¡Holaaaa!

Oh, Dios mío, tanto tiempo. Lamento hacerles esperar tanto, pero la Universidad no me deja descansar mucho, y menos ahora que regresa la época de exámenes Dx

De verdad, no sé cómo agradecerles todo este apoyo, toda esta aceptación. Me siento muy, muy feliz. El capítulo era muy corto, pero decidí ponerle más cosas y releerlo porque no se me podía pasar nada, y entonces tardé otra semana en hacer y deshacer para que me gustara. Finalmente este es el resultado, y bueno, estoy segura que al final tendrán sentimientos encontrados.

¡Penúltimo capítulo!

Tengo una noticia para ustedes, pero les dejaré leer y nos veremos en las notas finales.

PD: Éste es un capítulo muy largo, y fue difícil de escribir :3 que lo disfruten.

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Capítulo 33.- Frías y espesas paredes.

Le pidió a Jarvis que le dejara solo el resto de la tarde. Y el resto del mes, y quizá del año si era posible.

No recibió ninguna llamada ni de la empresa ni personal, realmente no tenía cabeza para pensar en nada.

Caminó lentamente por todos los pasillos de su lujoso piso que en ese momento se antojaba más vacío que nunca. ¿A qué le había llamado hogar todo este tiempo? Si las paredes se sentían frías sin la presencia de Steve. Y eso que llevaba apenas unas cuantas horas de haberse marchado. ¿A qué grado realmente había llegado ese hombre a modificar su vida diaria? Todo se veía como antes, sí, pero no se sentía de la misma forma. La soledad de repente se cernía sobre él con una capa aterradora.

Quiso tirar todo, aventar muebles, romper cosas. Tenía furia, desesperación, estaba frustrado… pero también enojado consigo mismo. ¿Cómo había sido tan estúpido como para enamorarse? Él había puesto las reglas del juego, y luego cayó como la propia víctima de su jugarreta de niño malcriado. Ésta vez perdió todo, arriesgó lo que tenía, y se quedó sin nada al final. Quizá la suerte favorecía solamente a los chicos buenos.

Entró a la habitación que antes fuera de Steve, recorriéndola lentamente como si aquel ambiente no pesara sobre sus hombros con cada paso, como si ver su ropa aún colgada en el perchero y doblada en los muebles no le doliera, como si él fuese a volver con una sonrisa inocente, de las suyas, diciéndole que todo había sido una broma. Vaya estúpido que era.

Sus manos tocaron cada centímetro de aquella habitación, su mirada viajó de esquina a esquina, y entonces lo encontró. El cuaderno de dibujos de Steve estaba medio metido en uno de los tantos cajones del ropero. Sin estar escondido pero tampoco a la vista. Como si a última hora hubiese decidido que era mejor dejarlo ahí. Se acercó aún dudado sobre lo que encontraría entre esas hojas, pero finalmente el vacío en su pecho lo orilló a abrirlo aunque pudiese encontrarse con rostros que no quería ver. Se sentó en el piso como si tuviera todo el tiempo del mundo y comenzó a pasar hoja tras hoja, dándose cuenta que poco a poco cambiaba el lugar, el paisaje, los rostros…

Sus manos temblaron indecisas y con cierto resquicio de temor cuando encontró su propio rostro dibujado en sombras tenues. Repasó con las yemas de sus dedos el carboncillo plasmado en la suave hoja de papel, como si no se creyera que aquella había sido la vez que se resfrió y Steve cuidó de él. Hacía tanto tiempo que apenas y recordaba eso. Y luego más y más dibujos de él en diferentes escenarios, con ángulos distintos. Uno tras otro se escurrieron de sus manos como agua, con el tiempo pesando sobre sus hombros, con el dolor surcando sus facciones. Con el quizá bailando sobre sus labios aún con las palabras entremetidas en las sábanas. Esas que acomodó debajo de sus almohadas y ahí se quedaron para no ser escuchadas.

Y mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, y su vista se tornaba borrosa, terminó de ver los dibujos que nunca tuvo que ver.

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Cuando atravesó la puerta de la que tanto tiempo fue su casa, algo dentro de él emergió como la fuerza de un empuje inexistente. Quizá la añoranza de verlos de nuevo, quizá los recuerdos. Quizá lo que dejó atrás.

Sintió dos pares de brazos apretarlo con fuerzas, palabras dichas, lágrimas, susurros y manos tocándole la cara con cariño y vehemencia. Sus tíos tardaron más tiempo del debido en soltarlo, pues no podían creer lo que ante ellos veían. Lo abrazaron, lloraron juntos, le impidieron marcharse a un lugar fuera de su vista.

—Ha pasado tanto tiempo, y nosotros p-pensamos que— su tía silenció sus palabras, llevándose las manos a los ojos y tratando de ocultar las lágrimas copiosas que inundaban sus cálidas mejillas. Un mes entero sin saber nada de su sobrino, buscándolo por todas partes y pensando lo peor. Como si un abismo se lo hubiera tragado. Desde la noche de la fiesta nadie había vuelto a saber de él jamás, ni en el cuartel, ni con sus contados amigos y soldados. Steve simplemente desapareció un día sin dejar rastro.

—Ahora estoy aquí. —les dijo como un consuelo, tratando de convencerse más a él mismo que a su propia familia. Llevaba ropa cómoda, la más sencilla que encontró en el guardarropa de la Torre Stark, porque sería peligroso portar ropa del futuro que pudiese alterar algo. Era mejor prevenir. Además estaba la cuestión de la melancolía. No quería llevar nada que pudiera recordarle que Tony estaba muchos años de distancia ahora. Y peor aún: que no volvería a verle jamás.

Sintió una vez más besos sobre sus mejillas, abrazos y lágrimas. Y mientras se aferraba a sus tíos, deseó que Tony estuviera ahí en lugar de ellos.

Pero era imposible volver.

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Estaba terminando de ducharse cuando su celular sonó. Descalza, con una toalla enredada en el cuerpo y las gotas de agua aún escurriendo de su cabello amarrado, contestó.

Pepper, soy Bruce. —el nombre, y el tono de voz hicieron que el corazón de la rubia saltara, pero no con alegría, sino más bien con una sensación que no quiso definir—. Lamento ser yo el portador de la noticia, pero ha sucedido lo inevitable. Steve se ha ido a casa hoy por la mañana, sin avisar. Y bueno, supongo que Tony debe necesitarte en este momento. —hablaba en un tono neutro, pero notablemente afectado por la noticia—. Eres quien más lo conoce, así que… quisiera estar yo también ahí, pero pienso que dos somos mucha gente, y él… bueno… —

—Descuida, Bruce. Sé lo que estás pensando. Cuidaré de Tony por todos ustedes, y gracias por el aviso. —se mordió el labio inferior, con la decepción marcada en sus facciones porque esto era estúpido. Porque las cosas no deberían ser así, no. Ellos deberían estar juntos, Steve tendría que estar en la Torre, viviendo con Tony. ¡Pero no! Ellos todo lo tenían que arruinar guardándose sus sentimientos. Aunque algo en su interior lo comprendía. Sabía lo difícil que era poder abrirte a alguien y exponer tu corazón a salir lastimado.

