CAPITULO I

El cielo crujía como un jarrón al caer al suelo, las nubes se amontonaban ferozmente unas contra otras por ver cual conseguía formar la masa negra y flotante más grande del firmamento, sin embargo, era obvio que fuera quien fuera la ganadora, todas descargaban el agua que muchos hubieran deseado para sus tierras tras un duro verano. El otoño prometía ser una estación un tanto más benevolente pero en el Mar de las Bestias la benevolencia no tenía lugar. Los vientos casi huracanados azotaban a las señoras que cubrían el cielo y las movían de un lado para otro con un frío y puntiagudo aire que podía rasgar la piel más fina y reducir a una masa de carne sangrante una persona.

No era usual que un barco cualquiera cruzara aquel mar, un pescador sabía reconocer un cielo que amenazaba con tormenta a unas cien leguas, lo suficiente para dar media vuelta en caso de que fuera necesario, pero, ¿qué podían hacer aquellos que sabían que solo lo que trajeran sus barcos era aquello que se fueran a llevar a la boca? ¿Irse? No, ellos estaban acostumbrados a los vientos furiosos.

El agua también se unía a esta danza discordante y furiosa, el mar se movía de tal manera que quien quiera que se resbalara por la borda y cuyo cuerpo se dejara arrastrar por el mar sería engullido. En esta ocasión no había ni dos, ni tres, ni cinco barcos, todo dependía de uno solo. Un solo barco que comenzaba a soltar las redes cuando el capitán así lo ordenó. Estaban acostumbrados a recibir el agua desde todas las direcciones, sin embargo era incluso angustioso para alguien normal, porque estaba claro que ellos no eran del todo normales, la unión del agua dulce, que caía como témpanos de hielo desde lo alto del cielo y apuñalaba invisible sus espaldas, sus rostros, sus brazos y manos y la sal que chocaba con el agua por los laterales del navío y amenazaba con hundirlo en más de una ocasión.

-¡Extended las velas y no dejéis cabo sin atar! –ordenó el capitán con su portentosa figura y con aquella notable barba negra que le dio un aire más amenazador.

-¡Izando velas y atando cabos, capitán! –gritaron varios de sus hombres de igual musculatura corriendo hacia los palos centrales del barco, donde las velas sin plegar permanecían y comenzaron a realizar los mandatos que su capitán les exigía.

Este permanecía mirando el mar, sus ojos castaños se entrecerraban suavemente, buscando algo en el infinito y oscuro horizonte, cualquiera diría que eran apenas las tres del atardecer y el cielo se hallaba en una disputa por a saber qué. Sobre su cintura descansaba un arma, eso anunciaba que no eran meros pesqueros y de hecho el no se ocupaba de eso, él no tenía como misión el conseguir los alimentos, el estaba ahí para garantizar la seguridad del barco, él había venido a por algo igual de escamoso que un pez, pero mucho más letal, y esperaba no encontrarlo, una batalla en mar abierto no era precisamente una ventaja. Su postura era la de un conquistador, un luchador, un ávido guerrero, su cuerpo probablemente llevara mas cicatrices que todo el barco en sus diez años de servicio, y a mucha honra. Manos en las caderas, mirada puesta al firmamento, pies a la altura de los hombros, rectos y con una suave inclinación hacia su pierna maestre, la derecha.

Mientras el barco se movía de lado a lado, siendo embestido por aquellas inmensas palmadas acuosas y saldas que el vegetal barco recibía, pasaron los minutos y todos luchaban por mantener el equilibrio. Incluso el más experimentado marinero hubiera sufrido algún que otro traspiés y con todo ello su figura no se vio inmutada lo más mínimo, espalda recta, cabeza erguida y mirada hacia el futuro, así estaría hasta que hubieran llenado la bodega o hasta que algo pasara y tenía el mal presagio, como le anunciaba la herida que tenía en su pierna izquierda, que el tiempo le deparaba algo que aunque no comprendía, le daba un mal escalofrío.

-Vigía, ¿ves algo inusual? –preguntó con un tono de voz que ni los rayos pudieron ocultar, sin embargo su voz no se alzó ni un ápice, era de esas personas cuya voz se escucharía siempre, digno de un capitán.

