Capitulo Beteado Por Teresa Saravia Serrano,, Beta FFAD www Facebook com / groups / betasffaddiction
Bella POV
–¡Hola Edii! –De pronto se escuchó una chillona voz. Apareció de la nada una hermosa vampiresa de cabellos dorados, sus ojos de igual color, miraban a Edward con un brillo especial y sus rojos labios se extendieron en una sonrisa deslumbrante.
–¿No estás feliz de verme? –preguntó retóricamente, saltando a abrazarlo y extendiendo sus brazos alrededor de su cuerpo. No sé si fue la efusividad y confianza de la vampira al abrazar a Edward lo que me molestó o tal vez el hecho de que me dejó sin respiración y me apachurró contra ambos cuerpos. La cercanía entre ambos me molestaba de sobremanera.
Furiosa, traté de hacerle daño con mis pequeñas garritas, obviamente, no le pasó nada. Al ser vampira, su piel era tan perfecta como indestructible y una diminutas garritas como las mías no le iban a hacer ni el más mínimo daño. Edward alejó cuidadosamente a Tanya, como todo caballero que es y ésta, aunque insistió en su afectuoso abrazo, terminó por separarse de él dándose cuenta de mi presencia. Tanya frunció el ceño visiblemente confusa e irritante, para luego, pasar sus ojos del rostro de Edward a mí y de mi a su suéter grisáceo levemente rasgado. La vampira volvió su mirada a mí más molesta que antes y para cuando se preparó para hablar, Edward la interrumpió.
–Tanya te he dicho que no me llames Edii –habló Edward mostrando su desagrado ante el sobrenombre y apretándome un poco más a su pecho.
–¿No estás feliz de verme? –volvió a preguntar, ignorado su reclamo y volviendo su mirada a Edward. Nuevamente hizo un puchero parecido a los Alice, donde su labio inferior sobresalía y ponía los ojos de corderito degollado. Cuando Alice hacía aquellas caritas se veía tan condenadamente tierna y era algo tan natural en ella que era imposible negarle lo que sea que te estuviera pidiendo, pero con Tanya no ocurría lo mismo o por lo menos no conmigo. Lo más probable es que fuese porque estaba coqueteando con Edward o simplemente los celos afectaban mi lado sensato y tenía toda la razón al pensar que exageraba, sobresaliendo mucho su labio y pareciendo una completa estúpida allí parada con una mueca graciosa y extraña en el rostro. Edward soltó un largo, pero largo suspiro como si hubiese estado haciendo un gran esfuerzo físico. Tanya debía ser una persona muy ingenua o anti parabólica para no notar que a Edward parecía molestarle su presencia y mucho más tener que aguantarla.
–¿Qué haces acá? –preguntó Edward obstinado. Tanya hizo lo mejor que sabe hacer, ignorar el desagrado en la voz de él y responder como si nada. ¿Acaso no entendía que nadie la quería?
–Visitándote. Hace tiempo que no te veía y ya te extrañaba –agregó con esa voz exasperante que poseía, para luego poner su atención en mí– Pero veo que no estás tan solo, ¿qué es esa cosa? –agregó en parte confundida.
–Un gato –bufó Edward, pues su pregunta en sí era de lo más ridícula.
–¿Y qué haces con un gato? –insistió ella.
–Nada, sólo la cuido por unos días, mientras pasan las tormentas –se limitó a contestar encogiéndose de hombros.
Tanya no hizo más preguntas, ni Edward volvió a hablar, ambos siguieron el camino del pueblo a la cabaña. No tardamos mucho en atravesar el bosque, donde todo lo que se podía escuchar no era más que ruiditos de animales pequeños, pero además de eso nada más, pues un silencio tranquilizante y a la vez un tanto incómodo inundaba el ambiente.
Edward me tenía bien sujeta en sus brazos, dándome la paz que necesitaba, aunque una pequeña inquietud se fue incrustando en mí. Al pasar los segundos, ésta iba creciendo, ¿quién era aquella hermosa vampiresa de cabellos rubios? Lo único que sabía de ella era su nombre y, por supuesto, que estaba interesada en Edward, lo que hacía que me irritara más su presencia. Estaba celosa y no me costaba admitirlo, al igual que tampoco negaba mis sentimientos hacia él. Nunca lo había hecho ante nadie, ni siquiera tras su partida o cuando Fabián y Lexie empezaron a preguntar cómo sabía de la existencia de vampiros. A mis hermanos siempre les había dicho la verdad, sobre todo lo referente a los Cullen y Edward. Aunque al principio no había podido decirles nada más que "denme tiempo", después de varios meses aprendí a vivir con ello y pude contarles todo lo ocurrido sin necesidad de ocultar nada.
–¿Vives aquí? –preguntó Tanya espantada. Inmediatamente puse mi atención en ella y enseguida pasé a lo que señalaba y miraba con tanto horror. Una pequeña cabaña de madera abandonada y polvorienta, parecía no haber estado habitada en décadas y tampoco aseada. Al principio no entendí que miraba tan espantada, hasta que caí en cuenta de que aquella cabaña era el lugar donde Edward vivía. Tanya, que parecía haber pensado en quedarse con él, lo miraba más que horrorizada. Yo en cambio, observaba todo aquello divertida y con mucha satisfacción. Era la primera vez en años que podía decir que me sentía completamente bien, aunque resultara algo extraño si tomábamos en cuenta que ahora tenía el cuerpo de un gato.
–Sí –contestó Edward, al mismo tiempo que abría la puerta y entraba a la cabaña. Por dentro no se veía tan mal como pensaba, el suelo estaba un poco polvoriento pero podía pasar por decente, la habitación tenía un olor un tanto peculiar, las paredes estaban pintadas de un azul grisáceo, muy tétrico para mi gusto, y el único objeto que había en la habitación era una cama de madera bastante antigua, adornada de un edredón azul marino muy delgado. Todo estaba en orden, aunque claro, lo único que estaba en la habitación era una cama y una pila de libros y discos, pero por lo menos todo se veía ordenado… ¿A quién engañaba? Esto era un basurero, el aroma que desprendía este lugar era desperdicios, para nada agradable. ¿Por qué vivía aquí cuando podía pagarse fácilmente una casa? Observé a Edward confundida, no entendía su actuar, debía de estar feliz disfrutando de su existencia y no amargado y dolido por quien sabe qué. No me gustaba verlo así, deseaba su felicidad aunque ésta no fuese conmigo…
–¿Y cómo se supone que viva aquí? –preguntó Tanya entrando a la cabaña. Pegué un brinco sorprendida, me había olvidado completamente de su presencia.
–Tanya, este lugar es muy pequeño para dos personas, creo que será mejor que consigas un hotel. –contestó Edward sentándose en la antigua cama, dejándome a mí sobre sus piernas.
–Vale, me voy. Vendré mañana –habló con rabia contenida y echando chispas salió por la puerta. Francamente esa chica no soportaba el rechazo…
Edward POV
Tanya salió de la cabaña, furiosa. ¿Por qué no entendía de una maldita vez que no estaba interesado en ella? Se lo había dicho de una y mil formas posibles, pero se negaba a aceptarlo alegando que en un futuro muy cercano yo me daría cuenta de todo lo que ella valía. Siempre que decía aquello trataba de ignorarlo, pues si terminaba prestándole atención a sus palabras me sacaría de quicio y acabaría ofendiéndola, no actuando como el caballero que mi madre había criado. Bufando, terminé por tumbarme en la cama. Tanya era todo menos una dama.
