CAPITULO VI

Aquel reto había sido bien recibido por Aeldar mas no le pareció tan bien a Eloisea, quien al enterarse por boca del propio chico no tardó demasiado en darle un bastonazo en la cabeza y el joven pálido no tardo demasiado en esgrimir un gesto de dolor antes de rascarse rápidamente esta. Estaba en la casa de la matriarca, curiosamente él no sabía dónde iba a dormir esa noche, mas presupuso que sería ahí porque, de hecho, no tenía otro sitio, pero ese tema no pareció ser lo suficientemente importante en ese momento. Estaba sentado sobre un taburete, bastante bajo porque estaba diseñado para una persona de la estatura de la anciana, se encontraba también sin camiseta, mostrando aquel torso vendado, había deducido audazmente por aquel golpe que no dejaba que se enfrentara a Eosto, en realidad no buscaba el enfrentamiento pero aquella espada, Estrella Candente, le había parecido igual que una joya, perfectamente diseñada, brillante y afilada, quería saber cómo se hacía y si tenía que enfrentarse al herrero lo haría.

-Vamos a ver cómo están tus heridas. –dijo la anciana girando en torno al ojiamarillo buscando el final de la venda, que ella misma había metido, la encontró y comenzó a tirar suavemente, haciendo que aquella casi kilométrica venda cayera al suelo, las primeras vueltas fueron sencillas sin embargo a medida que las vendas se iban tornando mas rosas y manchadas la cosa se complicó. –Aprieta los dientes, quizás tenga que tirar y te dolerá un poco. –sin embargo las vendas se deshicieron como si no hubiera herida alguna, al ver que no pasó nada la anciana se situó frente al joven mirando sus heridas, se habían curado, literalmente. –Esto es…

Las heridas ya no eran marcas que atravesaban su piel y dejaban una brecha de roja y viva piel, ahora estaban cerradas, su piel estaba totalmente curada, había manchas de sangre nada preocupantes, sin embargo la única diferencia visible es una marca rosácea, como cuando te arrancas la concha antes de que desaparezca por sí sola. La anciana tocó las heridas con sus pequeñas manos y pasó sus dedos por la cicatriz. –increíble… -se separó suavemente y le miró a los ojos. –Deberían de haberse cerrado al menos dentro de una semana, y tendría que haberte realizado un par de curas, pero… -cargó con aquellas vendas y las tiró al fuego ardiente que las devoró como si fueran gasolina. –por alguna razón las curaste muy rápido. –estaba feliz porque ahora no tenía que preocuparse de que tales heridas se infectaran, sin embargo eso merecía una explicación, y era un misterio pero la cara de absoluta sorpresa y desconcierto del chico confirmaron que este no sabía nada, pero parecía feliz, debía de estarlo.

-¿Eso quiere decir que puedo ir a hacer una espada? –no hubo una respuesta, verbal, recibió otro golpe en la cabeza.

-Sí. –asintió apoyando su peso de nuevo en el bastón, debería de abollarse de tanto golpe, con tanta cabeza hueca y dura, pensó rápidamente antes de volver a hablar. –Pero deberías de descansar antes de irte, si aguantas lo que Eosto pretende hacerte pasar acabaras sin energías, incluso habiendo descansado durante una semana. –prevenir en vez de curar, pensó.

El chico asintió, y aunque Noa y Barnam le habían enseñado conceptos básicos, como las horas, los periodos y lo relacionado con unos conocimientos minimante normales estaba el problema de que aun así, no tenía lugar donde residir. –Yo no tengo donde dormir.

