CAPITULO V

El olor de aquella posada no podía ser más curioso, una mezcla perfecta entre alcohol, sudor humano, oscuridad, calor y juego sucio. La oscuridad que había envolvía aquella sala cubierta por aquella suave nube de grisáceo humo condensado entre el techo y la medio altura, combinada además con el calor del exterior hacía que todo presagiara que si tenías un poco de dinero y honradez, te buscaras cualquier otro sitio en el que yacer, pues estaba claro que al mínimo de dinero que tuvieras y con unos cuantos principios morirías de una puñalada en la espalda o quizás de algo peor, con suerte. Había gente, la usual, quizás doce personas, tres de ellas dispersadas en la barra donde recibían bebida y silencio, nadie hablaba, otras ocho en una mesa redonda mientras jugaban al Ambrosía.

La mesa estaba mal entablillada, coja de una de las cuatro patas y para colmo de males, sucia. Sucia quizás era poco, las manchas de la cerveza o el druh pasado eran más que notables, cualquier carta que tocaba la mesa corría el riesgo de pegarse y no salir nunca jamás de aquella vegetal superficie. La gente que estaba ahí sentada, empezando porque no podían ser descritos como gente, eran probablemente lo peor de lo peor. Si tenían heridas seguro que no eran por haber salvado a una mujer en apuro, esta gente era de los que se acercaban a la pobre muchacha incluso si esta llevaba a su recién nacido junto a ella, esperaban a que cruzara por un callejón oscuro e incluso a la vista de todos se acercaban a ella, la agarraban de un brazo y la forzaban hasta el punto de que su miembro estuviera a punto de caérseles, mas era probable que en el proceso las golpearan, o antes, o después. Y más de uno tenía cicatrices por el cuerpo, que iban de mejilla en mejilla, símbolo de que más de uno era un renegado, en definitiva, en aquella mesa solo había escoria.

Incluso el posadero podía ser perfectamente un comerciante de druh que tenía una posada por aquello de tener una coartada, aunque si en la ciudad de Oien había algo legal entonces era, como poco, inusual. De hecho de los ocho sentados en aquella mesa habían dos que portaban síntomas del consumo excesivo de druh, menos de dos gramos podían sentarte bastante bien, cinco…bueno, cinco era para quien realmente quería dejar este mundo terrenal y comenzar a cambiar tus sentidos de lugar y orden, siete era probablemente para un caso terminal y pobre del que consumiera diez. Los síntomas eran simples, temblores incontrolados, algún que otro tic en la cara, y probablemente un exceso de sudoración.

Las miradas hostiles y pensativas corrían de lado a lado, la mitad se preguntaba que llevaban los otros, la otra mitad si la carta siguiente sería de un palo determinado, pero todos se preguntaban quien acabaría causando una pelea, aquí no ganaba quien más dinero acumulaba, el premio de veinte mantras era más que escueto en comparación al dinero que podían ganar violando, atracando o matando a cualquiera que pasara por su camino, aunque por encargo la recompensa era aun mayor. Las miradas, llegado el momento y cuando todos hubieron apostado, se centraron en un rostro curtido. Cuya barba de no más de dos-tres días surcaba el rostro y se fundía con su cabello castaño brillante y sin embargo, en esa oscuridad eterna del local parecía negro cual sombra. Sus ojos verdes miraron sus cartas, luego fueron a parar al montón circular que había colocado y a la montaña de dinero que se acumulaba suavemente.

-¿Pasas o vas? –preguntó una grave voz a su derecha, estaba seguro de que si la muerte tuviera voz incluso ella se hubiera asustado de ese ser, musculoso como un barco y mas macizo probablemente que una barra de acero de un metro de sección.

-Las veo. –dijo tras unos segundos y lanzó una moneda de oro al montón de cobrizas que habían acumuladas.

Las miradas de sorpresa, intriga, y duda rodaron con la moneda que voló por el aire suavemente, tintineó y emitió un inconfundible sonido al chocar con las otras de menos calidad, inmediatamente todos pensaron en retirarse, esa moneda valía más que las últimas cinco jugadas, y sin embargo la razón a muchos no les funcionaba desde hace mucho. De los ocho que eran, seis tiraron sus cartas a la mesa entre refunfuños, mientras que el rostro del apostador más alto se mantenía con una sutil sonrisa en su ladina boca, pese a sus cuarenta y pocos años se conservaba mejor que nadie, y sabía que seguiría así por siempre así que no le preocupaba lo más mínimo, inspiró profundamente y clavó sus ojos en los de la única persona que había visto su apuesta y no se había retirado.

