CAPITULO II

El Mar de las Bestias se había calmado, pero incluso en calma era bastante difícil de sobrellevar si no tenías experiencia, un marinero usual de esos que van como mucho una vez cada dos o tres periodos lunares a la mar nunca entendería el porqué. La cuestión es que bajo esa inmensa capa de agua helada como mil demonios y oscura como un abismo eterno se escondía un mecanismo ancestral, quizás era la multitud de corrientes de agua fría y caliente que desembocaban en lo más hondo del terreno, quizás era esa leyenda de que una criatura más antigua que casi el propio mar agitaba sus aletas para propiciar así el sentido del agua, el sentido del mundo y que cuando no ha recibido adoraciones suficientes se enfada y entonces el mar se agita convulsamente.

Podían ser tantas cosas, y al mismo tiempo, todas ellas importaban poco o nada. Lo que antes era una tripulación que podía verse movida por la necesidad, el tener que conseguir el alimento en un temporal peligroso incluso para los isleños del este que se habían acostumbrado a esas aguas tan movidas, el peligro de que fueran atacados por algo un poco más grande que un pájaro y mucho más candente que un Sol, el riesgo de que cualquier persona cayera al mar y fuera engullida hasta lo más frío del mar, también estaba el riesgo de que una cuerda amputara con facilidad una pierna o brazo de aquel incauto marinero, ya había pasado antes y sin embargo todas esas preocupaciones se desvanecieron como si el polvo hubiera sido esparcido por un vendaval. Las miradas de todos los curiosos, de aquellos que no eran estrictamente necesarios para navegar, se centraban en una sola habitación, por lo general este tipo de barcos no solía tener dormitorios, tenías suerte de que tuvieras una hamaca para ti y que no tuvieras que compartirla. De hecho, no era una habitación. Solo había un camarote, el del capitán y dentro habían dos personas, una de ellas sentada sobre el borde de la cama, iluminando su desgastado rostro había una lamparilla de aceite, sucia, tintineante y cuya llama avisaba de que el barco no estaba ni mucho menos yendo a través de un mar en calma.

Su cabello rubio brillaba adquiriendo una tonalidad naranja cuanto más cerca se encontraba él respecto a aquella lamparilla situada en la mesa del capitán, a una distancia próxima a un paso y medio. No era el mejor de los camarotes, era el único de hecho, pero era el mejor lugar higiénicamente hablando. La otra persona yacía inmóvil sobre aquella cama, descansando mientras su pecho se agitaba con suavidad, hacia arriba y hacia abajo. Su cuerpo había permanecido desde hacía un buen rato desnudo, pudiendo apreciarse una musculatura que difería bastante de aquellos dedicados a proteger el barco. Mahtan, sostenía diversos objetos cerca de él, una botella cuyo cristal amielado y pegajoso sugería que llevaba mucho tiempo sin usarse ni limpiarse, un trapo tan blanco que podría haber iluminado la sala por sí mismo, aguja, hilo y diversos utensilios como por ejemplo una especie de pequeña tijera, cuyas largas pero minúsculas agujas permitían no arrancar la piel sino separarla sin que apenas sangraras, aunque su punta movida hacia los laterales indicaba que su función no era arrancar nada, sino coger y quitar, como para limpiar una herida.

-¿Qué te ha pasado, chico? –preguntó levantándose para coger la lamparilla y por el mango la acercó hasta aquel desnudo pecho que dejaba ver una serie de arañazos preocupantes cuan menos.

La piel se había separado de una forma precisa, es decir que fue algo rápido y que si quiso defenderse, no pudo hacerlo, no eran rectos, tenían diferentes inclinaciones pero paralelos a los demás que iban en la misma dirección. La piel se mostraba roja cual piedra filosofal, de aquellas perforaciones emanaba cada vez menos sangre, sin embargo los paños humedecidos de un rojo denso no dejaban lugar a dudas que si no había muerto era un milagro. Su pulso era el mejor de los presentes, incluso podría lidiar con el de un arquero experimentado, su padre había sido medico, y tuvo la gracia de haber podido aprender de él todo lo que pudo enseñarle hasta sus siete años de edad, cuando un incendio descontrolado acabó con su familia, todos salvo él.

