Anime: Kuroko no Basket.
Rating: T.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.
Nota: Crack Pair.
—One week to fall in love—
~ Viernes: La verdad ~
Llevo más de quince minutos con una polla pegada al culo. Y no me hace gracia.
Quieras o no, es una de esas cosas que llaman a la incomodidad; sobre todo si cada vez que intentas moverte para librarte de ella tienes la sensación de que se hace más grande. Tampoco he visto nada en mi habitación que me ayude a escapar de la situación con un poco de dignidad por lo que ahora, después de tres intentos fallidos de alejarme un poco y establecer cierta intimidad entre cuerpo y cuerpo, me ha dado por maldecirme por despertarme tan temprano precisamente ese día.
De todas formas, ¿quién coño no se despertaría al sentir medio kilo de carne caliente entre las nalgas? Incluso con dos pares de bóxers de por medio, es algo que tienes que notar por cojones. Y no sé si él es consciente de ello o si lo hace por mero instinto acaparador, pero este gilipollas no parece muy dispuesto a desengancharse de mi hasta que no le dé una buena hostia. Que yo recuerde, y pese a ser una cama no muy grande, la noche anterior estábamos durmiendo hombro con hombro, cada uno en su lado, y no pegados como dos cáscaras de pistacho. La noche anterior estaba utilizando mi almohada como almohada, y no el brazo de Kiyoshi. Tampoco sentía su aliento en la nuca, ni tenía su otro brazo rodeándome el estómago. Y mucho menos su erección mañanera intimando tanto conmigo. ¿He dicho ya que la tengo pegada al culo…?
¿Qué le dije que no había problemas con quedarse otra noche? Sí. ¿Qué acepté su propuesta de venir conmigo a la cama? Vale. Pero en ningún momento se acordó hacer la puta cucharita. Es tan bochornoso que a cada segundo que pasa la idea de hundirle el codo en el estómago me va pareciendo más y más atractiva. Lo más irónico es que él sigue ahí detrás, roncando y babeándome el pelo, como si mi vergüenza y ansias homicidas contra su empalagosa persona le importasen un carajo.
Miro de reojo hacia atrás, sabiendo que no podré salir de esta sin despertarle y dejarle en evidencia; pero el movimiento solo hace que se apriete más contra mí, pegando el pecho a mi espalda y moviendo la cadera contra mi culo. El restregón fue uno de esos que se dan sólo para dejar claro el tamaño de lo que se esconde bajo la ropa, y el escalofrío que noté subiéndome por la columna me dijo que no era algo especialmente pequeño.
"Joder…" No sé si es porque estoy recién levantado o porque tengo aún muy fresco el tonteo de anoche, pero a lo tonto toda esta mierda me está sofocando. Kiyoshi no es el único que tiene erecciones matutinas, y ya no sé si la mía es una común de todos los días o una que se está dejando llevar demasiado.
Le cojo el brazo, probando a desengancharle de mi pieza a pieza, con una paciencia que ya pende de un hilo, pero no sirve de nada: el grandullón me ronronea detrás de la oreja, enreda una pierna con la mía y vuelve a frotarse, haciéndome tensar la espalda y contener la respiración un segundo. Después silencio. Pero no pasan más de diez segundos hasta que vuelve a frotarse, embistiendo hacia delante, muy despacio.
Y es ahí cuando me tiembla la ceja.
—Kiyoshi… —no responde—. Estás despierto, ¿verdad? —sigue sin responderme. Así que intento que se muestre un poco más colaborador con un pellizco bajo las costillas.
—¡Ow, ow! Vale, ¡vale! Lo estoy, ¡estoy despierto! —no tardó en gimotear.
Moví el cuerpo como pude para mirarle, girando la cabeza.
—¿Qué coño estás haciendo?
—Hum… ¿aprovechándome un poquito?
—¡Tendrás morro! —volví a pellizcarle, y esta vez me aseguré de que se retorciera. Yo pasándolas putas y el señorito disfrutándolo, ¡será mamón! Esto pasa cuando eres considerado con un colega…—. Quita de encima. Eres un pervertido de la hostia…
—Espera —me frenó cuando me incorporaba, agarrándome una mano y sujetándome la cintura. Noté algo húmedo en la nuca, y supe que me la había besado—. Quédate así un poco más.
—¿Estás de broma? Si me sigues pinchando con eso me harás un agujero en el bóxer.
—Sólo un poquito —murmuró, rozándome el hombro desnudo con los dientes y acariciándome el hueso de la cadera hasta llegar a la línea de vello bajo el ombligo. Estoy empezando a pensar que de tonto no tiene nada. Sobre todo cuando, acompañando a la súplica, volvía a moverse detrás de mí, encajándose de nuevo en mi culo y frotándose contra él. Antes de que pudiese protestar o hacer cualquier intento por alejarme, me lamía la oreja, como si siguiese algún tipo de ritual para conseguir que me dejase follar.
