¡Hola! ¡Sí, ya estoy aquí! No los he olvidado, ¡de verdad! Es sólo que el tiempo se me ha reducido y no he podido continuar mis fics, pero aún tengo las ideas en mi mente, sólo falta el escribirlas xD

Capítulo 26 ya, así que es hora de agilizar el asunto, quiero más romance, ¡ahora!

Me alegra saber que les gustara el capítulo anterior, espero seguir leyendo sus review y sigan conmigo hasta el final, soy feliz porque esta linda pareja tenga tantos seguidores, ¡nos leemos! ^^

~ Cindy Elric ~


Vigesimosexta Melodía: Estupidez

Kagome despertó por los primeros rayos del sol que entraron por la ventana, sentía que había dormido una eternidad pero sólo habían sido unas horas, se levantó lentamente aun sintiendo un poco de vértigo, no se creía capaz de mantenerse en pie por lo que se sentó en su cama, suspirando por haber logrado salir de ese laberinto y recordando la razón de aquello, después de todo Sesshoumaru la había ayudado, la había salvado de quedar atrapada para siempre… al pensar en el youkay hizo memoria recordando en donde terminaba su última conversación, miró a su alrededor, estaba en su habitación y ya no en ese espeso bosque, ahora que lo piensa está sentada en su cama, ¿cómo llegó hasta ahí? Era imposible que lo hiciera ella sola, el vértigo de esa noche fue horrible, estaba segura de haber perdido el conocimiento, entonces… ¿Cómo? O mejor dicho, ¿quién la ayudó?

–Acaso… ¿Sesshoumaru…?

Sí, con él estaba cuando se desmayó, sólo con él, así que él debería ser quien se dio la molestia de llevarla a su alcoba y la dejó en su cama para que descansara… se sonrojó por ese pensamiento, ese demonio hizo todo por ella, la salvó del laberinto, la ayudó a llegar a salvo a su habitación, debía agradecérselo como era debido, decirle lo agradecida que estaba… se levantó de golpe pero eso sólo logró aumentar el mareo y tuvo que sentarse nuevamente esperando que la habitación dejará de girar, cerró sus ojos, tocó su frente y pudo tranquilizarse, pero entonces sintió un golpe en su puerta, a duras penas y afirmándose de las paredes llegó hasta ella para ver quien tocaba.

–Señorita Kagome.

–Kasumi… –sintió decepción al ver a la youkay, esperaba que fuera Hikari o tal vez Sesshoumaru.

–Vengo a comunicarle que todas las doncellas deben presentarse en el salón principal.

–E-Esta bien… –ve como la mujer se volteaba–. Espera, tú… ¿podrías llevarme? No me siento muy bien y como sé que puedes tele-transportarte como Kazuya… –no sé sentía bien pidiendo ayuda a extraños, mucho menos a la youkay que siempre acompañaba a Irasue, pero no se creía capaz de llegar sola.

–Claro –le sonríe por simple cortesía, a ella no le importaban los problemas entre las doncellas o sus amos, simplemente cumplía órdenes y una de ellas era que todos estuvieran reunidos en el salón, tocó el hombro de la sacerdotisa desapareciendo en el instante y llevándola hasta el salón en donde la dejó en una de las sillas.

–Gracias –murmura para luego verla desaparecer.

–¡Kagome! –Grita la youkay de cabello de fuego al ver a la sacerdotisa, en verdad había querido ir a su habitación pero cuando se asomó la chica estaba profundamente dormida y no quiso molestarla.

–Hikari, que bueno verte –le sonríe sin levantarse de su asiento.

–¿Cómo estás? Pareces débil… –se preocupa al ver el desgano de la chica, eso no era normal en ella.

–Estoy un poco mareada porque no he comido nada, pero no te preocupes, una vez coma como es debido volveré a ser la misma –le guiña un ojo.

–Buenos días Kagome –se acerca a las chicas.

–Kazuya, que bueno verte –le sonríe y entonces nota la preocupación en su rostro–. ¿Qué ocurre?

–Finalmente pasó… –suspira bajando la mirada siendo imitado por la youkay a su lado.

–¿Qué pasó?

–Buenos días les deseo a todas las doncellas.

La voz de Irasue se escuchó en el salón llamando la atención de todos y obligándolos a hacer silencio.

