Anime: Kuroko no Basket.

Rating: T {futura}.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.

Nota: Crack pair.


—One week to fall in love—


~ Jueves: El consuelo ~

—¿Qué le regalarías a un crío de un año?

Algo que fuese a utilizar… ¿quizás?

—Los niños a esa edad no tienen gustos concretos, y mucho menos la capacidad para decir si un regalo les gusta o no. Así que no quiero dejarme los sesos pensando en algo que acabará en la basura a la semana siguiente.

¿No lo estás haciendo ya, de todas formas?

Lo escuché reírse, y sólo pude fulminar al móvil con la mirada.

La noche anterior me había valido para despejarme las ideas, y aunque no de la manera que esperaba, la escenita que montamos en el baño me sirvió para seguir la rutina de la mañana siguiente con un peso menos en el estómago. Por supuesto, no pretendo autoconvencerme de que todo sea ahora luz y color o que mi mundo se haya vuelto maravilloso, ni mucho menos; pero hay ciertos factores diferentes que me hacen pensar menos en lo que me preocupa realmente. Hoy, por ejemplo, me tomé la molestia de responder con un mensaje de más de dos líneas a la enésima propuesta de mi madre, que me invitaba cordialmente a volver a casa y conocer a la recién graduada en medicina hija de su vecina. Aunque después quisiera darme de hostias con dos hombres que se peleaban en el centro por una plaza de aparcamiento.

Incluso mi casa parece haber cambiado. Los calderos están colocados en otro lugar, no hay latas de cerveza de la noche anterior en la mesita del salón y la montaña de ropa sin colocar está doblada sobre la silla y la cómoda, esperando que la organice como Dios manda. El grandullón es más escrupuloso de lo que pensaba: le dejo coger una camisa de las mías mientras la suya se seca y se me pone a ordenar todo lo demás. No me quejo, claro.

—¿Qué le has regalado tú, listillo? — hablo al aire, mientras termino de comerme un bento de ternera picante sentado en el sofá de casa. He terminado por hoy el trabajo y aún no me he quitado ni el uniforme, ya que será mi baza de salida si la fiesta se vuelve demasiado coñazo.

El móvil, puesto en manos libres en mi regazo, me contesta con la voz de Kiyoshi. Al parecer mi número se le había quedado grabado cuando le llamé para jugar, y no me negué cuando me dijo si podía guardarlo.

Un uniforme de los Lakers. A medida, claro.

—Tetsu y tú estáis asumiendo que al niño va a gustarle el baloncesto —alcé una ceja, recordando la "camisa de Jordan" que ya tenía por ahí entre sus regalos de cumpleaños.

Bueno, al principio pensé en un pijama de IronMan, pero luego me di cuenta de que se criará entre una generación que realmente ama el baloncesto, así que no está de más dejarle abierta esa posibilidad.

Con una madre que observa y manipula el juego a su antojo, un padre que no existe en la cancha sin otros jugadores y un elenco de tíos falsos y amigos de la familia que va a su puto rollo, no sé qué tipo de desarrollo creativo tendrá ese crío…

—Cada vez que hablas me sube el nivel de azúcar, Kiyoshi —lo escuché reírse otra vez, y aunque sé que no puede verme, miré de reojo al altavoz del móvil—. ¿Qué?

Nada. Sólo que no te vendría mal ser un poco más dulce.

—Voy a colgar.

¡No! ¡Lo siento, lo siento!

Mantener una conversación con Kiyoshi Teppei sin acabar avergonzado, de alguna u otra manera, parecía imposible; aunque yo ya me limite a suspirar e ignorar lo que sea que oculte tras las palabras. Tal vez son paranoias mías y en realidad todo lo que diga sea tan directo como parece, sin ningún mensaje subliminal, pero a veces eso es lo que preocupa. Que te suelta todo lo que le pasa por la cabeza a pelo, sin más, y acabo sintiéndome el hombre más torpe del mundo.

Cuando bajo los palillos a la bandeja de comida vacía, me doy cuenta de que estoy sonriendo. Y es una sonrisa que me acompaña hasta que tiro los restos de mi almuerzo a la basura y me estiro, bostezando. Quiero echarme una buena siesta después del madrugón de esta mañana, pero sé que perderé tiempo en el viaje de ida y vuelta aunque vaya con la moto; prefiero quitarme ya de encima mi aparición en la fiesta y dejar que todo siga su curso desde ahí.

Por cierto, Aomine—lo escuché, mientras recogía el móvil del sofá—, ¿qué llevas puesto? Estoy desnudo y…

Colgué. Y no estallé el teléfono contra el suelo porque muy caro me había costado. Primero compartir la ducha y después aquello, creo que ya has rebasado tu límite y mucho, chaval. Aunque no pareció pillarlo, porque volvió a llamarme cuando estaba de camino a lavarme los dientes.

—Se te va la pinza, tío. Necesitas una novia pero ya.

¿Puedes dejar de pensar mal de mí un segundo y dejarme terminar de hablar?

—¿Para qué? ¿Para qué me digas que mi voz te pone y que estás listo para la acción? En la guía telefónica está el número de la línea caliente, te lo recomiendo.

Que conste que el que está diciendo todo eso eres tú —me reí—. Es por el goukon. Se supone que tengo que encajar con la juventud y no tengo ni idea de qué ponerme.

—Estás hablando como un abuelo —posé el teléfono en el lavabo y exprimí la pasta que quedaba en el cepillo—. Ponte cualquier cosa menos esa estúpida camisa rosa que tienes…

Puede que no parezca importante, pero el simple hecho de compartir la cotidianidad con alguien me gusta. Nunca llegué a percatarme de cuánto, o si de verdad era algo que necesitase en mí día a día, pero con el paso de los años es algo que acabas echando de menos. Como ese plato casero que te recuerda tiempos y épocas mejores. O vale, quizás no mejores, pero si más accesibles.

