Anime: Kuroko no Basket.
Rating: T.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.
Nota: Crack Pair.
—One week to fall in love—
~ Medianoche
Creo que cuando se piensa demasiado, la mente acaba creando problemas que no existen. Y si existen, nunca es seguro poder encontrar la respuesta correcta sólo por comerte la cabeza con ellos. Eso me hace pensar –irónicamente– en mis días de instituto, cuando la frustración por no poder encontrar lo que buscaba era tanta que fue lo que definió gran parte de mi personalidad más adelante. Mi número de contactos sociales puramente auténticos se han visto reducidos a más de la mitad desde entonces, porque empezar a confiar en alguien siempre resultaba un soberano coñazo. Hablando con la verdad, ¿quién no quiere encontrar a la persona ideal con la que entenderse? Que yo lo quiera así no me hace menos egoísta que el resto.
Sin embargo, he llegado a un punto en el que reflexionar sobre ello se ha vuelto tan rutinario como deprimente. Porque a fin de cuentas da igual, ya que no eres tú el que decide que alguien vaya a encajar contigo. Se da cuando debe darse, y listo.
Si te sientes solo, te jodes. Siempre he creído que lo que Satsuki llamaba destino para mí era como un niño cabrón que movía las fichas del tablero muy lejos las unas de las otras, haciéndolas dar rodeos innecesarios para acabar siempre en el mismo sitio. Porque han pasado diez años desde mi última conexión inmediata, y que haya vuelto a congeniar con alguien anclado a esos diez años atrás sólo puede ser obra de algún capullo con muy mala leche.
Pero mira, da igual.
Desde que me tumbé en medio del garaje de alguna manera he podido relajarme. No sé si porque estoy acostado en un colchón de nieve que está enfriándome el culo de lo lindo, o si es por la nieve que ha seguido cayéndome encima aquella última hora, pero puedo decir que entiendo cuando la mente alcoholizada de ese borracho a principios de semana consideraba una buena idea hacer lo mismo. El cielo está cubierto de nubes espesas y grises. Hay silencio. Y el frío ralentiza cualquier preocupación. No se está tan mal.
—Es una pena que no haya estrellas esta noche… —cito, y veo una enorme nube de vaho salirme de la boca. Sujeto la bolsa de ramen y cervezas en la mano izquierda, y el móvil ahora sin batería en la derecha. Joder, me está entrando una pereza tremenda moverme de aquí ahora…
Escucho el crujido de la nieve hundirse, y por la velocidad de cada paso supongo que están bajando por la rampa trasera, por donde yo mismo había entrado con el coche de mi padre hace ya rato. Parpadeo, y giro la cabeza hacia la figura que viene tambaleándose desde el otro lado, para después volver la vista al cielo y levantar la mano con la que sujeto el móvil.
—¡Soy japonés, lo juro! —vuelvo a citar, intentando imitar su voz boba todo lo que fue rematadamente posible.
Kiyoshi se detuvo junto a mí, con la bufanda mal puesta, la gabardina color arcilla colgándole de los hombros y tratando de recuperar el aliento bajo un paraguas que me resultó jodidamente ridículo para un adulto. Su cara de preocupación desapareció con unas cuantas bocanadas de aire y una tos que mitigó con un suspiro.
Dobló las rodillas y me cubrió con el paraguas.
—Pues no lo parece —hizo un intento de risa, que terminó en un hondo suspiro. Imaginé que por sus pintas, había venido corriendo desde donde fuese que hubiese llegado. No me paré a preguntarle, porque aquel silencio ahora resultaba más reconfortante que antes.
Y en los cinco minutos en los que lo aproveché, Kiyoshi lo respetó y no dijo ni pío.
—Acabo de rechazar a la mujer perfecta —dije después—. Y curiosamente, no me siento mal.
—Quizás no fuese tan perfecta —respondió él, haciendo que le mirase, alzando una ceja—. Oh, no quiero decir que fuese horrible o algo, no la conozco de nada. Pero me pareces del tipo de hombre que lo da todo o nada, sea perfecto o no. Y si has decidido no darlo, es que no era perfecta para ti.
Maldita fuera su filosofía… Me jode que tenga razón.
—Qué asco das, macho…
—¡Que cruel! —exclama, y esa vez si consigue reírse en condiciones.
