¡Hola!

Me siento muy mal con ustedes, demoré muchísimo en la actualización y en verdad les pido una inmensa disculpa pero bueno, entre la escuela y tareas no me ha quedado nada de tiempo hasta apenas hace dos días, en los que tuve que repartir el tiempo para escribir y retomar la historia. El capítulo no será muy largo como los anteriores, y temo decirles que los próximos tampoco lo serán, pero espero actualizar con más frecuencia para que esto no se vea afectado.

De todas formas, vuelvo a pedirles una disculpa inmensa, y también quiero agradecerles a las personitas que leyeron mi otro fic y me dejaron comentarios :33 incluyendo los del capítulo anterior de éste fic.

No quiero entretenerles más. Nos leemos en las notas finales.

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Capítulo 6.- Un pequeño cambio.

Había muchas cosas que Steve podía aguantar: arduos entrenamientos bajo el sol, o bajo la lluvia; infiltraciones en instalaciones enemigas, luchar contra soldados de tropas combatientes, hacer misiones en medio de la selva por tiempos sumamente largos, correr entre el fango. Steve era un soldado capacitado para todo tipo de misión. Excepto, ir de compras. Un soldado entrenado fieramente a finales del 1800, ¿de compras? Quizá la idea era bastante tonta, pero había un solo hombre que no reparaba en cosas ilógicas y exóticas: Anthony Stark.

Durante la mañana habían charlado un poco, entre sarcásticos comentarios de parte del millonario, y la mirada relajada de Jarvis. Algunos momentos más tarde, había llegado Pepper a la Torre Stark. Steve debía admitir que ella era una mujer bastante hermosa. Su cabello rubio, las suaves pecas que enmarcaban su nariz y mejillas, el tono de sus labios, sus bonitos ojos, y su elegante gusto por la ropa. Lo había terminado por convencer la actitud pulcra de ella y su educación al hablar. Sin duda congeniaron de inmediato. Cosa por la cual, Tony parecía bastante satisfecho, porque apenas distinguió la amena plática que tenían en la sala, les mandó a una misión sin retorno: lograr un estilo moderno para Steve Rogers. Obviamente él se había negado, siendo ayudado por Pepper. Sinceramente no había ningún caso hacer algo como eso si se marcharía en unos cuantos días.

Pero lo que Steve no sabía, es que Tony Stark jamás aceptaba un "no" por respuesta. Así que peleando, argumentando, y retando, había tenido que ceder. Y ahora se encontraba bajo el intenso Sol de Nueva York con una mujer de negocios a su lado, de igual o peor ánimo que él. Lo peor de todo, es que no podrían regresar hasta que hubieran conseguido al menos varias prendas para llenar un armario de una recámara completa. Steve se sentía como una de las peores personas sobre la tierra por abusar de tanta amabilidad por parte del millonario. Suficiente había tenido con ser aceptado en su casa, y que le hubieran dado una habitación tan absurdamente grande, sin contar la biblioteca. Y ahora esto. Se sentía avergonzado.

—Tony suele ser un poco… exagerado. —la mujer que caminaba a su lado le mandó una gran sonrisa para darle un poco de ánimo, al notarlo tan callado y cabizbajo—. Pero no te preocupes por el dinero, no es un problema para alguien como él. —dijo, cuando notó que el rubio estaba dispuesto a rebatirle.

—Aunque así sea, siento como si estuviera abusando de él. —comentó con algo de vergüenza, sin dignarse a mirar a Potts a los ojos. Trató de distraerse con las cosas nuevas que veía. Estaban en un centro comercial, como le había dicho esa mujer. Había montones de gente de todo tipo, vistiendo de formas extrañas. Captó alguna que otra mirada que le dirigían algunas señoritas, acompañadas de una sonrisa o un guiño de ojo. No quiso preguntarle a la secretaria de Stark sobre ese asunto. Además, había escaleras de material extraño que se movían automáticamente por en medio del lugar, llevándote al siguiente piso. Se preguntó si la gente era tan ociosa para crear algo como eso. El ejercicio, las caminatas, y subir escaleras a pie era más nutritivo.

