo ese tiempo, y comenzó a repetirle emocionada quien era Sophie, sobre el honor de haber sido clienta suya y demás.
Sophie observó la escena en silencio, pensando seriamente en salir corriendo de allí antes de que a Erin se le ocurriera hacer un escándalo y todo el mundo supiera que ella era la esposa de Howl. No por vergüenza, ni siquiera por el problema que su relación atravesaba, sino porque Howl era tan condenadamente famoso, que la gente siempre buscaba la manera de obtener un hechizo de él. Así que quedar rodeada de gente, cual príncipe soltero en busca de esposa, era lo último que quería en ese momento.
Sophie carraspeó un poco, interrumpiendo a Erin, con la intención de despedirse antes de que lo que temía pasara, aunque no tuviera ni la menor idea de a dónde ir.
—Oh, lo siento querida, me emocioné tanto que olvidé que estabas presente —se disculpó Erin dirigiéndose de nuevo a ella—. Dijo que venía a ver a su hermana, cierto. ¡Debe ser emocionante! ¡Una reunión con los magos más poderosos del reino!
—Querida… —advirtió Joe suavemente, temiendo que su esposa se entrometiera más de lo debido.
—N-no, no es eso —aclaró Sophie—, solo vine a visitarla…
—¡Oh, ya veo! —exclamó Erin en un suspiro bajo que denotaba un poquito de decepción. Luego pareció confundida, y miró la calle que se asomaba por detrás de Sophie—. Bueno… si va a ir a la casa del mago Sulliman, se encuentra al otro extremo de la ciudad.
Sophie pensó que su suerte no podía ser peor. En realidad ése era el último lugar al que quería ir en esos momentos, pero de cierta forma hubiera sido consolador poder ver a Lettie. Y ahora que sabía cuán lejos estaba, se sintió desconsolada. No hubiera sido mala idea haber llevado las botas de siete leguas consigo…
—Eh... s-sí —tartamudeó Sophie mientras pensaba qué cosa inventar para no decir la verdad—. Acabo de llegar a la ciudad, así que aun estoy lejos…
—Oh, bueno, puede venir con nosotros si lo desea, pasaremos por allí en nuestro camino—. Indicó Joe uniéndose a la conversación por primera vez.
Sophie intentó negarse. En serio que lo intentó. Pero no pudo. Y fue así, como terminó subiendo al carruaje de la pareja, escuchando a Erin hablar sin ser capaz de articular palabra en respuesta, cosa que no pareció importarle a Erin, y de hecho, ni cuenta se dio que hablaba solo ella; camino a la casa de su hermana.
Camino al sitio del que tanto estaba huyendo pero a la vez quería ir.
Y, cuando el carruaje se detuvo frente a una elegante casa en medio de la ciudad, y amablemente Joe le ayudó a bajarse y hasta llamó a la puerta por ella, y cuando la puerta se abrió revelando a una joven mujer de elegante figura, cabellos oscuros y ojos azules, Sophie supo cuán arrepentida estaba de haber abierto la boca y mentido diciendo que iba a ver a su hermana.
Porque ahora, era la mismísima Lettie Hatter, en carne y hueso, de pie frente a ella, y expresión sumamente preocupada.
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¿Ven, niños? mentir es malo.
Muchas gracias por el apoyo, y por seguir leyendo. Nunca pensé que esta historia gustaría tanto… Hace unos días recibí un mensaje donde me decían que la historia había sido recomendada en la página "Biblioteca de Fics", wow eso me impresionó mucho y me motivó bastante~ *conmovida*
¡Muchas gracias por tomar en cuenta la historia en la página!
\(°ω°)/
Antes de irme, me gustaría compartir con ustedes un par de datos curiosos:
En el libro, vemos que Calcifer le canta una canción a Sophie, a la que ella llama "la canción de la sartén". Esta canción existe de hecho, se llama "Sosban Fach", y es una popular canción galesa que suele escucharse antes de los partidos de rugby de ese país. Sophie la denomina canción de la sartén por la similitud fonética de la palabra "saucepan" (sartén en inglés) y "sosban fach"... Pueden encontrarla en youtube.
…
En el libro, la maldición que pesa sobre Howl fue tomada de una "tarea" de uno de sus sobrinos. En realidad es un poema titulado "Canción" ("Song" en inglés), del autor inglés John Donne.
…
Último dato, Howl tiene 27 años. Según, la maldición se cumpliría cuando cumpliera 10.000 días de vida, lo que lo ubica en esa edad… Algo mayor para Sophie, ¿no? xD pensé en escribir un oneshot sobre su cumpleaños, se aceptan sugerencias~
