CAPITULO X
El recibimiento había sido un tanto extraño. Aeldar pensaba que el hecho de haber matado a uno de esos lobos no era algo especialmente novedoso, quizás porque habían soltado a unos diez y porque por probabilidad alguien tendría que haberse enfrentado a ellos, aunque lo cierto era que aquel comentario que había dicho Noa si que resultaba un tanto vanaglorioso. Pero cuando sus pasos le llevaron a la posada donde todo el mundo estaba no entró con aquel honor, ni siquiera con algo de orgullo, simplemente entró sabiendo que había fracasado, no había llegado el primero pero al menos sabía que había llegado a la bandera gracias a su compañero.
Efectivamente, el medio grupo de Aeldar –o el mismo– y Noa llegaron los últimos a la bandera, allí no hubo ninguna recepción en particular, simplemente elogiaron a las ganadoras que como el resto salvo por el vigía era la primera vez que se enfrentaban a esa prueba en particular.
Pero cuando las puertas se abrieron, lo que parecía ser una marea humana de bebida, alegría y dinero pasando de mano en mano se hizo muy evidente. La gente parecía mirar a Aeldar y ver algo extraordinario, aunque su cuerpo mostraba evidente cansancio, seguía bañado en aquella sangre pero al menos el olor se había diluido con profundidad notando el olor a todas aquellas bebidas alcohólicas que casi se escapaban de las tazas en lo que le elogiaban. El no supo cómo responder aunque por lo visto, eso no generó ningún tipo de rencor o al menos eso esperaba.
No tardaron en elevarlo entre unos cuantos y tuvo verdadero pánico de que le estrellaran contra una pared porque ni siquiera las mujeres tenían una complexión similar a la de él, que aunque no era todo hueso tampoco había demasiado musculo. Cuando la ceremonia se relajó pudo respirar con tranquilidad, aunque no conocía demasiado bien a sus "compañeros" sus intentos por intimar con ellos fueron cancelados casi de inmediato. Porque el capitán de aquella embarcación y el líder de Ircada quiso hablar con el apartándolo de la gente. Aunque ya le había visto antes –para ser exactos, justo después de que su combate en la forja terminara- se volvió a sentir tan pequeño como antes. La charla que habían tenido había sido como poco, escueta, apenas tres frases, sabía que tenía amnesia por lo que presupuso que al menos había hablado con un par de personas para saberlo o quizás con la propia Eloisea.
-Siento tener estas…pintas. –se disculpó, realmente apestaba a sangre, al menos él lo olía como si la hubiera usado durante años pero a aquella masa de musculo no pareció molestarle pues lo indicó con un gesto con la mano.
-No te preocupes estoy acostumbrado a ese olor. –tampoco esperó que él le dijera nada, porque desde el bosque hasta aquí no había encontrado. –Hace un rato has demostrado algo que no había visto desde hace mucho tiempo. –confesó sin decir realmente el que.
-Pero no llegué a la bandera a tiempo. –respondió Aeldar agitándose el cabello, estaba un tanto intimidado por aquel hombre aunque no sabía porque, no le dio demasiadas vueltas a aquella idea y trató de esparcirla hacia algún otro lado.
-No es la idea de la prueba el final. –eso descolocó un poco al chico, antes de contestarle le ofreció una copa que tenía en aquella mesa, muy apartada del resto pero que permitía controlar todo lo que pasaba en aquella sala, el ruido era notorio pero su grave voz se escuchaba con bastante nitidez. Aeldar aceptó la copa sin pensárselo demasiado, cualquier cosa sería mejor que el sabor de la sangre. –El objetivo no es llegar a la bandera, es observar como reaccionáis en una situación de peligro, donde morir es un final posible. Al principio usábamos dragones a los que les habíamos cortado las alas –soltó una suave risa ahogada en aquella gran boca, casi pareció resbalar como aquella bebida entre su frondosa barba- pero era mucho más peligroso, cuando le cortas las alas a un dragón…puedes hacerte una idea de lo cabreados que están, son imposibles de predecir, no como el que has matado tu, es un poco mas predecible.