Le miro. Y me sigue pareciendo el mismo idiota despreocupado que toda la semana. Uno que no está teniendo en cuenta que hacía apenas dos días le llamaba de todo y echaba por tierra todo lo que pudiese sentir u opinar sin la más mínima consideración ni tacto. También me sorprendo pensando que ese miedo que surgió después de que intentase violarme ya no estuviera. Sólo tengo la mente en blanco. Por fin.
—Dime una cosa. Y como me mientas, te doy —él me mira, esperando—. ¿Fantaseaste con el gafitas alguna vez?
—No.
—¿Ni una sola?
—Ninguna.
—¿Por qué no? —no sé a qué coño ha venido esa pregunta—. Es el tío que te gusta, podrías haberlo hecho.
—Podría, sí —cabrón…— Pero no lo hice —¡doble cabrón! Más le vale borrar esa sonrisilla condescendiente de su cara o volveré a partírsela. Tenía razón desde el principio, es más hijo de puta de lo que aparenta…—. Es gracias a eso que he podido decidirme y dejar atrás todo lo que no me dejaba mirar hacia delante. Y delante estabas tú. Pensar en ti toda esta semana es lo que me ha salvado.
Me ruborizo. Lo noto. ¡Me ruborizo! Voy a matarle…
—Eres un puto moñas… —le lanzo una plasta de nieve a la cara y rápidamente me incorporo, empujándole por el hombro hasta que consigo hacerlo caer de espaldas al suelo. El paraguas sale rodando a un lado y le hundo en la nieve cuando le planto el culo en el estómago y la bota junto a la cabeza. Le miro, teniendo la sensación de que aquella es una imagen que no he visto por años. Como algún tipo de añoranza infantil que, aunque me gustaría negar hasta hartarme, no puedo.
—No estoy enamorado de ti —le digo.
—Lo sé.
—Y no soy gay.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Pero te quiero conmigo.
—Vale —sonríe. Parece tan estúpidamente feliz que no hace falta que me diga nada para saber lo que piensa, lo que siente y lo que necesita. Porque sé que él sabe exactamente lo que necesito yo. El entendimiento sin la necesidad de explicaciones largas o preguntas comprometidas es lo que hace que esto funcione.
Da igual el nombre que se le ponga; enamorarse, congeniar, conectar… Se supone que lo que buscas es estar cómodo con otra persona, así que el como se llame a ese sentimiento tendría que dar igual. Viéndole allí tumbado, con aquella expresión y aquella mano tocándome solo la parte baja de la rodilla para no llegar a complicar de nuevo las cosas, me pregunto quién ha salvado a quién realmente, o si merece la pena pararse a pensar en una etiqueta para catalogar lo que sea que tengamos.
No puedo negar las evidencias. Estoy cómodo con este bobo. Más de lo que he podido estar con cualquier otro en muchos años.
—¿Te hace un ramen o no? —pregunto poco después, recogiendo la pierna con la intención de levantarme. De cerca, puedo ver que aún tiene en el labio la herida que le hice al darle la hostia, así que alzo la mano y le paso el pulgar por encima, de lado a lado, como si pudiese borrarla.
—¿Aomine…? —su voz vibra contra la palma de mi mano, y estoy tan cerca que puedo sentir apenas la breve calidez de su aliento darme en la cara. Le escucho soltar un jadeo de sorpresa cuando me inclino sobre su boca más de lo que hubiese esperado que lo haría, sólo para terminar levantándome, sin dejar que sus manos cayesen en la contradicción de devolverme o no un gesto que ha terminado no llegando.
Me sacudo la nieve del abrigo y cojo la bolsa de ramen del suelo.
—Quizás después —le aseguro, echando a andar hacia el portal.
—Pero esto… —está confuso, y lo noto. Considerando el por qué nos peleamos, es normal esperar que las posibilidades de volver a toquetearnos de ciertas formas estuviese fuera de discusión. Pero su expresión es la rehostia ahora mismo, así que esta vez me toca sonreír condescendientemente cuando me giro a mirarle, invitándole a seguirme.
—Hay cosas que no tienen por qué cambiar, así que tú verás —agito la mano, despidiéndome de él al esquivar un par de coches aparcados en las primeras filas. Al poco, vuelvo a escuchar tras de mí los pasos en la nieve, y es imposible no sonreír como un condenado idiota.
El tipo de atención que me presta ha sido siempre su punto fuerte. Y no voy a negar que me guste que alguna parte de su mundo gire en torno a mí, aunque suene tremendamente retorcido.
Llámalo ego. Enamoramiento. Conexión.
Llámalo como quieras. Pero es simplemente lo que quería tener.