El vigía se hallaba en lo alto de la vela más alta, de las dos que habían la más alta era la que más alejada se encontraba de la proa del barco, es decir estaba a unos cuantos metros del timón, había que resaltar que pese a que parecía uno de los menos fornidos de la tripulación su agilidad no conocía limites y podía escalar el mástil más alto de todos incluso cuando el agua lo recubría y hacía de él una madera excesivamente resbaladiza. Se colocó sobre el lateral del mástil, a unos veinte metros aproximados de la superficie sólida del barco y miró los cielos, cerrando por instinto los ojos al ver directamente un relámpago, cubrió sus ojos con sus palmas a modo de unos binoculares y para evitar que el agua le golpeara directamente, su cuerpo se meció con el aire y no se calló, pese a que este rugía con fuerza en lo alto del barco. Su mirada escudriñó toda la superficie del mar, no veía nada excesivamente fuera de lugar y gritó.

-¡Nada fuera de sitio, capitán! –afirmó a pleno pulmón, sintiendo como algunas gotas invadían su garganta.

En el reino de los cielos, por encima de aquellas simples nubes negras como la noche que absorbían la luz del Sol algo se movía. Rompía la sincronía esponjosa de aquellas nubes que descargaban agua sobre su cuerpo. Largo, de unos siete metros, oscuro como la más terrible muerte y con ojos de oro, cuyas pupilas rasgadas se asemejaban a las de un tigre perforó la superficie de las nubes como si huyera del mismísimo demonio. Sus extremidades se habían colocado de tal forma que solo dejaba tras de sí un orificio perfecto, su cuerpo se encorvaba suavemente para que el aire de una forma instintiva le ayudara a ir más rápido, más preciso y más silencioso. Como la noche su figura oscura al sobresalir por aquellas nubes quedó marcada, su brillante y escamosa piel hizo que la luz del Sol casi fuera exclusiva de él, su boca, superior a la de un caimán mostró unos dientes afilados, perfectos y blancos como la nieve, y de su garganta salió un gran rugido que se fundió con los truenos.

Aquella onda sonora divergió por todo el firmamento celeste y acabó en los oídos del vigía, este ladeó su cabeza para buscar el foco del sonido, sin embargo el capitán se le adelantó.

-¿Es uno? –gritó al vigía al mismo tiempo que un flash inundó el ambiente con el consiguiente sonido explosivo.

-¡No estoy seguro! –respondió mirando las nubes, se quedó en silencio unos instantes, algunas traviesas gotas golpearon sus ojos pero estaba demasiado ocupado buscando algo en el cielo, vio una sombra que removió las sombras, muy sutil, muy rápido, muy silencioso. -¡Sí, es uno de ellos, aunque es muy rápido!

El capitán al escuchar aquellas palabras murmuró "todos suelen serlo" pero lo único que hizo fue ordenar a los demás que recogieran de inmediato las redes y subieran al barco todo lo que pudieran, no hubo rechiste alguno y todos comenzaron a tirar de las redes de pesca, sin importar que por ir demasiado deprisa se hirieran las manos y combinados con la sal escocieran las heridas como si tuvieran fuego en vez de sangre, con rapidez consiguieron recoger todo lo que pudieron, quizás unos cuarenta kilos de pescado, poco en comparación a que lo máximo de producto que podían coger eran unos doscientos kilos, y se agradecerían bastante. Inmediatamente todos cuantos no eran parte del equipo de pesca descendieron a la parte inferior del barco, unas diez personas de las diecisiete, sin contar el vigía, que formaban parte de la tripulación, en aquella eslora de unos treinta metros se colocaron mientras el capitán buscaba el momento oportuno.