-Quizás ese farol te sirviera en las primeras partidas Booker – levantó su agresiva mirada de las dos cartas que sostenía, un diez y un diez. – pero has envejecido entre las jugadas y nunca se te dio bien mentir.

El juego era simple en el centro había una rueda de cartas, normalmente entre ocho o diez, con las dos que cada uno tenía debía de ir levantando las cartas del centro a costa de igualar pujas de los otros, llegado el momento todas las cartas se levantaban o los dos últimos jugadores se lo apostaban todo a la carta siguiente, cada uno debía de conseguir parejas, tríos o incluso cuatro o cinco veces su propia carta. Por cada vez que consiguieras uno de eso te sumabas un punto, el que tuviera más cartas del mismo palo además se sumaba uno y si casualmente todas las cartas componían una sucesión de números, tal que, uno, dos, tres, cuatro, además te sumabas uno por cada pareja de números.

El susodicho lanzó unas cuantas monedas de plata, veinte para ser exactos, que resbalaron deslizándose como podían por aquella pegajosa mesa. Ambos se miraron, ninguno apartó su mirada del otro y los demás estaban cuestionándose si era buena idea sacar un cuchillo, rajar a los otros siete y llevarse el botín, pero entonces, ¿con quién jugarían la próxima vez? ¿Importaba eso? Pues oye, todo influye.

-¿Y qué es lo que tienes? –preguntó Booker con una áspera voz mientras se rascaba de manera indiferente el mentón.

El jugador sacó sus dos cartas, volteándolas y lanzándolas al círculo, habían entre esas ocho cartas y las dos que había lanzado, cuatro dieces, lo que significaban cuatro puntos y además dos de ellas eran del mismo palo, seis. Las cabezas giraron en torno a Booker y sintió incluso nervios, sin embargo se mantuvo indiferente a lo que el otro hizo y cuando este comenzó a reír ampliamente y arrastrar el montón de monedas, sin embargo fue detenido por un carraspeo del adulto.

-¿Quién ha dicho que has ganado? –preguntó y las risas cesaron como si alguien hubiera asesinado a una de las madres de los presentes. Cogió sus cartas y las lanzó al centro. –Mi diez, y tus otros hacen cinco, mas los dos de tu palo, hacen siete, el tres, junto al del centro, hacen dos puntos más, y del mismo palo. Nueve puntos.

Lo usual era que en una partida apenas se llegaran a los cinco puntos, dado que solo puedes coger aquello de lo que influye a tu carta, si en el centro hay cinco dieces y tú no tienes ninguno, a ti no te sirve, por eso que se consiguiera casi duplicar la puntuación, incluso de forma legal, no suscitó real buen comportamiento. -¡Has hecho trampas! –gritó el perdedor levantándose y golpeando la mesa de forma violenta, las monedas que estaban siendo apiladas por Booker cayeron suavemente.

El tabernero estaba acostumbrado a esta ciudad pero incluso el tembló de miedo al escuchar el golpe de la mesa, aquí iba a librarse una pelea y en estas lo mínimo era perder una extremidad. El mal ambiente se difuminó como si un tanque de gasolina incendiada explotara, con la misma rapidez los otros seis se levantaron en contra de Booker quien simplemente se mantuvo en su asiento. Le levantaron por la camisa, con un rápido giro le golpearon empujándolo contra la pared y más de uno mostró intenciones con armas blancas, dagas de mano, típicas de un ladrón y asesino de poca monta.

-No hice juego sucio. –espetó seriamente, por una vez que no hacía trampas tenía que llevarse una puñalada, habló tranquilamente, con seriedad sí, pero de una forma tan natural que aunque nadie pudiera decir que mentía ellos pensaban que sí y moriría como todo mentiroso, le sacarían la lengua por la garganta antes de hacer que pagara con sangre su apuesta, y una Dianya valía más que la sangre de cien mil vulgares ladrones.

Recibió un profundo golpe en el rostro en el ojo que probablemente si no reventaba su cornea sería un milagro, le dejaría un moratón que duraría entre uno y cinco…años. Su rostro estaba pegado a la pared y cuando recibió el golpe no pudo echarse hacia atrás y el impacto en su cráneo fue incluso peor. Sin embargo se mostró una amplia sonrisa sobre su rostro que hizo temblar a aquella montaña de musculo que lo sostenía a medio palmo del suelo, pese a su alta altura, el otro era más bestia que humano, sin embargo Booker tenía probablemente más de bestia que lo que nadie se pudiera imaginar. Su rostro se manchó de sangre sin embargo no había ninguna herida, el mazacote que le había golpeado se miró la mano y sintió entonces como tenía clavados escamas profundas, como el pico de un aguijón y que de un tamaño de un par de centímetros habían provocado heridas medianamente profundas en su brazo derecho.

