Veinticinco vidas

Disclaimer: Hetalia no me pertenece.

Advertencias en este capítulo: OOC. Mención de una relación prohibida.

Aclaraciones previas:

—Este fic será una colección de viñetas unidas por la estructura del poema: 25 lives de Tongari.

—No teman en preguntarme si tienen alguna duda al respecto del fic.

Agradezco de antemano la lectura y posibles comentarios.

Gracias a yoliiiiiiiii, kayra isis, Bunny Nya y Jositaa por sus palabras y más. Así como a Helene Mcfly, AnelZac y Miyako Hyuuga1912 por poner esta historia en alertas y/o favoritos.

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01—Carnaval

"La primera vez que te recuerdo, eras rubia y no me amabas".

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Resopla con fastidio, ganándose una mirada de exasperación del mayor de los Vargas. Pronto busca la mano del —en su opinión— más guapo de los hermanos italianos para aprehenderle y así disculparse, sin embargo, el otro retira su brazo para señalar al franchute y puntualizarle que, ni muerto, accederá a utilizar la moda de esa temporada: prendas con mezcla de texturas.

Suspira el heredero de Hispania, su amante es bastante apasionado cuando se trata de moda, fútbol y, supuestamente, bellas mujeres. Incluso lo suficiente como para intervenir sin recato en una conversación ajena entre el galo y su demente "no-novio"; además de convocar a la misma a un alegre Veneciano que no hace más que secundar a su familiar en aspectos que al de glaucas orbes no le interesan.

Ama a Lovi. No a Gucci, Prada, Fendi, Armani o, Versace. Mueve su cuerpo de un lado a otro, incapaz de comprender qué tiene de malo vestirse como a cada quién le salga de los cojones. Vamos, que supuestamente la actual capital de la moda era Nueva York y, nadie veía al representante de Estados Unidos mostrar un ápice de preocupación en sus atuendos.

Bosteza. Tiene hambre. Mucha hambre. No sólo de su amante, sino de una bocata calientita, con algunas pancetas, jamón ibérico —el mejor del mundo—, algo de queso "gratuito" del Suizo y… ¿sería un atrevimiento ponerle calamares rebozados? Le sentaban mal, pero, se le antojaban tanto que ya lo tenían babeando.

¡A la porra la nutella! Se dice, aunque, cambia de opinión al volver la mirada a su antiguo protegido, quien se encuentra bastante inmerso en un absurdo diálogo acerca del poliéster. España no puede olvidar que a Lovino sí que le interesa la fastidiosa reunión, así que abandona la idea de escapar para saciar su creciente apetito.

Derrotado, da marcha atrás para echarse sobre uno de los mullidos sofás del centro de convenciones. Pronto, la apetencia da paso al sueño. Echa las manos por detrás de la cabeza, razonando que una pequeña siesta no cae mal a nadie, mucho menos a quien ya ha dejado de comprender el lenguaje que utiliza su amado para referirse a ropa.

Y, aunque no entiende un solo vocablo de los que ahora utiliza su Romano: lo devora con la mirada. Lamentándose cuando la imagen pierde nitidez conforme sus párpados se obturan por su cuenta, hasta que ya no se abren más. Desciende en un apacible vacío onírico de ingravidez y oscuridad.

La bruma mental en la que está envuelto se despeja cuando percibe que le convocan por su patronímico personal. ¿Acaso es Lovi? Sólo él le dice así en los momentos de plena entrega de los que su cama —y el resto de su casa— han sido testigos. Trata de despertar. Tal vez se imagina la llamada, mas, no puede omitirla.

Parpadea.

Se obliga a despertar.

Quiere reunirse con su caprichoso futuro esposo.

Abre los ojos. La claridad del paisaje le ciega durante algunos segundos. No obstante, no es eso lo que le desconcierta, si no la sensación de tener el corazón ligero, tan liviano que conoce por vez primera la sensación de soledad, de melancolía oceánica. Experimenta una vulnerabilidad casi… casi humana, cuando él no lo es. Él es el la simbolización viviente del Reino de España, ¿no es así?

