Antagonista de la Cordura

Sintió como la sangre escurría por sus manos y por la daga, que esperaba reluciente y paciente actuar sobre su victima. La pequeña piedra roja brillaba con el contraste de la luz, como llamando los más bajos y crueles instintos de su perpetrador, desde la parte mas oscura de su alma, mientras ella, levanta el puñal sostenido por ambas manos, y lo deja caer, con la pesadez de la venganza en carne viva, con la culpa y debilidad próxima que se deja vencer por un momento de rencor.

La muerte se ríe de ambas y se frota las manos.

La muerte danza en la habitación entre ambas.

La muerte se regocija de podrir otra cabeza, dos nuevas victimas de su implacable hoja.

La muerte no se hecha para atrás y sabe que tarde o temprano su llegada será inevitable.

-Yo creo que no- se escucha una voz en la oscuridad. Saya se detiene en seco, con sus manos a centímetros de su victima. Sus manos tiemblan indecisas por el nuevo intruso. De pronto, deja de verlo todo rojo. Sus pupilas se vuelven cafés y con ellas regresa la razón mientras la muerte maldice a sus adentros, jurando que volverá. Ella mira asustada entre la oscuridad, buscando al dueño de la voz, cuando ve como una figura alta se levanta, acercándose peligrosamente a ella, pero con los brazos hacia abajo, sin intención de atacar.

-¿Quién es?- Saya da un paso atrás, asustada, como si algún adulto la hubiese atrapado en medio de una travesura y espera por su castigo.

-¿No me reconoces? Soy Nathan- dice el caballero con toda la serenidad del mundo, cuando la luz lunar deja ver las llamativas vestimentas moradas del caballero, sin dejar lugar a dudas de su identidad.

Saya se lleva una mano a la boca, ahogando un grito, y piensa que esta perdida. "¡Carajo", maldice, recordando de pronto, hace dos años, como un maestro descubrió las letras y respuestas anotadas en tinta negra sobre su muslo derecho, debajo de su falda escolar, en pleno examen de biología. Se había sentido tan humillada al verse descubierta en su trampa, y al recordar el ligero y mañoso tacto del maestro, que le levantaba la falda, en busca de más respuestas…

Extrañamente se sentía igual que esa vez, como si no le importara el nivel de gravedad de esta nueva situación.

-Estoy acabada- piensa aterrorizada, cayendo en cuenta del acto en el cual la acaban de descubrir, dejando caer la daga ensangrentada al piso. "Intento de homicidio", dirían las leyes mundanas de los hombres y una larga investigación de motivos, sospechosos, testigos, declaraciones, pruebas y sobornos… pero en su mundo, el mundo de los quirópteros, eso se llevaba una pena de muerte instantánea, sin juicios ni escalas.

-No te preocupes- dice él, mientras su sonrisa maquiavélica se ilumina apenas. Saya da otro paso atrás. No esta dispuesta a ser castigada.

-Al parecer ambas han tenido unos pequeños arranques de furia- comenta Nathan señalando el tocador destruido. Saya mira detrás de él, los pedazos de espejo roto en el suelo y los perfumes tirados a su alrededor, testigos de la reciente furia de su dueña que se desquita con sus propios artefactos de vanidad.

-¿Qué estoy haciendo aquí?- pregunta confundida, como si estuviera despertando de un transe, al tiempo que se mira sus manos tasajeadas –¿Qué hice?- susurra aterrada por sus actos y comienza a tener miedo de si misma, por querer revivir una venganza supuestamente olvidada entre ella y su hermana, mientras comienza a sentir el dolor de sus heridas invadirle los brazos.

-Nada. No hiciste nada… casi- responde el caballero, adornando la frase con una risilla –Será mejor que regreses a tu habitación, no querrás que Diva despierte- le advierte.

-¿Despierte?- pregunta ella mirando la silueta de su hermana, tranquila sobre la cama, sin sospecha alguna de lo que estuvo a punto de pasarle –Eso significa que…- susurra decepcionada. La muerte la ha metido en eso y ahora la deja sola, con el trabajo a medio terminar.

-No la mataste- dice Nathan, tomando la daga del piso, que comenzaba a corroerse como si la hubiesen bañado en ácido sulfúrico.