Le avisaré a los demás, entonces. Nos vemos, Pepper. —y cortó la llamada, indeciso. Como si esperara que ella dijera algo más, ¿pero qué podía decir?

Así que se alistó, y en menos de media hora—un récord total para el tiempo promedio en que ella tardaba en arreglarse—estaba saliendo ya en su flamante auto rumbo a la Torre en el centro de la inmensa ciudad de Nueva York.

Enfundada en unos pantalones de mezclilla, con una camisa blanca y un chongo a medio hacer, subió por el elevador algo presurosa. Solamente se alcanzó a pintar los labios, pues su amigo era más importante que el maquillaje y la presentación. Así como era Tony, quién sabe qué estaría haciendo. Esperó algo impaciente, debatiéndose todavía entre si hablarle al millonario o llegar de sorpresa, pero optó por la segunda. Así que cuando las puertas se abrieron dándole paso al Pent House, fue recibida por Jarvis.

—¿Dónde está Tony? —cuestionó. Le dio un breve beso en la mejilla al mayordomo y se introdujo en la casa como si fuera la dueña. Aunque, de hecho, parecía serlo la mayor parte del tiempo antes de que llegara Steve. Jarvis le indicó el piso de arriba con una señal de la mano. Pepper lo miró con una ceja alzada y deteniéndose un momento para observarlo bien—. ¿Te sientes bien, Jarvis? Te ves algo… cansado. —se acercó dos pasos al mencionado.

—He amanecido con un poco de dolor en el pecho, señorita Virginia, pero nada más. Quizá fue por la fiesta, no estoy acostumbrado. Pero estoy perfectamente bien para hacer mis labores. —respondió formulando una sonrisa cortés que distó mucho de alcanzar realmente sus ojos y su estado de ánimo. La rubia no pareció convencida, por lo que ladeó el rostro. Lo veía algo ojeroso y pálido, como enfermo. Decidió no añadir nada más, pero se apuntó una nota mental de que cuando tuviera un rato libre le hablaría al médico por seguridad.

—Intentaré creerte. —respondió finalmente aún no tan convencida—. Ve a dormir unas horas, Jav. Yo me encargaré de Tony por el resto del día. —le puso una mano en el hombro y apretó con familiaridad. Él le sonrió algo agradecido y se dio la vuelta para bajar a su piso y descansar un buen rato.

Pepper subió las escaleras con pasos lentos pero sin detenerse. Esperaba casi cualquier cosa, quizá un borracho Tony tirando todo o nadando en alcohol. Quizá otra opción era ver todo destruido y a él maldiciendo. O quizá, entre sus opciones más ilógicas, verlo como si nada hubiese pasado. No esperó—realmente no lo hizo—encontrarse con un hombre sentado a mitad de una habitación vacía, con papeles distribuidos a su alrededor y el rostro sereno pero el corazón roto. Se quedó parada en la puerta, como pidiendo permiso para introducirse en la intimidad en que se había convertido aquello.

—¿Sabes qué es lo gracioso de todo? Que ese hombre revolvió mi corazón cuando lo único que tenía que revolver eran mis sábanas. —comentó sin verla con una sonrisa insolente, que, cargada de sentimientos encontrados, surcó su rostro. Entonces ella entró porque esa era la frase que le decía "te necesito". Se sentó a su lado sin decir ninguna palabra y dejó que el millonario le mostrara cada uno de los dibujos que había encontrado en la libreta. Todos hechos por Steve y la mayoría de él. Eso le sorprendió a la vez que enterneció. No necesitó verlo para saber que tenía algún par de lágrimas secas en las mejillas. Un nudo se le atoró en la garganta.

—¿Cómo es que si amas algo lo dejas ir? —cuestionó con un hilo de voz y el corazón en un puño. Era estúpido, ¿cierto?, ¿qué clase de persona se sienta a ver al ser amado marcharse? Trató de espabilar los sentimientos que se le arremolinaban en el corazón, porque era en este momento cuando tenía que ser fuerte para su amigo. No podía ponerse a llorar con él y lamentar sus malas decisiones.

—Tenía que irse. —ni siquiera la miró cuando respondió. Tony siguió absorto en los dibujos, como si los encontrara cada vez más fascinantes—. Tiene un futuro planeado con ella y ahora puede retomarlo. Yo solo fui algo inesperado que se le cruzó en el camino y no fue capaz de esquivar. — se tapó el rostro con las manos para evitar que algo parecido a la debilidad lo atacara. Entonces escuchó que Pepper se ponía de pie y salía de la habitación. Sí, seguramente la había aburrido con sus tonterías.

Pero entonces Virginia regresó con dos botellas de alcohol, una en cada mano. Una sonrisa cubría su rostro con media mueca, y él devolvió el gesto hasta que ella se acercó y le pasó una. Las abrieron y bebieron directamente de la botella, sin pararse a pensar siquiera. Era quizá lo que ambos necesitaban en ese momento.

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¿Hacía cuánto tiempo que no visitaba a su amigo?

Con un ramo grande de flores blancas, Steve caminaba por entre las lápidas del cementerio, en busca de una inscripción en especial y que conocía de sobra.

Se sentó sobre el mármol cuando la encontró, y se dispuso a limpiar con calma el lugar que parecía un poco abandonado. Haberlo dejado por un mes entero fue mucho tiempo, pues las últimas flores que le había llevado estaban ya marchitas y sin gracia alguna. Así que acomodó las nuevas y contempló el paisaje hermoso que se vislumbraba desde el alto del pequeño monte.

—¿Cómo estás, Buck? —preguntó al aire, como si alguien fuese a responderle. Por supuesto, el silencio y el levísimo sonido del viento fueron los que llenaron el espacio, para su decepción común—. No quise ausentarme por tanto tiempo, pero… hay una historia muy larga de por medio y tardaré mucho en contarla. Probablemente pueda aburrirte, así que… —se rascó la nuca indeciso, debatiéndose entre si contar su secreto o no. Finalmente volvió a hablar—. En resumen, conocí a un hombre. Y me enamoré de él. —se encogió de hombros como si no fuera ninguna novedad—. Supongo que suena loco que ahora esté aquí, pero así son las cosas y todo termina. ¿Sabes? Es curioso lo de regresar a casa. Se ve igual, huele igual, la sientes igual. Simplemente te das cuenta que lo que cambió fuiste tú. —se frotó la cara con ambas manos y negó—. ¿Es estúpido que haya renunciado a enamorar a alguien? —el viento movió ligeramente algunas hojas caídas de los frondosos árboles.

Y mientras la tarde pasaba lenta a su alrededor, tomó su carboncillo y sus hojas viejas y comenzó a plasmar en él, el rostro de Tony. Porque su mala costumbre era, y sería siempre, dibujarlo. Quizá así lo sentiría más cerca, quizá de esta forma la soledad no fuera tan agobiante y la distancia tan entrometida. Cerró los ojos e imaginó que Stark era feliz con alguien más.

