Anime: Kuroko no Basket.
Rating: T.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.
Nota: Crack Pair.
—One week to fall in love—
~ Domingo: La conclusión ~
El vaivén del tren era hipnótico, y juraría que con cada curva, las posibilidades de que terminase recostándome sobre el cristal de la puerta para terminar de sobarme no eran tan descabelladas. El murmullo que flotaba en aquel atestado vagón con olor a colonia y sudor no ayudaba a sofocar la soporífera sensación de cansancio, y más de una vez noté la mejilla aplastándose sobre la primera superficie que pillase y la baba amenazando con caérseme por la comisura del labio. Notando que era ya la tercera vez que pretendía dormirme de pié, me enderecé lo más rápido que pude y bostecé, masajeándome el puente de la nariz.
El sol me dio en plenas narices cuando quise mirar por qué tramo de la línea Keihin íbamos ya, haciéndome arrugar la cara como si acabase de chupar un limón.
A pesar de ser poco más de las cuatro, tenía un sueño tremendo. Aunque supongo que es lo que toca si te vas con tu colega de juerga toda la noche y acabas empatándola después con un turno de mañana al día siguiente. Muy mala cara me habrá visto mi compañero de turno si ha tenido la compasión de dejarme salir antes para dormir la mona, prometiéndome que me cubriría y aconsejándome de paso que me abstuviese de salidas intempestivas cuando tenía que currar al día siguiente. El próximo año le mandaré un Christmas por este favor. Por lo menos, las dos horitas de sueño que he echado en mi casa antes de coger el tren de camino a mi postergado Omiai me han servido de algo.
Esa es otra; el puto Omiai.
No creo que la cogorza de anoche fuera tan bestial como para no consciente de lo que implicaba aceptar por fin una cita de matrimonio. Era una opción que siempre había estado ahí y con la que siempre, desde que había empezado la carrera como policía, se me había insistido. Así que razón más creíble en la que puedo pensar para haber acabado en esta situación es simplemente que ha llegado el momento de rendirme y buscar un sitio al que pertenecer lo que me quede de vida. Es lo que, a fin de cuentas, hacen todos. Buscar su lugar, encajar, y punto. Nada más complicado que eso.
Al final vas a hacerlo, Daiki, me digo. Al final te casarás, forzarás una complicidad con alguien y caerás en la corriente de esos hombrecillos gordos y trajeados que siempre andan como marionetas de la sociedad por Ueno.
Era exactamente lo que pasaría. Porque para un hombre que ya ha agotado su número de conexiones profundas, sólo le queda esperar a las que son falsas y fingidas. Y por lo menos intentar que sean medianamente soportables. De hecho, mi lado más primario no tardó en descubrir que quizás aquello no sería tan desagradable, si consideramos que la mujer que me esperaba en casa de mis padres podría haber parado el tráfico sólo con las tetas.
De repente, todo el sueño que tenía de camino a mi pueblo natal se vio eclipsado por una tremenda erección mental que me duró lo suficiente como para que mi madre empezase a considerar muy incómodo en silencio que se estableció en el recibidor de casa.
En otras circunstancias, hubiera suspirado con nostalgia al ver la casa familiar tal y como estaba cuando me marché. Era una fachada encajada en una callejuela estrecha, precediendo a una esquina donde se abría una ferretería y justo en frente de un bloque de pisos antiguos rodeados por unos setos que, de pequeño, me encantaba destrozar en mis idas y venidas. A mano derecha seguía estando la parada del autobús, y no muy lejos, estaba señalizado el camino por el que se iba a la escuela primaria donde estudié con Satsuki.
En mi camino a pie desde la estación, supe que Akabane seguía siendo un pueblucho muy tranquilo en comparación con la zona más céntrica de la capital, y que comparado con la última vez que pasee por aquellas calles, todo me resultaba ahora mucho más pequeño y estrecho de lo que por sí ya era. Aquellos callejones que representaban misterios absurdos y eran atajos alucinantes que sólo un par de críos y yo conocíamos, ahora sólo eran simplemente callejones por los que ya no cabría ni queriendo.
Obviamente, todo aquello carecía de relevancia si tenía el paraíso hecho bultos delante.
