Anime: Kuroko no Basket.

Rating: T.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.

Nota: Crack Pair.


—One week to fall in love—


~ Sábado: El adiós ~

El poste crujió tan fuerte que pensé que se rompería, y cuando me solté, con la mano adolorida, se tambaleó hasta hacer rechinar los tornillos que mantenían la base de la canasta unida al suelo. Después me enderecé, empapado en sudor, y me limpié la cara con el antebrazo. Solté un bufido con el aire que aún se resistía a abandonar mis pulmones y me giré de nuevo hacia el centro de la cancha.

—Siguiente juego —ordené.

—Dai-…

—¡Siguiente juego!

Me moví rápido hasta ocupar la posición que nos correspondía a aquellas alturas del partido. Flexioné las rodillas, esperando con impaciencia a que el equipo rival se hiciera de una maldita vez con la pelota y que la pusiera en juego. Sólo necesitaba que estuviese en juego para poder obviar ese inútil amago de finta que pretenderá hacerme, o ese pase tan lento y completamente inútil que le hará al gilipollas de su derecha, para poder arrancársela de las manos y volver a encestar. Una, otra y otra vez.

Cuando se planta delante de mí, decido pasarme por el forro de los mismísimos huevos la mirada de amenaza que me lanza, como si creyese que con ella pudiese tener alguna oportunidad remota de derrotarme. Sólo me hace falta mirar la pelota; observar el curso de sus manos y el movimiento predecible de sus pies, que se inclinan a la izquierda para, lo sé perfectamente, ir hacia la derecha en cuanto caiga en la trampa. El juego ya ha empezado. Y como supuse, hace un amago hacia un lado para luego intentar pasarme por el otro. Muy bien. Eres tan idiota como al principio de este tres contra tres, que ya ha durado toda la media mañana de este neblinoso sábado.

Pero no tengo tanta paciencia como para dejar que se luzca; hoy no. Imito la finta dando dos pasos de lado, y le doy un manotazo a la pelota antes de que el pasarla de mano no le viniese ni a la cabeza. El balón rebota hacia arriba, así que rodeo a mi oponente hasta que mi espalda y la suya están parcialmente juntas y estiro el brazo para recogerlo. Cuando él intenta quitármelo, me sacudo de encima su mano con el codo y salgo disparado a la canasta.

Otro pardillo se me pone delante con los brazos extendidos. Freno en seco, agacho el cuerpo y finjo querer pasarle por la izquierda. Cuando tiene los reflejos suficientes como para seguirme y pretender alcanzar el balón, lo paso tras mi propio cuerpo con un rebote, lo cambio de mano y giro, dejándolo atrás por la derecha.

Al primero que he pasado me sigue. Debo admitir que por lo menos es rápido, porque cuando ya estoy saltando hacia la canasta él se abalanza para marcarme, logrando hacerme una pantalla para empujar la pelota. No sé ni con cuántos trucos podría evitar el marcaje, pero aquella vez fui muy básico. En lugar de empujar la pelota dentro del aro con una sola mano, la clavé con las dos, ejerciendo una fuerza que volvió a hacer temblar la canasta e hizo de mi rival una barrera hecha añicos contra el suelo.

Volví a girarme, queriendo pasar rápidamente al siguiente juego a pesar de lo jodidamente aburrido que estaba resultando ese día.

—¿Intentas demostrar algo? Podrías tener un poco más de tacto —escuché. Y me detuve, mirando por encima del hombro al que ahora se levantaba del suelo y se sacudía el pantalón. Se había quemado el gemelo con el hormigón, aunque parecía más concentrado en mirarme mal que en atender a lo que pudiese dolerle la herida.

—Bloquea mejor la próxima vez —respondí, girándome para ocupar el lado izquierdo de la cancha, desde donde empezaría la ofensiva. Escuché protestas a mi espalda, y después un par de pasos que pretendían acercarse a mi antes de que alguien los frenase, murmurando un "no vale la pena" que escuché perfectamente, y que sólo me dieron más ganas de empezar.

—¡Tiempo! Tomémonos un descanso, ¿vale?

Genial. Rodé los ojos y chasqueé la lengua, pasando de largo mi puesto para acercarme a la valla que rodeaba la cancha de baloncesto y coger de mi mochila la toalla que pude pillar antes de salir de casa con prisa aquella mañana. Estábamos en el mismo parque de siempre, donde jugábamos en nuestros días libres, rodeados de una niebla que hacía de los alrededores algo acorde con mi estado de ánimo. A pesar de llevar dos juegos seguidos no estoy cansado, pero me cabrea sentir como el cuerpo me pesa más de lo normal.