—Espero que Tony encuentre a alguien que lo quiera. —soltó las palabras al viento, con un nudo atorado en la garganta, enorme y vacío, como un caparazón que no guarda nada—. Alguien que lo quiera más que yo.

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Cuando Loki recibió la llamada, pensó de inmediato en cancelar el vuelo, desempacar sus cosas y acudir en apoyo a su, quizá, mejor amigo. Bruce le informó que Pepper estaba haciendo cargo ya, y que sinceramente, no sería buena idea que mucha gente estuviera rondando a su alrededor. Tony era un hombre que se guardaba muchas cosas, entre ellas la debilidad, y si mucha gente lo abordaba al mismo tiempo, podría sentirse acorralado y atacado. Lo mejor era dejar pasar algún pequeño tiempo.

Thor estuvo de acuerdo con Bruce, pero aún así lo dejó decidir entre quedarse, o partir esa misma tarde-noche rumbo a Asgard. Sí, era momento de poner las cartas bien claras sobre la mesa con sus padres.

Y no. Este no era un buen momento pero aún así Loki aceptó el viaje. Los progresos que la gente hace los debe hacer sola, de lo contrario se cae en un círculo vicioso. Así que decidió que era buena idea que Tony se desplomara unos cuantos días, que estuviera solo y dedicara su tiempo a pensar. Ya tendrían tiempo para hablar en privado.

Le dio las gracias al Doctor y colgó. Y mientras su maleta pasaba por la verificación en paquetería, dudó totalmente sobre si era buena idea dejar en este momento Nueva York. Aunque quizá mu dentro suyo hubiera otra especia de barrera más asociada al miedo de ver a sus padres de nuevo, de volver a la tierra que lo vio crecer y que lo desterró también. Quizá encontrar viejos conocidos y rostros antiguos.

Así que, subiendo al avión y estando ya instalados, lo primero que le solicitó a la azafata fue un vaso de whisky. Puso el pretexto de sentirse mareado y cerró los ojos fingiendo dormir hasta que vio cómo el rubio de barba era vencido por el cansancio.

Tal vez mintió un poco cuando le aseguró a Thor que estaba preparado para volver a Asgard.

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Quizá quien peor tomó la noticia de la partida definitiva de Steve, fue Natasha.

Ella y Clint estaban haciendo las maletas para su nueva misión en Escocia cuando Bruce les llamó. La noche ya estaba cayendo sobre la ciudad, pero las luces encendidas mostraban lo que los extranjeros tanto admiraban de la ciudad: su activa vida nocturna. A ellos les gustaba la noche, camuflajearse como gatos.

—¿Y por qué no me aviso? —fue una de sus tantas preguntas, mientras que con ojos asesinos miraba la blusa azul que iba a guardar en su maleta. De verdad que no podía creer el grado de tontería que esos dos tenían en común. ¿No confesarse sus sentimientos? Dios mío, eran ciegos y torpes. Porque cualquiera podía notar la atracción fuerte, la tensión sexual, el deseo mutuo que se respiraba. Sólo ellos parecían no ver el brillo característico en el otro, las miradas peculiares—. ¿No intentaste detenerlo, Doc? —trató de encontrar una razón lógica.

—Le pedí solamente que pensara lo que estaba haciendo. Pero él ya estaba completamente decidido a volver con los suyos y nada pude hacer. —suspiró al otro lado de la línea, claramente fatigado por el intenso día—. Se veía… claramente no quería irse, pero no sé qué haya pasado con Tony para que decidiera irse sin decirle nada. Me confesó que no le gustan las despedidas y que era mejor así. —

—Ya veo. —torció la boca. Le dolía mucho todo aquello. Por una parte, porque esos dos no estarían juntos como había previsto, y por otro lado, ¿no la había llamado amiga?, ¿por qué no se despidió si claramente no pensaba volver? Estaba enfadada con ese rubio. Respiró profundamente e intercambió otro par de frases con Banner antes de colgar la llamada.

Se giró hacia Clint, que esperaba paciente desde el marco de la puerta. Él se adelantó a hablar por ella: —. Sabías que esto pasaría. —le susurró, tratando de consolarla.

—Tenía la esperanza de que decidieran hacer frente a sus sentimientos. Pero son idiotas, por supuesto.

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Estaban viéndose seguramente como unos idiotas, Pepper lo sabía. Pero el alcohol hacía que le diera gracias hasta la más mínima cosa, y que hubiera perdido la vergüenza y los modales que tanto la caracterizaban.

Tumbada en la alfombra del cuarto vacío, bebía directamente de la botella sin importarle que el mundo le diera vueltas alrededor. Soltaba risitas de vez en cuando, observando los intentos fallidos de Tony por abrir la ventana sin mucho éxito y con claros problemas de puntería.

—Ahí nooo… —le negó, sintiendo la boca pastosa y la lengua adormecida. Estaba arrastrando las palabras, y sabía que su estado no era el mejor, y que su idea de hacer a Tony olvidar un poco el mal rato de esta forma, no había sido la más brillante que se le ocurriera últimamente. Pero todo lo que podía hacer por el momento era permanecer sentada viendo sus fracasos por ventilar más la habitación.

—Shhhhh… —se puso un dedo en la boca, callándola. Tenía el ceño fruncido, pero luego empezó a reír y desistió de sus vagos intentos. Así que volvió a tumbarse al lado de ella, pero se lo pensó mejor y recargó su cabeza en las esbeltas y bien formadas piernas de su amiga. Todo le daba vueltas, pero si miraba al techo se sentía más estable. La rubia comenzó a pasar delicadamente sus dedos por entre sus mechones de forma cariñosa, casi confortante—. Steve lo hacía. Pasaba sus malditos dedos por mi cabello, y me dijo que era un gato, ¿puedes creer eso? —pero no quería una respuesta a su pregunta y Potts lo supo. Así que en silencio, siguió meciendo suavemente sus mechones—. Pepper, ¿sabes cuál es el único modo de pedir cuánto quieres a una persona? —su lengua se sentía pesada en su boca, pero trató de articular cada palabra de la forma correcta.

—No. —recargó su cabeza en el suave colchón de la cama, apoyando la espalda en la base de madera del mismo. Decidió que el techo era interesante cuando todo a su alrededor giró más rápido. No estaba tan tomada, pero no lo bastante sobria como para ponerse de pie. Su mano descansó entre los mechones color chocolate, esperando una respuesta que tardó en llegar más de lo que pensó.

—Perdiéndola. ¿Y sabes qué es lo más jodido de las despedidas? —ella negó con la cabeza y cerró los ojos. No supo si Tony la vio o no, pero se sentía débil y estúpida para hablar—. Que ocurren en el momento más inesperado. Un día dices adiós y no te das cuenta de que es el último. —ella escuchó un sonido raro provenir de su amigo, pero prefirió no abrir los ojos y fingió que no escuchó sorber su nariz. Vio disimuladamente cómo se retiraba algo de los ojos.

—Como Romeo y Julieta. —atinó a decir torpemente. Tony rió por lo bajo con ironía y luego se incorporó hasta quedar sentado a su lado, e imitando su posición, recargó su inteligente cabeza en el borde del colchón de la cama que antes fuera de Steve.