—¡Cómo es este chico! —intervino mi madre entonces. O eso escuché, porque aún estaba intentando averiguar si mi mano podría envolver una de esas al completo o si, por el contrario, me quedaría corto intentándolo—. Creo que le has fascinado, querida.
Al segundo dos, mi madre se ponía a mi lado para darme un discreto y doloroso pellizco en la espalda que me hizo sisear de dolor.
—Sssi… Sí, será eso —hice un esfuerzo titánico por mirarla a los ojos. Y es que, coño, aquella delantera era tan obscena que me sentía casi avergonzado. Casi. Ella me sonrió con dulzura, y pude ver que aún teniendo aquel cuerpazo de portada de revista de bikinis, parecía contradictoriamente tímida.
Medía metro sesenta y mucho y vestía con ropa cara y abrigada, aunque sin dejar de lado el estilo propio de una mujer que quiere mostrar sus encantos. Tenía los ojos grandes y ligeramente claros; era castaña y de gestos discretos, con una boquita de piñón carnosa y, no voy a mentir, muy apetecible. Con este panorama, que la conexión que tuviésemos fuese o no verdadera parecía una gilipollez sin importancia; aunque entre el sueño y la sorpresa ahora mismo no pueda pensar con mucha coherencia.
Tuve el detalle de empezar presentándome, aunque sabía de sobra que conocería mi nombre. A ella no le dio tiempo de hacerlo cuando la que supuse que sería su madre ya la estaba vendiendo como si fuese un artículo de los caros, instándonos después, entre risillas y murmullos con mi madre, a entrar para intentar romper un poco más el hielo antes de salir a cenar.
Personalmente, creo que la tradición de los Omiais está muy chapada a la antigua, y que considerar que alguien que aún no ha llegado a sus treinta esté en su tiempo límite para encontrar pareja y se vea en la obligación de recurrir a aquello era, de lejos, una puta exageración. Incluso vi que mis padres habían preparado el salón principal con la intención de que fuera un escenario más apropiado para la ocasión, así que todo estaba impecable, despejado y lo más cerca del patio y la luz natural posible. Y mientras me exasperaba por tanta mariconada sacada de películas de samuráis, y decidía que tomarme el té con limón que me habían servido nada más sentarme era una buena opción para ir rompiendo mi propio hielo, se me puso en antecedentes.
La chavala tenía treinta y dos años, así que obviamente la que tenía el arroz pasado era ella, no yo. Había estudiado medicina en una universidad de Hiroshima y era enfermera en un pequeño hospital provincial; trabajo que, conociendo las tradiciones, dejaría para dedicarse en cuerpo y alma a ser una ama de casa a la que le sentaría eróticamente bien un delantal. Hija única. Buenas notas. Y estaba de infarto. Supongo que bajo aquella perspectiva, entiendo a Mori y su gusto por las maduras; aquella mujer tenía un tipo de aura tan distinta a las adolescentes que me dio curiosidad. No era vulgar y no parecía necesitar serlo. Destacaba, pero era discreta. Y citando textualmente, seguro que era una de esas a las que "tendría que bajarle las bragas yo".
Ya que estaba, pasé a preguntarme cómo sería en la cama. Me hice una ligera idea de qué parte de su cuerpo rebotaría una y otra vez al ritmo de mis caderas, pero intenté desplegar aún más mi imaginación intentando averiguar qué tipo de personalidad tendría si follábamos. ¿De las que se tumba y se deja hacer? ¿De las que se imponen? ¿De las que calientan fingiendo que no lo hacen? Parecía muy tranquilita para mi gusto, pero experiencias recientes me han dejado doblemente claro que uno no puede fiarse de las apariencias.
Me remuevo incómodo en la silla, frunciendo el ceño. No quiero que mis pensamientos tiren por ahí ahora.
—¿Qué tal si vais saliendo ya? Tendréis mucho de qué hablar antes de la cena —por primera vez, la voz de mi madre me resultó muy oportuna. Levanté la cabeza, centrándome en lo que tenía delante. Me pilló un poco a cuadros lo que estaba por venir, porque creo que ya sabía todo lo que tenía que saber de ella. Sólo les había faltado decirme cuál era su grupo sanguíneo o si roncaba al dormir…
—Iré a retocarme un poco y saldremos cuando quieras —me dijo ella, perdiéndose después por el pasillo de mi casa junto a aquellas dos viejas que parecían más emocionadas que ella misma.
