Sol rojo

La berlina negra se paró en la entrada, al lado de los otros coches.

«Ahí está mamá» exclamó Henry, colocando la cortina en su lugar.

Regina atravesó la puerta algunos segundos más tarde. Inmersa en sus pensamientos, no fue sacada de ellos sino por el alboroto que salía del salón. Dejó sus cosas en su despacho y fue a saludar a todo el mundo.

«Hey, buenos días» deslizó Emma besándola.

Regina vio que su compañera tenía las mejillas rojas, signo de que el aperitivo había comenzado ya hace un tiempo. Pero sobre todo porque estaba excitada desde la llamada de teléfono que la morena le hizo por la tarde. Ella esperaba su vuelta con impaciencia desde hace horas.

Pero contra todo pronóstico, Regina no se detuvo mucho en ella, no le hizo ninguna caricia discreta ni ningún guiño. Ligeramente decepcionada, Emma volvió a sentarse a la mesa, mirando cómo su compañera saludaba a cada uno de los invitados.

Regina besó a su hijo y a su futura nuera, después a David y a Snow, y finalmente a Belle y Rumple.

«Tienes mala, querida» le dijo este último con tono burlón

«Día difícil» resopló Regina con una sonrisa forzada «¿Brann no está?»

«Está jugando a las cartas con Lea» respondió Belle sonriendo «Cuando se trata de hacer tonterías, ellos se entienden bien» añadió ella mirando a Snow.

«Sí, por ese lado no hay ningún problema» respondió la pequeña morena tendiendo el brazo para alcanzar el bol de cacahuetes «Son bastante insoportables en clase, tu hijo sabe cómo encandilar a Lea para que haga todo lo que él desee»

«¡A quién habrá salido!» dijo amablemente Emma mirando a Rumple.

La reflexión hizo sonreír al hombre sentado al extremo de la mesa.

«¡No es mi culpa si el encanto y las prestancia son parte de nuestros genes!»

«Estoy de acuerdo» añadió Henry hinchando el pecho.

«¿Y la modestia de quién la tienes?» pregunta Grace frunciendo el ceño

«Eso viene de mi madre» respondió él riendo, apoyando su mano sobre la de Emma.

«Bien, dado que nadie ha sacado nada de mí, voy a ir a cambiarme»

Regina dio la vuelta y subió rápidamente las escaleras.

Todos los invitados se giraron hacia Emma, totalmente asombrados, sin comprender la reacción de la morena.

«Yo no quería…en fin, yo no he…» Henry buscaba las palabras, avergonzado de haber podido herir a su madre.

Emma sacudió la cabeza mirando a su hijo.

«No te preocupes, no es tu culpa. Ha debido tener un mal día»

Levantándose de la mesa, se dirigió a Henry señalando las copas con el dedo.

«Vuelve a servir a todo el mundo, voy a ver qué le pasa»

Emma subió rápidamente a la planta de arriba, encontrándose a su compañera sentada en la cama, con la cabeza entre las manos. Sentándose a su lado, le acarició dulcemente la espalda de la morena.

«¿Algo val mal Gina? ¿Qué te pasa?»

Las imágenes desfilaban por la mente de la antigua reina. Su mente estaba ida, repasando sin cesar los acontecimientos del día, desde el despertar hasta la…desaparición de Anastasia.

No lograba saber si todo lo que había pasado había sido un sueño o no, un mal sueño, o si realmente había matado a la joven. Ante ese pensamiento, un gusto amargo le ascendió a la boca. Levantando la cabeza, posó su mirada en su compañera, y de repente el recuerdo del placer malsano que había sentido al destruir a su secretaria le provocó nauseas.

Emma no tuvo tiempo de comprender lo que pasaba, cruzó furtivamente la mirada de Regina que corrió hacia el cuarto de baño, dando lugar a ruidos poco halagüeños. La rubia se acercó dulcemente a su novia, sentada en el suelo al lado de la taza del wáter.

