El tiempo se pasó volando, entre charlas y alguna que otra broma. Básicamente, la conversación que se desarrolló entre John y Sherlock se centraba en las habilidades deductivas del más alto, de cómo es que lograba ver todos aquellos detalles que la gente solía pasar por alto y así poder descubrir información más completa sobre el objeto – o persona – en cuestión. Sherlock explicó con generalidades el proceso que seguía para poder deducir tantas cosas, tratando de restarle importancia y haciéndolo ver como si fuese la cosa más simple – aunque John estaba bastante seguro de que no era el caso.
John no podía estar más fascinado con lo que decía Sherlock, le parecía sorprendente lo brillante que ese niño demostraba ser. Y le intrigaba todo en cuanto a él respectaba.

Así mismo, Sherlock se permitió hacer algunas preguntas a John, de modo que él también participase en la conversación – y honestamente, ese pequeño rubio había despertado su interés. No parecía ser tan aburrido ni fastidioso como las personas, magos o brujas promedio.

- Así que estás por cumplir los doce. – Sherlock ladeó la cabeza ligeramente, con cierta admiración.

- Sí, en unos pocos días los cumpliré. – dijo John, encogiéndose de hombros. La evidente curiosidad que iluminaba su rostro no lo había abandonado en ningún momento. – ¿Qué hay de ti?

- Acabo de cumplir once años en Julio.

- Oh, genial. – John sonrió.

Sherlock desvió fugazmente su mirada hacia el pasillo, entornando los ojos como si tratara de concentrarse en cualquier cosa que estuviese fuera. Aguzó el oído, captando algo del barullo que comenzaba a manifestarse en los vagones. El eco de las exclamaciones jubilosas de los estudiantes danzaba por el pasillo, rebotando en la puerta de su cabina con exaltación.

- Parece que ya casi es hora. – habló el moreno. – Será mejor que nos cambiemos. El tren estará arribando en Hogsmade muy pronto.

Dicho esto, ambos niños se apresuraron para cambiarse a la vestimenta requerida por la escuela. Se colocaron las túnicas oscuras del uniforme, justo a tiempo antes de que el tren comenzara a detenerse lentamente en la estación de Hogsmade.

Una vez listos, el tren se estacionó en las vías de Hogsmade, invitando cordialmente a todos sus pasajeros a descender. John y Sherlock tomaron sus pertenencias, y se dispusieron a seguir al resto de los estudiantes fuera del ferri.

En el pasillo, ambos niños se toparon con el pelirrojo que había acompañado a Sherlock allá en la estación de Londres. Su postura no había cambiado, seguía luciendo tan arrogante y presuntuoso como la primera vez que John le vio. Llevaba su varita en una mano, y un paraguas negro en la otra – John se cuestionó el motivo, ya que el día estaba radiante afuera. Solo que ésta vez, iba acompañado de otra persona.
Se trataba de una chica, visiblemente de su misma edad, que caminaba junto a él sin molestarse en mirar al resto del mundo; su brillante cabellera castaña caía en sedosas ondas sobre sus hombros, de tez clara y perfecta. Era bastante agraciada, a decir verdad – razón por la que una gran cantidad de chicos se quedaban embobados al verla pasar. Ella los ignoraba a todos con cierto desdén, mirando desinteresadamente sus uñas.

El más alto se detuvo frente al par, dirigiendo su mirada de uno a otro, intercaladamente, para finalmente posarse sobre el moreno con una insinuada curvatura de sus labios.

- Veo que has conseguido hacer un amigo, Sherlock. Bien por ti. La verdad, no pensé que fueras a ser tan intrépido socializando.

Sherlock frunció el ceño, tensándose ante el encuentro.

- ¿Por qué no te largas de una vez, Mycroft? Nadie quiere escuchar tu fanfarronería. – gruñó por lo bajo, notablemente irritado.

- Solo digo que tal vez deberías ser más… – los fríos ojos del mayor repararon en John, escrutándolo de pies a cabeza. – selectivo con tus amistades.

El rubio le sostuvo la mirada un instante. No estaba seguro si debía sentirse intimidado por ese chico, o realmente ofendido por sus palabras. ¿Estaba insinuando que no debía ser amigo de Sherlock? ¿Por qué? ¿Qué había de malo con eso?

- No necesito tus consejos. – replicó el castaño.