La anciana arqueó una ceja, eso era cierto a ella se le había pasado ese fino detalle, sin embargo le encontró solución inmediata, puede que Vroish le hubiera dejado una cama entre los de la Orden, sin embargo ella seguía siendo una mujer, y había atado un lazo de protección en torno al chico, y quizás este pudiera cumplir las funciones de nieto, a diferencia de Noa no parecía disfrutar de sus logros parecía mucho más humilde, así que puso su mano en el hombro del joven, en el izquierdo sin temor a herirle, ya que habían comprobado que no tenía nada que le pudiera herir, ya no. –No te preocupes, mi casa es tu casa. Además, no parecías demasiado incomodo en la cama de invitados y creo que desde hace cincuenta años no hay ningún invitado aparte de ti, así que puedes ir a dormir ya, que por experiencia quien va con Eosto no suele volver refulgente de vitalidad.

Aeldar abrió los ojos de emoción, su mirada amarilla tintineo como las estrellas en la lejanía y por instinto él abrazó a la anciana que se sorprendió y rió ante las alabanzas de agradecimiento del joven y con unas cuantas palmadas le dejó marcharse a dormir. –Este chico es…interesante. –se dijo con una sonrisa antes de observar como corría hacia la planta superior. –Muy curioso. Sí.

El hierro ardía y brillaba cual Sol enrojecido, las brasas de la forja expandían su color anaranjado en un aura que iluminaba e iluminaba la bronceada tez del herrero, este sujetaba una espada en su mano agitó con una especie de pala las brasas que emitieron chispas por el aire y luego, tras removerlas, metió la espada un poco más al fondo, hasta que el color se expandió hasta la empuñadura. Esperó unos segundos hasta que a través de aquel guante de cuero un tanto especial comenzó a notar el calor, entonces retiró la espada y la dejó sobre un yunque.

Dejó la pala fuera de aquel gran círculo de piedra que contenía una gran cantidad de brasas y sobre las cuales medio ejército quedaría consumido a cenizas en unos segundos, se acercó hasta la mesa de trabajo y agarró un pesado martillo. Golpeó una vez la hoja, luego otra y otra, la hoja se dobló como una de papel y pronto su forma cambió, se hizo más alargada, el brillo iba desvaneciéndose suavemente y al final cuando la examinó a contraluz y pareció satisfecho consigo mismo, Eosto metió la espada en un cubo de agua y una fina nube de vapor emanó desde la superficie, para luego sacar la espada y dejarla sobre la mesa de madera. Pasó su mano por su frente retirando el sudor de este que pronto cubriría su rostro de tal modo que su barba parecería un cumulo de ríos.

Hubo un carraspeo, que irrumpió el sagrado silencio de la Forja de Acero, Eosto se asomó por fuera de aquel porche, si la Forja estaba fuera, cubierta solo por un circulo de madera a unos cinco metros de altura, si llovía la forja tenía que estar activa, si hacía viento tenía que seguir pudiendo fundir acero y si los dioses se vengaban sobre nosotros, la forja debía de poder calentar el metal, le gustara a quien le gustara. Además había una especie de porche, cubierto por tres paredes por la cual se forjaban, perfilaban, afilaban y componían las armas. Eosto observó a un joven chico, de ropas un tanto extrañas pero con una sonrisa en la cara.

-Vaya, al final has venido. –dijo acercándose un poco a él. –Tenía la vaga esperanza de que Eloisea te matara, veo que podré hacerlo yo mismo.

-Dije que vendría. –no se asustó demasiado, aquella persona que antaño pudiera parecerle amenazante ahora era un maestro en potencia del que quería aprender.

El herrero entrecerró los ojos y sonrió, estiró sus brazos, con los que probablemente pudiera matar a un mamut de un golpe e hizo un gesto con la mano. –Ven por aquí, te enseñare lo básico.

El aprendizaje no era como asistir a una escuela, de hecho Eosto apenas dijo lo que había que hacerse, tenía varios recados, componer una espada, reparar una daga y por ultimo afilar un hacha. Le mostró las herramientas, las pinzas para coger el hierro candente, los guantes de protección, que parecían más de un gigante que de un hombre, también había un yunque donde se daba forma al metal, un mazo, un cubo con agua, piedras para afilar, una rueda de piedra donde se creaba el filo inicial. Bastantes herramientas, muchos, más que muchos minerales acumulados en distintas tinajas gigantes. Había una segueta para cortar el hierro, tijeras y limas, era un set completo de un experto herrero.

