En el Principio solo fue una idea

Desde que se fue del departamento no paro de caminar sin rumbo fijo, hasta que después de un largo rato, donde se dedico a cruzar las calles sin ver ni prestar atención a nada –incluyendo todo este trayecto con gritos e insultos de parte de los conductores- Saya llego hasta una solitaria calle atrapada en medio de altos y deteriorados edificios de locales extranjeros de todo tipo. Las altas y aglomeradas estructuras no permitían la entrada de los últimos rayos del atardecer, y hacían que la pequeña calle se viera aun más oscura y peligrosa, pero miedo era lo ultimo que tenia, así que siguió caminando concentrándose solo en mirar hacia adelante, pero se detuvo en seco al escuchar el retumbante eco de una música que parecía haber sido posesionada por el mismo diablo, o así le pareció que se escucho, al menos ahora y con ese estado en el que se encontraba, porque en otra situación, solo le hubiera parecido una música ruidosa sin pies ni cabeza.

Saya, ignorando el dolor de cabeza, siguió caminando pero ahora en dirección al punto de donde provenía el sonoro tumulto, llegando hasta la entrada del lugar, una simple y pequeña puerta que daba a unas escalares estrechas hacia abajo. Había un par de hombres en la puerta, y por un momento pensó que no la dejarían pasar, pues de veintiún años, que era la mayoría de edad para entrar a esos lugares en los Estados Unidos, no parecía, pero al final los guardias le permitieron el pase. Quizás le habían visto cara de buena consumidora, pensó Saya con pesimismo y vergüenza mientras bajaba con cuidado las escaleras tan mal construidas.

Era el lugar perfecto para escaparse un rato del mundo entero. Un lugar para dejar olvidados los problemas, los tabúes, los límites y las cursilerías del mundo. Era uno de esos lugares que llaman "underground", o subterráneos, caracterizados por estar en lugares apartados o escondidos, y poco conocidos más que por algunos aventureros. Lugares ligeramente extraños, un tanto alternativos y como única publicidad las voces de los clientes.

Al Escudo Rojo le tomaría bastante tiempo encontrarla. Por más que buscaran, Nueva York era una ciudad enorme, y por lo que se refiere a Hagi, bueno, tenia más posibilidades de localizarla mas rápidamente, pero no lo ayudaría llamándolo ni rogando inconcientemente por su presencia, así que tenia a su disposición unas dos horas como mínimas para relajarse.

Llego con esa idea hasta un gran salón al final de las escaleras, pero en cuanto vio el ambiente ensordecedor, brusco y abultado, dudo seriamente en entrar, pero era estúpido intimidarse cual niña de doce años, y mucho menos, tenerle miedo a un montón de jóvenes alcoholizados y drogados, cuando ella mataba quirópteros a diario, así que camino directo a la barra, casi al otro extremo del salón. La música electrónica y terriblemente pesada se incrustaba en sus oídos, y los montones de gente que bailaban en la pista al compás del apresurado ritmo que sonaba le dificultaban el caminar, teniendo que abrirse paso con los brazos y uno que otro empujón, mientras algunos se caían al suelo tratando de caminar medianamente decente en medio de todos y con la sangre repleta de alcohol. Era patético.

Cuando al fin llego a la barra y se sentó, el cantinero dudo por un instante en atenderla. Sus ojos cristalizados a causa de las últimas lágrimas y su mirada perdida, hacían malinterpretar que había consumido algún tipo de droga sintética y no era raro que alguien bajo esos efectos se pusiera agresivo de un momento a otro, además había tenido muy malas experiencias con personas bajo esos efectos, y ahora el pobre hombre ya veía drogadictos por todos lados.

Saya absorta de eso, pensaba en lo difícil que se le hacia creer que estaba en un lugar de mala muerte como ese. En Okinawa, jamás se había metido a cualquier, común y popular club o centro nocturno, pues siempre trato de ser buena hija y ahorrarle preocupaciones a su padre, y vaya que le resulto; termino matándolo.