Aeldar escuchó lo que decía, y asintió, dio un trago a su bebida y casi se arrepintió de haberla aceptado, notó como la garganta le hervía y tosió un par de veces, ¿Cómo eran capaces de beber tanto sin que apenas les temblara la garganta? Se preguntó.
-¿Cómo te sentiste…cuando lo mataste? –le preguntó mirando los orbes amarillentos del chico contra los negros propios.
-No… -reflexiono sobre aquella pregunta. Recordaba que todo pasó demasiado lento, cualquier persona normal esperaba que en momentos de tensión, las cosas pasaran tan rápido que solo una respuesta instantánea fuera la solución a ese conflicto, pero para el todo fue excesivamente lento, el tiempo se hizo tan alargado que podía ver a aquella bestia en el aire, que podía verse a si mismo tratando de alcanzar aquel trozo de madera que usaría instantes después para ensartar a la criatura en el más puro intento de matar antes de morir. –Mi corazón latía sin parar, me sentí vivo. –no se sintió bien, porque fue la primera vez que mataba algo, o al menos que el recordara, pero no sintió lastima por el animal no había dudado en atacarlo ni por las buenas ni por las malas, así que simplemente salvó su vida a toda costa.
-Buena respuesta. –elogió. -¿Habías matado antes? –sabía que tenía amnesia pero aquella escama de sus heridas seguía penetrando mas y mas en su mente como un acido que todo lo corroía, no por ser muy parecidas a las de los dragones, sino porque no coincidía con ninguna otra de los dragones conocidos.
-No. –dijo firmemente. –O eso creo. –corrigió. –Mis manos me temblaron durante varios segundos, como si no supiera que había hecho, tampoco sabía qué hacer en aquellos instantes, simplemente actué, no pensé. –tampoco decía demasiado a su favor.
-Acepté darte una prueba y la superaste así que supongo que la Orden tiene un nuevo aspirante. –se dijo mas para sí mismo que para él. –Lamentablemente solo tendrás una semana para prepararte, en vez de los tres meses que han tenido el resto. –Aeldar asintió, estaba acostumbrado a estar en desventaja, llevaba así desde que había despertado en esta isla y parecía manejarse bastante bien pero quizás infravaloraba a esos dragones, que aunque no conocía en cierta parte algo dentro de él latía con más fuerza como si se hubiera enfrentado a ellos en alguna otra situación, quizás antes de su amnesia. –No obstante, como has hecho bastantes migas con mi vigía particular el te enseñara todo lo que tienes que saber sobre un dragón y te ayudará con las armas. –metió sus manos en los bolsillos como si buscara algo. –Puedes retirarte. –Aeldar hizo ademan de levantarse y el capitán tardó un instante en pedirle otra cosa. -¿Sabes qué es esto?
Él chico observo aquel objeto, mirándolo como si fuera una joya, era una escama, de un tamaño bastante grande, relucía con el color de la luz de las antorchas que iluminaban la sala. Negó con la cabeza con lentitud. –No me suena. –el capitán chasqueó la lengua decepcionado, como si sus expectativas hubieran caído hasta el suelo e hizo un ademan con la mano para retirarle la importancia. –Puedes irte.
Aeldar hizo una afirmación con la cabeza antes de marcharse de aquella zona, observo a aquel hombre mirando la escama y se preguntó porque su mirada parecía tan intrigante pero el gentío se hizo presente y por suerte acabó moviéndose para acabar junto a los otros seis compañeros. Aunque no eran los únicos jóvenes de aquel pueblo, todos parecían tener la misma edad, Aeldar dedujo que era una especie de iniciación a partir de cierta edad y que eso le dejaba un par de años por encima de ellos. Las dos chicas eran las que habían ganado aquella prueba, Juvia tenía el cabello de un extraño color verde oscuro, casi se parecía al azabache pero tenía un brillo inusual, era tres centímetros más pequeña que Aeldar lo que denotaba una altura bastante notable, su tez era tostada por el sol y si había que apostar a una carrera entre ambos probablemente ella ganara de paliza.