Hundí el rostro en la almohada buscando serenidad y consuelo. Normalmente, los días para mí eran como horas y los años semanas, por lo que nunca le había dado importancia al pasar del tiempo. Pero de unos años para atrás hasta ahora, aquello había cambiado, comenzando a contar los días, las semanas, los años y meses que pasaba lejos de mi amor. Le eché una rápida mirada al reloj que Alice me había regalado años atrás y en cuanto lo vi lo supe y no porque mi mente reaccionase más rápido que la de un humano, si no porque tenía grabada en mi cabeza el día, la hora y su rostro inexpresivo con total claridad. Ocho años, dos meses, una semana, tres días, 16 horas, 20 minutos y 45 segundos que mi felicidad había acabado…
Sentí un suave roce en mi mejilla, seguida de varios ronroneos. De inmediato volteé encontrándome con unos grandes ojos chocolates. Ya me había olvidado de la presencia de la gatita, siempre era fácil olvidarse de las demás personas, al igual que perderse en la nada, sólo en tus recuerdos y sensaciones. Volví a sentir otro pequeño roce, esta vez un poco más arriba de la mejilla. Sonreí, una pequeña sonrisa triste se pintó en mi rostro pero, a diferencia de las demás, fue sincera.
–Se siente bien tener un poco de compañía –dije hablando más para mí mismo que para el animalito. De un rápido movimiento, el felino pasó de estar a un lado de mi pómulo a posarse sobre mi pecho, sintiendo así la calidez de su pequeño cuerpo; recordando lo que era sentir la presencia de un ser vivo. Inconscientemente alcé la mano, acariciando suavemente las diminutas orejitas de la minina. A ella pareció gustarle la caricia, pues soltó un suave ronroneo y se apoyó más en mí buscando, tal vez, el calor que yo no podía darle. Cerré los ojos e inhalé profundamente, inundándome de la fragancia a fresas y perdiéndome en mis recuerdos, en momentos felices. El único lugar donde podía dejar atrás el dolor, el mundo real…
Bella POV
Al Tanya irse, Edward sólo se tumbó a la cama y cerró los ojos como si desease dormir, algo que era más que imposible. Curiosa por la actitud de Edward, pegué un brinco llegando al borde de la cama. Ya me estaba acostumbrando a tener que caminar en cuatro patas, no sabía si aquello era bueno o malo, pero por lo menos sólo me había caído dos veces el día de hoy. Feliz por no haber terminado tantas veces en el suelo, me acerqué a Edward de un salto, viendo su rostro con total claridad. Su rostro no poseía serenidad y mucho menos tranquilidad, en lugar de eso reflejaba dolor, rabia y mucha tristeza. No me gustaba verlo así y quería ayudarlo de algún modo, pero no sabía que le causaba tanto pesar. Me acerqué más a él quedando en frente de su cara, viendo cada una de sus perfectas facciones. Quedé paralizada por unos segundos, deslumbrada, me gustaba observarlo. Siempre me había complacido aquello y lo había contemplado tantas veces que me sabía de memoria todas sus expresiones, rasgos, y ahora con mi visión mejorada podía contemplarlo mejor. Todavía sin abrir los ojos, noté como una pequeña arruga en la frente de Edward se hacía presente, ¿en qué estaría pensando? La verdad es que no tenía ni la menor idea, no lo había visto en ocho años, y las pocas horas en que lo había vuelto a ver no entendía ninguna de sus acciones y muchos menos la gran tristeza que cargaba y le devoraba vivo.
Actuando de un modo casi inconsciente e instintivo, acerqué mi cara a su rostro dándole una suave caricia en su mejilla, seguidamente, y sin poder evitarlo, solté varios ronroneos. "Maldición" solté molesta, al ver como Edward abría los ojos y sorprendido se giraba. Sus ojos se encontraron con los míos y reflejaron lo que ya yo sabía, tristeza, sólo eso había en el.
–Se siente bien tener un poco de compañía –dijo de pronto. Se sentía solo, ¿por eso estaba tan triste? No, que va, debía ser algo más. Pero ¿qué?
No entendiendo su dolor, me subí a su frío pecho; recordando toda aquellas noches en la que Edward había velado mis sueños. Edward alzó la mano y sus dedos acariciaron dulcemente detrás de las orejas, situándome, por primera vez en mucho tiempo, en casa. Escondí la cara en su torso y allí me quedé, recostada a su lado como muchas veces deseé hacerlo. Al poco rato todos los problemas y situaciones ocurridas el día de hoy me pasaron factura; el cansancio me dominó hasta el punto de que, a pocos minutos de haberme acomodado al lado de mi amado, caí inconsciente y me dejé llevar por los brazos de Morfeo.
…
La luz del día se filtró por la única ventana que poseía la cabaña, ésta me pegó de lleno la cara haciéndome despertar de mi dulce sueño. Por un momento, creí que al abrir los ojos me encontraría en mi habitación como un día cualquiera, y todo lo ocurrido no habría sido más que un sueño, pero no fue así, estaba en la misma cabaña en la que había dormido el día de ayer. No sabía si sentirme feliz o desilusionada al ver la mullida y polvorienta cama, el suelo terroso y las paredes azules. Por una parte, tendría que haberme sentido mal al ver que era un animal, perdida prácticamente en la nada. Por el otro lado, Edward, el amor de mi vida, estaba aquí conmigo. Toda esta situación lograba confundirme de gran manera.
Todavía un poco desorienta me levanté y me di cuenta de que Edward no estaba en la cabaña, se había ido. Rápidamente bajé de la cama y comencé a curiosear alrededor. A un lado de la cama, había varios libros ordenados en una pila, un álbum de fotos y varios discos, nada fuera de lo común. Intrigada avancé hacia el montón de libros y leí los títulos "Romeo y Julieta" era el primero, seguido de "Cumbres Borrascosas", "Orgullo y prejuicio", "La culpa es de la vaca" y otros más que no pude reconocer por deterioradas que estaban las portadas. A un lado de los libros, venían los discos. El primero lo reconocí de inmediato, era uno de los de Debussy que siempre ponía en el auto al llevarme al instituto. Avance rápidamente al montón de CD queriendo seguir husmeando entre sus cosas, pero al dar apenas unos pequeños pasos, me resbalé con mis propias patas y creo que con una hoja de papel. Mi torpeza nunca acabaría, ni siquiera ahora que era un gato podía caminar tranquilamente en una superficie plana sin caerme. Molesta conmigo misma, solté un bufido y con cuidado de no caerme, nuevamente me levanté sosteniéndome en mi cuatro patas, ahora adoloridas. ¿No se suponía que los gatos no se caían y cuando lo hacían, siempre era de pie? Me pregunté. Enseguida pude identificar el objeto con el que me había resbalado, una hoja de papel semi arrugada y doblada en dos partes. "Estúpida hoja" dije acercándome un poco a ella y viendo que no era una hoja de papel en blanco, como suponía, si no que estaba escrita, lo más probable es que fuese una carta…
"Querida Bella" Pude leer en la parte superior de la hoja. Reconocí aquella elegante escritura de inmediato, era una carta que había escrito él para mí y por alguna razón, nunca me había entregado. Sorprendida caminé de inmediato hacia ella, pudiendo leer el primer párrafo de la carta.