«¿Estás enferma?» susurró ella «Voy a despedir a nuestros invitados, volverán otro día, tú vas a acostarte»

Regina puso su mano en la brazo de su compañera

«No, deja, no es nada. He digerido mal lo que he comido este mediodía. Estoy algo cansada, nada preocupante. Vuelve con los otros, yo voy en unos minutos, ¿ok?»

Emma respondió con una sonrisa. Estaba inquieta por su compañera, pero sabía que ella no quería desperdiciar una ocasión para comer con su hijo.

«Ok, cariño»

Ella besó a la morena sobre al frente.

«Tómate tu tiempo, únete a nosotros cuando te sientas mejor» añadió Emma mirando tiernamente a su pequeña morena. Cerró la puerta del baño y bajó a tranquilizar a los invitados.

Regina cerró los ojos y comenzó a sollozar. De repente, su broche se puso a vibrar con un sordo golpeteo. Las lágrimas dejaron de brotar y una sonrisa apareció en su rostro…

Los invitados habían retomado su conversación cuando Emma les hubo explicado que Regina estaba un poco enferma y que esos cambios de humor había que achacarlos a la fatiga. Ella puso la mesa, calentó la cena y cuando volvió al salón, Regina estabas sentada junto al resto de la familia.

Emma era escéptica en relación a esa repentina enfermedad, pero guardó sus pensamientos para ella, no queriendo herir a su novia y arriesgarse a estropear una velada en familia que se anunciaba agradable.

La comida se desarrolló en un buen ambiente, los temas de conversación y risas se encadenaron, hasta que Belle preguntó a Regina cómo iba la colaboración con su nueva secretaria. Sin pestañear, Regina miró a la joven a los ojos

«No iba muy mal hasta hoy» respondió ella mientras cogía su copa de vino «Ha dimitido esta tarde»

Todas las miradas se posaron en la alcaldesa.

«¿Ah? ¿Por qué se ha marchado?» preguntó Emma, bastante sorprendida «Las cosas parecían arreglarse entre ustedes, Ruby me dijo que habías pasado esta mañana para comprar algo para ir a desayunar juntas»

«Sí, es lo que hice»

Regina bebió un trago, después se secó delicadamente los labios.

«Desayunamos juntas, después hablamos durante bastante tiempo. Me explicó que echaba de menos a su familia, que no se sentía muy a gusto en Storybrooke y que deseaba marcharse, pero no podía porque no tenía dinero»

«Oh» dijo Emma «y ¿entonces?»

Regina sintió cómo las lágrimas querían hacer acto de aparición, y en su cabeza apreció un flash, ella se vio deslizar su mano por el escote de la joven rubia. De repente su broche comenzó a latir, arrancando cualquier pensamiento nocivo de su alma.

«Se marchó. Le prometí que la ayudaría en lo que pudiera, entonces la despedí para que tuviera derecho a una indemnización, y le propuse pagarle el taxi para regresar a Boston» Regina puso su más bella sonrisa «A esta hora debe estar llegando»

Emma puso su mano sobre la de Regina, hundiendo su mirada en los ojos marrones de su novia. A pesar de todos estos años, ella estaba emocionada ante la amabilidad de su reina adorada. Regina desvió la mirada, no soportando mentir de esa manera a la que compartía su vida.

«Sí, después de todo no es tan sorprendente» añadió Snow encogiéndose de hombros «Anastasia es una chica amable, pero muy tímida, ha tenido que costarle adaptarse. Ya fue muy amable por tu parte haberla contratado, y aún más haberla ayudado a marcharse» dijo ella sonriéndole a Regina.

La morena sintió su corazón encogerse. Sus pensamientos eran borrosos, flashes iban y venían, viendo a la joven rubia cayendo en la mesa, marcharse, después morir en un charco escarlata. Cuando más le subía la sangre a la cabeza, más se intensificaba la migraña…y más los latidos del broche se amplificaban para contrarrestar esa culpabilidad naciente.

«Solo tienes que buscar una sustituta» añadió Belle, interrumpiendo a Regina en su lucha interior.

