CAPITULO IV

La curiosidad era algo que ahondaba en lo más profundo del ser y tanto Noa como Aeldar eran vivas imágenes de ello; aunque el primero parecía no tener reparos para preguntar todo cuanto quería y podía sobre el joven ojiamarillo este solo podía sorprenderse de cada cosa que miraba. Para Aeldar cualquier mínimo detalle que sus ojos perfilaran era nuevo y le fascinaba, quien parecía más salido de una pequeña caverna, ajena al paso del tiempo y a la verdadera realidad que una persona de la superficie.

-Entonces, ¿no recuerdas nada? –era la pregunta que emanaba de la boca de Noa y que probablemente emanaría de boca de los demás cuando confirmaran su identidad.

-No. –respondió el menor. –Solo mi nombre. –y de eso tampoco estaba tan seguro pero mejor decir eso que ser un fantasma inapreciable cuyo nombre fue engullido por la tierra.

-Entonces te daré cosas que recordar. –dijo con una sincera sonrisa, sus ojos castaños perfilaban los del moreno con un brillo insólito.

Noa cumplió la misión que la anciana Eloisea le había encargado, cuidar de Aeldar y eso que él tampoco se lo ponía precisamente fácil, solía despistarse con frecuencia. Cuando le enseñaba un lugar, como podían ser los establos, él se quedaba mirándolo todo, como un pintor que examina y fuerza su imaginación para que le revele los detalles más mínimos y nimios por lo que muchas veces pasaba que cuando Noa seguía caminando hacia otro lugar acababa perdiendo de vista a Aeldar. El caso del establo quizás fue el peor de todos, cuando Aeldar trató de tocar a un caballo, que le pareció una criatura magnifica, mas grande él mismo, con un pelaje muy cuidado y brillante, algo a agradecer a quien fuera la persona que cuidara de los caballos, estos vieron en él una amenaza, todos relincharon como si vieran en sus ojos una negra e intensa figura amenazante y se movieron como si él tuviera alguna enfermedad mortal captable por el olfato o la vista.

-Qué extraño. –dijo Noa tomando al otro por el brazo derecho y alejándolo de las cuadras. –Suelen ser bastante mansos.

A diferencia del paseo que había tenido con la anciana, Noa se tomo su tiempo para enseñarle cada calle, cada casa, apuntaba a cada edificio y explicaba que se hacía allí, las preguntas que tuviera Aeldar siempre eran respondidas por su acompañante y guía lo que le llamó la atención era la facilidad para relacionarse que tenía, él no estaba acostumbrado a hablar con otros, y si lo estaba no lo recordaba por lo visto Noa era alguien conocido en la villa. Pero habían dos lugares durante esa escasa media hora que llamaron su atención, seguía sin saber que era Sol Naciente, pero cuando pasaron lo suficientemente cerca como para que Noa le hablara del lugar él sintió la emoción e importancia que le transmitía su salvador.

-Es uno de los mejores lugares de Ircada…

-¿Ircada? –preguntó nada más escuchar el nombre, ¿esto no era Eoserin? Su rostro compuso una cara de interrogación y duda que no pasó desapercibida por el vigía. -¿No era Eoserin?

-Eoserin es el nombre de la isla, una de las más grandes de todo Terathia. –abrió la puerta y fue seguido por Aeldar. –Es un poco difícil de entender, pero por aquí había un mapa. –le dijo caminando entre aquellas mesas, la mayoría vacías, ignoró todo cuanto le rodeaba porque le era conocido, sin embargo Aeldar tuvo que luchar contra el instinto de curiosidad que desde el fondo de su pecho le instigaba a voltearse y observar la mas minucia de las cosas que encontrara.

Se colocaron frente a la apagada chimenea, sobre la cual había un mapa, a diferencia del que había en casa de la matriarca era uno más grande, mucho mas grande como unos cinco pasos de longitud por tres de altura, todo muy bien definido, la isla que en el otro mapa apenas ocupaba media palma de la mano aquí era casi cinco veces mayor y sobre ella se veía tres círculos, uno de ellos se llamaba Ircada, ese fue el punto que seleccionó con su dedo tras subirse a una silla. –Aquí estamos nosotros, hay otras ciudades como esta y esta –apuntó otros dos círculos. –también hay bastantes pueblos dispersados por el este, no tantos en el oeste. –dio un salto suave y tocó el suelo. –Y esta es la taberna de Ircada, Sol Naciente. –abrió los brazos suavemente señalando el lugar.