Hubo un intenso intercambio de miradas entre Sherlock y el chico llamado Mycroft durante varios segundos, que se le antojaron eternos al pequeño John, incomodándose ante la evidente tensión en el ambiente.

Dirigió una mirada hacia la castaña que acompañaba al mayor, quien parecía no inmutarse ni interesarse en lo más mínimo por la conversación que se había estado llevando a cabo entonces.

- Bien. – masculló el pelirrojo, ceñudo, cediendo ante la aguda obstinación del otro. – Como quieras. No será a mí a quien llamen "traidor de la sangre".

El semblante de Sherlock se endureció, enrojeciendo de ira.

- Esos términos están tan pasados de moda, Mycroft. Tienes que superarlo.

- Y si quedas en Slytherin, ¿seguirás pensando igual? – retó, inclinándose un poco para quedar a la altura del moreno.

- No va a pasar. – aseguró él, cortante.

- Ya lo veremos.

Una sonrisa torcida se dibujó delicadamente en las facciones del pelirrojo, a la vez que volvía a erguirse tan recto como una estatua. Dedicó a la atractiva castaña una fugaz mirada, que le fue devuelta sin emoción.

- Vámonos, Anthea. – dijo Mycroft, reanudando su marcha por el pasillo sin mirar atrás.

Los dos adolescentes desaparecieron de su vista, con un ligero revoloteo de sus túnicas al andar. Sherlock y John permanecieron estáticos durante unos segundos, sin decir nada. Los puños del más alto estaban cerrados con fuerza a sus costados, sus labios apretados en una delgada línea.

El rubio lo miró con cautela, ladeando la cabeza ligeramente. Estaba experimentando una lucha interna sobre si debía expresar las dudas que alimentaban su curiosidad o si sería mejor quedarse callado y abstenerse a preguntar.

Sherlock suspiró, relajando su postura y volviéndose hacia John.

- Está bien. – le dijo, con voz neutra. – Ése era Mycroft, algo así como mi archienemigo. No le hagas mucho caso, siempre es así de pedante.

John arqueó las cejas, sorprendido.

- ¿Archienemigo? – repitió, antes de verlo asentir. – Yo pensé que era tu hermano o algo así.

- Lo es… por desgracia.

Esta vez, John no dijo más, simplemente asintió en señal de comprensión. Bueno, Sherlock no era el único que tenía una conflictiva relación con su hermano. John lo sabía perfectamente.

- Afganistán. – soltó John de repente, haciendo que Sherlock se volviera a él, frunciendo el ceño con desconcierto.

- ¿Qué?

- Mi padre. – se explicó el rubio, con obviedad. – Está en Afganistán.

Una sonrisa iluminó las finas facciones del moreno, presumiendo esta vez su blanca dentadura y unos primorosos hoyuelos en sus mejillas. John no pudo evitar sonreír de vuelta.

- Andando, John. – animó Sherlock, tomando la mano libre del más bajo y tirando de ella hacia la salida del tren.

John no puso resistencia alguna; asió con fuerza la agarradera de la jaula de su lechuza, Artemis, arrastrándola consigo mientras avanzaban a través del estrecho pasillo del tren.

Ambos niños descendieron, mirando a su alrededor – John, admirando las pintorescas y coloniales calles de Hogsmade; Sherlock, tratando de localizar con la mirada al resto del grupo.

- Es por aquí. – dijo, halando a John de su manga y arrastrándolo consigo hacia los otros estudiantes.

El equipaje ya estaba siendo trasladado es su respectivo transporte, mientras que los niños y jóvenes se reunían para ser llevados a su destino. John se vio obligado, dadas las instrucciones, a depositar la jaula de su lechuza con el resto de sus pertenencias. Artemis estiró sus emplumadas alas perezosamente, sacudiéndolas levemente antes de volver a acomodarse en su base.

Así mismo, el pequeño John se dio cuenta de que los mayores – la enorme mayoría de los estudiantes ahí presentes, exceptuando a los niños que parecían ser ingresantes a su primer año en Hogwarts, tal y como él y Sherlock hacían – eran guiados hacia unas carretas de aspecto antiguo, en las que eran transportados fuera de ahí.

Mientras tanto, el grupo de los menores se aglomeraba frente a la imponente figura de un hombre realmente alto y robusto – indudablemente, el hombre más grande que John hubo visto jamás – que vestía un tosco abrigo marrón, cubierto parcialmente por su espesa barba y su desastrosa melena negra – que ya dejaba entrever varios rastros de canas. ¡Era enorme! John apenas podía dar crédito a sus ojos.

