Estoy muy contenta con todos sus review, me hace muy feliz que tantas personas estén siguiéndolo y esperen la continuación.
Espero no decepcionarlas, acá tienen un nuevo capítulo, ¡trataré de ponerles más ganas en el próximo!
¡Se cuidan y nos estamos leyendo! ^^
~ Cindy Elric ~
Decimosexta Melodía: Herida
–Hikari, tenemos el día libre… ¿quieres hacer algo?
–Yo… Kagome, hoy no puedo estar contigo, tengo… cosas que hacer…
–¿Cosas? ¿Qué cosas?
–Tengo un compromiso, lo siento, pero podrás hacer algo tú, ¿no es así?
–Eh… sí, claro…. –le sonríe–. No te preocupes.
–Ok, bueno, me tengo que ir… ¿nos vemos en la cena?
–Por supuesto… –observa como la youkay se aleja y luego suspira pesadamente–. Y ahora… ¿Qué hago? ¡Ya sé! Buscaré a Kazuya…
Kagome recorrió el castillo, topándose de vez en cuando con algunas de las doncellas (a las cuales evitó), buscando por una hora sin éxito alguno.
–Justo ahora que lo necesito no se aparece… –suspira–. Mejor iré a buscar a Fénix para pasear un rato.
Dicho y hecho, la sacerdotisa después de ir a su habitación a buscar al ave sale del castillo para caminar por el bosque, ese era un día caluroso pero gracias a la sombra de los árboles en el bosque era agradable.
Entonces fue que el ave en sus manos alzó el vuelo sin previo aviso, buscando algo desde el cielo, dejando a su dueña temporalmente preocupada.
–¡Fénix regresa! ¡Aun eres muy pequeño! –Grita corriendo entre los árboles procurando no perder de vista al animal en el cielo, de pronto lo ve descender y perderse entre el bosque–. Maldición… –murmura apurando el paso, saltando las raíces que sobresalen del suelo, buscándolo entre los árboles y en el cielo.
Se detuvo cuando un lago se interpuso en su camino, buscando aun al ave en el cielo mientras caminaba por el borde del agua.
–¿Fénix? ¡Fénix! Fe…
–Así que eras tú.
Esa voz hizo a la sacerdotisa dar un brinco, volteando hacia el youkay de ojos dorados sentado en las raíces de un árbol junto al lago, parecía estar descansando y cuando se fijó en su hombro sonrió ampliamente.
–¡Fénix! –Exclama corriendo hacia el youkay, observando entonces como el ave vuela desde el hombro de su dueño hasta sus brazos.
–¿Qué haces aquí?
–Estaba siguiendo a Fénix, no sabía que tú estabas aquí –baja la mirada hacia el ave en sus brazos acariciando su cabeza.
–¿Estás sola?
–¿Eh? Sí, Hikari tenía cosas que hacer… –levanta su vista hacia el youkay–. Y tú… ¿qué haces aquí? Creí que estabas con tu madre, es decir, escuché decir a Kazuya que tenías unos asuntos pendientes con ella.
–Eso no es de tu incumbencia –le hace un desprecio fijando su vista en el agua.
–¿Acaso te estás escondiendo de ella? –Pregunta suspicaz al mismo tiempo que sonríe entretenida por la idea del demonio huyendo de su madre.
–No digas tonterías –hace un nuevo desprecio evitando mirar a quien se estaba burlando de él.
–No te enfades… sólo era una broma –dice sonriendo divertida viendo como que youkay se mantiene ignorándola, así que tras un suspiro se sienta en las raíces de un árbol cercano pero manteniendo una distancia prudente, fijando entonces su atención en el lago.
El silencio envolvió el lugar, Kagome entreteniéndose mirando como Fénix volaba de vez en cuando para rodear el lago regresando siempre a sus brazos mientras que Sesshoumaru observaba todo en silencio, decidiéndose entre hablar o no y molestándose consigo mismo debido a la indecisión.
–Tú… –murmura captando la atención de la mujer–. Conociste a mi padre.
–Sí –asiente sonriendo ante el recuerdo–. A media noche, él fue responsable de la tercera prueba… fue sorprendente la verdad –alza la vista hacia el cielo.
–¿Qué te dijo?
–¿Eh? Pues… me preguntó la razón por la que estoy acá, qué espero obtener con esto, cosas por el estilo, pero no te preocupes, le dejé en claro que estaba siendo obligada y que tú sólo quieres que gane para rechazar el premio –lo mira agitando su mano de arriba hacia abajo restándole importancia al asunto.
–¿Eso es todo?