—Olvida la historia de Romeo y Julieta. Decir adiós es una mierda, punto final. —dedujo, viendo a través del ventanal que no pudo abrir, cómo la noche se cernía sobre los edificios.

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Cuando el avión aterrizó y ellos bajaron del avión, las piernas de Loki parecieron flaquear. Sintió de repente que un peso se deslizaba desde su garganta hasta su estómago, como si estuviera tragando piedras. Quizá lo estaba.

A su lado, Thor se estiró con una sonrisa, porque él siempre amaba volver al pasado. Su casa era Asgard, su vida, su ambiente. Respirar su aire era fundamental, y teniendo en cuenta que hacía años que no pisaba sus tierras, volver había sido como un regalo de navidad. Para Loki no tanto, porque esas tierras no solo le traían buenos recuerdos, sino los más amargos también.

Fingió que todo estaba bien y aceptó el beso que el rubio le dio en la frente, echándose su pequeña bolsita al hombro y jalando su maleta de carrito. Caminaron entre la gente y salieron por fin a la carretera, que se alzaba imponente en tierras Europeas. Se sintió un extraño, porque en todos esos años era imposible que todo siguiera igual. Así que se admiró de cada cosa nueva que vio. Tomaron un taxi y se pusieron rumbo al pueblo de Asgard.

Fingió dormirse durante el camino, a pesar de que había dormido demasiado bien durante el viaje en avión, pero se sentía agotado emocionalmente incluso antes de empezar. El sol se alzaba entre las montañas, anunciando el atardecer, el fin de un día que les depararía un destino incierto a todos. Si no estaba tan mal en los horarios en Nueva York sería un poco más de medio día. Pensó en Tony, y sintió una punzada de culpabilidad porque habría querido estar ahí para él. Pero confió en Pepper y Bruce para que no lo dejaran caer.

El tiempo en el taxi se le pasó como agua en río, y cuando se dio cuenta, entraron en la finca personal de su antigua casa. Thor le dio una generosa cantidad de dinero al taxista y después bajaron juntos las maletas. Desde el patio principal, la casa se veía alta e imponente, con grandes y extensos jardines. Loki distinguió a lo lejos las caballerizas, y se sintió aterrado de estar tan cerca del pasado y de sus heridas. Thor le dio un apretón de manos preguntándole mudamente si estaba bien, y él forzó una excelente sonrisa y caminaron juntos hacia la puerta principal.

Fue antes de que alcanzaran el timbre cuando la puerta se abrió estrepitosamente revelando a una mujer de mediana edad. Llevaba un hermoso vestido de flores, y al verlos, se abalanzó sobre ambos como si con ambos brazos pudiera abarcar las altas figuras de sus hijos. Les dio un abrazo a cada uno con alegría y sorpresa, y se detuvo especialmente en Loki. Le besó ambas mejillas, le pasó los dedos por entre el cabello negro, y acarició sus pómulos con sus pulgares. Loki enterneció su mirada porque era imposible no ceder ante esa mujer.

—Madre, cuánto tiempo sin verte. —ella pareció algo sorprendida porque él siguiera llamándole madre después de todo lo que había pasado, y de descubrir la verdad, pero le alegró que así fuera. Envolvió sus brazos alrededor del elegante cuello del pelinegro y se aferró a él como si todos los años trascurridos no hubieran importado en absoluto. Después abrazó a Thor y los llenó de elogios a ambos por lo bien que la madurez los había alcanzado. Estaba radiante, bella y con los ojos vidriosos. Los condujo presurosa hacia la sala y fue la mejor anfitriona que ellos pudieran recordar.

Odín estaba fuera, cerrando el trato con un vecino acerca de la compra de uno de sus caballos. Pequeños caprichos de la gente rica, recordaron ambos que Frigga decía cuando lo veía llegar con nuevas adquisiciones a casa. Les hizo sentar en la mesa y los llenó de platillos deliciosos y regionales de Asgard, esos que ninguno de los dos había probado en más de una década. Ellas les pidió—exigió, realmente—que le hablaran de su vida y sus años fuera. Quiso saber cómo es que estaban juntos si de pequeños Loki parecía odiar a Thor, como es que habían decidido volver y por qué. Y la pregunta de toda persona que no te ha visto en muchísimo tiempo: ¿Se habían casado ya?

Cuando el rubio de barba iba a responder a esa pregunta, buscando la mano de Loki para enfrentarse a su madre, escucharon un ruido afuera y luego los pasos presurosos de alguien. Odín hizo acto de presencia en el comedor, con una media sonrisa. Se abalanzó a los abrazos con Thor, y un poco reacio, abrió los brazos hacia Loki. Él, desde su puesto en la silla, le saludó con un ademán de mano sin siquiera acercarse. Con total indiferencia, cogió otro trozo de pan suave y se lo llevó a la boca. Frigga carraspeó y retomó las preguntas que caían como bombas encima de ellos, olvidándose momentáneamente de la más importante. El ambiente se estaba cargando con un poco de tensión, así que Loki se disculpó alegando que estaba algo cansado y salió del comedor.

Caminó deambulando por la casa que alguna vez fuera su único lugar en el mundo. Donde alguna vez fue un niño rechazado con preguntas e impotencia rodeándole. Con malos tratos y miradas desdeñosas por parte de la persona que más había querido: Odín. Subió las escaleras, y a pesar de que Frigga le había asignado una de las habitaciones de huéspedes más agrandes que tenían, sentía todavía curiosidad por una sola habitación. Entró a pasos lentos y encendió la luz. Se quedó entonces contemplando todo lo que algún día le había pertenecido y que ahora parecía formar parte de algún extraño. ¿Cuántas vueltas daba la vida que ahora era un huésped en esa casa y no parte de ella?

—No quise mover nada de lugar porque siempre guardé la esperanza de que algún día regresarías. —la voz pausada y entrecortada de Frigga a su espalda lo hizo volver de súbito a la realidad. No se giró para verla, pero tampoco la corrió—. Obviamente no pensé que volverías tantos años después. Mira cómo estaba habitación parece pertenecer a alguien que no se parece a lo que eres ahora. —y caminó lentamente, recargando su frente en la espalda masculina de su hijo y rodeándole con sus elegantes brazos, temiendo que Loki pudiese apartarse de su contacto.

—Ya no soy el mismo de antes, madre. —confesó. Sus ojos verdes viajaron con melancolía por toda la habitación, llenándose de voces pasadas y recuerdos. De experiencias y emociones. Llenándose de un Loki que había dejado atrás: un niño inseguro, incapaz dejugar con los otros, buscando el reconocimiento de su padre. Un niño que se derrumbaba al meterse entre sus cobijas y que lloraba debajo de ellas como si fueran un escudo y nadie pudiera saberlo jamás. Probablemente nadie lo hizo.

