John nunca había visto un banquete tan grande en su corta vida. La cantidad de comida que apareció mágicamente frente a sus ojos era simplemente inconmensurable. ¡Todo lucía delicioso! A él, que provenía de una familia con recursos básicos, le maravillaba especialmente encontrarse con tantos platillos sobre la larga mesa de Gryffindor.

Su compañero, Mike Stamford, no tuvo problema con servirse un poco de casa cosa que había a su alcance, comiendo de manera apresurada, apenas masticándolo todo. John sonrió, permitiéndose tomar algunas cosas del banquete y poniéndolas en su plato, dispuesto a probar de aquellas exquisiteces.

Por otro lado, Sherlock parecía más interesado en la agradable conversación intelectual que sostenía con su nuevo compañero de Casa, Victor Trevor. Ambos comentaban sobre los libros que habían leído y sus conocimientos sobre magia y ciertos encantamientos, compartiendo sus opiniones y reflexiones al respecto.

Era interesante poder hablar con alguien sobre estas cosas. Resultaba evidente la afinidad que Victor y el moreno manifestaron desde el primer instante. Sherlock casi había olvidado por completo el encuentro que hubo tenido con el niño Moriarty y su compinche, así como el mal rato que pasó durante la Selección, al verse peligrosamente cerca de ser declarado un Slytherin más.

- Entonces, ¿tu padre es un squib? – Mike Stamford preguntó, luego de tragar el bocado que tenía en la boca, mirando con genuina curiosidad al pequeño John.

- ¿Un qué?

- Squib. – repitió el otro. – ¿No sabes lo que eso significa?

- Ni idea. – John sacudió la cabeza en negativa.

- Bueno, pues un squib es…

- Un squib es una persona sin magia, un no-mago, que sin embargo es consciente de la existencia de ésta. Posiblemente alguno de los progenitores fuera mago o bruja, pero vive como muggle. – intervino la voz de una niña a su lado.

John se volvió para ver de quién se trataba. La niña, que presumía ser de su misma edad, portaba impecablemente su túnica oscura, sobre la que caía desordenadamente una densa mata rizada. Su piel era morena, y había un ligero aire de suficiencia en su semblante.

Mike arqueó una ceja hacia la aludida, suspicazmente.

- No es de mi incumbencia, pero por lo que escuché, tu padre sería lo que se denomina un squib, en efecto. – agregó ella, dirigiéndose a John. – Pero, descuida. No es algo malo. De hecho, Filch mismo es un squib.

- ¿Quién? – el rubio ladeó la cabeza ligeramente.

- Filch, el celador. – respondió la niña, rodando los ojos.

- Espera, ¿has estado escuchando toda nuestra conversación? – Mike cuestionó, entrecerrando sus pequeños ojos detrás de las gafas.

- Algo así. – ella se encogió de hombros. – No es como que hablen sobre nada privado, o que su tono de voz sea bajo.

Las mejillas regordetas del castaño se colorearon de un tenue carmín. John sonrió, divertido.

- No creo que nos hayamos presentado. – dijo él, con gentileza, extendiendo su mano a su compañera. – Soy John Watson.

- Un gusto, John. Mi nombre es Sally, Sally Donovan. Y éste zoquete de aquí es Philip Anderson. – se presentó, señalando al niño que se hallaba al otro lado, sentado junto a ella, que hasta entonces había pasado inadvertido por los otros dos.

El mencionado frunció el ceño ante el adjetivo. John contuvo el impulso de reírse. El niño en sí tenía un aspecto chistoso, con su peinado extraño y la nariz aguileña.

- Mike Stamford. – agregó el otro, presentándose igualmente. – Como sea… ¡Muero de ganas por ver a los fantasmas!

- ¿Fantasmas? ¿Hay fantasmas en el castillo? – John lo miró incrédulo.

- ¡Sí, los fantasmas de Hogwarts! Hay uno por cada Casa. – explicó. – Y bueno, también está Peeves. Él suele gastarle bromas a todos.

- Por fortuna, Sir Nicholas es mucho más amable que eso. – Sally comentó.