¿Es una manera de vengarse por lo de anoche, cuando le dejé las pelotas a punto de reventarle? Recuerdo vagamente que tuvo que hacer una rápida escapada al baño para… Vale, digamos que prefiero NO imaginar lo que hizo en mi baño después de eso. Por la erección de caballo que estoy notando es evidente que, fuera lo que fuese, no se quedó del todo satisfecho.
Cuando le escucho jadear ya es evidente que se ha puesto cachondo. Olvida la erección mañanera: aquello estaba tan tieso como las porras que utilizamos en la división de antidisturbios. El recorrido que hace de entre mis piernas hasta el último hueso de la espalda ya se me marca en la tela de la ropa interior, y entre tanto empellón he empezado a notar que la punta tibia de su polla me babea la columna. Es como un maldito perro en celo intentando meterla en el sitio adecuado, lo cual me resulta tan triste como perturbador… ¿Piensa correrse así?
—Kiyoshi… —le advierto, más que nada porque todo aquello está llegando a unos niveles un poco raros de definir. Y no sé si es porque estaba demasiado concentrado en el tacto de la tela y el contoneo de su propia pelvis o porque fingió no escucharme, pero su única respuesta fue un gemido contra mi cuello. Se me erizó la piel cuando lo lamió, mordiéndolo, antes de reptar con sus enormes manos hacia el descarado y palpitante bulto que ya daba los buenos días desde mi propio bóxer.
—¿Puedo…?
—¿Me lo preguntas en serio? —ironicé. Y al segundo después el que gimió fui yo, cuando una sacudida de placer me hacía arquear la espalda hacia atrás hasta regalarle a Kiyoshi, sin querer, un momento de fricción contra su polla que lo hizo gruñir sin contenerse. Él me devolvió la embestida, se reservó una mano para seguir masturbándome y perdí de vista la otra, que colocó a saber dónde. Me dio igual: la última vez que había tenido aquel tipo de sexo mañanero fue hace mucho, con una chica de la que solo recuerdo sus técnicas con la lengua, así que el volver a tener a alguien que se encargase de aliviarte las frustraciones venía no sintiéndose tan mal. Como la noche anterior, aquella mano sabía donde acariciar, cómo presionar y hacer maravillas pulsándome en la punta, así que, en general, no tendría que tener queja alguna sobre como terminar corriéndome aquella vez.
—¡Unh…! Gh… ¡Ah! ¡Mm! —la voz de Kiyoshi se había reducido a un par de jadeos y gemidos entrecortados y débiles, que escuchaba justo detrás de mi cabeza, sobre la nuca. La mano que me tocaba perdía ritmo, así que abrí los ojos y me recosté un poco hacia atrás, intentando ver que lo mantenía tan entretenido como para desatenderme en plena erección pre-orgásmica.
Lo que encontré fue la cara de aquel idiota contraída del gusto, con las mejillas rojas, el flequillo desordenado y mordiéndose el labio inferior, mientras su otra mano bombeaba con rapidez su propia polla, que chocaba contra mi espalda a cada movimiento. Cuando abrió los ojos y me pilló mirándole se lamió las comisuras, abrió la boca y se lanzó contra la mía, clavándose en ella y ahogando allí el gemido con el que se corrió, salpicándome de semen la espalda. A saber cuánto tiempo había estado conteniéndose fingiendo estar dormido…
—Macho, contrólate… —pude decirle cuando le empujé por el hombro, obviamente contrariado. Aunque a aquellas alturas, no sé si es contradicción o las ganas de controlar un poco lo que fuese que estuviese pasando desde ayer.
Él me miró y retomó el ritmo sobre mi chico, sabiendo que con aquello no habría más argumentos que valiesen. Y si aún con ello los hubo, el beso que volvió a darme terminó de matarlos por completo.
[…]
No tengo un término estrictamente adecuado para el tipo de relación que tenemos. Mierda, ni siquiera sé si se puede considerar "relación", sea del tipo que sea. Aunque Kiyoshi no sea ningún desconocido, tampoco es alguien con el que comparta recuerdos de la adolescencia que abarquen mucho más que un par de partidos y algunas apreciaciones a su estilo de juego dichas desde las gradas. Si no le hubiese encontrado en medio de la calle aquella noche lo más probable es que hubiera seguido con mi rutinaria y esquiva vida, sin ningún cambio más significativo que el acostarme con alguna mujer a la que no le preguntaría ni el nombre. Seguiría siendo el hombre que he decidido ser, aunque no me guste un carajo ese hombre.
¿Le estoy dando demasiadas vueltas otra vez? El camino desde mi casa a la comisaría no es tan largo, así que a veces me pregunto cómo coño me las apaño para pensar en tanta gilipollez junta mientras camino hacia mi puesto, intentando hundirme en el chaquetón y la bufanda para que no se me termine congelando la nariz. El único elemento que me impide seguir con mis cosas tal y como eran antes es Kiyoshi, y mentiría si dijese que no da muy mal rollo que una sola persona pueda influenciar tanto en tan poco tiempo. Y aunque me sigo preguntando qué gana él estando conmigo, creo que en el fondo puedo entender esa necesidad de no estar solo en momentos difíciles. Quiere mantenerse ocupado y pensar en todo menos en lo que le preocupa, y sé perfectamente que me estoy aprovechando de eso, porque yo no puedo ser tan sincero como él.
