Anime: Kuroko no Basket.
Rating: T {futura}.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.
Nota: Crack pair.
—One week to fall in love—
~ Lunes: El policía ~
Tetsu no había crecido mucho. Cada vez que le tenía cerca y veía que su cabeza apenas me llegaba a los hombros era como volver a estar en el instituto, donde el estar juntos no resultaba tan raro. Ahora, casi diez años después, el verle rondar cerca de mí era casi un milagro.
Pasaba del medio día cuando lo vi caminar frente a la comisaría, envuelto en una chaqueta enorme y una bufanda que le tapaba la nariz. Llevaba dos bolsas de la compra en las manos y un gorro de lana que se había calado hasta las cejas, lo que le hacía parecer una especie de muñeco acolchado sin expresión alguna.
—Menudas pintas…
—Hace frío —argumentó, levantando una bolsa en mi dirección—. Kimchi casero.
—Espero que no lo haya hecho ella… —enarqué una ceja antes de aceptar la bolsa y mirar con miedo el interior.
—Que no te oiga decir eso —se apartó un poco la bufanda mientras se refugiaba en el interior de la estación, aprovechando la tenue calefacción. Lo vi sonreír sutilmente, con ese intento de aire adulto que se esforzaba por tener.
Tetsu vive en Aoyama. Me acuerdo del lugar y calle exactos, y también de las puñeteras paredes estrechas del recibidor porque en su día tuve, por cojones, que ayudar con la mudanza. Se había instalado allí después de conseguir un curro fijo cuidando críos en una guardería. La casa no estaba mal; era de esas familiares de tipo occidental que parecían traer la frase "hecha para llenarse de niños" en medio del contrato de hipoteca, lo cual era más que obvio si la ocupaba una parejita de recién casados.
No sé como coño lo había hecho, pero después de tanto intento frustrado por enamorarle (o llamar su atención, simplemente), Satsuki lo había enredado de tal manera que lo hizo pasar por el altar hace cuatro años. Hace dos tuvieron un niño regordete que es la viva imagen de su padre. Con toda aquella carga familiar, y teniendo en cuenta que vive en el quinto pino, no es raro que me resulte sospechoso el que esté merodeando por mi zona. Son pocos los que conoce que viven cerca de este distrito, según sé, así que aquello sólo podía ser, o bien una visita sin intención alguna, o una visita que finge no tener una intención detrás de ese Kimchi casero.
—¿Qué te trae por aquí? —pregunté directamente, después de dejar la bolsa en mi escritorio e ir a buscarle una lata de café caliente.
—Aún no le he comprado su regalo de cumpleaños a Ran.
—Los juguetes para críos los compras en Shinjuku. En Ikebukuro, incluso; no vienes a Ueno —me crucé de brazos, mirándole. Él, que se había sentado en la silla de mi escritorio, me devolvió la mirada con una sonrisa que parecía disculparse por la trola.
—Satsuki está preocupada por ti —ahora está hablando claro—. Dice que tal vez es porque trabajas demasiado, pero te nota distante.
—Satsuki nota distante a cualquiera que no le preste atención cada cinco minutos.
—Aomine-kun —me cortó con calma, y volvió a mirarme fijamente con esos ojos de perro abandonado—. Está todo bien, ¿verdad? Si tienes algún problema, sabes que puedes contar conmigo. Y estoy seguro de que con Satsuki también.
Desgraciadamente para Tetsu, las cosas en las que pienso o las cosas que siento no pueden solucionarse con aquel tipo de confianza que siempre me presta. Tendiéndome la mano no hará que me deshaga de todos los pensamientos absurdos que tengo, porque sé que él no podrá comprenderlo. Ahora que tiene a alguien, que tiene una familia y un camino por donde tirar, sé que no queda espacio para mí.
—No digas gilipolleces —enarqué una ceja y levanté el labio, burlón—. ¿Sabes cuánto trabajo ha estado rulando por aquí desde que empezó el invierno? ¡No te haces una maldita idea! —zarandeé la mano, restándole importancia—. Dile a Satsuki que no te llene la cabeza de mis supuestos problemas y que se centre más en mejorar sus técnicas en la cama.
