DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: HOWL'S MOVING CASTLE ES PROPIEDAD DE WYNNE JONES DIANA.
Capítulo 9. En donde vemos que pasó con Howl. Parte II
En cuanto su sobrino se distrajo, Howl desapareció de la vista. Lo cierto era, que se había transportado desde aquella habitación hasta el garaje.
Se preguntarán qué estaba haciendo Howl en Gales, cuando debería estar en casa conociendo mejor al pequeño Matt. O investigando mejor de donde vino, o tratando de convencer a Sophie de que volviera a casa y se sentaran a hablar de aquella situación. Pero, a los ojos del mago, nada de eso funcionaría.
Y la verdad era, que en el fondo, no estaba muy seguro de qué hacer.
Howl nunca había sido un hombre que se comprometiera con las cosas. No le gustaba, en serio que no. Y, aunque no lo pareciera dada su apariencia despreocupada, frívola y hasta malvada; en el fondo, temía fallar. Temía no ser capaz de cumplir aquellas promesas que pudiera hacer y terminar desilusionando a las personas. Así fue como los años fueron corriendo, y cada vez más su incapacidad para comprometerse con algo se hacía mayor. Cuando conoció a Michael a pesar de que lo acogió en su propia casa nunca le dijo si podía quedarse o no, simplemente dejó que viviera allí, y tiempo después, al ver el interés del muchacho en la magia, dejó que se convirtiera en su aprendiz.
Con las mujeres que conoció a lo largo de su vida fue similar. Pero en este caso, la cosa era peor. Esta vez, solo salía con ellas por diversión, porque eran hermosas, y demás excusas, pero en realidad nunca las amó, aunque en el fondo, quería poder algún día ser capaz de hacerlo. Pero a su vez su orgullo era tan grande que jamás le permitiría admitirlo. Además, de que tampoco podía soportar el hecho de ser rechazado, por lo que insistía hasta lograr que se fijaran en él. Cosa que, de cierto modo no era muy difícil. Howl sin duda era un hombre muy apuesto. Era alto y de apariencia esbelta, rostro afilado y -falso- cabello rubio. En realidad aun si se dejaba el cabello de su color natural se vería igual de apuesto, pero él pensaba que el cabello rubio lo hacía ver mejor todavía y le daba un toque único e inigualable. A parte de eso, el hecho de que fuera un mago y no se mostrara tímido a la hora de demostrarlo, atraía más público femenino aun. Sin duda muchas chicas vieron en un mago poderoso la manera de tener una vida próspera y llena de lujos, y tal vez, de juventud eterna.
Muchas chicas se enamoraron de él inevitablemente. Tarde o temprano, pero lo hacían. Muchas tardaban en aceptar sus sentimientos hacia él, temiendo que fuera alguna clase de hechizo que él pudiera haberles puesto. Pero Howl nunca usó la magia para hacer que las mujeres se fijaran en él, consideraba que así no habría diversión alguna. Así que, aunque suene triste, muchas de las chicas que se enamoraron de él lo hicieron de verdad. Y era en ese momento, cuando su temor al compromiso salía a flote y huía.
Ciertamente las cosas hubieran sido un poco más fáciles para él si aceptaba los sentimientos de alguna de esas mujeres. Pudo haberse casado y solo preocuparse de practicar la magia. Nunca tendría que cocinar, lavar su ropa, ni limpiar (aunque nunca se ocupaba de la mayoría de estas cosas….). Pero no podía hacer eso. No podía simplemente aferrarse a la idea de que el amor nacería en él con el tiempo. Porque él no podría amar de verdad.
He allí uno de los grandes misterios del mago.
Años atrás, cuando era más joven, selló un trato con Calcifer. En aquel entonces el demonio del fuego era en realidad una moribunda estrella fugaz a punto de desvanecerse para siempre. Howl atrapó aquella estrella antes de que golpeara el suelo y muriera, pero para poder mantenerla con la vida debía darle algo a cambio.
Su corazón.
El trato fue hecho. Howl obtendría poder, a cambio de salvarle la vida a aquella estrella. Y, para que eso pasara, a su vez debía haber algo a cambio. Fue así como el pacto se selló, y desde entonces Howl y Calcifer nunca se separaron. Calcifer, por el contrato, no podría abandonar el Castillo ya que era él quien se encargaba de la magia que lo movía; y Howl, había quedado atado a él. Si Calcifer moría, Howl también lo haría. La única salida era que alguien rompiera aquel contrato, pero a su vez a ese alguien no se le podía decir cuál era la cláusula principal…
Menudo lío en el que se había metido Howl. Por ese motivo, como él mismo le había confesado a Sophie, no podía llegar a amar a nadie de verdad. Hasta que la conoció a ella.