-Tu sangre es veneno puro- comenta el caballero mientras el filo del arma hierve agresivamente. Es curioso ver como la sangre de las reinas se vuelve el más mortal ácido cuando este se contamina de ira, celos y rabia, justo como la de los humanos.

Era irónico que ahora Saya quisiera revivir el cuento de la Bella Durmiente, y que en su rol de la bruja malvada, decidiera llevar la rueca en presencia de su enemiga, la princesa vestida de azul, y llenarla de un bosque de espinas y dragones, para que el príncipe encantado no pudiese jamás despertarla con el primer beso de amor.


Sollozo una vez más, y se abrazo con fuerza a las almohadas de su cama, dejando que el mar de lágrimas que había comenzado a brotar de sus ojos mojara su rostro y los cojines, arrinconándose, sintiéndose como un ratón que acaba de escapar con pura suerte del mortal gato.

Era horrible esa sensación de creer que tu sangre hervía, como la lava despierta de un volcán en erupción, que explota con la fuerza de siglos en largo letargo, y que al mismo tiempo… eres patética como una rata cobarde. Creía que sus venas explotarían, el cuerpo le ardía, como si estuviera en llamas, y sentía ganas de gritar hasta quedarse sin voz y destrozar irremediablemente sus cuerdas vocales.

"La hoguera te hará el amor"

Apretó los ojos con fuerza, hasta marearse, y exprimió de ellos las lágrimas, mientras se llevaba las manos a la cabeza en un acto de desesperación contenida.

¡Dios, era tan estúpida y patética! ¡Tan débil y cobarde que se daba asco!

-¿Porque?… ¿Porque ahora?- murmuro con la voz hecha un hilo, mientras arrojaba una de las almohadas al piso. Gruño como si fuera un animal, y sintió como su cuerpo temblaba y su pecho se expandía y se comprimía como si se tratara del más arduo trabajo, como si no quisiera respirar pero su cuerpo la obligara a mantenerse viva en cumplimiento perpetuo de su naturaleza inhumana.

Volvió a gruñir, y los recuerdos de Vietnam le llegaron de golpe a la cabeza como un disparo directo y rápido, centrado y mortífero.

Se irguió enseguida, como si hubiese escuchado un estallido. El sonido retumbante de las explosiones de las minas y misiles de guerra que se dejan caer sobre la pobre Vietnam.

Con un bufido, tomo todos los cojines de su cama y los aventó al piso y a las paredes. Tenía ganas de salir de su habitación, buscar su espada y matar lo que se le pusiera enfrente tal como lo había hecho treinta años atrás.

Ciega, ciega y solo con sus ansias de matar como guía de su cuerpo de verdugo despiadado.

¡Quería matar! ¡Matar lo primero que se le pusiera enfrente! ¡No haría distinción entre sus presas! ¡No haría distinción entre humanos y quirópteros!

No… no quería hacer distinción, solo quería matar. Se quería dejar llevar una vez más, aunque había prometido que jamás volvería a ocurrir… quería que sucediera de nuevo, y se declaraba culpable.

Quería sentir chocar contra su cara la sangre que salta de las heridas y las venas rotas de sus victimas, ya fuera humano o quiróptero.

Su cuerpo comenzó a temblar sin control, despojos de una locura desenfrenada que luchaba por salir. Comenzó a ver todo de un intenso color rojo, y una sensación de sed y ardor le invadió la garganta. Sus dientes compensaron a dolerle, conciente de que siempre le pasaba eso cuando sus colmillos se afilaban y crecían por si solos, listos para destrozar cualquier yugular y arrancar cualquier cabeza, por mas grueso y tosco que fuera el cuello.

La metamorfosis de la bestia.

Tenía sed, tenía más sed que nunca.

Estaba perdiendo el control.

-¿Que hago…?- se pregunto entre risas dementes y una sonrisa llena de demencia y frustración, y un ligero tono débil que lucha por conservar sus cenizas humanas, y en medio de ese océano irreal de olas de locura y cordura, arranco con la cólera propia de una maniática, mechones de su cabello que se enredaron con sus dedos, sin sentir el mas mínimo dolor.

No sentía dolor, porque no era humana.