John estaba a punto de preguntar algo al respecto, cuando la espectral aparición se manifestó por sobre la mesa, mirando a los estudiantes con alegoría.

- ¿Escuche mi mención, acaso? – pronunció el fantasma, levitando con aires de elegancia sobre sus cabezas.

La mandíbula de Mike Stamford calló abierta ante dicha visión, perplejo. John mismo estaba asombrado, observando con ojos muy abiertos al ser etéreo que flotaba por encima de la mesa, dirigiendo sus ojos traslúcidos a Donovan.

Exclamaciones de sorpresa se escucharon en toda la mesa, así como en las mesas vecinas. Los respectivos fantasmas de cada Casa se presentaron frente a los impresionados ojos de los estudiantes, volando por encima de ellos. El Fraile Gordo saludó a unos cuantos antes de atravesar la habitación, como si estuviese apurado por llegar a algún sitio. La Dama Gris levitó por sobre la mesa de los Ravenclaw, con su típico lamento pesaroso, arrastrando su incorporeidad por el recinto. El Barón Sanguinario blandió su espada con audacia frente a las Serpientes, a manera de intimidarlos, mientras el travieso Peeves revoloteaba por entre las mesas, causando algunos disturbios.

John jamás habría creído en fantasmas de no haberlos visto por sí mismo justo entonces; aunque, claro, era de esperarse al estar en un castillo encantado.

- ¡Nick Casi Decapitado! – nombró un niño en la mesa de los Gryffindor, señalando al aludido fantasma con una sonrisa de admiración.

- ¡Ah, pero si no lo creo! ¿Son caras conocidas, acaso? – el fantasma dirigió su atención hacia el grupo de niños que acompañaban al pelinegro que había hablado. – Déjame adivinar, ¡Potter! Eres idéntico a tu abuelo.

Los cuatro niños dejaron de prestar atención a la amena conversación que se desató entre Sir Nicholas y los otros niños de su Casa. Con un ademán de su mano, Sally volvió a captar la atención de Stamford y Watson.

- Así que eres hijo de un squib, y tu madre es muggle. – concluyó ella, pensativa.

- Eso parece. – John se encogió de hombros, incapaz de decir si era algo bueno o malo.

- Está bien. De hecho, yo soy mestizo. – intervino por primera vez el niño de nariz aguileña. – Mi madre también es muggle, mientras que mi padre es un mago.

- Interesante. – Mike comentó. – De cualquier manera, en ésta Casa no se desprecian las diferencias. En todo caso, los de Slytherin son más cerrados ante la idea.

- Argh, esas serpientes. – Sally hizo una mueca.

- ¿Qué tiene de malo esa Casa? – cuestionó John, curioso.

Ya había notado la imperante repulsión de Sherlock hacia la mencionada Casa de banderín verde, pero seguía sin comprender a qué se debía. Aparentemente, no era solo porque su hermano estaba allí, ya que a sus nuevos compañeros tampoco les agradaba.

- Es sólo que ha sido Casa de las mentes más perversas que han pisado Hogwarts, empezando por su fundador y el Señor Tenebroso. – respondió Anderson.

El Señor Tenebroso. John recordaba haber oído dicho nombre de los labios de su padre, mientras le contaba aquellas magníficas historias cuando era menor, antes de dormir.

- También fue conocido como Lord Voldemort. Antes, el mago más temido de todos. – explicó Donovan. – Pero fue derrotado hacia ya varios años. No queda vestigio alguno de él, y sus seguidores desaparecieron, así que ya no hay peligro evidente.

- La Directora McGonagall se ha asegurado de que Hogwarts vuelva a ser un lugar seguro. – añadió el pelinegro.

- Entiendo. – John asintió, registrando los datos en su pequeño archivero mental, nutriéndose de tanta información sobre el colegio y todo lo relacionado con la magia como pudiese.

- Bueno, bueno, suficiente de historias por ahora. – dijo Stamford. – Mejor, ¡a disfrutar del banquete antes de que desaparezca!