—¿Abusar de Tony? —ahogó una pequeña risa. Eso era imposible—. Sólo disfruta esto, Steve. Ya verás que te vas a divertir. —posó una mano sobre su hombro, y el rubio asintió con un poco de miedo. Cuando vio que se acercaban cada vez más a las escaleras, sintió un pequeño—gran—pánico recorrerle de pies a cabeza. Si la parte de subir al elevador había sido más difícil que introducirse en un tanque de guerra, no quería saber sobre qué iba a comparar lo que venía.

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Tony caminaba de un lado a otro en su taller. Bostezó por quinta vez en aquella mañana, mientras sostenía un plano entre sus manos. Caminó hacia su mesa de trabajo y depositó el papel ahí, seguidamente le dio un sorbo largo a su whisky. Sobó su cuello con la mano derecha y se dejó caer sobre su asiento. Cerró los ojos y frotó el puente de su nariz. Se había pasado toda la noche despierto, trabajando en su proyecto de virtualidad. Tenía varios avances logrados en algunas cuantas horas, pero definitivamente aún le faltaba mucho. Tenía ciertos bloqueos en la mente.

Trató de despejarse para sentir algo de relajación y luego volver al trabajo, y entonces sí, tapar todos esos huecos y cruzar las fronteras que le impedían terminar sus cálculos. Así que se puso a jugar con un lápiz que encontró. Lo barajeó entre sus dedos, de un lado a otro, y se puso de pie. Examinó con paso tranquilo su taller. Estaba bastante desordenado, hasta para su gusto. Miró su reloj de mano y descubrió que aún tenía unas cuantas horas libres antes de visitar su empresa. Así que quizá sería tiempo de tirar algunas cosas, y otras ponerlas en su lugar.

Teniendo algo de fuerza renovada y convicción para despejarse, encendió su estéreo y comenzó a cantar. Black Sabbath y su playera lo decían todo. Entonces, moviendo su cabeza al ritmo de la música, se paseó de un lado a otro. Quitaba cosas de los estantes, y luego las arrojaba al piso sin contemplación. Se deshacía de metales, piezas incompletas. Miró cajas vacías, arrojó al piso tornillos, tuercas, papeles y planos de proyectos pasados. No le servía nada de eso. Todo estaba completamente memorizado ahora.

Su whisky se balanceaba en su mano, mientras él bebía con soltura el contenido. Se sentía un poco más ligero, y horriblemente sudado. Se daría una buena ducha a penas terminara de escombrar su taller. Bueno, tanto así como escombrar no, pero sí tirar algunas cosillas innecesarias. Vagó de un lado a otro, y cuando el whisky comenzó a surtir algo de efecto en su organismo alterado por el cansancio, se encontró con un estante en especial. Estaba cerrado. Se preguntó por qué estaba de aquella forma, y se dedicó a buscar la llave. Ni siquiera recordaba qué guardaba allí.

Entre tantas cosas que guardaba en un cajón, encontró algunas cuantas llaves. Probó con cada una de ellas, hasta que la quinta surtió efecto y abrió la puerta con un suave sonido. La música seguía resonando fuerte, y él tenía una ligera sonrisa en el rostro. Sonrisa que se borró en cuanto abrió las puertas del mueble. Observó con seriedad lo que se encontraba dentro, y gruñó de fastidio. Ahora recordaba por qué carajos había cerrado con llave aquel maldito estante. Su mano se dirigió hacia uno de los tantos papeles viejos que yacían ahí dentro, deteriorados por el paso del tiempo, y sus ojos viajaron hacia una pequeña fotografía que se encontraba pegada con cinta adhesiva sobre la puerta interna. Sin pensarlo realmente, acarició con las yemas de sus dedos aquel trozo de papel. Se quedó por varios minutos observando a las dos personas fotografiadas, pero con la mente en blanco. Sin permitirse traer aquellos recuerdos que le provocaban migraña. Pero no funcionó del todo. Apretó con fuerza el vaso entre sus dedos, y lo arrojó lejos de él. Sin importarle que el whisky se derramara sobre el piso. O que el cristal del vaso se hubiera quebrado en varios fragmentos. No sería tanto como su corazón. No estaría tan roto como él.

