Epílogo
Emma abrió los ojos, miró el despertador y se dio la vuelta. Eran casi las 18:00 y solo las ganas de comer o de desayunar, ya no se acordaba verdaderamente, la podrían motivar a levantarse, y de momento no tenía hambre.
Hacía una semana que Regina, Snow y Ruby habían sido enterradas, una semana en la que Emma vivía encerrada en la mansión Mills, inmersa en la oscuridad, yendo de la cama al sofá y del sofá a la cama, rechazando toda visita, incluida la de su padre. La única persona a la que se permitía ver era Henry, pero la charla se limitaba a lo estrictamente necesario al estar el muchacho tan traumatizado como su madre.
En su cabeza, pasaban en bucle las imágenes de la muerte de su amada, la espada penetrando en su cuerpo, sus ojos cerrándose para siempre y Regina deslizándose suavemente hacia el suelo.
Siempre el efecto era el mismo. Primero una crisis de pánico, lágrimas, sollozos. Después cuando finalmente llegaba el cansancio, cuando las lágrimas ya no corrían más, la salvación llegaba de parte de la botella de whisky del mueble bar. Una vez la mente nublada por el alcohol, Emma podía descansar, al menos intentarlo, acostándose en la gran cama, en el lugar de la difunta reina.
A veces en sus sueños, le volvían las imágenes del entierro de Regina, de su madre, de Ruby… Con el acuerdo de David, Belle y Rumple, que estaban al corriente de los hechos, la muerte de Snow y Ruby había sido atribuida a un misterioso hombre de paso por el pueblo, que se había escapado después de haber hecho de Regina su tercera víctima. Retratos robots habían sido dibujados, las búsquedas se habían ampliado hasta Boston para encontrar a Jafar, sabiendo muy bien que nadie lograría ponerle la mano encima.
Los tres entierros habían tenido lugar a la vez, para homenajear a las víctimas que se habían ido muy pronto. El pueblo entero se había reunido alrededor de los tres féretros blancos con adornos dorados, colocando ramos de flores, cada uno llorando a la reina, a la princesa y a la joven loba. Emma, como muchos otros, no lo había podido soportar y se había desmayado durante la ceremonia. Su padre la había traído a su casa y fue la última vez que vio la luz del día.
Un deseo incesante la forzó a levantarse, no sin haberse demorado lo máximo posible con la cabeza apoyada en la almohada de Regina. Al salir de la habitación vacilante, la rubia resbaló y su codo golpeó el jarrón apoyado en la pared, enviándolo al suelo con un ruido demasiado ensordecedor para su cerebro ya embotado.
Presa de un acceso de cólera, Emma intentó golpear a un enemigo invisible con la mano abierta, haciendo estallar el tabique del fondo del pasillo. Sin parecer especialmente asombrada, dio una segunda bofetada virtual, que estrelló los muebles y los portarretratos contra la puerta del cuarto de baño.
Con una sonrisa satisfecha, se dio la vuelta y decidió utilizar el baño de la segunda habitación. Una vez en calma, la rubia se lavó las manos, evitándose mirarse en el espejo, queriendo evitar el espectáculo morboso de una joven que no había tomado una ducha desde hace tres días, los cabellos totalmente enredados y con seguridad decorada con ojeras bajo los ojos, dignos de un muerto viviente. Con un gesto torpe, dejó caer la toalla que intentaba coger y se golpeó la frente contra el lavabo.
«¡Mieerda!»
Al enderezarse bruscamente, la joven no pudo evitar ver brevemente su reflejo en el espejo…y se quedó parada.
«No…no…no chica, no es nada, has alucinado…aún estás borracha…no es nada…»
Emma puso sus manos sobre el lavabo, los ojos cerrados. Seguramente había visto mal…un reflejo, nada más…eso no podía ser verdad…
Temblando con un flan, la joven inspiró profundamente, levantó la cabeza y abrió los ojos, mirando fijamente al espejo. Al asombro, de repente lo siguió un grito de horror, que ahoga poniendo sus manos en la boca. Finalmente lo peor no era el estado de sus cabellos…sino el color de sus ojos.