No supo como, pero cuando se dio cuenta, en sus manos que aun conservaban restos de sus hebras de cabello lastimadas, tenia su celular, y sus dedos marcaban el número de su hermano, y sin control, estos oprimieron el botón de llamar.

Toda crisis necesita de un doctor especialista.


Kai frunció el entrecejo, mientras abría los ojos. Ese no había sido su mejor día, y estaba muy cansado. Había estado de la mañana a la noche caminando por todo Nueva York en busca de su hermana o pistas para encontrar el lugar donde se estaba quedando, pero no había conseguido ni rastro de ella. Era como si hubiera desaparecido, como si la tierra se la hubiera tragado, y se había dado cuenta de que hablarle por teléfono era una perdida de tiempo, así, que lo único que quería por ahora era dormir, así que cuando escucho sonando su celular, no pudo mas que maldecir al desgraciado que estuviera llamando a las tres de la mañana, y aunque por un momento había pensado en dejar solo el aparato hasta que dejara de sonar, algo lo empujo a levantarse e ir por el móvil a pesar de estar extremadamente somnoliento.

Cual seria su sorpresa al ver escrito en la pantalla el nombre y numero de su hermana, y tuvo que apretar un poco los ojos y pensar en que alguien por favor lo pellizcara. Bien podría estar soñando, pero, aunque fuera un sueño, decidió tomar la llamada, y se llevo el teléfono al oído, agradecido consigo mismo por levantarse a atender la inoportuna llamada.

-Kai…- su voz. La voz de su hermana, que pronunciaba con desasosiego su nombre… sonaba ahora, sonaba ahora como la de siempre, como la Saya de siempre. La Saya que él quería recordar que aun existía. Sonaba tan diferente a la ultima vez que habían hablado, donde su hermana parecía ya no ser la misma, donde mas bien parecía estar hablando con Diva, en una grotesca y abominable transformación, pero no, ahora su voz era la de siempre, la voz de Saya, apunto de llorar.

-¿Saya? ¿¡Saya eres tú!?- pregunto ansioso el muchacho, sonriendo como idiota y espantando su sueño por al menos unos dos días, mientras acercaba aun mas el móvil a su oído, temeroso de que se le pudiera escapar alguna palabra de su hermana, con ganas de escuchar incluso su respiración. De pronto, escucho los sollozos de su hermana. Eso no era exactamente lo que esperaba.

-Kai…- sollozo como si al borde de la muerte se encontrara -Ayúdame…- rogó, seguido por interminable lamentos que se peleaban contra sus manos que trataban de callarlos.

-¿¡Saya donde estas!?- pregunto desesperado el muchacho, que había comenzado a buscar su ropa, tratando de vestirse torpemente y temiendo las peores cosas que pudieron haber puesto a su hermana en ese estado, pensando en como haría para romperle la cara al maldito bastardo que la había puesto así, el cual, seguramente se trataba del imbécil de Hagi.

-No te puedo decir- le contesto Saya con determinación, y enseguida, Kai dejo caer una de sus camisetas, justo después de ponerse los pantalones.

-¿Porque?- pregunto sin entender el porque de su llamada de auxilio y después el abrupto rechazo de ayuda.

-Porque no- contesto ella -Pero… necesitaba oírte- le confeso la joven. Kai sintió como si su corazón se hubiese detenido.

-Kai… estoy a punto de perder el control otra vez- declaro con un lloriqueo, mezcla de desesperación y demencia, y enseguida sus lamentos se volvieron más fuertes, mensajeros de su esquizofrenia en plena erupción.

-¡No, no vas a perder el control Saya!- le aseguro con firmeza el muchacho, recordando todas las veces anteriores donde él, le había dicho que sus instintos no eran mas fuertes que su fuerza de voluntad. Que su naturaleza quiróptera no era más fuerte que ella misma y su mente. Que se convenciera de que hacia mucho tiempo había dejado de ser quiróptero y ya era humana, que se había ganado ese derecho, que no necesitaba matar y que no era ningún monstruo. Que solo era su hermana, que no estaba perdiendo el control.

Que no tuviera miedo.