Era una taberna más que grande, era una gran sala hexagonal, hecha de piedra maciza de la que podían probablemente sacarse más de treinta ladrillos de una sola sentada, sin embargo pasaba lo mismo que siempre, todo parecía estructuralmente nuevo e internamente desgastado, las mesas en un principio habían sido de maderas blancas que iluminaban por dentro la sala, habían ventanas cuyo cristal estaba lleno de motas negras constantemente como si las antorchan hubieran quemado directamente el cristal sin llegar a derretirlo, habían antorchas colocadas cada pocos pasos y ancladas a la pared. Sobre las vigas de madera que componían la estructura y apoyo de las paredes colgaban diversos candelabros circulares apagados con infinidad de velas, mesas alargadas, bancos y taburetes, todo indicaba que aquí venía como poco un centenar de personas, quizás exagero. En el fondo estaba la chimenea, dado su tamaño era probable que se cocinaran cochinillos, ovejas o si ibas con mucha hambre, hasta toda una vaca. Curiosamente no había visto ninguna vaca, Aeldar había visto ovejas, caballos e incluso alguna que otra cabra, que por cierto, casi le atropella. A la izquierda de la entrada, justo en la tercera pared había una gran barra tras la cual yacían muchas botellas y piezas de cubertería.

-Suele llenarse bastante por lo que no me extrañaría que en breve no pudiéramos ni siquiera respirar. –sonrió y su sonrisa infectó el rostro del naufrago. –Ya tiene que ser el cuarto periodo, ¿te apetece algo de comer? –Preguntó el joven mirándole directamente –No te preocupes, invito yo.

Aeldar no entendió aquello del periodo sin embargo su estomago le traicionó antes de poder responder y su estomago rugió, vibró y tembló como si algo dentro de él lo agitara y provocara un rubor inocente en su rostro seguido de una sonrisa de vergüenza.

Noa rió suavemente al ver cómo reaccionaba el chico que cayó del cielo, seguro que ese sería su nuevo apodo, teniendo la impresión de que su amnesia lo había transformado en un inocente chico pequeño en un cuerpo de un adulto curiosamente esto hizo que sintiera mas curiosidad por saber cómo era él en realidad, en lo más interior de su corazón podía haber más una suave y grácil flor, un témpano de hielo o una llama candente, pero primero tendría que hacer que viera este hogar como una casa, en lo que él recordaba quien era, pero el capitán quería verlo y eso podía ser tan bueno como malo. Pasó su brazo por el cuello del joven y lo llevó a la barra, un hombre de más o menos una edad alta, unos cuarenta y tres años con el pelo rubio y canas blancas, ojos azules y una facción dañada por diversas cicatrices y una barba de unos pocos días yacía en sus cosas, en sus pensamientos, mientras realizaba lo que siempre hacía, comida, limpiar, pensar. Comida, limpiar, pensar. Sí, ese era su modus operandi en un día normal.

-¿Qué tal, Barnam? –el tabernero se encogió de hombros indiferente y su mirada no se levantó de aquella jarra cuyo trapo recorría una y otra vez, ya era algo mecánico. –Es de pocas palabras, de primeras. –le susurró a Aeldar tras sentarse en uno de los taburetes. –Te presento, este viejo silencioso es Barnam –ladeó su cabeza hacia su derecha pues estaba mirando al joven – y este es Aeldar.

El tabernero estaba más que acostumbrado a aquella forma de tratar con Noa, en realidad sabía que nunca decía nada para herir, pero no consiguió llamar su atención, ni lo más mínimo, aunque de haber tenido algo de agua se la hubiera lanzado por el mero hecho de molestarle aunque cuando escuchó el nombre del joven su cicatriz, que cruzaba su rostro desde el moflete izquierdo a su ceja, se arqueó antes de mirarlo directamente. Señaló con el dedo pulgar al joven mientras miraba a su viejo conocido, que para nada era viejo.

-¿El que rescataste? – Noa asintió. -¿El del cielo? – volvió a asentir mientras Noa estaba más atento de descifrar aquella cicatriz que de que hablaban ellos dos. –Esto sí es algo interesante –dijo mas para sí mismo, se secó las manos con el delantal blanco que tenía y le dio la mano al joven quien por instinto la unió a él, cosas que no se olvidan supuso internamente. –Un placer conocerte, yo soy el suministrador oficial de sustento, energía y propietario de Sol Naciente.

-Vamos, el tabernero. –redujo el joven Noa antes de recibir una mirada penetrante por parte de Barnam.

Aeldar se quedó un poco descolocado, supuso que era un juego de dos pero quiso seguirlo. –Soy Aeldar. –le quedó un poco escueto, sin embargo no supo como ampliarlo.