Después de unos segundos de shock, Emma corrió a vestirse, abrió la caja fuerte y tomo el cofre que había guardado allí. Atravesó el pueblo a toda velocidad en su coche oficial, comiéndose las aceras, respetando apenas el código de circulación. Después de todo, ella era la sheriff, circular demasiado deprisa o demasiado alcoholizada no molestaría a nadie, era ella quien hacía la ley…El coche paró en seco, a pocos centímetros del escaparate, y Emma salió rápidamente con el cofre bajo el brazo.
La puerta de la tienda se abrió con un estrepitoso ruido, dejando aparecer a la sheriff nerviosa y titubeante.
«¡Rumpelsch…Rumpleulsti…Gooooold!»
El hombre salió de la trastienda, sorprendido de ver a la joven en ese estado.
«Emma, querida, ¿a qué debo…?»
«¡Tengo que …verte, y raaapido! ¡Rápido! Ohhh…ay, mierda!»
Rumpelstilskin la atrapó antes de que su cabeza se estrellara contra el mostrador.
«Emma, ¿pero qué te…? Oh, pero…¿estás borracha?»
«No, cállate, ¿qué importa? Escúchame, necesito hablar contigo, ¡es importante!»
Agarrándola por el brazo, el hombre la llevó hasta un taburete de la trastienda, asegurándose de que se quedara sentada tranquila, y no acabara con la mitad de la tienda.
«Espera, déjame hacer algo»
Poniéndole la mano sobre la frente, Rumple cerró los ojos y una ligera nube verde apareció en los extremos de sus dedos. Algunos segundos más tarde, Emma estaba de nuevo sobria.
«Mierda, es…práctico eso»
«En un caso como hoy sí» respondió el mago sonriendo «Emma, ¿qué te ha traído aquí en semejante estado?»
«¡Esto!» exclamó ella señalando su rostro a la altura de sus ojos.
Rumple no pudo evitar un ligero movimiento de retroceso. En lugar de los bellos ojos verdes que iluminaban el rostro de Emma normalmente, tenía en frente una mirada violeta, profunda y maléfica que él conocía muy bien.
«Emma, pero…desde cuándo tú…yo…qué…»
La vacilación y la incomprensión que vio aparecer en el rostro de la única persona que podía ayudarla, puso a Emma fuera de sí. Levantándose precipitadamente, envió de un golpe la silla hasta el otro extremo de la estancia, destrozando el estante sobre el que reposaban números objetos mágicos.
Rumpelstilskin se levantó, tendiendo las manos hacia Emma en un gesto amable, con el fin de calmar su acceso de cólera.
«Emma, cálmate, por favor…explícame lo que te ha sucedido»
La rubia dio unos pasos hacia atrás, mirando alrededor de ella, asustada al ver que había estallado.
«Mierda, Rumple, lo siento…no sé lo que tengo, me cuesta cada vez más controlarme, siempre estoy enfadada…y mira mis ojos…Dios mío, ¿qué ocurre?»
Su voz se hacía cada vez más aguda, el mago se acercó dulcemente a la joven para tomarla en sus brazos, intentando calmarla antes de que volviera a entrar en pánico y causara más destrozos.
«Shhhh…cálmate. Siéntate Emma» murmuró él suavemente, haciendo aparecer una silla con un gesto de la mano.
Dejando algunos minutos a la mujer para que se recobrase, el viejo hechicero le acariciaba la mano, mirando cómo sus ojos volvían a ser verde esmeralda.
«Yo…lo siento, no sé lo que pasa, me cuesta mucho controlarme. Estoy permanentemente enfadada…y…como has podido ver mis poderes salen a la superficie sin que me dé cuenta. Tienes que ayudarme…por favor»
«Voy a hacer todo lo que pueda, Emma» respondió el hombre moviendo dulcemente la cabeza. «Pienso que estás bajo el shock de la muerte de Regina y de tu madre. Eso ha hecho que tus poderes suban a la superficie sin que te des cuenta. Pero no me explico por qué tus ojos se vuelven violetas cuando tienes esos accesos de rabia…es…inquietante»
«¿Yo…me vuelvo como Regina?» preguntó la joven con un tono alarmado «¿Crees que es eso? ¿El hechizo también ha actuado sobre mí?»