—No, no eres el mismo de antes. —asintió, con las lágrimas surcando su bello rostro—. Si fueras el de antes, habrías rechazado mi contacto. —y su voz pausada, sumada a la emoción de tenerlo de nuevo entre sus brazos, la hicieron por fin estallar en todo eso que había guardado día con día—. Sabes que te amo, Loki, y que nunca quisimos lastimarte. Te amamos con la misma fuerza que a Thor, y nunca dejaré de hacerlo. Cuando decidimos acogerte en el seno familiar, y te vi, supe que te amaría como si hubieras salido de mis entrañas. Odín es duro, pero dedicamos nuestras vidas a ustedes con todo el cariño que pudimos ofrecerles… —

—Puede que tú sí, Frigga. Te mereces el título de madre, de reina, de mujer. —se giró para encontrarla y apretarla entre sus brazos. Depositó un beso en su femenina frente—. Pero Odín no ha sido bueno conmigo, incluso ahora. No trates de defenderlo. Ahora soy un hombre maduro y nada de lo que él diga puede hacerme daño. Los años y la experiencia me han hecho cambiar muchas cosas, y aprender. —se separó un poco sólo para verla directamente a los ojos—. Nunca te he odiado, y muchas veces pensé en escribirte. Pero ahora estoy aquí y eso es lo que realmente importa. —besó sus sienes y sintió la profunda gratitud de su madre.

Como si un manto pesado se levantara de sus hombros, Loki se permitió sonreír mientras las pequeñas lágrimas silenciosas se deslizaban por sus ojos. Porque la había perdonado.

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Se había armado de valor, y por fin estaba ahí, un día después de su llegada al pueblo.

Dudando todavía sobre si era buena idea o no, optó porque aquello lo había decidido cuando se marchó. Así que caminó entre los pasillos que lo habían acogido y convertido en un hombre y en un soldado. Y mientras lo hacía, no pudo evitar que una ola de desosiego lo obligara a pararse abruptamente en el desolado lugar. ¿Estaba bien aquello? Quizá debería tomarse un poco más de tiempo, poner su corazón en orden, y luego…

—¿Steve? —una voz fuerte y temblorosa sonó a su espalda. Bueno, el destino había tomado la decisión por él. Se giró, y poco a poco, la imagen viva de Margaret Carter se dibujó frente a él. Portaba su uniforme militad de falda ceñida y saco ajustado. Sus labios perfectamente pintados y su cabello ajustado en un hermoso moño que no dejaba escapar ningún mechón rebelde. Sintió una punzada de emociones cuando la vio, y cuando sus ojos se encontraron. Ella se acercó dubitativa sobre si era o no producto de su imaginación, y cuando se cercioró de que, efectivamente, Steve estaba de pie frente a ella, sólo atinó a abrazarle con todas sus fuerzas y aferrarse a él.

—Soy yo, Peggy. Estoy de regreso. —pasó sus fuertes brazos y estrechó al delgada cintura con ellos, sintiendo el perfume femenino inundar sus fosas nasales. Cerró los ojos y se entregó a los sentimientos que se debilitaron ese mes, pero que ahora estaba de vuelta. La seguía queriendo con todas sus fuerzas. Se sintió estúpido, mucho. Una ola de culpabilidad lo meció cuando se sintió absolutamente consciente de su traición a ella. Se había acostado con alguien, pero… no se arrepentía. Se había enamorado de Tony.

—Pensamos que algo te había sucedido. —se separó un poco para poder mirarlo a los ojos y tomarle el rostro con ambas manos, aún temblorosa—. Te busqué, Steve. No quería creer que te habías marchado sin decir nada, no eres ese tipo de persona, y luego… no perdí la esperanza, pero un mes es demasiado tiempo. —sus lágrimas volvieron a llenar un camino que se escurría por su mentón, y él sintió que su corazón se hacía puño. La abrazó de nuevo, porque no quería ver más lágrimas el día de hoy. No quería mirarla a los ojos y darse cuenta que su corazón era ocupado por dos personas ahora, y ella no era la más importante.

—Tuve un percance, viajé a otro país muy lejos. Pero todo está resuelto ahora, y no creo que vaya a marcharme. —trató de tranquilizar su galopante corazón, frotando sus manos en los brazos de la chica ´para que ella no volviera a dudar. Estaba tan herida. Un escalofrío lo invadió, ¿y si él no hubiera vuelto jamás?, ¿si se hubiera quedado en el siglo XXI? No quería ni imaginar el pesar de ella, el costal de preocupación y soledad que la acompañaría siempre esto era lo mejor, claro que sí. Trató de convencerse que estaría mejor aquí, que Tony podría encontrar a alguien mejor.

Peggy subió el rostro hacia él, y se alzó de puntillas tomándole por la barbilla y le besó tiernamente en los labios—. No vuelvas a irte, Steve. Por favor no te marches porque te quiero. —dijo suavemente. Steve estuvo helado un momento, incapaz de corresponderla con la respuesta que aquella hermosa mujer esperaba. Simplemente no le salieron las palabras. Tragó saliva. Esas palabras, justamente esas, eran las que había esperado de otra boca, de otra persona: de Tony Stark.

—…Y yo a ti. —dijo quedamente, imaginando otro rostro, otros ojos castaños más profundos y persuasivos. Imaginando que a quien veía no poseía esa belleza de mujer, sino otra más masculina y firme, con ideales complejos. Que el cuerpo que apretaba entre sus brazos poseía espalda ancha y cadera angosta, y que su aliento olía dulcemente a un poco de licor mezclado con pastillas de menta. Pero no estaba en otro lugar, no era ella alguien más. La agente soltó su mentón con un deje de duda, alejándose un par de centímetros.

—Has dudado. —musitó bajando la mirada, sintiendo de repente una terrible decepción. Steve negó con la cabeza como si tratase de espantar un fantasma, esbozando apenas una sonrisa mínima y vaga mientras volvía a atraerla de la cintura y la estrechaba en otro abrazo más íntimo y cariñoso. No era justo para ella. No para una mujer como Peggy. Ella se merecía lo mejor de él, y él estaba dispuesto a dárselo.

—Ha sido por la sorpresa, es todo. —y ésta vez fue su turno de juntar sus labios en un casto beso, mientras ella pasaba los brazos por sus hombros y él por su cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con cariño—. También te quiero, Peggy. —

Él trató de fingir que todo estaba mejor nunca, que realmente todo podría ir bien.

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La verdad es que su cabeza punzaba como si se la estuvieran martilleando. Como si alguien estuviera constantemente estrellándole algo, con saña. Obviamente era la resaca que tenía por haberse abandonado al alcohol con Pepper la tarde anterior. Ambos habían despertado con un horrible dolor de cabeza y cuello por dormir en el suelo con posturas poco cómodas. Después de burlarse mutuamente del otro, Pepper por fin se fue a su casa y decidió que era buena idea que ambos se tomaran un día libre.

Y como el hombre de negocios que era, como el gran magnate, independiente, y dueño de su vida, no estaba dispuesto a tirarse completamente a la melancolía de un adiós que se veía venir. Desde que Steve llegó el tiempo empezó a correr. Y eso se había terminado y él tenía que seguir adelante porque la vida es así. No espera, no se detiene, no aguarda a que te repongas. Si se había hecho ilusiones había sido solamente su problema, no de nadie más. Y estaba dispuesto a asumir seguir adelante. Aunque la soledad pesara, y aunque en cada rincón de esa increíble y solitaria casa se sintiera todavía la presencia de Steve. Su voz, su presencia. Sus ganas de pasearse por su taller siempre.