"Sé que debes estar confundida o incluso molesta conmigo, y sé que he actuado distante contigo, pero todo tiene una razón y sólo espero que me entiendas…"
"PLAM" escuché como la puerta era cerrada con mucha más fuerza de la necesaria. Inmediatamente giré y vi como Edward entraba a la cabaña y me miraba a mí, luego pasaba a la carta, frunciendo ahora el ceño y encaminándose hacia mí. Tomó la carta en sus manos tan rápido como le fue posible y se le quedó mirando por varios segundos. Su rostro, que anteriormente me había parecido tan natural, se transformó en una mueca y sus ojos, que siempre mostraban todas sus emociones y preocupaciones, se volvieron tan fríos como un témpano de hielo.
Edward dobló la carta nuevamente y la metió en el bolsillo de su pantalón casi desesperado. Sinceramente no entendí del todo su reacción, pero lo dejé pasar, pues de un momento a otro, sólo una cosa se adueño de mi mente y, por supuesto, de mi estomago, el hambre. No había comido desde hace casi dos días y el hambre me estaba matando, no sentía sed así que ahora, al parecer, solo me alimentaba de comida humana. Edward, quien un momento atrás había estado perdido en su cabeza, volvió a la realidad y puso su atención en mí al oír como mi barriga gruñía pidiendo alimento. El vampiro pasó su mirada de mí a la bolsa negra junto a la puerta, era la misma con la que había salido ayer del veterinario. "No me jodas" me quejé. Ni de coña comería comida para gato.
Ya había perdido la cuenta de la veces que había dicho "tengo hambre, comería lo que sea", pero nunca creí que se me presentaría esta situación. Por supuesto que tenía hambre, pero ese "lo que sea" no era uno tan literal para llegar hasta el punto de comer comida de gato. Edward tomó la bolsa y vertió una pequeña porción en el envase de metal con total naturalidad, mientras yo no podía dejar de mirarlo con asco y pánico. No iba a comer eso, me negaba a hacerlo y nadie iba a obligarme, primero me moría bulímica.
–Toma ángel, come un poco que debes tener hambre –dijo Edward sin ninguna emoción en la voz, ¿y a este que le pasaba ahora? Ayer estaba triste y dolido, ahora parecía tener una máscara fría en su rostro y voz que no dejaba paso a sus emociones. Edward se acercó y colocó el tazón frente a mí, muy seguro de que comería esa cosa. "Bueno era un animal, se supone que esa cosa, como tú lo llamas, ahora es tu comida" dijo mi conciencia saliendo siempre de entrometida. ¿No se suponía que debía apoyarme y decirme lo que estaba bien y mal? "Siempre te lo digo, pero tú nunca haces caso" respondió. La ignoré, pues en cierto modo tenía razón, pero aquello jamás lo admitiría.
–Vamos, come –insistió Edward agachándose para tratar de quedar a mi altura. Inmediatamente negué con la cabeza y empuje el tazón a un lado con mi pata derecha. El me miró unos segundos asombrado, claramente no esperaba esa respuesta de un animal.
–¿No quieres comer? –me preguntó frunciendo el ceño. Esta vez asentí, pues sí quería comer. Pero no eso. Edward volvió a fruncir el ceño, esta vez notoriamente más confundido.
–Entonces… –no pudo terminar de hablar pues la puerta de la cabaña se abrió con fuerza y una voz chillona lo hizo parar.
–Edii –chilló Tanya entrando a la habitación. "Dios, ¿es que no podía hablar?" Las cosas se decían hablando no chillando, además, Edward odiaba que le dijeran Edii y ayer se lo había dicho. Posiblemente se la pasaba diciéndole lo mismo cada vez que ella le hacía una de sus "visitas".
–Tanya te he dicho que no me llames Edii –se quejó Edward irritado.
–Ay vamos Edii, no me hables así, sabes que te quiero mucho –dijo la muy zorra insinuándosele y enredando sus brazos en el cuello de MI Edward. "Él ya no es tuyo" salió de mi conciencia, siempre de metiche. "Cállate" le grité mentalmente, pues al parecer siempre tenía razón. Como la odiaba. Tanya acercó sus labios a los de Edward, quedando sus rostros uno muy cerca del otro y yo, muriéndome de los celos, estuve a punto de saltarle a Tanya encima y hacerle el mayor daño posible con este cuerpo de animalito; pero antes de que pudiera actuar, Edward la apartó un poco brusco, viniendo de él. Ella se lo había buscado.
–Tanya, te he dicho que entre tú y yo no puede haber nada – le dijo Edward molesto.
–¿Y por qué no? –preguntó/gritó furiosa– No puedes pasarte la vida lamentándote por una imbécil humana– siguió gritando. Edward apretó los puños con fuerza inhumana, sus ojos, que antes habían estado dolidos, ahora miraban a Tanya iracundo. Con una voz tan fría, que me heló la sangre, habló.
–No vuelvas a insu… –comenzó a hablar Edward, más cabreado que nunca.
–¿Qué? ¿A insultarla? ¿Para qué defenderla, si de todos modos esa perra está más que muerta? –comentó Tanya burlona. El rostro de Edward cambió rápidamente, pasando de la cólera al desconcierto y luego a la ansiedad y miedo, terror y pavor.
–¿Qué estás diciendo? Ella no está muerta –habló Edward, de pronto con voz temblorosa.
–Ah, ¿es que no lo sabías? Alice hace ocho años vio a tu querida humana saltar de un acantilado y nunca salir –dijo Tanya fríamente y con una pequeña sonrisa de satisfacción en el rostro–. Alice trató de verla nuevamente, pero no pudo, así que decidió ir a Forks y allí su padre le dijo que estaba muerta –terminó de relatar como si todo aquello le causara gozo. Edward dejó de mirar a Tanya, más bien parecía no ver nada, pues sus ojos miraban al vacío con una aflicción que nunca había visto. Su cuerpo comenzó a temblar en sollozos desgarradores. Jamás lo había visto tan desconsolado.
–No… –susurró cayendo de rodillas al suelo.
Yo miraba toda aquella escena absorta, sin saber qué movimiento hacer. Tanya en cambio, miraba a Edward sorprendida, pues no esperaba que se derrumbara de aquella forma al saberlo. Yo tampoco. Tanya se acercó a él e hizo ademan de colocar su mano sobre su hombro en señal de apoyo, pero Edward la volvió a apartar, esta vez, más bruscamente.
–Eso no es verdad –dijo él con voz desgarrada.
–Sabes que sí lo es. Leíste mis pensamientos y puedes comprobar que así es –dijo Tanya.
–Lárgate –dijo Edward con voz tenebrosa.
–Pero dii…
–¡QUÉ TE LARGUES! –le gritó encolerizado. Tanya quedó boquiabierta, no pudiendo creer la forma en que Edward, siendo un caballero, acababa de gritarle. Indignada se dio media vuelta y se fue, dejándonos a ambos en la cabaña.