–La última prueba del ritual se llevará a cabo al anochecer, así que las dos doncellas que han logrado llegar hasta el final pueden descansar durante el día. Kagura, Dama de Jade, tengo que decirles que ambas han logrado impresionarme, pero sólo una de ustedes será merecedora de casarse con mi hijo, me pregunto cuál será el desenlace de esto… –mira a las dos doncellas que estaban cada una sentada a su lado y luego sus ojos buscan a la sacerdotisa al final de la mesa–. Muchas se creyeron capaces de lograrlo pero finalmente quedó en evidencia su ineptitud –sonríe de lado.

Kazuya y Hikari fruncieron el ceño ante esas palabras, mientras que Kagome simplemente la ignoró, no le importaba lo que esa mujer pensara de ella, no era algo que pudiera interesarle.

–Hijo, ¿tienes algo que decirle a las doncellas que hoy se enfrentaran? –Voltea hacia el youkay que se había mantenido en silencio, sonriéndole entretenida.

Todas las miradas ahora se fijaron en el demonio y Kagome por primera vez levantó la vista interesada por escuchar.

–Ninguna de las doncellas que quedan merece el honor de llamarse mi prometida, nunca lo aceptaré, el que una gane o ambas mueran en el intento simplemente no me importa –se levanta–, ustedes jamás podrán ser mis esposas –sus ojos miraban furiosos a las dos doncellas y a su madre, no lo permitiría, nunca aceptaría algo tan absurdo como el desposarse por obligación.

–Sesshoumaru, hijo, tú bien sabes que esto es así –le sonríe amablemente sabiendo que eso sólo lo molestaría aún más–, conoces el precio que deberás pagar si te rehúsas a cumplir con el ritual.

–No tienes para que repetírmelo –le hace un desprecio–, pero no esperes que aliente a estas dos basuras, ninguna es capaz de cumplir mis expectativas.

–¿Y hay alguien que sí podría? –Cuestiona borrando su sonrisa, no le importaba la sorpresa o desconcierto de su alrededor, su atención estaba fija en el youkay que la miraba desafiándola.

–Quizás… –sonríe de lado–. Pero no te lo diré.

Sesshoumaru salió del salón, dejando a su madre furiosa y a los demás presentes totalmente confundidos, Kasumi obedeciendo órdenes sirvió el desayuno haciendo que el ambiente se relajara un poco.

–Kagome… ¿estás bien? –le pregunta a su amiga mientras la ve tomar su té.

–Sí Hikari, ya estoy en perfectas condiciones –alza su puño en el aire–. ¡Estoy llena de energía como siempre!

–Me alegro –sonríe pero luego baja la vista–. Al final… no pudiste ganar el ritual…

–Tú tampoco Hikari, eso es una pena, me hubiera gustado que lograras tu objetivo.

–No te preocupes por eso, mi objetivo tampoco era de vida o muerte, simplemente tendré que seguir cuidando a mi padre, no es algo que me desagrade, lo verdaderamente inquietante aquí eres tú… tus razones son más importantes…

–No digas tonterías –agita su mano de arriba hacia abajo–, al final pude sobrevivir, recuerda que ese era mi verdadero objetivo.

–Kagome, Kagome, por más que lo repitas no podrás engañarnos –niega Kazuya mientras se cruza de brazos–. No eres buena mintiendo, ¿sabes?

–Oh, discúlpame, había olvidado que aquí había un experto mentiroso –arquea una ceja–. ¿Y tú por qué no hablaste? ¿Te aburriste de tus estúpidos discursos sobre el ritual o qué?

–Fui relevado de mis obligaciones en el ritual –suspira pesadamente.

–¿Eh? ¿Y eso por qué?

–Hizo una estupidez –reclama la youkay mirando con desaprobación al chico– , le hizo un escándalo a la señora Irasue tratando de descalificar a Kagura por haber hecho trampa, era de esperarse que ella no le hiciera caso… –se acerca a Kagome susurrándole–. ¿Sabes? Kazuya le gritó en su cara que si no te dejaba participar él renunciaría a sus obligaciones y ella simplemente lo echó sin hacer caso de sus quejas.

–Kazuya eres un estúpido… –suspira repitiendo las palabras de su amiga y negando con su cabeza.

–¿Por qué me dices eso? ¿No ves que te estaba ayudando?

–Yo no necesito ayuda de nadie, perdí y nada se puede hacer, no tienen por qué preocuparse, son cosas que pasan –les sonríe a ambos.