Me peino un poco con las manos (total, tengo que ponerme el casco) y vuelvo a enfundarme la chaqueta y el pasamontañas antes de salir. Me espera un viajecito largo a ciento veinte por hora en autopista, así que más vale estar preparado para congelarme hasta el apellido. La conversación con Kiyoshi no me ha aclarado más que su mal gusto por la ropa y el ridículo que seguramente hará en el goukon, pero me he hecho una idea de lo que puedo regalarle a un crío y que pueda conservar a largo plazo, así que antes de poner rumbo a Aoyama me aseguré de ir a comprarlo.

[…]

La casa de Tetsu sigue siendo un insulto al espacio. Ocupa el típico cuadrado que quiere parecer diminuto y discreto, detrás del muro gris que sostiene la placa de identificación de la familia y el buzón; pero una vez traspases la verja es como si ese concepto fuera una soberana gilipollez. Para empezar, el maldito camino hacia la puerta estaba aún más estrecho que antes gracias a los árboles del jardín frontal, que no hacen más que crecer hacia los lados. Como la edificación tiene la forma de una L gorda y enana, la mayoría de las grandes ventanas dan hacia el frente; tanto la de una de las habitaciones de arriba, sobre la puerta, o la descomunal cristalera del salón que da al jardín. Por lo visto, Satsuki quería plantar rosas, pero se ve que ya con ser madre tiene bastante dado el tamaño de los putos setos con los que me he dado en la cara al entrar.

He dejado la moto en el pedacito de calle sin salida que hay al lado, donde Tetsu quiere montar un garaje para cuando tenga los huevos de meterse en el pago de un coche. Estos dos quieren hacer muchas cosas, me da a mí…

—Bienvenido, Aomine-kun —Tetsu me saluda como si hubiese perdido ya la esperanza de que viniese, pero me mira algo contrariado al ver que no he podido, supuestamente, librarme del trabajo.

—Qué, ¿llego tarde? —paso a su lado, dándole un toque en el hombro antes de dejar el casco en el mueble de la zapatera que precede al pasillo. Ese jodido pasillo estrecho por el que tuvimos que meter sillones y cómodas sin vaselina y con paciencia.

El escalón donde empieza el parquet está lleno de zapatos, por lo que deduzco que la gran mayoría ya está por aquí.

—Decidimos esperarte antes de sacar la tarta, así que hemos empezado por los regalos. Satsuki estaba diciendo hasta hace poco que como no vinieses ella misma iría a buscarte.

—Que dramática es… —atravieso el pasillo tras Tetsu, y ahí es donde empieza el desmadre. A la derecha, la cocina. A la izquierda, el salón y las escaleras que llevan al segundo piso. No sé a dónde mirar primero.

Tetsu se metió directamente a la cocina, anunciando mi llegada. Supe de inmediato que no sólo se había metido allí por eso: estando Satsuki en la cocina, lo mejor era encargarse uno mismo de la comida. Aparte de ella, había una chica castaña y plana de pelo largo, el tío de las cejas enormes del Seirin (nunca recuerdo su nombre), que sacaba a saber qué del horno, otra chica que no me suena de nada y Kise, que se dignó a dejar los chismorreos con la chica castaña para hacer un innecesario chiste sobre lo sexy que le resultaba el uniforme de policía. Qué pena que no lleve el Taser encima…

—¡Dai-chan! —Satsuki rodeó la isla de cocina, llena de chucherías y refrescos, y se me acercó. Llevaba un delantal de encajes de lo más hortera y se movía como si quisiera actuar como la esposa más estereotípica del mundo. Sobra decir que ese mote también es innecesario—. ¡Llegas tarde! Un poco más y habríamos empezado sin ti.

—Menos quejas, que me estoy escapando del curro —fingí defenderme, antes de girar hacia mi izquierda, donde se abría el salón. Maldita la hora…

La decoración era… muy Satsuki. Había globos colgados de todas partes, guirnaldas de colores y un enorme letrero de "Feliz cumpleaños" en la pared. Habían movido la mesa del comedor hacia el centro, y sobre un mantel azul con dibujitos había más platos de los que cabían. Aunque dejando a un lado todo aquel estropicio de colores y colgajos, lo que resulta bizarro de verdad son los invitados. Que Murasakibara estuviese custodiando con su vida la urna de maibos a un lado de la mesa no era raro, pero ver a Midorima sentado en el sofá, con Ran en el regazo, mientras intentaba explicarle lo que significaba su regalo y para que servía, es la pera.

Por ahí vi también a algunos miembros del antiguo Seirin, lo que me hizo pensar si entre ellos estaba ese supuesto mejor amigo por el que se había deprimido Kiyoshi. Obviamente, él no estaba por allí. Ahora mismo, dadas las horas, estaría cagándola de alguna manera en el goukon.

—Por fin, Minechin —Murasakibara habló con un maibo en la boca—. Por tu culpa Momochi no ha querido sacar la tarta.

—Pobre. Y te has muerto de hambre, ¿no? —ironicé, señalando todos los envoltorios de golosinas que se apilaban en la mesa. Nada más acercarme al sofá donde estaba Midorima, Ran levantó la vista y soltó un chillido incomprensible, agitando los brazos.

—No la he sacado porque quería que estuviésemos todos —oí decir a Satsuki, a lo que Murasakibara bufó, seguramente con un puchero. No me molesté en mirarle—. Aunque algunos vengan con las manos vacías…

Aquella vez, el puchero lo puso Satsuki, clavándome la mirada en la nuca con una intensidad que me hizo girarme.