«Sí, supongo» respondió tímidamente la alcaldesa, con una sonrisa cansada.

Snow, por su parte, tenía una expresión pensativa

«Yo no sé si va a ser algo tan fácil. No es un trabajo fácil, hay que conocer el pueblo y sus habitantes y sobre todo, hay que tener ganas de trabajar con la ev…»

Snow se detuvo inmediatamente. Como todas las personas presentes, había dejado de respirar al ver los platos como flotaban a treinta centímetros de la mesa

Regina se levantó súbitamente, mirando a Snow con ojos feroces

«¡Yo…no…soy…la Evil Queen!»

La loza voló por toda la estancia, rompiéndose contra las paredes, chocando contra los sillones y los muebles. Los invitados se cubrieron la cabeza con las manos, David y Rumple protegiendo a sus mujeres.

Cuando el estrépito se calmó, los ojos se posaron en la silla de Regina. Ella había desaparecido sin ninguna explicación, solo un ligero vapor violeta permanecía en la sala.

Aún en shock, Snow miraba a su hija, los ojos como platos, la respiración entrecortada

«Yo…yo solo quería decir que había que tener ganas de trabajar con la evidencia de ser siempre comparada con la salvadora de nuestro mundo, la alcaldesa de Storybrooke» dijo ella moviendo la cabeza «Era un cumplido…»

Emma se quedó sentada un momento, totalmente bajo el shock de lo que acababa de ocurrir. Nunca, desde el regreso de Neverland, su compañera había reaccionado de manera tan brutal.

La comida se acabó en esa velada movida, los invitados ayudaron a Emma a recoger la mesa y ordenar el salón, después cada uno volvió a su casa.

Henry y Grace subieron a acostarse sin una palabra, aún atónitos ante lo que había sucedido.

La sheriff se sirvió un whisky y se sentó en el sofá, decidida a esperar el regreso de su compañera para hablar con ella. Con la mirada hundida en el líquido ambarino, ella intentó imaginar todas las razones posibles que habían podido conducir a tal cambio en su compañera. Desgraciadamente ninguna le parecía plausible.

Regina estaba plantada en frente de Granny's. Sin razón válida había estallado delante de toda su familia y se había transportado por azar, sin saber realmente a dónde ir.

Quizás inconscientemente quería volver al único lugar donde había sentido felicidad ese asqueroso día. De pie frente a la puerta, ella observaba a Ruby limpiando las mesas moviendo la cabeza al ritmo de la música que sonaba en la estancia.

Regina puso su mano en la manilla de la puerta, después se quedó quieta…los latidos del corazón del broche se habían parado, había recobrado el control de su mente y quería hablar con una amiga que no la juzgara…en fin, eso esperaba. Con paso seguro, abrió la puerta y se acercó a Ruby.

Emma daba vueltas por el pueblo desde hacer tres horas al volante de su coche oficial. Había esperado a Regina durante más de una hora y cuanto más el tiempo pasaba, más el miedo se apoderaba de ella. Al no querer arriesgarse a vaciar la botella de whisky, decidió entonces salir a la búsqueda de su novia, esperando encontrarla tranquila en la playa, o en su despacho en el ayuntamiento. Pero hasta ese momento sus búsquedas habían sido en vano…

La ducha se puso a correr, haciendo caer su agua caliente sobre el cuerpo de la morena pegada a la pared, las piernas encogidas. Con los ojos cerrados, lloraba una vez más, golpeándose las sienes con la mano abierta. Muy rápidamente el agua que se escapaba por el desagüe tomó un tinte rojizo, después claramente se convirtió en rojo escarlata. Después de algunos minutos, Regina tendió las manos para ponerlas debajo del chorro y las frotó una con la otra para limpiar la sangre seca que le ensuciaba los dedos, las muñecas y los codos. Hizo lo mismo con la sangre sobre su rostro, con los ojos en el vacío.

En su cabeza se sucedían los flashes, una serie de imágenes sin pie ni cabeza, sin significación particular. Todo lo que veía, era sangre, sangre y sangre, por todos lados. No escuchaba más que gritos de agonía, gritos a la vez humanos y animales.

