Tensiones y distracciones

El día pasó rápidamente. Emma se dio un salto por el despacho para meter en orden con David los casos abiertos, después emprendió la ronda por el pueblo para comprobar que todo iba bien.

Los asuntos graves eran raros, ella pasaba la mayor parte del tiempo hablando más con los ciudadanos que llevando investigaciones, y ahora que David y Leroy eran sus adjuntos, ella podía permitirse tomarse su tiempo y hacer un descanso donde Ruby cuando quisiera. Al haberse hecho esta cargo del restaurante después de la muerte de su abuela, la costumbre de tomar algo en la sobremesa en el fondo del restaurante había perdurado.

«¡Y es en ese momento en que Lea se dio cuenta de que Henry estaba escondido en el armario!» explicó ella gesticulando con las manos.

Ruby se echó a reír, ahogándose con el café.

«Es un caso tu hermanita» respondió la morena tosiendo «Tiene a quien salir, con una madre como Snow y con una hermana mayor como tú, la pobre va mal por la vida»

«¡Hey!» dijo Emma tirándole a la cara lo que le quedaba del donut «No te permito eso. ¡Y te señalo que su madrina es peor que nosotras!»

Con una expresión de falso enfado, Ruby movió la cabeza para señalar que no estaba de acuerdo.

«No, no, no, ella tiene la mejor madrina del mundo, ¡y tú lo sabes! Es más, ella lo dice a menudo» replicó con una gran sonrisa.

Al levantar la mirada, Emma vio el reloj colgado de la pared.

«¡Dios, no había visto la hora, voy a salvar a mi bella!» dijo la rubia dejando la taza sobre la mesa «Regina debe seguramente haber vuelto»

Se levantó, dejo la taza en la barra y besó a su amiga

«¡Hasta mañana, mujer de poco fe!»

«Hasta mañana, rubia» le respondió Ruby con un guiño.

Algunos minutos más tarde, el coche de la sheriff se paró delante de la mansión Mills, al lado de la berlina de Regina. La alcaldesa había vuelto pronto. Había pasado un día bastante malo, perdiendo el tiempo en reparar los desastres de su nueva secretaria que realmente trabajando.

En otro momento, hubiera sido más paciente, pero hoy el menor error la sacaba de sus casillas. Había pensado que todo iría mejor en casa, pero Henry y Grace habían pasado la tarde allí y habían dejado sus cosas por ahí tiradas, así como la loza en el fregadero. Cuando Emma entró, encontró a su morena ocupándose de la cocina echando peste de su hijo.

«Cucú, mi amor» dijo Emma «¿Cómo estás?»

«¿Cómo estoy? ¡Mal! ¡He tenido un día horrible y al volver debo recoger lo que tu hijo ha dejado tirado!» respondió Regina, señalando con la mano la loza.

«Uhhhh, madame está de mal humor» rio la rubia esperando relajar el ambiente.

Ante la mirada oscura de su compañera, Emma retrocedió algunos pasos antes de verse convertida en sapo.

«Ehhh, tengo cosas que hacer» murmuró señalando con el dedo hacia una incierta dirección.

Regina asintió y volvió a la loza, murmurando palabras ininteligibles para Emma, pero en ese momento, eso no era un problema…

Después de una ducha y un buena hora de lectura de un novela policiaca echada sobre el sofá, Emma decidió que era hora de volver a ver a su compañera, seguramente la tormenta ya habría pasado.

Visiblemente de mejor humor, Regina había preparado una mesa magnífica y una comida que olía riquísimo. Le señaló a Emma que se sentara, y trajo los entrantes, un espléndido plato de marisco.

«¡Ohhh!» exclamó Emma a quien les encantaba «¿De dónde sale todo esto?»

«Hice la compra al volver del despacho» respondió Regina sonriendo «Pensé que te agradaría»

Retorciéndose en la silla, Emma no podía ocultar sus ganas de saltar sobre el plato que le estaba abriendo terriblemente el apetito.

«Era lo menos que podía hacer después del magnífico regalo que me has hecho esta mañana. Sírvete, princesa» le dijo la morena con una gran sonrisa.

Sin hacerse rogar por más tiempo, Emma tomó algunas ostras, almejas y dos hermosos cangrejos.

«Gracias, Gina, eres la mejor» dijo a la morena con una gran sonrisa

Regina también se sirvió

«Siento lo de hace un momento» murmuró «he tenido cambios de humor durante todo el día, no sé exactamente por qué. Mi pobre secretaria también se ha llevado su parte» añadió ella haciendo una mueca.

Emma no pudo evitar sonreír al ver los gestos llenos de remordimientos que hacía Regina.

«Mañana te excusas, y todo volverá a la normalidad» exclamó mientras se debatía con una pinza de cangrejo.

Relajadas, hablaron de esto y de aquello, la velada transcurrió apaciblemente, después antes de que Regina trajera el postre, mientras se miraban lánguidamente, Emma notó el pie de su amada subir por su pierna, por su muslo, hasta llegar a colocarse en su entre pierna…Entonces la rubia le agarró el pie y lo masajeó bajo la mesa, lo que arrancó un gemido a la Reina.