La madre que lo parió, por hacerme pensar tanto. Hasta he pasado de largo el konbini sin darme cuenta, y ya le doy los buenos días al compañero de patrullas al que sustituyo, y que ya se cambia en los vestuarios de la parte de atrás. Lo bueno es que entre el trabajo y ese grandullón, no tengo tiempo para pensar en nada más, así que supongo que estoy un poco agradecido con él.
—Bueno, bueno… ¿y eso? Ya decía yo que te brillaba la piel esta mañana —escuché decir entonces desde la taquilla de al lado, mientras me quitaba la bufanda y el chaquetón frente a la mía.
—¿Ah…? —enarqué una ceja, mirándole. Él, con una sonrisa de lado a lado, se señaló su propio cuello, bajo la oreja, y no pude más que mirarme en el espejo pegado en el interior de la puerta de la taquilla.
Tenía un puto chupetón. Y de los grandes. De esos con los que dices "¿ves este cuello? Pues está unido a un cuerpo que me pertenece". ¿Cuándo puñetas me lo hizo? ¿En la cama? Si me mordió más fuerte de la cuenta mientras se esforzaba por seguir frotándose contra mi espalda, ni me enteré. Quizás fue en la ducha que acabamos compartiendo, cuando las coñas de hacer afros con espuma volvió a ser otro aquí te pillo, aquí te toco; ese idiota se calienta más rápido que yo, todo hay que decirlo. Puede que fuera al salir, cuando me pilló desprevenido haciéndome un café y me soltó un morreo sin venir a cuento, antes de dejarse caer sobre mis hombros.
… En algún momento he dejado caer la cara contra la taquilla, queriendo que el golpe y el frío del metal me quitasen de la cabeza la idea de que todos estos recuerdos mañaneros estaban resultando demasiado rosas para mi gusto. ¿Qué coño…? Da escalofríos. Pensándolo con calma, ¿cuántas veces me corrí antes de salir de mi casa hoy? ¿Y cuántos besos me coló ese cabroncete antes de que me diera cuenta? A la mierda el estar agradecido con él; yo lo mato. Verás las coñas de mis compañeros durante todo mi turno…
El termostato externo de la comisaría está a unos cinco grados, y eso estando solo a medio día. No ha vuelto a nevar, por lo menos, así que la calle está un poco más transitada y los quitanieves no estarán dando el coñazo por toda la prefectura. La calefacción dentro de la garita hace que no se tenga ninguna iniciativa a salir y cumplir con las patrullas, y mucho menos ganas de volver a recorrer todo el camino hasta el konbini para comprarme el que será mi almuerzo. He intentado que mi colega de turno me hiciera el favor, pero se ha excusado diciendo que ya que él no ha mojado en toda la semana, ya podría ser menor egoísta y moverme yo solito. Sabía que habría puyas de este estilo…
—¿Se te han acabado las viejas a las que acosar? —me incliné en la silla, enarcando una ceja. Después de poner en orden el papeleo, tendría que salir a hacer el primer recorrido. Él, que está mirando a saber qué en el calendario, me respondió después de reírse.
—Quizás ya sea hora de pasarme a las del distrito de al lado. Las únicas que quedan por aquí que merezcan realmente la pena tienen dos o tres hijos.
—No te van a morder, ¿sabes?
—No quiero ejercer de padre aún, gracias. Los críos son demonios de culitos suaves —apuntó algo en una de las casillas de final de mes y dejó caer las páginas antes de girarse, señalándome con un bolígrafo ridículo de seis colores—. No todos tenemos la suerte de poder follarnos a una buena mujer sin responsabilidades. A ver, confiésalo. ¿Cómo lo haces?
—¿Cómo hago qué? —rodé los ojos y volví a los papeles.
—Encontrar mujeres con las que divertirte, obviamente. En el curro nunca te veo hablar con nadie, y cuando salimos la mujer más joven que ha pretendido tirarte los tejos tiene sesenta años —su sombra se proyectó en la mesa, y poco después noto la punta del bolígrafo colarse por el cuello de mi camisa—. Y esto, amigo mío, no está hecho por alguien que use dentadura postiza.
—¿Puedes dejar de decir guarradas? —sacudí la mano para que dejase de hacerme cosquillas en el cuello. Es evidente que insistirá hasta que le diga algo morboso. Es el tío con el que mejor me llevo de toda nuestra promoción, y llevamos contándonos batallitas de nuestros ligues desde que íbamos a la academia. Es un hombre divertido (a su maldita manera) y un playboy de cuidado con el que a veces salgo a beber. Y aunque normalmente consigue soltarme la lengua rápido, aquella vez no tengo ni idea de qué contarle. "Me lo hizo un amigo, como broma" Gay. "Mi vecina vino a pedirme azúcar y acabó saboreando un dulce diferente". Típico. "Resbalé y me di contra la mesilla de noche". ¡Patético!