Edward al apartarse de Tanya por segunda vez, quedó parado a un lado de la cama, con su mirada vacía en algún punto de la habitación. Sus ojos nunca me habían parecidos tan profundos como ahora, tan profundos y llenos de tanto dolor, una agonía que nunca había visto en ninguna parte.
–Edward –lo llamé con voz temblorosa. Como es lógico, sólo se oyeron maullidos que Edward no pareció oír, pues siguió con su mirada perdida en quién sabe dónde. No soportaba verlo de aquel modo, pero tampoco comprendía su actuar o su sufrir. ¿Por qué le importaba tanto? El me había dejado, no me amaba.
RING, RING, RING. De pronto retumbó aquel estridente ruidito que indicaba la llegada de una llamada. Inmediatamente me giré y pude notar que el ruido provenía de la pila de libros, donde al final estaba un teléfono de casa, negro y un poco viejo para pertenecer a Edward, que siempre utilizaba otro tipo de cosas más actualizadas. Edward no hizo ademán de moverse ni de escuchar el teléfono y si lo hizo, lo ignoró con descaro, pues ni se movió a mirarlo. A los segundos el celular paró de sonar y el silencio gobernó la atmósfera por un pequeño instante, pero no lo suficiente para poder deleitarme en el dulce silencio, pues casi enseguida, el teléfono volvió resonar en señal de que habían vuelto a llamar. Aquello se repitió varias veces, el celular sonaba y luego de tanto repicar callaba, para luego intentarlo nuevamente. Sea quien sea que estuviese llamando en verdad era muy insistente y debía tener mucha urgencia por hablar con Edward, al contrario de él quien todavía yacía parado en la habitación, perdido en quién sabe dónde.
Apenas habían pasado unos cinco minutos cuando Edward entró nuevamente en sí. Éste se giró hacia el aparato a la séptima llamada, fue extraño pues hace un minuto atrás pareció perdido en el espacio y al otro estaba con una expresión impasible y rígida cogiendo el teléfono.
–Alice, dime que todo lo que dijo Tanya es mentira –contestó al aparato, hablando tan rápido que me costó entenderlo. Así que era Alice, por lo menos ya entendía la insistencia. Alice en sí era persistente y además conociéndola debido de haber visto esto. Edward se quedó en silencio escuchando lo que sea que estuviese diciendo Alice, con atención y cada segundo que pasaba veía como el hermoso rostro de mi vampiro perdía la rigidez y se crispaba de dolor.
–Todo es mi culpa –dijo con voz neutra– No me pidas que viva sin ella –habló Edward con voz temblorosa luego de unos segundos. Alice siguió hablando esta vez más fuerte, la oía desde aquí pero no lograba distinguir que decía.
–Adiós Alice. Me voy a Italia –dijo él antes de que apretara nuevamente los puños con tanta fuerza que terminó haciendo trizas el aparato. "No me pidas que viva sin ella", ¿qué quería decir con aquello? No entendía nada de la conversación. ¿Se iba a Italia? ¿A qué? ¿Por qué le demandó a Alice que no le pidiera que viva sin mí? Porque hablaba de mi, ¿verdad? No entendía absolutamente nada, todo esto era muy confuso.
–Edward –lo volví a llamar y corrí e incluso volé hasta él. Edward después de destrozar el teléfono se dispuso a salir de la cabaña, pero lo detuve y alcancé antes de que cruzara la puerta y se fuera a Italia. Sus movimientos se parecían a los un robot, monótonos. Me cogí de su pantalón clavando mis pequeñas garritas en él, esperando llamar su atención, afortunadamente funcionó y Edward, sin ninguna expresión aparte del dolor y aquella tristeza que parecía caracterizarle, me miró con un toque de sorpresa. Alcé la mirada y me encontré con dos lagunas negras, tan profundas y tan llenas de penas que no pude evitar estremecerme.
Tenía que buscar una forma de enseñarle que no estaba muerta pero, ¿cómo? Me pregunté. La única forma es que dijera que estaba atrapada en el cuerpo de un estúpido gato y no podía hacerlo, hablar y que él me entendiera era imposible. "A ver los mudos no hablan y se comunican, es decir, que yo puedo hacerlo". Comencé a dialogar conmigo misma. La primera opción eran las señas, pero era más que obvio que con estas diminutas patitas no pudiera hacer algo útil. La según opción podría ser…escribir. "Exacto" pensé emocionada. Ahora sólo había un pequeño detalle, ¿dónde? Es decir, no es como si pudiese tomar un lápiz y ponerme a escribir. Edward se quedó pasmado unos segundos y luego buscó apartarme mientras yo seguía pensando alguna forma de decirle la verdad o parte de ésta. Y, como por arte de magia, se me ocurrió la idea perfecta…
Fabián POV
No sabíamos dónde buscar. "¿Dónde mierda te metiste Isabella? Vamos, piensa Fabián" me dije. Si el Blooglo te transporta a algún lugar deseado, entonces tienes que buscar un lugar donde Bella desee ir, ¿pero dónde? Me pregunté saliendo de la casa. No encontraría ninguna respuesta encerrado en cuatro paredes, así que lo mejor era salir y despejar mi mente. Comencé a caminar en pasos lentos, pensando en una forma de torturar a la enana lenta y dolorosamente por hacerme morir de preocupación. Y luego para completar, la sacaría de compras y llenaría su armario de ropa hasta el tope de éste. "Es una excelente idea" me dije, ahora solo me faltaba encontrarla. Pequeños detalles.
En cuestión de minutos llegué al parque preguntándome por milésima vez donde estaría Bella. Estaba ansioso, Bella era un gato perdida en no sé donde, con frío, con hambre y sola. "No pienses en eso" –dijo mi conciencia– "Bella es inteligente, ¿acaso no te acuerdas cuando mojó toda tu ropa en gasolina y luego la prendió?" Eso era verdad, Bella sabía cuidarse de sí misma. Aunque no entendía que tenía que ver la inteligencia de mi hermana con el hecho de que no tuviera ningún conocimiento sobré la moda y la odiara, por lo menos, me dio la suficiente gracia para soltar una pequeña risita. Por supuesto que me acordaba de aquel día, Bella había querido vengarse de mí, por haber quemado toda aquella ropa horrenda, quemando la mía a cambio, así que las llenó de gasolina y luego les tiró un fósforo; con eso, adiós ropa y adiós casa, pues se le olvidó primero sacar la ropa… Y ahora que recordaba el final de la broma de mi hermanita, ya no estaba tan seguro de su inteligencia.
Iba tan inmerso en aquel recuerdo que no noté a la chica que caminaba al lado opuesto al mío y antes de poder darme cuenta, choqué con ella. Tenía una piel fría como el hielo y dura como una piedra. Qué extraño.
–Ups, lo siento, no vi por donde caminaba –me disculpé.
–No hay problema, yo tampoco estaba pendiente –dijo ella con una voz musical. De inmediato pude notar que era un vampiro, piel pálida, ojos dorados, ojeras y, en cierto modo, perfecta y hermosa.
–Entonces creo que fue culpa de ambos –bromeé. La vampira parecía ser agradable.
