Cena con velas
John Watson abrió la puerta de casa en Baker Street. Sus únicas fuerzas estaban destinadas ahora en subir las escaleras, tomar un vaso de leche con unas galletas, ponerse el pijama y dormir. Había tenido tanto trabajo que no tenía fuerzas ni para ducharse.
Cuando entró, se encontró la estancia completamente a oscuras. Suspiró. Ya estaba Sherlock con sus malditos pensamientos nocturnos que obligaban a apagar todas las luces. Echó mano al interruptor, y subirlo hacia arriba observó que no había luz.
—Oh venga Sherlock, no estoy para bromas... Enciende la luz... —pidió el médico con un deje de cansancio en la voz.
Notó como una sombra se movía por la sala y luego, el ruido de un mechero encenderse.
—¿Sherlock? —preguntó dudando, si no era él y era alguien que lo quería quemar vivo debería de pensar eso de huir.
—Shhhh... —susurró Sherlock.
Se acercó el mechero al rostro para que el médico pudiera verle la cara y luego lo acercó a la mesa donde descansaba una vela. Luego pasó la llama a otra vela más cercana y fue así hasta unas quince velas que se dispersaban por la estancia.
—Uh... ¿Puedo preguntar a que se debe esto? —dijo el médico quitándose la chaqueta para dejarla en el perchero.
—Me merezco otro intento, John —le dijo Sherlock mientras se acercaba a él.
—¿Otra oportunidad? ¿Sobre qué? —preguntó enarcando las cejas.
—Sobre tener un momento romántico, el picnic no quedó muy bien así que he preparado una cena con velas —le explicó mientras le daba empujoncitos para que fuera hacia la mesa.
—Sherlock, ¿no te expliqué que no hacía falta tener citas románticas? ¿Qué me conformaba con lo que tenía? —preguntó Watson dejándose guiar.
—Lo hiciste John, pero creo que solo lo haces por complacerme a mí y de vez en cuando, quiero complacerte yo a ti —le dijo — Toma asiento —pidió mientras apartaba la silla.
—No la irás a quitar, ¿no? —preguntó antes de sentarse.
—Aunque esté tentado a hacerlo no sería un buen comienzo para una cena romántica —le dijo Sherlock mientras le iba colocando la silla con forme se iba sentando.
—¿Has vuelto a dejar a la señora Hudson cocinando? —preguntó.
Sherlock fue a la cocina y trajo dos platos de sopa, puso uno frente a John y el otro frente a donde él se sentaría.
—¿Por quién me tomas John? —dijo mientras cogía una botella de agua y la servía.
—Porque ya lo has hecho antes —dijo Watson suspirando.
—Pues no lo hice, esta vez cociné yo —dijo Sherlock con una sonrisa de orgullo.
Watson se mordió el labio.
—Eso me aterra aún más —no pudo evitar decirle.
Sherlock le lanzó una mirada asesina, aunque no comentó nada. Se sentó justo enfrente y cogió la cuchara. Miró a John. El médico enarcó una ceja, vale, sabía lo que quería. Empezaría él a comer, le daría el visto bueno y Sherlock, más tranquilo, comenzaría también a comer.
Watson metió la cuchara en la sopa y tras llenarla, se la llevo a la boca. Era una sopa de pollo con verduras. Y sal. Muchísima sal.
—Está buena, un pelín salada pero muy rica —le dijo sonriendo.
Sherlock le devolvió la sonrisa y comenzó a comer. Watson miró a su plato y suspiró. No quería hacerle el feo a Sherlock, por una vez que cocinaba no podía decirle que la sopa estaba extremadamente salada.
Le estaba poniendo tanto entusiasmo que le daba cosa criticarle más de la cuenta.
—¿Qué tal el trabajo? —le preguntó el detective tras un rato de silencio, a él francamente la sopa le parecía rica, sobretodo dentro de sus posibilidades gastronómicas —. ¿Todo bien? ¿Algún paciente espectacular?
—Ningún caso extraordinario, esguinces, resfriados y un adolescente con diarrea —explicó sin pensar —¿Y tú? ¿Qué tal el día?
—Aburrido, como siempre —murmuró Sherlock —. Nada interesante, salvo una conversación con Mycroft.