—¿Hah…? ¿Eso va por mí? —enarqué una ceja, antes de suspirar y bajarme la cremallera de la chaqueta. Del bolsillo interior, donde normalmente guardábamos la libreta de las multas, saqué una bola de pelo blanca y negra, que gimoteó al perder el calor. Satsuki me lo quitó de la mano antes de poder añadir nada más.

—¡Oh, Dios mío! ¡Qué mono! ¡Es monísimo! —salió corriendo con él a la cocina—. ¡Tetsu-kun! ¡Mira!

—Vaya, un perro. Podemos llamarlo Aomine dos.

—O Daikicchi.

—¡Eh, cortaos un poco, joder!

—¡Momochi, la tarta! ¡Tarta!

Al final, los que estaban sentados en el sofá se levantaron y rodearon la mesa, o simplemente observaron desde la ventana. El crío, que hizo un contacto estrafalario con ese primer amigo que le había comprado (le tiró de una oreja como si le advirtiese que allí el protagonista era él), acabó en un trono de madera que recuerdo haber cargado en la mudanza, y que pesa lo suyo. La voz de Midorima advierte, desde más allá, que el exceso de dulce era perjudicial para los niños a la larga, y que esperaba, por lo menos, que la tarta fuese baja en calorías. Quizás por eso me hizo gracia ver la cara que ponía cuando Satsuki, custodiada por el de las cejas, traía de la cocina una enorme tarta de chocolate, nada y fresas y la dejaba en pleno centro de la mesa, donde Murasakibara acudió como una abeja a la miel. Tetsu le detuvo, con su recién adquirida autoridad como padre, y aportó su granito de arena clavando la única vela junto al montaje de azúcar que rezaba "Feliz cumpleaños". Estoy empalagado sólo de verla, aunque por lo menos no es una horterada en plan cancha de baloncesto ni tiene los colores de ningún equipo en concreto.

Antes de que la cancioncilla cumpleañera empezara, cojo un par de patatas de un cuenco y observo desde un lado como Ran intenta meter la mano dentro de la tarta. Es Satsuki quien le anima a intentar seguir el ritmo del cántico, y Tetsu quien le ayuda después a apagar la vela.

Hacen buena pareja. Nunca lo hubiese dicho, pero han sabido compenetrarse bien y salvar las carencias que cada uno tiene. Junto a Satsuki, Tetsu tiene otro tipo de presencia. Y junto a Tetsu, Satsuki parece inconteniblemente feliz. Nunca he considerado aquello un problema. Desde siempre, he sabido que Satsuki se desvivía por la atención de Tetsu, y que si algún día conseguía llevárselo a dónde ella quería yo sería el primero en darle una palmada en la cabeza y felicitarla por su esfuerzo. Tetsu es una persona más complicada de lo que parece, y que accediese por fin a dar aquel paso después de negarse tanto, dice mucho de lo que ha madurado.

Al principio de sus citas fueron un auténtico coñazo y no había día que no me llamasen para preguntarme gilipolleces como a dónde le gustaba ir a él o dónde prefería comer ella. Cuándo era su cumpleaños y qué poder regalarle; qué tipo de películas prefería ir a ver al cine y cuáles les daba miedo; o simplemente si resultaba romántico ir a ver en primera fila un partido de la liga japonesa de baloncesto. Satsuki aparecía en mi puesto de trabajo llorando y con las mejillas como bollos, diciendo que había hecho enfadar a Tetsu, para que al poco después apareciera Tetsu desmintiendo su drama y la acompañase de la manita a casa.

Admito que por aquel entonces no me di cuenta, pero poco a poco, y estupidez tras estupidez, empezó a establecerse el rol de pareja y amigo. Y la grieta que separaba el uno del otro se fue haciendo cada vez más caprichosa. Cierto día, el teléfono dejó de sonarme tanto. Las visitas repentinas al trabajo pararon. Los lloriqueos, las salidas con el fin de comprar ropa con la que lucirse o los "estoy libre, te espero en la cancha del parque" ya no estaban. Todo había cambiado entonces. Era como si no me hubiera dado tiempo a saltar la grieta antes de que esta se hiciera más grande, y me hubiese quedado varado en mi lado del mundo. Esa sensación de impotencia que desaparecía al asumir que así debían ser las cosas, y que por lo visto te has quedado atrás.

Por eso no quería venir, joder. Porque ya, por muchas personas conocidas que haya en una habitación, no puedo sentirme acompañado ni de lejos.

Ser maduro y alegrarse por ellos con sinceridad. Suena fácil decirlo. Porque aunque me alegro por ellos, por mí no.

—¿No la quieres…? —escuché un susurro en mi oreja, y al segundo después me subió un escalofrío por la espalda que me hizo apartarme de golpe.

—¿¡Qué coño haces, Kiy-…!? —es Murasakibara. ¡Mierda, céntrate, Daiki!—. ¿Qué?

—La fresa —señaló a mi plato. Por lo visto llevaba demasiado tiempo con el pedazo de tarta en la mano sin ninguna intención de comérmelo—. Que me la des si no la quieres. Parece deliciosa…

—No —la pinché con el tenedor y me la llevé a la boca.

—¡Minechin, no seas egoísta! —me agarró el brazo. Y ahí empezó otro de los forcejeos infantiles que ya había tenido a lo largo de la semana. Lo cierto, y si me paro a pensarlo, he tenido una semanita de lo más rara. He sabido acostumbrarme a ciertas cosas en un plazo muy corto de tiempo, y no sé si eso deba preocuparme o si simplemente debería dejar que pasase lo que tocase. Después de tanto viviendo por mi cuenta, que el teléfono volviese a sonarme una vez más no era una mala sensación.

Antes de que esta bestia parda se me lanzase encima, le di la puñetera fresa, junto al plato con el pedazo de tarta. Sólo con un pedazo ya supe que no querría más. Busqué algo que no fuera dulce entre las bebidas sin mucho éxito, y me escabullí del jaleo del salón para ir a por agua a la cocina. Satsuki estaba preparando otro cuenco de ganchitos, mientras la escuché hablando con la chica plana de antes.