«No, querida, no pienso eso. Ese sortilegio estaba hecho exclusivamente para Regina. Dudo que Jafar haya tenido los medios para hacer que el hechizo pueda transmitirse sin receptáculo»
El hechicero se llevó los dedos a su boca, mordisqueándose nerviosamente las uñas, su mente girando a una velocidad endiablada, intentando comprender lo que podía estar pasando, lo que podría explicar tal estado mágico.
Levantándose, comenzó a caminar de aquí para allá en la trastienda, rumiando para él mismo algunas hipótesis que le parecían cada una más inverosímil que la otra. Después su mirada se posó en el cofre que descansaba en el suelo, abierto en dos por el golpe de Emma, el broche maléfico yaciendo algunos metros más lejos.
El hombre se agachó despacio, recogiendo la cajita de madera, haciéndola girar en sus manos de manera mecánica, como un niño giraría un cubo de Rubbik para relajarse. De repente, su mirada se posó sobre el escorpión con la cola cortada que decoraba el fondo de la caja y emitió un grito de espanto. Emma nunca había visto al célebre hechicero tan asustado, ni cuando estuvo frente al terrible Peter Pan. Dejando la caja con un gesto de asco, Rumple retrocedió algunos metros, moviendo la cabeza murmurando
«No…no…no, no, no, es imposible…es totalmente imposible…¡es imposible!»
Emma se levantó con celeridad, acercándose al hombre, posando sus manos en sus hombros para calmarlo.
«Rumple, ¿qué ocurre? ¿Tú…tú has encontrado una explicación?»
Durante largos minutos, Emma no obtuvo contestación, el mago permanecía absorto, murmurando, golpeándose regularmente las sienes con la palma de la mano, dando vueltas por la estancia sin mirar a la joven, como si estuviera inmerso en un sueño…
De repente, recobró el sentido de la realidad y hundió su mirada en la de Emma.
«¡El Señor Oscuro!»
«¿Qué?» preguntó la joven frunciendo el ceño
«El hechizo…es el del Señor Oscuro»
Emma no comprendía lo que el hombre quería decir, comenzaba a pensar que había perdido la cabeza. Bueno…un poco más que de costumbre.
«¿Qué estás contando? No entiendo»
«Emma, ¿llevas tu daga contigo? Con la que apuñalaste a Regina»
De repente a la rubia se le paró el corazón. Guardaba con celo esa daga desde que había vuelto de Neverland, y aún más desde que había tenido que hundirla en el corazón de su novia.
No la había sacado de su forro desde ese día maldito, pero sin saber por qué, sentía la necesidad de mantenerla cerca de ella, como un morboso recuerdo, sin duda como recuerdo de la execrable acción que tuvo que llevar a cabo.
«Sí…yo la tengo…todavía…»
«Dámela, por favor» pidió suavemente el mago tendiendo la mano
Emma sacó la daga de su bota, haciéndola girar en su mano para dársela por el mago al viejo hechicero.
Rumpelstilskin posó su mirada sobre la afilada hoja y cerró los ojos, suspirando de dolor. Emma se acercó despacio, sin comprender lo que podía traumatizar al mago. Después su mirada se posó en la hoja y su respiración se detuvo. Sobre la daga estaban grabadas en letras negras las palabras "EMMA SWAN". De repente todo comenzó a dar vueltas, y las tinieblas la rodearon…
Cuando la joven se despertó, se encontró acostada en el sofá de la trastienda, rodeada de Belle y del hechicero, que mantenían una charla. Cuando vio que la rubia abría los ojos, Belle se lo indicó a Rumple que la ayudó a incorporarse.
«Emma…debo hablar contigo. Como has podido ver…tu nombre ha aparecido sobre la hoja de tu daga»
La joven asintió con la cabeza, aún bajo la impresión.
«El escorpión que está tallado en la caja del broche es el signo de la hermandad de los Morakrep»
Al ver que la joven estaba a punto de preguntar, el hechicero alargó el brazo.