—Daiki-han —el acentillo de uno de los míos me llegó por la espalda, y antes de pensar en ignorar cualquier comentario que tuviese con respecto a nada, sentí un buen chorro de agua fría cayéndome en la cabeza, bajándome por el cuello y los hombros y empapándome la camisa.

—¿Qu-…? —me incliné instintivamente y me giré, para asegurarme de apuñalarle un par de veces con la mirada—. ¿¡Qué coño haces!?

—Enfriándote un poco. Parece que lo necesitabas —me soltó, y tuve unas ganas increíbles de pegarle un puñetazo en la boca del estómago para cortarle en seco su dialecto de mierda—. No creo que sea necesario un juego tan agresivo; se supone que sólo estamos pasando el rato.

Pasando el rato —repetí con sarcasmo, sacudiendo las manos y terminando por quitarme la camisa para escurrirla—. Cuando juegas, quieres ganar, estés o no pasando el rato. No me sermonees con esa mierda ahora.

—Si estás cabreado, puedes hablar conmigo —gesticuló, aún con la botella en la mano—. Puedes gritar o pegar un par de tiros al aire, si te da la gana, pero lejos de esta cancha.

—¿Eso me lo dices como psicólogo o como amigo?

—Como jugador.

Le miré, para luego ver como los otros dos también respaldaban sus palabras desde un lado de la cancha. Y aunque sé que tienen razón, y que lo que hay dentro de la línea de juego aviva lo que sea que esté sintiendo ahora mismo, no puedo evitar ser despectivo y mandarlos a la mierda internamente, mientras cojo de cualquier manera la mochila y me largo a zancadas de allí. No puedo evitarlo, porque desde anoche mi mente y mi cuerpo parecen dos entidades independientes; hace justo lo contrario a lo que piensa el otro, coincidiendo solo en un punto de ira descontrolada y sin sentido que sí, favorece mucho el que quiera pegar dos tiros al aire.

Además de que aún siento un molesto cosquilleo en la mano derecha desde anoche, y no tiene pinta de que vaya a pasar pronto. Así que decido ignorar la voz que me llama y los pasos que me siguen hasta traspasar la valla y apuro el paso, aunque realmente no sepa hacia dónde demonios ir.

Hasta ahora, nunca había experimentado la sensación de que, al despertarme por la mañana, mi cama se viese mucho más grande de lo que en realidad era. Tampoco me había quedado mirando al techo más de media hora, sin ningún pensamiento importante rondándome la cabeza, hasta que las ganas de mear me arrastraban al baño y me recordaban que mi casa seguía igual de vacía que la noche anterior.

El problema de aquella mañana concreta, es que mi casa no tendría que haber estado vacía la noche anterior. Tendría que haber hecho cena para dos, tendría que haber visto una buena película en compañía y tendría que haberme peleado por entrar esa vez solo en la ducha. Pero lo único que quedaba de todos esos planes era esa cara de mala hostia que, al reflejarse en el espejo, parecía mirarte como si tuvieses la culpa de algo. O de todo, en concreto.

¿La culpa de qué? Yo no soy el que ha intentado violarle, ni el que ha cogido gran parte de su dignidad y la ha mandado muy a la mierda. ¡Soy yo el que está cabreado, joder! ¿Por qué intento buscar una excusa acorde con eso? No tengo por qué justificar un comportamiento que está más que justificado; pero por mucho que admita que lo está, no puedo tranquilizarme. Algo me está dando vueltas en la cabeza; algo que coge más y más velocidad, y que cada vez tiene menos sentido.

[…]

Si pudiese haberlo evitado, pasar por mi piso no era una opción. Aquella mañana había huido de él como se huye de una mala enfermedad, y el tener que volver de nuevo no me hacía especial ilusión. Obviamente, es mi casa, y en algún momento tendré que joderme y seguir con mi rutina de cuartos vacíos y comida que, por mucho que quiera, no se preparará sola. Pero aquel día, por muchas vueltas que di por la ciudad después de largarme de la cancha y mucho desear que las horas no pasasen tan despacio, no tenía más cojones que volver para darme una ducha y coger mi uniforme, antes de irme a cubrir mi turno de tarde. Por lo menos estaré entretenido hasta media noche, así que más vale que alguien atraque algo hoy y me de trabajo.