Se concentra para intentar sentir a su gente. No puede. Empero, el natural acceso de pánico que acompañaría a tal impresión: es pronto acallado por su consciencia, quien no tarda en entregarle un guión. Primero, le ubica en Venecia; después, le otorga una misión, encontrar a quien su corazón pertenece entre todas las personas que asisten esa noche al carnaval.

Sonríe. Si bien no es él quien controla sus músculos o reflejos. No importa, supone que aún en ese extraño sueño debe hallar a Lovino, ¿y a quién más podría ser? Cierto es que entabló relaciones sentimentales y encuentros carnales con otros, mas, ninguno de ellos fue como su radiante italiano a quien prácticamente crío desde la cuna.

Escucha que le hablan en un idioma bastante conocido y…olvidado. Extrañamente: consigue contestarle al desconocido que sigue su mismo camino, en dirección a la adornada construcción en la que la música anuncia un gran festejo. Uno sin inhibiciones, puesto que cada uno de los invitados parece portar, además de singulares disfraces, máscaras que cubren sus identidades

De hecho, su mano —su mano onírica— no tarda en acomodar su trabajado antifaz sobre su rostro. ¡Oh! ¡Debe molar bastante su atuendo! Ya le gustaría verse…

Lo hace.

Observa el reflejo que el lago artificial le proporciona. Se percata de que ya se encuentra por la tercer década de vida, a juzgar por sus anchas espaldas y la incipiente barba que le da picazón.

¡Barba! ¡Ja! ¡Así que por fin le había salido!

Desea quedarse más tiempo a observar la edad que jamás alcanzará en su existencia cotidiana, es sólo que sus piernas se manejan por sí mismas y pronto atraviesan el umbral en donde yacen los placeres del vino, las bellas mujeres y la deliciosa comida italiana. Algunos invitados parecen escandalizados al respecto y, él se ríe internamente, porque aquél jolgorio son apenas las sobras de las antiguas bacanales.

Sí, los adornos son escandalosamente amorales, las vestimentas bastantes estrafalarias y, las acciones a su alrededor rozan en lo delictivo, pero, nada de eso le sorprende. Está seguro de que lo único que puede maravillarle en esa jornada será el aspecto de su mediterráneo predilecto. ¡Y es que a Romano debe sentarle de muerte un vestuario de carnaval veneciano!

Durante décadas ha insistido en que ambos festejen esas fiestas junto a la encarnación de la parte norte de Italia y, hasta ese día: no lo había conseguido. Al parecer, algunas barreras entre esos dos hermanos eran más infranqueables que las existentes entre él y Portugal, a quienes les basta intercambiar toallas y paellas para fomentar una afable hermandad.

¡Aww, Lovi!

Le fascina pensar en el otro, por más que sus amigos se burlen al respecto. Bff, como si las preferencias de Francia y Prusia fuesen mejores. ¡Gilipollas! ¡Eso es lo que son! Gilipollas con quienes se la pasa bien, mas, gilipollas al fin y al cabo. ¿Y en qué estaba? ¡Ah, sí! En buscar el portentoso cuerpo de su italiano, quién está para comer pan y mojar.

Escucha que le llaman.

¿Será ella? ¿Ella? Gradualmente a los recuerdos que tiene de Lovino se le van transponiendo los de una niña de pocas sonrisas y muchos gruñidos. Se bloquea. Acepta esa otra realidad. Una en la que no crío a un varón, sino a una hermosa infante que se desarrolló para ser una agraciada mujer con mucho carácter.

Una preciada fémina que reconoce de inmediato, sin importar el exceso de ropa que la encubre, su perturbadora careta de porcelana y, una larga peluca de hebras doradas, compuesta —seguramente— de cabello germánico. ¿No… ella odiaba lo de esos lares? Sí, Ch…Chiara detestaba todo lo relativo a Germania.