—¿De qué conversasteis?
—De ti.
Watson bajó la cuchara y le observó.
—¿De mí? ¿Y qué dijisteis?
—Nada relevante. Solo me dijo que si quería asegurar que siguieras a mi lado debería de empezar a tener sexo contigo. Por el mero hecho de complacerte —le dijo como si aquello fuera una gilipollez y algo sin importancia.
Watson, que había optado por tomar algo de agua para que no murieran sus papilas gustativas se atragantó.
—Ah, eso —dijo —. ¿Y tú que le dijiste? —preguntó.
—Le dije que, en caso de que tú quisieras sexo me lo pedirías. ¿No? —preguntó el detective mirándolo.
John asintió.
—Sí Sherlock. En caso de que necesite algo más de esta relación, te lo pediría —le dijo.
—Si no es ninguna extravagancia te lo concederé.
—¿Extravagancia?
—Hoteles de lujo o sexo en el descampado —comentó alegremente el detective.
Watson se atragantó con la sopa, cosa que no ayudó a que la cena fuera tranquila.
—No gracias. No soy un hombre de grandes lujos ni de extraños gustos —dijo acabándose el plato.
Sherlock asintió y, cuándo se acabó el suyo sirvió el segundo plato. Carne.
—Eres todo un hombre Sherlock —dijo John animado —. Cena de dos platos, elaborada por ti, ¿habrá postre? —preguntó.
—Hay dos yogures de plátano en la nevera —le dijo Sherlock tranquilamente.
—Y yo que pensé que también habrías preparado un postre —dijo Watson divertido.
—Bueno… Ya había uno, no pensé que…
—Tranquilo Sherlock. Está bien así —le dijo con una sonrisa.
Watson miró al plato y comenzó a cortar el filete. Debido a la escasa luz de las velas no distinguía bien el estado físico del filete, pero tras cortar el primer trozo, se dio cuenta de dos cosas. La parte exterior estaba quemada y la parte interior cruda.
¿Cómo podía ser posible eso?
—¿No está un poco quemado…?
Sherlock miró al filete de su plato y luego miró a los ojos de John.
—Bueno, me entretuve con un experimento mientras los filetes se hacían. ¿Tan mal están? —preguntó.
La mirada de Sherlock era tan mona, tan inocente… Que no pudo decir la verdad. ¡Además! ¡Había comido cosas peores en el ejército! Podía soportarlo.
—Tranquilo. No está tan mal —le dijo antes de sonreírle y seguir comiéndose el filete.
Sherlock sonrió y abrió la botella de vino tinto que había comprado y la sirvió en las otras dos copas que había puesto. No era un experto en vinos pues no bebía demasiado alcohol así que se fió de aquel vietnamita que apenas hablaba su idioma.
—Que considerado. Gracias Sherlock —le dijo John antes de probar el vino para que a carne chamuscada bajara.
Casi lo escupe.
El vino estaba picado, y al estar picado sabía a vinagre. Se quedó completamente paralizado sin saber que hacer. No podía seguir bebiendo pues el vino picado sentaría mal a cualquiera pero no quería hacerle el feo a Sherlock.
Este, lejos de saber que Watson le estaba mirando, empezó a beber de su copa de vino. Notó el sabor raro pero aún así se terminó su copa. Se fue a servir una segunda cuando Watson lo detuvo agarrándolo de las manos.
—Sherlock déjalo. El vino está picado. Te va a sentar mal.
—¿Seguro?
—Soy médico. Créeme, no bebas más. —pidió Watson cogiendo la botella y dejándola sobre la mesa.
Ambos terminaron el filete a duras penas y a base de agua. AL acabar Watson suspiró. La peor cena que había tenido en Baker Street. Era de agradecer compartir una con Sherlock pero… La próxima vez elegiría el menú. Los chinos del barrio tampoco estaban tan mal.
De nuevo la noche que Sherlock había planeado, sus nefastas dotes de cocinero y el timo del vietnamita lo habían tirado todo por alto. Y la cosa empeoró cuando en mitad de la noche le dieron vómitos y diarrea a causa del vino.
Al final tuvo una noche íntima con John. No como ninguno se habría imaginado pero íntima al fin y al cabo.