–¿A qué te refieres?
–¿No te dijo nada más? –esta vez sus ojos se posaron sobre la sacerdotisa, escrudiñando el rostro de la joven buscando algo.
–No que yo recuerde… –antes de responder había alzado su vista tratando de recordar, así que no notó la fija mirada del youkay hasta que bajó la mirada frunciendo su ceño con curiosidad por la intensidad de esta–. ¿Ocurre algo? ¿Pasó algo que te preocupe?
–No, sólo es curiosidad –responde apartando la vista, fijándola entonces en un punto en el vacío y frunciendo su ceño ante la inútil ayuda de la sacerdotisa, no entendía porque su padre la había elegido a ella por sobre a las demás, ¿qué podría tener esa mujer de especial?
–Ahora que lo pienso… –murmura más para sí misma que para su acompañante–. Me preguntó por Inuyasha, también estaba interesado en ti, desde hace mucho que no los ve y al parecer los extraña –sonríe por aquel pensamiento–, también dijo algo que no entendí… algo sobre que me parezco a Izayoi…
Sesshoumaru frunció aún más su ceño ante aquellas palabras, no entendía qué se proponía su padre con diciendo eso, si en verdad la sacerdotisa se parecía a la humana que él decía amar… ¿qué esperaba de ella entonces? ¿Acaso quiere que emule sus pasos? Esa es una estupidez, él nunca seguiría sus pasos, su padre fue un iluso que cayó en el hechizo de una humana, prueba de ello era la existencia de su molesto medio-hermano, no, él nunca podría caer en algo tan absurdo.
–Izayoi es la madre de Inuyasha… –continúa ignorante de la creciente molestia del youkay–. Me pregunto qué quiso decir al compararnos, es una locura, yo no creo que me parezca a ella… –baja la mirada a sus manos sonriendo levemente ante la posibilidad–. Quizás sólo se confundió… y por eso dijo que quiero a Inuyasha…
Kagome no estaba hablando a conciencia, sólo pensaba en voz alta y por ello no notó la reacción que provocaron sus palabras, porque el demonio había estado atenta a ellas, a cada murmullo, a cada pensamiento que parecía justificar el absurdo actuar de su padre pero ante esa última frase la mente del youkay colapsó en otra dirección, formulando una nueva pregunta en su cabeza porque si su padre de verdad había insinuado eso, si él lo creía entonces… ¿con qué objetivo se atrevía a escoger a esa humana como su favorita? ¿Qué planeaba obtener al alabar ese tipo de situación? Porque si la mujer quiere… ama al inútil de Inuyasha, ¿qué podría hacer él para remediarlo?
Esa pregunta era tan absurda como la respuesta y el hecho de desear encontrar una respuesta era mucho peor, pero aun así…
–¿Eso es cierto?
–¿Qué cosa?
–¿Lo quieres?
La sacerdotisa alzó la vista mirando con confusión al youkay, porque creyó escuchar sincero interés en esas palabras pero… ¿eso qué podría significar? ¿Por qué Sesshoumaru estaría interesado en esa respuesta?
–Señor Sesshoumaru, ¿está aquí?
Se escuchó de pronto la voz de Kasumi a pasos del lago, peligrosamente cerca para el youkay y sin dejar tiempo de reaccionar, Sesshoumaru tomó el brazo de la sacerdotisa alzando el vuelo, dirigiéndose a un lugar más alejado del castillo, casi llegando hasta la barrera.
–En verdad te estabas escapando –menciona cuando se vio nuevamente en el suelo, riendo con diversión porque era un pensamiento bastante gracioso el que Sesshoumaru, el gran y poderoso Sesshoumaru, escape como cualquier adolescente de su madre.
–¿De qué te ríes? –Cuestiona con molestia porque algo le decía que la razón de la risa de la mujer era él.
–N-Nada… es sólo… –suspira tratando de controlar su risa sintiendo entonces como Fénix se remueve en sus brazos tratando de escapar–. ¿Qué ocurre Fénix?
–Déjalo ir.
–¿Qué? Pero… es muy pequeño.
–Necesita que sus alas se fortalezcan, en tus brazos nunca lo logrará.
La sacerdotisa miró unos momentos al ave en sus brazos para luego soltarlo y verlo emprender el vuelo, lejos de ahí, hacia el castillo.
–Espero que esté bien.
Hicieron silencio por unos minutos después de eso, mirándose sin interés genuino, perdidos en pensamientos personales, divagaciones confusas, necesitaban respuestas a preguntas inútiles que ni el orgullo ni el temor les permitiría pronunciarlas, a pesar de que una ya había sido dicha pero ya estaba olvidada, los molestaba algo, una inquietud latente que parecía atormentarlos a ambos.
