CAPITULO VIII
Si había algo que era común en casi cualquier parte de la nación del norte era una sola cosa, ya fuera cual fuera la estación que sometiera a sus vecinos era usual encontrar frío, nieve o ambas dos. El cielo se encontraba cubierto por una eterna y gran nube blanca que descargaba copos minúsculos de nieve, así llevaba cinco días y cinco noches, y aunque la estrella madre tratara de penetrar la capa nubosa y además, de conseguir derretir algo de nieve en un fútil intento. Los arboles estaban pelados, carecían de hoja alguna en su mayoría aunque los arboles perennes siempre permanecían así, con esas hojas afiladas, verdes oscuras con raras variaciones de tonalidad y delgadas, ese era el máximo color que podías encontrar, blanco, el marrón de la madera y el verde de las hojas que habían resistido las bajas temperaturas.
Aunque la región de Tasmevini era una de las que más al sur se encontraban, no hay que olvidar que al sur, en el norte, simplemente significaba que podías encontrar menos metros de nieve, poco más. Había una joven mujer en mitad de un paraje nevado, su cuerpo descansó sobre el suelo por el que años habían pasado sin que nadie lo tocara, siempre cubierto por una capa eterna y curiosamente ahora estaba sin nieve que pareció haberse disuelto en torno a ella, dejando un agujero de unas decenas de centímetros como si alguien se hubiera dedicado a coger ese espacio, vaciarlo de nieve y dejarla allí. Sintió el frío envolver su cuerpo y su cuerpo realizó un gesto de dolor, el cuerpo estaba entumecido y tenía frío, mucho frío.
Al abrir los ojos creyó estar en el cielo, observó una gran nube y como de esta emanaban mínimos copos blancos, algunos se posaron en su piel y se derritieron casi al instante, sentía frío y curiosamente su cuerpo ardía, ¿delirios de fiebre? Ella distaba en todo cuanto pudiera reconocerse a la propia región en la que se hallaba, su cabello quizás era lo que más común podía ser, marrón como la madera de los árboles y brillante como el sol que de manera escasa alguna vez bañaba estas regiones. La longitud del mismo era incierta, algunos cabellos se cortaban nada más llegar a sus hombros, otros llegaban un poco más allá, pero en conjunto llegaban hasta la mitad de su espalda, formando una sola y única cola.
Su piel estaba marcada por el sol y tenía claras heridas, raspados, arañazos y marcas de fricción por todo su cuerpo, su ropa sin embargo salvo la suciedad del suelo helado, no parecía tener mayores daños, su nariz redondeada y sus labios rojizos quizás eran la prueba mas notoria, descontando el bronceado de su piel, que anunciaba que ella no pertenecía a esta tierra. Se reincorporó con dificultad, sintió que el aire no conseguía entrar a sus pulmones y tras unos segundos tosió con fuerza hasta que volvió a sentir el aire invadir su cuerpo. Apoyó sus suaves manos sobre la tierra y cuando fue consciente de que estaba en el suelo observó su alrededor.
Sintió un gran vacío, trató de recordar que era esto pero no encontró respuesta alguna, su cabeza le dio un pinchazo quizás por su osadía. Se levantó con lentitud, sus piernas temblaron durante unos instantes, no por el frío, sino porque sentía que no eran sus piernas, probablemente el frío había dejado mal su cabeza, sin embargo ello no explicaba por qué había una estela de nieve derretida, trato de gritar ayuda, pero no supo en que lengua decirlo, su cuerpo le forzaba a hablar de una forma y su mente trató de decirle que esa no era la forma correcta, sin embargo su cuerpo cedió, pues es imposible decir aquello que simplemente no puede decirse.
