Picnic

John Watson bostezó sonoramente cuando llegaron a "Alexandra Park". Era un sitio enorme y precioso, rodeado de árboles con una hierba de color verde intenso. El único problema es que era muy temprano para ser domingo y hacía demasiado frío como para que apeteciera estar al aire libre.

—Sherlock, ¿por qué estamos aquí…? –preguntó finalmente John.

—¡Cita romántica John! –dijo el detective emocionado.

John le miró alzando las cejas.

—Son las nueve de la mañana Sherlock… —murmuró, no quería estropear el momento pero…

—¡Desayuno romántico! ¡En formato de Picnic!

Sherlock puso la cesta de mimbre que llevaba colgada de un brazo en el suelo, la abrió y sacó un mantel de cuadros blancos y rojos.

—Que… Tradicional –comentó John observándole.

—Exacto John, tenemos que ser clásicos…

John miró el cielo.

—No creo que los picnics suelan tomarse en el desayuno, más bien, creo que es una merienda…

—Pequeñeces, pequeñeces. Tengo café, té, bollos de crema… —dijo mientras intentaba poner el mantel.

John le observaba divertido. Sherlock había desplegado el mantel, lo había sacudido un poco y lo había puesto en la hierba.

Cuando el mantel cayó al suelo las esquinas que no estaba cogiendo Sherlock se juntaron hacia dentro. Sherlock rodeó el mantel y las puso bien descuadrando la tela. John se mordió el labio para evitar reírse.

—¿Necesitas ayuda? –le preguntó al ver que al intentar arreglarlo por la otra parte, golpeaba el mantel y lo doblaba.

—Por favor John, soy el mejor detective del mundo, se poner un mantel.

—Vale…

Tardó unos minutos pero al fin logró poner el mantel exactamente como quería. Fue hacia la cesta a coger uno de los termos donde había té, se levantó una pequeña ráfaga de aire y hecho a volar el mantel.

John no pudo aguantar más y comenzó a reírse a pleno pulmón.

Sherlock le miró ofendido y dejó el termo de nuevo en la cesta. John, por educación, intentó disimular la risa con una inesperada tos, pero no era tan buen actor. Sherlock, un poco satisfecho, fue corriendo hacia el mantel para que no volara más lejos.

Cuando llegó al lado de John, este había disipado su risa, se acercó a él y cogió dos picos del mantel.

—Lo dejaremos en el césped, apoyaremos las rodillas e iremos poniendo las cosas encima, ¿vale? –le dijo.

—Está bien –murmuró Sherlock como si accediera algo increíblemente incómodo.

El médico le miró con una sonrisa. Parecía que Sherlock intentaba hacer grandes esfuerzos porque aquello fuera una cita romántica, pero no le estaba saliendo tal y como esperaba.

Una vez pusieron el mantel, se apoyaron encima para que no se les volara. Sherlock acercó la cesta de mimbre y sacó de ella de nuevo los dos termos, además de dos fiambreras.

—¿Has cocinado tú? —preguntó Watson con curiosidad mientras cogía uno de los termos.

—La señora Hudson me ayudó —comentó mientras se sentaba y ponía uno de las fiambreras de plástico frente a John.

—¿Tuviste a la señora Hudson cocinando toda la noche? —preguntó John

—No…

—Ah.

—Solo dos horas.

—¡Sherlock! —regañó.

—Oh venga que se enfría —murmuró el detective.

John negó con la cabeza mientras se sentaba en el mantel y se cruzaba de piernas. Abrió la fiambrera y sonrió. Creêpes recubiertos de caramelo. Sonrió.

—Gracias Sherlock, me encanta este desayuno. –dijo ensanchando su sonrisa.

El detective sonrió orgulloso.

—¿Café o té? —preguntó.

—Café. Y me vendría bien un tenedor…

Sherlock cogió una taza de hojalata que había traído y le hecho café a John. Luego se la dio. Echó mano a la cesta y comenzó a mirar dentro.

Servilletas, más vasos, otro termo con café...

—Esto… No he traído tenedores —dijo Sherlock.

—¿Y cómo pretendes comer los créepes? —preguntó Watson confuso.

—¡Se han usado las manos durante años! Y no es mi culpa, ¿vale? La señora Hudson preparó la cesta mientras te fui a despertar. Una señora ya senil…Pues se le han olvidado.

John lo miró y negó con la cabeza divertido. No. No erra un picnic convencional, pero no iba a reírse. Seguramente a Sherlock le estaba costando horrores hacer aquello. Cogió el primer creêpe, lo puso bocabajo y lo lió en forma de rollito con el segundo. Luego empezó a comérselo.

—No está nada mal, no. Felicitaré a la señora Hudson —comentó Watson en voz alta.

Sherlock hinchó los mofletes pero no dijo nada. Le daría un poco de cuartel, ya cavaría su tumba luego.

Estuvieron un rato desayunando. John observaba a Sherlock por encima de su plato. El detective hacía todo lo posible por no mancharse los dedos demasiado. Y, al fijarse en sus labios, se dio cuenta que tenía tantísimo frío como él. Los tenía casi morados.

—Uh… ¿Sherlock? –llamó John cuando se hubo terminado el plato

—Dime John —preguntó este mirándole por encima de su plato de tortitas.

—Te sube una oruga por la pierna —comentó el doctor como si nada

Sherlock se miró donde John estaba mirando, allí, una oruga verde y negra subía lentamente por la pierna de Sherlock.

—¡Mierda! —dijo molesto.

Sherlock dejó el plato sobre el mantel y puso el dedo frente a la oruga para que se subiera en él, cuando el pequeño animal lo hizo, Sherlock echó el brazo hacia atrás y luego hacia delante haciendo volar a la oruga.

—Podrías haber sido más delicado… Ese animal no te hizo nada.

—Bueno, este pantalón es caro —se excusó el hombre volviendo a coger el plato.

Watson sonrió, no, no solía llevar ropa cara. Ya era mucho esperar que llevara ropa, como para gastarse un dineral en ella.

—Estoy helado… —dijo Watson cuando acabó su plato —. ¿No hace un pelín de frío?

Sherlock negó con la cabeza y miró al cielo, entonces, empezó a llover. Watson observó el cielo con las cejas arqueadas, luego miró a su amigo que estaba sacando un paraguas de cesta.

—Sherlock, por favor, vámonos —le dijo mientras se ponía de pie.

—Pero… El desayuno romántico…

—Te aseguro que estoy muy agradecido, pero hace frío y está lloviendo, además está muy oscuro. Venga, vámonos y continuamos allí.

Sherlock le miró, no quería irse. Las citas románticas tenían inconvenientes, ¿no? Watson se levantó, fue guardando las cosas en la cesta y la cogió. Comenzó a llover más fuerte y se estaba empezando a empapar. Luego cogió la mano de Sherlock y tiró.

—Corre —le pidió antes de tirar de él.

—No hará falta… —dijo con seguridad, abrió el pequeño paraguas y vio como tenía rasgado la parte superior, así que el agua se colaba.

Watson se echó a reír.

—Vamos anda, déjalo —le dijo dulcemente mientras echaba a correr sin soltarle la mano.

Sherlock le acompaño en la carrera algo disgustado. Las cosas no salieron como había leído en internet, tenía que volver a intentarlo.