"Karla mira la luna, desde el ventanal de su habitación. En sus ojos una chispa de tristeza se halla, y no podía ser borrada como cualquier otro sentimiento. La brisa infernal remueve la camisa, que es lo único que cubre su cuerpo de piel blanca fría.
¿Por qué su tía decidió irse de allí? ¿Y por qué tenía que llevarse a su prima de dos años con ella?
Padre se pondría furioso, pensó. Quizá le tenía un cariño que quizá él y su hermano Shin no comprendían. Tal vez, debajo de esa fachada de seriedad y hielo inmortal, su padre si apreciaba a su cuñada y sobrina.
Suspira, y al hacerlo siente la puerta de su habitación abrirse poco a poco.
— La noche es más cálida que de costumbre — Shin aparece por la abertura de la puerta, mirando a su hermano con preocupación.
Karla vuelve a suspirar, y decidió que ya eran suficientes suspiros por una noche. No, una vida entera.
— Victoria se ha ido con la niña, ¿Sabias? — le dijo en voz alta, pasando una mano por sus cabellos
Shin asiente, mirando también por el ventanal que se abría hacia el balcón, que daba hacia los jardines y el bosque profundo del castillo.
— Si, mi olfato me ha avisado cuando abandonó en secreto el castillo — Dice, y suspira dramáticamente llevando las manos a sus caderas —. De verdad me había encariñado con esa mocosa, nuestra prima rara…
Karla no sabía que decir, y se mantuvo callado. Él, de igual manera que su tonto hermano menor, se había encariñado de extraña manera con esa maraña de llanto y risas. A los dos años teñía un rostro de porcelana, y ya sabía caminar torpemente. Victoria estaba siempre con ella, y jamás permitía que ninguno de ellos se la llevase lejos de ella. Karla y Shin inventaban excusas idiotas para estar cerca de su prima Scarlet, y se mantenían casi todas las tardes con Victoria. Sentados, al lado de la madre que le daba de comer a la niña, o la bañaba, o jugaba con ella. Ambos hermanos se maravillaban con la niña humana que reía y aplaudía con sus manitas. Intentaron cargarla muchas veces en sus brazos, pero solo lograban tenerla unos segundos antes de que Victoria la pidiese devuelta. Sumida en la preocupación.
Pero, cuando ambos la tenían entre sus brazos inmortales, podían mirarla a los ojos. A esos ojos castaños que con sorpresa los miraba intensamente. Una mirada demasiado inteligente para una menor de dos años. Tocaba con sus pequeñas manitas el rostro de esos hermanos, y la calidez de ese extraño ser humano inundaba las venas de Karla y Shin. Y se sentían vivos.
Una extraña, pero agradable manera de sentirse vivos.
— Shin…
El cambio de voz en Karla hizo que Shin lo mirara algo sorprendido, para mirarlo a la cara unos minutos.
— ¿Algo te agobia, hermano? — le dijo de manera burlona, aunque por dentro se encontrara demasiado serio.
Karla desvía la mirada de la luna creciente que acababa de salir al cielo, entre las nubes casi negras. Voltea hacia su hermano con sus ojos dorados repletos de sentimientos inconclusos, preocupados y llenos de curiosidad. Clava su mirada en su hermano menor, y por una vez Shin se siente nervioso.
— Seguiremos viendo a Scarlet — dice con voz decidida, apretando sus manos. Shin deja caer las manos de sus caderas y las deja colgando a los lados —. Victoria no puede prohibirnos ver a nuestra sangre.
Shin mira a Karla como si este se hubiese vuelto loco, o de alguna manera estuviera jugándole una broma. ¿En que cosas pensaba su hermano mayor? Allí, tan decidido, se encontraba Karla diciéndole que no perdería a su prima. A un simple bebé que podrían olvidar cuando quisiesen. Pero ahora se dio cuenta de que a Karla no parecía cruzarle la indiferencia en su rostro. Karla también estaba comenzando a querer a su prima que extrañamente era de sangre pura, que tenía ese aroma tan oscuro en su sangre. Karla quería a Scarlet.
Y Shin sonrió, con asentimiento de cabeza. Porque él también había comenzado a querer a la pequeña mocosa de sangre extraña.
Y junto a Karla no dejarían que Victoria se la llevase tan fácil. O, al menos, que la dejasen verla de alguna manera y poder tenerla entre sus brazos otra vez.
— Esa maldita mocosa… — Shin ríe y avanza hacia Karla, pasándole un brazo por sus hombros —. Ha de ver lo que nos hace estar cerca de los humanos. ¿No, hermano?
