CAPITULO III

El mundo onírico es cuan menos interesante de explorar. Siendo un mundo que es imposible de discernir del real, ¿soñamos tras dormir o despertamos cuando lo hacemos? ¿Es el mundo en el que vivimos una fantasía o solo nuestros sueños nos permiten desahogarnos de la realidad? ¿Quién posee la respuesta a la pregunta? Es un mundo tan cambiante que es imposible de definir, pero, ¿Quién dijo que el mundo debía de ser lo que conocemos cuando estamos despiertos, si es que ese es nuestro estado predominante? ¿Quién dijo que era imposible que todo lo que conociéramos no fueran más que ecos de un mundo al que solo accedemos tras dormir?

El sol rugía con fuerza, dañaba las pupilas que curiosamente intentaban ver algo de aquella blanca, pura y sanadora luz. Sus ojos se abrieron de golpe, como si hubiera estado cerrándolos en contra de su voluntad. Al abrirlos y recibir la luz de la pura estrella, sus pupilas reaccionaron contrayéndose hasta ser un inapreciable punto en un mar de ojos de oro. Su pálida piel brilló y se reincorporó de lo que aunque suave, no era más que el suelo, cubierto por una densa brizna de hierba de un par de centímetros. No había nada en aquel virgen lugar, todo era mera luz, salvo aquel circulo de hierba que se extendía un par de metros allá, se cuestionó mentalmente si el pisar fuera del césped haría que cayera al vacío, su curiosidad fue tal que lo comprobó, pisando con la punta del pie aquel suelo blanco y que parecía ser eternamente profundo, sin embargo no se cayó, como si fuera una estructura sólida pero invisible.

Su mente parecía asimilar lo que le rodeaba, como si ese lugar fuera conocido para él sintió una calidez que emanaba de su pecho, de su corazón y que lo tranquilizaba. Hubo otra suave brisa, que movió su oscura pero delgada vestimenta. Diversos pétalos rosados danzaron de ningún sitio y cruzaron aquella inmensa esfera blanca, con algo de color, que era el mundo donde se encontraba. Sintió un aire cálido rodeando su oído, como si una voz le hablara. Trató de escuchar que decía, su rostro no parecía entender que le estaba contando y compuso un gesto de desconcierto.

-No te escucho… -susurró girando su rostro, como si supiera que allí había alguien, alguien que como el mundo le sonaba familiar. Percibió un silbido cortando el aire, mínimo, como el que produce la voz cuando corta el aire con la lengua y juró haber sentido el calor de una boca sobre su nuca, como si alguien le hablara desde muy cerca. -¿Quién…eres?

No obtuvo respuesta, algo tiró del cuello de su camisa, desde su espalda algo lo empujó hacia atrás, su cuerpo no se resistió, se dejó llevar y como si fuera disparado por una bala de cañón desde el pecho se dejó caer al suelo. No hubo nada solido que lo parara, lo que antes funcionara como apoyo de su cuerpo y de ese suelo ahora simplemente había dejado de existir. Cerró los ojos y se dejó caer, siendo arrastrado por la gravedad su cuerpo se colocó de forma horizontal hacia el fondo de aquella eterna sala, ¿subía o bajaba? Daba igual, su pecho emitió un gran pinchazo fusionado con una sensación de calor que dolía, que quemaba su carne y huesos y su cuerpo se desvaneció como una figura de cenizas, poco a poco hasta que ya no quedó nada.

Su rostro realizó un suave gesto incomodo, un mal gesto, como si tuviera una posición que no le agradaba de forma forzada, del mismo modo se sintió mareado, como si el liquido interno de su oído no estuviera quieto y en reposo sino que en realidad se contoneaba como una bailarina a diferencia de su cuerpo que yacía inmóvil sobre una superficie blanda y que se amoldaba a su espalda. Sus ojos tardaron en reaccionar a sus órdenes, con un suave retardo consiguieron abrirse y lejos de recibir la luz como una bendición consiguieron que sufriera un pinchazo en lo más profundo de su cráneo, intentó llevarse las manos hasta sus ojos, protegiéndolos, resguardándolos, pero notó como su pecho se tensó y eso provoco otro pinchazo de dolor, esta vez mas generalizado. Un suave gemido de queja escapó de su boca y eso que trató de contenerlo entre su mandíbula tensa.