Los youkay la miraron desconfiados, no creían sus palabras, no podía ser que la sacerdotisa hubiera aceptado la derrota tan rápida y fácilmente.

–Pero Kagome…

–Regresaré a mi habitación –interrumpe a su amiga–, quiero dormir un poco más.

–Si quieres te llevo –propone ofreciéndole su mano.

–No Kazuya, estoy bien, además mi alcoba no está muy lejos.

–Pero… ¿puedes caminar?

–Sí Hikari, ya dejen de preocuparse por mí, disfruten del desayuno, nos vemos más tarde –les sonríe y empieza a caminar.

Una vez lo bastante lejos del salón y sintiendo que nadie la había seguido se detuvo sosteniéndose de la pared, seguía mareada, sentía las piernas débiles pero no quería preocupar a sus amigos, ellos ya tenían suficientes cosas en que pensar, no podía permitirse ser un nuevo problema en sus vidas.

Caminó lentamente, afirmándose de la pared a su lado, deteniéndose en ocasiones cuando el vértigo era demasiado, no era sólo hambre el que la tenía en ese estado, aún estaba agotada, cansada… quería acostarse, pero no ahí, en su cama, quería estar en su casa, que su madre la cuidara como cuando era pequeña… cuanto la extrañaba.

–¿Qué haces?

Ante esa voz la sacerdotisa levantó la vista para encontrarse con quien desde hace segundos la observaba en silencio, no había sentido su presencia, no se había dado cuenta de que estaba tan cerca.

–Sesshoumaru, hola –sonríe.

–¿Qué haces? –repite su pregunta ignorada.

–Voy a mi habitación –responde avanzando cinco pasos más para luego detenerse otra vez, necesitaba recuperar sus fuerzas–, pero creo que me demoraré un poco –agrega riendo sin diversión, preguntándose qué tan patética se veía en ese momento–. ¿Tú qué haces?

–Nada –frunce el ceño ante la debilidad de esa mujer, aun no podía mantenerse en pie, no podía caminar con normalidad ¿hasta dónde podía llegar la inutilidad de los humanos?

–Buen discurso, de verdad le diste ánimos a las doncellas con tus palabras –sus piernas perdieron fuerzas pero no quiso demostrarlo así que se sentó en el suelo apoyando su espalda en la pared, sonriendo al recordar el desconcierto en el rostro de Kagura y de la Dama de Jade.

–No mentí, no tengo interés en ninguna de ellas –responde mirándola ahora en el suelo.

–Pero aun así una de ellas será tu esposa… me pregunto quién será mejor, quizás Kagura sea la indicada para estar a tu lado –abraza sus rodillas al decir eso último.

–¿Eso piensas?

–Sí, ella es una youkay poderosa, no es cruel como la Dama de Jade además de que es hermosa… podrías llegar a ser feliz a su lado si le das la oportunidad… –sonríe soñadoramente, imaginando el matrimonio, lo divertido de ver al youkay en el altar.

–Tal vez tengas razón… –suspira mirando por la ventana a su lado, poniendo atención en el paisaje exterior, las palabras de esa mujer en verdad no le interesaban, sus argumentos eran vacíos, sin importancia real para él, un youkay de su altura no podría detenerse sólo en lo bueno o malo de las doncellas, o por su belleza, esas cosas eran simplemente inútiles, el poder lo era todo y sabía que en ese aspecto la que ganaba era la Dama de Jade, pero tampoco podía aceptarla a ella, nunca lo haría.

–Si ha de ganar una me gustaría que Kagura fuera tu esposa –sabía que el youkay estaba ignorándola, que en verdad él no creía que ella tuviera razón, pero en verdad lo creía, si de verdad su futuro sería decidido entre esas dos mujeres la mejor opción siempre sería Kagura.

–¿De verdad? –pregunta enfocando ahora su mirada en la cabeza aun gacha, cuestionándose ese repentino apoyo, no sabía desde cuando la sacerdotisa quería que esa youkay ganara, no entendía porque lo decía.

–Sí, Kagura sería una esposa perfecta para ti –levanta su rostro sonriéndole, de verdad quería creerlo.

El youkay frunció el ceño ante esa sonrisa y esas palabras, así que tomó la muñeca de la sacerdotisa y la jaló, casi arrastrándola, obligándola a caminar aunque no tuviera fuerzas, no le importó las incesantes quejas o el que intentara librarse de su agarre, sólo se concentró en llegar lo más rápido posible hasta su habitación.

