Capítulo 8

Cuando llegó la hora de que los nuevos esposos se retirararan, algunos de los sirvientes y otros invitados que actuaron como testigos los escoltaron hasta su dormitorio. Shaka les dio las gracias y les dijo que dispensarían con la ceremonia de desvestirse* pero que aún no cerrarían la puerta con llave. Primero ambos se dirigieron hacia el tocador y retiraron los dobletes que llevaban puestos; se despojaron mutuamente de sus respectivas camisas de suave lino blanco y se besaron en los labios, señal que esperaban los testigos de aquella escena para que se retiraran y cerraran la puerta para dar mayor intimidad a la joven pareja.

Poco a poco el resto de las prendas cayeron. Shaka besó tiernamente a Mu y lo guió hasta la cama, en la cual ambos se echaron; ambos esposos se acariciaban y se besaban con gran ternura al principio. Poco a poco aquellos besos y caricias se volvieron más osados.
Shaka exploraba a sus anchas el cuerpo de su joven esposo, del que admiraba sus proporciones, sus músculos torneados a base del trabajo en la forja, su suave piel y el delicioso aroma a flores silvestres que aún conservaba del baño en agua perfumada que tomó aquella mañana. Shaka no quería dejarse ni un solo milímetro de piel por acariciar porque ambos querían que aquellos maravillosos momentos duraran el mayor tiempo posible. Shaka hizo que Mu se diera la vuelta hasta que quedó completamente de espaldas a él para poder besar su cuello de forma más sensual.

Mu reciprocó aquellos gestos algo más tarde. Le fascinaba el esbelto cuerpo del estratega, algo menos muscular que el suyo pero igualmente bien proporcionado, Shaka le parecía un ser sumamente exquisito y refinado. Adicionalmente su piel blanca como la nieve, rubios cabellos y ojos azules daban a Mu la impresión de estar en la presencia de un hermoso ángel.

Ambos se estremecían al sentir aquel contacto tan directo y tan íntimo; sus lenguas habían dejado trazas brillantes en sus cuerpos, que estaban iluminados tan sólo por la tenue luz de unas velas estratégicamente situadas en el cuarto y la luz de la luna que penetraba a traves de un pequeño lugar donde la cortina no estaba cerrada por completo.
Los gemidos, susurros, suspiros y dulces palabras que ambos se dedicaban eran los únicos sonidos que podían oírse y el tiempo parecía haberse detenido para ambos.

Shaka recostó a Mu por debajo suyo. Sonrió a su amado y colocó su mano sobre la cara interna de los muslos y le acarició aquella zona con las yemas de los dedos durante unos instantes.

—Te amo, precioso...
—Y yo a ti, Shaka... —dijo algo nervioso el más joven—, pero... ¿y si nos oyen?

Shaka le acarició su rostro con ternura.
—¿Qué más da? —dijo llevando su mano al miembro de su marido, iniciando un suave movimiento de vaivén que hizo que Mu se mordiera su labio inferior mientras trataba de retener los gemidos que amenazaban con escaparse—, es nuestra noche de bodas..

Shaka besaba el cuello de Mu y comenzó a descender lentamente por su tórax hasta que por fin sus labios tomaron lugar de sus manos, una de las cuales entrelazó con las de Mu. Mu abrió las piernas para que Shaka estuviera más cómodo y se dejó llevar por el efecto de aquellas deliciosas succiones.
Tras lo que le pareció un larguísimo rato, Mu sintió que deseaba algo más intenso. Shaka llevó su mano libre a los labios de Mu mientras continuaba dándole placer oral y le introdujo dos dedos en su boca. Mu comenzó a humedecerlos y a replicar los vaivenes de Shaka, hasta que sus caderas comenzaron a rotar lentamente y se volvieron más incontrolados sus movimientos. La señal que Shaka había esperado.

El rubio sacó los dedos de la boca de Mu y los llevó a la entrada de la zona más íntima de su cuerpo, se incorporó levemente y mientras que estos jugueteaban allí, Shaka volvió a tomar posesión de los labios de Mu y una vez que aquel largo beso acabó, murmuró.
—¿Puedo? —preguntó refiriendose a sus dedos. Mu asintió simplemente con un movimiento de cabeza—... es mejor así, Mu...

Shaka estaba impaciente por el premio final, pero sabía que debía dar el tiempo que fuera necesario a Mu pues no tenía experiencia previa. Shion, además, antes de dar permiso a Shaka para casarse insistió en que su hijo permaneciera virgen hasta el día de su boda, decisión que Shaka, como buen caballero, había respetado. Ambos se besaban apasionadamente hasta que Mu por fin pronunció las palabras que el de ojos celestes ansiaba tanto oír.
—Hazlo ya, Shaka...

Lentamente sacó sus dedos y su miembro tomó el lugar de los dígitos. Shaka se acercó a su rostro para besar sus labios lentamente, también secó las lágrimas que empezaban a aflorar en los ojos del chico, causadas por el súbito dolor.
—Pronto pasará...—le dijo elevándole las caderas para profundizar aún más.
El rubio se movió lentamente hasta que consiguió quedarse totalmente insertado en aquel estrecho lugar, Sintió ganas de empujar con más fuerza pero se contuvo, limitándose a que sus caderas hicieran un suave vaivén para incitar a su joven amante a que le imitara.

Durante la noche en la que ambos hombres demostraron su amor de forma física por primera vez, Shaka por fin pudo ver que Mu ya estaba listo para poder moverse con mayor rapidez dentro de su amado.
Y las horas pasaron hasta que ambos quedaron agotados después de haber sentido un magnífico placer que los había hecho tocar el séptimo cielo. Ya era muy entrada la mañana cuando ambos despertaron y corrieron las cortinas de su cama adoselada.
Los sirvientes entraron en la habitación mientras ambos dormían, les prepararon la bañera al lado de la chimenea para que el agua se mantuviera caliente, dejaron sendas mudas de ropa limpia y retiraron la sucia.

Y los días pasaron, ambos disfrutaron de su maravillosa luna de miel. Salían a pasear por los bosquecillos cercanos a veces solos y de tanto en tanto en compañía de su hijita, a la que ambos adoraban y las noches... esas maravillosas noches cuando ambos volvían a amarse una y otra vez, tomando turnos en descubrir el cuerpo del amante y de hacerlo suyo hasta quedar exhaustos.

Nota de la autora

*En muchos países, cuando los miembros de la nobleza se casaban, los sirvientes se encargaban de desvestir por separado a los esposos, después los acompañaban hasta la cama y no se iban hasta que se hubieran besado pues legalmente eso constituía la consumación del matrimonio si la pareja era muy joven (a veces niños menores de diez años se casaban) A veces se quedaban algunos testigos a presenciar como se consumaba el matrimonio desde otro lado de la misma habitación o en una contigua si se trataba de una pareja adulta.