Volvió a cerrar la puerta y colocar el candado, con brusquedad. Revolvió sus mechones y sujetó con fuerza la llave entre sus dedos. Se quedó mirando fijamente la puerta. Le dio varios puñetazos en silencio hasta que se sintió al menos un poco satisfecho. Sus nudillos dolían bastante, al ser la puerta de metal. Se miró la mano y notó un pequeño sangrado acompañado de raspones. Ni siquiera le importó ese dolor. Una leve sacudida de ira lo invadió y decidió que necesitaba esa ducha ahora, porque necesitaba controlar sus emociones. Pero al darse la vuelta, se llevó una pequeña impresión al ver a Jarvis ahí de pie, mirándolo con severidad, pero con un toque en su mirada que él fácilmente distinguió como lástima. Estaba cansado de esa mirada. Él no quería ese tipo de sentimientos mundanos hacia su persona. No necesitaba que nadie le compadeciera. Había visto tanto de aquello en el pasado, que estaba harto.

—¿Sucede algo, señor Stark? —cuestionó Jarvis cuando Tony cruzó la puerta de vidrio, y pasó a su lado. Había visto la sangre en sus nudillos, y cómo había golpeado la puerta. El millonario lo miró de forma fría, mientras le entregaba una llave con un gesto brusco. Él la miró detenidamente cuando la tuvo entre sus manos.

—Nada que sea de tu incumbencia. —espetó con un tono por demás tosco, mientras subía las escaleras a paso rápido y se perdía de la vista de su mayordomo. Jarvis enfocó la vista en el objeto que ahora tenía. Hacía mucho tiempo que no había visto esa llave de plata. Y la reconocía, porque el diseño era bastante peculiar. De hecho, se había cuestionado varias veces sobre la existencia de esa llave. Jamás pensó que su jefe la conservaría aún. Entonces sus ojos se desviaron nuevamente hacia la puerta, y suspiró internamente.

El daño que Tony Stark se hacía a sí mismo, nadie podría curarlo jamás. Esperaba estar equivocado.

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Pepper era una mujer difícil de impresionar. Generalmente, las cosas que sucedían en su entorno no lograban acelerarle el pulso, porque estaba acostumbrada a las emociones fuertes. Eso lo había tenido que aprender al convivir y trabajar para alguien como Anthony. Pero en esta ocasión todo daba un giro. No podía evitar que aquella visión lograra formarle una mueca de asombro en el rostro. Y no era la única. Varias mujeres a su alrededor estaban de la misma forma, aunque ellas eran las empleadas de la boutique donde estaban.

—¿Me queda bien? —preguntó Steve por tercera vez, pero no obtuvo respuesta. Comenzaba a incomodarse un poco por las miradas que le dirigían las empleadas, incluida Pepper—. Eh, ¿señorita Potts? —agitó una mano frente a la mencionada, quien pareció volver en sí.

—¿Eh? ¿Sí? Ah, sí. Claro… claro que te queda bien. —por fin una frase coherente había salido de sus labios. Pero es que estaba verdaderamente impresionada con aquella visión. Steve vestía pantalones ajustados, una playera completamente ceñida a su cuerpo, y una chaqueta de cuero. ¡Dios mío! Era como un modelo de revista posando solo para ella. Quería tocar esos perfectos bíceps. Así que carraspeó para despejar esas ideas—. ¿Te sientes cómodo con esta ropa? —preguntó con una sonrisa. Steve asintió un poco.