Cerró la puerta de un golpe mientras soltaba la mano cautiva, haciéndola caer sentada al suelo agotada por la velocidad del caminar y por el vértigo que sintió al no tener nada de que afirmarse.

–¡¿Qué crees que haces?! –Pregunta tocándose la cabeza, mientras pedía que la habitación dejara de girar.

–¿De verdad lo piensas? –cuestiona no haciendo caso del quejido.

–¿Qué cosa? –suspira aliviada cuando siente que el mare disminuye.

–¿Quieres que esa mujer sea mi esposa? –Exige mirándola seriamente, sin dejarle ver su verdadero enfado, el no entenderla lo molestaba pero el no poder predecir sus acciones o pensamientos era un más frustrante para él.

–¿De qué hablas Sesshoumaru?

–Dime, ¿te gustaría que me casara con una de esas doncellas?

Ojos dorados se enfrentaron con los marrones, examinándose entre sí, tratando de descubrir la respuesta a esa casi absurda pregunta, Kagome no lo entendía, Sesshoumaru a ella tampoco, ninguno comprendía a cabalidad lo que había iniciado ese extraño interrogatorio.

–Yo no tengo derecho a decidir con quién quieres casarte, nadie puede imponértelo.

–Pero has dicho que quieres que esa mujer gane.

–Si me das a escoger entre ella y la Dama de Jade, creo que Kagura es la mejor opción, quizás puedas ser feliz a su lado.

–La felicidad no tiene nada que ver, esto nunca se ha tratado de con quien sea o no feliz.

–Pero entonces… ¿por qué otra razón podrías casarte con alguien?

–Por poder, sólo eso me ata a esta estúpida tradición.

–El matrimonio es para toda la vida, ¿estás dispuesto a atarte a alguien por todo ese tiempo?

–Eso no es así, mi padre se casó con mi madre pero perfectamente tuvo un hijo con una humana, el matrimonio es algo innecesario, una simple formalidad, una idea fija en la cabeza de mi madre quien es la más interesada.

–Sesshoumaru… aunque digas eso, aunque en verdad no creas en esa unión si te casas con una de esas doncellas estarás atado a ella para siempre y ustedes… –cierra sus ojos buscando las palabras adecuadas–. Tendrás hijos con ella…

El silencio ocupó toda la habitación, es última afirmación era real, si se casaba esa era una clara posibilidad y si él tenía un hijo eso significaría que debía estar de forma íntima con… no, esa idea era simplemente repugnante para el demonio, nunca tocaría a una de esas mujeres, nunca accedería a aquello… primero muerto antes de eso.

–No digas tonterías –le hace un desprecio.

–En verdad son tonterías, ¿no? –sonríe por el enfado contrario, hasta ella dudó de que él aceptara sus palabras, no, el príncipe nunca podría rebajarse al nivel de una mujer y siquiera tocarla, él nunca haría cosas tan burdas como abrazar o besar a alguien–. Es imposible…

–¿Qué es imposible?

–Que el gran príncipe Sesshoumaru se enamore, que el youkay más poderoso del mundo pueda rebajarse y besar a alguien… quizás sólo yo sea la afortunada de aquel milagro.

El youkay la miró sorprendido, ¿es que acaso había sido descubierto? No, ella estaba inconsciente, no podría recordar ese momento de debilidad.

–¿De qué hablas? –pregunta ocultando su verdadera curiosidad.

–¿Acaso no recuerdas? Tú besaste mi mano hace días… –responde sonrojándose levemente.

–Eso… cierto… –suspira casi imperceptiblemente al no ser descubierto.

–¿Qué pasa? ¿Creías que hablaba de algo más?

–No.

–Mientes, de verdad crees que hablaba de otra cosa –estando ya recuperada del vértigo se levanta y busca los ojos del youkay–. Dime Sesshoumaru, ¿qué es lo que ocultas?

–Nada –debía la mirada evitando los ojos contrarios porque no quiere verla, no quiere que su secreto sea descubierto.

–Sé que escondes algo, admítelo –se acerca a él, obligándolo a mirarla, buscando en el dorado eso que no quería aceptar, sabía que ocultaba algo… ella misma pensó que podría ser, quizás y tenía relación con lo que pasó anoche, cuando estaban en el bosque, cuando se desmayó–. Sesshoumaru, tú… ¿tú me trajiste a mi habitación anoche?