—No es nadie —me escucho farfullar. Pensar en las posibles respuestas sólo hace que me note la espalda caliente y una incómoda presión en el culo.
—No has puesto cara de que sea "nadie" –insinuó, rodeándome los hombros con los brazos y tirando de mí hacia atrás, balanceándome en la silla—. ¿El pequeño Daiki se ha echado novia? Cuéntaselo al tío Mori, si tiene menos de treinta no te la robaré
—¡Agh-…! Para, ¡idiota! —pataleé, con los pies en el aire, y le cogí la cabeza—. ¡Como me tires, te mato!
—… Disculpen. ¿Agentes?
De menuda guisa nos pillan. Supongo que la cara de la parejita que se ha plantado en la puerta del puesto está justificada después de haber perdido toda confianza en la ley. Casi escucho a la imagen que tenían de la policía hacerse añicos.
Mori me soltó, y noté como el borde de la mesa se me encajaba entre las costillas, haciéndome jadear. Le escucho atender a los chavales mientras ruedo la silla y evito que un par de papeles se desperdiguen por el suelo, olvidándome un poco de la sensación de otro cuerpo pegándose al mío.
—Aomine –me llamó, y levanté la mirada—. Es para ti.
Miré a la parejita, y supe reconocerles enseguida. Eran el capitán del Seirin (o lo fue, por lo menos), enfundado en una gabardina gris que le hacía parecer dos personas, y su prometida, la chica plana de la fiesta. Que estuvieran expresamente allí solo significaba que Satsuki se había ido de la lengua y que querrían saber algo con respecto al paradero de Kiyoshi. Fruncí las cejas al segundo dos y me levanté, caminando hacia ellos. El gafitas parece tan desconfiado como el día del cumpleaños, y no me quita los ojos de encima.
—Buenos días. ¿Estás ocupado? Momoi dijo que podíamos pasarnos —dijo ella.
—Tengo un poco de tiempo —y no era mentira—. ¿Qué os trae por aquí? —fingí no acordarme.
—¿Has sabido algo de Teppei? —siguió.
—¿No os ha llamado a ninguno? —pregunté. Y ella negó—. Si la persona ha desaparecido fuera del distrito tendremos que dar parte a otras comisarías para que estén atentos —solté la parrafada de manual, sabiendo que el hombre al que se empecinaban en buscar estaba en mi casa, sin muchas ganas de verles las caras.
—¿Cómo sabes que desapareció en otro distrito? —soltó el gafitas, y supe que con él habrían ciertas cosas que no colarían. No sé si aún sigue con la mosca detrás de la oreja por lo que pasó en la fiesta, pero no tengo interés alguno en tener una conversación con él.
—Porque si hubiera desaparecido en este, ya le habríamos encontrado —mentí, devolviéndole la mirada el suficiente tiempo para enrarecer el ambiente de la comisaría. Después miré a la chica—. ¿Qué hay de su trabajo? ¿No ha aparecido por allí tampoco?
—Entrena a un equipo en Shinagawa, pero a lo largo de la semana ha hecho sus sesiones fuera del complejo deportivo —me explicó ella, y tuve que disimular una sonrisa con algún tipo de mueca pensativa. ¡Qué cabroncete! El grandote parece estarse tomando en serio lo de desaparecer del mapa.
—Necesitaré un teléfono de contacto, por si hay noticias —me acerqué a la mesa entonces, buscando un folio en blanco sobre el que dejé un bolígrafo. El capitancillo se adelantó a su prometida con una mala leche que pude notar al momento, mientras Mori tenía la genial idea de entretenerla ofreciéndole una taza de té caliente.
—¿Sabes dónde está? —me preguntó en voz baja, mientras garabateaba su número del móvil, un fijo y apuntaba también la dirección de la que supuse era su casa.
—¿Crees que por acercarte más harás que lo sepa? —me crucé de brazos y me recargué en el borde de la mesa, por la parte de los cajones. Mi respuesta no le hizo gracia, y me miró con las cejas fruncidas.
—Estamos preocupados por él.
—Oh… ¿En serio? Tiene suerte de tener unos amigos tan estupendos —no pude esconder el sarcasmo metido en aquella frase, y su cara de contradicción me animó a acercarme, fingiendo que recogía el papel con los números—. A propósito, felicidades por el compromiso. Tienes una puntería cojonuda eligiendo mujer.
—…
—Mori, pon un anuncio en el tablón —me alejé de él y le tendí el folio a mi compañero. Pese a las ganas que tengo de darle una patada a algo, me contuve—. Apunta en grande los teléfonos por si alguno de los nuestros sabe algo y puede dar parte. Tengo que salir a hacer la primera ronda, así que hemos terminado.