–Sesshoumaru… –murmura con tono ausente.
–¿Qué?
–Puedo… –duda unos segundos, repasando la idea en su cabeza para luego suspirar con decisión–. ¿Puedo proponerte algo?
–¿Qué?
–Quiero saber algo… me gustaría hacerte una pregunta y que me respondas con sinceridad.
–¿Por qué tendría que hacer eso?
–Porque si lo haces… –baja la mirada torciendo sus labios con indecisión, aun no estaba segura pero como siempre, la curiosidad es mayor–. Si lo haces yo te haré una promesa.
–¿Qué podrías ofrecerme tú a mí? –Insiste mirando con disimulado interés a quien parecía realmente atormentada por sus propias palabras.
–Esfuerzo –responde alzando otra vez la mirada y fijándola en el demonio que frunció su ceño enseguida–. Si respondes mis preguntas te prometo participar en las pruebas restantes sin queja alguna, no intentaré escapar e inclusive me esforzaré por ganar.
–Aunque te sigas negando te obligaré a hacerlo.
–Puedes obligarme a participar pero no a ganar –frunce su ceño–, fácilmente podría perder quedarme a un lado sin hacer nada y dejarme vencer –trató de sonar segura a pesar de saber que estaba mintiendo, porque sabía que no lo haría, ella también era orgullosa y había prometido frente a Inutaisho el vencer el ritual, pero eso Sesshoumaru no lo sabía, podría engañarlo… ¿no es así?
–Si tú pierdes…
–¿Qué harás? ¿Me asesinarás? –Alza la vista fijándola en el youkay–. Aunque lo hicieras eso no evitaría el desenlace, tu matrimonio con la doncella vencedora… estoy segura de que la Dama de Jade será una gran esposa, ¿no? –Menciona con una sonrisa, más que por entretención por los nervios que empezaban a atacarla, quería ser fuerte, mostrarse fuerte, pero el maldito temblor de sus rodillas la podían exponer.
–No digas estupideces… –le hizo un desprecio a ella y a sus palabras, desechando la imagen mental de su "futura esposa", maldiciendo el ritual y a todos sus involucrados, viendo con fastidio que las palabras de la sacerdotisa podrían ser ciertas–. ¿Qué quieres saber?
La sacerdotisa se sorprendió por el repentino cambio, ¿Sesshoumaru de verdad había accedido al intercambio? Y aunque quiso preguntar las razones de eso decidió no seguir tentando a la suerte, obtendría la respuesta a la pregunta más importante y después podría preocuparse de lo demás.
–Yo… –comienza sintiéndose de pronto un poco avergonzada–, yo quiero saber el significado de lo que hiciste el día que llegué al castillo, ¿lo recuerdas?
Sesshoumaru volvió a fruncir su ceño intentando recordar ese día, intentando recordar lo que la mujer mencionaba y entonces como un flash algo iluminó su mente, ¿acaso hablaba de…?
–Tú… ¿lo recuerdas? –Insiste mirando con curiosidad y algo de nerviosismo al youkay, no sabía si Sesshoumaru lo recordaba, temía que lo hubiera olvidado.
–No sé de qué hablas –miente entre un desprecio para disimular el querer desviar la mirada.
–En serio… ¿lo olvidaste? –Vuelve a preguntar sintiendo una mezcla extraña revolver su estómago, algo parecido a tristeza, decepción… se cuestionó aquellos sentimientos sin éxito alguno así que decidió fijar su atención mejor en el youkay, mirándolo fijamente, tratando de confirmar que el demonio estaba siendo sincero.
–¿Por qué te interesa? –Pregunta ahora él tratando de evitar el tono de interés en su voz pero sin lograrlo, su voz y algo en su interior lo traicionó.
–No lo sé.
–Tú estás…
–Es sólo –lo interrumpe–. Es sólo que creo que es algo importante porque esa vez… esa fue la primera vez que vi calidez en tus ojos.
El demonio odió esas palabras, odió esa conclusión pero lo que odió más que todo es que algo de esas palabras le hizo sentido según sus propios recuerdos.
–No digas tonterías, yo…
–No digas que son tonterías –vuelve a interrumpirlo–, tú tocaste mi mejilla, acariciaste mi rostro sin razón evidente por eso quiero saber… ¿por qué?
–No fue una caricia.
–Sí lo fue.