En los dos últimos años no había salido a "divertirse", debido a su constante misión de matar quirópteros, y en realidad no tenía tiempo de esas cosas, pero atreverse a afirmar que estaba pasando un buen rato, podía ser la cosa más idiota que pudiera decir en el día, pero la noche era suya y tenia que tratar de disfrutar su tiempo a solas, aunque al día siguiente se viera forzada a regresar con los demás, y comenzaba a aborrecer esa guerra que solo quería terminar de una vez por todas, de la forma que fuera, y el matar a Diva le parecía un objetivo cada vez mas distante y doloroso.

El cantinero la llamo varias veces, preguntándole que deseaba tomar, y no fue hasta segundos después que Saya se dio cuenta de que la llamaban, como si despertara atolondrada de un confuso sueño. Sin decir nada, vio la cantidad inmensa de botellas detrás del joven quien aun esperaba por su respuesta. Combinaciones inimaginables de bebidas se podían preparar ahí, pero termino por pedir un simple tarro de cerveza aunque se viera un poco fuera de lugar. Hacía calor y cosas como esas eran lo mejor para refrescarse, aparte de que había salido del departamento con apenas seis dólares en la bolsa, por lo tanto no le alcanzaba para algo demasiado caro y a decir verdad, no tenia ni la menor idea sobre que otra bebida pedir.

El cantinero atendió el pedido rápidamente, y segundos después el tarro frío quedo justo frente a ella. Saya lo vio unos momentos –"Es para beber, no para ver"- pensó, y con algo de duda levanto el enorme vaso y llevo con lentitud el contenido a su boca.

Era amargo… demasiado amargo.

Hizo una mueca en señal de desaprobación, pero en cuanto sintió el líquido correr por su esófago y refrescarle el pecho, volvió a sorber un poco y mágicamente, el sabor había cambiado, aunque no del todo y para cuando acordó… ya iba por la segunda cerveza.

-¿Un mal día?- pregunto de repente el cantinero mientras limpiaba un vaso con un trapo. Podía hablarle un poco, habiendo comprobado ya que la chica no estaba drogada ni nada por el estilo, y que tampoco corría peligro alguno estando cerca de ella… pero bueno, quien quita la posibilidad de que fuera un vampiro o una mujer lobo. El cantinero se rió en sus adentros pensando en sus conclusiones de ficción, pero estaba en Nueva York, y uno nunca sabe con lo que se va a topar.

-El peor- contesto ella dando otro sorbo a su bebida. Le dieron ganas de huir un rato de su destino, que gustaba de jugarle bromas pesadas y giros violentos, y ni siquiera estando ahí y habiendo ya encajado relativamente en el lugar, era imposible volver a sentirse como una humana.

Primero era una joven bien educadita y con una estricta moral francesa, que vivía inocente e ignorantemente feliz en una enorme mansión cual cuentos de princesas. Luego, era una joven buscando venganza y viajando por todo el mundo dispuesta a encontrar a la odiosa de su hermana, para después pasar a ser una rabiosa bestia en medio de la guerra, y en un súbito cambio, era un dulce y responsable muchacha que no rompía un solo plato, para luego volver a las andanzas de buscar a su hermana y ahora, terminaba en un lugar como ese, incrustada y atrapada entre montones de personas que no la dejaban respirar y tomando la primera cerveza de su vida, mientras soñaba con una vida que no fuera tan parecida al infierno.

Era camaleónica sin duda, y atormentada, aun más.

Atormentada y lo que fuera, no podía darse el lujo de dejar así como así la guerra que se había desatado por su culpa hace tanto tiempo atrás. No podía evadir sus responsabilidades de esa forma tan inmadura. No podía seguir pensando en rendirse y salir de esa pelea que era suya, pero tampoco podía seguir peleando, su alma le imploraba que se detuviera. Era perturbador por momentos sentir las ganas de agarrar ella misma su espada y salir dando zarpazos al primero que se le cruzara, como si quisiera protestar de algo, pero ¿De que podía protestar alguien como ella? Era absurdo. Decepcionaría a mucha gente, todos trabajaban en conjunto tratando de evitar que el mundo se atestara de monstruos, y todos, a su manera, cumplían con sus responsabilidades personales también, y sin quejarse.