El cabello del vigía era lo único que se movía, con gran fuerza sus cabellos oscuros se fundían con las nubes, se escucharon rugidos, intensos, como los de una bestia al borde de la muerte, que se lo juega todo a una sola carta, a una sola batalla. Nadie veía nada, las nubes eran el manto que cubría aquello que estuviera pasando, se escucharon diversos rugidos. Sin aviso previo varias bolas másicas de energía, blancas con tonos violáceos, abrieron las nubes y desembocaron en el agua. Al contacto con una superficie solida estas causaron un estallido, el barco se vio azotado por la onda expansiva y se inclinó tanto que incluso el capitán tuvo que agarrarse para no caer. Hubo otro rugido, intenso, doloroso y sangriento. Aquellas bolas de lo que fueran no dejaban de caer, de vez en cuando se veía como explotaban en el aire, como si chocaran contra algo que estaba ahí y las nubes se retiraban, pero la lluvia, el viento y el destino impedían que nada de lo que pasaba ahí arriba pudiera verlo nadie.

Se produjo el silencio, los rayos cesaron, el viento se detuvo, la lluvia se hizo eterna y entonces otra bola másica salió con gran violencia desde el cielo, impactó contra el agua y la columna que elevó solo era comparable a la de un faro, fue entonces cuando, de la nada, algo cayó. Era pequeño, minúsculo en comparación a aquella columna, del cielo bajó como si de un meteorito se tratara, de cabeza, con un cuerpo que parecía arrastrar su propia agua roja, su cabeza se situó vertical a la columna de agua e incluso la velocidad que tenía casi provoca que un manto de fuego lo cubriera, incluso con aquella cantidad ridícula de agua que seguía cayendo.

El vigía pudo verlo con claridad, era humano, pero no consiguió salir de su asombro hasta que, segundos más tarde la persona que caía se hundió con la columna de agua que recuperaba su posición. -¡Es una persona!

El capitán escuchó aquello y se quedó por primera vez paralizado, ¿desde cuándo alguien caía del cielo? Preguntó al vigía si estaba seguro de haberlo visto, incluso había pasado desapercibido para sus ojos, había visto algo caer sí, ¿pero una persona? -¿Capitán? –preguntó uno de los fornidos caballeros que le acompañaba. -¿Qué hacemos?

El capitán tomó aire suavemente y se cuestionó que probabilidades había de sobrevivir a una caída, de además encontrar a un cuerpo con el mar agitado y simplemente dio una orden. -¡Hombre al agua! ¡A estribor inmediatamente! –el mismo corrió hacia el timón y cambio su ruta en base a lo que el vigía le decía. El mar parecía guiarles como un cordero que sigue un pasto verde, las velas se tensaron y empujaron más rápido aun el barco y cuando estuvo lo suficientemente cerca fue el propio vigía quien se lanzó sin esperar una orden pero se quitó la parte superior de su indumentaria que caería unos segundos después al agua, impulsada y movida por ese viento.

Su ejecución fue perfecta, su cuerpo cayó tras sus manos evitando así que la tensión del agua le hiciera daño y una vez su cuerpo se clavó en el agua llegaba la parte difícil, encontrar un cuerpo en mitad de la oscuridad del mar agitado, pese a su edad, quizás el más joven de la tripulación con sus veinticuatro años, era el mejor nadando y sabía orientarse bastante bien, sin embargo encontrar algo en especifico en un mar que apenas dejaba ver un metro mas allá de las narices era casi imposible. Podía aguantar un poco más en el agua, buscó y buceó hasta que sintió que sus oídos comenzaron a pitarle, producto de la presión, sin embargo cuando iba a darse por vencido encontró un hilillo de burbujas, lo siguió con todas sus fuerzas, con todas sus ganas y percibió una sombra, estiró su mano hacia la de aquella persona, entrelazó su mano con la de ella y tiró con fuerza.