Colocó la lámpara entre el pecho del chico y su rostro, ladeó este hacia la izquierda, para obtener más visibilidad, la piel estaba cicatrizando desde dentro, algo inusual, podía apreciarse un liquido blanco emanando y cubriendo la desgarrada piel como si fuera una suave capa fina que como al jamón, lo protege de la oxidación, salvo que esta vez lo protegía de una infección. Sus ojos cansados, gastados a lo largo del tiempo no poseían ni de lejos la rapidez que tenía de niño aunque aquella luz era la suficiente para que incluso él consiguiera vislumbrar diversos y poligonales objetos, oscuros como una perla negra, de esas, que escasas como una estrella fugaz, podían pagar más de un ejército. Con la derecha sujetaba la lámpara y con la izquierda, la mano maestra cogió aquella pinza quirúrgica y acercó el extremo hasta uno de esos negros objetos, se había insertado en lo más hondo de su herida. Con suavidad y precisión alcanzó uno de esos pequeños objetivos y con un nimio y minúsculo tirón extrajo una de esas cosas.

Tras sacarlo lo colocó a contra luz, observando lo que para él era una escama, se preguntó entonces cuantas mas no tendría y descubriría minutos después que tendría unas quince, las extirpó y las apiló en un pañuelo. –Esto te quemará, pero no quiero que te infectes. –cierto era que el agua marina era el mejor remedio para conseguir una buena cicatrización, eso era conocido por cualquier lobo de mar, sin embargo tenía otro punto de vista. –El agua marina en heridas profundas es dañina, muy dañina. –en cierto modo era así, el agua de mar, como la estancada solo es buena en determinadas y contadas circunstancias, cuanto peor fuera la herida, peor usar nada que no estuviera hervido y purificado.

Cogió aquel vendaje blanco y vertió el líquido cristalino de aquel sucio bote amarillento y el olor que emanó tras retirar el tapón de corcho hubiera provocado que a alguien inexperto como mínimo le hubieran ardido los ojos y hubiese llorado como una niña. Tras humedecerlo lo colocó sobre las heridas y aquel pelinegro chico que descansaba sobre la cama se agitó como si estuvieran clavando sobre su cuerpo clavos ardientes, incluso dio algún grito pero no consiguió despertarle de aquel estado de sueño, volvió a hacerlo tantas veces como fue necesario y una vez cubrió sus heridas de aquel líquido le vendó como pudo y se secó el sudor de la frente tras ver como ya al menos, la sangre no salía por sí misma, la hemorragia se había detenido.

-¿Qué tal está? –preguntó el capitán a Mahtan cuando esté salía del camarote, provisto de un montón de paños ensangrentados que no tardó demasiado en echar a un lado, lo que era comúnmente llamado zona de desechos.

No tuvo tiempo siquiera de responder cuando recibió la mirada atenta de toda la tripulación, se hallaba formando un circulo, en la mitad del cual había una olla repleta de un dudoso liquido entre grisáceo y amarillento, cada uno tenía un cuenco de madera y una cuchara y en todos los cuencos rezumaba aquel liquido, las miradas de curiosidad no tardaron en obligar que Mahtan se sentara junto a ellos.

-No lo sé. –confesó recibiendo uno de esos cuencos con aquella sopa, que parecía más solida que líquida, sin embargo humeaba, algo curioso. –Cesé la hemorragia pero tampoco tengo medios para sellar la herida –afirmó antes de proseguir. – para coserle necesitaría que dejara de sangrar, no tengo hilo suficiente y sin ningún mejunje de la matriarca no creo que aguante demasiado, estaba ardiendo.