Iraella media un palmo menos que Aeldar, su complexión era similar, con unas curvas definidas y una piel más o menos clara –aunque no era tan pálida como la del recién llegado a la villa- sus ojos eran de un verde esmeralda tan brillante que con el reflejo de aquella bebida amarillenta parecían un lago de oro liquido en mitad de un frondoso bosque pero su cabello era similar al de él, de un color castaña intenso. A la derecha de esta estaba su compañero pelirrojo que casi se convertía en comida de lobo o ambos probablemente, luego habían otros dos chicos, uno rubio y el otro con una extraña mezcla bicolor que no quedaban demasiado bien, el primero era mucho más robusto, casi podría decir que era una versión reducida del capitán, mientras que el otro aunque no era algo tan exagerado si podía romper una mesa sin –probablemente- demasiado esfuerzo.
Todos parecían muy curiosos por aquella charla pero no descubrieron nada porque no había nada que descubrir, aunque el sector masculino se sintió ofendido de que alguien como él, que no seguía las tradiciones de la Orden fuera siquiera considerado un posible aspirante causó bastantes molestias, no obstante las mujeres casi agradecieron que alguien como él decidiera unirse a las pruebas, porque por lo que parecía el género masculino de aquel grupito se había dedicado a tratar de cortejarlas de forma casi constante y por lo que parecía sin demasiado éxito y quizás fuera la novedad de Aeldar o su físico, o su humildad o cualquier cosa que los demás no tenían lo que les había puesto los ojos en el.
Pero el era humano y centro más su atención en ellas que en sus compañeros masculinos. Con el paso de los minutos, y una comida que se agradeció a un estomago rugiente, aquella posada comenzó a tener un ambiente más relajado, algunos 'intentos' de cantantes trataron de amenizar la velada pero lejos de conseguir unos aplausos casi se llevan contusiones severas por las tres tazas llenas que salieron volando tras las tres primeras frase de una canción que trataba sobre el encuentro de un hombre y su amada que esperaba en un puerto…o algo asi.
-¿Y qué pensaste cuando mataste a aquel lobo? –le preguntó Iraella acercándose a él de forma un tanto peligrosa. Durante los últimos minutos parecía haber una pequeña competición entre las mujeres por ver quién debía de agenciarse al recién llegado, ambas reconocieron entre ellas que era bastante atractivo y con una personalidad mucho mejor que la "plana" y "básica" de sus compañeros pero la parte en la que una se retiraba para dejarle sitio a la otra no pareció entenderse con claridad. Esto, evidentemente causó molestia entre los otros tres chicos.
-Pu-pues… -tartamudeó al notar como ella se acercó de una forma extraña a él, recordando que no había sentido aquello trató de controlarlo como se trata de frenar un rio embravecido, malamente. Juvia tampoco pareció quedarse atrás y se deslizó de forma suave sobre su asiento para estar junto a él. –No pensé mucho. Sabía que la rama no aguantaría pero cuando caí al suelo todo fue demasiado lento. Miré que podía usar y deseé que funcionara. –tratar de contestar a las preguntas parecía no ser la forma de que pararan con aquel extraño comportamiento pero en parte agradable y sin saber el porqué.
La conversación siguió por la misma línea, parecía que cuanto mas decía mas las seducía y ellas mas se enfrentaban entre sí. Llegó a tal punto que acabaron abrazando sus brazos contra su pecho como si con ello reclamaran su posesión. Aeldar enrojeció ante aquello, la atención nunca había sido algo difícil de llevar, todo el mundo le recibió con gritos al entrar y recordó el reto con Eosto pero esa atención era diferente, cálida, suave y agradable, demasiadas cosas nuevas en tan poco tiempo. Sin embargo, su salvador, Noa llegaría al rescate al verle atrapado entre dos mujeres aunque se divirtió unos cuantos minutos antes de separarlo porque era divertido ver como él le pedía ayuda en el lenguaje verbal y como el se negaba y le decía que disfrutara.