Eosto apenas decía que hacer, lo mostraba todo, como saber cuando el hierro estaba en su punto para hacer que malearlo fuera más sencillo, dio dos consejos, nunca trabajar sin guantes, y siempre vigilar los dedos, por lo demás podía estropearse el hierro que no importaba. A la hora de crear un arma dijo una cosa:

-Un herrero vale tanto como valen sus armas, hazlo con paciencia y deleite y no tengas prisa, el fuego y el hierro son buenos amigos, la carne y ellos…no tanto.

Durante dos horas estuvo simplemente mirando, siguiendo las instrucciones que el experimentado hombre le dictaba, no le dejó tocar nada hasta que no se aseguró de que había memorizado para que servía todo, así que cuando llegó un hombre para un afilado de espada Eosto no tuvo más que poder ceder ante la insistencia del joven ojiamarillo. –Vale, todo tuyo. –le devolvió la mirada al cliente. –No tardará más de diez minutos. –le informó.

Feliz e ignorante tal vez, Aeldar agarro la espada que Eosto le dio y como un niño al que le habían dado una oportunidad consigo se acercó a aquella rueda de piedra y, con la mirada de reojo por parte de Eosto se sentó en aquel taburete frente a aquella herramienta y colocó sus piernas en torno a las palancas que habían. Como si fuera una máquina de coser hizo rodar aquella piedra y cuando alcanzó una velocidad moderada colocó la espada sobre la rueda, apoyando tres de sus dedos en la parte de la hoja mientras con la otra sujetaba la empuñadura. Era una espada pesada, de una mano y media como se las conocía comúnmente, su hoja daba síntomas de haber sido muy husada y afilarla era un proceso delicado. La rueda debía de girar lo suficientemente rápido como para raspar la hoja de acero pero no demasiado como para que el acero sufriera muescas, salvo eso el primer paso era en esencia, simple.

La hoja provocó un sonido afilado al choque con la rueda y su fricción hizo que chispas anaranjadas emergieran y salieran disparadas en todas direcciones. Debía de hacerse un movimiento de lado a lado durante un tiempo medido e igual en cada parte para que la hoja, dado que iba a perder grosor no lo hiciera de una forma desigual. El rostro de Aeldar comenzó a sentir o que se conocía en el mundillo de la forja como el sudor del hierro y el dolor del fuego, las chispas eran intensas pero no podías apartar demasiado la mirada ni las manos, el calor de la fricción se expandía por la hoja y hacía que realmente te cuestionaras hasta que punto podías seguir perfilando aquel puntiagudo ítem.

-Acabaras quemándote. –comentó Eosto notando como la hoja comenzaba a emitir una tonalidad suavemente anaranjada, Aeldar notó aquella temperatura pero no pareció afectarle, como si sus manos de tanto trabajar las herramientas, que no había trabajado, sirvieran de guantes contra el peligro de las llamas, sin embargo esta vez y para esta tarea los guantes no serían más que problemas.

Tras unos segundos hizo el cambio de lado y una vez quedó satisfecho se alejó de la piedra y con espada en mano buscó una de las piedras de agua que le había enseñado Eosto, parecía ser un examen práctico y silencioso, Eosto solo iba en torno al chico y como mucho murmuraba unos cuantos monosílabos ininteligibles, no eran palabras en si, sino gestos de aprobación o desacuerdo, estuvo a punto de decir algo al haberse apartado el chico tan rápido de la rueda, él hubiera seguido un par de minutos, sin embargo no dijo nada. Aeldar cogió una piedra, de forma ovalada y con fuerza la hizo frotar con aquella plateada hoja y comenzaron a caer suaves virutas.