—No tienes que preocuparte por nada. Seguro que él tiene sus razones para hacer lo que hace. ¿Has intentado llamarle?

—Le mandé un mensaje para recordarle la fiesta de hoy. Y Hyuuga-kun… —se cortó tan pronto como se dio cuenta de que estaba allí. Levanté una mano, disculpándome por la interrupción del cotilleo, y abrí la nevera.

—Ah, claro. Puedes preguntárselo a él, es policía —escuché a Satsuki, seguido de los balbuceos de la otra—. Dai-chan, ¿se puede denunciar la desaparición de alguien que en realidad no está desaparecido?

—¿Perdón? —levanté una ceja, girándome con una botella de agua en la mano—. La denuncia no se da por válida hasta que no transcurren veinticuatro horas de su desaparición. Cuarenta y ocho, incluso.

—¿Y si la persona está metida en problemas? —Satsuki se llevó la mano el mentón, pensativa. Es esa pose de análisis con la que podría saber que calzoncillos llevas puestos…—. Puede que haya algo que le impida contestar a llamadas y mensajes… Cuéntaselo, Riko-chan.

—Ah, no… ¡No hace falta! —vi a la castaña gesticular, como nerviosa, cuando la miré. Después arqueó las cejas, bajó la mirada y se toqueteó el anillo que tenía en el dedo anular—. Él no es del tipo que se mete en problemas, así que por ese lado no estoy preocupada. Pero… —dudó—. Bueno, ha estado incomunicado durante mucho.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste? —bebí a morro de la botella.

—El domingo, pero… —vi de reojo como miraba a Satsuki, cediéndole la palabra.

—Esta mañana ha pasado por aquí a dejar su regalo y felicitar a Ran, y no parecía que pasase nada malo.

Esta conversación me está creando un zumbido detrás de la oreja que bien podría ser un Deja vù. Bajé la botella, mirando a la castaña con ojo crítico. ¿Podría ser…?

—¿Cómo se llama? —pregunté—. El desaparecido.

—Kiyoshi Teppei —respondió Satsuki—. Quizás no te acuerdes de él. Era el centro del Seirin, el dorsal…

—Me acuerdo —interrumpí. Es obvio que me acuerdo, llevo viéndole toda la maldita semana. ¿Desaparecido? ¿Qué coño está haciendo ese gilipollas? Se supone que cuando salía de mi casa iba directamente a la suya. ¿Acaso se está escondiendo?

Entonces me di cuenta. La chica castaña volvió a bajar la cabeza, obviamente preocupada por algo más de lo que decía. No dejaba de hacer girar la alianza del dedo, como si estuviese buscando respuestas en ella, y barajé la no tan remota posibilidad de que fuese ella. La mujer con la que Kiyoshi desearía haberse casado. Si la última vez que le vio fue el domingo, tiene que ser ella con la que habló antes de ponerse a empinar el codo y hacer ángeles de nieve en la carretera.

—¿Estás casada?

—¿Eh? —ella me miró, como si no entendiese la pregunta—. Prometida. ¿Por qué?

—¿Con quién?

—Conmigo —la voz llegó desde la puerta de la cocina, lo cual me hizo ladear la cabeza en su dirección. Lo recordé como el capitán del Seirin; ese tío experto en tiros de tres que competía tan bien contra nuestro Sakurai—. ¿Tiene eso algo que ver con Kiyoshi?

Esta es la cara del tío por el que él ha decidido hacer el sacrificio de apartarse. El amigo por quien quiere alegrarse, aún siendo el que le ha quitado a la mujer que le gusta. Visto así, es un poco retorcido, pero me da que ninguno de los dos sabe cómo se siente realmente ese idiota. Si ha hecho lo que ha hecho, se deberá a que aún no ha sacado el valor de plantarse ante ellos y asimilar la situación.

—Tendré que investigarlo —dejé la botella en la isla de la cocina, junto al cuenco de ganchitos antes de caminar hacia el pasillo. Miré de reojo a aquel tío, y él me devolvió la mirada, como si desconfiase de mí.

—¿Ya te marchas? —protestó Satsuki—. ¡Es muy poco tiempo!

—Algunos tenemos que trabajar —levanté el brazo hacia Tetsu, que estaba en el salón con Ran y el cachorro—. Ya quedaremos otro día.

Satsuki me acompañó hacia la entrada, donde descolgué del perchero la chaqueta y me calcé. Antes de abrir la puerta y poder salir, ella me cogió de la manga y me miró, regalándome su mejor expresión de pena. Odio cuando hace esto, porque luego el que se siente mal soy yo. El que carga con su preocupación una vez estoy sólo en casa, soy yo, joder.

—Ven a vernos pronto, ¿vale?

—Lo intentaré.

—Daiki —me frenó otra vez, tirándome de la manga—. Por favor. Te echamos de menos.

La miré, teniendo que morderme la lengua. Yo no soy quien ha querido que las cosas terminasen así, pero la rutina habla por sí sola. Ahora ellos tienen su lado, y yo tengo el mío. No me apetece ser el que sobra en las fotos.

—De acuerdo —la cogí de la mano y le hice soltarme, dándole un leve apretón—. Tranquila.

No vendré. No a menos que tenga un motivo con el peso suficiente.