—Como ella sabía que dirías algo parecido, me encargó decirte que sus técnicas son mucho mejores que las de cualquier actriz que hayas visto en tus películas guarras, pero que ya nunca podrás disfrutar de ellas. Citando textualmente.
—Zorra… —refunfuñé, antes de que un hombre trajeado y más redondo que un bollo se asomase por la puerta de la comisaría. Interrumpí mis maldiciones internas y salí a recibirle. Era un simple empresario de los edificios de la zona que venía a entregar lo que parecía ser una cartera con los bordes descoloridos, alegando después que la había encontrado de camino al trabajo. Con la buena obra realizada, el gordo se escabulló entre la gente.
—¿Aún no has conseguido a alguien con técnicas de cama propias? —oí preguntar a Tetsu, mientras yo simplemente lanzaba la cartera al portafolios de la mesa de al lado. Lo vi esparciendo las carpetas de mi mesa y hojeando unas cuantas al intuir de qué se trataban—. Veo que tu madre sigue insistiendo en eso.
—Ya sabes cómo es —me apoyé en el borde de mi mesa y cogí una de las carpetas. En ella había un montón de información académica, registros personales, fotografías antiguas y una tamaño folio con la cara de una mujer que rondaba los veinticuatro. Miré la información; no, veinticinco—. Hasta que no me case seguirá fundiéndome a mensajes y petándome el correo.
Mis padres son los seres más tradicionalistas que te puedas echar a la cara. Mi madre había empezado a insistir con que encontrase pronto una buena mujer después de haber conseguido un trabajo como agente de policía. Al parecer, y según sus fantasías de dorama cutre, lo único que me falta para ser feliz es formar mi propia familia y darle nietos. Es obvio que lo único que le interesa es no quedar mal con las cotorras del barrio al tener un hijo de veintiséis años que aún no ha tenido ni una novia que le durase más de tres meses. Y mi padre piensa por un estilo, pero con sus colegas de departamento. No digo que no les importe un carajo yo, pero creo que están la hostia de pesados últimamente con la reputación de la familia y el qué pensarán. Me tienen un poco tocado de los huevos ya…
—¿Y ninguna de estas te ha gustado? —Tetsu dio la vuelta a una foto, maliciosamente inexpresivo—. Mira: copa D.
—Hay una gran diferencia entre quererlas para casarte y quererlas para follártelas.
Tetsu bajó la foto con resignación y cerró la carpeta. La conversación que siguió fue como una de los viejos tiempos; él me contaba que habían derribado las viejas canchas del parque junto a nuestro antiguo instituto, y yo le respondía que la policía estuvo presente para contener a las masas. Cuando me expresaba su deseo de volver a jugar alguna vez juntos, yo le contaba sobre los planes del ayuntamiento para abrir un nuevo centro deportivo en Nippori, y que podríamos ir a estrenar el parqué de la cancha. Al comentarme que le habían regalado un balón de baloncesto a su hijo el primer año, no tuve nada que decir. O más bien, respondí automáticamente con lo que se esperaría oír.
Son esos momentos en los que me siento muy por detrás de ellos, porque no puedo tener una opinión personal al respecto.
Dos horas y media de conversación después, Tetsu se marchó tras hacerme prometer que iría a la fiesta de cumpleaños de Ran. Con un suspiro y un hambre de muerte, me tiré en la silla y miré las citaciones a los Omiai de mi madre con fastidio. Todo se resume a que no quiero tener una relación seria. Empezar de cero a adaptarse, y esperar que otra persona se adapte a ti es una pérdida de tiempo. A fin de cuentas, no van a estar ahí para siempre.
Supongo que el número de conexiones inmediatas que se tienen en la vida tiene un límite, y creo que después de Tetsu y Satsuki, he agotado el cupo de lo que puedo considerar mejores amigos.
Cuando me disponía a abrir el envase del Kimchi, mi compañero de turno llegó justo a tiempo para probarlo y asegurarme de que no era mortal…
[...]
En el atardecer de aquel lunes la nieve nos había dado algo de tregua. Me cambié el uniforme y me enfundé en una chaqueta gruesa y un gorro de lana viejo y azul, dejando amontonadas en la taquilla las carpetas de los Omiai hasta que tuviese la decencia de quemarlas en algún sitio. Me guardé el móvil en el bolsillo, con cuatro mensajes que no pienso leer, y cogí la cartera. Fue cuando me acordé de la que dejaron al medio día.