Con paciencia sus ojos pudieron abrirse, lagrimeando suavemente, su mirada comenzó a apreciar los detalles de donde se hallaba, no recordaba exactamente donde debía de estar pero esa sensación de pérdida, desorientación y dolor se intensificaron bastante, como si el sueño le hubiera sedado y en cierta parte era así. Era una casa, al menos la habitación en la que estaba, sin embargo la luz no se expandía con fuerza, toda se filtraba por una ventana que golpeaba la cama en la que se encontraba, golpeaba las sabanas suaves que lo recubrían y lo calentaban, motivo por el cual la luz le pareció en primer lugar desagradable y dolorosa, toda iba hacia él. Con bastante esfuerzo y más de un ahogado quejido consiguió reincorporarse, de una forma instintiva consiguió bajar la cabeza para mirarse el pecho cuando retiró aquellas sabanas y encontró un vendaje, grande, que recubría su costado y que además, fijaba con fuerza el brazo izquierdo, desde el codo hasta su clavícula y lo fijaba al torso, dado que en ese brazo se focalizaban todas las heridas que tenía aunque él no sabía porque tenía aquello, pero el intento de mover el brazo provocó otra descarga de sufrir ahogado.

La sala le era no desconocida, lo siguiente. Sus ojos de aureola oscilaron entre las grises paredes que ahogaban la luz y parecían bastante limpias, nuevas mas bien, como si la casa no llevara en pie más que unas semanas, y el polvo no hubiera tenido tiempo de impregnarse en cada poro rocoso. Habían varias estanterías, sobre los estantes no había solo libros, había una figura de un colmillo, bastante grande, en otras habían objetos cuya forma extraña, circular y puntiaguda, brillante y apagada, parecía que fueran objetos esotéricos, llamaron su atención sin embargo caminar a un ritmo normal era para él un deseo. Su mirada osciló entre aquellos viejos muebles, todo parecía viejo, al menos las posesiones. Un escritorio sobre el cual rezumaban los objetos oxidados, ennegrecidos y que antes habían sido de plata, había algunas plantas, hojas verdes, rojas y lilas, además de diversos papeles, la letra no le sonó familiar.

En una pared había un mapa, su curiosidad hizo que se sintiera atraído por ello, quizás así sabía dónde estaba, sin embargo era un mapamundi, eso o el lugar donde se situaba era inmenso, habían varios escudos, como de casas reales o algo por el estilo, en una zona concreta del mapa, lo que correspondía con una isla grande, de quizás mil, dos mil kilómetros de longitud y de una forma más o menos triangular habían diversos puntos rojos, como si alguien hubiera marcado alguna zona, se llamaba "Eoserin" aunque seguía sabiendo lo mismo que antes. Nada. Con paso entrecortado se acercó a un estante y sujetó entre sus manos un medallón, de color gris con unas letras escritas, la eme y la a, en mayúsculas y con un color dorado que resaltaba.

-Es un acrónimo. –dijo una voz anciana, cortada y aguda. El ojioro se asustó y su cuerpo se agitó de una forma instantánea y por culpa suya sintió otro pinchazo, tenía que controlarse.

En un primer instante ni siquiera supo hablar, abrió la boca para disculparse pero encontró que su cerebro no había mandado ninguna palabra, entendía que quería decir, al menos sabía que ella le estaba hablando, una mujer anciana, con un bastón de una madera de color castaño, como un báculo sobre el cual su encorvado cuerpo descansaba, él miró sus ojos arrugados, como casi todo su cuerpo y aunque no consiguió decir nada ella parecía saber lo que quería decir.