Después de dejar la bolsa de deporte en el suelo de la entrada, ignoro esos dos pares de sandalias que esperan en el escalón y me descalzo, metiéndome directamente en el baño. Tampoco quiero mirarme al espejo, así que después de hacer una bola con el chándal me meto directamente en la bañera. El agua tibia cayéndome en la nuca siempre me relaja, aunque hoy le esté costando un poco más conseguir ese efecto adormecedor que tanto necesito. Noto el cuerpo tenso, como lo estaba la noche anterior después de ese puñetazo que conseguí encajarle y que aún me duele en los nudillos. Pocas veces he tenido la necesidad de levantarle la mano a alguien, y que lo hubiera hecho especialmente con él me hace preguntarme qué tipo de sentimiento exacto tenía cuando lo hice. ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Un poco de todo? Ahora que lo pienso, creo que simplemente me estaba defendiendo de un Kiyoshi que no conocía. Un Kiyoshi que me había traicionado de la peor manera, aunque solo nos uniese una amistad de menos de una semana. Aunque dicho así, suene jodidamente absurdo.

Quizás, el tipo de conexión que teníamos no era algo a largo plazo. Desde un principio él no se rebajó a consolar a otro hombre por el mero hecho de sentirse abandonado o rechazado por una mujer, si no que hizo lo que cualquier otro gay había hecho ya, sin ningún efecto adverso para su orgullo masculino. Se limitó a ser él mismo; y si en el proceso podía fantasear con el tío que le gustaba, pues mejor. ¿No es normal que el hetero de esta ecuación se sienta como un puto muñeco hinchable? Porque yo sí he tenido que rebajarme, y mucho, con tal de no sentirme apartado del mundo. Y ahora que todo ha vuelto a ser como antes, me arrepiento de haberle dado toda esa libertad desde que le recogí.

—Llegas temprano, ¡que sorpresa! —me dijo Mori, con la sonrisita de quien ha mojado la noche anterior. Me había encontrado con él casi a las puertas de la garita, después de haber salido de mi casa antes de mi hora de siempre. Por hoy, no necesito estar ahí.

—Tú también —lo pasé de largo y entré primero. Respondí al saludo de los encargados del turno de mañana con un cabeceo.

—Yo siempre llego temprano —chuleó—. Aunque se me hayan pegado las sábanas; no sé si me entiendes.

—Vamos, que ligó y se muere por que le preguntes que tal la noche —obvió uno de los otros, mientras me adelantaba a los vestuarios de la parte de atrás.

—Sus historias sobre viejas nunca me han interesado demasiado —levanté la voz desde mi taquilla. El espejo pegado al interior de la puerta me recordó que seguía teniendo el chupón en un lado del cuello, así que me calé la chaqueta del uniforme y me puse la gorra que siempre guardaba en el estante alto. Dejé la mochila y cerré justo cuando Mori se apoyaba en la suya, una hilera más lejos.

—Sois un trío de ignorantes —venía diciendo, desnudándose para ponerse su propio uniforme—. Cuando te lías con una mujer mayor, son todo ventajas. Tienen más experiencia, más humildad y muchísimos más valores que una jovencita que se ha criado entre Ipads y doramas sobre la libertad sexual. No me interesa que se bajen las bragas, ¿sabéis? Me interesa bajárselas yo…

Me noté sonreír, aunque solo fuese por un breve momento, antes de sentarme en el banco que coronaba el centro de la sala. Levanté la mirada hacia Mori, que cojeaba al ponerse el pantalón mientras seguía respondiendo a las risas y palabras de los otros. Supongo que todo su teatrillo sobre lo que hizo anoche tiene su parte de verdad, porque tiene marcas de arañazos en los hombros y parece que le brilla la piel más que ayer. Aunque me ha dado por preguntarme —no sé por qué— si ese afán por presumir del número de veces que ha follado con mujeres sea simplemente para ocultar algo referente a su hombría. Puede que Mori también tire para la otra acera…

Joder, ¡no! Lo que me faltaba, ¡empezar a ver gays por todas partes! Y sospechar de Mori, que es el playboy favorito de las jubiladas. Creo que debería no caer en esa paranoia o entonces sí que acabaré liándome a hostias con cualquiera que pretendiese siquiera estrecharme la mano. También pienso que sería menos perturbador que dejase de mirarle la curva de la columna a mi mejor amigo antes de desear hostiarme a mí mismo. En serio, estaba tan ensimismado que di un salto en el banco cuando me vibró el maldito teléfono en el bolsillo del pantalón. Lo saqué y miré el aviso de mensaje nuevo como quien mira un cubo de nitroglicerina ardiendo, esperando no llevarme ninguna sorpresa más que me encabronase para el resto del día.