Ahora, las cosas se habían puesto un tanto feas. Un niño del que no tenía ni la más mínima idea se apareció en el Castillo de improvisto, con una carta donde su madre declaraba que el pequeño era el hijo de Howl. Sophie había reaccionado de la manera que se esperaría, pero él no había podido ser capaz de darle una respuesta. Y, como temía, ella había tomado aquello como una señal de cobardía.
Y en parte sí, tenía miedo. Miedo de perderla por una tontería. No sabía qué hacer exactamente. Investigar debería ser su prioridad, pero necesitaba aclarar su mente primero. Y luego sí, podría buscar quien era la madre de aquel niño y aclarar así la situación.
Gales había sido al final un buen destino. Era su pueblo natal, y aunque ya no viviera allí siempre amaría su lugar de origen. Él nunca había olvidado su hogar, de hecho iba de vez en cuando, se reunía con viejos amigos, y compraba recuerdos para llevar al Castillo. Incluso solía hablar galés con frecuencia (sobre todo si de maldecir se trataba...), y hasta se las había ingeniado para que Calcifer conociera alguna de las canciones típicas de allá para que a su vez éste se las enseñara a Michael.
Gales era un buen lugar para pensar, tomar aire, y aclarar la mente.
Salió en su auto, rumbo a un viejo lago que solía visitar de niño. Sí, ese sería el lugar perfecto para sentarse bajo un roble, aclarar la mente, y luego sí pensar en qué hacer. El viaje hasta allá no le tomó mucho tiempo. En el camino se topó con viejos conocidos que iban a pie, y que levantaron sus manos a modo de saludo. Howl apenas se dio cuenta de ello, porque su mente iba distraída, perdiéndose en las palabras de aquella terrible carta.
Cuando llegó al lago comenzó a lloviznar. El tiempo se estaba enfriando conforme el otoño iba cediéndole paso al invierno. Pero sin importarle esto, bajó del auto, y se dejó caer junto al suelo. Los minutos fueron pasando con mortal lentitud. Casi se queda dormido, cuando arrullado por los sonidos de las ramas meciéndose y las hojas cayendo, había cerrado los ojos.
Se despertó sobresaltado, pensando en qué ya llevaba mucho tiempo allí. Subió al auto de nuevo, y condujo camino al pueblo en las afueras de la ciudad de donde había partido inicialmente. Cuando llegó allí, devolvió el auto a su sitio, y estaba por seguir su camino a su próxima parada, cuando le pareció que alguien lo observaba desde lo que en el pasado había sido la ventana de su propia habitación. Pero cuando alzó a vista en aquella dirección, solo pudo notar una ventana abierta y la brisa colándose en ella.
—Debo estar alucinando… —pensó, sonriendo con amargura por un instante. Tal vez, después de todo, aquella situación había acabado enloqueciéndolo.
Sin embargo, sí había estado siendo observando -brevemente- desde su propia casa, o más específicamente, desde su propia habitación.
Howl siguió su camino. Lo había pensado mientras estaba en el lago, y le parecía que era lo mejor que podía hacer si quería encontrar la verdad con rapidez. Iría a la antigua casa de su amigo, el mago Ben Sulliman.
Sulliman solía visitar su vieja casa en Gales con frecuencia. De algún modo se las arreglaba para visitar aquel otro mundo, solo que no poseía un hogar que llevaba a cuatro sitios distintos a la vez, sino que tenía su propia manera de hacerlo. Alguna estrategia con espejos, tal vez.
El camino empedrado pronto terminó para darle paso a una cerca de madera de poco menos de metro y medio de altura, que a su vez permitía el paso a un jardín. Atravesando el jardín llegaría a la puerta principal de aquella casa, pero cuando Howl lo hizo se encontró con que ésta estaba vacía.
El mago Sulliman no se encontraba allí en esos momentos. De hecho, estaba muy ocupado en su casa en Kingsbury hablando con su cuñada y el novio de ésta. Howl regresó decepcionado, y sin más opción que regresar al Castillo y llegar así a Kingsbury si en verdad quería la ayuda de su amigo.
Y sí la quería, Sulliman tenía mejor memoria que él y podía ayudarlo a encontrar primeramente a aquella misteriosa mujer e intentar así aclarar aquella situación. Encontrarla, y confrontarla por aquella carta. Porque, de una cosa de la que Howl estaba muy seguro, era que el pequeño Mathew no era en verdad su hijo.
Pero para todo eso, debía encontrar a Sulliman primero.