—Oye, ¿puedes mirar la información de contacto de este DNI? —grité al tío que me sustituía en el turno de noche, mientras abría la cartera para echar un vistazo. Tenía un ticket de un restaurante arrugado por la humedad y el interior de los plásticos mojados, pero el dinero ya se lo habían mangado mucho antes de traerla—. No me da tiempo, así que localiza al…
Miré la foto del carnet con más atención. Y cuando mi compañero salía por fin del vestuario, yo ya me había largado.
Con razón su cara me sonaba de algo. Ese borracho…
Anoche, cuando por fin conseguí que anduviese lo más cercano a derecho que pudo, me tocó aguantar su retahíla hasta mi casa. El por qué recogí a un tío que acabó vomitándome los zapatos y babeándome el hombro es aún un misterio en el que no me he puesto a reflexionar; sobre todo si me pongo a pensar en lo que pasó nada más llegar a mi apartamento.
Vivo en un bloque con acceso trasero, donde hay una rampa que lleva a los aparcamientos. Fue una proeza evitar que ese chalado se lanzase en plancha para deslizarse, aunque al final me hiciera caer dos veces. Llegué a casa con el culo congelado y un cabreo del quince que no se me olvidaría en semanas.
La pregunta era, ¿qué hacía este tío en Ueno? O mejor dicho, ¿qué hacía precisamente él tirado en medio de la calle, con la madre de todas las cogorzas encima? Me lo pregunté fugazmente mientras subía en el ascensor del bloque y hurgaba en todos los bolsillos de aquella cartera cochambrosa.
Cuando entré, sus zapatos y la gabardina enorme color arcilla seguían tiradas en el recibidor. Y más allá, unas piernas despatarradas en el suelo.
—Hey… —le pisé el culo con el pie descalzo y lo moví—. ¿Sigues vivo…?
—Bueno… —lo escuché reírse con voz ronca y casi con ironía—. Parece que sí.
—¿Disfrutando de una maravillosa resaca después de la juerga? —me burlé, vaciando los bolsillos en la barra que cerraba la cocina antes de quitarme la chaqueta. Me remangué la camisa y me agaché junto a él, tirado boca abajo en el suelo. Tenía una camisa gruesa y simplona de manga larga y unos calzoncillos cortos y anchos a rayas que le hacían parecer una puta ilusión óptica. Tuve que quitarle los pantalones porque también acabó vomitándolos—. ¿Qué estabas haciendo?
—Volver del baño —se incorporó sobre los codos—. Pero me pareció buena idea tumbarme aquí cuando el techo empezó a retorcerse.
—Vamos, que te caíste de narices —volvió a reírse y suspiré, cogiéndolo del brazo—. Esta es la última vez que te recojo del suelo.
—Sí. Gracias.
Dejé que se apoyase en mi hombro y le llevé por el corto pasillo hasta el salón. Noté inmediatamente que cojeaba, y pude ver la mala pinta que tenían sus rodillas cuando se dejó caer en el sofá. Las frotó con las palmas de las manos, como si pretendiese calentarlas, mientras que se apoyaba en el respaldo, respirando hondo. Después, me miró.
—Siento los… —parpadeó varias veces y enderezó la cabeza, perdiendo el hilo de una disculpa que no le serviría para nada—. ¿Aomine?
Por lo menos parece que se acuerda de mí. Eso aligera las cosas.
—Más te vale que lo sientas —saqué la cartera del bolsillo del pantalón y se la lancé al regazo—, Kiyoshi Teppei.
Él miró la cartera, después volvió a mi cara y una vez más a su regazo, tratando de hilar acontecimientos.
—Vaya, ¡que coincidencia! Eres la última persona a la que esperaba encontrarme —sonrió. O lo intentó, por lo menos. El flemón enrojecido de la mejilla izquierda le impedía gesticular mucho. Ah, claro. Ese flemón…—. Ouch… Aunque no puedo decir que sea un reencuentro bonito. ¿Qué ha pasado? Parece que me hayan dado una buena paliza…
—Que va. Sólo has empinado el codo de más; el puñetazo corre de mi cuenta.
