Segundo capítulo de "El retorno". Creo que no me he demorado mucho ¿no?
Gracias a todos por leer y comentar.
Capítulo dos.
Miró el reloj del despertador. Las cinco y cuarto de la mañana. Suspiró, deshaciéndose del edredón que la cubría y se dirigió hacia la ducha. Una vez allí, dejó que el agua recorriera su cuerpo tratando de liberarse de toda la presión que sentía. Los últimos días en la comisaría habían sido bastante incómodos. Todo el mundo se enteró de lo ocurrido y comenzaron los rumores. Castle, por su parte, dejó de asistir cada mañana a la comisaría; ni siquiera se molestó en ir para despedirse. Aunque tampoco podía reprocharle nada, no sabía cómo habría reaccionado ella misma si estuviera en su posición.
Envuelta en su toalla, caminó hasta llegar a la cocina y puso a calentar el café. Se acercó a la mesa de cristal y volvió a rebuscar entre los CDs hasta encontrar 1989, de Taylor Swift. Cuando comenzó a sonar Bad Blood, subió el volumen y cantó alto, intentando llenar el vacío que sentía en su corazón y la soledad que había empezado a reinar en su apartamento y en su vida.
Siempre había sido una aficionada a la música, aunque nunca lo había mostrado. Eso sí, tenía que ser su música, para poder disfrutarla. Taylor Swift era una de sus cantantes favoritas puesto que todas sus canciones se basaban en hechos que la habían ocurrido y lograba mezclar sus sentimientos con acordes y palabras que encajaban a la perfección; al igual que Passenger.
Regresó al baño. Se miró en el espejo y observó lo que se temía. Había adelgazado un par de kilos, y su cara mostraba varios signos de cansancio: amplias ojeras y ojos rojos. Insomnio provocado por la ruptura, y por el alcohol que consumía cada noche al regresar de comisaria.
Una vez hubo desayunado, marchó hacia su habitación y buscó ropa para ponerse. Sacó un par de camisas y un pantalón. Probó cual quedaba mejor y, tras decidirse, se deshizo dela toalla dispuesta a cambiarse. Hasta que cayó en la cuenta de algo, era domingo. Suspiró, aunque más tarde una sonrisa se mostró en su rostro.
-¡Es domingo! –gritó, comenzando a bailar hacia el mini-bar de su cocina.
Unos golpes llamaron su atención. Alguien esperaba detrás de la puerta a que abriera. Negó con la cabeza, resistiéndose a dejarle pasar. No sabía quién era, tampoco la importaba. Siguió moviéndose al son de la música, que cada vez estaba más alta.
No tardó en reconocer la voz que pedía que la dejara pasar. El alcohol todavía no había hecho gran mella en su consciencia.
-¡This love is good, this love is bad! –gritó cantando.
Miró hacia la botella que sostenía con su mano. Estaba vacía. Se encogió de hombros y fue a por otra botella nueva. ¿Ron, Whisky o Ginebra? Se preguntó. Tomó el primer frasco y le abrió con facilidad. Pegó un amplio sorbo y sintió como su garganta quemaba. Sonrió al notar como el alcohol empezaba a volver borrosa su vista y se giró para mirar hacia la entrada. Tuvo que luchar por mantener el equilibrio pero una vez conseguido, se sorprendió al ver a Lanie a unos metros de ella, con los brazos cruzados y mirándola con enfado.
-Adelante, pasa. Siéntete como en tu casa –dijo con sarcasmo.
La forense se acercó a ella mientras guardaba la copia de la llave del apartamento de su amiga en su bolsillo.
-¿Se puede saber qué te pasa?
-¿Qué qué me pasa? –preguntó, pronunciando con dificultad las palabras debido al hipo. –Pues sinceramente no lo sé. ¿Quieres un poco?
La tendió la botella. Lanie la cogió pero en lugar de beber, tiró el contenido por el fregadero.
-¿Qué demonios haces? ¿Quieres que te dé un coma etílico? Kate, deja de beber, por favor.
-Cuando no bebo, empiezo a sentir; y no me gusta lo que siento. –se sinceró. Pero rápidamente regresó de la cocina con otra botella.
-No puedes seguir así. Tu misma me dijiste una vez que jamás llegarías a estos extremos. Dios santo Kate, tu misma has estado en mi posición cuando tu padre se dio a la bebida.
