Nieve escarlata
«¿Emma está contigo? No os he escuchado entrar»
La princesa se hunde un poco más en la espuma para esconder su desnudez.
«No, estoy sola…¡tal placer no se comparte!»
«¿Placer? ¿Qué placer?» preguntó Snow, sin comprender una palabra de lo que quería decir Regina.
«¡La sorpresa de encontrarte aquí, desnuda en tu cuarto de baño, completamente a mi merced!»
Regina avanzó despacio, contoneando las caderas, los ojos brillantes.
«¿Qué? ¿Qué…qué estás diciendo Regina?»
La morena se arrodillo al borde de la bañera, devorando con los ojos el cuerpo de la princesa, que se metía aún más en el agua. Regina rozó el hombro de Snow con su dedo, bajando por el brazo, y después volviendo a subir dulcemente hasta acariciar el omoplato de la princesa.
«Regina, pero, ¿qué estás haciendo?» preguntó la joven, los ojos abiertos de par en par, inmersa en la incomprensión absoluta.
«Disfruto estos instantes…nunca más se volverán a producir»
«Eso te lo aseguro» se indignó Snow levantándose, sin intentar ocultar su cuerpo desnudo «quizás seas lesbiana, querida, pero te recuerdo que yo no lo soy, y sobre todo ¡eres la novia de mi hija!»
Regina se levantó riéndose
«¿Acaso imaginas que tú me interesas?»
La reina no puedo evitar estallar en una carcajada, una risa fría y llena de odio que hizo estremecerse a Snow. La princesa salió de la bañera, alargando el brazo para coger algo para cubrirse, pero se encontró inmovilizada, sin poder esbozar el menor movimiento.
«¿Regina? Pero…
La reina caída se acercó, deteniendo su rostro a pocos centímetros del de su hijastra.
«Mi querida pequeña Snow…no te imaginas hasta qué punto he esperado este momento…»
Acarició dulcemente el hombro de la joven, bloqueada en una posición bastante humillante. Su mano descendió dulcemente hasta el pecho izquierdo, apartándole la espuma que la cubría, acariciándola. Snow temblaba, tanto de frío como de miedo.
«Regina, no entiendo, ¿qué ocurre? ¿Por qué te comportas de esta manera? Soy tu amiga, si necesitas hablar, puedes hacerlo sin tener que recurrir a esta…violencia»
La reina posó su mano abierta sobre el corazón de la princesa, y levantando la cabeza despacio, hundió sus ojos en los de la joven. Snow no pudo contener un grito de terror al ver los dos ojos violetas que la miraban, sondeando lo recóndito de su alma.
«Hablo de matar, querida. ¡De arrancarte el corazón como tú arrancaste el de Daniel!»
Snow creyó estar en una pesadilla. No era posible que estuviera teniendo esa conversación con Regina después de todo el tiempo que había transcurrido, las batallas llevadas a cabo juntas, codo con codo, todas esas comidas en familia, el noviazgo con su propia hija…no, esto no podía ser real.
«Yo…Regina, yo no maté a Daniel, lo sabes. Pensaba que después de todo este tiempo habías logrado perdonarme…yo…»
«¿Perdonarte?» gritó la alcaldesa llena de rabia «¿Perdonarte? Mi pobre pequeña idiota, yo nunca te he perdonado. Solo estaba esperando mi hora, y esta ha llegado. Sin Charming para salvarte, ni hadas, ni hija, nada…solo tú y yo…»
La reina hundió sus uñas en el pecho de la princesa, que gesticuló de dolor.
«Pero…¿no vas a hacerme creer que tu relación con Emma es una mentira? Incluso tú no habrías hecho todo eso solo por venganza»
Regina sonrió dulcemente
«No, por supuesto que no, mi amor por tu hija es real. Nunca he estado tan enamorada de alguien, incluso con Daniel no fue algo tan fuerte…» ella le guiñó un ojo a la princesa «el Amor Verdadero con seguridad. Pero, a pesar de todo, nunca, nunca olvidé lo que me habías hecho. Y aunque he disfrutado mucho matando a tu amiga la loba, creo que nunca podré saborear tanto una muerte como la que me dispongo a ofrecerte»
Snow tuvo la impresión de estar cayendo por un precipicio
«¿Ru…Ruby? ¿Fuiste tú?»
Ella no pudo contener sus lágrimas. La cólera, la incomprensión, la tristeza…esas lágrimas traducían todas esas emociones que la traspasaban, sin olvidar el miedo.
¿Miedo? Snow intentaba recobrar la calma. Era la princesa, incluso la reina del Reino, había luchado contra monstruos, hombres, brujos. No iba a dejarse ganar sin luchar, no contra esta mujer con la que había convivido tantos años…
«Y ahora, vas a matarme, ¿es eso?»