Todos los hombres fueron inmediatamente a la barandilla de estribor y se quedaron esperando cualquier señal todos rezaban mentalmente y en silencio que salieran inmediatamente, o al menos que lo hiciera Noa. Había sido un acto suicida, cualquiera podía meterse en un mar agitado, pero nadie salía de él, las corrientes invisibles te succionan y te llevan tan lejos y tan profundo que pierdes la capacidad de distinguir que está arriba y que está abajo, como además no había sol era imposible adivinar donde podías estar y, sin embargo, se impulsó con sus piernas y el brazo que tenía libre sintió como su ropa se pegaba a su cuerpo, como tiraba de él. Su caja torácica no tardó en vaciarse del aire que le quedaba aunque aguantó todo lo que pudo, infectándose con el dióxido de carbono que su cuerpo rechazaba, tras unos segundos vacío el contenido de sus pulmones y las burbujas ascendieron en su misma dirección, sintió un frío envolviendo sus dedos, entumeciendo su cuerpo, no dejándole pensar, siguió nadando hasta donde pudo, y sus ojos no tardaron en cerrarse, sin embargo sus piernas no cesaron hasta que la necesidad de aire fuera imprescindible.

Se produjo un tenso, eterno e imparable temor, cualquiera podía notarlo en manos de todos, estaba ahí, entre cada hombre, incluso algunos arañaban con tanta fuerza las barandillas de madera que podían arrancarlas de cuajo y probablemente eso solo hubiera sido una mínima parte del temor que tenían todos. El agua se detuvo unos segundos y entonces el agua volvió a romperse, esta vez desde dentro y el sonido de una gran boca pidiendo aire se escuchó, y al instante los hombres de la tripulación vitorearon llenos de jolgorio que no solo Noa estaba vivo, sino que además había encontrado a quien buscaba salvar.

Cuando subieron a la cubierta a ambas personas, pues Noa era incapaz de usar sus piernas por demasiado tiempo lo primero que hicieron fue cubrirlo con una manta, el capitán dejó el timón y puso a uno de sus hombres tras decirle que pusiera rumbo a casa. Luego corrió junto a aquella persona y se puso de rodillas, su cuerpo estaba totalmente humedecido, apestaba a sal y a hierro, inmediatamente y por experiencia presionó el pecho del chico al notar que este no respiraba, lo hizo con tanta fuerza que incluso se escuchó el chasquido de una costilla, sin embargo el joven, que por edad era incluso un poco menor a Noa, se incorporó suavemente y su cuerpo vomitó aquel liquido que había tragado, incluso gritó de dolor, lo que provocó una pequeña marea de liquido salino, sangre y tan pronto como se reincorporó, y libró a su cuerpo de aquel salado liquido junto a la densa sangre que había manchado entonces parte de su rostro y cuello, cayó al suelo de forma inconsciente y fulminante, mas su pecho se movía sincrónicamente, de una forma ascendente y descendente.

Sus ojos dorados se abrieron para cerrarse de nuevo, habiendo notado simplemente varias figuras inconexas mientras su cuerpo seguía expulsando un líquido denso y carmesí. El capitán ordenó con la mirada que todos se apartaran, la curiosidad pudo al grupo y ninguno lo hizo, llevo su mano a la ropa del chico y al posarla en la parte derecha de su abdomen, torso y vientre, notó una calidez que no debía de ser nada buena. Se miró la palma de la mano, una piel dura y rígida y se encontró con un líquido rojo que le era más que familiar.

-¿Está herido? –preguntó Noa acercándose al chico mientras le cubrían con unas cuantas mantas de piel, incluso una tenía una complexión superior a su masa muscular, sin embargo el valía más por su agilidad que por su fuerza.

El capitán asintió, le retiró suavemente la camisa negra que el joven portaba y pudieron verse primero tres grandes marcas de garras, que partían desde la clavícula y dejaban una profundidad de un centímetro y medio y se extendían hasta la mitad de su torso, no era una línea continua, es más cambiaban de inclinación, como si hubiera peleado con un lobo con grandes, muy grandes pero cortas garras, donde entonces tornaban a ser cuatro durante un par de centímetros. Eran heridas brutales, sin embargo la sangre emanaba sin que nadie pudiera pararlas, y el capitán se preguntaba que se lo había hecho, y quizás conocía la respuesta, lo cargó sobre sus brazos y lo llevó inmediatamente al médico del barco, no era un medico como tal, pero era lo más parecido que tenían por aquí, sin embargo cuanto antes llegaran a casa mejor.

-La matriarca debería de verlo…si sobrevive para entonces. –dijo el médico tras recibirlo. –Haré lo que pueda.