Fue evidente que los estaba echando. Y no lo quise de otra manera. El gafitas me sostuvo la mirada un par de segundos más, como si pretendiese dar a entender que sospechaba de mí, antes de girarse por fin e instar a su mujer a salir junto a él. Sólo cuando los perdí de vista, chasqueé la lengua.
El tío me encabrona. Seguramente no tiene ni idea de que le ha robado la mujer a su mejor amigo, pero creo que si se consideraba tan amigo suyo debería haberse dado cuenta, e ir a joder a otro lado. Y si lo sabía, y aún así ha tenido el descaro de robársela, ya es para darle la paliza de su vida.
—Y, ¿a quién estamos buscando, exactamente? –me preguntó Mori dos minutos después, hojeando el folio. Se lo quité de las manos, hice una bola con él y lo lancé a la papelera junto a su escritorio.
—A nadie —me calé la gorra del uniforme—. Salgo.
Creo que es la primera vez que pienso que el aire fresco de la caminata por toda la zona que abarca nuestro rango de acción me ayudará a relajarme. Con la bufanda hasta la nariz, salí del puesto hasta pensando que estaría de puta madre que hubiese algún ladronzuelo de bolsos con ganas de ganarse un dinero rápido, y así poder desquitarme con él de lo lindo. Pero no iba a tener tanta suerte.
Nunca pretendí que nada de esto fuese asunto mío, pero parece que ya estoy demasiado metido en el ajo como para desentenderme del todo. Creo que lo de tener un número de conexiones en la vida también se aplica a Kiyoshi, y saber que una de ellas te ha traicionado de tal manera debe ser… deprimente. Tal vez, para variar, deba hacer la cena yo esta noche. Apuesto a que ese bobo volverá a quedarse sin pedir ningún tipo de permiso.
Sentí un escalofrío desde el interior de mis huesos al salir, y miré como a pesar de ser medio día, el cielo estaba completamente blanco y gris. Saqué el móvil del bolsillo, lo puse en modo vibración y lo guardé, dispuesto a empezar el paseo por la zona comercial. Pero no di ni tres pasos antes de volver a detenerme.
En la esquina de la calle contigua, por donde solía coger para ir al konbini y volver a casa, estaba Kiyoshi, con mi bufanda negra y una de mis chaquetas, que le quedaba evidentemente pequeña. Cargaba una bolsa en un brazo, que se zarandeaba cada vez que gesticulaba con las manos, defendiéndose con paciencia de la reprimenda que parecía estarle echando el gafitas. La chica plana, a su lado, ponía los brazos en garras y daba una patada al suelo, señalándole antes de cerrar el puño y frotarse los ojos, como quien se aparta las lágrimas con rabia.
Le habían visto. No recuerdo si entre beso y beso Kiyoshi me dijo si iría a algún sitio hoy, pero ya supongo que da igual. Si lo hubiera sabido, con una llamada o un mensaje se podría haber evitado el encuentro, por lo menos hasta que ese dúo se largase del barrio.
Joder. ¿Debería ir? Parece estar en una desventaja flipante. Y empiezo a odiar la sonrisa falsa que se le forma en la cara cada vez que le contesta a alguno de ellos. Veo que ella finalmente baja la cabeza y se tapa la cara, soltándole la llantina, y que Kiyoshi intenta consolarla con su estúpida expresión y unas disculpas que, aunque no escucho, sé que repite como un disco rayado. El gafitas interviene, pasándole un brazo sobre los hombros para calmarla, y yo solo puedo ver como Kiyoshi se mantiene un momento al margen de la escena, observando, hasta que le posa una manaza en la cabeza a la chica.
No escucho lo que dice. El ruido del tráfico y la ciudad se superpone, pero no me hace falta oír nada para saber que algo no va bien. Que en esa escena hay algo que no encaja, aunque su estúpida expresión de hombre enamorado hasta las trancas siga estando presente.
Dios, que lento soy…
[…] Cuando volví a la comisaría, seguía sin tener demasiada constancia del tiempo que había pasado fuera. Sólo sé que tengo la nariz congelada y que el paseo no me ha ayudado mucho a despejarme. He ido hasta el parque de Ueno y bajado hasta recorrerme de punta a punta el mercado Ameyoko, y aunque un par de chiquillas de instituto se me acercaron para preguntarme una dirección, no creo que les haya respondido con demasiada claridad. Desde que empecé la ronda hay algo que me pincha justo detrás de la cabeza; un cabreo que no puedo sacudirme de encima por mucho que frunza el ceño y maldiga en voz baja. Es como si quisiera hacer y gritar muchas cosas, pero no supiera por cual empezar.
Me quito la bufanda y lanzo la gorra sobre la mesa, donde me espera una bolsa y la copia de la llave de mi casa, a la que le han puesto un llavero de lo que parece un Totoro. Del interior de la bolsa sale un olorcillo a comida aún caliente, y me doy prisa en sacar el bento envuelto para confirmarlo.