-No te disculpes, puedes tocar lo que desees. –dijo con voz calmada, era bastante más baja que el chico, sobre ambos se veían las distintas facetas de la edad, él, joven, con una complexión más que deseable por mucho, de una altura un poco superior a la media de su edad, con un cabello oscuro como la noche, mientras que ella era anciana, su pelo era blanco y se recogía en un pequeño moño, su espalda estaba incluso encorvada de una forma convexa lo cual hacía que requiriera casi siempre de un bastón para moverse, su piel estaba arrugada cual pasa y sin embargo sus ojos oscuros como el pelo del joven no dejaron de escudriñar a su invitado. –Que olvidadiza que soy –se dijo a sí misma - ¿Qué tal te encuentras?

Su cerebro pareció intuir que le estaban preguntando, todo aquello le sonaba como si fuera un idioma que jamás había escuchado, sin embargo su mente le ayudó a quitarse aquellas dudas, como si aquella lengua se encontrara en alguna zona que no recordaba, pero que estaba ahí sin dudarlo. –B-bie-bien –hubo una pausa, se estaba acostumbrando a los movimientos que tenía que hacer con la boca y la lengua, como si fuera lo más costoso que hubiera hecho nunca. –supongo. –finalizó, dejando el colgante donde se lo encontró tenía miedo de romperlo.

La anciana se acercó caminando con el bastón a su compas, parecía que estuvieran siendo uno, como simbionte y huésped. –Tus heridas -se movió en torno a aquellas vendas mientras el joven le miraba incomodo, no por estar así, sino porque ni sabia quien era ella ni tenía un verdadero conocimiento de la situación, como un extranjero perdido, o un niño pequeño. – no han sangrado y no veo manchas azules así que diría que se han cerrado. –sonrió como una abuela al ver a su nieto tras un tiempo sin saber de él. –Sin embargo no hagas esfuerzos, la piel te tirará hasta que se halla cerrado del todo.

El joven asintió lentamente, apuntando mentalmente aquellas ordenes, al mismo tiempo que la anciana seguía hablando, deseó tener algo para apuntar lo que le decía, la cabeza le dolía pero aunque molesto no era difícil de soportar, minaba su concentración. –Soy Eloisea Freiwen –hizo un gesto con la cabeza para saber el del joven.

Este abrió la boca sin embargo cuando buscó su nombre en la memoria encontró una cosa totalmente distinta, no solo no encontró nada relacionado con lo que buscaba sino que no encontraba respuesta a preguntas relacionadas, su nombre, su edad…¿Qué era lo que sabía de sí mismo? – N-no lo recuerdo. –sus ojos rodaban por la sala confusos, se llevó la mano que le quedaba libre al pelo y se la agitó. –No lo sé. No se mi nombre.

Ella apoyó su mano en el brazo del chico y sonrió amablemente con la intención de que se calmara, ahora sabían algo más de él, primero que tenía amnesia y segundo que esa amnesia parecía ser casi total, pues al menos sabía cómo hablar. –Llevas un tatuaje en tu muñeca. –cuando lo dijo el chico buscó en ambas y lo encontró en la izquierda, miró los símbolos, no encontró su significado ni nada en especial, hasta que su visión los transmutó en algo legible, durante un instante. -¿Sabes que pueden significar?

-Aeldar. –su lengua se atascó al intentar leerlo con aquellos símbolos y lo más próximo a lo que suponía como se pronunciaría, quizás se equivocaba. Bastante posible. Más que posible.

La anciana asintió suavemente, buscando en su memoria algún nombre parecido sin embargo solo dio una suave palmada para mirar directamente a los ojos dorados del joven. –Nunca había escuchado ese nombre, pero aunque soy anciana no lo sé todo por lo que podemos llamarte así hasta que recuerdes tu nombre, ¿vale? –él asintió, ella abrió la puerta, por la que tuvo que entrar y está chirrió, lo que demostraba para Aeldar que probablemente Eloisea pudiera moverse más rápido de lo que pensaba, no la había percibido aunque dada su estatura y que se fundía tan bien con el ambiente incluso podía ser invisible si no la buscabas.