-Cualquiera diría que no te gusta la atención femenina. –anotó el vigía mientras lo llevaba al exterior.
-Me gusta pero…era un poco incomodo. –por no decir extraño, era la primera vez que veía en unos ojos ese brillo tan raro pero le hizo sentirse deseado, algo que no podía negar que le gustaba. –Gracias por mantenerte alejado unos diez minutos, espero que te hayas divertido. –le dijo golpeándole con suavidad el hombro.
-Eh, yo solo les di a esas chicas más tiempo contigo. –se encogió de hombros como si aquello no fuera asunto suyo. –Así que…te gustaba estar rodeado de mujeres eh…dime, ¿si tuvieras que elegir a una de ellas, a quien escogerías?
Aeldar enrojeció al instante y no contestó, apartó la mirada al pensar en aquello, aunque no entendió porque, ¿acaso el debía de comportarse así? ¿Sí? No entendía. Y no entender por no tener una referencia que quizás se encontraba en su mente perdida por la amnesia era algo que le molestaba mucho.
-Vamos, solo di un nombre, el primero que te venga a la cabeza. No diré nada. Será nuestro pequeño secreto. –se preguntó porque tenía entonces tanto interés, probablemente para seguir bromeando con el tema, pero si no lo hacía supondría que serían las dos y tendría más material para jugar.
-Iraella. –espetó con brusquedad. –Y como vuelvas a tocar el tema…te…te…no se qué te haré. Pero verás cómo no es agradable. –vale, Aeldar debía de aprender a amenazar porque eso solo hizo que Noa riera ampliamente y le diera unas palmaditas en la espalda.
–Deberías lavarte y dormir cuanto antes, mañana tú y yo tenemos que entrenar mucho…lo equivalente a un mes. Así que espero que sueñes con tu querida Iraella y te relajes un poco, que pareces estresado. –salió corriendo al ver como Aeldar le tiraba una piedra que encontró por el suelo, sí, aquel chico además de extraño era divertido, lo tenía todo.
{ * * * * * * }
Usualmente las personas recibían el día de una forma más o menos agradable, Aeldar esperaba levantarse cuando las primeras ondas de luz solar golpearan en sus ojos y los hicieran despertarse en un suave movimiento. No obstante nunca esperó una oleada de un líquido helado y que le hiciera saltar de la cama, rebotar sobre su superficie y caer de cabeza al suelo.
-¿¡Q-que pasa!? –preguntó gritando mientras abría los ojos de forma brusca y tras unos parpadeos pudo ver mejor lo que pasaba, el sol apenas había salido por el horizonte, sintió sus músculos agotados, tensos como una barra de acero siendo estirada por ambos sitios, que no cedían aunque quisieran y miro a aquella figura.
-Arriba, princesita. –dijo en un tono divertido el vigía.
-¿Era necesario…despertarme así? –le preguntó mientras trataba de reincorporarse.
-Bueno, esperar lo inesperado debería de ser tu primera norma, así que sí. Debías de haberlo considerado. –le respondió tendiéndole la mano.
-¿Me dejaras desayunar, maestro? –preguntó tras escuchar a su estomago rugir como aquel lobo que casi lo engullía ayer.
-No, desayunaras cuando te lo ganes, así que andando, que tienes un día muy largo por delante. –abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara. –Tenemos que hacer unos cuantos recados antes de ver que puedo hacer contigo.
Aeldar molesto bufó mientras salía de la casa de Eloisea se preguntaba si ella estuvo compinchada para dejarle pasar, probablemente todo el mundo en esa Villa estaba manchado cuando se trataba de lo que fuera con su persona. Caminó junto a su maestro mientras tiritaba de frío, aquella agua estaba helada además estar tan cerca del mar era algo que aunque solía significar "temperaturas templadas" se traducía por "brisa constante" algo que helaba aún más su piel e hizo que se abrazara a sí mismo. Aquellos recados eran básicamente el aprovisionamiento, en total cargó con más de diez kilos de armamento, una espada, una lanza, un hacha corta y además, una especie de armadura que debía de ser lo más parecido a un caballero de las historias de los libros de Eloisea.
