DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.


Capítulo 8. En donde vemos que pasó con Sophie. Parte II


El mago Ben Sulliman era uno de los magos reales. Era un hombre alto y de presencia imponente, y cabello rojizo descolorido. Al igual que Howl, también provenía originalmente de Gales, pero se había ido a vivir a Ingary cuando comenzó sus estudios sobre la magia. De cierto modo, podría decirse, que era el mejor amigo de Howl.

Así que, cuando estando en su área personal de trabajo sintió que los múltiples espejos que había allí comenzaron a estirarse (normalmente su forma daba la impresión de que se inclinaban hacia el suelo), y cuando vio en ellos que poco a poco comenzaba a formarse la imagen de una acogedora salita que ya conocía, supo que algo pasaba y corrió de inmediato a aportar su parte para completar el conjuro.

El mago real se dirigió hasta una de las estanterías de aquella peculiar habitación, y extrajo algunas velas de Trost. Aquellas velas eran delgadas y largas, como de cincuenta centímetros de altura, de un insólito tono blanco; y cuando las encendió, la luz que proyectaban también era blanca y sumamente brillante. La luz de las tres velas se extendió con gran rapidez, iluminando todo de tal manera que desde el exterior luciría como si la luz se tragara la habitación. Pero eso solo fue durante un corto instante, así como se expandió, disminuyó velozmente hasta retomar un tamaño normal. Y cuando eso pasó, el reflejo en los espejos no era el mago Sulliman y la habitación donde se encontraba, sino la nítida imagen de la sala del Castillo Ambulante, repartida entre todos los espejos como si éstos estuvieran en aquel lugar.

Frente a los espejos también se podía ver la imagen del joven aprendiz de Howl, y la de una chica rubia de ojos claros y escasos dieciséis años de edad. Y al fondo, si se prestaba atención, en la chimenea de aquel hogar, estaba una llamita pequeña consumiendo un grupo de troncos.

El mago Sulliman vio a través de los espejos como el joven dio un respingo al verle, y como alzaba los brazos en señal de victoria. Incluso pudo leer en sus labios algo como "¡sí, lo hice!", más no pudo escuchar nada. Era solo la imagen, no había sonido.

El mago llevó una de sus manos a su oído, en señal de que no podía escucharlos. Michael entendió el mensaje, e inclinándose un poco, tomó el cuenco de agua que estaba frente al espejo del centro y lo alzó enseñándoselo al mago. Sulliman asintió, algo contrariado debo añadir, e intentó hacerle señas a Michael, intentando decirle algo, pero el muchacho no parecía lograr comprender qué era lo que su interlocutor quería decirle. Martha tampoco entendía, y mediante señas le indicó a su cuñado que repitiera el mensaje, pero aunque éste lo hizo, ninguno de los dos jóvenes logró entenderlo.

El mago Sulliman se movió un momento del sitio, y segundos después regresó también con un cuenco de agua. Pero este era diferente a cualquier cuenco común, tenía la apariencia de estar hecho de algún tipo de cristal, pues se podía ver el agua desde afuera. Además, el cristal mostraba un intrincado diseño de líneas delicadas que se cruzaban entre sí en formas simétricas y variadas. Sin duda era especial.

En cuanto el cuenco estuvo ubicado en el espejo central, hubo un cambio notable. Poco a poco el sonido comenzó a inundar la habitación, en formas incoherentes y con palabras inconexas, como cuando se sintoniza una estación radial. Del otro lado Michael y Martha parecían intentar decir algo, pero sus oraciones llegaban incompletas. Finalmente, el sonido pareció estabilizarse, y la conversación finalmente pudo iniciar.

—¡Mago Sulliman! —decía Michael—. ¿Puede escucharnos?

—Sí, los escucho. Vaya, Michael, me sorprende que hayas podido hacer el conjuro de comunicación, ¿Howl te lo ha enseñado?

—No, señor —respondió el aludido—. Yo mismo intenté hacerlo, pero no me ha salido bien del todo. Apenas puedo escucharlo…

Y de hecho, no se escuchaba muy bien. Michael y Martha podían entender lo que Sulliman decía, y viceversa, pero el sonido no era del todo claro. Se escuchaba un poco lejano, con un matiz profundo en el final de las oraciones, haciendo que las voces sonaran como cuando se acerca al oído una caracola de mar.