Cuando la temperatura del agua comenzó a enfriarse, señal de que le termo llegaba a su límite, Regina se levantó y salió de forma mecánica del baño sin ni siquiera secarse. Se puso su camisón dispuesto en la cama, y se deslizó bajo las sábanas, sin darse cuenta de que Emma no estaba allí. Cerró los ojos, esperando borrar esas visiones de horror que rodaban por su cabeza, y sintió que el sueño se la llevaba. De repente, se despertó de un salto, como si le faltara algo. ¿Qué le faltaba? No sabría decirlo con seguridad.

Regina se dirigió al cuarto de baño, hurgó entre el amasijo de ropa que yacía en el suelo. Sus manos temblaban, más buscaba febrilmente, más su respiración se volvía irregular, como un drogadicto que no se hubiera tomado sus dosis desde hace algunas horas. Después su mano se posó sobre el objeto tan deseado. Como una yonki, dejó de respirar, dándose prisa por trabar el broche a la asilla del camisón.

Ella esperó, como en apnea, y de repente, la joya se puso a vibrar, dejando resonar en su espíritu un latido sordo, como un corazón recobrando vida. La morena dejo escapar un suspiro y recobró el aliento, su respiración recobraba su ritmo regular.

Aliviada, volvió a acurrucarse entre las sábanas, y con la cabeza apoyada en su almohada, miró por la ventana y vio el alma despuntar apaciblemente sobre su nariz. Algunos segundos más tarde, dormía profundamente, sosegada por el ritmo de los latidos del corazón que no era el suyo.

Emma regresó casi amaneciendo, llena de miedo y en cólera contra ella misma por no haber logrado encontrar a su compañera. Decidió subir a tomar una ducha antes de reprender la búsqueda. Al entrar al cuarto, vio a Regina durmiendo en la cama. La rubia se acercó despacio, a la vez aliviada y llena de rabia. Se había pasado la noche preocupándose mientras que la morena dormía en paz.

Se puso de rodillas, besó a Regina en la frente, acariciándole dulcemente la mejilla. Entonces, vio el broche, trabado sobre el corazón de Regina y sonrió enternecida. Incluso para dormir, la bella morena necesitaba tener su regalo cerca de ella. Su cólera ya había desaparecido totalmente, y Emma depositó sus labios sobre la frente de su compañera.

«Te amo…Pero pronto tendremos una charla…»

La rubia se alejó despacio y bajó a hacerse un café. Lo iba a necesitar, el día iba a ser largo…pero eso, ella aún no lo sabía.

Regina abrió los ojos, y mirando hacia el techo, las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas.

Como todas las mañanas, Leroy dejó su apartamento y se dirigió hacia Granny's para tomar su desayuno. Se detuvo durante el camino para comprar el periódico en un puesto que estaba a mitad de trayecto y comenzó a leerlo, sin desviar la mirada del artículo, incluso cuando abrió la puerta del restaurante.

A penas la campana sonó, sin comprender que había pasado, el enano se encontró de espaldas, chocando su cabeza violentamente contra el suelo. Después de algunos segundos de sorpresa y de dolor, puso sus manos en el suelo para ayudarse a levantar y sintió un líquido frío y pegajoso deslizarse por sus dedos. Enderezándose despacio, miró sus manos, cubiertas de un líquido rojo escarlata. Después su respiración se detuvo…el restaurante estaba cubierto de sangre, del suelo al techo. Un brazo arrancado yacía algunos metros más lejos. En pánico, Leroy se agarró a la mesa más cercana para ayudarse a levantarse, los pies resbalaban en la sangre que se extendía por el suelo. Una visión espeluznante se ofrecía ante él. Entrañas yacían aquí y allá, que hacían un camino macabro hasta el cuerpo de una mujer morena, apoyada, en una posición imposible, contra la pared.

El enano no pudo evitar salir corriendo hacia fuera al sentir cómo las náuseas se apoderaron de él violentamente…