Regina sonrió una vez más, una halo maléfico brillando en sus ojos violetas.
«Ohhh, sí, querida, y voy a sentir un placer inmenso al hacerlo»
Sin esperar, la reina hundió su mano en el pecho desnudo de la joven. Bajo la impresión, la princesa dejó de respirar, sintiendo un calor inmenso en el centro de su pecho, después un dolor fulgurante cuando Regina estrechó despacio su latiente corazón.
«Hay dos maneras de sacar un corazón de un pecho» susurró dulcemente la reina, inclinando la cabeza hacia un lado, sus ojos aún clavados en los de su víctima.
Snow respiraba cada vez con más dificultad, los temblores de su cuerpo se amplificaban.
«El método mágico, que conoces bien, que consiste en cristalizar el corazón y sacarlo con un golpe seco, sin demasiado dolor. El fin último es poder conservar el corazón para controlar a la víctima»
La mano de Regina se estrechó aún más sobre el corazón de Snow, tirando de él dulcemente.
«Y después está el método mucho más…brutal…más agresivo…más…»
La reina acercó su rostro al de Snow, posando sus labios en las mejillas húmedas. Con un gesto tierno, casi maternal, depositó un ligero beso en la mejilla de su víctima, que comprendió que su último aliento había llegado.
Snow cerró los ojos, dibujando una imagen mental de su familia, de sus dos hijas y su marido reunidos a su alrededor.
«¡más doloroso!»
Regina retiró despacio la mano del pecho de Snow, saboreando cada sollozo, cada segundo de dolor que esa tortura le estaba haciendo vivir a la joven.
Los gritos de dolor de la princesa fueron amortiguados por las risas de alegría de la reina, que arrancó con un golpe seco el corazón, aún latiendo, del cuerpo de la joven, provocando con ello un gran chorro de sangre que cubrió la mitad del cuarto de baño.
Al observar cómo el corazón latía cada vez más despacio en el hueco de su mano, Regina exultaba. En su interior, una alegría inmensa calentaba todo su ser. Después de todos esos años, saboreaba su venganza, finalmente…
Girando la cabeza hacia Snow que expiraba su último aliento en un grito mudo, la reina le acarició la mejilla, y con un gesto desenfadado tiró el corazón de la morena a la bañera.
Sin una mirada para la víctima, Regina salió del cuarto de baño, viendo de reojo el cuerpo de Snow caer al suelo, teñido de rojo.
Dirigiéndose a la puerta de la entrada, la reina se detuvo ante el ruido de una puerta que se abría despacio.
¿Tía Gina?»
Regina giró la cabeza lentamente, sonriendo a la pequeña niña rubia que se encontraba delante de ella.
Emma había ido a buscar a su padre a la comisaria para explicarle en detalle todo lo que había pasado desde el descubrimiento del hechizo que pesaba en Regina. En un principio estaba sentado en una esquina de la mesa, pero el príncipe se sentó rápidamente en la silla, el peso de las revelaciones de su hija le destrozaban casa vez más. El broche, el hechizo, la muerte de Anastasia y de Ruby, Jafar, el arma blanca para matar a Regina…todo corría a una velocidad endiablada en su cabeza. Con ella entre las manos, se esforzaba en calmar su mente.
«Emma…es…es…»
La joven se colocó de rodillas al lado de su padre, tomando sus manos entre las suyas.
«No sé…no sé si quiera qué decir…qué hacer…»
Con lágrimas en los ojos, miró a su padre, en una llamada de socorro silencioso. Ella era fuerte, pero en ese momento necesitaba que otro tomara las riendas. El príncipe lo comprendió y armándose de valor, se levantó y estrechó a su hija contra su pecho.
«Tenemos que tomar una decisión, Emma…no sé todavía cuál, pero…hay que prever todas las posibilidades»
La joven asintió con un movimiento de cabeza, quedándose en el hueco de los brazos de su padre.
De repente el sonido de su teléfono se escuchó. Metiendo la mano en su bolsillo, sacó el aparato temblando.
«Es…es un SMS de Regina»
David puso su mano en el brazo de su hija
«Ábrelo»
Emma inspiró profundamente y abrió el mensaje de su compañera, leyéndolo en voz alta.
«Todo ha terminado»
El príncipe miraba el rostro de su hija, intentando descifrar cualquier emoción que pudiera ayudarlo a comprender lo que quería decir el mensaje.
«Yo…no entiendo…¿qué…?»
El teléfono se estrelló en el suelo, el ruido al estrellarse cubría los sollozos que dejaba salir Emma.