–Sí, creo que sí –sonrió ella–. Por cierto, soy Alice Cullen –se presentó tendiéndome la mano…
Bella POV
–¡Hola Edii! –De pronto se escuchó una chillona voz. Apareció de la nada una hermosa vampiresa de cabellos dorados, sus ojos de igual color, miraban a Edward con un brillo especial y sus rojos labios se extendieron en una sonrisa deslumbrante.
–¿No estás feliz de verme? –preguntó retóricamente, saltando a abrazarlo y extendiendo sus brazos alrededor de su cuerpo. No sé si fue la efusividad y confianza de la vampira al abrazar a Edward lo que me molestó o tal vez el hecho de que me dejó sin respiración y me apachurró contra ambos cuerpos. La cercanía entre ambos me molestaba de sobremanera.
Furiosa, traté de hacerle daño con mis pequeñas garritas, obviamente, no le pasó nada. Al ser vampira, su piel era tan perfecta como indestructible y una diminutas garritas como las mías no le iban a hacer ni el más mínimo daño. Edward alejó cuidadosamente a Tanya, como todo caballero que es y ésta, aunque insistió en su afectuoso abrazo, terminó por separarse de él dándose cuenta de mi presencia. Tanya frunció el ceño visiblemente confusa e irritante, para luego, pasar sus ojos del rostro de Edward a mí y de mi a su suéter grisáceo levemente rasgado. La vampira volvió su mirada a mí más molesta que antes y para cuando se preparó para hablar, Edward la interrumpió.
–Tanya te he dicho que no me llames Edii –habló Edward mostrando su desagrado ante el sobrenombre y apretándome un poco más a su pecho.
–¿No estás feliz de verme? –volvió a preguntar, ignorado su reclamo y volviendo su mirada a Edward. Nuevamente hizo un puchero parecido a los Alice, donde su labio inferior sobresalía y ponía los ojos de corderito degollado. Cuando Alice hacía aquellas caritas se veía tan condenadamente tierna y era algo tan natural en ella que era imposible negarle lo que sea que te estuviera pidiendo, pero con Tanya no ocurría lo mismo o por lo menos no conmigo. Lo más probable es que fuese porque estaba coqueteando con Edward o simplemente los celos afectaban mi lado sensato y tenía toda la razón al pensar que exageraba, sobresaliendo mucho su labio y pareciendo una completa estúpida allí parada con una mueca graciosa y extraña en el rostro. Edward soltó un largo, pero largo suspiro como si hubiese estado haciendo un gran esfuerzo físico. Tanya debía ser una persona muy ingenua o anti parabólica para no notar que a Edward parecía molestarle su presencia y mucho más tener que aguantarla.
–¿Qué haces acá? –preguntó Edward obstinado. Tanya hizo lo mejor que sabe hacer, ignorar el desagrado en la voz de él y responder como si nada. ¿Acaso no entendía que nadie la quería?
–Visitándote. Hace tiempo que no te veía y ya te extrañaba –agregó con esa voz exasperante que poseía, para luego poner su atención en mí– Pero veo que no estás tan solo, ¿qué es esa cosa? –agregó en parte confundida.
–Un gato –bufó Edward, pues su pregunta en sí era de lo más ridícula.
–¿Y qué haces con un gato? –insistió ella.
–Nada, sólo la cuido por unos días, mientras pasan las tormentas –se limitó a contestar encogiéndose de hombros.
Tanya no hizo más preguntas, ni Edward volvió a hablar, ambos siguieron el camino del pueblo a la cabaña. No tardamos mucho en atravesar el bosque, donde todo lo que se podía escuchar no era más que ruiditos de animales pequeños, pero además de eso nada más, pues un silencio tranquilizante y a la vez un tanto incómodo inundaba el ambiente.
Edward me tenía bien sujeta en sus brazos, dándome la paz que necesitaba, aunque una pequeña inquietud se fue incrustando en mí. Al pasar los segundos, ésta iba creciendo, ¿quién era aquella hermosa vampiresa de cabellos rubios? Lo único que sabía de ella era su nombre y, por supuesto, que estaba interesada en Edward, lo que hacía que me irritara más su presencia. Estaba celosa y no me costaba admitirlo, al igual que tampoco negaba mis sentimientos hacia él. Nunca lo había hecho ante nadie, ni siquiera tras su partida o cuando Fabián y Lexie empezaron a preguntar cómo sabía de la existencia de vampiros. A mis hermanos siempre les había dicho la verdad, sobre todo lo referente a los Cullen y Edward. Aunque al principio no había podido decirles nada más que "denme tiempo", después de varios meses aprendí a vivir con ello y pude contarles todo lo ocurrido sin necesidad de ocultar nada.
–¿Vives aquí? –preguntó Tanya espantada. Inmediatamente puse mi atención en ella y enseguida pasé a lo que señalaba y miraba con tanto horror. Una pequeña cabaña de madera abandonada y polvorienta, parecía no haber estado habitada en décadas y tampoco aseada. Al principio no entendí que miraba tan espantada, hasta que caí en cuenta de que aquella cabaña era el lugar donde Edward vivía. Tanya, que parecía haber pensado en quedarse con él, lo miraba más que horrorizada. Yo en cambio, observaba todo aquello divertida y con mucha satisfacción. Era la primera vez en años que podía decir que me sentía completamente bien, aunque resultara algo extraño si tomábamos en cuenta que ahora tenía el cuerpo de un gato.
–Sí –contestó Edward, al mismo tiempo que abría la puerta y entraba a la cabaña. Por dentro no se veía tan mal como pensaba, el suelo estaba un poco polvoriento pero podía pasar por decente, la habitación tenía un olor un tanto peculiar, las paredes estaban pintadas de un azul grisáceo, muy tétrico para mi gusto, y el único objeto que había en la habitación era una cama de madera bastante antigua, adornada de un edredón azul marino muy delgado. Todo estaba en orden, aunque claro, lo único que estaba en la habitación era una cama y una pila de libros y discos, pero por lo menos todo se veía ordenado… ¿A quién engañaba? Esto era un basurero, el aroma que desprendía este lugar era desperdicios, para nada agradable. ¿Por qué vivía aquí cuando podía pagarse fácilmente una casa? Observé a Edward confundida, no entendía su actuar, debía de estar feliz disfrutando de su existencia y no amargado y dolido por quien sabe qué. No me gustaba verlo así, deseaba su felicidad aunque ésta no fuese conmigo…
–¿Y cómo se supone que viva aquí? –preguntó Tanya entrando a la cabaña. Pegué un brinco sorprendida, me había olvidado completamente de su presencia.
–Tanya, este lugar es muy pequeño para dos personas, creo que será mejor que consigas un hotel. –contestó Edward sentándose en la antigua cama, dejándome a mí sobre sus piernas.
–Vale, me voy. Vendré mañana –habló con rabia contenida y echando chispas salió por la puerta. Francamente esa chica no soportaba el rechazo…
Edward POV
Tanya salió de la cabaña, furiosa. ¿Por qué no entendía de una maldita vez que no estaba interesado en ella? Se lo había dicho de una y mil formas posibles, pero se negaba a aceptarlo alegando que en un futuro muy cercano yo me daría cuenta de todo lo que ella valía. Siempre que decía aquello trataba de ignorarlo, pues si terminaba prestándole atención a sus palabras me sacaría de quicio y acabaría ofendiéndola, no actuando como el caballero que mi madre había criado. Bufando, terminé por tumbarme en la cama. Tanya era todo menos una dama.