-Lo haces demasiado fuerte. –intervino por primera vez.

-Pensaba que le había comido la lengua el fuego. –comento Aeldar siguiendo el juego que parecía llevarse muy bien en esta isla.

Pese a que Eosto ya había afilado otras armas Aeldar no siguió al pie de la letra lo que había visto, es mas empezó con la piedra de detalle, dejando unos mínimos bordes, cuyo tamaño no era ni comparable al de un pelo, volvió a repasar aquel mínimo filo hasta provocar que la hoja se inclinara hacia abajo mínimamente, luego cogió la piedra de agua de perfilado y creó un segundo relieve, mas grande y notable que el primero pero menos inclinado, dándole una curvatura poligonal y dejó caer aquellas virutas sobre la mesa. Agarró otra piedra, mas parecida a un esparadrapo que algo solido en sí y rápidamente cubrió la espada con movimientos rápidos y precisos y la espada sacó un brillo que no tenía. De serie. Cuando acabó se la ofreció a Eosto quien la examinó detenidamente.

Su rostro compuso primero un gesto neutral, sus ojos bailaron sobre la espada y tras unos segundos compuso una cara de decepción. –Chico con suerte. –dijo suspirante. –Te ha quedado muy bien, molestamente muy bien. –salió de aquel porche y le dio la espada al cliente. –Aquí tiene. –comentó antes de recibir cinco monedas de bronce. –Bien pequeño aprendiz, veamos cómo se te da algo mas…contundente. –le dijo dándole un gran bloque de hierro mineral mientras reía. –La noche va a ser muy larga.

La playa estaba en calma, el mar agradable recibía de una manera grácil a los barcos que llegaban desde el mar de las Bestias, lo que en un momento podía parece como una tranquila forma de divertir a los más jóvenes, de dar sustento a los habitantes de la villa, todo ello se podía transmutar en una bestia feroz que consumía y tragaba todo cuanto cruzara su superficie, como muy bien sabía el equipo de pescadores de Eoserin. Tres navíos llegaron hasta el puerto, sobre sus cubiertas habían unas treinta personas, sus bodegas por primera vez desde hacía mucho tiempo, se habían llenado cierto era que una isla, grande como Eoserin era posible que diera alimento duradero y por siempre a una población tan poco numerosa o al menos tan mal repartida, mas el hecho de conseguir pescado era soberbiamente bien recibido, el pescado podía conservarse, podía enterrarse en una capa de hojas y salarlo para que durara, no era raptado por lo dragones, como solía pasar con las criaturas de carne más grandes.

Siempre que un barco llegaba al muelle era costumbre que todo el mundo o al menos una gran parte de la población saliera a recibirles, en este caso aunque no tanta gente podía palparse en los rostros de alegría de los pescadores, el primer barco en llegar fue el que encabezaba a los otros dos, el del medio. Con los primeros rayos de sol de la mañana una figura completamente amenazante, si no le conocías y de una forma decidida bajó de un salto del propio barco y estiró los brazos.

-Como me gusta la tierra firme. –aseguro el capitán observando el desfiladero sobre el cual se asentaba Ircada.

Con el amanecer y muy a pesar de Noa, porque rara vez alguien más adoraba dormir tanto como él, tuvo que despertarse en el primer periodo, el amanecer pero ya era sabido que la Orden no distinguía días ni tiempos, y dado que la última ronda la había cambiado para cuidar de Aeldar pues ahora le tocaba sufrir el dolor de la vigía. Se mantuvo en lo alto del desfiladero observando cómo su capitán y líder descendía de una forma un tanto cómica, al igual que el herrero aparentaba más de lo que era, al menos en cuanto a violencia se refería pero era un gran líder y por eso era el líder, porque sabía serlo. El dirigente que había tomado tierra se ajustó el cinturón y miró hacia donde el vigía yacía. No hubieron palabras alguna entre ambos simplemente el adulto se colocó la mano sobre la frente para cubrirse del sol y cuando observó la figura del vigía este simplemente asintió con el rostro.

