"Ve a Hyde Park en una hora. SH"

John miró su teléfono móvil y suspiró.

"¿Será otro picnic?" pensó.

Cuando salió de la clínica, cogió un taxi para que lo dejara justamente en la puerta y esperó. ¿Qué otra sorpresa le traería Sherlock? Creía que ya se lo había dejado claro, no necesitaba esas citas románticas tan desastrosas. La cena romántica fue divertida. Excepto cuando Sherlock tuvo cólico y se pasó la noche vomitando y con la barriga suelta. Eso sin contar los surcos negros que había dejado una vela encendida que había sido puesta demasiado cerca de la pared. Cosa que no se dieron cuenta hasta la mañana siguiente con la luz del sol.

Suspiró.

Su relación con Sherlock era casta. Bastante más casta que un matrimonio religioso tradicional. Dormían en la misma cama, sí, y se agarraban de las manos si caminaban juntos, sí. Pero nada más. Y lo cierto es que no necesitaba nada más. Sabía que Sherlock le amaba, a su manera, pero que lo amaba. Y era feliz así. Pensaba que si lo besaba o llegara a tener algo más profundo el detective se asustaría y huiría lejos de él y no estaba dispuesto a permitirlo. Estaba esperando a que Sherlock diera el paso en esa dirección y si para él, citas románticas bastante desastrosas eran una forma de llegar, pasaría por cuantas quisiera el detective.

Vio como una furgoneta se aparcaba frente a él y Angelo, el dueño del bar, salía de ella. Saludó a John con un movimiento de la mano y fue a la parte trasera. De allí sacó una bici grande de color rojo y la dejó al lado de John.

—Para vuestro paseo romántico —le dijo con una sonrisa.

—¿Y Sher...? —empezó, aunque no necesitó acabar la pregunta.

Sherlock se bajó de la furgoneta cargando también con una bicicleta de color negro.

—Gracias Angelo —le dijo sonriendo.

John entrecerró los ojos y le observó irse. Luego miró a Sherlock.

—¿Bicis? ¿En serio? —le preguntó enarcando las cejas.

—Un paseo en bici, ¡hacer ejercicio es sano, John!

—Bonita vestimenta. Podrías haberme avisado con antelación y también habría venido con algo cómodo —le dijo.

Sherlock iba con un pantalón de chándal negro con franjas blancas a su lado y una camiseta blanca de manga corta.

—No quería estropear la sorpresa —dijo el detective con una sonrisa mientras entraba al parque moviendo la bici.

John le siguió mientras le observaba. Sherlock lucía radiante. Con una sonrisa de oreja a oreja y bastante animado por ese paseo en bici. Su piel se veía completamente deslumbrante ante la luz del sol. Sonrió de oreja a oreja. Sherlock Holmes era perfecto.

—¿Tú sabes montar en bici? —le preguntó.

—Esperaba que me enseñaras John —le dijo Sherlock.

John paró en seco la bicicleta y le miró.

—¿Cómo que no sabes montar en bicicleta? —preguntó confuso.

—Nunca fue una de mis prioridades cuando era niño —le dijo Sherlock mientras continuaba su camino en bici—. Quería ser pirata, recuerda, y los piratas no montaban en bicicleta. Solo navegaban.

—¿Y de adolescente? —preguntó el médico dudando.

—Empecé mi trabajo, ¡no tenía tiempo, John!

—Y quieres que yo te enseñe…

—Ajá. Sé que tu sabes, te criaste con una madre amorosa, seguramente ella te enseñó a montar en bicicleta y a cocinar. Así que me puedes enseñar, no tengo caso y estoy dispuesto a que tú me enseñes algo —le dijo Sherlock haciendo énfasis en el tú.

John le miró pero no dijo nada, cuando llegaron a Rotten Row, un lugar amplio cuyo suelo era de tierra, aparcó la bici en el suelo donde no molestara y agarró el sillín de la bici de Sherlock.

—Bien, súbete —le pidió, puso la bici "cuesta abajo" para que con la inercia le fuera más fácil montar, gran error.

Sherlock miró al médico con desconfianza.

—¿Es completamente seguro dejar mi vida en tus manos? —le preguntó.

—Sherlock, no es un coche, no te va a pasar nada grave.

—Pero…

—Pero nada. Si algo te pasa soy médico, algo haré hasta que alguien nos traiga un botiquín —se burló.