La puerta desembocaba en unas escaleras, ella, antes de bajarlas le miró e hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera, eso hizo, con un paso lento mientras observaba lo nuevo que parecía todo en comparación a todo el mobiliario, eso le intrigaba, pero tenía intrigas para si mismo más que para los demás. -¿Qué es esto? –preguntó apoyándose como pudo a la barandilla el gesto de descender los escalones podían con él. -¿Dónde estoy?

-Esto es mi casa, señorito Aeldar. –comentó falsamente ofendida antes de reír con suavidad. –Soy la médica de la isla, más bien la matriarca, como lo fue mi madre, y como lo fue la madre de mi madre, y su madre antes de ella y si no recuerdo mal hubo un tiempo en el que el abuelo de mi abuela tuvo que ser su sustituto algo inusual ciertamente. –evocó entre suaves divagaciones. Esperó a que Aeldar consiguiera bajar y no pudo evitar pasar por alto aquella suave gesticulación de dolor percibido en su rostro. –Y es a mí a quien llaman anciana, deberían de verte bajar a ti las escaleras.

El salón era amplio, había una chimenea donde descansaba una olla, de peltre probablemente, habían un par de sofás de colores carmesís en torno a una mesa muy amplia, si el desorden de la anterior era notable aquí habían muchas especias, muchas plantas, y habían varios libros abiertos en diferentes paginas, Aeldar notó unas cuantas figuras humanas dibujadas en ellas. Había dos puertas, la primera todo recto, lo que debía de ser la salida de la propia casa y otra más a la izquierda, donde suponía que estaba la habitación de la anciana, además había pasado por alto otra, justo debajo de las escaleras, que sería la despensa, o algo por el estilo. Ella se movió cómicamente hacia la mesa y cogió varias hojas de color moradas con unas suaves florecillas rosas, exactamente tres, y se las dio.

-Tomate una, es bastante fuerte, evitara que sientas el dolor sin embargo te dolerá, así que no trates de comerte más de una si realmente no te duele. –le advirtió, él asintió y se la guardó en los bolsillos de aquellos pantalones, la única prenda que tenía, sin contar con los zapatos que por alguna razón llevaba puestos desde que despertó. Después de darle aquellos analgésicos naturales fue a un sofá y cogió una camisa, de un color azul marino y de un tejido un poco más barato que la seda, pues a diferencia de esta tenía cierta elasticidad y se la cedió. –Es tuya, limpié lo que pude en lo que despertabas, estaba manchada de bastante sangre. –Aeldar la recibió y con una lentitud entendible, al apenas poder mover el brazo izquierdo, sin embargo lo consiguió y salió al exterior, siguiendo a la anciana.

Lo primero que recibió del exterior fue un fogonazo de luz, como si el Sol se apareciera frente a ti sin demasiado temor a dejarte ciego, se cubrió la frente con el brazo y visualizo una hermosa aldea. Seguía una estructura un tanto especial, la aldea parecía estar situada junto a un barranco, sin embargo si extendías la vista a la lejanía veías un camino de piedra que descendía en un camino sinuoso hasta el puerto, donde podían verse minúsculas naves de madera, con las velas recogiéndose aquellos que llegaban y balanceándose los que llevaban tiempo varados o anclados al puerto. La aldea tenía el suelo decorado con una suave brizna de hierba, como si siempre estuviera así, a punto de crecer sin hacerlo del todo, había un camino de piedra que conectaba casi todas las casas, además habían "farolas" en realidad eran grandes troncos de madera sobre los cuales colgaban grandes faroles de aceite, apagados a estas alturas del día. Se veía el mar, el hermoso y azul mar y el faro que sobresalía incluso por aquel precipicio si hubiera estado en el fondo del mar y no sobre el propio precipicio.

-¿Dónde vamos? –preguntó perdiéndose entre aquella aldea, habían jóvenes mujeres, otras ancianas, otras mujeres formadas y que probablemente ya eran madres, hombres de todo tipo de edad pero en general duros como rocas pese a no tener la mejor de las complexiones lo cual lo dejaba como alguien escuálido, cosa que no le importó demasiado.