Y el reloj dio medianoche, sonando las campanas con estruendosa sensación de sosiego."
- Y, cuando los años pasen, la sangre volverá a llamar a la sangre -
Suspira. Da unas cuantas maldiciones y mira hacia todos lados; las personas nuevas, los títulos de las tiendas con los Kanji que no conocía, los letreros indescifrables… ¿En que se había metido? Ella no quería estar allí. Bueno, si quería, pero tener que ir solo para ver a la familia era algo que no quería hacer. Aunque no estaba en sus planes ir a Japón tan pronto, y menos si no sabía un pepino de japonés.
Pero bueno, no era fácil cuando eras mitad Tsukinami, y tus "queridos" primos se habían liberado del Makai.
"Demonios" esa palabra rondaba por tu cabeza cuando vislumbrabas esa limosina en la lejanía. Podías saber que eran ellos con tal solo ver la matricula indescifrable. Al menos si conocías ese Kanji, lo suficiente para chasquear la lengua, empuñar de nuevo tu maleta y caminar con evidente molestia hacia ella.
Y la no tan desdichada joven solo se lamentaba de las "penurias" que estaban pasando, o si era lo que a su madre le habían dicho para hacerla ir.
Cuando su madre decidió partir de Japón se la llevó entre sus brazos. Muchas veces le habló sobre la familia que ella tenía, la sangre que corría por sus venas, su tío que era el ser más poderoso de todos los tiempos. Pero ella solamente tenía dos años cuando se marcharon del país. Y no solo se habían ido del país, ¡HABÍA CAMBIADO DE CONTINENTE! Eso era de verdad una locura para ella. Aunque, según relataba su madre debajo de las sombras de los abetos, la familia Tsukinami nunca fue de origen japonés. Solamente la mujer de su tío, que había muerto hace años, pero demás ya no era de por sí de ese país. Victoria había olvidado la región donde su familia política había vivido antes, y se había olvidado de darle esa información a su hija.
Y ahora estaba caminando entre las calles de Japón, solo con haber estudiado un poco de inglés y el español de toda su vida, para ir hacia los primos que casi nunca veía. Pero que según su madre la amaban con todo el corazón.
De seguro eso era mentira, pensaba Scarlet.
Al llegar hacia la limosina negra, brillante bajo ese sol inconfundible, su reflejo tenía un rostro extraño. Estaba un poco más maquillada que lo normal, de todos modos no podía vivir sin su amado maquillaje. Sus ojeras se veían detrás de la base clara, como su piel. No había podido dormir en todo el viaje, había sido demasiado agotador. ¿Por qué tenía que viajar tan lejos? Sus cabellos, una maraña de rizos desordenados y de un oscuro castaño. Los odiaba, les daba un poco de calor.
La ventanilla del asiento trasero bajó lentamente, Scarlet pensaba que su familia hacía todo esto solo para lucirse. Además de que apenas recordaba el rostro de Karla, o de Shin.
Se acercó lentamente hacia la ventanilla, y suspiró.
— ¿Karla Tsukinami? — pregunta inocentemente, aunque ya cansada
Unos ojos la observaron, dorados como el sol y oscurecidos por las sombras del interior. Se podía ver el cabello castaño rojizo del flequillo, y unos lentes de marco color cielo descansando sobre la nariz respingada. Algo sabía, que esa persona no era Karla.
Y la persona pareció sonreír, aún sin verle los labios. La persona habló en japonés tan rápido que ella no entendía las palabras, ¡De veras que no las entendía! Se desconcertó por completo, mirando confusa esos ojos dorados. Si era Karla, le estaba haciendo de esas bromas pesadas. De todos modos, de seguro que ellos no sabían que no había estudiado japonés. Toda su vida en América, adaptándose y estando cómoda junto a los latinos que tantas cosas buenas le habían dado. Scarlet deseó estar de nuevo allí, con ellos. Con su madre y su pueblo amado.
— Lo siento… no puedo… entenderte — le dijo torpemente en ingles, moviendo las manos de forma tonta y haciendo reír al hombre del auto.
La puerta del automóvil se abrió de repente, y Scarlet tuvo que dar espacio para que se abra completamente. De allí un joven de cabellos alborotados salió. A pesar de llevar un parche en su ojo derecho tenia los lentes de marco cielo. Era alto, con aspecto rebelde y sonrisa burlona, donde destacaban grandes colmillos. Scarlet perdió el aire en cuestión de segundos.
— Un gusto verte de nuevo, querida prima rara — le dijo, y abrió sus brazos.
Continuarà, y la sangre volverà a llamar a la sangre...