Algunos minutos más tarde, la puerta de la habitación se abrió al vuelo, Regina guiando los pasos de Emma, las dos mujeres besándose fogosamente, como si sus vidas dependieran de eso. Como si fuera la última vez que se vieran, que se tocaran, que se saborearan.

Los botones de la blusa de Emma saltaron, el instinto animal de Regina salía a la superficie. ¡La rubia adoraba eso! Después, ella la arrancó como si tuviera necesidad de tocar la piel de la sheriff. En efecto, tenía necesidad de ello, necesidad de ese acto salvaje y animal, necesidad de acariciar esa piel ya tan caliente. Mientras la besaba lánguidamente, Emma desabrochó el botón y bajo la cremallera de su pantalón, después Regina la empujó sobre la cama, le sacó, en poco tiempo, zapatos y vaqueros, dejándola en ropa interior, y retrocedió.

«¡Qué tigresa…!» dijo Emma mordiéndose el labio inferior

«Y aún…no has visto nada…»

Regina desabrochó su vestido y lo dejó deslizar a lo largo de su cuerpo hasta el suelo. Emma la miraba, la mandíbula caída, y vio a la bella morena acercarse de manera felina, hasta trepar a la cama, y colocarse de cuatro patas, a horcajadas encima de ella. Emma acariciaba las curvas de su cuerpo, Regina se enderezó y jugaba con sus cabellos mientras balanceaba su pelvis hacia atrás y hacia delante, frotando su intimidad contra el pubis de la sheriff.

Esta aprovechó para desabrochar el sujetador y acariciar sensualmente los pechos de la morena, tensos por la excitación. Cuando Emma sintió que los pezones de su compañera se endurecían, se metió uno en su boca, lamiéndolo y mordiéndolo, masajeando el otro con su mano. Pellizcó uno, mientras mordía el otro. Regina amaba eso, gemía de placer, aunque las mordeduras de Emma le dolían por momentos, lo que por otro lado también la excitaba.

Juzgando que ya no podía esperar más, con un golpe de cadera, Emma hizo girar a Regina, y la puso bajo ella, para así dominar la situación. Lamiendo el cuello, el torso, los pechos, el vientre de la morena, Emma dejaba el camino libre a su excitación. Acariciando los muslos de su amada, la rubia, con sus dientes, rasgó la ropa interior de Regina.

«Espero que no apreciaras particularmente ese tanga»

«Cállate Emma…» replicó sensualmente Regina.

Entonces, Emma remontó y capturó los labios carnosos de la morena con violencia, mordiéndolos, arrancándole algunos gritos, después Regina sintió todo su ser arder. Emma había introducido dos dedos en ella, bombeaba en su interior, el cuerpo de la morena se elevó, los espasmos la invadían, su espalda se arqueó antes los asaltos repetidos de la rubia. Regina se aferraba a ella, hundiendo sus uñas en su carne, arañándola.

Solo fue cuando Emma presionó sobre el clítoris que Regina llevó su cabeza hacia atrás y se dejó caer en el precipicio al que la sheriff la llevaba. La morena no tardo mucho tiempo en alcanzar el orgasmo, todos sus músculos se tensaron, y emitió un gruñido en el cuello de la rubia.

Después de algunos segundos, Regina, con un golpe de cadera, puso a Emma bajo suyo, recobrando de nuevo el control de la situación y se puso a besarla, después mordisqueó su hombro, mientras que las uñas de la rubia se hundían en la espalda de la Reina.

Cuanto más hundía Emma sus uñas, más Regina le mordía el cuello, haciendo aparecer un chupetón que a la rubia le costaría esconder.

Sin esperar, Regina hundió sus dos dedos en la intimidad de la rubia, sin miramientos.

«Sí, eso es princesa, estás lista para mí. Córrete para mí…»

Sus movimientos de penetración se hacían cada vez más rápidos, Emma gemía de placer, mientras que Regina unas veces mordía el hombro, otras el cuello de la rubia. Cuando rozó el clítoris de la sheriff, Regina a la vez mordía el lóbulo de la oreja, lo que hizo que Emma se dejara ir y se corriera de una forma como nunca antes.

Tres orgasmos más tarde, y casi sin respiración, las dos mujeres acabaron abrazados, con sus espaldas doloridas por sus embates bestiales.

Nunca hasta ese momento habían tenido ese tipo de relación íntima. Sin embargo, Emma lo había adorado aunque tendría que ocultar el enorme chupetón que tenía en el cuello y en el pecho derecho.

Regina, por su parte, arbolaba una sonrisa satisfecha y maquiavélica, una sombra violeta atravesó sus pupilas marrones. Había calmado su sed, al menos por esa noche. Esto era diferente de la relación apasionada y tierna que ellas tenían habitualmente, la noche se había desmadrado.

Y ella prefería cuando todo se desmadraba. Oh, sí, ella amaba eso…