Había estado tentado a deshacerse de su ropa, de su libreta de dibujos, y de Dingo. Planeaba regalarlo a alguien que lo cuidara mejor que él, pero al final no tuvo el suficiente poco corazón para perder al cachorro—ni para deshacerse de las pertenencias ni de los dibujos de Steve—. Porque inconscientemente—o de forma muy consciente, quién sabe—seguía aferrándose al recuerdo de alguien que ya no estaba. ¿Por qué las personas nos aferramos a los fantasmas? El pasado es una piedra que no deja que avances, que te detiene, que te empuja hacia atrás. Y él no iba a derrumbarse porque aún tenía un ego y un orgullo con marca registrada.

Y ahora estaba en su taller, metido en su más reciente y casi concluido proyecto de un asistente artificial. Eso les ahorraría mucho trabajo a él y a Jarvis, porque joder, ambos necesitaban ya un descanso. Sabía que desde que su mayordomo se había enfermado, se agotaba con rapidez y él no estaba dispuesto a dejarlo marchar todavía. Así que sería un invento que beneficiaría a ambos.

Salió de su taller cuando la tarde comenzaba ya a caer y el primer manto morado grisáceo se extendía por el cielo para cubrirlo. Era casi increíble que hubiera estado tanto tiempo ahí metido, tratando de concentrarse en el trabajo y dejar de lado sus recuerdos y el "hubiera" que se reprocharía, quizá, siempre. ¿Por qué Steve se había marchado sin despedirse?, ¿por qué, joder? Él quería respuestas, no planeaba quedarse sentado viviendo por siempre en la incertidumbre. Una idea cruzó su mente como un flechazo, pero a pesar de que la hizo a un lado, se quedó grabada en su cerebro como una segunda piel: ir a pedirle explicaciones a Steve.

—¿Jarvis? —preguntó en voz alta cuando se encontró en la sala de su Pent House. Vio el sillón donde tantas veces se había acostado con Steve, y mejor trató de entretenerse en otra cosa, porque era demasiado doloroso que todo siguiera latente. Miró la puerta fijamente, como si esperara que el rubio entrara por la puerta y le dijera que todo era broma, que estaba ahí, y que no iba a marcharse. Como si todo estuviera igual y le dijera que había sido un día agotante en S.H.I.E.L.D. y que Fury le ponía los pelos de punta. Y sus ilusiones lo traicionaron, al igual que la idea de viajar al pasado e ir a buscarlo. Quizá… no. Steve se había ido por su propia decisión y él no era nadie para hacerlo cambiar de idea. Él decidió irse, y lo aceptó.

Resignación, quizá.

Sintió más silencio de lo normal en la casa, pero era extraño porque Jarvis no solía irse temprano, y menos por cómo estaba la situación. Cuando finalmente se dijo a sí mismo que estaba paranoico por todo lo que estaba pasando, se dio la vuelta dispuesto a regresar a su taller y seguir trabajando. Quizá dormir algún par de horas y luego salir a distraerse.

Entonces sucedió.

Un gran ruido de trastes cayendo contra el piso estrepitosamente sonó en la cocina, y con el impacto y la sorpresa que aquello le causó, se quedó en su lugar, expectante y espantado. Esperó algunos segundos, pero un presentimiento se instaló en su pecho y prefirió cerciorarse de que nada pasaba. O de que todo estaba mal.

El tiempo corrió lento desde entonces.

En el piso de la cocina estaba la comida tirada y los platos rotos. Pero no fue eso lo que le importó: Jarvis estaba tirado en el piso, agarrándose fuertemente el pecho con una mueca de dolor.

—¿¡Jarvis!? —se acercó rápidamente, tomándolo con una mano por la nuca y con la otra en la espalda baja para incorporarlo un poco. Lo miró fijamente, sorprendido y conmocionado, ¿qué estaba sucediendo? — ¿Qué ha pasado? ¡Llamaré al médico!, no te muevas de aquí, respira hondo y-

—No, joven Anthony. —le sonrió trabajosamente, tomándole de la mano y apretándolo con fuerza como si fuera la última que tuviera—. No es necesario que llame al médico, es natural. El ciclo de la vida no es eterno, y ha llegado mi tiempo. —hizo una mueca de dolor cuando un nuevo pinchazo le atravesó el corazón como una lanza. Su respiración comenzó a ser agitada y poco regular.

—¿¡Qué diablos dices!? ¡No voy a permitir que te pase nada, ¿entendiste?! —su voz sonaba fuerte, entrecortada. Las emociones se desbordaban por su pecho junto con su angustia, y trató de ir hacia el maldito teléfono de la cocina—porque idiotamente se había dejado el móvil en el taller—pero nuevamente una mano cansada se ciñó sobre él, impidiéndoselo. Jarvis parecía cansado, sus ojos lo demostraban. ¿O quizá era su alma?

—Estoy seguro que encontrará la felicidad, señor, pero debe buscarla. Es un hombre fuerte y valiente, e inteligente como su padre. —su voz se volvía poco a poco en un susurro fuerte, como si le costara trabajo hablar. Tony se negó a creer aquello. No, no, y no. Jarvis no. Todos menos él—. Serví por años a la familia Stark y lo vi nacer y crecer, cometer errores y caer. Lamento no poder estar con usted más tiempo pero mi camino se ha terminado y me voy feliz porque sé que se ha convertido en un hombre de bien. —trató de sonreír, pero sólo logró una mueca torcida. Gimió con dolor cuando otro nuevo ataque le llegó al corazón, mientras Tony lo estrechaba entre sus brazos y sus ojos se llenaban de lágrimas, arrodillado en el suelo de la cocina, sosteniéndolo—. Ahora tengo algo que decirle a su padre: que puede sentirse orgulloso de usted. Que realmente se ha convertido en un hombre digno y maravilloso.

—No le dirás nada porque no vas a morirte, ¿entiendes? Tú no. —le dijo con firmeza, pero su voz temblaba, al igual que sus manos y su labio inferior. Pero Jarvis no rebatió nada, y su respiración se pausó poco a poco, y entonces Tony comprendió todo—. Gracias por estar siempre conmigo, por apoyarme, por regañarme. Has sido un padre para mí más que Howard, y ese título se lo debo a tus cuidados y dedicaciones. A la única persona que quiero hacer sentir orgulloso es a ti, sólo a ti. —sus manos temblaron mientras lo acercaba más a su cuerpo, negándose—. No te mueras, papá. —y aquello fue la gota que colmó el vaso.

Jarvis lo miró de una forma tan exquisita, que le rompió el corazón. Vio en sus grises ojos el amor que tanto mendigó a Howard, el que su mayordomo le entregó de forma incondicional siempre. Vio en él el respeto, el cariño, el aprecio. Volvió de repente a sus años de infancia, cuando las canas de Jarvis apenas sobresalían de sus sienes. Jarvis le tomó de la playera con las pocas fuerzas que aún tenía, y sus lágrimas cansadas se deslizaron por su viejo rostro.