Hundí el rostro en la almohada buscando serenidad y consuelo. Normalmente, los días para mí eran como horas y los años semanas, por lo que nunca le había dado importancia al pasar del tiempo. Pero de unos años para atrás hasta ahora, aquello había cambiado, comenzando a contar los días, las semanas, los años y meses que pasaba lejos de mi amor. Le eché una rápida mirada al reloj que Alice me había regalado años atrás y en cuanto lo vi lo supe y no porque mi mente reaccionase más rápido que la de un humano, si no porque tenía grabada en mi cabeza el día, la hora y su rostro inexpresivo con total claridad. Ocho años, dos meses, una semana, tres días, 16 horas, 20 minutos y 45 segundos que mi felicidad había acabado…
Sentí un suave roce en mi mejilla, seguida de varios ronroneos. De inmediato volteé encontrándome con unos grandes ojos chocolates. Ya me había olvidado de la presencia de la gatita, siempre era fácil olvidarse de las demás personas, al igual que perderse en la nada, sólo en tus recuerdos y sensaciones. Volví a sentir otro pequeño roce, esta vez un poco más arriba de la mejilla. Sonreí, una pequeña sonrisa triste se pintó en mi rostro pero, a diferencia de las demás, fue sincera.
–Se siente bien tener un poco de compañía –dije hablando más para mí mismo que para el animalito. De un rápido movimiento, el felino pasó de estar a un lado de mi pómulo a posarse sobre mi pecho, sintiendo así la calidez de su pequeño cuerpo; recordando lo que era sentir la presencia de un ser vivo. Inconscientemente alcé la mano, acariciando suavemente las diminutas orejitas de la minina. A ella pareció gustarle la caricia, pues soltó un suave ronroneo y se apoyó más en mí buscando, tal vez, el calor que yo no podía darle. Cerré los ojos e inhalé profundamente, inundándome de la fragancia a fresas y perdiéndome en mis recuerdos, en momentos felices. El único lugar donde podía dejar atrás el dolor, el mundo real…
Bella POV
Al Tanya irse, Edward sólo se tumbó a la cama y cerró los ojos como si desease dormir, algo que era más que imposible. Curiosa por la actitud de Edward, pegué un brinco llegando al borde de la cama. Ya me estaba acostumbrando a tener que caminar en cuatro patas, no sabía si aquello era bueno o malo, pero por lo menos sólo me había caído dos veces el día de hoy. Feliz por no haber terminado tantas veces en el suelo, me acerqué a Edward de un salto, viendo su rostro con total claridad. Su rostro no poseía serenidad y mucho menos tranquilidad, en lugar de eso reflejaba dolor, rabia y mucha tristeza. No me gustaba verlo así y quería ayudarlo de algún modo, pero no sabía que le causaba tanto pesar. Me acerqué más a él quedando en frente de su cara, viendo cada una de sus perfectas facciones. Quedé paralizada por unos segundos, deslumbrada, me gustaba observarlo. Siempre me había complacido aquello y lo había contemplado tantas veces que me sabía de memoria todas sus expresiones, rasgos, y ahora con mi visión mejorada podía contemplarlo mejor. Todavía sin abrir los ojos, noté como una pequeña arruga en la frente de Edward se hacía presente, ¿en qué estaría pensando? La verdad es que no tenía ni la menor idea, no lo había visto en ocho años, y las pocas horas en que lo había vuelto a ver no entendía ninguna de sus acciones y muchos menos la gran tristeza que cargaba y le devoraba vivo.
Actuando de un modo casi inconsciente e instintivo, acerqué mi cara a su rostro dándole una suave caricia en su mejilla, seguidamente, y sin poder evitarlo, solté varios ronroneos. "Maldición" solté molesta, al ver como Edward abría los ojos y sorprendido se giraba. Sus ojos se encontraron con los míos y reflejaron lo que ya yo sabía, tristeza, sólo eso había en el.
–Se siente bien tener un poco de compañía –dijo de pronto. Se sentía solo, ¿por eso estaba tan triste? No, que va, debía ser algo más. Pero ¿qué?
No entendiendo su dolor, me subí a su frío pecho; recordando toda aquellas noches en la que Edward había velado mis sueños. Edward alzó la mano y sus dedos acariciaron dulcemente detrás de las orejas, situándome, por primera vez en mucho tiempo, en casa. Escondí la cara en su torso y allí me quedé, recostada a su lado como muchas veces deseé hacerlo. Al poco rato todos los problemas y situaciones ocurridas el día de hoy me pasaron factura; el cansancio me dominó hasta el punto de que, a pocos minutos de haberme acomodado al lado de mi amado, caí inconsciente y me dejé llevar por los brazos de Morfeo.
…
La luz del día se filtró por la única ventana que poseía la cabaña, ésta me pegó de lleno la cara haciéndome despertar de mi dulce sueño. Por un momento, creí que al abrir los ojos me encontraría en mi habitación como un día cualquiera, y todo lo ocurrido no habría sido más que un sueño, pero no fue así, estaba en la misma cabaña en la que había dormido el día de ayer. No sabía si sentirme feliz o desilusionada al ver la mullida y polvorienta cama, el suelo terroso y las paredes azules. Por una parte, tendría que haberme sentido mal al ver que era un animal, perdida prácticamente en la nada. Por el otro lado, Edward, el amor de mi vida, estaba aquí conmigo. Toda esta situación lograba confundirme de gran manera.
Todavía un poco desorienta me levanté y me di cuenta de que Edward no estaba en la cabaña, se había ido. Rápidamente bajé de la cama y comencé a curiosear alrededor. A un lado de la cama, había varios libros ordenados en una pila, un álbum de fotos y varios discos, nada fuera de lo común. Intrigada avancé hacia el montón de libros y leí los títulos "Romeo y Julieta" era el primero, seguido de "Cumbres Borrascosas", "Orgullo y prejuicio", "La culpa es de la vaca" y otros más que no pude reconocer por deterioradas que estaban las portadas. A un lado de los libros, venían los discos. El primero lo reconocí de inmediato, era uno de los de Debussy que siempre ponía en el auto al llevarme al instituto. Avance rápidamente al montón de CD queriendo seguir husmeando entre sus cosas, pero al dar apenas unos pequeños pasos, me resbalé con mis propias patas y creo que con una hoja de papel. Mi torpeza nunca acabaría, ni siquiera ahora que era un gato podía caminar tranquilamente en una superficie plana sin caerme. Molesta conmigo misma, solté un bufido y con cuidado de no caerme, nuevamente me levanté sosteniéndome en mi cuatro patas, ahora adoloridas. ¿No se suponía que los gatos no se caían y cuando lo hacían, siempre era de pie? Me pregunté. Enseguida pude identificar el objeto con el que me había resbalado, una hoja de papel semi arrugada y doblada en dos partes. "Estúpida hoja" dije acercándome un poco a ella y viendo que no era una hoja de papel en blanco, como suponía, si no que estaba escrita, lo más probable es que fuese una carta…
"Querida Bella" Pude leer en la parte superior de la hoja. Reconocí aquella elegante escritura de inmediato, era una carta que había escrito él para mí y por alguna razón, nunca me había entregado. Sorprendida caminé de inmediato hacia ella, pudiendo leer el primer párrafo de la carta.