—Te lo dejó un tío grandote poco después de irte —me explicó Mori, mientras el apetito me respondía a la visión del arroz, las salchichas, el pollo y la tortilla del menú—. Junto con un recado.
Vi que señalaba al pisapapeles de la esquina, donde había una nota doblada en dos. Cuando la desplegué y la miré, una letra espantosa y algo inclinada a un lado rezaba "He tenido que ir a Shinagawa a encontrarme con las chicas. Te dejo la llave o la perderé. ¡Hasta la noche! Kiyoshi Teppei."
¿Para eso había venido? ¿Para darme explicaciones de por qué no estaría en mi piso para cuando volviese? ¿O para dejarme claro que volvería otra vez? Según vi hace un par de horas, ya no hay necesidad de que venga a esconderse a mi casa. Fuera lo que fuese que le dijesen aquellos dos, estaba claro que la persecución había terminado y que, ya fuera por las buenas o por las malas, arreglarían el tema de la boda hasta quedarse satisfechos. Apuesto a que Kiyoshi lo estaba deseando: dejarse por fin de gilipolleces sobre consuelos y desahogos y ver de nuevo al amorcito de su vida, aunque no fuera correspondido en absoluto.
Me dejé caer en la silla, cogí los palillos y empecé a dar buena cuenta del bento. Creo que fue la primera vez que una de sus comidas me supo tan amarga.
Se supone que una de las mayores virtudes de un policía era el ser observador, imparcial y metódico. O, por lo menos, era de lo que trataban de convencernos en la academia. Quizás ya fuese una costumbre de antiguo jugador de baloncesto, pero fijarme en los amagos de otros era algo que me salía naturalmente, porque eso llevaba a saber las debilidades de los demás y anticiparme. En este caso, hubiera preferido no tener una capacidad tan bestial para darme cuenta de las cosas. Lo que más me escama de todo esto es que nadie se hubiese dado cuenta. Kiyoshi no es tan bueno mintiendo; ese tipo de cara, esa expresión, no es algo que se pueda ocultar tan fácilmente, así que dudo que hayan sido simples imaginaciones mías.
Pensando en ello, me oscureció. No sé cómo ni por qué, pero las ganas de llegar a mi casa habían disminuido a lo largo del día, así que he acabado haciendo lo que nunca: horas extras voluntarias. He rechazado la invitación de Mori de salir a beber, y ya cuando la excusa del papeleo era insostenible, me largué. Dejé la chaqueta del uniforme en la taquilla, me puse la que había traído de casa y me miré una vez más al espejo de la puerta. El chupón sigue ahí, recordándome todo lo que pasó esta mañana, y la promesa de matarle nada más verle había adquirido un nuevo significado.
Cierro la taquilla de un portazo y me pongo por fin en marcha. Dejo atrás el konbini poco después, porque dudo que pueda comer nada hasta que la pelota que tengo en el estómago se destense un poco.
—Estaba a punto de ir a buscarte —me dijo Kiyoshi al verme salir del hueco de la escalera. Estaba sentado en el suelo, frente a mi puerta, encogido dentro del abrigo y con la bufanda hasta las cejas. Esta vez llevaba puesta su propia ropa y traía, colgada del hombro, una mochila deportiva. Se levantó cuando me acerqué, y cuando se apartó la bufanda de la cara para sonreír, vi que tenía las mejillas y la nariz rojas.
Le pasé de largo y saqué las llaves del bolsillo del chaquetón.
—Tenía cosas que hacer.
—¿Algo grave?
—No mucho —le noto acercarse desde arriba, y el vaho de su aliento es demasiado cercano para mi gusto. Giro la llave y empujo la puerta antes de que me empotre contra ella, soltándolas después en el cuenco antes de apoyarme en la pared del rellano para descalzarme. Cuando vuelvo a hablar, sueno muy resentido para mi gusto—. Pensé que no tendrías interés en venir hoy.
—¿Eh? —la puerta se cierra a mis espaldas, junto al ruido sordo de su mochila cayendo al suelo—. ¿Por qué lo dices?
—Tus amigos pasaron por la comisaría esta mañana, queriendo que les ayudase a buscarte. Por lo visto estaban preocupadísimos por ti —le miré de reojo—. Te encontraste con ellos, ¿no?
—Ah —lo vi desviar la mirada y hacer una mueca, llevándose una mano a la nuca—. Sí. No les esperaba, sinceramente, aunque supongo que tenían sus motivos para preocuparse; no había hablado con ninguno desde el domingo —rió. No te rías, joder…—. ¡Menuda bronca me han echado entre los dos! Riko se puso a llorar, y por un momento pensé que Hyuuga también lo haría… Por suerte, no preguntaron nada con respecto a la boda, aún no sabría que decirles.