—Es porque no has usado el cuenco adecuado, ni has puesto suficiente agua… —explicó Sulliman—. Debiste poner un cuenco frente a cada espejo, pero ese tipo de magia aun es muy avanzada… Pero no es de magia sobre lo que tenemos que hablar, ¿cierto? ¿Cuál es la prisa? —preguntó al ver la ansiedad de su cuñada.

—Señor, ¡Sophie está en Kingsbury! —intervino Martha rápidamente. Temía que el conjuro se rompiera sin poder comunicar el mensaje.

—¿Aquí? ¿Cómo es eso posible? —inquirió confundido el mago—. Lettie se está preparando para ir a visitarla justo ahora… Incluso me ha pedido que le acompañe… ¿Han cambiado los planes?

Martha negó tristemente con la cabeza. El semblante de Michael también decayó un poco. Sulliman terminó adivinando lo que pasaba, y con una tenue sonrisa benevolente volvió a hablar:

—Han discutido, ¿no es así?

—Sí señor… —asintió Michael lentamente.

—¿Y Howl está en casa?

—No señor.

—¿Fue al Otro Lugar?

—Sí señor.

Sulliman soltó un suspiro de preocupación.

—Me lo temía… Bien, le avisaré a Lettie. Saldremos a buscar a Sophie antes de que vuelva a perderse…

Martha parecía no caber en sí del alivio y la alegría. Ella misma saldría a buscar a su hermana, pero al igual que ella, no conocía muy bien la capital. Sin embargo, Lettie sí, así que sería ella la más indicada para la situación.

—¡Muchas gracias! —exclamó Martha, pero el mago parecía no escucharla—. Y por favor, Ben, no vaya decirle nada a Lettie de la discusión… Sophie probablemente no quiera que se entere, es algo delicado, ¿sabe…?

Pero el mago comenzó a gesticular, indicando que no podía escuchar nada. Martha alzó la voz, y habló lentamente separando cada palabra en sílabas, pero aun seguía sin funcionar. No solo eso, las imágenes comenzaron a hacerse borrosas, hasta que solo se notaba el amplio reflejo de las velas de Trost ocupando toda la superficie de los espejos. Michael intentó solucionarlo, al buscar más de esas velas, pero en cuanto se puso de pie, las velas que él ya había puesto al inicio se apagaron, y acto seguido, el reflejo de su luz también. Y, cuando desvió la vista de las velas extinguidas y miró a los espejos, se encontró con su propio reflejo y el de Martha. El conjuro se había roto.

Michael suspiró decepcionado. Martha lo consoló.

—Bueno, al menos ha durado lo suficiente para entregar el mensaje. Seguramente el mago Howl estaría orgulloso.

—O furioso… —intervino Michael ya de pie, examinando desconsoladamente los cajones donde Howl guardaba los utensilios de su trabajo—. Ya no quedan más velas de Trost.

La casa del mago Sulliman se encontraba en el Barrio Viejo. Era una casa bonita y acogedora, los cristales de las ventanas mostraban vitrales de rombos, en sus muros se apreciaban variados signos mágicos de intrincadas formas, y poseía un amplio patio adoquinado con una fuente en el medio. Sin duda lo que podría llamarse "un hogar". Sophie ya estaba acostumbrada a visitar aquel lugar -acompañada, debo añadir-, pero esta vez se sentía extraña. Se sentía incómoda. Quería irse.

Pero, cuando aquella mujer de rizos oscuros le abrió la puerta, aquella molesta sensación se esfumó. Estaba tan feliz de ver a su hermana, que casi se arroja en sus brazos en un abrazo, pero fue Lettie quien la abrazó a ella primero.

—¡Oh, Sophie! ¡Me tenías tan preocupada! —exclamó—. ¡Estaba por ir a buscarte!

Lettie siguió hablando, empezando a dejar a Sophie confundida. ¿Cómo podría estar preocupada si no sabía que ella estaba en Kingsbury? Algo estaba pasando, podía sentirlo…

—Ven, pasa —le indicó—. Hablemos adentro.

Sophie no pudo replicar, pues su hermana la arrastró adentro sin dejar de decir cosas, mientras la conducía hasta el interior de la casa. Atravesaron el vestíbulo, y llegaron al patio con la fuente, y luego de eso se encerraron en el estudio del mago Sulliman donde las esperaba una bandeja de té.

—Ben me lo ha dicho —comenzó a explicar—. Michael y Martha lograron hacer el conjuro de comunicación, y es así como entablaron contacto. Michael le ha dicho que tú y Howl han discutido…

Sophie se perdió en las palabras de su hermana.

