CAPITULO XI

Aunque la nieve era abundante en la zona norte ello no evitaba que la vida tranquila no pudiera solucionar, en general, el cultivo de hortalizas era lo más común, quizás algún tubérculo rosa y si las temperaturas eran demasiado frías, varias tandas de crifin podían solucionar una mala racha cultivándola. Ella despertó en un lugar desconocido pero aquellos ancianos cuya piel poseía un tono un tanto violáceo no se mostraron poco afables precisamente. Resultaban encantadores, y eso era algo que ella notó aunque no entendía que decían.

El primer día fue quizás el más duro, se movía allá donde aquella anciana iba, escuchaba lo que decía pero…no entendía ninguna palabra aunque sabía que se refería a aquellas plantas. Demostró tener buena mano cuando ella le ofreció que intentara extraer la planta del suelo, por lo general un primerizo rompería las hojas externas o si era demasiado bruto, arrancaría las raíces que servirían para que esta pudiera aflorar al cabo de unas cuantas semanas. Alimentos de no demasiado valor pero si de mucha producción anual.

-Mira tú, quien lo diría, tenemos una experta entre nosotros. –dijo de forma jovial la anciana sonriente. –Creo que tengo una buena sustituta por si me dan los achaques en la espalda. –fue lo que dijo mientras la guió hacia la otra parte del gran huerto que tenían para seguir explicándole. Ella pensaba que, aunque no la entendiera, si la veía tan atenta algo se le quedaría, probablemente el frio la había hecho pasar un mal tiempo y tenía algo de amnesia, pero como ella bien decía "toda nieve se derrite con el tiempo suficiente".

Sus rescatadores eran uno de los más ancianos de aquel pueblecito, asentado junto a un rio que casi siempre estaba helado habían cinco casas mas, curiosamente pese a la avanzada media de edad que había cuatro niños correteaban por aquellas nevadas calles jugando a algo parecido al pilla pilla. Ella los miró y sonrió al verlos jugar con tanto entusiasmo, como si algo de aquella felicidad se le impregnara.

Al segundo día ella amaneció con algo diferente, estaba radiante pero cuando la anciana Gilda la despertó para decirle que el desayuno estaba listo ella la entendió. Fue en aquel momento donde encontró lo que había perdido, el entendimiento, la capacidad de entender que quería decir y de entender lo que estaba escuchando en una lengua común. Aunque no consiguió saber de donde era, o cual era su origen si supo su nombre. Irien. Ella no tardó en hacer migas con aquella anciana tan amable, no porque la hubiera salvado y cuidado, sino porque ella era una mujer terriblemente divertida, se quejaba del frío que hacía pero al mismo tiempo decía que detestaba el calor que hacía que la ropa se te pegara al cuerpo.

Era tan amable que no tardó en conferir ropa a la talla de Irien porque era evidente que nada de lo que la anciana Gilda tuviera iba a servirle. Con el paso de las charlas, ella supo que su invitada no tenía ningún lugar al que ir por lo que le ofreció quedarse si le ayudaba con las tareas del hogar que cada vez se le hacían mas y mas pesadas. No le pareció ningún mal trato y lo aceptó de buen gusto.

-Gracias por permitir que me quede con ustedes. –formalmente se lo agradeció y ella hizo un ademan con la mano.

-No hay nada que agradecer, mis hijos ya no están por aquí y esta es mucha casa para dos ancianos como nosotros, además, los niños te han cogido cariño y no tienen mucha gente que soporte su ritmo de juegos, así que no puedo dejar que te vayas si puedo evitarlo.

Poco a poco su mente comenzó a adaptarse a aquella rutina tan tranquila que, obviando las temperaturas bajas que solían hacer y helaban tus huesos, no era tan mala para su "recuperación". Ella no entendía como había llegado hasta donde el cónyuge de Gilda, Terbian, la encontró pero fuera lo que fuera ella necesitaba un tiempo de descanso. Quizás recoger hortalizas y tubérculos no era la recuperación ideal pero aunque su cuerpo parecía delicado como una figura de cristal las tareas físicas que dejarían exhausto a un hombre de campo en ella no parecían tener tanto efecto.