Sherlock tiró de él suavemente, captando nuevamente la atención del rubio al atraerlo apenas un poco a sí.

- Mi nombre es Rubeus Hagrid, soy el guardabosque del castillo. Seré yo quien los lleve hasta allá. – anunció el gigantesco hombre, con voz potente. – ¡Los alumnos de primer año, síganme! Iremos todos en aquellos botes, cruzando el lago. Nos repartiremos en grupos iguales y nos reuniremos en el muelle. ¡Ahora, por favor, todos hagan una fila!

Los niños se apresuraron a seguir las indicaciones del guardabosque, formando una fila detrás de él, a la vez que avanzaban hacia el embarcadero, donde los botes residían – alineados todos alrededor del borde del lago.

Hagrid, que encabezaba el grupo, iba conversando amenamente con un par de niños a sus costados. Parecía un tipo amistoso, a pesar de su aspecto tan intimidante, según la observación de John. Éste último se volvió hacia Sherlock, que andaba a su lado, aparentemente hundido en sus pensamientos.

- ¿Por qué nos hacen ir en esos botes, y a los demás los llevan en carruajes? – inquirió el rubio.

- Es parte de la tradición de la escuela. – informó Sherlock, mirando al frente. – Al menos, algo así me contó Mycroft.

John asintió, siguiendo al resto del grupo como oveja al rebaño. Se percató de que el moreno había vuelto a ensimismarse en el reino de sus cavilaciones, por lo que optó por no molestarlo con más preguntas por el momento.

Todos los niños fueron repartidos en los diversos botes que había, equitativamente. John y Sherlock se trasladaron juntos en uno de ellos, rodeados por un grupo de niños desconocidos, a través de las templadas aguas del lago. El más bajo no pudo abstenerse de admirar el paisaje que los rodeaba.

La majestuosa imagen del castillo se hacía notar del otro lado, en lo alto de la colina. Todos miraron la antiquísima e inmensa construcción, maravillados y extasiados por la emoción. John mismo se sentía rebosante de entusiasmo, y Sherlock tampoco estaba menos deleitado ante tan magnífica vista.

Un niño que viajaba en otro bote por poco cae al agua en su torpe intento de tocar la superficie del lago con las manos. Sherlock puso los ojos en blanco, sin el menor interés.

Finalmente, los botes arribaron al muelle del otro lado del lago, en donde ya los esperaban para ser guiados hacia el impresionante castillo de Hogwarts. Todos los estudiantes que iban a bordo de los botes descendieron, una vez que hubieron atado las amarras y así les fue indicado. Hagrid bajó de uno también, que compartía únicamente con unos pocos niños – puesto que su gran tamaño y peso le impediría viajar con más personas.

John y Sherlock no fueron la excepción. Siguieron al resto del grupo, marchando todos ansiosamente hacia la entrada del castillo. Justo delante de ellos, iba una niña de pelo castaño y aspecto retraído, que los observaba constantemente por el rabillo del ojo, sin atreverse a hablarles. De hecho, si John mal no recordaba, había viajado con ellos en el mismo bote – y se había percatado de su diminutiva presencia debido a las incesantes miradas que ésta le había lanzado a Sherlock durante el viaje cada vez que éste no miraba en su dirección (por mera casualidad). Se notaba bastante tímida como para dirigirles la palabra entonces. Y John prefirió el no presionarla.

En la entrada de Hogwarts, una figura algo desgarbada los esperaba recelosamente para recibirlos. Era un hombre flacucho y anciano, que llevaba en brazos a una vieja gata que balanceaba su apenas peluda cola frente a ellos, desdeñosamente. El sujeto los observaba, serio, frunciendo los labios con el más genuino gesto de no querer estar allí.

- ¡Síganme! – concretó con voz rasposa.

Los niños – algunos de ellos intimidados por la arisca actitud del hombre – obedecieron sus órdenes sin chistar, forzándose a andar más a prisa detrás de él, que avanzaba con zancadas largas y fastidiadas. John hizo un esfuerzo por mantener el paso; él, con sus pisadas cortas y no tan intrépidas, mientras que su compañero parecía no tener problema, caminando ágilmente entre el resto.