—Sí, aunque no es mi estilo, pero… supongo que sí. —le sonrió un tanto apenado. Pepper le hizo una seña con la mano de que volviera al probador, donde mucha más ropa moderna lo aguardaba. Sin duda, comenzaba a disfrutar esto. Al principio le había parecido una idea estúpida la de Tony, e incluso iba a llamarle solo para reclamarle y gritarle que ella no era una asesora de moda, pero todo había cambiado ahora. Tony Stark se estaba perdiendo de muchas cosas interesantes en esa salida. Con una sonrisa se acomodó mejor en el pequeño sofá.

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El agua tibia resbalaba por su cuerpo, formando ríos interminables. Tony suspiró audiblemente y trató de relajarse. Frotó sus cabellos haciendo espuma, y luego su rostro. Paseó sus manos por su cuerpo, y se detuvo. Se pegó lentamente a las baldosas de la ducha, y cerró los ojos. Sentía que el agua seguía cayendo sobre su cuerpo. Sus manos se hicieron puños, y sentía escocer sus nudillos. El exceso de alcohol había abandonado su cuerpo. Pero no el exceso de recuerdos.

Gruñó y enjuagó su rostro y cabello de forma rápida. Salió de la ducha con el cuerpo húmedo y una simple toalla blanca adornando sobre la zona de sus caderas. Miró su teléfono celular y se dio cuenta que en realidad tenía tiempo de sobra antes de ir a la oficina. Así que sin pensarlo dos veces, se arrojó sobre su inmensa cama sin importarle estar desnudo. Pasó las manos detrás de su nuca, y cerró los ojos. Su mente divagó un poco sobre el pequeño giro que había comenzado a dar su vida desde hacía unas cuantas horas. Jamás pensó en tener a alguien más viviendo bajo su propio techo. Aunque tampoco es como si le importara. Mientras Rogers no hiciera tanto ruido, no le molestaba en lo absoluto. Después se preguntó cómo les estaría yendo a aquellos dos en su día de compras.

Bien sabía que Pepper era una mujer bastante ocupada, y que sus trajes y ropa los solía comprar tan rápido como encontrar una cita en su libreta de notas. Ella era bastante singular para ser una mujer. No estaba acostumbrada a salir, tomarse el día. Ella vivía en el trabajo. Por otro lado estaba ese hombre rubio, anticuado. Esperaba que algo bueno pudiera salir de la combinación de ellos dos. Porque Rogers era bastante apuesto, lo admitía. Y tenía un cuerpo del que era mejor no discutir, porque era simplemente perfecto. Aquel rubio bien podría ser un modelo en la actualidad. Quizá… no, un playboy no. Ese era su puesto.

Giró sobre sus brazos, y su vista se enfocó nuevamente en los portarretratos que llevaban vacíos tanto tiempo, y que sin embargo, seguía conservando en el mismo sitio. Los miró durante largos minutos, alternando la vista entre uno y otro. No pudo soportarlo más, y cubrió su vista con su antebrazo. El solo hecho de ver aquellos objetos, le hacía sentirse frustrado. No tenía el valor de quitar esos portarretratos de su lugar. Del lugar donde tanto tiempo los había contemplado, con una sonrisa en el rostro. Sonrió de medio lado. Ya no era tan joven. Esos portarretratos estaban vacíos, pero no tanto como su propio corazón.

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Bajó las escaleras de manera algo presurosa, mientras acomodaba el reloj de oro sobre su muñeca izquierda. Iba un poco tarde a Industrias Stark y todo por quedarse dormido después de la ducha. Él no acostumbraba a dormir demasiado, pero la noche pasada no había dormido nada y el sueño le estaba pasando la factura. Bostezó por última vez. Entonces, mientras tomaba su cartera y las llaves de su lujoso auto fue que escuchó como la puerta se abría. No se molestó en mirar si quiera. Siguió guardando las cosas en los bolsos de su pantalón, mientras leía un par de documentos que debía firmar.