He intentado consolarme más de una vez al decirme que todo son imaginaciones mías, que siempre podemos seguir siendo amigos pese a lo lejos que vivan, los críos que tengan o lo ocupados que estemos. De hecho, nunca he dejado de pensar que lo somos, pero ya no de la forma que me completa. Eran conexiones inmediatas que caducaron cuando cada uno decidió seguir su camino. De todas formas, preferiría no ponerme moñas mientras voy en moto, porque conduzco como una puta abuela…

El por qué voy en moto, teniendo la línea rápida de Narita a un tiro de piedra de la casa de Tetsu es simple: después de un encuentro como este, necesitaba despejarme. Sabía que si el camino de ida había sido pesado, el de vuelta lo sería más, pero creo que merece la pena dejar que se me enfríe la cabeza durante el trayecto para que cuando llegue, seguramente reventado, con el culo plano y no sintiéndome ni los cojones del frío, sólo pueda pensar en darme una ducha y dormir. Acelerar en la autopista siempre me da la sensación de que lo controlo todo, de que puedo ser dueño de mis pensamientos y concentrarme sólo en esa pequeña línea que forma la carretera frente a mí. Es lo único que necesito, aunque sea sólo un placebo. Desgraciadamente, en aquella ocasión, aquel te echamos de menos me acompañó hasta que paré en un área de servicio a repostar.

Todo es culpa suya. Kiyoshi Teppei, quien ahora ocupa un hueco más en la agenda de mi móvil; entre uno de mis compañeros del curro y el restaurante tailandés al que pocas veces llamo para pedir comida a domicilio. Nunca pensé que llegaría a tener su número de teléfono, y mucho menos que pensase en marcarlo en aquel mismo momento, mientras bebo de una lata de coca-cola diminuta que he comprado en el estacionamiento. El cielo ya está naranja, así que lo más probable es que ese goukon estuviese ya en las últimas. O puede que haya mandado muy a la mierda sus principios y esté echando un polvo con alguna de las chavalas. Sinceramente, creo que es lo que le hace falta.

No hay nada que la buena compañía no cure, ¿no? Aunque me pregunto quién de los dos debe aplicarse eso.

¿Aomine?—su voz suena confundida desde el otro lado. Y mientras escucho de fondo el ruido del tráfico y unas risillas de mujer, doy un sorbo a la lata y me siento de lado en el sillón de la moto. La zona montañosa se va oscureciendo por la parte de atrás, así que seguramente me pillaría la noche llegando a casa— ¿Hola…?

—¿Puedes venir a casa? —pregunto—. Quiero aprovecharme de tus buenas intenciones. ¿Te va bien? —se que no le estoy dejando muchas más opciones.

¿Qué? Ah… claro. Ahora mismo estábamos saliendo de…—escucho como ese grupo de hienas que él llama adolescentes lo interrumpen, pero ni siquiera me molesto en escuchar lo que dicen. Cuando recupera el control de la conversación, se disculpa y retoma—. ¿Decía? Oh, eso. Que no tardaré mucho. ¿Ha ocurrido algo?

—Nada —bajo la mirada, intentando ver el reflejo del foco de la gasolinera a través del ojo de la lata. Si hay un momento en el que deba ser sincero, es ahora—. No quiero estar sólo esta noche —de dos tragos me termino el refresco, me levanto y lo lanzo a la papelera que hay sobre la acera. Me cambio el móvil de mano mientras giro el contacto de la moto y me subo encima. Y al ver que seguía guardando silencio, añadí:— Voy de camino. Si consigues llegar antes que yo, puedo considerar lo de cortarte las pelotas si intentas besarme.

Sé que me contestó algo inmediato, pero me pilló separándome el teléfono de la oreja para colgarle. Y con una renovada euforia, me pongo el casco, acelero y vuelvo a quemar rueda en el asfalto.

Obviamente, no estoy tan lejos de casa como para perder, así que aquella última promesa tenía truco. Si él estaba en Shinagawa, y aún cargaba con el grupo de niñatas a las que le había tocado vigilar, no llegaría a Ueno hasta dentro de dos horas, dos horas y media. Con esa estimación en mente, puedo darle ventaja incluso pasando antes por el konbini del barrio. No me quedan botes de ramen instantáneo.

[…] En Ueno ha vuelto a nevar. La calle está espolvoreada de blanco, como un bollo con demasiado azúcar glas –joder con la similitud, menudo día llevo–, pero no lo suficiente como para impedirte caminar. He tenido que pasarme por la comisaría a dejar la moto e inventarme una excusa válida por la cual me ha había llevado. Se suponía que los vehículos oficiales no estaban a disposición personal, pero dado que me habían librado de un posible mal rato, decidí hacer de tripas corazón y asentir con la cabeza durante el sermón del jefe.

Como tenía planeado, pasé por el konbini de camino a casa. Pillé un par de botes de ramen, unas cuantas bolsas de patatas para picar y un pack de los nuevos sándwiches que se anunciaban en la entrada. Miré a mí alrededor al salir, y me di cuenta de que estaba buscando una cara conocida. Carraspeé, me calé el pasamontañas y consulté el reloj al echar a andar. Sólo había pasado una hora y media desde que le llamé, y no estoy realmente seguro de que venga. Igual la broma del beso lo ha acojonado un poco.

Aún así, no pude evitar la decepción cuando vi que no me esperaba nadie en el rellano. El silencio de mi casa, después de entrar y descalzarme, me recibió como una bofetada en plenas narices. Dejé la bolsa sobre la barra y seguí la rutina de llegada habitual: vaciar los bolsillos, quitarme la chaqueta y correr al baño para poder entrar en calor con una buena ducha. El zumbido del agua rebotándome en la cabeza fue tan genial que no escuché el primer timbrazo que sonó poco después.

Tuve que enrollarme una toalla minúscula a la cintura –noto el aire frío en el culo– y asomarme al pasillo para darme cuenta de que estaban tocando.

Kiyoshi se frotaba las manos al otro lado de la puerta, sorbiendo por la nariz y temblando de frío. Ha venido… Y en un tiempo récord, además.