-Tiene amnesia, así que es probable que todo le suene a cÿril –eso ultimo no lo entiendo. –así que le enseñé la aldea y parecía tener interés especial en tu local. –el castaño asintió, el rubio sonrió orgulloso al menos alguien tenía interés aunque fuera simplemente por la fachada ya era para sentirse orgulloso.

-Entiendo…¿y qué queréis? –apoyó las palmas de las manos en el borde de la barra y miró a Aeldar, este trató de evadir la pregunta pues no sabía que se comía por aquí, ni en general , así que cuando miró como Noa le miraba a él sintió que todos querían su respuesta.

Los ojos dorados oscilaron por el mostrador, tras de él había un fuego, y un caldero de más o menos igual apariencia al de la matriarca, menos abombado y más limpio, reluciente salvo su negrura natural, emanaba de él un olor especialmente natural, salado y carnoso, las suaves llamas acariciaban el fondo de la olla y hacían burbujear el contenido. –Esto…¿pu…chero? – era lo único que en su mente tenía sentido y no sabía porque lo sabía, pero el hecho es que lo sabía.

-¿Puchero? –preguntó Noa a Barnam, éste asintió. –Pues acertaste –sonrió. –que sean dos.

Barnam asintió de forma complaciente y se dio la vuelta para buscar una cuchara para servir, y cogió dos cuencos de madera brillante y pulida y comenzó a servir aquel puchero, mientras tanto Aeldar se fijó en su acompañante, hubo un objeto que llamó su atención, quizás lo había pasado desapercibido anteriormente, de unos setenta centímetros, quizás más, de piel, atado a su cintura y se quedó colgando cuando se sentó, llamaba la intención.

-¿Qué es eso? –pregunto señalando aquel objeto.

-¿Eh? –miró a donde apuntaba y comprendió que señalaba. –Es Estrella Candente. –eso solo provocó un desconcierto mayor en el rostro del joven, ya se había acostumbrado a no entender demasiado, pero…¿Cómo se guardaba una estrella en un objeto tan pequeño?

Barnam dejó los cuencos llenos hasta casi el borde con dos cucharas, el líquido tenía un color grisáceo que era más apetecible cuanto más olías el sabor de su contenido, y respondió ante el silencio del chico de ojos dorados. –Creo que no te entendió. Es su espada, es usual que se bautice, sin embargo un nombre tan egocéntrico solo podía ser de Noa. –ese fue un golpe duro al ego del joven vigía, pero de pullas iba el asunto y entre hombres es mejor una crítica amistosa que un halago sin sentido, así siempre asido, con mas pullas mas se demuestra lo bien que te llevas con alguien, ¿no?

Probó aquel puchero, la carne se derretía en su boca, los garbanzos estaban en su punto álgido, con la lengua se desvanecían y las hortalizas le daban un toque interesante, ¿esto era comer? ¿Por qué no lo hacían en vez de respirar? No lo sabía, sin embargo sintió el hambre que hasta ahora había ignorado e ignoró todo cuanto no era su plato y su paladar.

-Creo que le gusta. –dijo Barnam.

-O simplemente tenía hambre. –ambos rieron suavemente.

Tras casi devorar aquel plato Aeldar miró a ambos y negó con la cabeza. –No entiendo lo de la espada. –de no haber tenido amnesia era probable que ambos hubieran compuesto un gesto de desesperación pero por alguna razón no lo hicieron, es más, entendían esa confusión.

-El joven Noa pertenece a la Orden –eso ya despertó dudas en el chico y el rubio miró al joven vigía. –No le explicaste que es la Orden, ¿verdad? –negó con la cabeza. –Bien, te lo explicare de forma sencilla, la Orden es un grupo de guerreros, tras pasar un entrenamiento y un examen final la matriarca y el líder de la Orden debaten sobre quien pasa el examen y quien no, si lo aprueban sencillamente se les da un arma nueva con el símbolo de la Orden.

Noa dio la última cucharada antes de llevar su mano al costado derecho de su cintura y agarrando la espada por la empuñadura desenvaino a Estrella Candente y la dejó sobre la mesa. Barnam señaló la zona en la que la hoja se acopla a la empuñadura donde yacía un símbolo negro, era un círculo, en el interior de este había dos alas y dividiendo el círculo por el interior había una espada. –Ese es el símbolo.

-¿Y es difícil? El examen. –especificó tras terminar el puchero que le quedaba y saciando así su estomago.

-Depende, en mi caso no fue tan difícil como ha sido para otros.