-No, no, no, no –dijo, negando a la vez con el dedo índice de su mano izquierda. Los movimientos que hacía mostraban sin lugar a dudas que pronto se caería al suelo. –No me puedes comparar ambos casos. Yo estoy perfectamente.
-Si estás tan bien, cuéntame qué diablos se te pasó por la cabeza para romper con Castle.
Beckett se frenó en seco. Su cerebro se volvió lúcido por unos instantes y supo que tenía que echarla de su casa, o la contaría todo debido a los efectos de alcohol. Y eso no podía hacerlo.
-Me entraron miedos ¿vale?
Sabía que eso no iba a convencer a su amiga. Si, tenía miedos ante la boda pero era lo que más deseaba en el mundo y nada impediría que se casaran. Nada excepto Jerry Tyson y sus ansias de venganza.
-No me vengas con esas. Ambas sabemos que no es verdad.
-Vale –contestó con tono de burla. Realmente el alcohol la hacía ser alguien despreciable. –No, no es eso. Pero sabes que no te lo voy a decir. Así que, muchas gracias por tu visita, pero soy mayorcita y sé cuidarme sola.
Abrió la puerta e hizo un gesto, indicando a su amiga que se marchase. La oyó suspirar y vio cómo se dirigía hacia la puerta. Se sintió mal por ella; había venido a ayudarla y lo único que había recibido a cambio fue un gesto de desprecio.
-Esto no acaba aquí, Katherine Houghton Beckett. –sentenció Lanie, apuntándola con el dedo.
-Eso espero. –respondió la inspectora con angustia y dolor, y con un toque de esperanza. Esperanza dirigida a su amiga.
Y, efectivamente, la forense lo había notado.
Llevaba horas encerrado en su despacho. Sostenía con su mano derecha el primer ejemplar de la saga Nikki Heat y con su izquierda un vaso con Whisky. Bebía, para poder soportar todo, pero se prometió a sí mismo no pasarse de la raya. Tanto su madre como su hija estaban preocupados por él y lo último que quería era alterarlas más.
Sabía que se estaba torturando con la rutina que había empezado el día después de que, la que era su prometida, rompiera con él. Pero no podía evitarlo, no quería dejarla ir; no podía creer que todo por lo que había luchado durante años, se hubiese acabado de un plumazo.
Tenían un futuro. La boda estaba casi planeada, los invitados ya habrían recibido las invitaciones y los servicios de catering y la música ya estaban contratados. Suspiró, llevándose el vaso a la boca y separando su vista del libro para clavarla en la montaña de marcos de fotos que había en un rincón. Otra reforma que había hecho. Todas las fotos que había dispersas por la casa, en las que salía la detective, las había reunido en su despacho.
Mirara a donde mirara, un recuerdo con la mujer a la que amaba –y la que le había roto el corazón- volaba hasta su mente.
Otra de las cosas que echaba de menos y que le había proporcionado demasiado tiempo libre era dejar de asistir a comisaria. Se sentía mal por los chicos, no quería que pensaran que cada mañana se presentaba allí solo por ella. Tanto Ryan como Espósito habían ocupado un espacio en su corazón. Pero se veía incapaz de ir allí, y hacer como si nada hubiera pasado. Se veía incapaz de mirarla a la cara.
Lanzó su vaso contra la portada del nuevo libro que había en la habitación, provocando un sonoro ruido que alertó a las dos pelirrojas que veían una película sentadas frente al televisor.
Pocos segundos después, Martha cruzaba la puerta y entraba al despacho, dispuesta a sincerarse con su hijo sobre lo que de verdad pensaba de la situación.
-Lo siento mucho, madre. Vuelve a la película, estoy bien. –sonrió, intentando que sus palabras sonaran convincentes.
-Querido, sabes que siempre voy a estar de tu parte y te voy a apoyar en lo que hagas. Pero, ¿de verdad crees que Katherine hizo lo que hizo, simplemente porque se hartó de ti? –miró hacia atrás una vez expuesta la pregunta, para asegurarse que la puerta estaba cerrada y que, mientras no levantaran mucho la voz, Alexis podría seguir durmiendo sobre el sofá.
-No quiero hablar de ella, os lo dejé bastante claro el otro día. –La voz del escritor sonaba fría.
-Richard, piénsalo un momento. Deja a un lado el dolor y deja que tu mente vea con claridad la situación. Ambos la conocemos. No había otra cosa que deseara más en el mundo que casarse contigo.