Por suerte, sólo era mi madre. Otra vez. En su mensaje, se exponía lo mismo que los cincuenta y pico anteriores: Omiai; entrevista; te estás haciendo mayor, piénsalo. La única diferencia entre este y todos los demás es que este no me agobia tanto ante la opción de que pudiese haber sido otra persona.

—¿Va todo bien? —preguntó Mori cuando, aún así, me oyó resoplar. Se estaba apretando el nudo de la corbata y poniéndose la chaqueta cuando con sólo levantar el móvil, supo de lo que hablaba—. ¿Otra vez lo del matrimonio? Macho, yo me casaría con tal de no escucharla más —bromeó.

—No creas que no lo he pensado —dejé el mensaje sin responder y guardé el teléfono, esta vez apagado. Después me levanté, dispuesto a empezar mis rondas. Mori me interceptó antes de salir.

—Voy al Dubliners' esta noche, ¿te apetece venir? —le miré—. Venga, hombre. Es fin de semana, me lo debes —me señaló, acusador—. Además, mañana es mi día libre y quiero beber hasta quedarme satisfecho.

—Cuando bebes te vuelves insoportable. He escuchado la batallita del pozo y la naranja treinta veces.

—¿Eso es que vienes? —sonrió, como si supiese que aceptaría antes de que yo pudiese siguiera planteármelo.

The Dubliners' es un pub irlandés que tiene una de sus franquicias en Kanda, y al que he ido dos veces contadas. No es tan popular como el Village o el club AgeHa, que suelen petarse de adolescentes en busca de dejarse los tímpanos con el electro house o el hip-hop, pero es un buen lugar donde beber tranquilo sin que ningún chuloputas hasta las cejas de anfetas venga pidiendo una patada en los huevos. Recuerdo que la última vez que fui me atendió un tío de ojos verdes con un japonés fluido, pero rarísimo, al que se le iban un montón las eses. Borracho como estaba en ese entonces, no pude más que descojonarme hasta olvidarme del motivo por el que lo hacía. Cuando Mori me lo contó al día siguiente, hice la nota mental de disculparme la próxima vez que fuese.

Fue divertido. Y ahora que lo pienso, es una buena manera de retrasar la llegada a casa. Así que después de tres patrullas y el acaparar la calefacción de la garita, volvimos a encontrarnos en los vestuarios para cambiarnos e ir de camino a Kanda en el viejo focus de Mori.

Admito que el turno de tarde de hoy era lo que necesitaba. Trabajar por la tarde suele ser menos coñazo que hacerlo por la mañana. Las rondas son menos fluidas, porque coincide con la hora punta y las aglomeraciones en el centro y las carreteras. Por una larga y estrepitosa hora, la ciudad se llena de hombrecillos gordos y calvos vestidos con trajes idénticos o de colegialas que parecen buscar un aprobado subiéndose hasta los límites la falda y enseñando las bragas. Esto último no es que me molestase, obviamente. Ya que no pude disfrutarlo debidamente en mi época de instituto, donde lo más importante por aquel entonces era el baloncesto y las ediciones coleccionista de mis Idols favoritas, creo que merezco que se me vayan los ojos al culo de alguna jovencita despistada. Aunque no sé si mis ganas de apreciar culos sea ahora por simple autoconvencimiento o porque realmente lo quiera. Supongo que los hombres buscan por instinto los elementos que reafirmen sus convicciones y gustos y aviven su libido; aunque no tengo ganas de ponerme más filosófico al respecto. Hablar conmigo mismo sobre lo que me enciende o no suena a que me estoy replanteando algo, y no lo estoy haciendo. Simplemente, sigo cabreado por haberme dejado llevar tanto. Quizás todo vuelva a una relativa calma la semana que viene, cuando sea lunes otra vez y vuelva a empezar todo de cero.