-¿Qué pretendes hacer con todo esto? ¿Montar tu pequeño ejército? –preguntó con cierta molestia mientras intentaba andar con todo aquello, probablemente no pesaba como un árbol pero él lo sentía así. –Además, ¿es necesario que me lleves por toda la isla como si fuera una mula de carga?
El asintió, lo cual causó un gesto de molestia en el rostro de Aeldar, quien simplemente se mantuvo callado, si esto era a lo que tenía que someterse durante una semana, estaba muy apañado.
El lugar elegido para el entrenamiento era una especie de arena, arena porque el césped circundante de aquella villa que se extendía hacia la entrada de aquel bosque se desvanecía dejando un gran recinto circular. Aeldar siguió hasta el centro de la circunferencia de arena siguiendo a Noa hasta que este se detuvo. Lentamente dejó todo aquel grupo de artilugios en el suelo y el sonido metálico de ellos anunciaba lo muy pesados que eran. Aeldar jadeaba de forma ahogada, le había hecho dar un paseo innecesario con probablemente más de cien kilos en armas –o más o menos era lo que él calculaba–
-Antes de hablarte de dragones, tendré que hacerme a una idea de cómo manejas las armas. –dijo Noa. –Ayer le pedí a Eosto que sacara algunas armas, no están en perfecto estado pero para tantearte no creo que necesitemos lo mejor de lo mejor. –se puso de cuclillas y puso en fila las armas, habían en total tres espadas, cada una diferente, una era la típica espada, otra parecía tener una hoja ovalada por los extremos de la empuñadura y que lentamente se unía a su filo, mientras que la tercera era una extraña espada con una pronunciada curvatura, muy fina pero cuyo filo era extremadamente afilado. –Aunque cualquier arma es válida a la hora de ejecutar a un dragón, por lo general descartaremos las armas pesadas como los mandobles o las hachas de guerra, no creo que puedas moverte con la agilidad suficiente y son demasiado situacionales. –luego señalo a las lanzas. –Generalmente las usamos para cuando el dragón ha hecho su pasada o hay que mantener las distancias, son un arma ligera y si necesitas usarla como proyectil, es una buena opción. –se inclinó hacia delante y tomó dos lanzas, le lanzó una a Aeldar antes de tomar la suya.
Comenzó a caminar de forma circular en torno a Aeldar, este miró como se movía, empapándose de cómo apoyaba su pie y parecía que podía leer aquellos movimientos, nunca había peleado, no desde que hubiera despertado y menos con armas pero por alguna razón parecía comprender lo que le decía.
-En una pelea importan tres cosas, el movimiento, el entorno y la agilidad. –justo tras enumerarlas hizo una pequeña carga hacia adelante dispuesto a clavarle aquella lanza su acompañante, pero Aeldar respondió de forma rápida golpeando con parte del mango el filo del arma opuesta y desviándola. –El movimiento es lo que permite posicionarte, sin una buena posición da igual lo fuerte que seas o lo rápido que corras, el que mantiene el mejor ángulo de combate es quien tiene la iniciativa y si tienes la iniciativa ya has ganado una parte del combate. –justo cuando se posicionó tras Aeldar y justo cuando este se giraba consiguió golpearle en un costado con la parte anterior de la lanza, el segundo golpe fue detenido a duras penas y tras unos segundos se reincorporó de nuevo. –Imagínatelo como un baile, todas las personas se mueven de una forma genérica, pero cuando te fijas con detalle puedes ver formas de caminar diferentes, hay gente que usa más su pierna derecha o su izquierda, o se inclina más hacia un lado que hacia otro.
Aeldar trató de aplicar aquellos conocimientos por instinto, porque sabía que cuanto más tardara en aprender lo que él le decía, mas golpes se llevaría. –En el combate pueden pasar dos cosas, o tú llevas la voz cantante, como estoy haciendo yo… -con el lateral afilado de la lanza trató de golpear uno de los costados pero Aeldar fue suficientemente rápido como para bloquearlo y con el otro extremo cargó contra él tratando de cortarle el paso con su cuerpo y su fuerza. –o puedes adaptarte. Saber cuándo ceder te ahorrara problemas, nunca es bueno quedarse estático, ni atacar sin cabeza.