Suspiré, me levanté de la mesa y me estiré, caminando después al zaguán que daba al patio de atrás. Mi padre estaba allí, fumando después de cubrir una hilera de bonsáis con una carpa improvisada.
—¿Desde cuándo coleccionas bonsáis…? —enarqué una ceja.
—Desde que el pequeño y capullín Daiki no está aquí para destrozarlos —me contestó, soltando el humo al aire.
—¿Estás sustituyéndome por un par de plantas?
—Requieren cuidados constantes y atraen a bichos que quieren comérselos, no son tan diferentes de ti —por fin me miró, con una sonrisa burlona, y me lanzó algo que cogí al vuelo. Eran las llaves del coche—. Dicen que esta noche nevará, así que no hagas el tonto. Y tápate eso, o tu madre te soltará un buen sermón.
Cuando vi a dónde estaba mirando, me ajusté y subí inmediatamente el cuello de cisne de la camisa de algodón que había decidido ponerme precisamente para evitarlo. Carraspeé y guardé las llaves en el bolsillo del vaquero. No me avergonzaba que mi padre pudiese verme marcas como aquella, pero no me sentía con el ánimo de presumir de una cuya explicación le gustaría menos que a mí justificarla.
Sin embargo, no añadió nada más al respecto y dio otra calada tranquila al cigarro.
—Así que ya estás en la edad de tener tu propia familia. Estoy orgulloso de que hayas decidido dar el paso —gracias, papá. Eso, desde luego, no me presiona en absoluto…—. Sabíamos que después de dar tantas largas, acabarías rindiéndote. Siempre has sido un muchacho testarudo, Daiki, pero estás muy lejos de superar a tu madre —y se me descojonó en las narices.
—¿Quién os daba largas, viejo? —protesté—. Que no entendierais un no es cosa vuestra.
—¿Qué más da cuándo empezaras a negarte a las citas? Lo importante ahora es que esta parece un buen partido. Dame nietos de una vez.
—Tranquilo, ahora en cuanto salga te compro otro bonsái —me tocó a mí reírme, por lo menos hasta que se me avisó de que las tetas ya me esperaban en la puerta para salir. Y la chica, claro. No olvidemos a la chica…
Pese a que la mirada de mi vieja cuando salimos por fin de casa pudo traducirse como un "cuidado con lo que haces y, por tus muertos, no la cagues ahora", tengo que decir que ser romántico no es lo mío. Esta gilipollez de ir a cenar era sólo el protocolo estándar de la primera cita, y es normal que esté un poco verde en aquellos temas si mis últimas citas han sido con chicas a las que no les preguntaba ni el nombre antes de echarles el polvazo de sus vidas. Nunca tuve que apartar una silla, ni cogerles el abrigo, y mucho menos entablar una conversación sobre nuestros hobbies. Eran convencionalismos que fueron surgiendo en nuestro camino a Ômiya, cuando ella sacó el tema de mi afición al baloncesto.
—Después de haber sido reconocido como uno de los jóvenes genios de tu generación, ¿cómo es que no fichaste para algún equipo de los grandes? —me preguntó después de resumirle un poco mi días de instituto; recordando de paso que no era la primera que lo hacía aquella semana.
—¿Por ejemplo? —pregunta trampa.
—Los Lakers en el extranjero. O los Osaka Trians locales.
Admito que no me esperaba esa respuesta, y la miré unos segundos antes de volver a la carretera. ¿Una tía buena que sabe de baloncesto? Espera que todavía me caso y todo…
—¿Juegas? —tuve que preguntar.
—No exactamente… ¿Cómo lo diría? Me resultaría algo difícil… —contestó, con una vergüenza que me hizo llegar a la inmediata conclusión de que hablaba de su delantera y lo incómoda que sería en el remoto caso de que corriese o saltase. Tragué y me aguanté la risa—. Pero mi padre es un gran fan de esos dos equipos, dice que son los mejores.
Discrepo. Pero bueno, el suegro debe interesarme más bien poco, tirando a nada.
—No hubiese sido una mala opción.
—Pero decidiste hacerte policía.
—Exacto.
—¿Por algún motivo en especial?
—El uniforme me quedaba de vicio.