«Déjame continuar Emma, voy a explicártelo…Como te decía, esa marca es la de una hermandad desde hace mucho tiempo extinguida, que vio sus mejores días hace miles de años, antes incluso de mi nacimiento. Estaba compuesta por los ochos magos más poderosos de los mundos conocidos, en la época en que viajar entre ellos era muchos más fácil que ahora. Un día, para hacer frente a una amenaza, de la que desconozco su origen, esa hermandad decidió llevar a cabo un hechizo que, una vez lanzado sobre uno de ellos, permitiría convertirlo en el brujo más poderoso jamás visto. Ese hechizo recurría a las fuerzas obscuras y desconocidas, que subyugaron a muchos brujos de la hermandad. Pero después de muchos, muchos esfuerzos, lograron crear al último mago…al que llamaron Señor Oscuro»
Emma se inclinó hacia delante despacio…no sabía a dónde quería ir a parar el hombre, pero presentía que no le iba a gustar precisamente.
«Ese brujo consiguió lo que se esperaba de él erradicando la amenaza que pesaba sobre ellos. Pero una vez todo acabado, se dieron cuenta de que, poco a poco, el Señor Oscuro se volvía agresivo, desenvuelto, independiente…y sobre todo incontrolable. El tiempo pasó, y el consejo decidió eliminar a ese último brujo. Y comprendieron que la única solución era atravesarle el corazón con un arma blanca…pero al hacer ese gesto, la persona que ponía fin a la vida del Señor Oscuro tomaba automáticamente su lugar. El arma se convertía entonces en el talismán del brujo, apareciendo su nombre grabado en la hoja. Como ya sabes, la persona que controla el cuchillo o la daga controla por igual al Señor Oscuro. El poder del Señor Oscuro pasó de brujo a brujo, atravesando épocas y mundos, hasta el día en que yo atravesé el corazón de aquel que era el Señor Oscuro, tomando yo su lugar. Hasta hoy siempre había pensado que solo podía haber un solo y único brujo negro…pero me equivocaba»
Las manos de Emma temblaban, su respiración era rápida y asustada.
«Tú…tú…tú quieres decir que ahora…yo…»
«Sí, Emma» el brujo puso su mano en la de la joven «te has convertido en mi igual»
«Pero, ¿cómo…cómo es posible? Tú mismo has dicho que ese hechizo estaba perdido desde hace miles de años»
«Pues bien, habrá que creer que nuestro amigo Jafar tenía un rencor mucho más profundo de lo que hubiera imaginado. Ha debido lograr echar mano sobre el hechizo y lo ha recreado, aprisionándolo en ese broche que tú le regalaste a Regina. Su meta no era solo matarla, sino hacerla sufrir, y que las personas que la amaran sufrieran también. Al matarla, no solo has cumplido su venganza, sino que has contribuido a hacer renacer un segundo ser maléfico en este mundo…»
«Pero…tú has conseguido controlarte, y conseguir que ese hechizo no…»
«Emma, yo no llegué a controlar nada durante siglos. Tú sabes muy bien cuánto mal he hecho, yo solo he matado a centenares de personas. Lo único que me impidió hundirme completamente en las sombras fue el hecho de saber qué le había ocurrido a mi hijo y saber que un día podría encontrarlo. Pero ese don de la profecía ya no lo tengo, Emma, soy incapaz de decirte si serás capaz de controlar tu poder, o si como Regina, sucumbirás a la magia»
«¿Quieres decir que…podría matar a la gente que amo? Preguntó la rubia sollozando.
«Es…desgraciadamente un hipótesis que hay que tener en cuenta»
Emma se hundió en la desesperación. Después de todo lo que había sufrido, el hechizo se cebaba un poco más en ella. Belle se acercó dulcemente a ella y la tomó en sus brazos, acunándola calmadamente. Con una mirada dulce, preguntó silenciosamente a su marido si no había, de verdad, nada que se pudiera hacer.