David tomó las manos de su hija y la atrajo dulcemente a él, intentando captar su mirada. Poniendo su mano en su mejilla, tomo su mentón con los dedos.
«¿Emma? Emma, cariño, ¿qué pasa? ¿Qué ha querido decir?»
Presa de temblores, la rubia lloraba cerrando los ojos.
«Mamá…»
Jamás los habitantes de Storybrooke habían visto el coche de la sheriff correr tan rápido. Con las sirenas puestas, Emma y David se dirigieron a la gran casa al lado del lago, en la que se habían instalado la familia Charming años antes.
La sheriff y su adjunto saltaron fuera del coche sin tomarse la molestia de apagar el contacto, entrando en la casa gritando el nombre de Snow. Emma se paró al escuchar ruido proveniente de la habitación de su hermana. Corrió hasta la puerta, la encontró cerrada por dentro. Sin pensar, David la abrió de un golpe de hombro.
«Heyyy, ¿estáis locos o qué?»
Emma se quedó parada al ver a su pequeña hermana tranquilamente sentada en su sillón, mirando unos dibujos animados en su pequeño televisor rosa.
«Cariño, ¿todo va bien?» preguntó David arrodillándose ante la pequeña, abrazándola a él.
«Sí, papá, estoy viendo Blancanieves en la tele»
Emma no pudo evitar poner mala cara.
«Ha sido tía Gina quien me ha puesto el dvd» añadió ella con una gran sonrisa.
La sangre de Emma se heló
«¡Me he portado muy bien, he dejado que mamá tome su baño tranquilamente!»
David giró rápidamente la cabeza para mirar a Emma, apuntando a la pequeña con el dedo
«Quédate aquí. ¡Sobre todo no te muevas!»
Emma giró la cabeza dulcemente, tenía la impresión de que su cuerpo y su cerebro ya no se comunicaban.
«¿Emma? Emma, mírame, no te muevas, ¿me escuchas?»
Su hija asintió ligeramente, el príncipe se precipitó hacia el cuarto de baño.
David y Emma estaban parados ante la puerta del ayuntamiento.
Después del descubrimiento del cuerpo de Snow, David se quedó largos minutos estrechando a su mujer contra él. Emma solo se había unido a ellos más tarde, cuando se aseguró de que Lea estaba durmiendo en el cuarto de sus padres. Se quedaron dos largas horas en la estancia que había recogido el último aliento de Snow White, llorando la desaparición de una heroína, de una esposa…de una madre.
Después de haber limpiado el cuerpo de la princesa, la envolvieron en una sábana y la acostaron en la habitación de invitados, que cerraron con llave. David no quería llamar al hospital antes de haber acabado.
Después de haber dejado a Lea con Belle, pidiéndole que se quedara con ella esa noche sin dar más explicaciones, Emma y su padre habían llegado al acuerdo de lo que había que hacer.
El príncipe buscó su espada de empuñadura de oro, y la limpió concienzudamente, como para vaciar la cabeza, poner la mente en blanco para cumplir la tarea que le incumbía. Emma se quedó de pie, observándole, incapaz de hacer el menor movimiento. Los minutos pasaron, y una vez la espada lista, se la tendió a su hija. Sin decir una palabra, se dirigieron al ayuntamiento caminando. Emma estaba segura de que su novia la esperaría en su despacho, el lugar donde esta tragedia había comenzado.
Subieron las escaleras, silenciosamente, hasta llegar ante la gran puerta negra que cerraba el despacho de la alcaldesa. Con un suspiro, Emma empujo la pesada puerta, y fue presa de un sollozo al ver a Regina sentada en su escritorio, las manos apoyadas en su barbilla, esperando su llegada.
David no puedo evitar sentir una ola de cólera apoderarse de él y se precipitó hacia delante, pero su hija lo bloqueó con un brazo. Habían convenido que era ella la que tenía que actuar, y ella lo haría.
Caminando despacio por la gran estancia, Emma se acercó a su compañera, que se levantó de su silla, rodeó el escritorio para ir al encuentro de la rubia.
Cara a cara, a pocos centímetros la una de la otra, Emma hundió su mirada en la de la morena, y suspiró de desesperación al ver los dos ojos violetas mirarla sin pestañear.
Regina puso la palma de su mano en la mejilla del amor de su vida, sonriendo dulcemente. Ella sabía que la liberación estaba cercana y en un murmullo, agradeció a la rubia. Se quedaron largos minutos así, mirándose a los ojos. Después sabiendo que la hora había llegado, Regina posó sus labios en los de su novia.
«Te amo Emma…»
«Te amo Gina»
Este fic se acaba, el próximo capítulo es el epílogo. Sé que es una historia inquietante y fuera de lo común, pero esperan a leer el epílogo para matarme. Jajajajajaja.