—No lo dudo —y se rió.
Empiezo a ver que esto no es tan incómodo como pensaba que lo sería, aunque admito que estoy siendo muy precavido con lo que digo, y lo detesto. Pero me doy cuenta de que no puedo soltarle las mismas burradas que a un tío a una mujer, y mucho menos a una con la que aún no existe esa chispa de confianza que tanto busco en otra persona. No surge de manera espontánea, no me nace ser yo mismo, y eso sólo significa que tengo que forzar un poquito más mis límites.
—¿Y tú qué? ¿Hay algo que no te resulte difícil hacer? —sutil, pero valdrá.
—Hago Ikebana.
—… ¿Y eso es un deporte?
—No, pero me ha hecho ser muy hábil con los dedos.
¿Acaba de devolverme el comentario sutilmente guarro con otro igual de sutil? La miré de reojo para asegurarme, y ella me devolvió la mirada antes de soltar una risilla que confirmaba que sí, que acababa de hacerlo. Me mordí el labio y silbé, dando un acelerón al entrar en la autopista. Tuve el pensamiento fugaz de que aquello podría ponerse interesante.
[…]
Un tío como yo, que está acostumbrado a cenar comida basura en la comodidad de su sillón, mientras ve alguna de las películas malas que echan a media noche, no lleva bien eso de sentarse en un sitio fino para meterse entre pecho y espalda un entrecot de ternera con guarnición, ensalada y postre. Porque me sienta como el culo, y a mi bolsillo ni te cuento. Porque claro, obviamente pago yo.
Mientras la noche iba transcurriendo entre más preguntas y respuestas, y alguna que otra puya metida con delicadeza, me di cuenta de que aquel era el prototipo de mujer que cualquiera vería perfecta para mí. Además del físico era educada, lista y encajaba las insinuaciones con tranquilidad para al rato devolvérmelas. ¿Sería eso lo que llamaban picardía pasiva? Ni idea. Lo único que sé es que empezó a dejarse arrastrar por mi ritmo, y cuando eso pasa las posibilidades de que acabásemos en la cama eran muy altas a medida que iban cayendo las horas.
Y no me quejaría, está claro. Pero no he aceptado el Omiai con esa mentalidad. Porque si lo hago, aquello no se diferenciaría en nada a los ligues de una noche. Perdería el interés hasta que la libido volviese a llamar a las puertas de mi ingle y a la mierda las conexiones, el matrimonio y yo mismo. Y no es eso lo que he venido a buscar esta vez.
Para despejarme la cabeza de cualquier pensamiento que tuviese que ver con follármela brutalmente en algún hotel de la zona, decidí que la siguiente parada sería un recreativo. A sus treinta, imagino que hará mucho que no pisa uno, y es el sitio perfecto –y atestado– para que los bajos instintos no controlen el curso de aquella cita. Miré el reloj por cuarta vez aquella noche, antes de que ella tirase de mí hacia cualquier máquina que le llamase la atención.
Verla matar zombies fue sexy, porque, admitámoslo; una mujer agarrando un intento de magnum siempre era sexy. Los bolos se le daban de pena, así que una íntima lección de cómo coger la bola y no lanzarla al carril contrario fue la excusa perfecta para crear unas expectativas de acercamiento de las que me aproveché, todo hay que decirlo. Su espalda era estrecha, sus manos pequeñas y suaves y su nuca parece quedarse indefensa cuando se echa toda la melena hacia un lado. Era algo muy diferente a lo que había estado frecuentando desde principios de aquella misma semana, y me gustaba. Me gustaba tocarla y que al abrazarla, fuese mucho más pequeña que yo. Me gustaba tener que agacharme para llegar a su oreja y susurrarle algo que tuviese que ver con lo que fuese que estuviésemos haciendo. Ver cómo le temblaba la quijada. O como la parte superior de su espalda encajaba con mi pelvis. Además, huele de maravilla.
En definitiva, es una mujer. Y las mujeres me gustaban. No intento convencerme de ello después de todo lo que ha pasado; sé que es un hecho que sigue estando ahí, que es parte de mí y que no creo que cambie nunca. Lo que siento en aquellos momentos es real, normal y espontáneo. Los gestos, los roces, las palabras, todo aquello salía solo y nos llevaba a lo que tenía que llevarnos. Y con ese tipo de pensamientos, no fue raro acabar besándonos en la zona de tiros libres, antes de salir de vuelta a la calle.