Por el momento, creo que me centraré en vaciar un par de vasos de cerveza negra y a escuchar otra vez como la puta naranja acabó dentro de un pozo.

—¿Crees que debo preocuparme? —me preguntó Mori, cuando ocupamos dos banquetas en una de las esquinas de la larga barra de madera.

—¿Preocuparte por qué?

—Pues por ti —obvió, apartando los codos de la barra cuando nos trajeron la primera ronda—. Llevas con esa cara de asesino a sueldo todo el día, es de formación profesional para un policía preguntarse si está pasando algo que deba saber.

—No he matado a nadie, si es eso lo que me estás preguntando —respondí a la broma y di un primer trago a la cerveza—. Aunque tengo muchas ganas…

—Pues más vale que escondas bien el cuerpo; si tuviera que arrestarte me quedaría sin compañero de copas —rió él, antes de vaciar medio vaso y soltar un suspiro de placer, con los morros llenos de espuma.

Mori tiene una particular manera de animar a los demás mediante el sarcasmo y la broma, y normalmente tienes que leer entre líneas lo que quiere decirte, porque es bastante malo dando consejos profundos. Menos cuando está borracho, que se pone a filosofar hasta con el por qué las yemas de huevo tienen ese color.

Aún así, no tengo a nadie más con quién hablar de lo que realmente pueda llegar a preocuparme de todo esto. Si consultara algo con Tetsu (en el remoto caso de que no estuviese demasiado ocupado con su atareada vida de padre y marido), seguramente supiera por dónde van los tiros; y lo último que deseo es que él sepa algo de lo acontecido toda esta semana. Su percepción a veces me acojona.

—¿Es por el Omiai? —me preguntó él, antes de que yo pudiese pretender empinar el codo para poder justificar luego cualquier gilipollez que soltase con respecto a mis propios pensamientos—. Ya van… ¿cuántos? ¿Dos años?

—Casi.

—Casi dos años intentando endosarte a una mujer. Eso agobiaría a cualquiera —levantó el vaso—. Es obvio de quién has sacado la cabezonería, por cierto. ¿Qué vas a hacer?

—Pues lo mismo de siempre; negarme y pensar en comprarme un perro.

—Sería lo más barato, sí —le bailó la sonrisa en la cara, dando otro trago—. Pero quizás eso no sea suficiente para que deje de insistir. Las madres tienen un sexto sentido, y la tuya parece captar que necesitas a alguien pero ya. ¡No me mires así, yo no lo pienso! Ya veo que no te falta de nada —se señaló el cuello, aludiendo al chupón—. Lo que quiero decir es que te tiene pillado por los huevos. Sabe cómo te gustan y es así como te las busca. Tío, si aún recuerdo la hoja de referencia de esa abogada de copa E o la modosita y futura ama de casa con cuerpo de reloj de arena…

—Vale, sí. Estaban buenas —admití—. Pero no es lo que necesito.

—¿Y qué necesitas? —me miró, entre lo admirado y lo confundido—. ¿A quién demonios te estás tirando para rechazar a bombones así? Preséntamela ya.

Antes de poder evitarlo, me acordé de Kiyoshi. Su cara de expresión estúpida y bobalicona apareció en mi cabeza con la nitidez de quien ha estado apareciéndose frente a mí estos días. Quiero pensar que es un reflejo involuntario al no haber estado con nadie más recientemente, porque es obvio que no es lo que necesito. Y mucho menos, no es el motivo por el que he estado negándome a las entrevistas de matrimonio, ya que esto viene de mucho más atrás.

Apuré la cerveza con rabia y estampé el vaso vacío contra el posavasos, haciéndole un gesto al camarero de ojos verdes para que me sirviese otra ronda.

—¿Y tú qué? —eludí la respuesta al preguntar—. Somos de la misma quinta, ¿no piensas casarte?

Mori se carcajeó, pidiendo también que le llenasen el vaso.

—Yo tengo muy claro lo que me gusta, y así vivo —me señaló—. Eres tú el que parece perdido, Aomine.

No puedo rebatírselo, aunque hiciera una mueca que le mandase a la mierda descaradamente. Supongo que el problema es que por mucho que tenga claro lo que me gusta y lo que necesito (porque lo tengo clarísimo), no tengo el valor de dar el primer paso y aceptar todas las responsabilidades que eso conllevaría. Si acepto y no sale bien, sería un coñazo tremendo deshacerlo todo después, y volvería a empezar desde cero. Si sale bien, eso significaría cambiar y ser de los que dejan a atrás otras cosas para centrarme en lo importante, en un futuro. Significaría anidar en mi lado del mundo hasta que este, a su vez, se desprendiese hasta ser una existencia completamente independiente del resto.