—Nunca quise formar una familia porque te tenía a ti. Te considero mi hijo, mi pequeño travieso. Y estoy orgulloso de ti, Anthony. No seas testarudo y no desperdicies tu vida. —pasó saliva con algo de trabajo, como si le costara mucho hacerlo. Sus labios se veían secos y se notaba agotado, pero aún así continúo:— Ve por aquello que quieres y que te hace feliz. Sujétalo con todas t-tus fuerzas… porque si no lo haces probablemente te arrepentirás el resto de tu vida. Busca un camino, equivócate, pero nunca dejes de avanzar. Eres un gran hombre, Tony. Te qu-quiero… —y tras esas palabras, un nuevo dolor lo atravesó y lo hizo cerrar los ojos lentamente.

No volvió a abrirlos nunca.

La mano que sostenía la playera de Tony cayó inerte sobre su pecho.

Entonces él se recargó sobre el, todavía, cálido pecho de su mayordomo y se abrazó a él como un niño pequeño. El miedo se apoderó de él, al igual que la soledad y la rabia, el desamparo. Enterró la cara en el pecho de su amigo y padre, y dejó que las lágrimas fluyeran libres. No las detuvo, su orgullo no existió en ese momento. Trató de guardar para sí ese tibio contacto, ese tierno abrazo.

Lloró hasta quedarse vacío, hasta que el dolor se volvió tan profundo que dejó de pensar. Lloró en los brazos de la única figura de su infancia que vivió para verlo convertirse en un adulto.

Esa noche, Tony fue a la biblioteca de su padre, abrió una vieja botella de su mejor Brandy y bebió hasta perder el conocimiento. Se desplomó detrás del enorme escritorio que ahora le pertenecía.

Esta vez no estaba Steve para ayudarlo.

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Dos días después, enterraron a Jarvis.

La mañana era fría y las nubes cubrían con gris soledad el cielo que se antojaba triste y vacío. Y en el cementerio, entre la penumbra de un funesto y lúgubre lugar, sólo tres personas contemplaban la lápida del que una vez fuera un consejero y amigo.

Bruce, Pepper, y Tony. Ni uno más.

Loki y Thor seguían en Asgard y el castaño pensó que si no habían regresado era porque todo iba viento en popa y él no quería amargarles el momento. Seguramente Jarvis tampoco habría querido. Natasha y Clint estaban de misión. Y se abstuvo de invitar a extraños, porque el momento era familiar y terriblemente íntimo.

Tony decidió enterrarlo en el cementerio de la familia, a un lado de Howard. Estaba seguro que descansaría en paz ahí. El pasto crecía verde y había brotes de flores amarillas y violetas por todo el lugar, pero no por eso daba la apariencia de ser agradable. Un cementerio jamás lo es. Aprovechó esa ocasión para llevarle flores a su madre. La tumba de María se alzaba imponente y bien cuidada, como todas las demás. Tony apenas recordaba su rostro, pero seguía sintiendo a veces el dulce contacto de sus labios con su frente. ¿Hace cuánto que no se pasaba por ahí? Les prometió a todos volver con más frecuencia. Hacerle una visita a los muertos se convertiría en su ritual.

Caminando de regreso a casa después de oficiar el entierro y pagarle al cura por sus servicios, se concentró en volver a trabajar al taller. Peper y Bruce lo seguían cautelosos por detrás, como si estuvieran esperando que él se echara a llorar. Pero había llorado mucho el día anterior, y ésta vez, mientras veía la caja de roble tallada a mano descender en la fosa, no lloró. Simplemente le arrojó una flor blanca antes de que todo se cubriera de tierra.

—¿Qué harás ahora, Tony? —la suave y pausada voz de Pepper lo devolvió a la realidad. Se quedó parado, mirando el pasto verde a sus pies. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón Armani, y se giró con una sonrisa que ponía siempre que necesitaba salir de un embrollo.

—Producir dinero, trabajar, conducir una empresa. ¿Acaso la vida se detiene? Te quiero mañana a primera hora en Industrias Stark porque tenemos que empezar a trabajar en la venta de armas para SH.I.E.L.D. —la vio fijamente a través de sus gafas oscuras. No había sido capaz de ir con los ojos rojos y las ojeras marcadas al entierro. No era capaz de dejarse ver tan destruido y revolcado en las tretas del destino—. También quiero dejar todo listo porque he decidido cambiar de ubicación. Consígueme un boleto de avión para mañana al anochecer. —repuso, mientras Bruce y Pepper se ponían a su lado para seguir caminando.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó. Una de sus finas cejas se alzó, y Tony pensó que ella era hermosa. Enfundada en un sencillo vestido negro y sin maquillar, con una coleta alta, Pepper Potts era la mujer más hermosa que había tenido el placer de conocer en su vida—después de María, claro—. Y Bruce era un hombre afortunado, porque algo le decía que esos dos terminarían juntos.

—Lo que quiero decir es que mañana mismo regreso a Malibú. Dedicaré la Torre solamente a la investigación. Creo que nunca debí dejar esa casa. —divagó un poco. Dio un largo suspiro y por el rabillo del ojo, vio las lápidas alzándose detrás de él. Tres nombres que marcaron su vida.

Howard Stark.

María Stark.

Edwin Jarvis.

Si había una cosa que estaba aprendiendo de todo aquello, era lo fácil que resultaba perder lo que había creído que tenía para siempre.

—No puedes irte a Malibú, Tony. Es demasiado lejos y— iba a seguir hablando, pero la suave mano de Bruce se posó en su hombro con un ligero apretón. Le indicó que era lo correcto con una muda inclinación de la cabeza. Ella no quería dejarlo marchar porque no estaba en condiciones de estar solo. Tony era autodestructivo y no quería pensar en las posibilidades. Pero era quizá lo mejor para que él pudiera poner en orden sus pensamientos. Alejarse de la urbe sería una oportunidad para empezar de nuevo. Finalmente, apretó los labios y se atrevió a preguntar una última cosa—. ¿Volverás algún día? —el silencio se extendió mientras el aire se colaba y mecía las hojas de los árboles. Frío y distante como Tony.

—No lo creo, Pep. No lo creo. —

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—¡No! —la voz rotunda de Odín se alzó imponente por toda la mansión en Asgard. Su furia era tanta que su rostro estaba rojo y le saltaba una vena del cuello. Loki pensó que en cualquier momento reventaría—. ¡No es posible!, ¡habiendo tantas mujeres de dónde escoger, ¿viniste a caer tan bajo!? —se indignó, con su potente rugido colándose a fuerza de empuje por sus oídos—. ¡Fuiste tú! —señaló al pelinegro con el dedo acusador—. ¡Tú lo corrompiste con tus mariconadas, tú te metiste entre sus sábanas y lo hechizaste, tú-!