"Sé que debes estar confundida o incluso molesta conmigo, y sé que he actuado distante contigo, pero todo tiene una razón y sólo espero que me entiendas…"
"PLAM" escuché como la puerta era cerrada con mucha más fuerza de la necesaria. Inmediatamente giré y vi como Edward entraba a la cabaña y me miraba a mí, luego pasaba a la carta, frunciendo ahora el ceño y encaminándose hacia mí. Tomó la carta en sus manos tan rápido como le fue posible y se le quedó mirando por varios segundos. Su rostro, que anteriormente me había parecido tan natural, se transformó en una mueca y sus ojos, que siempre mostraban todas sus emociones y preocupaciones, se volvieron tan fríos como un témpano de hielo.
Edward dobló la carta nuevamente y la metió en el bolsillo de su pantalón casi desesperado. Sinceramente no entendí del todo su reacción, pero lo dejé pasar, pues de un momento a otro, sólo una cosa se adueño de mi mente y, por supuesto, de mi estomago, el hambre. No había comido desde hace casi dos días y el hambre me estaba matando, no sentía sed así que ahora, al parecer, solo me alimentaba de comida humana. Edward, quien un momento atrás había estado perdido en su cabeza, volvió a la realidad y puso su atención en mí al oír como mi barriga gruñía pidiendo alimento. El vampiro pasó su mirada de mí a la bolsa negra junto a la puerta, era la misma con la que había salido ayer del veterinario. "No me jodas" me quejé. Ni de coña comería comida para gato.
Ya había perdido la cuenta de la veces que había dicho "tengo hambre, comería lo que sea", pero nunca creí que se me presentaría esta situación. Por supuesto que tenía hambre, pero ese "lo que sea" no era uno tan literal para llegar hasta el punto de comer comida de gato. Edward tomó la bolsa y vertió una pequeña porción en el envase de metal con total naturalidad, mientras yo no podía dejar de mirarlo con asco y pánico. No iba a comer eso, me negaba a hacerlo y nadie iba a obligarme, primero me moría bulímica.
–Toma ángel, come un poco que debes tener hambre –dijo Edward sin ninguna emoción en la voz, ¿y a este que le pasaba ahora? Ayer estaba triste y dolido, ahora parecía tener una máscara fría en su rostro y voz que no dejaba paso a sus emociones. Edward se acercó y colocó el tazón frente a mí, muy seguro de que comería esa cosa. "Bueno era un animal, se supone que esa cosa, como tú lo llamas, ahora es tu comida" dijo mi conciencia saliendo siempre de entrometida. ¿No se suponía que debía apoyarme y decirme lo que estaba bien y mal? "Siempre te lo digo, pero tú nunca haces caso" respondió. La ignoré, pues en cierto modo tenía razón, pero aquello jamás lo admitiría.
–Vamos, come –insistió Edward agachándose para tratar de quedar a mi altura. Inmediatamente negué con la cabeza y empuje el tazón a un lado con mi pata derecha. El me miró unos segundos asombrado, claramente no esperaba esa respuesta de un animal.
–¿No quieres comer? –me preguntó frunciendo el ceño. Esta vez asentí, pues sí quería comer. Pero no eso. Edward volvió a fruncir el ceño, esta vez notoriamente más confundido.
–Entonces… –no pudo terminar de hablar pues la puerta de la cabaña se abrió con fuerza y una voz chillona lo hizo parar.
–Edii –chilló Tanya entrando a la habitación. "Dios, ¿es que no podía hablar?" Las cosas se decían hablando no chillando, además, Edward odiaba que le dijeran Edii y ayer se lo había dicho. Posiblemente se la pasaba diciéndole lo mismo cada vez que ella le hacía una de sus "visitas".
–Tanya te he dicho que no me llames Edii –se quejó Edward irritado.
–Ay vamos Edii, no me hables así, sabes que te quiero mucho –dijo la muy zorra insinuándosele y enredando sus brazos en el cuello de MI Edward. "Él ya no es tuyo" salió de mi conciencia, siempre de metiche. "Cállate" le grité mentalmente, pues al parecer siempre tenía razón. Como la odiaba. Tanya acercó sus labios a los de Edward, quedando sus rostros uno muy cerca del otro y yo, muriéndome de los celos, estuve a punto de saltarle a Tanya encima y hacerle el mayor daño posible con este cuerpo de animalito; pero antes de que pudiera actuar, Edward la apartó un poco brusco, viniendo de él. Ella se lo había buscado.
–Tanya, te he dicho que entre tú y yo no puede haber nada – le dijo Edward molesto.
–¿Y por qué no? –preguntó/gritó furiosa– No puedes pasarte la vida lamentándote por una imbécil humana– siguió gritando. Edward apretó los puños con fuerza inhumana, sus ojos, que antes habían estado dolidos, ahora miraban a Tanya iracundo. Con una voz tan fría, que me heló la sangre, habló.
–No vuelvas a insu… –comenzó a hablar Edward, más cabreado que nunca.
–¿Qué? ¿A insultarla? ¿Para qué defenderla, si de todos modos esa perra está más que muerta? –comentó Tanya burlona. El rostro de Edward cambió rápidamente, pasando de la cólera al desconcierto y luego a la ansiedad y miedo, terror y pavor.
–¿Qué estás diciendo? Ella no está muerta –habló Edward, de pronto con voz temblorosa.
–Ah, ¿es que no lo sabías? Alice hace ocho años vio a tu querida humana saltar de un acantilado y nunca salir –dijo Tanya fríamente y con una pequeña sonrisa de satisfacción en el rostro–. Alice trató de verla nuevamente, pero no pudo, así que decidió ir a Forks y allí su padre le dijo que estaba muerta –terminó de relatar como si todo aquello le causara gozo. Edward dejó de mirar a Tanya, más bien parecía no ver nada, pues sus ojos miraban al vacío con una aflicción que nunca había visto. Su cuerpo comenzó a temblar en sollozos desgarradores. Jamás lo había visto tan desconsolado.
–No… –susurró cayendo de rodillas al suelo.
Yo miraba toda aquella escena absorta, sin saber qué movimiento hacer. Tanya en cambio, miraba a Edward sorprendida, pues no esperaba que se derrumbara de aquella forma al saberlo. Yo tampoco. Tanya se acercó a él e hizo ademan de colocar su mano sobre su hombro en señal de apoyo, pero Edward la volvió a apartar, esta vez, más bruscamente.
–Eso no es verdad –dijo él con voz desgarrada.
–Sabes que sí lo es. Leíste mis pensamientos y puedes comprobar que así es –dijo Tanya.
–Lárgate –dijo Edward con voz tenebrosa.
–Pero dii…
–¡QUÉ TE LARGUES! –le gritó encolerizado. Tanya quedó boquiabierta, no pudiendo creer la forma en que Edward, siendo un caballero, acababa de gritarle. Indignada se dio media vuelta y se fue, dejándonos a ambos en la cabaña.