Casarse, tener hijos, cargas… Me pregunto por qué coño tiene que ser eso tan importante. Vivir a expensas de lo que la sociedad espera de ti sin tener más remedio que aceptarlo. Es curioso como el pensamiento me parece una soberana tontería pero que, a su vez, siga sintiéndome solo. Por suerte, ese es un sin sentido que desaparecerá con unas cuantas rondas más.

[…] La noche fue corta. O es más acertado decir que tengo un lapsus entre el momento justo en el que me bebía la cuarta cerveza negra con caramelo, una especialidad del ojos-verdes al que terminé llamando Tanaka, y la tambaleante salida a la calle en mi huida del aire viciado de la taberna, ahora llena de extranjeros y exmilitantes que se contaban batallitas los unos a los otros. "Me colgué de la rama, ¡te lo juro! Y cuando fui a cogerla, ¡zas! La naranja salió disparada… ¡Así como te lo cuento! ¿Y sabes dónde cayó…?" Dejé a Mori contando sus propias e incansables historias y subí las escaleras que hundían al local en su cueva, antes de apoyarme en la fachada de piedra y soltar un suspiro, sofocado, y desabrocharme un par de botones de la camisa.

Me saqué el móvil del bolsillo para mirar la hora, y recordé vagamente que lo había apagado horas antes, en el trabajo. Al encenderlo vi que pasaban de las cinco, y que en algún huequecito de la frontera de edificios que tenía delante, el cielo empezaba a aclararse. La noción del tiempo se pierde estando ahí metido, pero en cierto modo estoy satisfecho con esta sensación de agotamiento en el que mi cuerpo y mi mente parecen haber encontrado el punto exacto de relajación.

Cerré los ojos y pegué la espalda a la pared. Apenas pasan coches y no hay el suficiente ruido como para descentrarme; y así hubiera seguido de no notar la vibración del teléfono en la palma de la mano. Dejé de mala gana el mundo donde la borrachera parcial me hacía flotar para ver el aviso de un nuevo mensaje. Era Satsuki.

"¡Kiyoshi-kun ha aparecido! ¡Buen trabajo, Dai-chan! Riko me ha pedido que te de las gracias por ayudarles, y también te invita a su boda si estás libre. No puedes negarte, ¡ya le he dicho que irías! Te ayudaré a elegir un traje apropiado, así que ven a casa en cuanto puedas~"

Todo esto ajunto a un montón de emoticones cutres y excesivamente amorosos. Casi me parece oír su voz en mi cabeza leyéndome el mensaje. "Kiyoshi-kun ha aparecido". ¿Es que llegó a desaparecer alguna vez? Por lo menos para mí, no fue el caso. Si me pongo a pensarlo, ¿por qué yo? ¿Por qué conmigo? Desde el principio no éramos ni amigos, y eso hace que toda esta historia sea aún más absurda. Si aquella noche de domingo hubiera aceptado la invitación de Mori para salir, no me hubiese topado con él por el camino. No le hubiera recogido, y mucho menos llevado a mi casa. Y desde luego, nada de lo que surgió más adelante sería factible.

¿Qué me gustase Hyuuga significa que no puedo venir a verte a ti? No me jodas. En serio, basta.

—Nadie puede enamorarse tan rápido —borré aquel mensaje, dejando en el menú el último que había entrado, el de mi madre y su nueva petición. Volví a leerlo, y tras la conversación con Mori y todo el tiempo empleado en darle vueltas y vueltas a todo durante aquel puto día, la oportunidad que me daba me resultó, de cierta forma, interesante. Puede que simplemente esté borracho y ahora todo me parezca más fácil a la hora de decidirme, pero incluso siendo así, tengo la extraña sensación de que sé lo que hago. De que esto me librará de mis paranoias, de mis tonterías y mis dudas, así que le respondí de manera diferente aquella vez. Que sea o no un impulso ya importa poco. Yo también tengo claro lo que me gusta, y es lo único que necesito saber.

"Prepara una cita con la que tenga las tetas más grandes. Allí estaré."