A Hagi lo había condenado a una inmortalidad solitaria, a amputaciones y dolores extremos por el simple hecho de ser un caballero, y aun así, él seguía con ella, apoyándola aunque ella lo mandara al diablo, y mientras él siempre fiel y sin faltar un solo momento a cualquiera de sus órdenes.

Kai apenas era un niño que se había quedado ya sin familia, iracundo, sí, inmaduro también –tanto como ella quizás- pero él seguía adelante, sin rendirse, a su lado y tratando de darle ánimos, aunque a veces no funcionara, pero al menos, lo intentaba. Y que decir de David, quien se tenia que ver forzado a trabajar con ella, la que había asesinado a su padre en Vietnam, y sin embargo guardaba su odio y resentimiento para poder evitar una catástrofe, y todo el Escudo Rojo arriesgaba su vida para ser su escudo sin negó con la cabeza, sintiéndose más tonta, inmadura y confundida que nunca. Todos haciendo un gran esfuerzo y ella solo estaba pensando en como abandonar la pelea y con una cerveza en ese horrible lugar. ¿Dónde había quedado la Saya que ella esperaba ser? ¿Dónde se había escondido la muchacha fuerte que había jurado venganza?

Había huido cobardemente por esa vez, pero tenía que encontrarse, no podía permitirse portarse como una vil estúpida, y sin embargo podía seguir sintiendo una contraparte gritándole que mandara todo y a todos al diablo, que después de todo, ella era un quiróptero, y no cualquier quiróptero, era una reina, y una reina no podía rebajarse a ser parte de la plebe como ella lo estaba haciendo. Tal vez eso era un detalle que tenia que aprender de su hermana. Aprender a ser una Diva, tal y como su nombre lo dice.

A veces la envidiaba.

Sí, se declaraba culpable, la envidiaba. A su hermana no le importaba nada ni nadie, solo quería el capricho de la semana y le era cumplido a como diera lugar. No sentía culpa de sus acciones ni sus –generalmente- mortales berrinches, y le importaba un carajo lo que los demás pensaran de ella. En cierta forma, una actitud muy egoísta e infantil, pero soberbia sin duda, y la admirada, y mucho.

Quizás, aunque trababa de ser buena, era una persona mala, pero en algunos momentos quería llegar a ser como ella, tan arrebatada y relajada, siempre en pereza, sin preocuparse por nada y solo dejar la vida pasar cómodamente y dejándose llevar por la misma, pero el precio era demasiado alto. Su otra parte, sabrá Dios cual porque en ese momento estaba atravesando un terrible episodio de despersonalización, le gritaba que no podía hacer que otras personas pagaran con sus vidas y desgracia sus caprichos tan impunemente. Iba en contra de todo lo que le habían enseñado y lo que había visto, lo que había prometido y jurado, lo que había apreciado y amado. Sabía que había gente buena en el mundo, que aunque la mayoría terminaba por rechazarla, siempre hubo alguien en alguna época de su vida que no corría despavorido al conocerla a fondo. No podía ir deliberadamente haciendo atrocidades, permitiendo que gente muriera.

Por un momento comenzó a pensar un poco en ello. ¿Qué tal si hacia eso? Si permitía la proliferación de los quirópteros sin poner obstáculo alguno, pero entonces se imagino a Hagi como humano en esa época actual, o a alguien como él o a Kai, y pensar en verlos como comida potencial de un monstruo, le puso la piel de gallina. No podía permitir que su instinto la dominara, se supone que era un ser pensante, educada como humana, no era como Diva.

Era antinatural, pero necesario también para su propia tranquilidad. No podía vivir teniendo en cuenta que era la culpable de la muerte de tantas personas, así que no, tenia que dejar de pensar en estupideces y comenzar a centrarse en sus verdaderas prioridades una vez más. Ya había causado bastantes desgracias, y al final, sabía que pagaría por ello con su vida.