Edward al apartarse de Tanya por segunda vez, quedó parado a un lado de la cama, con su mirada vacía en algún punto de la habitación. Sus ojos nunca me habían parecidos tan profundos como ahora, tan profundos y llenos de tanto dolor, una agonía que nunca había visto en ninguna parte.
–Edward –lo llamé con voz temblorosa. Como es lógico, sólo se oyeron maullidos que Edward no pareció oír, pues siguió con su mirada perdida en quién sabe dónde. No soportaba verlo de aquel modo, pero tampoco comprendía su actuar o su sufrir. ¿Por qué le importaba tanto? El me había dejado, no me amaba.
RING, RING, RING. De pronto retumbó aquel estridente ruidito que indicaba la llegada de una llamada. Inmediatamente me giré y pude notar que el ruido provenía de la pila de libros, donde al final estaba un teléfono de casa, negro y un poco viejo para pertenecer a Edward, que siempre utilizaba otro tipo de cosas más actualizadas. Edward no hizo ademán de moverse ni de escuchar el teléfono y si lo hizo, lo ignoró con descaro, pues ni se movió a mirarlo. A los segundos el celular paró de sonar y el silencio gobernó la atmósfera por un pequeño instante, pero no lo suficiente para poder deleitarme en el dulce silencio, pues casi enseguida, el teléfono volvió resonar en señal de que habían vuelto a llamar. Aquello se repitió varias veces, el celular sonaba y luego de tanto repicar callaba, para luego intentarlo nuevamente. Sea quien sea que estuviese llamando en verdad era muy insistente y debía tener mucha urgencia por hablar con Edward, al contrario de él quien todavía yacía parado en la habitación, perdido en quién sabe dónde.
Apenas habían pasado unos cinco minutos cuando Edward entró nuevamente en sí. Éste se giró hacia el aparato a la séptima llamada, fue extraño pues hace un minuto atrás pareció perdido en el espacio y al otro estaba con una expresión impasible y rígida cogiendo el teléfono.
–Alice, dime que todo lo que dijo Tanya es mentira –contestó al aparato, hablando tan rápido que me costó entenderlo. Así que era Alice, por lo menos ya entendía la insistencia. Alice en sí era persistente y además conociéndola debido de haber visto esto. Edward se quedó en silencio escuchando lo que sea que estuviese diciendo Alice, con atención y cada segundo que pasaba veía como el hermoso rostro de mi vampiro perdía la rigidez y se crispaba de dolor.
–Todo es mi culpa –dijo con voz neutra– No me pidas que viva sin ella –habló Edward con voz temblorosa luego de unos segundos. Alice siguió hablando esta vez más fuerte, la oía desde aquí pero no lograba distinguir que decía.
–Adiós Alice. Me voy a Italia –dijo él antes de que apretara nuevamente los puños con tanta fuerza que terminó haciendo trizas el aparato. "No me pidas que viva sin ella", ¿qué quería decir con aquello? No entendía nada de la conversación. ¿Se iba a Italia? ¿A qué? ¿Por qué le demandó a Alice que no le pidiera que viva sin mí? Porque hablaba de mi, ¿verdad? No entendía absolutamente nada, todo esto era muy confuso.
–Edward –lo volví a llamar y corrí e incluso volé hasta él. Edward después de destrozar el teléfono se dispuso a salir de la cabaña, pero lo detuve y alcancé antes de que cruzara la puerta y se fuera a Italia. Sus movimientos se parecían a los un robot, monótonos. Me cogí de su pantalón clavando mis pequeñas garritas en él, esperando llamar su atención, afortunadamente funcionó y Edward, sin ninguna expresión aparte del dolor y aquella tristeza que parecía caracterizarle, me miró con un toque de sorpresa. Alcé la mirada y me encontré con dos lagunas negras, tan profundas y tan llenas de penas que no pude evitar estremecerme.
Tenía que buscar una forma de enseñarle que no estaba muerta pero, ¿cómo? Me pregunté. La única forma es que dijera que estaba atrapada en el cuerpo de un estúpido gato y no podía hacerlo, hablar y que él me entendiera era imposible. "A ver los mudos no hablan y se comunican, es decir, que yo puedo hacerlo". Comencé a dialogar conmigo misma. La primera opción eran las señas, pero era más que obvio que con estas diminutas patitas no pudiera hacer algo útil. La según opción podría ser…escribir. "Exacto" pensé emocionada. Ahora sólo había un pequeño detalle, ¿dónde? Es decir, no es como si pudiese tomar un lápiz y ponerme a escribir. Edward se quedó pasmado unos segundos y luego buscó apartarme mientras yo seguía pensando alguna forma de decirle la verdad o parte de ésta. Y, como por arte de magia, se me ocurrió la idea perfecta…
Fabián POV
No sabíamos dónde buscar. "¿Dónde mierda te metiste Isabella? Vamos, piensa Fabián" me dije. Si el Blooglo te transporta a algún lugar deseado, entonces tienes que buscar un lugar donde Bella desee ir, ¿pero dónde? Me pregunté saliendo de la casa. No encontraría ninguna respuesta encerrado en cuatro paredes, así que lo mejor era salir y despejar mi mente. Comencé a caminar en pasos lentos, pensando en una forma de torturar a la enana lenta y dolorosamente por hacerme morir de preocupación. Y luego para completar, la sacaría de compras y llenaría su armario de ropa hasta el tope de éste. "Es una excelente idea" me dije, ahora solo me faltaba encontrarla. Pequeños detalles.
En cuestión de minutos llegué al parque preguntándome por milésima vez donde estaría Bella. Estaba ansioso, Bella era un gato perdida en no sé donde, con frío, con hambre y sola. "No pienses en eso" –dijo mi conciencia– "Bella es inteligente, ¿acaso no te acuerdas cuando mojó toda tu ropa en gasolina y luego la prendió?" Eso era verdad, Bella sabía cuidarse de sí misma. Aunque no entendía que tenía que ver la inteligencia de mi hermana con el hecho de que no tuviera ningún conocimiento sobré la moda y la odiara, por lo menos, me dio la suficiente gracia para soltar una pequeña risita. Por supuesto que me acordaba de aquel día, Bella había querido vengarse de mí, por haber quemado toda aquella ropa horrenda, quemando la mía a cambio, así que las llenó de gasolina y luego les tiró un fósforo; con eso, adiós ropa y adiós casa, pues se le olvidó primero sacar la ropa… Y ahora que recordaba el final de la broma de mi hermanita, ya no estaba tan seguro de su inteligencia.
Iba tan inmerso en aquel recuerdo que no noté a la chica que caminaba al lado opuesto al mío y antes de poder darme cuenta, choqué con ella. Tenía una piel fría como el hielo y dura como una piedra. Qué extraño.
–Ups, lo siento, no vi por donde caminaba –me disculpé.
–No hay problema, yo tampoco estaba pendiente –dijo ella con una voz musical. De inmediato pude notar que era un vampiro, piel pálida, ojos dorados, ojeras y, en cierto modo, perfecta y hermosa.
–Entonces creo que fue culpa de ambos –bromeé. La vampira parecía ser agradable.
–Sí, creo que sí –sonrió ella–. Por cierto, soy Alice Cullen –se presentó tendiéndome la mano…