-¡Eso no lo sabes! –Castle perdía los papeles poco a poco.
-Si lo sé, y tú también. La hacías feliz, querido. Muy feliz. ¿Por qué este cambio tan repentinamente?
-Y yo que sé –respondió esta vez más calmado, pero con frustración; a la vez que sus ojos se humedecían. –Se la habrán cruzado los cables, habrá dejado de quererme… no lo sé.
Desvió la vista al techo, tratando de tragarse las lágrimas.
-¿Y si alguien la hubiera forzado a hacerlo? ¿No te has parado a pensar en eso? Las cosas tendrían más sentido de esa forma. Quiero decir, un día se siente de la familia y nos trata como a la suya propia, y al siguiente se presenta aquí, y rompe contigo. Si hubiera encontrado a otro hombre, o hubiera dejado de quererte como tú mismo has propuesto, esa mujer no habría tenido el valor de venir aquí, semana tras semana, y simular que no pasaba nada.
Esta vez, agachó la cabeza para mirar al suelo. La conocía desde hace más de seis años, ella no era así. Su madre tenía razón, y la ira le había cegado.
-¿Y quién podría haberlo hecho? –preguntó, entrando a la cordura poco a poco.
-Eso, hijo mío, ya es cosa tuya –sentenció Martha, y salió de la habitación; no sin antes abrazarle con cariño.
El escritor permaneció quieto, pensando en las palabras de su madre. Era una buena teoría, muy buena; y eso explicaría muchas cosas.
Sin embargo, todavía necesitaba escuchar la opinión de alguien más. Alguien que pudiera tratar el asunto con objetividad, sin preferencias. Tomó su móvil y mientras marcaba el número, recogió los pedazos grandes de cristal que había dispersos por el suelo y que antes formaban un vaso.
Les vio entrar por la puerta. Parecían contentos por volver a verle. Levantó la mano con la que sujetaba el recipiente que contenía alcohol en forma de saludo, y ambos hombres se dirigieron hacia él con una sonrisa. Hizo un gesto al camarero según estaban llegando para que les pusiera un vaso también y se levantó para abrazarles. Sin duda, les había echado de menos por mucho que se negara a reconocerlo.
-¿Qué tal estás, tío? –preguntó Esposito, colocando una mano sobre su hombro.
Él se limitó a levantar los hombros como respuesta.
Observó una sonrisa triste en sus rostros y se sintió culpable. Cuando apareció seis años atrás en la comisaria, jamás pensó que llegaría a convertirse en lo que era ahora. Su reputación de mujeriego egocéntrico había desaparecido completamente; había conseguido muy buenos amigos, amigos de verdad y no los que tenía entonces; volvía a disfrutar escribiendo y no lo veía como su trabajo –aunque se ganara la vida con ello- sino como su pasión, tal y como el día que publicó su primer libro; había pisado tierra firme con sus pies y había reformado su vida para convertirla en eso precisamente; había averiguado el verdadero significado de la palabra amor y de lo que ello conlleva: dolor.
El mismo dolor que sentía en esos instantes.
-Se te echa de menos en la comisaría. Todo el mundo está serio y desanimado.
-Será que tengo poderes mágicos y llevo la alegría allí a donde voy –soltó con sarcasmo, bebiendo un trago del vaso.
-No sé qué mosca la habrá picado, Castle. Estaba deseando casarte contigo, tenía loca a Lanie con los preparativos y esas cosas de mujeres. No entiendo su cambio tan repentino.
-Pues anda, que a menuda te has llevado al bote tú –dijo Castle, sonriendo por primera vez en mucho tiempo. No le venía mal de vez en cuando desconectar y quedar con los chicos.
-Eso. Tío, ¿Tory? ¿Qué pasa con Lanie?
Espósito miró con rabia al escritor.
-Dónde las dan, las toman –contestó él. Los tres rieron, antes de ponerse serios y tratar de verdad el tema por el que estaban allí. –Veréis, mi madre me ha hecho pensar en algo. Si es verdad lo que decís, que estaba deseando casarse… ¿Por qué un cambio tan repentino? Lo he estado dando vuelta y, sí, puede que simplemente haya dejado de quererme –notó como su corazón se partía en pedazos –pero, si estaba tan contenta por cómo nos iba… ¿Y si alguien la hubiera forzado a hacerlo?