—¡Ya basta, Odín! —la voz de Frigga también se impuso en aquella pelea de miradas y de poder. Puso una mano sobre la mesa del comedor, harta de escuchar esa discusión sin sentido y lo miró suplicante, pero también estaba decidida—¡Deja de decir esas blasfemias, Loki es tu hijo! Ellos se merecen ser felices. —

—¡Ese maricón no es mi hijo, nunca lo será!, ¿Por qué lo recogí de la calle? ¡De haber sabido lo que causaría, lo habría arrojado yo mismo a los perros! —Loki saltó ante la ofensa, ante las barbaridades. Se sentía vacío. Cuando iban supo que algo así sucedería, pero no quiso dar pauta a las ilusiones que Thor se hacía diciendo que ellos iban a estar de acuerdo. Bien, pues aquí estaban. No queriendo alargar más su indecisión, habían confesado a sus padres a la hora de la comida que estaban en una relación estables. Juntos. Como pareja. Entonces la bomba estalló y ellos se encontraban ahí, peleando como animales salvajes a gritos. La única que había estado de acuerdo era Frigga.

—¡No permitiré que le hables así a Loki, padre!, ¡yo lo amo y ni tú ni nadie va a impedir que sigamos con esto! —le rugió el rubio de barba, poniéndose de pie y haciendo que la silla cayera a su espalda— ¡Toda la vida he tratado de complacerte, hice lo que quisiste! Fui el mejor hijo para ti, me esforcé para ti. ¡Pero no voy a dejar que decidas sobre mi vida! —tomó la mano de Loki y la entrelazó con la suya, poniéndolo de pie a su lado. El ojiverde se mantuvo impasible, aunque todo lo que quería hacer esa ir hasta ahí y golpear al anciano por todos sus desplantes—. No más humillaciones. He soportado tu modo de vida por años, y casi he destruido mi relación por tu culpa. No dejaré que te lleves lo único que me importa en este momento, padre. — trató de tranquilizarse. Loki sintió una chispa de reconocimiento en la voz de Thor, y su pecho se hinchó cálido.

—¡No, maldita sea! —rugió y miró a Frigga en busca de apoyo, pero ella le lanzó una reprimenda gigante con la mirada. No soportó más sentirse traicionado y caminó con zancadas hasta agarrar a Loki de la muñeca y jalonearlo. Alzó la mano abierta, dispuesto a bofetearlo porque todo estaba fuera de control y lo odiaba. La voz de Thor y Frigga sonando y pidiéndole que parara no fueron nada cuando se cruzó con la gélida mirada del que alguna vez llamó hijo. Su mano se quedó pasmada en el aire.

—Hazlo si crees que lo merezco. —la voz de Loki sonó profunda, hiriente como miles de cuchillos—. Pégame si crees merecer el derecho de hacerlo. Trata de matar mi relación con Thor, y te juro, que conseguirás lo contrario. —le susurró con un deje de maldad que fue imposible de ocultar—. Me has decepcionado tantas veces, que con gusto espero el dolor físico que puedas brindarme, porque es el único dolor que puede dañarme ahora. Eres un hijo de perra, Odín, lo eres. Te consideré mi padre y di lo mejor de mí para que me reconocieras. ¿Qué gané a cambio? Tu desprecio. Pues sábete conocedor ahora, de que jamás podrás humillarme ni sobajarme, porque mi dignidad es más fuerte que tu mano alzada, padre. —y tras esas palabras, clavó su vista en el hombre mayor que lo miraba atónito. Quizá fueron sus palabras, la revelación, el odio que percibió en él, pero lo único que hizo Odín fue trastabillar dos pasos hacia atrás, tratando de alejarse de la culpa, del remordimiento. De saber que había arruinado una vida.

—No puedo aceptarlo. —dijo al fin. Dejó caer su cuerpo contra su silla, su trono de rey. Frigga se alejó con desprecio cuando él trató de alcanzar su mano, y supo que la había perdido también.

—No te estoy pidiendo que lo hagas, te estoy pidiendo que lo respetes. Que respetes mi relación con Loki, padre. —la voz de Thor sonó profunda y herida, como si acabara de conocer a un monstruo que no era ni de cerca el hombre respetable que tanto él se había forjado en la cabeza—. Nos vamos. —anunció entonces, cuando se di cuenta que la situación no iba a cambiar. Prometieron enviarle cartas a Frigga.

Bajaron las maletas en silencio, y de la única que se despidieron fue de su madre. Ni siquiera dirigieron una mirada al interior del comedor, donde Odín seguía sentado. El golpe seco que le dio Loki con sus palabras había dolido tanto que su orgullo estaba quebrado, y su fuerza había desaparecido. Él, que se jactaba de ser un hombre de hierro, había sido ablandado por un hombre cuyo odio hacia él no tenía fronteras.

Mientras abordaban el avión, Thor abrazó a Loki y le dio un beso en la frente cuando notó que estaba temblando.

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¿Les gustó? Ojalá que sí :3 espero sus comentarios, recuerden que me hacen muy feliz, y que el próximo será el final, así que si quieren dar sugerencias, amenazas, etc, ya saben :3

La noticia que iba a darles es que había informado que comenzaría un nuevo fic, pero me daré un tiempo para descansar, y quizá en Diciembre o a mitades de Noviembre traiga mi siguiente proyecto, pues aún no tengo una trama demasiado sólida.

Ya saben que los amo, ¿verdad? ¡Un beso enorme!

Marysimental: Muchísimas gracias por comentar, espero que la historia te guste hasta el final. Espero que también estés muy bien, ¡Un beso enorme!

Guest: Jajaja había que darle un poco de drama a la historia xD así que decidí que regresar a Steve a su época sería un buen desenlace. Pronto traeré otro proyecto, así que si gustas pasar, estará disponible. ¡Un beso enorme!

Aswang: Muchísimas gracias por tomarte un pequeño espacio y decidir leer esta historia :3 yo me deslindo de toda culpa de que hayas leído sin parar y luego tener que sufrir por la espera xD gracias por tus palabras, de verdad *o* nunca había manejado tantas parejas en mis historias, así que me alegra saber que todas están bien logradas. ¡Un beso enorme!

Darkmoon: Tus comentarios siempre tan acertados y tan buenos. Muchas gracias por estar siempre constante y comentando, me has dado muchísimas ideas e impulsado a seguir. Todas las parejas, como bien dices, ya están cayendo en la etapa de paz, aunque sabemos que realmente las parejas cien por ciento felices no existen xD. Decidí darle a Bruce y Pepper una oportunidad gracias a tu recomendación, y me pareció buena idea porque, como dices, estos personajes están muy maltratados y merecen otro tipo de parejas, no cayendo en el vicio de que todos deben ser homosexuales solo porque la pareja principal lo es. También me he encontrado con historias bizarras Thorki, realmente… fuera de contexto. Cuando decidí poner la pareja me puse a buscar fics de ellos para estar mejor informada respecto a sus personajes, y me encontré cada cosa que para qué te cuento xD me gustan las historias en la que los personajes sufren para alcanzar sus metas, porque seamos honestos, en la vida real nada es fácil. Así que decidí, desde que empecé a escribir, que trataría de que mis personajes cometieran errores que cualquiera puede cometer, que haría que se equivocaran, pero aún así, tener la voluntad de seguir adelante porque eso es justamente lo que debemos hacer todos. Espero que estés bien y nos leeremos muy pronto ¡Un beso enorme!