Había dejado el coche en los aparcamientos de principios de la manzana, así que considerando que aquel paseo era una buena oportunidad para consolidar lo que fuera que hubiese pasado durante aquella cita, ella decidió adelantarse a cualquier movimiento mío y me cogió de la mano, sonriéndome.
—Está haciendo frío, ¿verdad? —me dijo—. ¿Te apetece tomar algo?
Tardé en contestar, porque me había quedado agilipollado viendo aquella mano enana sujetándose a la mía. Que fuese ella la primera en hacer contacto me aturdió un poco, y quizás por ello me tomé mi tiempo en corresponderlo. Fue una sensación curiosa, como si un escalofrío me trepase por la nuca y acabase latiéndome en algún lugar del cráneo, delatando que allí acababa de pasar algo que bien podría ser una buena señal. Así que acabé estrechando sus dedos y devolviéndole la mirada, asintiendo.
Recordé que de camino al restaurante había una cafetería con carpa exterior y bancos de madera, y que sería una buena opción para entrar en calor antes de volver a casa y dar por finiquitado aquel primer encuentro. Pienso que no ha ido mal; ha sido divertido y admito que me he despejado. De algún modo, el estrés y el cansancio se han esfumado para dar paso a un sentimiento más neutral, pero poco claro. Es como querer decir algo importante, pero no acordarte ni siquiera de lo que es, lo cual termina siendo jodidamente frustrante.
—Gracias —la escuché decir, cuando le tendí uno de los vasos largos de cappuccino que acababa de pedir en la cafetería. Me senté a su lado y di un sorbo al mío, echando un vistazo sin interés a los bancos adyacentes.
—¿Por qué decidiste venir al Omiai? —me dio por preguntarle—. ¿Fue tan a traición como el mío?
—No del todo —encogió los hombros al reír—. Ya había oído hablar de ti antes por mi madre. Es muy amiga de la tuya, y al parecer les encanta presumir de sus hijos por el barrio —esa puta vieja me ha estado vendiendo por ahí como si fuese un cartón de huevos…—. Por lo que me contaban, siempre tuve la impresión de que serías un buen hombre, así que acepté venir. Y no me equivocaba, has demostrado serlo. Un poco descarado, eso sí, pero no me parece una mala cualidad.
En circunstancias similares, cualquiera hubiera respondido ese clásico "porque parecías buena persona" por el mero hecho de complacer, así que esa respuesta no es que me hubiese aclarado mucho. Es superficial y no se acerca ni remotamente a lo que considero recíproco. Faltaba algo, algún toque personal o excéntrico que no fuese tan universal y que pudiese rebatir después.
De hecho, no hubiera hecho falta ni siquiera una respuesta, mientras el grado de complicidad de la conversación se hubiera mantenido en su sitio.
—Ah —me limito a responder, claramente decepcionado. Di otro sorbo al cappuccino, mientras ella me miraba, esperando a que añadiese algo más que le diese pie a hacer sus propias preguntas. Cuando no lo hice, igualmente la soltó:
—¿Crees que tengo posibilidades, Aomine?
Menuda puntería.
Maldita sea.
Joder.
NO me hagas esa puta pregunta.
Me conozco, y no es eso lo que quiero oír ahora. Porque es entonces cuando me doy cuenta de que ese escalofrío que me hace vibrar la cabeza y contener la respiración no tiene nada que ver con sentirme bien o no. No es una señal de que pueda estar cómodo con lo que tengo delante, con la situación en la que estoy o en la que estaré en un par de años si sigo con esto. Es lo contrario a estar cómodo, es incomodidad.
Estoy incomodísimo, coño.
Lo peor de todo es que aquella vez podría haberlo visto venir, pero había decidido ignorarlo con la esperanza de que fuesen paranoias mías. De que esas ganas de decir algo se fuesen y esas sensaciones que tenía cuando estaba con ella no tirasen por ahí. Pero allí estaba, confirmándolo.