«No puedo de verdad hacer nada…lo siento…»
La noche cayó rápidamente sobre Storybrooke, hundiendo al pueblo en una espesa bruma que recordaba a Emma la obscuridad permanente que habitaba la casa en la que vivía. Aquí, en casa del brujo, había pequeños rayos de luz que se extendían por la estancia, a diferencia de la luz de vida que quedaba en su corazón y que se había apagado la tarde del anuncio de la maldición que la perseguía.
Belle y Rumple pensaban en la mesa, buscando un medio de poder ayudar a su amiga que había perdido tanto, pero ninguna solución les venía a la mente.
De repente Emma corrió hacia el salón como una locomotora lanzada a todo vapor.
«¡Rumple, lo he encontrado! ¡Ya sé cómo hacer!»
El brujo la miró, perplejo.
«¡Vas a mandarme al pasado!»
Creyendo que era una broma, Rumpelstilskin sonrió dulcemente…sonrisa que borró rápidamente al ver que la joven estaba hablando completamente en serio.
«¿Al pasado? A ver Emma…»
«¡Puedes hacerlo! ¡Ya lo has hecho! Envíame justo antes de que comprase el broche y así todo se resolverá. Yo me impediría comprar esa maldita joya a ese viejo cerdo y todo volverá a su orden»
Rumple pensaba a gran velocidad, pero movió la cabeza con expresión triste
«Emma, es imposible. El salto en el tiempo es irrealizable, incluso con magia»
«¡Mientes! Sé que ya lo has hecho, Regina me lo contó. Tú volviste atrás algunas horas para modificar un contrato que habías hecho con…con…ya no sé más, pero, me da igual, ¡puedes hacerlo!»
«Volví atrás unas dos horas para anular mi contrato con un ogro que quería recobrar su vida de antaño y encontrar a su familia, pero eso me costó mucho. Toda magia tiene un precio Emma, y lo que permite viajar en el tiempo cuesta mucho más…»
«¡Me da igual, estoy dispuesta a correr el riesgo!»
«Emma, volver hacia atrás más de dos semanas te puede costar la vida…o pero, tu humanidad»
«¿Y?» gritó la joven, sus ojos habían vuelto a ser violetas «¿qué crees que me puede hacer? ¡He perdido a mi alma gemela, he perdido a mi madre, he perdido a mi mejor amiga, mi hijo es un zombie, mi padre ya no cree en nada, mi hermana está destrozada y para coronarlo todo, me he convertido en un monstruo! ¿Crees realmente que morir me da miedo? ¿O que convertirme en un poco menos humana me molesta? ¡Si hay una posibilidad entre un millón de poder anular esta maldición, la aprovecharé!»
A medida que iba diciendo estas palabras, Emma se había ido acercando al brujo para, al final, encontrarse nariz con nariz con él, hundiendo su mirada en los ojos negros del hombre. Rumple retrocedió un paso, y buscó la aprobación de su mujer para saber si debía hacerlo o no.
Con los ojos llenos de lágrimas, Belle asintió
«Si yo estuviera en su lugar, también lo intentaría todo…»
Rumplestilskin suspiró, la expresión abatida, y desapareció de la sala, volviendo a aparecer algunos segundos más tarde, con el libro de hechizos entre las manos.
Preparó el lugar, trazando algunos signos cabalísticos por aquí y por allí, escribió en el libro la fecha a la que Emma quería llegar, después colocó a la sheriff delante de él.
«Emma, una vez el hechizo lanzado, te será imposible volver a atrás. No podré anularlo, ni hacerte volver. Te arriesgas a encontrarte en otra época, en otro mundo, o incluso…en la nada. Las fuerzas a las que debo recurrir pueden pulverizarte en segundos…o llevarte al lugar que deseas. No te puedo prometer absolutamente nada. ¿Estás segura de querer correr este riesgo?»
La joven respiró profundamente, el corazón latiendo desbocadamente. Dubitativa, cerró los ojos…y su en su mente apareció la más bella imagen que guardaba en su memoria: la noche en la que Regina le había pedido matrimonio, bajo el manzano que se erigía en el jardín. Esa visión le hinchió el corazón de alegría, de valor…y de tristeza. Volvió a abrir los ojos llenos de lágrimas y Rumple los vio recuperar el color esmeralda. Sin esperar la respuesta, él supo qué hacer.