-Si, ya lo hice- dijo Saya riendo por lo bajo, como una maniaca que confiesa los irremediables actos de sus rabietas ilógicas -…Hace un rato- añadió comenzando a llorar. Kai abrió los ojos desmesuradamente, esperando ver al día siguiente en las noticias matutinas, dieran la impactante noticia en vivo y directo, sobre una tremenda y horrorosa masacre en medio de la ciudad de Nueva York.

-¡¿Como!?- pregunto el muchacho, imaginando la sanguinaria noticia y el pobre destino de sus protagonistas.

"Esta mañana se encontraron alrededor de 32 cadáveres en Central Park. Nos informan que las victimas eran civiles que se encontraban paseando por el parque al momento de ser asesinados. Al parecer el perpetrador uso una larga y filosa hoja, se especula que una espada, y que todos murieron por desangramiento al ser brutalmente mutilados, pero hasta ahora no hay sospechosos…"

-Casi mato a Hagi- sentencio, mientras su llanto cobraba fuerza.

Kai pensó con descaro… ¿Por eso esta llorando? ¡Debería estar saltando de alegría y volver a intentarlo!

-A ver, Saya, tranquilízate… respira hondo- le aconsejo ignorando sus crueles deseos, todo seguido por un silencio sepulcral entre línea y línea -Cuéntame lo que paso- le pidió su hermano tratando de encontrar la razón de que su hermana estuviera así. Algo tuvo que haber desatado su tan temida furia.

-Veras…- comenzó a contar Saya -Esta mañana había ido de compras con… Diva, y Hagi nos acompaño- dijo con algo de duda. Le remordía la conciencia el estar hablando con la persona a la que semanas atrás traiciono desvergonzadamente, y peor aun, estarle pidiendo ayuda, pero prosiguió a pesar de su incomodidad -Después de un rato, vi como Hagi le estaba ayudando a mi hermana con uno de los vestidos, entonces… yo… yo… yo me puse celosa. Muy celosa- confeso, haciendo una pequeña pausa ante lo que estaba diciendo… ¡Dios, no podía creer que lo estaba diciendo!

-Tu sabes que mi hermana es una zorra, una puta, y me enoje- se apresuro a explicar la joven -…pensé que… no se que pensé. Lo que paso después es que… yo me lleve a Hagi a uno de los probadores… y yo quise… Dios, no puedo contarte esto…- dijo agobiada. No podía contarle a su hermano que había planeado tener sexo con su caballero en un estúpido probador de ropa, solo porque estaba celosa. Se vería como la más imbécil, débil, patética y estúpida niña tonta.

-El asunto es que estaba furiosa- prosiguió -…y le destroce la garganta a Hagi- dijo mientras dejaba escapar un sollozo, tratando de ahogar un grito de furia, al recordar como se sintió la sangre hirviente de su caballero en su boca.

Kai guardo silencio por unos momentos. Le costaba un poco de trabajo creerlo, pero sabia que era cierto, que Saya era capaz de eso y más. Sabia como eran los arranques de furia de su hermana, y como podía reaccionar ante la situación (no de la forma más pacifica precisamente), estuviera con quien sea. La verdad es que, por primera vez, Kai no tenía palabras, ni sabias, ni de apoyo, ni de amor, ni de cariño, ni siquiera palabras estúpidas, mas que un regaño que se le quedaba atorado en la garganta, de gritarle a su hermana que de paso le hubiera arrancado el corazón al idiota de Hagi, le cortara la cabeza y la aventara a los perros, a ver si así el muy desgraciado los dejaba vivir tranquilos… claro que, esas palabras se las tendría que tragar como vómito.

-¿Y Hagi…?- estuvo a punto de preguntar, sin atreverse a decir sus suposiciones de que tal vez… estaba moribundo, o mejor aun, ya muerto.

-Hagi está bien- contesto ella, tratando de no escuchar la pregunta entera. Solo se enojaría más si se enteraba que su hermano deseaba ver muerto a su caballero.

¿Y Hagi murió?

No, el no moriría. No mientras ella no se lo ordene.

-Me alegro- contesto Kai rascándose la cabeza, sin entender como podía llegar a ser tan increíblemente hipócrita y pronunciar esas palabras con tan bien fingida y falsa sinceridad. Supuso que era porque si Hagi moría, probablemente Saya quedaría más desprotegida que nunca y más aun estando a lado de Diva… aunque bueno, su caballero no era el santo que todos creían, eso a él le constaba, aunque nadie le creyera.