—Enserio Steve, te ves muy bien. —la voz de Pepper resonó como eco por toda la sala. Tony escuchó los pasos ir hacia donde estaba él, pero su concentración estaba metida entre esas letras impresas—. Tony, dile cómo se ve. —la voz de su secretaria mencionando su nombre, fue la única cosa que le hizo alzar la mirada. Y entonces ya no pudo respirar.

Frente a él estaba un hombre completamente diferente al que había visto salir esta mañana de la Torre Stark. Steve Rogers vestía pantalones ajustados, zapatos casuales, una playera básica de mangas cortas y una chaqueta de cuero. Aquello dejaba destilar una sensualidad natural del hombre, completamente distinto a como lo había visto la primera vez. Además su cabello rubio lucía un poco más rebelde y despeinado, sin contar con que estaba mucho más corto, pero sin rayar en lo exagerado. Agradecía aquello, pues acentuaba más sus ojos azules, que relucían con expectación. Su garganta estaba casi seca, mientras su mirada se paseaba por el cuerpo de aquel Adonis. Era imposible apartar la mirada. Carraspeó fingiendo algo de indiferencia cuando se dio cuenta de la mirada de su secretaria sobre él.

—¿Quién eres y qué le hiciste a Steve? —intentó bromear con su tono sarcástico, mientras una media sonrisa adornaba su rostro—. Te ves muy bien, Rogers. Pero no más que yo, obviamente. —le guiñó un ojo y con mucho trabajo volvió su vista a los papeles que tenía entre sus manos. Sentía el rostro un poco caliente, y las manos le temblaban levemente. Nadie lo había preparado para tal escena. Steve lo miró durante algunos segundos, antes de que sus mejillas se tiñeran de un leve color rosado. No sabía por qué quería que aquel hombre soberbio aprobara su cambio. El que obviamente él no había querido.

—Te lo dije. —Pepper le sonrió, mientras palmeaba con familiaridad el hombro del rubio. Él le regresó una pequeña sonrisa, mientras asentía—. Espero que no te moleste que hayamos comprado tanta ropa, Tony. —ella señaló las tantas bolsas de compras que había detrás, pero el castaño negó con un gesto, mientras se ponía de pie. Sin mirar al rubio, caminó hacia su secretaria y le dio los papeles que antes había estado leyendo. Ella le sonrió de una forma que Tony no quiso interpretar.

—Vámonos a Industrias Stark, señorita Potts. —entonces fue cuando miró a Steve, y le dirigió una pequeña sonrisa. De igual forma posó su mano en su hombro, apretando un poco la zona y sintiendo los músculos tensarse bajo su tacto. Se sintió tentado a pasar la mano más allá de ese simple agarre, pero se reprendió mentalmente por tales pensamientos. Ambos pares de ojos se cruzaron, y Tony se sintió abrumado por la intensidad de aquel cielo guardado en dos orbes brillantes—. Espero que te hayas divertido en el paseo. —fue lo único que atinó a decir, pues sentía su mente bloqueada. Steve le asintió con una pequeña sonrisa. Tony retiró la mano y caminó hasta la puerta.

—Nos vemos después, Steve. —la única mujer presente le sonrió de forma sincera, mientras le daba un pequeño beso en la mejilla—. Suerte con Tony. —le guiñó un ojo, y se perdió detrás de su jefe. Steve frunció el ceño con confusión al no entender muy bien aquellas palabras que contenían un doble significado. Además la mirada que ella le había dado.

—Potts, recuérdame subir tu salario por tan excelente trabajo. —fue lo último que Rogers escuchó antes de que las puertas del elevador se cerraran. Steve sonrió y sintió algo cálido inundar su pecho. Quizá el cambio no había sido tan malo después de todo.