Cuando la toco, sé perfectamente con qué intenciones lo hago. Cuando ella me toca, sé que lo hace esperando un algo más que sólo me encabrona, porque siento que me están metiendo prisa en algo que no quiero hacer. Que no está ahí para mi, y punto. No me gusta que me miren creando expectativas sobre lo que debo o no debo hacer; o que den por sentado algo y se monten películas esperando que yo las corresponda. El encajar con alguien es dejar que las cosas surjan solas, no ponerlas sobre la mesa a la espera de que inmediatamente yo también muestre mis cartas. No niego que pudiese llegar a quererla, no digo que aquel día no hubiera estado genial, pero está claro que esto no es lo que busco, y que no será tan sencillo fingir que sí.
Porque desde que empezó la cita no he dejado de mirar el reloj, pensando que las horas pasan demasiado lento para mí gusto.
O porque, aunque divertido, cambiaría aquel día por cualquier otro con una compañía mejor, aunque estuviésemos tirados en el borde de una cuneta bebiendo cervezas calientes y discrepando sobre las decisiones de cualquier árbitro.
Hay una gran diferencia entre quererlas para casarte y quererlas para follártelas. Fue la justificación que le di a Tetsu cuando me preguntó por qué no elegía a ninguna si parecían tan acordes con mis gustos. Y no era mentira. Sólo tengo que pensar por un momento en qué lado de esas posibilidades acabaría aquella mujer en concreto.
—Tú me gustas, y creo que esto podría salir bien —y encima sigue—. ¿Qué crees…?
—No, no —levanto una mano, aturdido. Ya no merece la pena ni comportarse como si todo aquello me emocionara—. Para, ¿vale? Puedes parar… —¿cómo coño he acabado metido en esto? Me mordí el labio por dentro, y dejé caer la mano antes de volverá hablar—. Lo siento. No voy a mentirte; ahora mismo hay más posibilidades de acabar en la cama contigo que en replantearme siquiera una relación seria. Podría haberlo pretendido, pero…
—Podemos darnos tiempo —me interrumpió, y se notó mucho que quería meter alguna opción antes de que la rechazase del todo—. Si es lo que necesitas, no me importa. Tengo paciencia.
—Pero yo no —negué con la cabeza y la miré, queriendo que lo entendiese. No decía aquello por crueldad o por ponerme de cabrón para arriba, pero recuerdo muy bien que le aconsejé a alguien una vez que no siempre se le puede poner buena cara a todo el mundo, así que solo me lo estoy aplicando—. Pienso que si algo debe pasar, pasará sin la necesidad de tener que preguntar nada. De lo contrario, estar a expensas de los sentimientos del que sí está enamorado acabaría siendo agobiante, y no es el ideal de relación que tengo en mente. Simplemente, no… No se me da bien, ¿entiendes? Sea lo que sea que tengas para ofrecerme llevaría su tiempo, y esperar más no es lo que necesito ahora…
Silencio. Ella bajó la mirada, y jugueteó con el borde del vaso. Es obvio que no esperaba una respuesta como aquella, y yo solo rezo para que no se me eche a llorar allí mismo, porque eso llamaría aún más a la incomodidad y a mis ganas de hostiarme por haberme metido en aquel embrollo. Soy tan estúpido que ya desde hace un rato había empezado a tener mis sospechas de que podría haber evitado todo esto desde mucho antes de aceptar el Omiai.
Suspiré, y miré a algún punto fijo de la calle de enfrente. Los silencios como aquellos me matan.
—Te acompañaré a casa.
Ya nevaba y apenas marcaban las diez de la noche cuando ella bajaba del coche y dábamos aquel encuentro por finalizado frente a su piso. Observé como una de las ventanas se iluminaba al poco de que entrase, y me dejé caer en el asiento, sacando el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta. Buscando confirmar una corazonada, miré la bandeja de salida de mis mensajes; todas aquellas respuestas enviadas a mis padres para rechazar las entrevistas de matrimonio.
"Hoy no puedo ir, tengo trabajo"
"Otra vez será, vieja"
"¡Eres tan persistente! Ya te he dicho que tengo curro."
"Tal vez para la próxima."
"¿Has considerado buscarle alguna a papá?"
"Tengo planes."
"Olvídalo. No lo necesito."
"Prepara una cita con la que tenga las tetas más grandes. Allí estaré."