Andó hacia ninguna parte, caminar por la nieve no pareció costarle demasiado, su cuerpo era esbelto, delgado, con claras y definidas curvas, su cuerpo podría pasar perfectamente por una modelo, sin embargo ella no estaba para pensar en esas cosas, ni le dio importancia, simplemente caminó hacia donde pudiera encontrar a alguien, se sintió extremadamente sola. No encontró ningún alma, durante diez minutos solo percibió el sonido del viento helando su fina y suave piel, las heridas vertían mínimas gotas de sangre y el frío las habría cerrado o se habían cerrado por si solas, el caso es que no eran motivo de excesiva preocupación. Su mirada rojiza buscó algo de vida entre los árboles, el camino de una carretilla, una casa, quizás un campamento, necesitaba encontrar a otra persona. Necesitaba calor.
El frío viento meció sus ropas ligeras, fue entonces cuando notó que solo tenía cubiertos las piernas, por un pantalón largo, de color beige y una camisa de tirantes, que dejaba que el aire entrara y enfriara su cuerpo, tenía mucho frío. Se abrazó a si misma mientras trataba de caminar, aquellos pequeñas motas blancas molestaban su vista y bajó suavemente la cabeza. Siguió hacia ninguna parte.
-¿Hola? –preguntó al aire, la lengua se le hacía extraña. -¿Hay alguien? –volvió a preguntar a un tono alto, que solo recibió el eco de sus palabras.
Llegó hasta una micromontaña, parecía un camino de piedra y se fijó que habían unas huellas, pequeñas, iban de cuatro en cuatro, un animal, el caso es que en aquel instante el ambiente se volvió un tanto más extraño, el aire cobró un sabor un tanto animal, a piel, su oído percibió el paso acompasado de cuatro pezuñas, de dos en dos. La joven chica movió su cabeza, sentía los pasos dentro de esta, como si el animal estuviera en torno a ella, pero no vio nada. Su estomago rugió y su cuerpo comenzó a tiritar por culpa del frío. Arreció el paso y comenzó a correr con suerte así calentaría su cuerpo, sin embargo no tardó en sentir como eso no solucionaba el problema.
Sus ojos reaccionaron a la necesidad del hambre y las pupilas se estiraron y contrajeron delimitando así una figura biconvexa, como las de un felino, sus orbes adoptaron un color más intenso, rojo carmesí. Aquellas montañas que yacían en la lejanía parecían estar a tres metros de ella, sus ojos amplificaron las distancias y podían regularse de una forma que no entendía, se frotó los ojos con fuerza, hizo un gesto de entre dolor y desagrado. ¿Qué le pasaba? Sus ojos se abrieron y de nuevo volvieron a jugar con el sentido de la orientación de la chica, no sabía dónde estaba, si miraba al cielo o si miraba al suelo, todo se mostraba con demasiado zoom y una vista extraña, todo era negro, los arboles y suelo tenían un contorno luminoso y aunque pronto empezaron a escocerle los ojos y a arder desde dentro de sus corneas, cayó al suelo de rodillas mientras apretaba con fuerza los parpados sobre sus zafiros que portaba como joyas en el rostro, le dolían, pronto empezó a emanar una cantidad notable de sangre. Un grito emanó de su boca y durante unos segundos su mirada le ardió como si colocaran en sus ojos un hierro ardiendo y derritiera sus cornea, sin embargo, ellos parecieron amoldarse a su mente y dejaron de sangrar.
Las gotas de sangre desbordaron en sus mejillas y cuando pudo volver a abrirlos la vista cambió, ahora podía controlar un poco mejor aquella extraña visión, su estomago rugió y sus ojos guiados por el estomago se enfocaron en las huellas de aquel animal. Su contorno se elevó por la nieve y como una especie de holograma conformó una serie de huellas en el aire que a medida que avanzaba se desvanecían y formaban parte las siguientes.
-¿Q-que es e-esto? –preguntó sin saber con un total desconcierto. Su instinto le dijo que caminara y siguiera las huellas y no se lo cuestiono.