Los niños rieron, y accedieron sin chistar a seguir degustando los platillos frente a sus jóvenes ojos. Después, se dedicaron a explicarle al pequeño John los conceptos y aptitudes que planteaba y/o exigía cada Casa de Hogwarts, así como sus emblemas.

Observando desde la distancia, Mycroft Holmes analizaba a su hermano menor, que conversaba con su compañero de Casa sin aparentes preocupaciones, para luego posar sus calculadores ojos grisáceos sobre el pequeño rubio en la mesa de los Gryffindor.

La castaña a su lado rodó los ojos, reposando su tenedor sobre el plato después de haberse llevado un bocado del suculento platillo frente a sí.

- ¿No prefieres colocarle una cadena para no perderlo, o un encantamiento de rastreo? – comentó con sorna, ganándose una mirada ceñuda del pelirrojo. Sonrió, divertida. – Vamos, Mycroft. Déjalo ser.

- Sabes bien que lo único que busco es su bienestar. Nada más. – replicó el otro, con un resoplido altanero. – Será imperativo mantener bajo vigilancia a ese pequeño impuro, si es de tal afección para Sherlock.

- No empieces con eso, Holmes. ¿Desde cuándo el linaje es tan importante?

- Lo es para una familia tradicional como la nuestra. – afirmó el pelirrojo.

- Como digas.

Anthea optó por restarle importancia a la actitud despectiva de Mycroft, puesto que sabía que en realidad no se trataba de la pureza de la sangre en sí, sino del instinto protector que se esforzaba por disimular pero que resultaba innegable ante sus ojos.

Conocía a Mycroft Holmes perfectamente. Una grácil sonrisa adornó su semblante a la vez que se llevaba otro trozo de tarta a la boca. Mycroft, por su parte, estaba más que encantado con el postre.

Momentos más tarde, el festín llegó a su final. Los estudiantes formaron filas frente a las mesas, según sus Casas, siendo guiados por los prefectos de cada una de éstas.

John y Mike anduvieron juntos detrás del resto del grupo de los Gryffindor, platicando de banalidades, con Anderson y Donovan pisándoles los talones. Los ojos del rubio recorrieron el recinto rápidamente antes de salir, buscando entre las cabezas de los niños de la mesa de banderín azul al moreno con quien hubo compartido vagón en el tren.

No tuvo que buscar demasiado; al salir del Gran Comedor, se encontró con que Sherlock lo estaba esperándolo, abriéndose paso por entre los estudiantes que avanzaban en sentido contrario. Agitó una mano por encima de su rizada cabellera, llamando la atención de John, quien de inmediato se dirigió a él, dejando atrás a su grupo.

- ¡Jawn! – llamó el moreno, encontrándose finalmente con su compañero.

- Hey. – sonrió el rubio, llegando a su lado. – Te escogieron en Ravenclaw, ¡eso es genial! Me dijeron que los más listos están allí.

- Sí. Me alegra no haber quedado en la misma Casa que mi hermano.

- ¡Eso habría sido terrible! – rió John.

- ¡Desastroso! – secundó el otro igualmente.

En ese momento, otra figura más alta que el par de niños se aproximó a ellos, sonriendo de manera amistosa. Ambos se volvieron a él.

- ¡Felicitaciones, John! Eres un león ahora. – saludó el castaño, despeinando de manera juguetona la corta cabellera rubia del menor.

- Gracias, Greg. – respondió el aludido, sonriéndole de vuelta.

Sherlock arqueó una ceja ligeramente, mirando al Hufflepuff con curiosidad y un dejo de desconcierto. Greg también lo miró. Antes de que ninguno de los dos pudiese decir nada, otras dos personas los interceptaron. Se trataba del hermano de Sherlock y su inseparable compañera, Anthea.

- Vaya, vaya… ¡Lo conseguiste, Sherlock! Felicitaciones. – dijo Mycroft, con sus ojos fijos de manera altiva sobre su hermano menor.

- Gracias. – contestó Sherlock a su vez, con evidente sarcasmo y una sonrisa de satisfacción en su pálido rostro.

Pero la atención del pelirrojo se había posado ahora en el castaño que se encontraba al otro lado de John. Los ojos marrones de Greg le devolvieron la mirada, ocasionando un disimulado sonrojo en las mejillas pecosas del Slytherin.