Por aquellos momentos, aun con el cansancio que llevaba arrastrando el dolor que sentía se entrelazaba con lo que aprendía, había aprendido que lo mejor era acomodarse a tu rival y no tratar de ser una especie de roca inmovible o una tormenta imparable. Pero tenía la ligera idea de que aunque la teoría fuera correcta, el combate a niveles reales sería otro asunto. Si sonaba bonito eso de "siempre puedes usar la fuerza de tu rival en su contra" pero si realmente tenía una posibilidad de pensar eso mientras su vida le pendía de un hilo en un combate a muerte, se consideraría un afortunado.
{ * * * * * * }
El sonido del metal golpeándose se había vuelto tan intenso como constante, cansados ambos aún seguían de pie, mientras su cuerpo había perdido la rectitud natural del mismo. Sobre la piel se deslizaba aquel maloliente liquido producto del esfuerzo entre ambos, cuando aquella charla suave sobre el combate se diluía entre la práctica de los conceptos básicos, el joven Beloir pensó que lo mejor sería elevar su cansancio con otra caminata. Esa vez fue a pleno pulmón, desde el lugar donde se habían tanteado (a base de golpes) hasta la zona de entrenamiento que había a nivel del mar.
Al principio, moverse entre la arena no parecía tan difícil, pero cuando las fuerzas de su alumno menguaban, apreciaba el cambio notorio, un terreno que se movía según tú pusieras el peso de tu cuerpo. Aunque habían descartado las armas más pesadas, como las hachas o los mandobles, Aeldar había destacado ampliamente con las armas más ligeras, desde una espada de una mano, pasando por aquellas lanzas, hasta el arco o los puñales más cortos (que aunque este preguntara para que iban a servirle contra un dragón, Noa no le contestó y simplemente le dijo que siguiera entrenando) y con ellas estaban practicando.
Aunque era un combate de aspecto inofensivo, la violencia de los golpes era notoria, el acero chasqueaba al chocar unos contra otros, las estocadas eran paradas y devueltas en un intento de herir al rival, pero, como tenían una cota de mallas bastante gruesa las posibles heridas que sufrieran se sentirían mas como un golpe seco con el puño que una puñalada.
Con una estocada descendente Aeldar tuvo que apoyar el peso de su cuerpo en su rodilla derecha con el consecuente bloqueo, que se sintió como si una piedra de cien kilos le golpeara en el brazo y se lo aplastara. Se hundió un poco sobre la arena mientras seguía aquel forcejeo silencioso donde solo el siseo del acero se podía percibir. Noa ejercía una notoria fuerza contra él y apenas podía resistir, la espada le temblaba al igual que su brazo pero no duraría mucho pues el vigía le dio una patada en la parte inferior de la pierna que sostenía su cuerpo anclado a la arena y el desequilibrio acabó tumbándole, golpeó con fuerza la espada opuesta y le desarmó.
-¿Qu-que d-diablos ha sido eso? –preguntó Aeldar reincorporándose con evidentes gestos de cansancio.
-Fue un derribo. –explicó Noa con una sonrisa tendiéndole la mano para que se levantara con más facilidad. –En un combate todo es válido, no hay nada que te impida usar todo lo que tienes a tu disposición. Pero…viendo lo desecho que estas –Aeldar agradeció el halago con una mirada casi agónica- creo que podemos ir a comer algo…invitas tu ¿no?
Caminaron hasta el único restaurante que había en la villa, la taberna Sol Naciente, donde un bastante activo cocinero les aguardaba tras la barra. El recibimiento fue el adecuado aunque un tanto escueto por el cocinero que parecía que iba a explotar de tanto trabajo, habían tres fuegos, en dos de ellos habían dos ollas tan grandes que probablemente Aeldar y Noa podrían meterse juntos y si no se quemaban vivos con el agua hirviendo no se tocarían ni los pies, y en la otra un animal bastante pesado que tenía una abertura en el vientre de lado a lado que daba lentas vueltas sobre las brasas ardientes.