Corrió pues sentía que si no lo hacía probablemente el frío acabara con ella y transformara su hermoso cuerpo en una estatua de hielo, era más que obvio que la nieve era un obstáculo pero la vista le guiaba y pronto no tardó encontrar la fuente que dejaba dichas huellas, un ciervo, de unos quince kilos, quizás tenía un par de años, no se preguntó si debía comerlo o no, quería hacerlo porque salía desde lo más interno de ella que o comía o moría. Sin embargo no tenía armas que usar y estaba a una distancia más o menos alejada de aquel animal, veinte metros. Ella estaba en una posición un poco elevada, sobre uno de los laterales de una no demasiado grande montaña, el ciervo se mantuvo olfateando la nieve en busca de alguna hebra de hierba que pudiera comer, su dentadura se abrió y mordió una cuantas que encontró acercándose un poco a la posición de la mujer.
Esta cogió una piedra, del tamaño de su puño, apoyó su peso sobre la pierna trasera y la intercambió a la delantera y la piedra salió despedida a una velocidad absurda para la complexión de la chica, incluso más rápido que una flecha y golpeó de forma precisa el cuello del animal, escuchándose como incluso se quebraba el frágil cuello y como este caía al suelo carente de vida. Durante unos instantes consiguió patalear, un mero instinto del cuerpo, su corazón instantáneamente había dejado de latir pero era curioso aquel mínimo e instintivo acto reflejo. Ella no era consciente de que hacía, sin embargo su alma le dictaba qué tenía que hacer y qué debía de hacer, como si su cuerpo fuera dirigido por un instinto de supervivencia se lanzó desde aquella altura y cayó sobre la nieve hundiéndose hasta más o menos la espinilla.
Sus manos esgrimieron agiles movimientos, perfectos como el de un león que con sus garras abre la piel y del mismo modo, el torso del cervatillo se quebró y sus huesos rechinaron como si una espada afilada o un cuchillo de deshuesado los rompiera con una facilidad asombrosa. Sus falanges se mantuvieron igual de afiladas que el acero, sesgaron la piel, la arrancaron y la llevaron a su boca, dejándose impregnar por la sangre que desfilaba por el perfil de su boca, que no cabía en su garganta y emana derramándose por su mentón, deslizándose por su bronceada, mas helada, piel, calentándola, dejando un rastro de rojo carmesí mientras su boca hallaba el calor de un cuerpo carnoso que una vez estuviera viva y correteara por aquellos instantes buscando algo de comer, hasta que una pétrea arma le dejó helado, aunque no tanto. La carne comenzó a saciar su cuerpo, sin embargo un par de bocados no bastaban para saciar aquella bestia interna que se agitaba se puso de rodillas, ignorando que sus piernas se helaban, el sabor de la sangre de aquel animal trasladó a su cuerpo el calor que necesitaba, su garganta se vio inundada por un sabor dulce, férrico y suavemente denso, un poco más que el agua.
Ella no era consciente pero estaba devorando un animal que probablemente alimentara a dos o tres personas, sus movimientos eran agresivos, como los de un animal salvaje, devoró hasta el más mínimo resto de carne que sus manos pudieron perforar, no se cuestionó que órganos estaban buenos o sabían bien, cualquier rastro de carne mínimamente comestible era engullido, los huesos eran esquivados y si no lo eran se rompían como si sus dedos transmutados fueran acero en vez de ser algo material o mínimamente humano.
El aire transportó el aroma férrico que desprendía el cuerpo dadas las bajas temperaturas o se consumía en el momento o se congelaba, por suerte la carne nunca estaría en descomposición. Tras devorar a aquel pequeño animal se reincorporó, poniéndose de pie y buscando algo en el aire, pese a que la carne le había dotado de un calor interno su cerebro comenzó a enfriarse y sintió pinchazos en el interior de su encéfalo, se llevo las manos a la cabeza al mismo tiempo que apretaba la misma, contuvo varios gritos en su garganta que no pudieron aplacarse, salieron de su boca e hicieron resonar los arboles, como si pudiera emitir una onda expansiva, su pelo salió disparado hacia atrás, elevándose durante unos cuantos segundos, la nieve se apartó rápidamente y el cuerpo del animal se arrastró dejando un suave rastro de sangre.