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Loki se paseaba por la cocina de la cafetería, mientras observaba el trabajo de los meseros y cocineros. Aspiró y lo inundó el olor de café y menta. Sonrió con nostalgia. En toda su vida, jamás había pensado terminar de esta forma. Viviendo en un amplio departamento, con un trabajo estable y que le encantaba, y por supuesto, con el hombre que amaba a su lado. Su vida nunca había sido la mejor, pues siempre vivió tras la sombra de su hermano. Frunció el ceño al recordar todos esos sentimientos negativos que lo habían acompañado tantos años de su vida, y que lo habían orillado a tantas cosas de las que se arrepentía demasiado. De igual forma, el recuerdo de aquella cruda verdad que lo hizo abandonar su hogar y replantearse el sentido de su camino existencial.

Entonces, después de mucho tiempo, Thor había llegado de repente a su puerta, encontrándolo, cuando él más quería olvidar su antigua vida. Estaba lleno de resentimiento en ese entonces. Y aquel troglodita rubio no se había marchado de su lado hasta hacerle comprender muchísimas cosas. Se arrepentía de tantos errores que había cometido, pero que le llevaban a donde estaba en este momento. Había odiado a Thor tanto tiempo, que incluso le parecía lo más irónico del mundo que ahora fueran una pareja estable y feliz. Y que lo amara tanto… Maldita sea, se había vuelto muy cursi.

—Loki, ya vamos a cerrar. —uno de sus empleados se acercó a él con una sonrisa, mientras se quitaba su delantal con el nombre del local. El de ojos verdes le regresó la sonrisa, y le asintió con un gesto distraído. La cafetería cerraba temprano los Viernes, ya que cada quien tenía su vida privada fuera del trabajo. Se alegraba que el día se le pasara tan rápido. Aquel hombre se dio la vuelta, mientras volvía a meterse a la cocina. Mientras divagaba un poco, Loki apoyó su barbilla sobre la palma de su mano derecha, recargado en la barra de pedidos. Se puso a mirar a lo lejos, fuera del vidrio de la pared. La gente pasaba, cruzaba calles, los coches avanzaban, los niños reían. Se preguntó cómo sería su vida si no tuviera a Thor a su lado. Se preguntó cómo viviría en la actualidad, sin un poco de amor. Entonces vino a su mente una persona en específico.

Quizá no era el único en sentirse de aquel modo. Él había pasado por tantas cosas, y estaba seguro que la persona que flotaba en su mente se sentía de igual forma. Tenía que hacer algo, porque era su amigo, pero no encontraba una manera correcta de devolverlo al camino. Bueno, no es que él fuera un alma bondadosa, pero era su amigo de cualquier forma y tenía que ayudarlo. Su mente trabajó velozmente, uniendo algunas piezas, y luego sonrió de forma grande cuando tuvo una idea. No dudó en hacerla realidad, ¿por qué no? No es como si algo malo fuera a resultar de ello, algo dentro de él se lo decía. Además, estaba seguro que tarde o temprano se lo iban a agradecer.

Con energías renovadas, sacó su teléfono celular del bolsillo, y marcó un número que conocía de memoria de forma rápida. Esperó algunos segundos mientras la llamada se re-direccionaba, y después su gesto se volvió algo sombrío cuando escuchó a la otra persona del otro lado de la línea. Sus ojos verdes brillaron con expectación, mientras observaba cómo empezaba a oscurecer el cielo. Algo le decía que sería un Viernes interesante.

—Thor, espero que llegues temprano hoy a casa. Le daremos una pequeña sorpresa a Rogers y Stark. —

La noche apenas comenzaba.

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¿Les gustó? Ya sé que fue corto :'C pero me gustaría saber qué piensan. ¿Cuál creen que sea la sorpresa de Loki? 7u7... Bueno, lo veremos en el próximo capítulo, aunque no pondré una fecha, pero espero que sea muy pronto. Tengan una feliz semana :D (la autora ya no sabe en qué día vive)

Un beso.