Hubo miradas de desconcierto, mas causadas por las preguntas que salían, en unión con las propias cuestiones que ya arrastraban desde que habían visto aquellas explosiones de luz, la caída del chico, y ahora esto, su boca se hacía agua con aquellas incógnitas, que probablemente azotaran a más de uno durante toda la noche. Solo faltaba una persona en aquel grupo, el piloto del barco que se encontraba en la cubierta, guiando con el timón la nave hasta el puerto de donde salieron, no quedaba demasiado, sus ojos marrones oscilaron entre los marineros y encontraron a uno que se hallaba casi sin ropa, con varias mantas a sus espaldas y una nariz enrojecida.

-¿Y tú, Noa? –preguntó tras tomar un sorbo de aquella densa comida y dirigió su mirada a él.

-Estoy bien –hizo una suave pausa –agradecería una comida mas…consistente y con sabor. –estuvo a punto de producirse un terremoto en el barco pues hubo una sonora carcajada por parte de los otros sin embargo hubo alguien que protestó.

-No creas que hay demasiado mejor que poder preparar cuando todo el barco parece que va a volar en cualquier momento. –dijo ofendido cruzándose de brazos un hombre situado a la derecha, tres puestos, de Noa.

La charla no duró excesivamente mucho, el capitán mantenía una especie de dialogo no-verbal con Mahtan, sus ojos habían perforado visualmente las defensas del médico que tampoco tenía nada que ocultar, salvo quizás…sí, eso era necesariamente algo que debía de ser contado al capitán, porque el capitán era algo más que el líder de esta tripulación, sino de algo más grande e hizo un gesto con los ojos, desviarlos en una dirección que en lenguaje no verbal y universal decía "tengo que hablar contigo, en privado", y probablemente no se equivocara. Hubo un momento tal en que la tripulación comenzó a apostar cosas en referencia a aquel chico, algunos apostaban por los puntos que precisaría, otros si sobreviviría o moriría y en cuanto tiempo y en una de esas discusiones capitán y médico se escabulleron hacia el camarote del capitán y cerraron la puerta tras de sí. Esto no paso del todo desapercibido y no tardaron en agolparse las personas para cotillear que estaba pasando, un acto del todo irresponsable pero la curiosidad mató al gato, no dijo nada de férreos hombres.

El capitán observó al chico con atención, sus experimentados ojos vieron al joven herido, con aquellas vendas teñidas de un suave rojo y una expresión de cansancio y dolor sobre su rostro, vio también como la sangre había manchado su ropa y se había vertido por aquellas sabanas, el aroma de la sangre y la sal se filtraron por su nariz y volvió a la mesa donde el médico de unos cuarenta años, había colocado algo. Poligonales escamas de color negro, de las cuales algunas no medirían más de un centímetro y medio, minúsculas, sin embargo había encontrado en su ropa unas cuantas lo suficientemente grandes, del tamaño de la mitad de una palma humana.

-¿Escamas? –preguntó el capitán acercando aquel farolillo hacia estas, no dejaban pasar ni una pizca de luz.

-Demasiado grandes para ser de peces, sin embargo son demasiado pequeñas para ser de un dragón. –se agitó el cabello confuso. –La mayoría no tienen escamas. Y ninguna de las razas corresponde a este color, aunque cualquiera sabe. –miró al capitán y observó como dejaba la escama más grande en la mesa de madera y además asintió a sus palabras.

-Es posible. –afirmó llevando una de sus manos a su cintura y de su portaobjetos cogió por la empuñadura una daga de acero y la clavó con fuerza sobre la escama, la fuerza hubiera hecho que la daga hubiese atravesado la mesa recia de madera y sin embargo fue incapaz de quebrar esa solitaria escama. Su brazo estaba tenso, duro como una roca y sostenía con fuerza esa daga ejerciendo presión contra aquella fina superficie negra, que no se quebró, ni siquiera mostró un mínimo rasguño. -¿Qué clase de animal puede hacer esto?

-Uno común no…eso es seguro. –el capitán sonrió, ese chico había topado con un espécimen interesante, o quizás algo diferente, ahora valía mucho. Más que mucho.