Capítulo 10

Fue un día tan maravilloso como el de la boda de sus padres y la felicidad que respiraban los presentes era palpable, aunque no del todo perfecta.

La terrible guerra que azotó tanto a Holstein como a todos los reinos circundantes poco tiempo antes se había cobrado numerosas vidas; el precio a pagar fue altísimo y aquel maravilloso día faltaban varios amigos, entre ellos, Aldebarán, el capitán de la guardia real, que murió en una cruenta batalla. Su pérdida fue particularmente triste para Angelika pues fue su instructor en el manejo de la espada y el combate sin armas, además Aldebarán, aunque no tenía hijos propios adoraba a los chiquillos y ella le correspondía en igual medida. De hecho, la chica adoptó como suya propia la fecha de compleaños de aquel amable hombretón ya que nunca conoció a sus verdaderos padres ni las circunstancias exactas de su nacimiento.

Faltaba también Aioros, el irreprimible consejero que tantos quebraderos de cabeza dio a Shaka en su día y que fue el padrino de su boda con Mu, también faltaban tantos otros...
No obstante, aquel día nada lo pudo estropear e incluso hubo momentos en los que los invitados sintieron la presencia de los amigos que faltaban de forma casi palpable, como si en realidad estuvieran allí observándoles y disfrutando de aquel maravilloso acontecimiento con ellos.

Finalmente, una vez que las festividades dieron a su fin, Mu y Shaka sintieron que la casa estaba muy vacía sin la presencia de su hija, pues ella ya iba en camino hacia su nueva vida con Mime.
—No estés triste, Mu... Angelika no se ha ido lejos.
—Lo sé, pero la casa parece vacía sin ella.
—Yo sigo aún aquí.
—Y me siento el hombre más afortunado del mundo sólo por eso...

A pesar de sus palabras de ánimo y su serena compostura la mirada de Shaka permanecía tan triste como la suya y Mu decidió tratar de alegrar a su esposo y por eso insistió en que salieran al patio.
—Mira como brilla la luna...
—Mu, ¿qué te propones?
—Bailemos una gallarda, como la noche que salimos de casa de Aioros. Aún me acuerdo de nuestro paso de volta a la luz de la luna y quisiera repetir —dijo mirándolo con carita de carnerito degollado.
—Está bien, Mu. Sabes que no puedo negarme a darte ese pequeño capricho.

Bajo la luz de la luna se podían distinguir las siluetas de dos figuras que danzaban al compás de una música que sólo ellos podían oír.

Angelika y Mime pasaron una maravillosa luna de miel. La joven añoraba la casa donde había vivido de niña pero se sentía muy feliz al lado de su esposo y tenían unas noticias muy importantes por comunicar a sus padres. Por eso, acordaron en pasar un día entero con ellos.
Mientras que esperaba a que el "pelos de zanahoria" (como lo llamaba afectuosamente) terminara de dar clases de música, Angelika revisaba unos documentos. La joven estaba absorta en su tarea y no se había dado cuenta de que alguien se estaba acercando a ella por detrás hasta que esa persona le tapó los ojos.

—¡Adivina!— le habló una alegre voz.
—¿El príncipe Shun?... ¿Su Majestad? ... ¿tampoco? ¡Uff!, ¡qué difícil! —retiró las manos de su rostro y se giró—, pero si es mi querido maridito...

El chico le dio un largo beso antes de que pudiera decir más.
—Mime... —se abrazó a él— creo que deberíamos salir ya y darles el patatús a los papis de una buena vez.
—Angelika... ¡vaya manera tan irrespetuosa de referirte a ellos!
—Ja, ja... ¿salimos ya o vas a seguir dándome lecciones de modales?
—¿Y a tu marido también le hablas así?
—Pues claro, yo estoy felizmente casada, en cuanto a él... no lo sé— le contestó a su sonriente esposo.

En poco menos de media hora ambos ya se encontraban en el recibidor de la casa de Jungfrau envueltos en un largo abrazo por parte de Shaka y Mu.
—Angelika, te veo radiante —comentó Mu al verla.
—Gracias, papá —respondió la muchacha.
—Me alegro de ver que nuestra hija tiene un aspecto tan maravilloso —Shaka guiñó un ojo a Angelika y descargó su mano pesadamente sobre el hombro del más joven y lo miró severamente—. Herr Mime, de no haber sido así, puedo asegurarle que le habría demandado una respuesta satisfactoria.

Todos se echaron a reír tras oír al rubio.
—Ya veo que nadie me toma en serio...
—Padre, ¡qué lo conocemos de sobra! —dijo el chico estrechando la mano de su suegro.
Los cuatro se dirigieron alegremente al comedor, donde los sirvientes habían dispuesto una mesa bellamente decorada con un servicio para cuatro personas y habían usado la mejor mantelería, cubiertos de plata y finas copas, en el centro había un pequeño ramillete de flores silvestres como decoración.

Después de un delicioso almuerzo salieron al jardín y se sentaron en unos banquitos para disfrutar del hermoso día de sol, uno de los últimos antes de que comenzara el invierno. Angelika y Mime intercambiaron miradas cómplices tan obvias que la pareja anfitriona sospechó que se traían algo entre manos.
—Angelika, querida —dijo Shaka, que se había levantado para inspeccionar un rosal—, ¿tienes algo que decirnos?
—Está bien, padre... pero primero siéntate. No se te escapa ni una, ¿eh?
—¿Por qué crees que aún soy el estratega principal del reino? —respondió con una media sonrisa— ¿Y bien, jovencita?
—Padre, ¡siéntate de una vez!...
—Estos jóvenes... ¡qué maleducados!. Shaka, amor, siéntate que estos dos no desembucharan si no lo haces.

Shaka se sentó a regañadientes y Mime y Angelika intercambiaron miradas de nuevo.
—¿Estáis los dos bien sentados?
—¡Sí! —respondieron al unísono.
—¿Seguro? —preguntó Mime.
—¿Queréis ir al grano de una buena vez? —replicó Mu algo impaciente.
—No digáis que no os he avisado —replicó la joven—. En la primavera os convertiréis en abuelos.

Ambos esposos se miraron con una expresión de sorpresa en el rostro que pronto cambió a una enorme sonrisa en ambos. Angelika tuvo que contestar a un sinfín de atropelladas preguntas que ambos le hicieron, pero en lo que hubo unanimidad era en que aquella noticia trajo una gran alegría a todos. Shaka se sentía enormemente feliz ya que perdió a sus hermanas y madre a una edad muy temprana, mientras que Mu recordaba con gran ternura a su amada madre, la mujer que lo había sacrificado todo por su bienestar porque nunca quiso deshacerse de él.
—A quien le va a dar una buena sorpresa será a tu abuelo, pequeña —dijo Mu— ¿te acuerdas, Shaka, que dijo cuando le anunciamos que tú y yo nos casábamos que antes de que cumpliera cincuenta años se convertiría en bisabuelo?

Shaka sonrió abiertamente a modo de respuesta.

Unos meses más tarde nació un precioso niño pelirrojo al que pusieron el nombre de Henrik, pero al que afectuosamente todos llamaban Kiki.