—… ¿Tantas ganas tenías de besarme? —levanté una ceja.

—Después, quizás —me dedicó una sonrisilla afectada y tiesa—. ¿Puedo pasar? Estoy helado…

Le dejé la puerta abierta y retrocedí un par de pasos. Kiyoshi no se lo pensó mucho al entrar, cerrar la puerta y soltar un bufido.

—Te dije que te pusieras cualquier cosa, no que no te pusieras nada. ¿Y tú abrigo?

—Se lo ha quedado una de las chicas. El frío apretaba y se había olvidado el suyo —se descalzó, teniendo que quitarse también los calcetines mojados—. La nevada ha llegado hasta Akihabara… Oye, que calentito estás, acércate un poco…

—Ni se te ocurra tocarme con esas manos —las tenía casi blancas, y seguramente frías como témpanos. Le empujé hacia el salón—. Estás en tu casa. Voy a terminar de ducharme.

Dejé bajo su criterio el cómo entrar en calor y volví bajo el agua. Creo que tardé seis minutos contados en enjabonarme y aclararme, pero el agua caliente me resultó ahora tan relajante que me permití unos minutos más bajo el telefonillo. Siento el cuerpo menos pesado y los músculos flojos, además de haber dejado de notar esa ansiedad que se me comía el estómago. Cuando salí, ya seco y aguantándome la toalla por delante, vi que Kiyoshi, como otras veces, se tomaba muy en serio lo de ponerse cómodo y estar como en casa. Me había colocado la compra, hecho té para los dos y envuelto con una manta en un rinconcito del sofá, intentando escapar del frío. Las confianzas que se tomaba seguían un curso similar al primer día que nos vimos, pero ya viene dándome un poco lo mismo. Rodando los ojos, me metí en el cuarto y me vestí, rescatando del montoncito de ropa por fin organizada unos pantalones bombachos y rojos que ni sabía que tenía y una camisa cualquiera.

Kiyoshi me señaló la humeante taza de la mesita cuando me uní por fin a él en el salón. La tele está encendida, pero con el volumen algo bajo. Como si él esperase que hablásemos de algo. Ahora mismo, la prioridad tendría que ser el averiguar su paradero esos días que no le veo, ya que supuestamente no ha estado pasando por casa. Pero hablando con franqueza, me la pela. Creo que lo único de lo que ha pecado este tío es de no abrir cuando sus amigos llamaban a la puerta. Es lo que yo haría en su situación.

—¿Qué tal ha ido la fiesta?

—Ni idea. Supongo que bien —me desparramé sobre el sofá, apoyando la espalda y la cabeza en su hombro—. Prestar atención se vuelve cada vez más difícil, sobre todo si sientes que no encajas una mierda entre todos ellos —suspiré. Y lo que no había conseguido escupir todo este tiempo, lo escupí allí, mientras en la tele sonaba una cancioncilla promocional y el ruido del tráfico se colaba por la ventana—. Desde que Tetsu y Satsuki se casaron, es como si yo no pintase mucho estando con ellos. Hace ya tiempo que decidieron andar solitos y por un lugar muy diferente al mío, así que verles ahora es como recordarme lo atrás que me han dejado. Siendo sinceros, no quería ir a la fiesta de hoy.

—Ya veo —escuché a Kiyoshi, antes de sentir como me posaba la mano en la cabeza—. ¿Y por qué has ido?

—Buena pregunta —cierro los ojos—. Supongo que no quería preocuparles y tenerles después detrás, intentando sonsacarme el por qué estoy tan distante. Además, ellos no tienen la culpa de haber hecho con sus vidas lo que les diese la gana.

—Es una buena razón, pero no creo que eso siga funcionando mucho más tiempo. Se darán cuenta en algún momento, ¿no te parece? —preguntó. Y me dio la impresión de que también buscaba una respuesta para sí mismo y su actual situación.

—Ya pensaré en algo cuando eso pase —me limité a contestar. No me apetece seguir hablando del tema, así que simplemente me dejé caer hacia atrás, dejando medio cuero sobre sus piernas. Crucé los brazos tras la cabeza y le miré, viéndole alzar la taza de té para no acabar derramándola sobre mí—. Tú deberías hacer lo mismo. No puedes esquivarles toda tu vida.

—Lo sé —sonrió, entrecerrando los ojos, antes de despeinarme desenfadadamente el flequillo aún húmedo y deslizarme la mano aún tibia por la cara. Fue un poco desconcertante la escenita, porque la conversación se había terminado en un punto de no retorno y ahora no había más que contacto físico.

Kiyoshi parecía fascinado con algo, y estuvo un buen rato observándome la boca antes de pasar el pulgar por los labios, aplastándolos y despegándolos, hasta que me vi obligado a mojármelos con la lengua para deshacerme del cosquilleo.

—Lo del beso era una broma —le recordé.

—¿Lo era? —parpadeó, y pareció tan decepcionado que me resultó hasta… ¿Qué palabra puedo usar para que mi hombría continúe estando intacta? Ya, ninguna. El caso es que me sentí retado, así que en vista de que pretendía continuar con ese ritual de sobarme la boca decidí actuar. Recogí el cuerpo hasta quedar sentado de cualquier manera en su regazo, con la pierna flexionada contra su estómago, y apoyé el brazo contra el respaldo, junto a su cabeza. Él me miró, parpadeando y sin enterarse de mucho, antes de pillarle desprevenido al morderle una mejilla con ganas.

Lo sentí removerse bajo mío mientras se quejaba, alzando la mano que tenía libre para sobarse el mordisco y reprocharme con una expresión que no pudo más que hacer que quisiera burlarme un poco de él.

—¿Qué? ¿No querías un beso?