-Pues a presentarte, ¿a qué si no? ¿No quieres conocer a quien te rescató?

El asintió rápidamente, ¿rescatarle? ¿Pero qué había pasado exactamente para que él se encontrara así? Entendía que podía haberse caído, quizás eso le quitó la memoria y quizás alguien lo encontró, ¿pertenecía Aeldar a la propia aldea? Podía ser, la curiosidad y preguntas que golpeaban su mente eran imposibles de esquivar, quería saber de él mismo, y sin embargo no pudo evitar fijarse en que todos le miraban, ¿le conocía alguien? Era irónico que una anciana fuera rápido, pero que fuera más rápida que un chico de apenas veinte años era mas irónico aun y casi tuvo que tirar de él de no ser porque sabía que no podía ir más rápido aunque ello no evitó que recibiera un golpe cordial en el trasero para que arriara, aunque eso sucedió en el mismo instante en el que Aeldar se detuvo a mirar a un grupo de jóvenes. –Estos chicos… -comentó en un suave refunfuño la anciana. – siempre pensando en lo mismo.

Cruzaron la villa costera de extremo a extremo, lo que más llamó la atención era la impresión general de la villa, lo que infundía sobre Aeldar no era más que la impresión de que esta había aparecido de la nada, y que al mismo tiempo ellos llevaban ahí demasiado tiempo. Como si todo se hubiera trasladado a través del tiempo y solo las casas se hubieran mantenido totalmente estáticas, ajenas al envejecimiento al que todo ser, trágicamente, estaba ligado y condenado. Tardaron un rato, quizás unos diez minutos, teniendo en cuenta que cada vez que Aeldar quería preguntar la anciana Eloisea que era "Sol Naciente" como del mismo modo creyó ver una especie de gran chimenea, donde las brasas incluso de día emitían un color naranja que se hacía casi tangible, había visto también un edificio alejado de la villa, como si pretendiera estar lo más alejado posible del mar, pero no preguntó pues ya había recibido anteriores respuestas; primero presentar y luego explorar.

Descendieron hasta la playa, donde aquella vista desde lo alto del desfiladero le encogió el corazón y se quedó sin respiración. En vez de recibir aire sintió como si algo puro y ligero se filtrara por su cuerpo, como si lo sanara desde dentro, inspiró profundamente, cerró los ojos y el tiempo casi se detuvo.

-Vamos vamos –decía impaciente la anciana mujer- ya casi estamos.

Aeldar volvió en sí asintiendo con la cabeza y encontró una sonrisa en el rostro de la anciana cuando la miró y la siguió, sin perder de vista aquel mar brillante, azul y reluciente, como si sobre la superficie se posaran bengalas blancas que chispeaban y se quedaban todas ellas atrapadas en una fina e invisible superficie intangible. Aunque no del todo así el camino era como una larga pendiente natural, sin embargo las curvas perfectas y el hecho de que en la naturaleza no existen las líneas rectas era probable que alguien lo construyera lo cual merecía un aplauso, sin embargo faltaba una mera barandilla o bordillo por aquello de la posibilidad de despeñarte. El viento era fuerte y temía caerse si perdía el equilibrio pero la anciana le inspiró seguridad. Siguió caminando.

Cuando iban por la mitad y sus ojos dejaron de sentir esa fascinación por el mar, producto de lo nuevo y la curiosidad de algo que no había visto hasta hacía unos cortos minutos. Su mirada ondeó por la costa, fijándose en la espuma blanca que combinaba mágicamente con la arena marmórea, había algo no natural en el ambiente, se trataba de una especie de complejo de entrenamiento, varios pilares de madera, con cuerdas por aquí y por allá, incluso algún que otro muñeco de pruebas, todo parecía una especie de zona de entrenamiento pues habían varias personas, pequeñas como una mano entrenando, la lejanía los hacía parecer como meros insectos, Aeldar ladeó la cabeza como desconcertado por que hacía, de hecho le extrañaría hasta el berreo de un recién nacido que clamaba por un poco de leche lactante, no sabía siquiera que era un bebé.