Fue entonces cuando el capitán comenzó a moverse con un aligerado paso, subiendo aquellas escaleras en dirección al joven, que simplemente esperaba paciente sentado sobre el césped, cuando el capitán estuvo próximo a su posición el dio una pequeña voltereta hacia atrás y como muestra de su agilidad se reincorporo casi sin esfuerzo, entonces ambos se miraron, el silencio era más que palpable hasta que el rudo hombre habló.

-¿Dónde está él? ¿Despertó? –preguntó con interés.

-Hace un día. –dijo Noa mientras guiaba a su capitán. –Debería de estar con Eosto. –respondió mientras trataba de recordar, sí, debía de estar ahí.

El capitán compuso un gesto inaudito, una persona, un joven, un humano, ¿con Eosto? ¿Y seguía vivo? Solo conocía dos personas que habían sobrevivido a los tratos de Eosto, él y la anciana Eloisea, sin embargo ninguno de ambos se había adentrado en la forja, y si aquel chaval lo había intentado temía que la única fuente de conocimientos que mas ansiaba leer se le escapara, y eso que no era un libro, al menos un libro no tenía patas y rara vez lo mataban, como bien podía hacer Eosto.

-¿Con Eosto? Debes de estar bromeando. –Noa negó con una ladina sonrisa.

-Aeldar le retó a construir una espada y a Eosto pareció que le gustara que alguien se atreviera con él, no sé si la amnesia le permitirá escudarse en la pérdida de uno o dos dedos per…

-¿Amnesia? –eso compuso un gesto de incordio y decepción en el rostro del capitán que pasó desapercibido entre su forjado y adulto rostro. -¿No recuerda nada? –preguntó yendo a una velocidad un poco mayor, tenía prisa por hablar con el joven, claro que, no podía ser demasiado directo, no…tenía que ser cauteloso.

-Poca cosa, por no decir que solo sabe su nombre. Eloisea le curó las heridas y creo que sanaron bien.

Cuando llegaron a la forja de Eosto se encontraron con una escena cuan menos insólita. Había diez personas, todas ellas masculinas salvo tres femeninas, en mitad de la forja yacían diez armas, entre hachas, mandobles, espadas y dagas, la situación era tal que los vitoreos y el ruido cortaban con la tranquilidad de la mañana. Curiosamente tanto Eosto como Aeldar se encontraban sin camiseta, sudando cual pollo en mitad de un asador y con el sonido de las ascuas al rojo vivo, era una competición, había llegado a tal nivel que era absurdo, dado que Aeldar no sabía crear armas, pues eso requería de años de experiencia el realizaba las tareas más secundarias, pulido, afilado y unión de las roturas, era un pique por ver quien tenía que esperar al otro, el que menos trabajo tuviera sería proclamado Dios del Metal.

Ninguno sabía exactamente cuan malograda estaba la situación ni en qué momento habían llegado a tal punto, sin embargo estaba la cosa clara, pese a que Aeldar quisiera llevar el ritmo, Eosto tenía todas las de ganar y aunque a este se le acumularan todas las armas que el otro le fabricaba no dejó de intentarlo en ningún instante, hasta que el forjador experto consiguiera dar forma a la ultima hoja de acero y dejarla sobre la mesa de trabajo, junto a otras tres que Aeldar no había conseguido perfilar ni afilar. Hubo rápidamente un intercambio de aplausos, vitoreos y en especial de monedas, sin embargo hubo un carraspeo que cortó los elogios para Aeldar, el mero hecho de no haber perdido un brazo y de haber podido conservar las falanges de las manos.

-¿A qué se debe todo esto? –preguntó el capitán desde atrás, observando todo cuanto sucedía y ante su voz el público se calló y se dio media vuelta. –Chico –señaló a Aeldar. –Tú y yo tenemos que hablar, cuando el público te deje.