La cabeza le dolía, como punzadas profundas, como martillazos en la propia consciencia, se agitó, su cuerpo se hizo un ovillo cuando este tocó el suelo, sintió su piel arder y los gritos siguieron saliendo de su boca, su espalda se encorvó hacia atrás, formando una curiosa forma convergente sus brazos se estiraron y su cabello se enrojeció, su cuerpo se vio envuelto en una eterna y carmesí flamante aura que lo envolvió todo. La nieve se evaporó, los arboles se quebraron por la fuerza de aquella visible y roja esencia, todo cuanto esta tocó entró en llamas, los arboles quebraban sus troncos, hojas y ramas y estas ardieron y emitieron llamas, sintiendo un calor que los consumía desde adentro hacia afuera, todo se envolvió en el fuego eterno hasta que sus ojos se cerraron, todo cuanto veía, de esa forma tan térmica se volvió oscuridad y perdió el conocimiento.
La carreta se movía por dos grandes caballos, inmensos como dos montañas y que tiraban de forma casi simultánea hacia adelante, arrastrando aquellas ruedas de madera, revestidas con diversas láminas de metal para fortalecer la unión de los ejes del carro. Este se tambaleaba de aquí para allá, traqueteaba como una moneda cuando la velocidad de giro tras su eje era insuficiente y comenzaba a tambalearse emitiendo un característico ruido. Era un carro sin techo, donde solo había una persona tirando del caballo y en la parte de detrás cargaban una gran cantidad de frutas y hortalizas variadas, todas de tonalidades entre azules, negras y purpúreas. Quien lo dirigía era un anciano de unos aproximados sesenta años, al borde de la vida, al borde de la muerte, su piel distaba de la de cualquier sureño porque básicamente estaba preparada para las altas alturas, de hecho todo cuanto se alzaba por el continente helado tenía que estar preparado para las alturas extraordinarias y el frío y ausencia de aire, por eso su piel era así de azul, o quizás fuera porque el hielo corría por sus venas, cualquiera sabe.
Sin embargo, su color de piel no lo hacía amenazante, al contrario, era un agradable comerciante de verduras, hortalizas y al mismo tiempo productor de las mismas. El conductor simplemente volvía a casa, al hogar, con una venta del género aproximada al sesenta por ciento, había sido un día bastante bueno, pensaba mientras seguía su camino. Pasaron los minutos y como era costumbre, no se topó con nada ni nadie que perturbara su camino por eso vivía ahí, por la paz que aquel lugar le transmitía, por la lejanía con la gente, solo deseaba una cosa, volver a casa, con los suyos y descansar frente al fuego ardiente y cálido que probablemente su esposa alimentaría y sobre el cual habría una olla de aquel guiso de vegetales y carne que tanto le gustaba.
Llevaba unos veinte minutos de viaje, el pueblo quedaba relativamente cerca, lo que facilitaba que alguien con su delicada salud pudiera seguir viajando aquellas cortas distancias. Entonces sus caballos comenzaron a notar un olor humeante a medida que avanzaban ladeando aquella colina que se transmutaba rápidamente en una inaccesible montaña. -¿Pasa algo, niñas? –preguntó a sus yeguas antes de que su mirada volara por el ambiente. No vio nada demasiado raro, hasta que una fina columna de humo fue la que llamó la atención sobre el fondo blanco del cielo que dejaba caer pocos fragmentos de nieve minúsculos.
-Qué extraño… -la columna de humo venía desde muy cerca, pero no había nada que debiera de incendiarse en un bosque nevado, así que siguió su camino esperando a que aquella molesta pared de piedra se retirara, probablemente sería la llanura helada por la que continúa el camino, a unas pocas decenas de metros.