Saya tomó desesperada su tercera cerveza… esto iba por mal camino, estaba segura, se dijo mientras escuchaba de nuevo el timbre de su celular. Lo saco de un pequeño bolsillo del vestido, y lo observo mientras unas luces le iluminaban la cara yendo al compás del tono.

-¿No vas a contestar?- pregunto de repente el cantinero que observaba el aparato.

-Hum… no tiene caso- contesto ella mientras dejaba a un lado el teléfono, que seguía sonando insistente.

-Tal vez sea importante- argumento el chico comenzando a agitar una bebida.

Saya torció un poco la boca, pero agarro el teléfono que vibro en su mano. Levanto la tapa y vio la pantalla encendida y con el nombre y número de quien la llamaba. Era Kai.

Dudó si contestar o no, ¿Qué le diría a su hermano? Realmente no quería hablar con él, no al menos hasta el día siguiente. No quería escuchar más gritos de su parte, prefería el silencio de Hagi, era más relajante y sutil, así que esperaría a que su caballero la encontrara por si solo, porque sin duda, no tenía la intención de llamarlo ni siquiera a él, aparte si contestaba y su hermano preguntaba donde estaba ¿Qué le respondería? ¿Que estaba en un bar de mala muerte? Eso le costaría una amonestación sin razón de su parte, y no, no era buena idea contestar el celular.

Solo le quedaba tratar de reírse de la situación. Cualquier pretexto era bueno en ese momento para tratar de huir momentáneamente y comenzaba a sentir los inminentes efectos del alcohol en su cuerpo. Así es, solo quedaba reír.


Diva estaba a un lado de él, desnuda y con la mitad de su cuerpo cubierto por las sabanas, recargada con sus codos en el colchón, muy callada y mirando indiferente hacia la cabecera de la cama. Era una escena que todos sus caballeros habían presenciado en algún momento, sin embargo esta vez Diva había optado por quedarse acostada en la cama y no simplemente levantarse, vestirse, y salir del lugar como siempre lo hacia. No, había algo diferente esta vez, hacia falta en su rostro la expresión infantilmente seductora que la caracterizaba, y en lugar de eso, había un inusual gesto de seriedad que Solomon pudo notar de inmediato. Él, desnudo también, observaba su rostro con atención sin entender que le pasaba a la joven, y entonces recordó la pequeña discusión que ambos habían tenido días atrás.


-"Sí, amo a Saya"- Solomon pudo notar la decepción aparecer repentinamente en el rostro de Diva, y a su vez, un gesto de coraje se concentro en su mirada. La envidia parecía carcomerle las pupilas como si tuviera gusanos comiéndole los ojos.

-"Tal vez debas tomarla a la fuerza y hacer que engendre un hijo"- se burlo ella con la misma voz con la que hablaban los enfermos mentales, y salio corriendo y sonriente del jardín dejando a Solomon con Nathan y Amshel, los cuales se mofaban del rubio en silencio, por el rechazo de Diva ante sus insignificantes sentimientos de amor.


-Ya deja de pensar en eso, me aturdes- le reclamo Diva muy molesta, sin voltearlo a ver y sin cambiar la expresión de seriedad e indiferencia –Además no creo que te moleste la idea de tener a Saya de esa forma- reitero la muchacha fríamente.

-¿Qué?- balbuceo Solomon impresionado, mirándola perplejo.

-No seas tonto… soy Diva y si quiero puedo saberlo todo- respondió ella –Saya… Quisieras tener a Saya ¿Verdad?- Solomon al fin había cruzado la mirada con ella, pero su boca ligeramente torcida daban a entender claramente que no sabia si responder o no con sinceridad, aunque la respuesta era obvia, y sin bien Diva se había enojado como nunca con él, y al poco tiempo la misma lo había buscado para "limar asperezas", y habían terminado juntos en la cama, no le garantizaba una seguridad integral.

-Dímelo, no importa que sea, no te voy a morder- eso era algo realmente contradictorio y al caballero no le daba nada de confianza, porque Diva, sí que mordía, y vaya que le gustaba hacerlo.

-Sabes la respuesta- respondió desviando el rostro, previendo un cigarrillo.