–No lo fue –insiste–, quería demostrarte algo, quería poner en riesgo tu vida, recuerdo perfectamente que lo que hice fue intentar estrangularte.
–Entonces sí lo recuerdas –frunce su ceño–, y claro, esa fue tu intención, tu malvada y despreciable intención inicial pero aun así no lo hiciste, recuerdo muy bien como tu mano soltó mi cuello y tocó mi mejilla, fue una caricia Sesshoumaru, ¿por qué lo niegas?
–No niego nada porque no lo hice –insiste–, además yo no te debo explicaciones de lo que hago o no.
–Si las cosas serán así entonces supongo que eso es todo –se da media vuelta–. Dale mis felicitaciones a tu esposa, porque yo no estaré ahí para saber quién fue la vencedora.
Kagome presionó sus manos en puños, estaba molesta, furiosa y lo peor de todo, se sentía herida, tan herida que lo único que quería hacer era correr y encerrarse en su habitación, aunque fuera en un castillo extraño y repleto de desconocidos, cualquier lugar sería mejor que seguir junto al demonio así que comenzó a avanzar hacia el lugar deteniéndose apenas vio como el youkay se interponía en su camino.
–Vete Sesshoumaru.
–¿A dónde crees que vas?
–A mi habitación, no tengo nada más que hacer aquí, así que si me disculpas –vuelve a voltear.
–No dejaré que huyas –advierte tomando la muñeca de la sacerdotisa obligándola a voltear, frunciendo el entrecejo al encontrarse con los ojos marrones que ahora brillaban furiosos.
–No estoy huyendo, sé que no me puedo marchar hasta que termine el dichoso ritual, sólo iré a descansar, pero ten por seguro que cuando empiece la cuarta prueba me verás sentada a un lado sin hacer nada –advierte ahora ella desafiando los dorados ojos, sin moverse o deshacer el agarre, sólo quedándose ahí deseando odiar al demonio y odiándose a sí misma por no lograrlo.
Sesshoumaru examinó a su enemigo, la mujer parecía segura de sus palabras, el amenazar su vida en esa ocasión sería inútil y entonces la maldijo, la maldijo a ella y a toda su despreciable raza, era algo tan desagradable toda esa situación, el maldito ritual, su madre, su padre, las estúpidas doncellas, el inútil de Kazuya, esa humana… presionó la muñeca prisionera, viendo el dolor reflejarse en el rostro frente a él.
–Déjame.
–No lo haré.
Kagome jaló su mano inútilmente, el youkay era más fuerte que ella, no pudo separarse ni un centímetro lo que aumentó su enfado.
–¿Qué vas a hacer? ¿Me matarás?
–Podría hacerlo.
–¿Qué te detiene?
La vio sonreír y aquello le sonó a deja vu, haciéndole fruncir aún más su ceño al recordar aquello, en esa ocasión sus instintos actuaron, no fue dueño de sus acciones, pero esta situación era diferente, estaba en sus cincos sentidos y sabía lo que hacía.
–¿Quieres saber algo?
–¿Qué?
–Mi padre te escogió.
–¿De qué hablas?
–De las cuatro doncellas que quedan, te escogió a ti como su favorita –sonríe con burla–, quiere que tú seas mi esposa.
Kagome se sonrojó por aquello y volvió a jalar su mano sin resultado alguno.
–¿Por qué?
–No lo sé.
–No puede ser, yo le dejé bien en claro mis objetivos, él no podría…
–Pero aun así te escogió –la interrumpe–, yo tampoco lo entiendo, ¿por qué escoger a alguien que ni siquiera es capaz de deshacer mi agarre? Estoy seguro de que las demás doncellas podrían.
–Pues, ¿por qué no vas con ellas entonces? Estoy segura de que cualquiera estaría feliz si lo hicieras.
–¿Acaso tú no?
–Claro que no.
–Dices eso, pero aun no olvidas lo que ocurrió el día que llegaste al castillo, ¿acaso no lo describiste como algo importante? ¿Ves en mis ojos la calidez que dices viste entonces?
Ojos dorados chocaron con marrones, examinándose entre sí, perdiéndose en el otro. Kagome tembló por el hielo, lo que veía estaba lejos de ser cálido, no, era frío e hiriente… no le gustaba…
–No hay nada, ¿no es así? –Sonríe triunfante ante el evidente temor de la sacerdotisa.
–Suéltame.
–¿Por qué? ¿Estás asustada?
–No.
–Entonces… ¿te duele?