—¡Esto no es un beso! —protestó, y no pude evitar reírme con la expresión de niño ofendido que me puso. Seguramente se le hayan quitado las ganas de besarme después de dejarle escocido, pero quise completar la faena dándole otro bocado en la mejilla del lado contrario. Así que ladeé la cabeza, volví a inclinarme y abrí la boca sin poder deshacerme de la sonrisa. Y algo me frenó en seco entonces.

Kiyoshi se había girado. Quizás por impulso o por devolverme la jugada, pero ahora noto como la boca se me entrecierra y vacila frente a sus labios. Siento inmediatamente un pequeño altibajo en mi propia respiración, mientras deslizo la mirada hacia arriba y la clavo en los ojos de Kiyoshi, que no parece ni querer parpadear. Es tanta su atención hacia mí que es imposible no sentirse especial. Es del tipo de tíos que te mira como si te prometiese un montón de cosas y te convenciera, a la vez, de que las cumpliría. Lo cual, en aquellos momentos, me hacía sentir bien. Me hacía sentir como en el centro del mundo de alguien, y eso me gusta.

Lo vi sonreír y estrechar los ojos, antes de ser el primero en acortar las distancias y succionarme apenas el labio inferior, siguiendo un camino de pequeños roces hasta la comisura, donde besó. Noté el pulso bajo la mandíbula alterándose un momento, y antes de poder pensar en algo más ya estaba ladeando la cabeza en su dirección, lamiéndole y mordisqueándole en labio superior. Él respondió abriendo la boca, y con unos reflejos que no esperaba pudo alcanzarme y succionar la punta de mi lengua, desconcertándome unos segundos. Su respiración resuena como un ronroneo y su aliento cálido ya me quema los labios, impidiéndome pensar de manera razonable…

A la mierda. Su boca me supo al té de hierbas que tenía en el armario y al exceso de azúcar que le ha echado cuando le besé, quedándonos a las puertas de cualquier invasión personal. Al principio fue un roce casi inocente con la parte frontal de la lengua, pero Kiyoshi supo encender la chispa cuando se tomó la libertad de enroscarse y chupármela por debajo, intentando volver a succionármela. No le dejé. Retrocedí, le lancé una mirada de advertencia y, aprovechando su confusión, la envolví con los labios y la sorbí hacia mi boca, aplastándola contra el paladar.

A partir de ahí, el beso fue más que un beso. Las ceremonias se nos terminaban a un ritmo pasmoso, dejando sólo el calor, el constante roce de la carne y la respiración que, retenida, se convertía en jadeos cortos y roncos.

Kiyoshi, que hasta ahora sólo me apretaba el brazo con una mano, se deshizo de la taza que le impedía usar la otra. La escuché caer al suelo antes de que sus dedos me envolvieran la nuca y me empujasen hacia abajo, queriendo hundirse más en mi boca. Cuando parecía conseguirlo, los deslizaba por mi cuello hasta delinearme la nuez, que debe estar bailando a su propio ritmo. Siento como se me acumula la saliva e intento tragar, emitiendo un sonido rarísimo que Kiyoshi acalla con una risa que parece más un jadeo. Entrecierro los ojos y frunzo las cejas, rozándole la lengua con los dientes antes de volver a lamérsela, succionándola dolorosamente en un reproche que espero que haya captado. En mi terreno, intento mantenerla bajo control, pero el ritmo acelera y frena tantas veces que logra impacientarme. La lengua de Kiyoshi es suave y ancha, e inesperadamente sabe lo que se hace.

Sentí el momento exacto en el que me soltaba el brazo y me rozaba las costillas con la mano, deslizándose por la espalda hasta manosear la piel expuesta que quedaba en la parte baja de la camisa al inclinarme. Me hace cosquillas en la columna y crea la expectativa de querer colarse en el pantalón, pero no llegando nunca a hacerlo. La otra, que un momento antes estaba erizándome el cuello, se había enseñado con mi pecho después de delinearme la clavícula con una paciencia que me inquietó. Di un brinco en sus piernas cuando acarició con el pulgar el pliegue de un pezón sobre la camisa, dibujando círculos a su alrededor hasta conseguir que se pusiera duro. Se me escapó un jadeo dentro de su boca, y me noté la voz ronca y pastosa. Él sonrió, respiró contra mi mejilla y le pareció buena idea darnos una tregua para ir directo a besarme la oreja, haciendo que me estremeciera hasta la maldita raíz del pelo.

Joder, ¿en serio…? ¿De qué va esto? Estoy empezando a sofocarme y parece que la ropa me pesa mucho más que minutos antes. La cabeza ya no me responde y el pulso parece descontrolarse ante los estímulos con una facilidad insultante. No sé si estoy cómodo, incómodo o me importa un carajo mientras pueda seguir sintiendo más. Sólo sé que al momento siguiente estoy agarrando del hombro a Kiyoshi para estabilizarme, mientras estiro la pierna y acabo por fin sentado a horcajadas sobre él. Me mira, y le miro. Tiene la mejilla aún roja del mordisco y los labios hinchados del beso, supongo que como los míos. Bajé la cabeza y tensé los hombros cuando le dio por pulsarme el pezón, y me quedé a cuadros cuando, viendo que tenía más margen, se acercaba para mordérmelo sobre la tela de la camisa.

¡Nfh…! ¡Kiyoshi! ¿Qué coño…? —empecé a protestar, pero se me cortó el aire de golpe cuando me plantó las manos en la cadera y me empujó hacia delante.

No había notado que ya empezaba a tenerla dura hasta que aquel acercamiento me hizo frotarme contra su estómago; y sobra decir que fue la hostia. Me doblé hacia delante, jadeando, y no quise renunciar a aquel hormigueo que me proporcionaba el apretármela mientras crecía más y más dentro del bóxer. Le prensé el hombro y moví la cintura contra él, desesperándome con lo superficial del roce y lo cachondo que me había puesto con aquel jugueteo.