Acercando el libro a su rostro, miró a la joven una última vez…y sopló sobre las páginas. Toda la estancia se envolvió en una nube de tinta, después diversos colores se mezclaron…y todo se volvió negro.
Emma se despertó en un cuarto oscuro, el martilleo en su cabeza le hacía creer que tenía una orquesta filarmónica tocando la quinta sinfonía en su cráneo.
Se levantó a duras penas, vacilante, bajo los últimos efectos del alcohol que había injerido la noche anterior. ¿Qué hora era? Ni idea, su teléfono no estaba sobre la mesa de noche. Avanzando a tientas, casi se resbaló por enésima vez con un calcetín que estaba por el suelo, si no se llega a agarrar a tiempo a la esquina de la cama.
Bajó los escalones uno a uno con la rapidez de un caracol corriendo una maratón, y llegó abajo algunos segundos después de haber escuchado la puerta de la entrada. Lanzando una ojeada por la ventana, vio a Henry que subía en su coche.
Desayunó algo rápido, tomó una ducha y decidió ir a trabajar, no podía dejar a su padre hacer todo el trabajo solo, solamente porque estuviera un poco borracha.
Al llegar a la comisaria, se sentó en su escritorio, dejándose caer en su silla, su cerebro embotado todavía le daba vueltas un poco. El periódico del día estaba sobre una pila de expedientes.
«¿Papáaaaaaa? ¿Papáaaa? ¿Estás ahí?»
Ninguna respuesta llegó. La joven decidió leer el periódico antes de meterse con el papeleo que tenía sobre la mesa, señal de una ausencia bastante larga, pero el teléfono se puso a sonar.
«¡Emma Swan!» respondió la mujer haciendo una mueca
«¿Emma? ¡Cariño, por fin, hace dos horas que intento localizarte! ¿Por qué no contestas al móvil?»
Ante la voz grave de su compañera, la joven sonrió como nunca lo había hecho.
«Lo siento, mi amor, creo que lo he perdido…no lo tenía conmigo»
«Ok…no es grave, me había preocupado…»
«Te amo, ¿lo sabes?» dijo la rubia
«Y yo también te amo, cabecita loca» le respondió Regina con un tono tierno «Deberías pensar en beber un poco menos, eso no te hace bien, lo sabes»
«Sí, lo sé…pondré más atención de aquí en adelante»
«Bien» asintió la morena al otro lado del teléfono «Te tengo que dejar, nos vemos al mediodía para comer, ¿de acuerdo?»
«Con gran placer…»
«Ah, Emma, ¿has visto lo que ha pasado?»
«Sí, cariño, estoy al corriente, tengo el periódico aquí mismo. Creo que David tiene que estar allí»
«Bien…hablaremos más tarde. Besos princesa»
«Besos mi reina»
El bip del teléfono reemplazó la voz suave de la bella morena.
Emma suspiró, el corazón ligero. El día se anunciaba magníficamente bien.
Con un gesto vivo, abrió las páginas del periódico, comenzando la lectura por el artículo que ocupaba la totalidad de la página doble
"Homicidio en Storybrooke, un hombre encontrado asesinado en su tienda"
Emma leyó el artículo en voz alta, con la sonrisa en los labios
«Hoy el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, de rasgos orientales, ha sido encontrado en su tienda. Según los primeros análisis, el hombre habría sido asesinado en la mañana de ayer, de dos balas en la cabeza…blablablá…la fiesta del Recuerdo no habrá sido un día de felicidad para este desconocido que habría elegido como domicilio Storybrooke algunos días antes…blablablá…para abrir una tienda de suvenires…blablablá…una investigación está abierta…blablablá…»
Sin tomarse la molestia de leer el resto, Emma tiró el periódico a la papelera y sacó su pistola de su cartuchera. Mientras canturreaba, abrió el cajón de su mesa, sacó una caja de balas y tomó dos, que metió en el tambor. Después, con el corazón henchido de esperanza y amor, se levantó, volvió a poner su pistola en su funda y cogió las llaves de su coche.
Ohh, sí…ese día se anunciaba magnífico…
FIN