Pregunta a la vez que aplica nueva presión a su agarre, creando una mueca de dolor en la morena y sonriendo por ello, ese nuevo juego era entretenido, interesante… ver el miedo reflejado en esos insolentes ojos era incomparable con cualquier otra expresión de terror, ninguna víctima anterior lo había hecho sentir tan superior… el sentir que estaba logrando doblegar a esa impertinente humana era algo intrigantemente satisfactorio.
–¿Te divierte?
–Quizás.
–¿Qué quieres?
–Suplica que te suelte y tal vez lo haga.
–Nunca.
–Entonces no importa que haga esto…
Ahora enterró sus uñas en la blanca piel, manchándola, haciendo deslizar unas pequeñas gotas de rojo color, Kagome sintió el dolor pero reprimió el quejido, apretando sus dientes sin apartar la mirada de su victimario, podía ver como el youkay sonreía frío, sin alma y entonces lo maldijo, a él y a si misma por haber creído sentir algo especial, ¿la había engañado? Toda esa preocupación y cuidados, ¿en verdad era sólo por interés propio? ¿Por ese maldito ritual? Cerró sus ojos, olvidando aquello que creyó haber sentido, rindiéndose ante la latente realidad.
–Suéltame… por favor.
Sesshoumaru se sorprendió un poco por lo fácil, creyó que la sacerdotisa daría más pelea, se resistiría más… dudó el soltarla pero finalmente lo hizo, observando en silencio como ella examinaba el daño, no había sido mucho, había calculado su fuerza, sólo quería asustarla, en realidad él no…
–Acaso… ¿quieres que te odie?
Esas palabras desconcentraron al demonio que volvió sus ojos hacia los marrones, viendo en ellos algo que conocía desde hace tiempo, algo que pudo ver en muchas de sus víctimas, más que el miedo… era rencor, desprecio.
–Porque lo estás logrando.
Kagome miró al youkay sin ocultar su reproche pero aun así sin desprecio, ella no podía odiarlo, no por eso y eso la hizo sentirse tonta así que decidió desviar su propia atención, levantando la manga de su uniforme para limpiar la sangre, ya no le dolía… su muñeca no era lo más herido.
–¿Puedes odiarme?
Cuestionó con sincero interés, eso era algo que se preguntaba hace un tiempo, esa humana, esa mujer nunca había mostrado rencor por alguien, nunca la había oído decir odiar a alguien y el ver sus ojos manchados con ese sentimiento lo hizo dudar, sí, tenía que aceptarlo, ese era un aspecto de ella que lo intrigaba, no era posible que existiera alguien libre de odio, de rencor… no, no era posible.
–¿Quieres que lo haga?
–¿Lo haces?
–Pues no te quiero… –mira su muñeca herida–, no ahora.
Había sido un suspiro, algo que si no fuera youkay no habría oído, la miró pensativo, culpándose y reprochándose al mismo tiempo, no lamentaba haberlo hecho, no, le había permitido ver algo que desconocía, algo en ella… y en él, entonces tomó la mano herida provocando el instantáneo alejamiento de la sacerdotisa, por cautela y temor, pero él lo evitó, sosteniéndola, evitando su escape, no con brusquedad, cuido no tocar la zona herida, presionó su mano no su muñeca.
–Lo siento –pronunció poniendo atención en la sangre derramada, sin hacer caso de la sorpresa de la joven o de los reproches de su orgullo, en verdad sentía el daño y no creía incorrecto el decirlo.
–Sesshoumaru… –murmura con incredulidad, tratando de buscar los ojos contrarios sin éxito ya que el demonio insistía en desviar la mirada, como si temiera que pudiera ver algo en ellos.
–No me odies.
Ahora sí los ojos marrones pudieron ver a los dorados, eran sinceros, se mostraban seguros de sus palabras pero también confusos, sintió la inseguridad del youkay, no pudo creerla pero la sintió, parecía como si hubiera descubierto algo nuevo pero que temía admitir, aceptar.
–No te odio.
Le sonrió amable, dulce, era verdad, no lo había odiado por eso, le había dolido… le dolió más de lo que debía, más de lo que podría creer.
Sesshoumaru contempló esa sonrisa y la agradeció, a tal punto que no pudo más que besar el dorso de la mano lastimada, retribuyendo esas palabras, reiterando su disculpa, sintiendo como algo cálido se colaba en su interior después de tocar la piel y notando con inquietante satisfacción como la sacerdotisa se avergonzaba por el gesto.
–¡No la toques!
Ese grito rompió el pequeño momento, haciendo que tanto el youkay como la sacerdotisa voltearan mirando la barrera junto a ellos.
–¿Inuyasha?
Continuará…