El hombre los guió, desganado, rumbo a unas escaleras en el corredor. A mitad de éstas, se había plantado una mujer menuda – que bien podría acercarse a los setenta años de edad –, de aspecto mucho menos intimidante que el del tipo que los había recibido momentos atrás. Vestía una impecable túnica de color rojo deslavado, y sobre su cabello corto sobre los hombros, se hacía notar un sombrero puntiagudo. Algunas arrugas surcaban su afable rostro, de sosegados ojos castaños.

Les dedicó una amable sonrisa a los recién llegados, apaciguando la hostilidad que había mostrado el hombre.

- Muchas gracias por traerlos aquí, Argus. – le dijo la mujer.

- No hay de qué, Profesora Hudson.

Dicho esto, el anciano de nombre Argus se escabulló por el pasillo, alejándose rápidamente con su gata. John y Sherlock observaron con curiosidad a la mujer. Ésta seguía sonriente, tan entusiasmada por su llegada como ellos mismos.

- ¡Sean bienvenidos, oficialmente, al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería! – palmoteó, deleitada. – Soy la Profesora y Subdirectora Martha Hudson. Es verdaderamente maravilloso recibirlos a ustedes, futuros estudiantes de éste internado. Ahora, les pediré que me sigan, por aquí. – invitó, con mucha mayor gentileza que el celador.

Los niños, un tanto más aliviados ante el cambio en la atmósfera en presencia de la Profesora Hudson, acataron las indicaciones de ésta y subieron la escalera detrás de ella. Ahora que la tensión había desaparecido, los estudiantes se permitieron conversar con sus compañeros, haciendo comentarios sobre el castillo y cuán emocionados estaban por comenzar las clases.

El hasta entonces inseparable par no se quedó atrás, avanzó en medio del grupo de niños que seguían a la bruja por el pasillo.

A continuación, serán llevados al Gran Comedor. Allí, se celebrará una cena de bienvenida para todos ustedes, y posteriormente serán seleccionados a sus respectivas Casas. Sus pertenencias se trasladarán a sus dormitorios después de la cena, por lo que no deben preocuparse por ello. – dijo la subdirectora, animadamente.

La delgada niña castaña, que aún a esas alturas seguía andando frente a John y Sherlock, los miró fugazmente por encima del hombro, dedicándoles una tímida sonrisa. El rubor coloreaba sus pálidas mejillas, volviéndose un poco más hacia ellos con la notoria intención de dirigirles la palabra por primera vez en todo ese rato.
Sin embargo, antes de que fuera siquiera capaz de proferir sonido alguno, un par de figuras más se plantaron frente a ellos, interrumpiendo abruptamente a la castaña sin el más mínimo remordimiento.

- Sherlock Holmes, si no me equivoco. – habló el más próximo al mencionado moreno. Era un niño, como fue capaz de distinguir John a pesar de la fineza de su voz. – Aunque, claro, yo nunca me equivoco.

A John le tomó un segundo poder entender la escena. Se trataba de un par de niños, de la misma edad que ellos, que se habían aproximado a ellos desde que la Profesora Hudson había comenzado su discurso.
El primero, quien había hablado, era un niño de estatura tan insignificante como la de John, de piel sumamente macilenta que contrastaba en demasía con su pelo azabache y sus enormes ojos oscuros. En sus labios rojizos presumía una amplia sonrisa de suficiencia, dejando a relucir una hilera de dientes blancos.
A su lado, se erguía intimidantemente otro niño más alto que el pelinegro, incluso más que el mismo Sherlock, su tez ligeramente bronceada y una corta melena dorada sobre su cabeza. Sus ojos, de un azul pálido, viajaban intermitentemente del moreno al rubio más bajo. Su semblante era impasible – y por su postura protectora, se asemejaba más a una especie de guardaespaldas que al acompañante del niño pelinegro.

Sherlock entrecerró los ojos con suspicacia, observando detenidamente al dúo que acababa de interceptarlos, principalmente al de aspecto más lánguido.

- Y tú eres… ¿?

El aludido emitió una tintineante risita entre dientes, sin alterarse ni molestarse ante la mordacidad de Sherlock.

- Jim Moriarty. – se presentó, tendiendo su mano hacia el moreno como gesto de cortesía. Su acento no fue pasado desapercibido por ninguno de los dos.

Sherlock lo escrutó con la mirada, sin mover un solo músculo. John se limitaba a contemplar la escena, no atreviéndose a intervenir. Lo mismo hacía el rubio detrás de Jim. El pelinegro arqueó ligeramente las cejas, con diversión, sin borrar la sonrisa de su rostro.