"Michael, vas a pagar por esto", pensaba Sophie, pero a la vez no podía evitar sentir cierto alivio. Le había quitado el peso de encima de tener que confesarle a su hermana el por qué había huido de casa, porque esa era la palabra, huir. No era que antes ocultara sus problemas, pero este en particular era un tanto… íntimo y delicado. Pero igualmente Michael estaría en problemas.

—¿Quieres decirme que es lo que ha ocurrido Sophie? —le preguntó su hermana prudentemente. De alguna manera sintió que Sophie solo hablaría esta ocasión si le animaba a hacerlo, de lo contrario no encontraría las palabras ni el valor suficiente para comenzar a explicarlo.

Sophie asintió, tomó un sorbo largo del té, y contó su historia.

—Al Castillo han llevado un niño, Lettie… y la carta... —su voz amenazó en quebrarse, pero mantuvo la compostura para que las palabras no temblaran al salir de su boca—. La carta decía…

Lettie se perdió un poco. "¿Cuál carta?", le iba a preguntar, pero la respuesta vino por sí sola.

—El niño traía una carta… y en la carta decía… decía que era el hijo de Howl…

La expresión de Lettie no tuvo precio. Contrajo el ceño y sus ojos parecieron empequeñecerse y tomar un tono más oscuro. Frunció los labios y chocó los dientes. Y de tener flequillo, éste hubiera creado una sombra tenebrosa alrededor de sus ojos y frente. En resumen, era comparable a lo que llamaríamos "mirada asesina".

—Ese mago… —y aquí la autora se detiene de nuevo para que la historia pueda ser leída por todos. Solo diré que Lettie gruñó aquello en un peligroso descenso de voz que sonaba más aterrador que si fuera alguna larga palabra alemana cargada de fonemas guturales y escrita con fuente "Chiller" en Microsoft Word—. ¿Dónde está ahora? ¡Tienes que hablar muy seriamente con él!

Sophie se mordió el labio dudosa de responder aquello, pero no tenía sentido alguno ocultar parcialmente la verdad. Y también necesitaba desahogarse.

—Intenté hacerlo… pero… pero él… ¡pero él no dijo nada! ¡Ni siquiera fue capaz de mirarme al rostro! ¡Entonces…! ¡Fue entonces que salí de allí!

Lettie guardó silencio por un momento, y abrazó a su hermana, dejando que ésta buscara un poco de consuelo. Esperaba que ella dejara salir las lágrimas y se desahogara, pero no fue así. En lugar de ello, se separó de su abrazo, y secándose unas pocas lágrimas que había dejado salir, le agradeció sinceramente por su atención.

—Gracias por escucharme, Lettie.

Lettie sonrió tenuemente, admirando en su interior la fortaleza de su hermana.

—Puedes quedarte aquí cuanto tiempo quieras, te prepararé una habita-

—No, estaré bien —intervino su hermana—. Además, no creo que Howl sepa cómo cuidar niños. Cuando llegué al Castillo éste estaba tan desordenado y sucio que me tomó toda una semana limpiarlo… Y al pobre Michael lo tenía viviendo de pan y agua porque Calcifer no dejaba a nadie cocinar encima de él…

Los recuerdos la hicieron sonreír un poco. Recordaba cómo había llegado al Castillo, y cómo habían sido allí sus primeros días. Y como ella misma se había encargado de asearlo y conseguir comida decente para todos. Podía recordar con humor, a un Michael encantado por poder comer algo decente por primera vez en mucho tiempo, pensamiento que al mismo tiempo la estremecía si imaginaba a un infante de cinco años viviendo solo de pan y queso.

—¿Estás segura? —insistió Lettie—. Al menos quédate hoy y así te tranquilizas un poco. Además, debes hablar con…

—Está bien —concedió su hermana—. Me quedaré, pero solo por hoy, mañana yo… yo…

—Está bien —intervino Lettie. Sabía que en realidad Sophie no sabía exactamente que hacer a partir de allí—. No tienes que hacerlo. Pero yo… ¡yo sí voy a hacer algo!

Sophie intentó detener a su hermana, pero hacerlo era como intentar que alguien la detuviera a ella misma cuando se proponía a hacer algo.

Lettie salió de aquella habitación, lista para darle una… unas cuantas palabras a su cuñado.

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Error. No era Michael quien estaría en problemas. ¡El que estaba en graves problemas era Howl!