- Bueno, nos veremos luego, John. Y compañía. – el Hufflepuff se despidió del rubio y de Sherlock, apenas dirigiéndoles la mirada. – Holmes. – saludó al mayor de los hermanos, con un cortés asentimiento.

- Lestrade. – el pelirrojo imitó el saludo.

- Señorita. – Greg dirigió una breve reverencia a Anthea, quien le devolvió el gesto.

Era posible vislumbrar la pequeña sonrisa que curvaba los labios de la chica, que miraba intermitentemente a Mycroft y a Greg, con cierta diversión.

Sin decir nada más, el castaño se alejó por el pasillo, siguiendo al resto de sus compañeros de Casa. Igualmente, Mycroft se apresuró a desaparecer entre los estudiantes que enfilaban hacia las mazmorras, en un inútil intento por ocultar su nerviosismo. Anthea rió entre dientes, siguiéndolo de cerca con una expresión burlona.

John, quien no comprendía lo que estaba ocurriendo, dirigió una mirada cuestionante a Sherlock. Éste se limitó a encogerse de hombros, sin darle importancia alguna. Echó una ojeada sobre su hombro a espaldas de John.

- Quizás deberías apresurarte a reunirte con tu grupo, John, o te perderás. – aconsejó, él mismo comenzando a alejarse por el pasillo rumbo al grupo de estudiantes de Ravenclaw que ya casi se perdían de vista.

- ¿Nos veremos luego? – preguntó John, con cierta ansiedad.

- ¡Seguro! – afirmó el moreno, para desaparecer detrás de sus compañeros de Casa.

Dicho esto, John se dio la vuelta y emprendió una carrera para alcanzar a los alumnos que ya subían por una de las enormes escaleras de piedra del castillo.

- No se separen. Las escaleras suelen moverse de su sitio, y hay demasiados corredores. Podrían extraviarse. – instruyó el prefecto de la Casa de los leones, liderando al grupo hacia los dormitorios de Gryffindor. – Por aquí, por favor.

John había perdido de vista a sus amigos debido a su retraso, pero se aseguró de no volverse a separar del grupo, por temor a perderse en el inmenso castillo.

Admiró, con ingenuo asombro, los cuadros colgados en las paredes. Todos y cada uno de ellos parecía tener vida propia; las personas retratadas, les sonreían, agitaban sus manos a modo de saludo y les daban la bienvenida amistosamente. Algunos otros se limitaban a seguir con la labor que se hallaban realizando al momento de ser pintados. Algunos otros incluso murmuraban o conversaban entre sí.

¡Era mágico! John apenas podía dar crédito a sus ojos. Todo en ese castillo era motivo de asombro.

Ascendieron al tercer piso, o al menos esa fue la impresión del pequeño John. Se había distraído bastante con los cuadros y las pinturas encantadas de los pasillos, maravillándose de cuánta magia existía esparcida por los interminables corredores del colegio.

El mismo niño pelinegro de nombre Potter – si mal no recordaba –, con quien había estado conversando Nick Casi Decapitado durante la cena, andaba justo frente a él, charlando animadamente con un moreno un poco más alto que el primero. Apenas prestó atención a lo que decían, puesto que no era intención suya entrometerse en conversaciones ajenas.

Se detuvieron frente a un pasaje, de entrada redonda, custodiado por un amplio retrato de una dama obesa, que rizaba su cabello con gesto aparentemente despreocupado. Ésta miró a los recién llegados.

- ¿Palabra? – solicitó la mujer de la pintura.

El prefecto de Gryffindor se adelantó para responder.

- Quid agis.

Como efecto a sus palabras, el cuadro se movió a un lado con una breve reverencia por parte de la curiosa Dama Gorda, dando paso libre a los estudiantes a la Torre de Gryffindor.

- Adelante. – invitó el prefecto, dejando pasar primero a los estudiantes.