—Baja un poco más —escuché susurrar a Kiyoshi, muy lejos también de su propio registro. Una de sus manos descendió hasta agarrarme el culo con firmeza, mientras que la otra se colaba bajo la camisa, instándome a arquearme para acoplarme mejor a su cuerpo. Di una embestida hacia delante, frustrado, y me froté contra él cuando pillé el punto exacto contra el que hacerlo.

He dejado de escuchar la tele y el tráfico, y sólo alcanzo a oír los latidos de mi propio corazón y una mezcla de respiraciones ruidosas. Estoy tan ausente que soy yo aquella vez el que busca la boca de Kiyoshi para comérsela violentamente, impaciente y sin muchas ceremonias. Cuando intenta volver a imponerse, le hundo los dedos en la coronilla y le tiro del pelo hacia atrás, dándole un mordisco en el mentón que responde apretándome más contra él. La fricción es tanta entonces que no puedo más. Mi mano libre baja, queriendo tomar cartas en el asunto, y al segundo dos ya estoy con la polla fuera y masturbándome como un devoto que no ha mojado en años.

Jadeo. No puedo hacer otra cosa. Lo que queda de mi respiración recae sobre la lengua y la boca de Kiyoshi en un beso no tan intenso, pero que arde. Es difícil decir que parte del cuerpo no me arde en esta situación, mientras la mano ya está mojada de presemen y el ritmo va subiendo a la par que se me tensa el abdomen y se me agarrotan las piernas. Estoy tan enfocado en el orgasmo que sé que no tardaré en tener que el estómago me da un vuelco al advertir un par de dedos en la punta, teniendo que cortar el beso para soltar un gemido espectacular y que habrán oído, fijo, los vecinos de al lado.

—¡Joder…! —encorvado y con la frente pegada a su hombro, miro hacia abajo. Los dedos de Kiyoshi delinean la cabeza de mi polla con curiosidad, apretándola hasta que la uretra burbujea, respondiendo. Tirando de la piel hacia abajo, desciende, frenándome, y su enorme mano pronto reemplazó a la mía, creándome el primer impulso de embestir contra ella. También está ardiendo, y cuando empieza a moverla siento como si todo yo pudiera derretirme allí mismo. El sonido viscoso del presemen se mezcla con los latidos acelerados en su pecho y los besos que ya me ha dado detrás de la oreja, por donde ha pasado la lengua un par de veces.

Tuve que volver a enderezarme y dar una bocanada de aire, apretando los ojos contra su hombro. No puedo impedir que se me mueva sola la cadera o que me tiemblen los dedos de las manos, aferrados a su brazo y al respaldo del sofá. Todo ha pasado tan rápido que ahora sólo puedo dejar que se me nublen los sentidos y me bulla la cabeza del calor repentino que ha surgido en aquel maldito salón.

Empezar a no sentir la gravedad es una señal de que no aguantaré mucho. Abro un poco más las piernas, queriendo que toda la longitud se encaje bien entre sus dedos, de principio a fin. Captando el mensaje, estrechó otro poco más el cerco contra la palma de su mano, agachando la cabeza para besarme la curva del hombro que le quedaba más a mano. Y no pude más. El calambrazo que me bajó por la columna me hizo soltar un gemido de advertencia, anunciándole con ello que me corría muy poco después. Aguantarme me parecía una gilipollez, ya que Kiyoshi debía estar notando como me palpitaba todo por ahí abajo, así que simplemente lo dejé salir con la voz más retenida que pude conseguir. Arqueé la espalda y le rodeé la cabeza con el brazo, alzando la vista a un techo que se desenfocó un momento.

Le salpiqué de semen la camisa, y después de que continuase exprimiéndome con un ritmo algo más lento, los dedos. Traté de llenarme una vez más los pulmones al tragar aire a cuentagotas, mientras el cuerpo se me quedaba progresivamente lánguido y fofo. Ha sido un orgasmo brutal después de tiempo de inactividad, y otorgado por alguien que ha sabido donde tocar y cómo para conseguirlo.

Respiré hondo, me dejé caer contra su hombro y todo sonido exterior volvió a mis oídos. El corazón aún me golpeaba en los oídos como los bajos de una canción potente, pero me siento tan satisfecho que podría ignorar ese pequeño detalle y quedarme dormido allí mismo. Estando de esa guisa, me dio por entreabrir los ojos mirar hacia abajo. Mi pequeño pierde fuerzas, pero no presencia, y la mano de Kiyoshi lo toquetea hasta que tengo la piel tan sensible que me da un espasmo. El estrecho cerco que queda entre nosotros es suficiente para darme cuenta de que el pantalón de este tío parece a punto de reventar, y que era un milagro que la bragueta hubiese aguantado tanto. Es más, juraría que en cuanto recuperase una sensibilidad más normal en mis ya no tan hinchados huevos, podría notar perfectamente esa montaña de tela vaquera y dura. No sé por qué, pero me impresiona. No imaginé que pudiera ponérsele dura a un bobo como este, y menos así…

Sé que ahora mismo nos mueve el calentón del momento. Que nos sentimos demasiado solos al no tener lo que deseamos; en mi caso a mis amigos, en su caso a la mujer que le gusta. A fin de cuentas, esto sólo es un consuelo mutuo que enmascara la hipocresía de dos adultos. Pero no pude hacerlo. Pese a que él había lamido mis heridas sin pensárselo mucho, yo no pude llegar tan lejos estando ahora lúcido. Sin levantar cabeza, me limité a fruncir el ceño y replantearme qué coño haría si Kiyoshi quería un poco de reciprocidad. Después de todo, fui yo el que le había llamado.

Sin embargo, Kiyoshi no dijo nada. No me pidió nada. Y sólo me abrazó.