—¿Sobre ser el padrino? —me quité el otro zapato y subí el escalón, girándome hacia él—. No sé. ¿Cómo ves tú que el padrino esté bebiendo los vientos por el novio? —me miró, con los ojos bien abiertos. Creo que estuvo un momento sin respirar, incluso—. Tendrías que haberte visto la cara esta mañana; parecías un puto cachorrito enamorado al que sólo le faltaba mover la cola. Desde el principio, no fue ella quien te gustaba, ¿verdad? Era él.
—¿Eso tiene alguna relevancia ahora? —evitó responderme, lo que deja aún más claro que tengo razón.
—¿Qué seas gay? No sé, deja que me lo piense —ironicé, con una sonrisa que se me borró un segundo después—. ¿Qué buscas de mi exactamente, Kiyoshi? Quizás toda esa mierda del magreo gratuito hubiera servido con cualquier otro que se hubiera dignado a recogerte, pero conmigo te estás equivocando un poco. Que te haya utilizado para sentirme menos solo no significa que tú puedas hacer lo mismo conmigo. No de esa manera, por lo menos. Solo quiero dejarlo claro.
Lo vi fruncir las cejas y apretar los labios en un rictus dolido, antes de dar un paso al frente, gesticulando.
—¿Por qué te importa tanto quien me guste o deje de gustarme ahora? ¿No fuiste el primero en besarme, de todas maneras?
—¿Ah? ¿No fue a ti al que le faltó tiempo para empezar a tontear?
—¿Y no fuiste tú el que me respondió a ese tonteo?
—¡Porque pensé que me estabas consolando, joder! —terminé alzando la voz—. Que eras un hetero que, como yo, no podía caer más bajo que eso. Pero, ¿qué pasa? Que sólo resultas ser un maricón que busca una polla a la que agarrarse para poder fantasear a gusto con el tío que le ha rechazado. ¿Y dices que eso no debe importarme? ¡No me jodas, Kiyoshi!
—¿Qu-…? ¡No es así!
—¿¡El qué no es así!? —gruñí. Estoy encabronado. Muy encabronado. Y siento que la pelota que tengo en alguna parte de estómago está cogiendo la forma de algo completamente diferente—. ¿Vas a decirme que me equivoco? ¿Qué no se te pasó por la cabeza su cara en ningún momento?
—¿Estás oyendo lo que dices? —sonó disgustado—. ¿Qué me gustase Hyuuga significa que no puedo venir a verte a ti?
—¡Yo no soy el puto sustituto de nadie! —di un golpe a la pared con el puño cerrado, y hubo un silencio de siete segundos. Después me giré—. Si quieres desfogarte gritando el nombre de uno mientras te follas a otro, allá tú. Pero a mí no me metas en tus movidas.
El recibidor volvió a quedarse en silencio, y esperé que fuera más que evidente que aquella conversación había terminado. Que no soy gay y que no tengo ningún interés en serlo, por muy abandonado que me sienta. Quiero dejar de sonar como una mujer a la que le han puesto los cuernos y olvidarme de toda aquella maldita semana.
—¿Puedo hablar yo ahora? —escuché la voz de Kiyoshi, una cuarta por debajo de su tono habitual. Y cuando quise volverme a mirarle, seguramente para terminar mandándolo a la mierda si volvía a negar las evidencias, apenas vi como se abalanzaba hacia mí.
Una de sus manos me rodeó la muñeca, mientras la otra me daba un empujón poco delicado en el hombro, por la espalda. Forcejeé, agitando el brazo para volver a recuperar mi espacio personal y la ventaja del dominio de la situación, pero me hizo trastabillar con una de sus piernas y hacerme perder el equilibrio. El lado izquierdo de la cara se me estampó dolorosamente contra la pared, junto a la puerta del cuarto de baño. Pese a tener un brazo libre, el que me estuviera retorciendo el otro tras la espalda hacía que no tuviese demasiado margen para seguir resistiéndome. Su cuerpo vuelve a estar detrás de mí, y es solo entonces cuando noto lo verdaderamente pesado que es.
—¿Cuánto crees que puede durar un amor no correspondido? ¿Crees que no he tenido tiempo para rendirme después de tantos años? De acuerdo, es verdad. Estuve enamorado de Hyuuga. Desde el instituto. ¿Eso te da derecho a decir que todo lo que hago está regido por mis deseos por él? —gruñí como respuesta, agitándome contra la pared—. No entiendes nada. Desde que supe que iban a casarse, me juré a mi mismo que cualquier pensamiento con respecto a él debía desaparecer. O sentiría que, hiciera lo que hiciera, les estaría traicionando a los dos. Cuando me recogiste, dejé de pensar tanto. Cada día que pasaba era un nuevo motivo para olvidarme de lo que no he conseguido e ilusionarme por otras cosas. ¿Y me lo estás reclamando? ¿Qué me haya gustado un hombre es ahora un problema?