John apreció el interior de la habitación, de aires cálidos y agradables. Se encontraban en la Sala Común de Gryffindor. El fuego danzaba y crepitaba sobre los maderos secos de la chimenea, dándoles una calurosa bienvenida a todos. La luz irradiada de la misma bañaba la habitación con su fulgor amarillento. Sillones esponjosos de aspecto acogedor se encontraban por todas partes, al igual que sus respectivas mesas de noche, talladas en rústica madera. Un gran tablón de anuncios se hallaba clavado en la pared, colgando de éste algunas noticias escolares, artículos y listas de objetos perdidos, entre otras cosas. La habitación se veía dividida por un ventanal que daba vista a los terrenos de la escuela. La decoración, de colores armónicos, se basaba en distintos tonos de rojo, dorado y un poco de café. Todo tenía pinta bastante hogareña.

John observó todo a su alrededor, comenzando a sentirse como en casa. Un ligero tirón en su manga llamó su atención, volviéndose hacia el niño a su lado. Mike Stamford le sonreía con su típico aire bonachón.

- ¿Dónde te habías metido, John? Pensé que te habías adelantado, o que te habías extraviado en el camino.

- Me retrasé un poco. – dijo John, encogiéndose de hombros.

El prefecto carraspeó por sobre el creciente murmullo de los estudiantes, arremolinados todos en la Sala Común, a modo de captar nuevamente su atención.

- Como pueden ver, la habitación se divide en dos alas. A mi derecha se encuentran las escaleras que llevarán a los varones a sus dormitorios, y a mi izquierda están las escaleras que conducen a los dormitorios de las niñas. – señaló. – Sus pertenencias ya están en sus respectivas habitaciones. Está prohibido salir de sus dormitorios después de la hora de dormir, por lo que evítenos la molestia de sorprenderlos fuera de sus camas a esas horas. Los niños no pueden acudir a los dormitorios de las niñas, ni viceversa. De ser así, serán sancionados y se les restarán puntos. ¿Quedó todo claro?

Hubo otra serie de murmullos entre los estudiantes, pero ninguno protestó nada al respecto. Todos parecían de acuerdo y habían comprendido las reglas. Sonaba razonable para John.

- Muy bien. Ya que han escuchado las reglas, espero no verme obligado a recordárselas más tarde. Pueden proceder a sus habitaciones. – concluyó el prefecto, con un breve asentimiento. – Ah, y no olviden que las clases comienzan mañana temprano. Deberán revisar sus horarios para no llegar tarde a ninguna clase.

Los alumnos se dispersaron a sus respectivos dormitorios, dividiéndose las niñas de los varones. John, Philip y Mike se despidieron de Sally antes de subir por las escaleras hacia su dormitorio. Al parecer, y por azares de la suerte, los tres compartirían la misma habitación. Al menos, el saber que sus compañeros de cuarto serían sus nuevos amigos de Casa tranquilizaba un poco a John.

Tal y como había dicho el prefecto, y previamente la Subdirectora Hudson, las pertenencias de cada uno se encontraban ya en sus recámaras, los baúles y maletas apilados frente a cada cama, junto con las jaulas de sus mascotas.

John era el único de los tres que poseía una lechuza como mascota, según notó. Mike sacó de una pequeña pecera a un sapo regordete y verde, que inflaba su papada con cada respiración. Por otro lado, Anderson acariciaba a un gato negro que descansaba plácidamente a los pies de su cama. John no era fanático de los gatos, pero no le molestaban en absoluto.

Sacó de su equipaje la bolsa de alimento para Artemis y le vertió un poco dentro de su jaula. La lechuza chilló en agradecimiento.

- Es una linda lechuza. – observó Stamford, desempacando sus pertenencias.

- Gracias. – le sonrió John.

- ¿Es hembra o macho? ¿Cuál es su nombre?

- Hembra, según me dijeron en la tienda. Se llama Artemis.

- ¿Artemis? ¿Cómo la diosa griega? – preguntó Philip, a lo que John asintió. – Lindo.

- Mi sapo se llama Kronus. – dijo Mike, aludiendo al anfibio en sus manos.

- Parece simpático. – comentó John, sonriendo.

- No hace gran cosa. – Mike se encogió de hombros. – ¿Cómo se llama tu gato, Phil?