-Lamentareis haberme golpeado. –aseguró con una sonrisa más que amplia.

El cielo estaba negro, iluminado por millones de puntos de luz, eso sí, pero pese a ello la negrura era espesa, y aquella ciudad más destartalada que otra cosa, que ardía durante el día y se helaba durante la noche, donde solo rebeldes habitaban y donde el blanco de las casas, o se caía o simplemente se teñía de un amarillo sucio nada sano. Las calles aunque de piedra solían estar recubiertas de arena en casi todo momento. Aquella sucia y negra taberna desearía tener un suelo lleno de tierra porque lo que tenía era como poco absurdamente antihigiénico, sin embargo esta se encontraba en el centro de la ciudad por lo que siempre se llenaba. El cielo se tiñó de rojo producto de una columna de fuego que alcanzó la decena de metros, su centro se hallaba en el mismo núcleo de la urbe. Los habitantes que sintieron el calor, el destello o el presagio de algo malo salieron de sus casas. Las puertas se abrieron y para cuando quisieron saber que había sido ese gran destello de luz nadie consiguió decir nada, ni tampoco verlo, sin embargo, las preguntas volaron como las mariposas en un campo de flores en primavera.

La posada se había convertido en el hogar donde las llamas iban sin ton ni son, lo que antes era el techo ahora tenía una hermosa ventana en forma circular, más o menos que se abría en un suave hilillo de fuego, este se había extendido por toda la posada y las llamas campaban por diversas zonas, las botellas de las bebidas habían explotado ante la sonoridad o temperatura de aquel pilar de fuego que emergió desde la pared izquierda de la misma sala. Los que no se habían tirado al suelo y a cubierto probablemente habían salido disparados por una onda expansiva lo suficientemente fuerte como para quebrar una pared, además, de esas siete personas si quedaba alguna viva, que quedaba, se dedicaba solo a gritar por su vida mientras rodaba entre llamas y por el suelo para intentar apagarlas. Incluso aquella persona, que tenía más de titán musculado que de hombre, no había sucumbido del todo a la onda expansiva pero el fuego que por alguna razón no quemó la ropa de Booker acabó casi al instante con él. El olor de la carne quemada se expandió como el humo de la taberna, había sido una entrada apoteósica-incendiaria.

-Esto es lo que iba a pasar. –se dijo con suavidad mientras se acercaba a uno de los pocos que estaba vivo, su piel quemada casi se derretía al son de la grasa de su cuerpo siendo engullida por las llamas, al acercarse Booker y cogerle del cuello, pues su ropa estaba casi consumida en su totalidad, las llamas se apagaron y ahogaron como si el aire les faltara.

Sabía quién era, de los siete era el líder de la banda, en realidad todos eran unos ladrones de caminos, cuando alguien intentaba pasar por los caminos de su territorio los asaltaban y poco después los mataban para robarles si tenían algo de mínimo interés, o si se aburrían simplemente. Su mirada verde perdió aquel extraño y artificial brillo, tomó aire con suavidad y llevó su mano al cuello del hombre que aunque ya no tenía llamas su piel ardiente, su dolor y sus gritos no le dejaban concentrarse, su mano se convirtió en garras afiladas y frías. –Contesta sí o no. Tú eres el líder de los asalta caminos, ¿verdad?

El hombre trató de negar con la cabeza pero su instinto de supervivencia le hizo asentir, aunque no vio que había puesto en su cuello pues lógicamente sus ojos habían sucumbido al calor masivo y se habían transformado en una masa inapreciable. –Perfecto. –afirmó para clavar aquellas garras en lo más profundo de su corazón y cuando la sangre comenzó a borbotar por aquellos orificios y de no ser porque Booker se había separado era posible que se hubiera manchado, tras unos suaves intentos de vociferar algo, la sangre ahogó su garganta y murió. –Pues un trabajo menos. –dijo caminando con suavidad hacia la estantería de bebidas. –Ahora algo para beber y pagarme mi buena obra. –decidió buscando una bebida que no le matara del todo, algo difícil, encontró una rota, pero por la mitad, la cogió con cuidado y como quien anda por su casa, se sirvió una copa en lo que esperaba para que el cuerpo que había tirado contra el suelo, cual jabalí derribado, perdiera toda su sangre, no quería mancharse. Nada.

Se dio cuenta de que el tabernero estaba escondido, hecho un ovillo y de forma totalmente cortes hizo un ademan con la cabeza antes de beber de aquella copa. –Buenas noches. –dijo como si aquella escena, llena de ennegrecida madera consumida, con el olor del humo que se asfixiaba por conseguir algo de aire y transmutarse en fuego, también llamas salvajes que anunciaban con que pronto Piedra Noctuarn no sería más que un lugar donde la ceniza se fusionaría con la arena, con suerte el desierto lo engulliría, con la mejor de las desgracias probablemente se reconstruiría.