Por lo visto era usual que la gente acudiera a este lugar, en general cuando las comidas con sus respectivas mujeres no salía tan bien como parecía ser pero claro hasta las mujeres daban algo de miedo si no las conocías, por lo que cocinar como si fuera a haber un festín no era mala opción. Barnam les sirvió un suculento cuenco de lo que parecía ser una sopa con legumbres y carne, algo que les reconfortaría después de todo un día de entrenamiento donde lo máximo que habían comido eran unas cuantas piezas de fruta y de eso hacían horas.
-Y…¿Por qué matáis dragones?
Noa no esperaba esa pregunta y aunque el tabernero no parecía haberse enterado de aquella pregunta tuvo un mal recuerdo, cerró los ojos y siguió removiendo el contenido como si de una tarea de vida o muerte se tratara. El vigía tosió un poco y se golpeó el pecho con cuidado.
-Veras, Aeldar. –dijo el pelinegro mirándole. –Los dragones son bestias, atacan al ganado, queman todo lo que ven y matan personas sin ningún tipo de contemplación. –por alguna razón se le veía afectado, su acompañante lo notó pero no quiso preguntarle porque. –Ellos llevan atacándonos siglos y por eso los cazamos, porque si no lo hiciéramos, ellos nos cazarían a nosotros.
Barnam cargó con el peso de aquella olla y la separó del fuego un acto que haría cuestionarse cuanta fuerza oculta no tendría, se limpió las manos en un trapo que tenía y con semblante serio los miró. –Los dragones son bestias. Como tales, las matamos. –su rudeza si que aseguro que había algo personal en ello. –Uno de ellos mató a mi esposa, y me dejó la cicatriz de mi rostro como recuerdo. –guardo silencio, ni el tiempo cerraría aquella herida, que ardía como aquel día.
-Muchos de nosotros ha perdido a alguien por culpa de esas bestias, y seguimos luchando contra ellas, día a día. –acompaño Noa en tono un tanto solemne.
-Yo…lo siento. –se disculpó el joven desviando la mirada del tabernero.
-No tienes por qué. No fue tu culpa. –miró al vigía mientras tanteaba sobre las copas para coger una y verter un liquido amarillento sobre él, con burbujas. –Pero creo que no sabes demasiado de ellos así que tu maestro debería de darte unas cuantas nociones, porque las necesitaras para tu examen.
-Supongo que sí. –respondió tras tomar otra cucharada de aquella deliciosa comida. –Clasificamos a los dragones por especies, calculo que tenemos documentación de al menos treinta especies, pero no todas las encontramos en esta isla. Alguna que otra vez hemos hecho expediciones más allá del Mar de las Bestias y aparecen nuevos, pero esa es solo una característica. –Aeldar prestó atención, a todo lo que decía, quizás el combate fuera improvisación y estrategia, pero los dragones parecían ser algo tan peligroso que recordar hasta la mínima palabra era lo más importante. –Además de la especie tenemos la agresividad –levantó un dedo- no todas las especies son igual de agresivas, pero tarde o temprano te atacarán. También tenemos la velocidad, ya sabes, cuan rápidos son sus movimientos, luego tenemos su resistencia, a veces podemos tumbar a un dragón con trampas inmovilizadoras, pero otros se resisten mucho mas y hay que matarlos directamente. –alzó los consecuentes dedos mientras hablaba y dejo el más interesante para el final. –Más allá de cómo es su piel y como atacan lo más interesante es su potencia de fuego. La mayoría de los dragones escupen fuego pero hay otros que en vez de eso lanzan púas tan grandes como una silla y si no recuerdo mal, había uno que lanza ácido, así que si tienes que saber algo, pregúntate que es capaz de disparar porque no querrás que se te caiga la piel del cuerpo entre gritos.