- Gee-whiz. Mi mamá lo bautizó así cuando lo vio. – respondió el niño.

Los tres niños se echaron a reír.

Mientras tanto, en la Torre de Ravenclaw…

- ¡Vaya! Las vacaciones de verano con tu hermano Mycroft suenan como todo un reto. – comentó Victor, a la vez que acomodaba las sábanas de su cama para dormir.

- Sí. – suspiró el moreno. – Pero te acostumbras.

Sherlock se encontraba desempacando sus pertenencias de su maleta, a los pies de su cama. El suave ulular del viento silbaba fuera de las ventanas de manera relajante y casi melodiosa. Afuera, se podían apreciar los campos de Quidditch, el Lago Negro y el Bosque Prohibido – escenarios que pasarían a ser los predilectos del joven Holmes.

Al contrario de la Sala Común de Gryffindor, la Torre de Ravenclaw poseía una Sala Común mucho más aireada. Una habitación circular cuyas paredes permanecían pintadas de un pulcro blanco, con ventanales de arco adornados con suave seda azul y bronce, y un techo abovedado pintado con estrellas. El piso estaba tapizado por una alfombra azul medianoche. Aquí se encuentran mesas, sillas, y amplias estanterías, de manera mucho más organizada. Y por la puerta que conduce a los dormitorios, se plantaba una estatua de Rowena Ravenclaw tallada finamente en mármol blanco.

Elegancia era todo lo que reflejaba, sin duda el sitio perfecto para Sherlock Holmes…, aunque cierto Slytherin no estuviese de acuerdo con ello.

- ¿Crees que signifique algo que seas el primero en la línea genealógica de los Holmes que no está en Slytherin? – preguntó Victor, curioso, mirando a Sherlock desde su cama.

- No… No lo sé. – admitió. – No me parece que sea algo importante, de cualquier forma. Solo me alegra no haber quedado allí.

- No me parece que sea tan malo. – el ojiazul se encogió de hombros.

- No. Lo malo es alimentar el orgullo de Mycroft.

Victor rió entre dientes ante su comentario, con un leve resoplido.

Sherlock bien sabía que era fútil e injustificado el hecho de guardar algún recelo a la Casa de las Serpientes después de tantos años de haber concluido la Batalla de Hogwarts. Y en realidad, no tenía nada personal en contra de Slytherin.

Lo que realmente le repelía de dicha Casa era precisamente su hermano. No se sentiría cómodo teniendo que verle la cara cada mañana, tarde y noche. Y no es que no quisiera a su hermano mayor, sino que la relación entre ambos se había vuelto brumosa y complicada desde hacia un par de años. Por esto, Sherlock prefería mantenerse a una distancia prudente y segura de Mycroft Holmes.

Además de que estaba convencido de que Ravenclaw sería un mejor lugar para él que las frías mazmorras de Slytherin, no obstante que él fuese un ser ermitaño y reservado.


Una vez más, me ha tomado siglos actualizar el siguiente capítulo. Mis más sinceras disculpas.
Pronto serán vacaciones de Navidad, por lo que yo espero estar escribiendo el quinto capítulo muy pronto.

*NOTA: El nombre del gato de Anderson es Geez-whiz, que significa "Recórcholis" en inglés. Ésta es una expresión utilizada para denotar asombro, sorpresa o espanto. He ahí el chiste (no es un gato muy agraciado XD).

La definición del concepto de 'squib' puede no ser 100% acertada, ya que me basé únicamente en mi memoria. Y, de cualquier modo, es importante señalar que son alumnos de primer año y no poseen demasiados conocimientos sobre el mundo mágico.

Las descripciones de las habitaciones fueron obtenidas de los libros, así como consultas a páginas relacionadas para refrescar mi memoria. La contraseña empleada para accesar a la Sala Común de la Torre de Gryffindor es la última que se menciona en los libros. - No tomo créditos por ellas.

¡Gracias por seguirnos, por sus apreciadas lecturas y sus lindos comentarios!
Espero que el capítulo haya sido de su agrado. ;)

~ ¡Salutacionesess! xx