Las primeras horas del día, con el rocío, se dedicaba a retirar las malas hierbas que asfixiaban de nutrientes las hortalizas si alguna había madurado lo suficiente, por lo que había dicho Gilda, cuanto menos obstáculo tuviera una planta para crecer, mas rechoncha y grande se convertiría, aunque no desechaban apenas nadas. Incluso las plantas de "desecho" se convertían en compostaje que luego se reutilizaría como abono algo indispensable para que entre el frio y las escasas lluvias –porque todo caía casi siempre en forma de copo de nieve– las hortalizas pudieran crecer con cierta rapidez. Los primeros días se preguntaba para que necesitaban tantas verduras o tener un ganado tan numeroso, no obstante acabó comprendiéndolo cuando, al tercer día de su despertar, vio como Terbian volvía con el carromato vacío y una aparente gran suma de monedas de colores bronceadas.

Pero por los visto descifrar para que servían esas monedas le requeriría mucho más tiempo. Entre tanto, aprendió a cuidar del ganado, cada uno necesitaba cuidados particulares pero en general eran muy parecidos, a unos había que darles determinados kilos de paja, otros era preferible aliméntalos de las verduras que se cultivaban –de ahí una razón para tener un gran excedente mas allá de la autosuficiencia, ellos se comportaban de una forma altamente mansa con ella como si aceptaran que ella era algo tan peligroso o tan pacifico –quizás ambos– que no merecía la pena oponerse a lo que ella quisiera hacer.

Generalmente se les extraía la leche a las hembras, se les alisaba el cabello y además se le soltaban algún tipo de halago para "mantenerlas contentas", se comprobaba si tenían algún tipo de insecto como pulgas o chinches y de ser así se las desparasitaba, para ello era bastante adecuado cubrirse el cabello para que la infección de uno no pasar al otro. Si había que sacrificar a un animal, se le quitaba la piel y se aprovechaba de ellos hasta lo más mínimo aunque por suerte ella no vio nada parecido. Si vio como un animal tenía bastante menos pelo de lo normal así que supuso que lo cortaban para algún fin en particular.

Usualmente Terbian salía al amanecer hacia una ciudad pequeña pero que superaba por treinta al a población de aquel nevado pueblo, dedicaba entre dos o tres periodos del día para tratar de vender todo el producto y conseguir a cambio esas monedas. Aunque el pueblo le gustaba, Irien se mostró curiosa por aquella ciudad porque quizás pudiera recordar algo o alguien la reconociera a ella. Él acepto de buen grado llevarla afirmando que la compañía que ella pudiera darle siempre sería mejor que la de sus animales de carga. Gilda le amenazó de forma divertida asegurándole que, si ella salía herida y no podía trabajar él haría sus tareas por duplicado.

El camino era de una hora casi exacta, siguiendo un camino empedrado que aunque por suerte, debido a que llevaba sin nevar un par de días se apreciaba claramente entre el fondo verde y blanquecino que todo el suelo tenía. El traqueteo era algo particularmente constante que venía provocado por el poco alisado camino que seguían aunque no le molestó al principio tardó unos diez minutos en acostumbrarse.

–¿Y por qué vendéis la comida y las pieles? –fue una de las tantas preguntas, entendía porque las querían, para ellos. Pero no para otra gente.

–¿Qué por qué las vendemos? –repitió el anciano, se frotó la barbilla como si examinara una pregunta encubierta por aquella tan simple de forma aparente. –Pues para ganar dinero, claro está.

–¿Dinero? ¿Son esas monedas que trajiste ayer? –él asintió, aunque ella parecía no enlazar las ideas. –¿Y para qué sirven?

–Con el dinero puedes comprar cosas. –era una respuesta acertada pero al ver la reacción de duda que seguía teniendo pensó otra respuesta antes de decirla. –Aunque nosotros podemos abastecernos con lo que cultivamos y criamos no siempre tenemos todo lo que nos hace falta. –tragó saliva y miró al frente, mientras se perfilaba una especie de estructura arbórea no muy natural al final de aquel serpenteante camino de pedregoso.

–¿Y qué podríais necesitar?

–De todo un poco. –dijo sin ser nada especifico, aunque luego rectificó. –Si las hierbas que tenemos no sirven para curar a un enfermo tenemos que recurrir a algo más especializado, y eso es más caro, más que una docena de verduras. –aseguró. –Con el dinero se compra casi todo.