Todo eran evasivas. Como dijo mi padre, me limitaba a dar largas hasta que estuviera lo suficientemente desesperado como para caer en lo establecido, con tal de tener a alguien y no sentirme del todo abandonado. Eran vías que he querido mantener inconscientemente abiertas, por lo menos hasta hacía poco.
"Olvídalo. No lo necesito."
La única respuesta que rechazaba completamente la idea de meterme en una relación fingida por simple conveniencia se había mandado aquella misma semana. Algo había cambiado entonces, y no creo que sea casualidad.
Buen trabajo, Daiki. Eres el mayor gilipollas que hayas conocido nunca.
[…]
No quise huir más del problema, y con las ideas claras como las tenía, volví a casa y rechacé formalmente toda intención de casarme o encontrar cualquier tipo de pareja que le asegurase a mi madre un puesto entre las mujeres altamente orgullosas de sus hijos y nietos. Me ahorré el explicarle los motivos, porque supe que no los entendería, y prometiendo que traería de vuelta el coche en los próximos días, me lancé a la carretera rumbo a casa.
Conducir una chatarra como esta no resulta tan reconfortante como ir a 160 en la moto, pero es menos deprimente que coger el último tren de la noche. Estando centrado en el carril que voy pasando de largo, y en como el paisaje va cambiando de casas viejas y fachadas desgastadas a los edificios de quince plantas de la ciudad céntrica, puedo permitirme sermonearme un poco en la intimidad.
A ver… De sermón, poco. Quiero decir que no es que me arrepienta del derechazo que le di, ¿de acuerdo? Intentó lo que intentó, y eso ya no tiene arreglo. Pero pienso que tal vez lo puse un poco al límite llamándole lo que le llamé, eso es todo.
Estaba cabreado. ¡Estoy cabreado! Porque no sé qué mierdas hago pensando en ese tonto del culo después de haber rechazado a una versión japonesa de Pamela Anderson. Pero allí estaba, adelantando a un solitario mini por la autopista mientras me decía que tal vez mi orgullo puramente heterosexual pudo haber tenido algo que ver con toda la discusión que tuvimos antes de que me bajase los pantalones hasta las rodillas. Obviamente, no me estoy echando la culpa de todo, pero así como a mí no me gusta que se monten películas sobre mí y mis supuestos actos, no debería hacer yo lo mismo con alguien a quien no le he dejado ni explicarse.
Por desgracia, este tipo de orgullo no es fácil de ignorar. He llegado a la conclusión de que ya no tiene nada que ver con ser un hombre o una mujer. Importa un carajo ahora si es la perfecta para mí por estar buenísima y por tener cosas en común que, a la larga, podrían enamorarme. Desde el principio, no buscaba salir con nadie o ser otro del grupito de casados. Lo único que he querido siempre es ser yo mismo con alguien que lo entienda, y no tener que ponerle ningún tipo de etiqueta a esa conexión.
Y he tardado mucho en darme cuenta de que había conectado con un idiota que cree poder arreglar el empotrarme contra una pared con un par de botes de ramen y unas cervezas sin alcohol.
Me giro para asomarme a la apertura de la fachada, intentando ver algo entre la nieve y la luz amarilla de las farolas de la calle residencial, pero nada. Después, vuelvo la vista al pomo de la puerta de mi piso, donde hay colgada una bolsa del konbini que hay de camino al trabajo. Dentro, también hay un pedazo de papel medio mojado y doblado en dos donde pone "Lo siento".
Arrugo la nariz, porque ha empezado a picarme. Respiro hondo, y por un momento no sé qué hacer. Es difícil encontrar el sentimiento correcto para expresar todo esto; no me planteé siquiera la posibilidad de que él quisiera seguir pasándose por aquí. Pero si hemos llegado hasta allí seguir dándole vueltas a lo evidente es una estupidez.
Apoyo la frente en la puerta, y me noto sonreír.
Arranco la bolsa del pomo, y mientras vuelvo a bajar al garaje saco el móvil. Creo que estaba entre el número del restaurante Tailandés al que casi nunca llamo y el de mi compañero de curro.
No hubieron tetas que pudiesen compensar el escuchar esa voz adormilada y lenta que balbuceaba mi nombre desde la otra línea.
—… Creo que esto es demasiado ramen para mi solo, Kiyoshi.