Una vez la montaña se retiró fue cuando pudo observar aquella escena. Siguiendo el camino a unos diez minutos más podría llegar a su tan preciado hogar, ahora solo había un gran nevado bosque pero llamaba la atención que había una joven tumbada en aquel paraje desoladoramente frío. -¡Soo! –dijo a sus caballos para que se detuvieran.
La escena era cuan menos rara. Una mujer con ropas nada prudentes en un ambiente helador, en torno a su figura había una cantidad de suelo libre de nieve, incluso aquella verde hierba que solo podía verse en los días más calurosos de Hoctis, algo que no era ni si quiera frecuente. Había un árbol que no solo estaba sin nieve sino que ardía, como si alguien le hubiera impregnado con brea o algún derivado y que se mantenía de aquella forma. Y más allá, había un animal abierto en canal que había dejado un rastro de sangre sobre la nieve y allí permanecía, durmiendo como si fuera ajena a todo lo que le rodeara. No dudó ni un segundo en bajarse de aquel asiento sobre el que dirigía las riendas de sus caballos y caminar hacia esa joven.
Pese a su alta edad, pese a su tono azulado de piel y pese a su carente fuerza vital como antaño su instinto le guió para cogerla, levantarla en brazos y tratar de hacer que despertara, al notar como su piel ardía supo que estaba enferma, debía de llevarla rápido a casa y rezar porque no se muriera en sus brazos.
-Estarás bien…te pondrás bien… -repitió mientras cargaba con aquel cuerpo y lo tomaba entre sus brazos antes de sentarse a las riendas de aquel carruaje y luchaba por ir lo mas rápido posible, por mantener aquella chica sentada sobre sus piernas, dado que dejarla con la fruta no era lo más recomendable dado su estado y la prisa urgía.
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La cabeza le ardía, sentía como dentro de ella una pequeña brasa crecía y crecía, chisporroteaba, soltaba silbidos ardientes como si el aire que contuviera su primigenia forma saliera disparada rompiendo la superficie cálida de esta. Su cuerpo se removía, un rugido emanó de su boca y fue cuando sus ojos se abrieron. Estaba pero no estaba, sentía que era ella pues si movía su brazo, se movía, sin embargo no veía la escena desde sus ojos, sino que simplemente estaba ajena a todo lo que pasaba.
Su cabello castaño que se extendía hasta la mitad de su espalda se movía sutilmente mecido por un aire cálido, agradable. El dolor que sentía se diluía poco a poco, frente a ella había una criatura arbórea, cuya columna estructural era un lazo de madera grisácea y envejecida, de tal forma que se enredaba hasta alcanzar unos cuatro metros hasta que la estructura se separaba y descendían lazos de madera curvándose como una cúpula suave. De algunos nudos emanaban filos blancos, casi translucidos que iluminados por un sol de ninguna parte que hacía brillar aquella blanca sala sin suelo, sin techo o paredes hasta que finalmente se formaba una capa canosa que descendía por un metro y medio.
Dijo a su cuerpo que se moviera, que debía de caminar hacia aquel árbol y ello hizo. Su figura caminó por aquel suelo invisible y totalmente luminoso hasta que extendió un brazo, se puso de puntillas y al tocar aquellos hilos estos brillaron, ellos empezaron a fluctuar, a enviar una onda de colores azulados los unos a los otros por aquella distancia que los definía y cuando llegaban a su raíz uniéndose al árbol estos volvieron con una tonalidad rojiza.
Frente a las orbes azules de la joven surgió una criatura, con forma siseante y del mismo tamaño del árbol que había junto a ella. La madera de la corteza de este se disgregó en un porciones que se adosaron a su figura creando la imagen especular de un dragón, uno sin alas, alargado, con una boca cuadrada y afilados dientes, y una mirada especialmente penetrante. Sin temor alguno, sin miedo, sin preguntas, ella observo al ser como si fuera uno más, uno más de su rebaño que había domesticado y cuidado durante tanto tiempo. El dragón inclinó su cabeza situándola a la altura de la joven, ella extendió su brazo abriendo la mano y con la palma abierta buscó acariciar su rostro, entonces fue cuando sintió que algo la estrangulaba, que algo tiraba del cuello de su corta camisa asfixiándola rápidamente. Ella que observaba la escena desde un punto de vista diferente al que sentía que era su cuerpo tuvo total empatía con su cuerpo, sentía que su cuerpo no encontraba el aire que necesitaba, que algo o alguien oprimía su garganta y no dejaba que pudiera pensar o tratar de zafarse de algo que no estaba ahí, que era invisible.