Una vez sus pies tocaron la arena sintió como su peso provocaba el hundimiento en aquel medio arenoso, aquello le resultó tan extraño que cualquiera se preguntaba si no había visto antes una playa, algo usual para la gente de una isla. Pero no para él. No estaba, como quien diría, en su medio natural y se sentía como un pez fuera del agua sin embargo siguió el rastro de pequeños pasitos y huellas que dejaba tras de sí la matriarca y no se maginó que tuviera unos piececitos tan pequeños. Se preguntó mentalmente cosas sobre la matriarca ¿qué era exactamente ese título? Puede que tu lo sepas, pero para Aeldar podía significar entre amante hasta dama de compañía pero esas comparaciones en la mente del joven de cabellos negros y agitados cuanto más aire hacía no era capaz de entender siquiera que era un trabajo, simplemente retenía las palabras sin entender realmente aquello que requiriera una memoria de largo y medio plazo, el simplemente sabía lo que le iban diciendo, sin entender, sin cuestionar, como un niño que no quiere atender porque simplemente no sabe. ¿Qué edad tenía? ¿Por qué lo había alojado en su casa? ¿Sabía curar heridas? Eso debía de conocerlo, le había dado una planta que lo curaría, al menos del dolor.

-¡Así que ya despertaste! –comentó una joven voz alegremente.

Aeldar agitó con suavidad la cabeza para volver en sí. Tenía en frente a un joven un poco más alto que él, miró sus ojos y la sonrisa que esbozaba su rostro que estaba extrañamente reluciente, su cuerpo se agitaba, más concretamente su pecho lo que concordaba con la idea de que había estado haciendo ejercicio y su cuerpo no parecía tener problemas con hablar, sonreír y respirar al mismo tiempo, algo envidiable.

-S-Si –no sabía exactamente que decir y aquella lengua seguía siendo ajena para la suya propia, pero antes de que pudiera preguntar nada la anciana habló.

-Está de una pieza, lenta, pero una pieza. –puntualizó. –Él es Noa Belior, fue quien te rescató.

-Me conocen como el salvador. –dijo antes de recibir un golpe con el bastón en la cabeza por la anciana.

-Al contrario, se le conoce por disfrutar mucho de sus actos buenos, e incluso de los malos. –negó con desaprobación, pero no se vio una mala desaprobación, sino como si eso formara parte de sus juegos.

-Me halaga en demasía matriarca. –dirigió una mirada al chico de ojos dorados y mantuvo aquella sonrisa casi eterna. -¿Cuál es tu nombre?

Aeldar se dispuso a decir que en realidad no sabía su nombre, sin embargo la anciana le tocó el brazo derecho apoyando su mano en él y habló en su nombre, nunca mejor dicho. –Se llama Aeldar, así que hechas las presentaciones y dado que tu eres su salvador te harás cargo de él. –cuando Noa trató de excusarse y negarse la anciana rechistó entrecerrando los ojos. -¿No te gustaba tener fama? Pues gánatela. Enséñale todo. Es una orden, no me obligues a decírselo a tu padre. –eso hizo que el vigía compusiera una mala cara, como de temor y de incordio. Ella se acercó un poco hacia el joven, quien casi hizo ademan de retroceder. –Si me entero de que le hieren, después de los cuidados que le practiqué, haré que desees trabajar en la herrería, sintiendo el ardor de las brasas sobre tu piel. –una voz grave emanó de su frágil garganta, Aeldar dio un paso atrás asustado de aquella conversación, ¿Qué estaba pasando? Se preguntaba, y obtenía la misma respuesta. Nada.

-E…en…ente…Entendido. –asintió rápidamente con la cabeza.

La anciana se volteó para despedirse de Aeldar, le dijo algo al oído que no pudo escuchar Noa, y dijo algo antes de desaparecer como la primera vez que la vio el amnésico joven, de la nada. "No te costara sorprenderle Noa, no recuerda nada, de nada."