–¿Incluso una persona? –por alguna razón ella hizo una pregunta particularmente profunda, como si algo dentro de ella supiera la respuesta pero no quisiera decírselo. El anciano no contestó, pero asintió con la cabeza.

–Esclavos. No es algo con lo que esté de acuerdo. –explicó. –Pero en algunas grandes ciudades se permite el uso de ellos. Por lo que se, es algo de nacimiento, quien es esclavo, siempre lo será, sus hijos también y los hijos de estos. –tomo aire antes de volver a hablar. –Y si tienes una gran deuda, puedes pasar a ser una posesión de tu acreedor y el decide que hacer o dejar de hacer contigo. Pero debes de ver el dinero como una herramienta, algo que te permite tener lo que quieres y nada más. La gente suele olvidar eso, y el deseo de tener dinero suele corromperte, como el poder.

Aquellas palabras quizás no eran acertadas por emanar de la boca de un granjero que vendía sus productos por prevenir males que podrían llegar, pero si lo eran porque la vejez dotaba hasta al hombre más ingenuo un punto de sabiduría, y también había vivido algo parecido más de una vez, sus hijos habían dejado atrás una vida de tranquilidad para progresar en un mundo donde ellos solo veían dinero y poder, uno de ellos era un gran magnate de una compañía fluvial de transportes, y aun así el dinero le cambio tanto que nunca llegaría a aceptar el hecho de que antaño era un chico cuyo corazón inmenso no cabía en el pecho.

Antes de llegar a la ciudad, había que pasar por una pequeña muralla característica, de madera, de largos troncos apilados de forma vertical y terminados en punta que probablemente tenían en la otra cara un sistema de pasarelas para que los guardias pudieran vigilar quien entraba y quien salía, y como defender el puesto si era necesario. No les detuvieron pues era evidente que no tenían nada de extraños, dos caballos tiraban de un gran carromato. La ciudad conocida por el nombre de Verkana era mucho más diferente que aquel pueblo, lo que llamaba la atención eran caminos de tierra, sin nieve apenas y con edificaciones con gran sucesión uno tras otra, generalmente las calles eran angostas pero la que ellos cruzaban era lo suficientemente ancha como para que el carromato pudiera avanzar sin demasiado obstáculo.

Lo que llamo la atención de Irien fue aquella gente, la gran mayoría tenía una piel parecida a la suya –no en cuanto a bronceado– mientras que en aquel pequeño pueblo todos tenían aquel tono azul violáceo que su acompañante portaba, no entendió a que se debía esa diferencia pero fue lo suficiente prudente para saber reservárselo. Como si aquello no fuera de importancia para ella, por lo que sabía de él era suficiente para no preguntar nada tan poco relevante, en su opinión, sobre su color de piel.

–Te enseñaré algunos trucos para vender –carraspeó un poco y su voz tembló pero tras una suave inspiración su tono de voz volvió a la normalidad – lo primero es sonreír. –el anciano ladeó su rostro para mirarla con una agradable sonrisa que, por alguna razón, se contagió en su acompañante. –¿Ves? Con esa sonrisa tendremos un montón de clientes, lo siguiente es vender el producto, di lo bonitas y grandes que son las hortalizas o lo bien que es sentaran cuando las pruebes, entre tú y yo –se inclino hacia ella con suavidad– ambos sabemos que son las mejores, así que convencerles a ellos de eso les hará comprar. Y, por último, pero no menos importante, hay que observar.

–¿Observar?

–Sí, no todas las personas querrán comprar, pero hay personas dudosas que sí lo harían si les ayudas. Puedes ayudarles directamente o sugerirles algo en especial. –el cumulo de gente se hacía cada vez más notorio y el hueco en el que siempre solía ponerse él a vender estaba a apenas una decena de metros, tiró de las cuerdas atadas a las reses para acercarse hacia allí. –Con tu sonrisa, tu experiencia con las verduras de primera mano y con una vista aguda, venderemos todo el carro y volveremos con dinero rebosante y sonante a casa. –se le veía emocionado, algo que consiguió trasmitirle a ella.