Se acabó aquella amarga bebida y solo se escuchó el movimiento de su garganta al recibir el líquido, obviando el sonido del crepitante fuego. –Me marcho, y usted debería de revisar su presente, si sigue con este tipo de locales probablemente nos volvamos a ver. –indiferente le clavó su mirada en las parpadeantes y asustadas orbes, este asintió como lo hacía un cachorrillo en peligro. Booker se acercó al cadáver, lo agarró por las piernas y lo cargó sobre su hombro. Saleo por aquel inmenso agujero y no tardó en notar las miradas de las mujeres, los hombres y los pocos niños, andrajosos todos, que le miraban. Este ignoró aquellas miradas y simplemente caminó dejando un suave relicario de huellas en la arena, que desaparecerían bastante pronto. Más allá de Oien solo había desierto, una mala opción para cualquiera que no fuera un piel roja y al sur solo estaba la frontera con Raunt, una mala opción para cualquiera que viviera entre el norte y el sur, o sea, ellos. Estaba en mitad del territorio sublevado y la civilización se concentraba en las fronteras, luchando, allá donde fuera solo le esperaría muerte.

Booker no abandonó la ciudad, se encaminó por las callejuelas que usaban el terreno montañoso, más que escaso en la región desértica, cuyas escaleras eran pobres de construcción y se disgregaban tan o más rápido que las dunas del desierto, el espacio entre las amarillentas paredes de cada casa era incluso agobiante, la oscuridad se cebaba sobre ellas, estaba dirigiéndose hacia el barrio más pobre de una ciudad pobre en sí misma, se detuvo unos segundos. Vio una casa casi derruida, ningún constructor sabía a ciencia cierta porque seguía en pie, distinguió una tela naranja que hacía las veces de puerta, caminó con suavidad y carraspeó la garganta antes de entrar, no iba a dejar el cadáver dentro, ni tampoco quería que los que estuvieran dentro lo supieran. Volvió a carraspear y hubo un silbido suave, se apartó lentamente y retrocedieron dos pasos.

Una mujer, cuyo aspecto denotaba no solo el maltrato de los años, sino de las personas, de pelo rubio y rostro sucio, como cualquiera que viviera por aquí, tenía los ojos negros como la noche y por su tez morena se vislumbraba perfectamente grandes y notables ojeras, su cuerpo daba los primeros síntomas de la escasez, el hambre. Su mirada se ilumino al ver a Booker, sin embargo quizás sabía demasiado poco de él.

-Señor Lyand. –dijo ella tras verle, observó que cargaba algo tenía forma humana, tembló suavemente.

Booker dejó el cadáver en el suelo y lo tiró como quien deja caer al suelo una bolsa de basura, ella estuvo al borde de sentir lástima por aquella persona, sin embargo intercambió miradas con quien ella creía que era Lyand y cuando este asintió por instinto sus ojos se llenaron de lagrimas de furia y le asestó una patada al cadáver, rompió a llorar. El ojiverde no estaba hecho para eso de consolar, sin embargo la abrazó por mero instinto, le dijo que todo pasó.

-Cumplí mi parte del trato. –buscó en sus bolsillos y sacó una pequeña bolsita de tela. –Ahora tiene que cumplir la suya.

Ella se apartó suavemente y su rostro parecía expresar el no conocimiento de esa parte del acuerdo. –Cogerá ese dinero, irá al establo, pregunte por Sombra Nocturna, tomara a sus hijos con usted y se largará a la frontera, no debería de tener problemas para entrar. –ella recibió el paquete y cuando abrió aquella cantidad de monedas de oro iluminó su rostro, jamás había algo tan bonito como el oro, jamás.

-¿C-co-como puedo pagárselo? –preguntó a punto de llorar, ¿Por qué la estaba ayudando tanto? No lo entendía, bastante hizo con cumplir la tarea que ella creía imposible, matar a quien había estado abusando de ella hasta niveles inhumanos y seguía ayudándola, algo que no concebía.

-No puede, por ello, no haga preguntas, simplemente váyase. –ella abrió la boca para replicar, ¿debía de dejar que su salvador no recibiera la recompensa? No tenía nada, pero podía ofrecerle ese nada. –Ahora, vamos, márchese. –insistió, ella se metió en su casa y para cuando salió. Booker se desvaneció como la luz de una antorcha tras apagarse, dejando una fina estela de huellas que conducían a ninguna parte.