Detalle sin importancia.

¡Está bellísima!

Sin siquiera notarlo, su consciencia obtiene el control de aquél cuerpo y, aprovecha para abrir los brazos en dirección a la ahora atractiva rubia. No obstante, su amada se limita a tomarle de la manga, para después jalarle con presura a alguno de los balcones privados de la estancia, los cuales pueden cerrarse con cortinas.

¡Picarona! ¡Su Chiara es una picarona! Así que quería intimidad para ambos…Bueno, él tiene dos o más ideas de cómo aprovechar el tiempo a solas, aquella noche. Además, seguro que con el ruido tanto de la música como de las conversaciones: nadie tendría por qué adivinar lo que ocurre tras los finos bastidores.

Omite sus pensamientos para escucharla. No le entiende. El latín que la muchacha maneja es diferente al que recuerda de hace siglos y, también al que actualmente ronda en las misas. Se esfuerza. Principia a comprender las rápidas y severas palabras femeninas. Desconoce si lo hace bien… seguro que no…

—¡Prometiste que no vendrías!—la ausencia de la máscara ajena permite a su acompañante observar las furiosas lágrimas en los ojos ajenos, —¡él va a venir!, ¡no me hagas volver a elegir!— sentencia con un resoplido.

Y, el varón, aunque poco discierne de la situación, no tiene el ánimo de pedirle explicaciones por tal reacción, ya que se encuentra avasallado por todas las ganas del mundo por abrazarla. Protegerla. De toda la rabia que la hace temblar de pies a cabeza.

—¡Nuestro compromiso nunca volverá a reanudarse!— la chica aprieta los puños con fuerza, al igual que los párpados de donde penden pequeñas gotitas saladas, —¡sé feliz con alguien más, bastardo!— exclama antes de dar la media vuelta para marcharse.

Entonces: recuerda.

Las memorias de esa otra vida le golpean sin aviso. Rememora su torpe enamoramiento de la cría, su falsa seguridad de ser correspondido y, la declaración que ella aceptó por simple cobardía que más tarde consiguió vencer, porque… amaba a otro.

Chiara amaba a otro.

A pesar de que ese vínculo sería un secreto por siempre, porque las cadenas de sangre y apellido eran más pesadas en esa sociedad que la liberación del amor correspondido.

Se contiene. Ansía correr tras de ella. Recordarle que él podrá darle un hogar público y aceptado, no como su hermano. Prometerle que con el tiempo, la hará tan feliz como el otro Vargas. Empero, lo atan los recuerdos de esos dos, de los amantes filiales, de sus sonrisas compartidas y manos entrelazadas debajo de la mesa.

Parpadea.

Lentamente regresa a su primer consciencia. Aspira. Vuelve a él. A ser el Reino de España, no Antonio Fernández, el comerciante de la provincia ibérica que se enamoró de su joven ahijada en un mundo dónde el Imperio Romano jamás decayó. Aunque, no por eso deja de ser menos doloroso tal rechazo.

Sólo quiere despertar.

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RESUMEN

La magia del amuleto rumano lleva al ibérico a un viaje dimensional a través de otras existencias, si bien él cree que son sólo sueños. En la primer vida alterna, ubicada en un mundo todavía dominado por el Imperio Romano, Antonio es un comerciante que se prendó de la mujer equivocada, puesto que Chiara Vargas no está interesada en él, sino en su propio hermano.

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PRÓXIMAMENTE:

03—Cabaré

"La siguiente vez, eras castaña y me amabas".

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Notas de autor:

● ¡Juro que esta historia es Spamano! Si bien algunas líneas del poema son trágicas y, conllevarán que ellos no terminen juntos en algunas ocasiones; lo siento.

● Y, por favor, si ven algún error de coherencia u ortotipográfico: avísenme. No he dormido bien en estas 72 horas y, sólo porque waifu procura que coma y demás, puedo todavía considerarme un ser humano.

~FELIZ DÍA~