Saya comenzó a calmarse de a poco. Las lagrimas comenzaron a dejar de brotar con menos rapidez, y algunas, ya comenzaban a secarse en su rostro que ahora estaba tremendamente pálido.

-Por ahora solo esta muy débil. Hace mucho tiempo que Hagi no bebía sangre y… le di de la mía- le comento Saya, aunque de inmediato se arrepintió de haberlo hecho. No era necesario dar detalles, pero ahí estaba, haciéndolo, dando pormenores a la persona menos indicada. Ahora el que perdería el control seria su hermano.

-¿¡Que!?- exclamo Kai, como si le hubieran echado un balde de agua fría.

-Tuve que hacerlo o moriría- contesto ella ante la sorpresa de su hermano -…Aunque… casi me mata- agrego, dándose golpes en la cabeza por seguir dando detalles inevitablemente. Parecía que después de crisis emocionales como esas se ponía un poco estúpida.

-¿¡Como que casi te mata!? ¡Ese desgraciado…!- vocifero el muchacho del otro lado de la línea, mientras revolvía enojado, las sabanas de su cama imaginando la escena de Hagi mordiendo el cuello de su hermana como el pervertido que es, aprovechándose de la ingenuidad de ella. ¡Maldito degenerado! ¡Lo deberían condenar a muerte por estupro! Pensó Kai hecha una fiera ¡Si tan solo su hermana creyera unas pocas de sus palabras, maldita sea!

-Tranquilo, no me paso nada- dijo tratando de tranquilizarlo, mientras se tocaba el lugar donde Hagi había hecho las incisiones en su cuello para beber su sangre.

Tenía las manos heladas, frías de muerte… como las tenía siempre Hagi.

-Saya…- la llamo su hermano, con una inmediata tranquilidad –Vuelve…- rogó, con una suavidad de quien pide una segunda oportunidad para remendar sus errores.

Sus manos cada vez se ponían más frías.

Tenía en sus manos a la mismísima muerte, danzando, bailando alegre al compás tenebroso y lúgubre de un vals solitario, advirtiéndole que de ahora en adelante, sus manos serán frías e insensibles, imperturbables.

Que sus manos serian sus cómplices


Bueno, creo que dejé salir una pequeña parte de mi más oscuro lado, y terminé plasmándolo en la pobre de Saya. Lo que estan leyendo aqui, es solo el reflejo de la verdadera persona que escribe. De Agatha, no de Ayla.

Y díganme, ¿Qué les pareció esta nueva faceta de la siempre alegre Saya? Realmente yo opino que fue maravilloso.

Al fin he encontrado la forma de hacer a mi antojo los personajes y plasmar en ellos todo lo que veo, todo lo que vivo, todo lo que deseo y siento, y todo gracias a Agatha Romaniev. Tengan por seguro que de ahora en adelante, en esta página, Ayla no existe, porque aquí la que habla es quien realmente soy, pero no quien debería ser.

Algunos pensaran que estoy un poco desequilibrada, pero, es verdad, todos estamos un poco locos. Y en los artistas, eso es un requisito, así que para mí eso es un halago del cual me enorgullezco. Después de todo yo simplemente Observo, escucho, y callo. Juzgo poco y pregunto mucho, y entonces, escribo. Algo así como lo que diría Arturo Graf, modificado a mi gusto el final, no?

Despues de todo, quien garantiza su cordura? ¿Y que seria de ella, sin la locura? Todo tiene su lado... incomodo. ¿Como podriamos apreciar la vida sin la muerte? ¿Como podriamos apreciar la cordura sin la locura?

Por cierto… como diría Johann Wolgang Goethe. "No nos hacemos libres por negarnos a aceptar nada superior a nosotros, sino por aceptar lo que está realmente por encima de nosotros" Asi que, como dice, la envidia no me corroe, ya que lo que escribo aquí es solo con el propósito de liberar mis ideas y no terminar poniéndolas en practica, y sinceramente, no me interesa si esta bien o mal.

Dejo las impresiones a su criterio.

¡Y gracias por leer! =)

Me despido

Agatha Romaniev