La conversación giró en torno a Aeldar desde ese momento, unos diez minutos más o menos, donde comenzaron a intentar profundizar en lo que sabía el chico y no recordaba, sin embargo fue un esfuerzo más que infructuoso, lo único que vieron de él era el tatuaje de su muñeca derecha de la que nadie dijo nada porque podía ser desde un poema hasta simplemente marcas, además de ese vendaje que se intuía por su forma de moverse. La puerta se abrió ampliamente y si acabaras de despertar y vieras esa figura saltarías por la ventana huyendo de aquel oso.

Era una persona extremadamente amenazante, al menos por su figura que podía competir incluso con la del capitán de aquel barco. Sin embargo ninguno de los dos, ni el tabernero ni el vigía reaccionaron como el primer impulso de correr que tuvo Aeldar, sin embargo no lo hizo, tampoco hubiera podido llegar muy lejos estando él en la puerta. Se acercó con un paso cansado como si llevara días trabajando y quizás llevaba cinco periodos seguidos haciéndolo.

-Buenas tardes, Eosto.

Cuando la luz de las ventanas no golpeaba directamente el fondo de su figura e impedían el reconocerlo se vio un rostro forjado por el tiempo, su cabello dejaba mucho que desear porque si lo había era simplemente de milímetros, tenía en comparación una barba de unos cuantos centímetros que llegaba hasta las patillas, se sentó junto a Aeldar ignorándolos por completo.

-No sé que tienen de buenas. –contestó apoyando sus antebrazos, que podrían haber roto una silla como quien rompe un papiro. -¿Sobró algo de cordero de ayer? –el tabernero negó con la cabeza. -¿Qué tienes?

-Tengo puchero, algo de pescado y también… -se inclinó hacia abajo como mirando entre sus existencias. –oh sí, me queda pastel de mermelada. ¿Te lo pongo todo? –el hombretón asintió y Barnam sacó los tres platos y comenzó a servírselos, si alguien en esta villa comía, era como poco Eosto, y no todos podían competir contra él.

Barnam comenzó con el pescado, el pescado podía perfectamente alimentar a dos o tres Noa de sobra, sin embargo aquel plato no tardó demasiado en sucumbir a la gran boca del calvo que probablemente pudiera engullir una cabeza humana. Ignoró a ambos jóvenes pues aquella comida satisfacía mas su cuerpo que la compañía que pudiera tener, sin embargo no podía obviarse el extraño olor férrico que desprendía aunque cualquiera con esos brazos tan contoneados y duros como el suelo le decía algo.

-¿Y qué hace la Orden? –preguntó bastante curioso por el tema, un grupo de guerreros que bautizaban sus espadas y las marcaban, eso sonaba prometedor, incluso para alguien que era amnésico la idea de varias personas desenvainando un objeto puntiagudo y luchando contra el mal, cosa que suponía, era atrayente como el oro para un joyero.

El joven castaño iba a responder sin embargo el nuevo cliente decidió intervenir en la conversación. -¿Acaba de preguntar qué hace la Orden? –preguntó retóricamente al tabernero. -¿De que agujero ha salido? –cualquiera en esta isla conocía a la Orden, era como la máxime guardia y legión que existía y hacia más de cincuenta años que no venía ningún visitante. Se giró para mirar al que había preguntado aquello pero al ver que no lo conocía se preguntó realmente en que agujero vivía. Incluso el, que era el que más tiempo dedicaba quizás a su trabajo se enteraba de las cosas que corrían por la villa, lo que probablemente causaba que cualquier secreto que tuviera fugas se conocería al instante. –Un momento… ¿tú eres el que fue traído desde el mar?

Aeldar asintió lentamente, temió que al mentir Eosto se lanzara sobre su cabeza y lo exprimiera como si fuera bueno, una naranja, cuando Noa le guió por la villa lo primero que hizo fue agradecerle que salvara su vida y luego hablaron sobre lo que pasó aunque solo hablara el otro, él escuchaba con atención por lo visto había caído del cielo y casi moría ahogado en el mar, fue Noa quien saltó desde el barco para rescatarlo y también tenía que conocer a quien le curó las heridas a bordo, como al capitán, sin embargo por lo visto ninguno estaban aquí .

-Tiene amnesia. –puntualizó el tabernero. –Así que si era de otras villas no lo recuerda pero por el tono de su piel a mi me parece que no es de aquí, además tiene un acento que quizás sea del Norte, aunque todo son suposiciones. –en lo del tono tenía razón, todos estaban más bronceados que Aeldar, de hecho tenía un color lechoso bastante preocupante si no fuera porque ser blanco o negro no afecta en nada a la salud.