Entonces su cuerpo salió disparado hacia atrás, describiendo su espalda una pequeña curvatura antes de chocar contra el suelo iluminado y romperse en muchos pedazos, como si siempre hubiera sido cristal.
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Se removió con suavidad, su cuerpo trató de moverse pero solo reaccionó su cuello. Su rostro esgrimió un gesto de dolor, sus ojos se movieron aun estando bajo el amparo de sus párpados, su nariz se arrugó con suavidad mientras lentamente su mente despertaba, aletargada, pesada. Estaba tumbada, no recordaba estar en algo tan blando, ni con nada tan suave rodeando su cuerpo.
Entonces abrió los ojos, de una forma lenta y pausada, observando como algo amarillo y anaranjado se movía frente a ella y daba luz a su rostro. Tras unos parpadeos más observó mejor los alrededores de donde yacía. Estaba frente a un fuego, el aire que rodeaba aquella instancia era incluso familiar, como si lo hubiera olido antes pero claramente no tenía idea alguna de donde estaba. Ladeó su rostro hacia otro lado, entonces algo se resbaló por su frente y cubrió sus ojos. Movió su mano derecha para apartar aquel objeto y al ver que era una gasa empapada en agua caliente no supo ni que era, ni tampoco para que servía.
-Ya despertó. –dijo una voz aguda pero cansada, como si hubiera estado mucho tiempo emanando por su garganta y ahora la cuerda que le daba vida se estuviera desgastando mas y mas. El sonido de una silla arrastrándose acompañó al sonido de unos pasos cortos y rápidos.
La joven se reincorporó, sin saber exactamente que decían, ni porque aquellas palabras sonaban tan raras, tan diferentes a como ella sabía que debía de hablarse, trato de decir algo, pero su lengua le pesaba, era especialmente difícil de explicar porque no lo comprendía. La anciana, cuya figura recubierta por ropas de colores oscuros hacía que su pelo blanco, como el del hombre sentado en la mesa comiendo una hogaza de pan antes de meterla en su cuenco. La anciana se sentó junto al borde de la cama y una sonrisa tranquilizadora se mostró sobre su arrugado rostro, retiró aquella humedecida gasa y posó su mano, de color sutilmente morada como toda su piel, sobre su frente y la mantuvo durante unos instantes.
-Parece que tu temperatura ha bajado. –miró sus orbes azules y como estas parpadeaban suavemente como si no entendiera que pasaba. -¿Te encuentras bien? –preguntó observándola.
Ella no se movió, ni un ápice, pero al ver aquella mirada no pudo más que preguntarse que estaba diciendo, porqué le hablaba y porqué no entendía un ápice de lo que ella decía, ante aquella pregunta, identificó simplemente el tono así que como no podía afirmar o negar simplemente se quedó estática, como un cuadro que miraba hacia adelante y no dejaba ver otra cara de sí mismo. -¿Me entiendes? –preguntó de nuevo. Ella se preguntaba porque le prestaba tanta atención. –No…no me entiendes. –concluyó levantándose y caminando hacia la mesa.
Se acercó a la mesa de roble y tomo de ella un cuenco, cogió un cubierto y se acercó hasta la cama para cedérselo. –Toma. –luego miró a su marido. –Si no sabe nuestro idioma, tendremos que enseñárselo. Hiciste bien trayéndola. Quizás tenga mano con los niños. –se cuestionó minimante. –Daría alegría a los jóvenes.