- Ya veo. Tal vez no lo sepas, pero cuando alguien te tiende la mano no es para que la mires. – dijo, burlonamente. – Pero descuida, sé que ya aprenderás sobre modales.

Jim bajo su mano nuevamente a su costado, despreocupadamente. Sherlock se limitó a fulminarlo con la mirada.

- Como sea, éste es mi compañero, Sebastian. – señaló con un asentimiento al ojiazul a su lado.

John dirigió una mirada hacia él; apenas parecía haberse movido desde que se plantaron frente a ellos. Parecía demasiado serio. Sus ojos se encontraron con los de John, atraídos por el peso de la mirada del más bajo. Una sutil sonrisa curvó sus labios finos de manera imperceptible.

- Y… ¿quién es tu… – los penetrantes ojos de Jim se deslizaron del rostro inexpresivo de Sherlock hacia abajo, posándose sin pudor en sus manos unidas. – amigo?

El pelinegro pronunció la última palabra con sorna, torciendo una socarrona sonrisita en la comisura de sus labios.
Hasta entonces, John no se percató de que la mano de Sherlock seguía entrelazada con la suya. Sus mejillas se encendieron en un acalorado rojo cereza y retiró rápidamente su mano, gesto que hizo al moreno fruncir el ceño, sin apartar sus agudos ojos cristalinos – que ahora parecían colorearse de un pálido gris verduzco – de los de Jim.

Tanto John como Sebastian fueron testigos del breve pero áspero intercambio de miradas entre los otros dos. El contraste entre el tempestuoso grisáceo de los ojos de Sherlock y el intenso café oscuro que poseían los grandes ojos de Jim. Un cielo nublado contra un pozo sin fondo; la fiereza destellando en la mirada de cada uno, con sorprendente astucia y sagacidad. Dos mentes demasiado audaces para su corta edad.

- ¿Necesitas algo? – bramó Sherlock con brusquedad.

- Escuché por ahí rumores sobre lo listo que eres. – comentó el pelinegro, como quien no quiere la cosa.

- Soy más que listo.

- Eso ya lo veremos. – Jim volvió a mostrar su deslumbrante dentadura. – Suerte con la Selección, por cierto. Sería fabuloso que quedaras en Slytherin, al igual que tu hermano; podríamos ser buenos compañeros de Casa.

- No quisiera romper tus ilusiones. – repuso él, sin emoción.

Jim Moriarty volvió a reírse, de manera cantarina, con su voz aguda. Sin decir nada más, se dio media vuelta y se alejó de ellos dos, encabezando hacia el grupo – que los había dejado atrás. Su acompañante, Sebastian, desapareció tras de él sin pronunciar palabra.

John miró a Sherlock, con confusión. Éste le devolvió la mirada, limitándose a encogerse de hombros, fingiendo desinterés de manera poco convincente para el rubio. Podía entrever la conmoción detrás de sus ausentes ojos claros, aunque se podría decir que era más cosa de intuición. Tuvo la impresión de que algo más había ocurrido, algo que se había perdido o no había podido ver entonces, así como de que a partir de ese momento, Mycroft Holmes no sería la única enemistad conseguida por el moreno.

- Ignóralos. – dijo Sherlock, volviendo a andar detrás del resto de los estudiantes hacia el Gran Comedor. – Date prisa, John.

Su efímero encuentro con esos otros dos niños los había retrasado bastante. John se apresuró a seguir los pasos del más alto. Miró a su alrededor, recordando entonces a la castaña que momentos previos había intentado hablarles. Pero ya no había rastro de ella, probablemente se había ido con los demás niños.

Y, realmente, John no quería darle más vueltas al asunto. La discusión con ese tal Jim Moriarty había sido demasiado extraña como para ponerse a pensar en ello o en lo que la otra niña pudo haber dicho. ¿Qué otra cosa sino presentarse, tal como habían hecho los otros?

Además, en su cabeza aún rondaban otras dudas, como qué significaban las Casas, qué era un Slytherin y por qué Sherlock se rehusaba a serlo. Pero esas cuestiones serían aclaradas al pequeño rubio muy pronto.

Lograron alcanzar al grupo de estudiantes de primer grado antes de que cruzaran las enormes puertas de madera que los separaban del exuberante bullicio proveniente del Gran Comedor.

Las puertas se abrieron, dándoles la bienvenida.