Ryan y Espósito coincidieron con él. Todo tendría sentido.
-¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes? –pronunció Kevin en un susurro.
-¿Quién haría algo así?
-Lo pensé de camino a aquí. Bracken, Jerry Tyson, mi padre, algún asesino al que hayamos metido en la cárcel y quiera vengarse… Podría ser cualquiera.
-Empezaremos revisando las cámaras de seguridad del apartamento de Beckett y las cercanas a él. –propuso Ryan.
-Yo hablaré con Lanie para ver si consigue sonsacarla algo –se ofreció Javier, introduciendo su mano en el bolsillo del pantalón. –Hablando de la reina de roma –dijo, mostrando el móvil a los otros dos hombres. –Hola, Lanie. ¿Qué pasa?
Tras varios minutos hablando por teléfono, finalmente le colgó y dio explicaciones a los demás.
-Dice que acaba de salir del apartamento de Kate. Estaba borracha, con la música a tope y sin parar de beber.
-¿Borracha? ¿Kate? Imposible. Una vez me contó que había hecho un pacto con su padre. Ella no bebería en abundancia, si él no volvía a caer bajo la tentación del alcohol. Y lo cumplía a raja tabla.
-Pues no creo que Lanie se lo haya inventado. Estaba muy alterada.
Se oyeron suspiros, acompañados de unas palabras del escritor.
-Dios santo Kate, ¿Qué es lo que está ocurriendo?
Colocó su mano sobre su frente. Eso te pasa por beber dijo una vocecilla en su mente. Se incorporó sobre el colchón, agarrándose con firmeza a la mesilla de noche. Sentía un mareo enrome. Apoyó ambos pies sobre el suelo y cuando pensó que podía caminar sin tambalearse demasiado, comenzó a caminar hacia el baño en busca de un ibuprofeno. Se colocó frente al espejo y tiró de una de las esquinas. El armario se abrió y rebuscó hasta darse por vencida. ¿Dónde diablos había dejado las pastillas? Se sentó sobre el retrete y sujeto su cabeza con ambas manos. Soltó un grito de desesperación que solo hizo que su dolor de cabeza aumentara gradualmente.
Sonrió al recordar la localización de las pastillas y volvió a ponerse en pie. Esta vez, mantuvo mejor el equilibrio y pudo andar sin sujetarse con las paredes. Pero cuando bajó las escaleras y vio su salón de frente, se encontró con Jerry Tyson, sentado en su sofá. Siguió andando, sin pararse. Con un poco de esperanza, aquella figura solo sería un macabro juego de su imaginación pero desechó la idea al oírle hablar.
-¿Es que no piensa ni saludarme?
Le ignoró. Recorrió el camino hacia la cocina y abrió un pequeño frasco que había sobre la encimera. Sacó una caja, tomó una pastilla y se la tragó sin necesidad de agua. Apoyó las manos con fuerza en el borde de la encimera y apretó con fuerza hasta hacerse daño.
-Ya que no estás dispuesta a escucharme, no me queda otra que ir al apartamento de tu querido amor y acabar con su vida.
Le oyó suspirar y vio cómo se levantaba del sofá. Entonces, su cerebro volvió a funcionar y reaccionó.
-¿Qué quieres ahora?
El asesino sonrió.
-Me han llegado ciertos rumores. Parece ser que alguien ha propuesto la genial idea de que tu idea de romper con el escritorzuelo ha sido forzada. Forzada por alguien como yo.
El rostro de la detective empalideció al oírlo. Ella no había dicho nada, y así estaba dispuesta a explicárselo.
-Tranquila, sé que no fuiste tú. Así que por ahora, Richard Castle seguirá con vida. Pero he de tomar cartas en el asunto, antes de que me descubran. Y me temo que Martha Rodgers no tendrá tanta suerte como su hijo.
Cerró los ojos. No podía estar pasando esto. Una semana antes, todo iba genial. Estaba planeando su boda, era feliz con el hombre al que amaba. Y ahora, luchaba por mantener con vida a ese mismo hombre, y evitar que el asesino que tenía enfrente le destrozara la vida.
-¿Por qué ella? No, no puedo permitirlo.
-Fue quién tuvo la idea de que alguien estaba detrás de todo esto. Digamos que fue la única que confió en ti. Y se lo agradecerás, pegándola un tiro.