-A ver si lo adivino –miró a Noa –la matriarca te dijo que le guiaras y le enseñaras todo, ¿verdad? – Noa asintió. –Propio de ella, en fin. –suspiró acabándose aquel enorme plato de pescado que no tardó en ser sustituido por el puchero y una jarra de un liquido amarillento y con espuma, dio un gran sorbo y habló. –La Orden lucha y protege a los habitantes de Eoserin. –un buen resumen, escueto pero un buen resumen.

-¿De qué?

Eso casi provoca una gran carcajada de parte del pseudogigante que no pudo evitar golpear con el puño la mesa que retumbo con suavidad como si hubiera caído una bola de bolos de cincuenta kilos desde cinco metros de altura y pese a que estuviera anclada al suelo y tuviera una longitud de unos diez pasos y diez centímetros de espesor, algo bastante recio. –De dragones. La Orden se especializa en la caza de dragones.

Esa palabra retumbó en la mente de Aeldar y como si su mente se viera envuelta de diversas capas que se eliminaban con unas cuantas pero precisas y determinadas palabras algo dentro de su mente se desató de las cadenas de la amnesia que lo oprimían y la imagen de que era un dragón lo envolvió, eran criaturas grandes, inmensas, cuyo fuego podía consumir a una persona sin demasiado esfuerzo y sumirla en cenizas le pareció admirable. ¿Personas que se enfrentaban a algo que podía matarlos para defender a quien vivía en Eoserin? Eso era un héroe, ¿no?

-Increíble. –dijo emocionado. –Deben de ser unos guerreros magníficos. – se imaginó una persona en contra de aquella inmensa bestia, debían de ser veloces, con una fuerza letal y capaces de despistar a un ser escupe-fuego y gigante y eso que jamás había visto a uno.

-Algunos. –hizo una pausa y miró a Noa. –Otros valen lo que valen mis armas, por eso son las mejores que nadie jamás pueda hacer, mis armas son las que se interponen entre la muerte y la vida de esos dragones o de los miembros de la Orden.

-Luego la matriarca dice que yo disfruto de mis éxitos. –comentó fugazmente y a lo bajini, sin embargo, sintió una mirada clavada en su cuello y prefirió fingir que miraba al infinito. –Sí, sus armas son lo mejor de lo mejor.

-Por eso Noa sigue con vida, porque Estrella Candente ha salido de la mejor forja de Eoserin, tardé tres meses en preparar la espada –sonrió orgulloso. –y porque corre bastante. –dijo cediéndole algo de importancia al joven. En realidad sabían que Noa no era de la avanzadilla, el exploraba, guiaba y distraía, pero sin el guiarse, huir o distraer era imposible.

-¿Cómo se hace una espada? –preguntó de golpe Aeldar no tenía conocimiento alguno sobre aquella materia pero su boca se abrió y vertió la curiosidad que podría tener un infante cualquiera.

-¿Acaso quieres aprender el arte de la forja? –Rió suavemente al ver como asentía con la cabeza- No conseguirías hacer una espada con tus manos, acabarías sangrando o perderías un dedo, incluso antes de dar forma al acero. Ni siquiera repararías una daga en menos de un periodo. –Aeldar se levanto del taburete y se puso mirándolo a los ojos, negro oscuridad contra amarillo oro, se produjo un momento de silencio antes de que el joven hablara.

-Me gustaría intentarlo.

El herrero miro a los otros dos y buscó algún síntoma de broma, pero no, el joven de tez nívea le miraba seriamente, eso era nuevo, alguien que quería aprender algo en especifico y que no se asustaba de la idea de perder un miembro, o un par. Sin embargo ya sabía de su condición física. Le dio una suave palmada en el brazo derecho, donde podía apreciarse que no había vendajes y sonrió ampliamente. -Este chico es tan testarudo como tú, Noa, esperemos que se le dé mejor el fuego que a ti. –dijo recordando el espectáculo que armó el vigía cuando le obligaron a trabajar allí. –Creo que Vroish quería hablar contigo pero no llegará hasta mañana al amanecer –sonrió. –Si tanto deseas trabajar el fuego te enseñaré, ven dentro de un periodo, aunque yo de ti no intentaría nada si tienes esas heridas, mas eres mayor para saber que te conviene, el fuego no trata bien a nadie. –dijo antes de irse casi literalmente con el pastel en la boca, dejó una moneda de plata la mesa, que el herrero cogió, eso pagaba más de una comida.