Sherlock le lanzó una mirada asesina aunque no protestó más y se subió a la bicicleta.

—¿Y ahora? —preguntó aferrándose al manillar.

—Pon los pies en los pedales y avanza —le dijo sonriendo.

—Me voy a caer —le recordó el detective.

Watson agarró el manillar de la bicicleta con la mano izquierda y siguió aguantando el sillín con la derecha.

—Te estoy sujetando, no te vas a caer —le dijo.

—Vale, ¡pero no me sueltes!

Watson se mordió el labio, el detective parecía histérico y eso le encantaba. Lo que no le encantaba es que la gente que pasaba les miraba y reía en voz baja.

—No te caerás —le prometió.

Sherlock tragó saliva, apoyó los pies en los pedales y comenzó a pedalear. John aguantó la bici y ensanchó su sonrisa. Sherlock era ligero y eso era enormemente satisfactorio para él en ese momento.

Watson dirigió la vista a la cara del detective y sonrió. Estaba completamente concentrado en lo que estaba haciendo que parecía imperturbable.

—Bien, creo que lo tengo controlado —le dijo cuando iban avanzando y Watson había tenido que acelerar su paso —Puedes soltarme —le pidió.

—¿Estás seguro? No lo creo conveniente… —le dijo John mirándole.

—¡No soy un crío John! ¡Puedes soltarme! —exigió.

Watson no lo dudó y por no discutir con el detective le soltó. Y observó, como un espectador más de los tantos que había allí, como Sherlock se daba la ostia del siglo.

Sherlock bajó a alta velocidad por todo el Rotten Row, y pasó a la zona de jardines como una flecha.

—¡Mírame, John! ¡Sin manos! —exclamó.

—¡SHERLOCK TE VAS A MA…! –empezó John, pero no pudo acabarlo.

Sherlock había soltado el manillar debido a que se había emocionado con la velocidad y el primer árbol que encontró, se lo tragó.

Watson alzó las cejas sorprendido, se montó en su bici y puso rumbo hasta donde estaba Sherlock.

—No son tan seguras como pensaba, John —le dijo el detective cuando llegó a su lado.

—¿Estás bien? –preguntó.

—Perfectamente —le dijo Sherlock antes de intentar levantarse.

Cuando apoyó ambos brazos en el suelo para incorporarse cayó de bruces gimiendo de dolor.

—No estás bien… —le dijo mientras se ponía de rodillas en el suelo y le agarraba el brazo derecho con suavidad —. Te has roto el brazo —confirmó al ver el extraño ángulo que formaba este.

Sherlock simplemente gruñó un "como voy a hacer mis experimentos ahora" y cerró los ojos. Watson suspiró profundamente, le ayudó a incorporarse y le inmovilizó el brazo con su mano. Decidió dejar las bicis allí a expensas de que siguieran allí cuando Angelo, al que llamaría cuando cogieran un taxi, fuera a recogerlas.

Cuando iban rumbo al hospital, Watson miró a Sherlock y tragó saliva.

—Yo… Sherlock lo siento mucho de verdad, no te debería de haber soltado. Me lo pediste pero aún así debería de haberte sujetado. Además, pensé que la cuesta te ayudaría y solo empeoró la situación. Lo siento muchísimo. Si hace falta te ayudaré con todos tus experimentos por excéntricos que sean, pero por favor perdóname.

El giró la cabeza para mirarle.

—Te pedí que me soltaras —le recordó.

—No sabías montar, no debí de haberlo hecho y ahora te has roto el brazo. Espero que sea una fractura limpia porque si no te tendrán que operar para recolocártelo. De verdad que lo sient…

Sherlock lo había callado con un beso. Estaba harto de que parloteara pidiendo disculpas. Si tenía el brazo roto era porque se había soltado del manillar y no había girado cuando era preciso, desde luego no era culpa de John. Pero como este no se callaba decidió callarle él.

Watson abrió los ojos bastante sorprendido por la reacción de Sherlock, aunque inmediatamente los cerró y respondió al beso, con suavidad para que no se moviera. Quería disfrutarlo todo lo posible por si era la última vez.

A favor de Sherlock Holmes, tuvo que decir que fue la cita más romántica que tuvo jamás. Y uno de los besos más placenteros que había recibido.