Le miré por el rabillo del ojo, no menos furioso que minutos antes. Y contuve un jadeo de sorpresa cuando sentí los dedos fríos de su mano libre reptándome por el estómago, bajo la camisa.
—¿Qué coño pretendes…? No me toques.
—Esto no es diferente a lo que te hice esta mañana —me dijo, mientras me hacía cosquillas en torno a un pezón y bajaba hasta el cinturón del uniforme.
—Kiyoshi…
—No es diferente —repitió, y me puse tenso cuando me abrió el cinto y tiró del botón, desabrochándolo—. Así que, ¿qué ha cambiado? ¿Dónde está la diferencia para que esto te disguste tanto ahora? Olvídate de Hyuuga —pegó el pecho a mi espalda, sin soltarme el brazo, y me dio un beso en una mejilla que intenté apartar, sin éxito—. Olvídate de que sea gay. ¿Por qué ahora no puedo tocarte? ¿Tienes miedo? ¿Piensas que puedo forzarte a hacer algo que no quieras?
—Estate quieto de una puta vez…
—¿Me crees verdaderamente capaz si se me presenta la oportunidad? —escuché la cremallera bajar, y tragué ruidosamente antes de apretar el puño y volver a mover el brazo—. Porque tenerlas, he tenido, ¿recuerdas? En la ducha, en el sofá, en la cama esta mañana. ¿Te has sentido en peligro alguna de esas veces? Si mis intenciones fueran esas, hubiera hecho esto desde el principio…
Deslizó la mano por el borde del pantalón hasta llevarla hacia atrás, asiéndolo y tirando de él hacia abajo. Me revolví como un lagarto cuando me dejó el culo al aire, apretándome y separándome una nalga con esa enorme mano suya. Intenté darle una coz, pero me dio un toque con la rodilla y me separó las piernas, presionándose otra vez entre ellas. La tela fría de su vaquero rozando la piel blanda de dentro me hizo contener el aliento y apretar la mandíbula, antes de dirigirle una mirada con la que espero, se sienta amenazado. Porque en cuanto me suelte, pienso molerlo a hostias.
No dijo nada más, y no pude diferenciar su expresión con claridad gracias al regalo de la incómoda postura en la que estaba. Me dio un calambrazo en el codo cuando intenté volver a soltarme, pero Kiyoshi seguía aguantándome contra la pared con una fuerza ridículamente firme.
—¡…! —escuché su cinturón—. Ki-… Kiyoshi…
—Si eres solo un sustituto, hacer esto debe estar bien, ¿no? —escuché el roce de la ropa, la cremallera y su respiración en mi cuello, antes de verle lamerse dos dedos y hacerlos desaparecer entre mis nalgas.
—¡Gh…! —eché la cadera hacia delante al notar la saliva y la presión con la que la dejó. Bufé, pero no me hizo ni caso.
—No tendría que importarme lo que sintieses mientras yo pudiera satisfacer mis fantasías. Esa es la clase de persona que crees que soy, parece.
La presión de su polla contra mi culo no tuvo nada que ver con los restregones de aquella mañana. Aquel pedazo de carne tibio parecía muy dispuesto a atravesarme sin más, por mucho que me esforzase en apretar, agitarme e insultarle hasta quedarme afónico. El Kiyoshi que ahora estoy viendo no se parece en nada al idiota pomposo con el que he estado quedando toda la semana. Y cuando la primera punzada me subió por la columna, ya tuve suficientes motivos para ponerme pálido.
—¡Teppei! —grité. Con una voz que no parecía ni la mía. Me revolví por última vez, pegando la frente a la pared y encorvando el cuerpo hacia delante, notando sus dedos clavados en un brazo que ya tengo dormido y adolorido. Esto es humillante. Desesperante. ¡Frustrante!
Y mientras me sentía asquerosamente rebajado, se hizo el silencio. No se oyó nada: ni ropa, ni respiraciones, ni labios estampándose contra la piel. Sólo el corazón golpeándome violentamente en las orejas hasta que la voz de Kiyoshi me llegó, quebrada y patética, desde atrás.
—Eres tan injusto, Aomine —sus palabras me descolocaron, pero no lo suficiente como para no aprovecharme del momento justo en el que aflojó la presión de su cuerpo y su agarre. Separé el pecho de la pared, me giré por el lado de mi brazo agarrotado y cogí impulso con el otro, encajándole un puñetazo que le hizo tambalearse y chocar contra la pared de atrás.
Jadeé, con la cara desencajada y los sentidos aturdidos. Después me subí con torpeza el pantalón.
—Lárgate de mi casa.
Kiyoshi, con la cabeza gacha, las cejas arrugadas y los ojos brillantes, se mordió el labio, se arregló la ropa y volvió a la puerta, cogiendo la mochila deportiva que había dejado caer en el suelo antes de irse. Cuando el chasquido del pestillo retumbó en el recibidor, me di cuenta de que me temblaban las manos.
Aquel hijo de puta había conseguido asustarme.