-Quisieras tener a Saya, pero la verdad es que no puedes… Hay personas que se cruzan en tu camino, y no soy yo precisamente- un silencio tenso cayo sobre el lugar. El humo gris se elevo en el aire, era lo único que se atrevía a moverse en ese momento, y por primera vez, Diva cambio el gesto plano de sus labios por esa sonrisa irónica que siempre terminaba incomodando a Solomon.

-El tipo del violonchelo ¿No? Crees que no es así pero sabes que él es mucha competencia para ti- aseguro ampliando la sonrisa y mostrando los dientes, como si fuera un perro que reta a otro.

-Por favor, Diva… tal vez tú no lo entiendas porque eres muy joven…- la muchacha torció la boca molesta y frunció el ceño en desacuerdo. ¡¿Cual joven?! ¡Si ella era mayor que él! Pensó irritada, pero no dijo nada y dejo que Solomon hablara -… pero la realidad es que él no puede ofrecerle absolutamente nada a Saya más que tristeza. Le llevo ventaja por mucho, solo necesito tiempo- dijo con un triunfo en la sonrisa y luego, la joven soltó una sonora carcajada.

-Ay, Solomon… tu ego te ha dejado ciego y sordo… no tienes idea de la ventaja que te lleva él. El tipo solo necesita unas cuantas palabras bonitas y entonces hará lo que quiera con Saya, solo que es demasiado callado… y tú eres un bocón que nunca sabe cuando parar de hablar. Pero te ayudare, y solo porque eres mi caballero favorito- dijo ella quitándole el cigarro de los dedos y fumando un poco de el.

-¿Ayudarme?-

-Sería muy bueno para ti tener a Saya en un solo lugar las veinticuatro horas del día, todos los días, en lugar de que este en el bando enemigo- aseguro ella con calma exhalando un poco de humo.

-No te entiendo ¿Qué planeas hacer?-

-He pensado últimamente en algo... Sabes que quisiera destruir a Saya, pero también seria muy divertido estar con ella... además, no tengo las agallas para matarla- confeso mientras se tronaba los dedos inconcientemente y con el cigarro entre los mismos. Era un mal habito que había desarrollado hace mucho tiempo cuando estaba un poco nerviosa, pero extrañamente desaparecía cuando llegaba a sentirse realmente nerviosa.

-¿Qué estas diciendo? ¿No vas a pelear con ella?-

-Los planes de ustedes, mis caballeros, son realmente estúpidos. Si se preguntan por que aun no han podido matar a Saya, es simple; y es que no son bueno enemigos. Un buen enemigo solo puede ser una mujer- y suspiró cansada, como si tratara de explicarle a un niño las tablas de multiplicar -Y todo es por que no me han dejado intervenir-

-Pero si tú misma has dicho que no quieres matar a Saya- refuto Solomon confundido por lo que parecían ser los argumentos sin sentido de Diva.

-Pero si no la voy a matar. Las mujeres no acostumbramos usar la fuerza, esas som inmadurases de los hombres… y más de los caballeros- susurro lo ultimo –Además… tengo un capricho nuevo- y Diva procedió a contarle un plan que le había costado largas horas de reflexión durante las ultimas semanas y que estaba segura, seria mucho mas útil que todos los planes y experimentos de Amshel y sus enemigos juntos. Era algo silencioso, sutil y delicado como ella, y a la vez destructivo, igual a la manzana envenenada de Blanca Nieves.

La crueldad, cuando se trata del trono o el poder, puede ser mucho más atroz que cualquier otra cosa. Eso, Solomon ya lo tenia bien claro mientras escuchaba a Diva hablar.


¡Perdón por el retrazo! Tuve muchos exámenes en la escuela y casi no tuve tiempo libre, pero aquí esta el segundo capitulo, y como verán, sobretodo los que leyeron la anterior versión, es nuevo, quizás a algunos les parezca de relleno, pero a mi parecer creo que influirá en algunas cosas mientras se vaya desarrollando lo demás.

Y por cierto, mil gracias por sus reviews en el primer capitulo de este fic.

Me despido

Agatha Romaniev