—¿Eeeh? —me miró con reproche infantil—. ¿Por qué? Duele una barbaridad…
—Después de intentar meterme la lengua hasta la tráquea, quiero que te duela.
Puedo decir el momento exacto en el que contuvo el aire y me miró con los ojos desorbitados. Y no era para menos. Anoche, después de ayudarle, con voluntad y poca paciencia, a quitarse los zapatos, el señorito había tenido la gran idea de aferrarse a mi cuello y plantarme una gigantesca mano en la nuca, poniendo morros con toda la intención de darme un beso de tornillo. Sintiéndolo mucho, lo único de tornillo que hubo en ese recibidor fue el puñetazo que le encajé dos segundos después.
En aquel silencio incómodo, lo vi ponerse serio de golpe.
—Podrías haber hecho el sacrificio de dejarte.
Le di tal colleja que se le olvidaría, por lo menos un buen rato, el dolor de la cara. Poco después, me perdí tras la barra de la cocina y busqué el par de bolsas térmicas que guardaba en los armarios de arriba. Aún se estaba quejando cuando se las tendí, sentándome en el sofá individual que estaba a un lado. Le vi poner una cara de estúpida felicidad cuando el calor de las bolsas le calentó las articulaciones de las rodillas moradas.
—¡Mucho mejor! Siempre se me resienten cuando hace frío.
—Y la mejor manera de evitarlo es acostándote en la calle en pleno invierno. Buena idea, genio —fingió otra sonrisa, y si pretendía decir algo, le corté:— ¿A qué venía eso, por cierto?
—Bueno…
—¿Es que te han despedido o algo?
—No.
—¿Problemas de dinero?
—En absoluto.
—¿Líos con la yakuza?
—¿Tú cuentas? —levantó la comisura.
—Cuando me toques los cojones de verdad, lo sabrás —levanté el mentón, viendo como esa perpetua sonrisa sutil descendía, junto con su mirada, hasta fijarse en algún punto de la mesa de centro.
—Quería poder despejarme un poco y supongo que me pasé con el sake —encogió los hombros en una carcajada interna y patética—. Es lo que toca cuando no estás acostumbrado a beber.
—No estás dando muchos detalles —reproché-. ¿No era a ti a quien llamaban Corazón-algo? Me cuesta creer que perdieras el norte sólo para despejarte.
—No me gusta ese apodo —protestó, antes de echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos—. Además, ya no estamos en el instituto. Las personas cambian y todos tenemos preocupaciones de las que hacernos cargo. Tú eres igual, ¿no?
—Mi única preocupación ahora mismo es que tengo a un gilipollas de casi dos metros atufándome la casa.
Kiyoshi carcajeó.
—Lo siento por eso.
No me dijo nada más. Y en aquel nuevo silencio, no pude evitar recordar las palabras por las que ahora mismo estaba allí sentado.
"… hasta que se me olvide lo poco maduro que soy y pueda alegrarme por ellos con sinceridad."
Es obvio que le ha pasado algo gordo; pero no lo conozco lo suficiente como para saber por dónde van los tiros. En primer lugar, no recordaba siquiera su nombre hasta hace unos minutos, lo que hace de mi decisión de ayudarle aún más surrealista. De todas maneras, aquello tendría que terminar allí; ya fuera porque él mismo se diese cuenta de que tenía que largarse o que yo mismo lo despidiese de una patada en el culo.
Cuando quise darme cuenta, llevaba casi cinco minutos con la mente en blanco.
—Dejemos el interrogatorio para luego —me levanté y me estiré, preguntándome a dónde había ido esa pereza que siempre me atacaba después del trabajo—. ¿Te puede el estómago con un ramen instantáneo?
—Oh, sí. Desde luego que sí —se palmeó el estómago como un oso bobalicón—. Ya he echado todo lo que tenía que echar y ahora me muero de hambre.
—Ese dato me sobraba… —señalé con el pulgar a la puerta del pasillo—. Ve a bañarte entonces. No pienso cenar contigo al lado, apestas.
—¡Ya te vale! Sabes que no puedo ni levantarme… —lo intentó.
—Pues arrástrate.
—¡Aomine…!
La patada en el culo puede esperar, supongo.