El youkay notó que la sacerdotisa trataba de recordar lo sucedido, después de todo lo había olvidado, eso lo tranquilizó, no podría descubrirlo aunque quisiera.

–Me desmayé en el bosque pero cuando desperté estaba en mi habitación, ¿tú me ayudaste no es así?

–Eso qué importa –no podía negarlo pero tampoco le daría la importancia que no tenía.

–Gracias Sesshoumaru, en verdad… por salvarme del laberinto, por ayudarme cuando perdí el conocimiento –le sonríe–, no tenías por qué hacerlo pero aun así lo hiciste, muchas gracias.

–No digas tonterías –un nuevo desprecio pero ahora cerró sus ojos, esas palabras le habían gustado más de lo que deberían.

–No son tonterías –se aleja sentándose en su cama–, que tú te preocuparas por alguien como yo es simplemente increíble.

–¿Alguien como tú? –Volvió a abrir sus ojos para mirarla, sabía por su presencia que ya no estaba tan cerca así que ya no corría peligro de que pudiera descubrir algo en él.

–Una desagradable humana, tan débil, tan inútil, alguien… como muy bien tú dirías, patética –sonríe por sus propias palabras, su orgullo al parecer aún estaba desconectado ya que pudo insultarse a sí misma sin enfadarse, no era enojo lo que causaban, era dolor, le dolía saber que el demonio viera en ella todo eso, por ello quería ganar ese estúpido ritual, para demostrarle que los humanos no son todo lo que él cree, que son fuertes, valientes, que valen tanto como un youkay.

–Pero… una humana patética llegó a ser tercera en este ritual, alguien débil e inútil venció a doce doncellas sin problemas, quizás ya no pueda usar esas palabras para describirte –sonrió de lado ante la sorpresa de la chica, eso no era propio de él, lo sabía, pero también se daba cuenta de que no mentía–. Humana molesta, bulliciosa, complicada y estúpida sí, esas sí son palabras correctas.

–Maldito demonio –le hace un desprecio y se cruza de brazos–, tú serás estúpido.

–Tal vez eso también sea verdad.

Kagome volteó a verlo para preguntar el significado de eso último, esperando encontrarlo en la puerta pero descubriendo que estaba aún más cerca, frente a ella, arrodillado junto a la cama y la miraba con una expresión de completa seriedad.

–¿Sesshoumaru…?

–Soy un estúpido –admite frunciendo su ceño sin apartar la vista de la mujer.

–Se-Sesshoumaru… ¿de qué hablas? –no podía seguir la conversación, no entendía lo que decía.

–Y todo es tu culpa.

–¿Mi culpa?

–Sí.

–¿Y yo que hice?

–Me contagiaste tu estupidez

–¿Disculpa? –Arruga su nariz ofendida–. ¿Cómo que mi estupidez? Además, ¿por qué te llamas a ti mismo estúpido?

–Porque sólo un estúpido haría esto…

Kagome no pudo reaccionar, quiso gritar, insultarlo, quizás golpearlo pero no pudo, su boca fue tomada sin permiso, el youkay simplemente la había besado sin siquiera darle tiempo para resistirse, tan rápido y tan brusco como todo lo que hacía… las dos mentes fueron desconectadas por segundos, sin saber razones y ni siquiera interesados en buscarlas, sólo memorizando ese nuevo sabor, ahogándose en el otro.

Tras segundos el primero en apartarse fue el youkay dejando a la sacerdotisa en un momentáneo estupor hasta que al reaccionar cubrió su boca ahogando un grito-

–Demonio estúpido… –gruñó entre dientes, tenía el ceño fruncido y los ojos furiosos, ella no quería eso, no lo había pedido, ¡nunca en toda su vida lo hubiera deseado!

–Humana estúpida –gruñe también levantándose y dándole la espalda, limpiando con el dorso de su mano sus labios, ese beso ya no sería secreto y se odió por ello, no tenía por qué hacerlo, pensándolo bien… ¿por qué lo había hecho?

Se miraron de reojo, ambos limpiando la evidencia de lo recién hecho, tratando de tranquilizar sus emociones ya que ambos querían acabar con la vida del otro, uno por mantener aquello en secreto y la otra por el enfado que sentía.

Continuará…